Lecciones de Vida para Crecer en la Fe, 14° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 de Julio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 9 jul 2018 8:53 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 jul 2018 9:44 ]

 ¿Profeta en su tierra? – [Historia de las hermanitas de los pobres]: 

   Cuando Bogotá era apenas una pequeña ciudad, una joven de una familia muy adinerada decidió ingresar a la comunidad religiosa de las hermanitas de los pobres, dedicada a la atención de ancianitos. 

   Después de muchos años, la joven regresó a la ciudad donde su familia era muy conocida en los círculos de la alta sociedad. Fue enviada a trabajar en un albergue muy pobre al sur de la ciudad. 

   Semanalmente la nueva religiosa, debía salir por las calles a pedir limosna para los ancianitos. Un sábado por la tarde salió con otra religiosa a pedir limosna y fue reconocida por un grupo de antiguos compañeros de colegio y de parranda. Los muchachos comenzaron a burlarse de las hermanitas. 

   Uno de ellos, liderando el grupo, se adelantó para ofrecer una limosna, pero puso una condición: La joven religiosa debía darle un beso si quería recibir la ayuda para sus viejitos. La monjita, sin dudar un momento, se inclinó ante su antiguo amigo y le besó los pies ante la mirada atónita de los peatones que circulaban por el lugar. Después, erguida, en su dignidad, estiró la mano para recibir la limosna prometida. El ofensivo joven, lleno de vergüenza, tuvo que cumplir lo que había prometido mientras sus compañeros se iban escabullendo avergonzados.

El reloj perdido [Concentrarnos para escuchar el susurro del Señor]

 

   Unos trabajadores estaban almacenando aserrín en el depósito de una fábrica de hielo, cuando uno de ellos advirtió que se le había caído el reloj de su muñeca. Todos se pusieron a buscarlo. Después de una intensa búsqueda entre charlas y risas, decidieron dejarlo y se fueron a tomar un café.

 

   Un joven que los había observado entró en el almacén y, al poco rato, se presentó ante los trabajadores con el reloj en su mano. “¿Dónde estaba?”, —le preguntaron. “¿Dónde?, pues en el almacén”, —les dijo el joven.  “No puede ser, —dijeron ellos— lo hemos buscado por todas partes. ¿Cómo lo has encontrado? “Hice un silencio absoluto hasta que pude percibir el suave tictac del reloj y lo saqué de en medio del aserrín.”

 

No dejemos fuera al Señor. [Jesús nos pide a gritos que lo escuchemos] 

 

   En el aeropuerto de una ciudad del Extremo Oriente se presentó una fuerte tempestad. Los pasajeros atravesaron corriendo la pista para subir a un avión a punto de despegar. Un misionero, empapado hasta los huesos logró encontrar un sitio libre junto a la ventanilla. La azafata ayudaba a otros pasajeros a irse acomodando. El avión estaba a punto de despegar y cerraron la puerta de embarque. De repente se vio a un hombre que corría hacia el avión, protegiéndose de la lluvia lo mejor que podía con un impermeable.

 

   El pasajero retrasado golpeó con fuerza la puerta del avión gritando que le abrieran. La azafata le explicaba con gestos que era demasiado tarde. El hombre golpeaba con más fuerza. La azafata trataba de convencerlo que no ya era posible entrar, que no había nada que hacer. El hombre insistía pidiendo a gritos que le abrieran. Por fin, la azafata acabó por ceder y abrió la portezuela. Estiró la mano y ayudó al pasajero retrasado a subir a bordo. Y se quedó boquiabierta, al ver que aquel hombre era el piloto del avión. 

Como la “quinilla” “Duros de corazón” 

   Un misionero recién llegado a la selva peruana relata que, en 1968, el Padre Santos, a quién le gustaban las bromas inocentes y pícaras, lo llamó un día pidiéndole un favor. “¿Me podías cortar ese pequeño tronco?” Con mí mayor inocencia tomé el hacha y golpeé el tronco con toda mi alma. El hacha rebotó sin hacer la menor mella al tronco. Mientras tanto él se reía. Era un tronquito de una madera que se llama. “quinilla”, que una vez se seca es duro como el hierro. Ahí ya no puedes hacer nada porque no se deja trabajar por su dureza.

Falta de fe 

   Llega un predicador a un pueblo y grita en voz alta: Vengo a orar por los enfermos. Llévenme donde esté el enfermo que el Señor lo va a sanar. Una señora le dice: En mi casa mi suegro está en cama muy grave por una enfermedad, pero le advierto es juez y si usted no lo sana, lo manda a la cárcel por embustero. El predicador se queda pensando un momento y dice: ¡Bueno…mejor empecemos con otro más sanito…!

Viejito Sordo. [Se hicieron los sordos al mensaje de Jesús]

  

   Un viejito que era muy rico perdió la audición poco a poco hasta quedarse completamente sordo. Como era millonario fue a ver un médico que le vendió un aparato de última tecnología para que pudiera escuchar. Con el audífono diminuto en el oído el viejito se fue muy contento. Al mes regresa y le dice al médico: -Doctor, estoy muy feliz porque oigo perfectamente, incluso puedo escuchar lo que dicen en la habitación de al lado. - su familia debe estar muy contenta por eso mi querido amigo!...- No lo creo doctor; ellos no saben nada, y ya cambié mi testamento 4 veces en este tiempo.


Resistencias humanas

    

   Dos buenos amigos, uno sacerdote y el otro un joven profesor, quien tenía unos valores humanos extraordinarios. Pero el profesor no iba a misa más que rara vez a pesar de decir que era creyente. Un día el sacerdote le preguntó: ¿Por qué no vas a misa los domingos? A lo que el profesor respondió: padre es que tú tienes una forma de explicar en la homilía muy convincente. Por ahora no quiero cambiar mi vida, si voy y te escucho, a lo mejor cambio.

 

El niño y el tendero: [Sordos ante el llamado a la conversión] Misa con niños

  

   Llega un niño corriendo a la tienda y le grita al vendedor: ¡Un helado por favor, un helado por favor! No me grites que no estoy sordo. ¿De cuáles galletas es que quieres?

ĉ
Diseño Web Santa Ana Centro Chía,
9 jul 2018 8:53