Lecciones de Vida para Crecer en la Fe, 24° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 de Septiembre 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 20 sept 2019 18:29 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 sept 2019 18:47 ]


Amor verdadero: 

   Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajó para hacerse curar una herida en la mano. Tenía bastante prisa, y mientras se curaba le pregunté, qué era eso tan urgente que tenía que hacer. Me dijo que tenía que ir a un ancianato para desayunar con su mujer que vivía allí. Me contó que ella, llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado. 

   Mientras acababa de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana. -No- me dijo -Ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce. Entonces le pregunté extrañada -Y si ella, ya no sabe quién es usted, ¿Por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas? Me sonrió y dándome una palmadita en la mano me dijo: “Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella”. 

El conferencista y el billete: [Aunque estropeados por el pecado, nunca perdemos el valor] 

   Un famoso conferencista comenzó su charla mostrando un billete de 500 euros. Y preguntó a los asistentes: "¿Quién de ustedes quiere este billete de 500 euros? Las manos empezaron a alzarse. Les dijo: Voy a dar este billete a uno de ustedes, pero antes déjenme hacer esto. Y empezó a arrugar el billete. Siguió preguntado; ¿Todavía lo quieren? Todos gritaron que sí. Bien, les dijo: "¿Y si hago esto?": Dejó caer el billete al suelo y comenzó a pisarlo y ensuciarlo con sus zapatos. 

   Lo recogió arrugado y sucio. ¿Todavía lo quiere alguien? - Todos seguían diciendo que sí. Amigos, han aprendido una valiosa lección. Haga lo que la haga al billete, ustedes seguían deseándolo porque, a pesar de su aspecto cada vez más deteriorado, saben que su valor es el mismo: 500 euros. 

Lección: Nosotros somos como ese billete. Muchas veces estropeados y aplastados y quizá indignos. Pero el valor de nuestras vidas sólo lo da Dios, porque somos lo que más valemos para él. 

Los pañuelos del perdón [Dios enjuga nuestras lágrimas]

   El joven regresaba a su casa con un corazón lleno de culpa. Cada vez que el tren avanzaba parecía decirle: «Es demasiado, es demasiado...» Hacía ocho años que no veía a sus padres. Había salido de la casa violentamente, y en sus aventuras había tenido muchos problemas con la ley. La última de éstas, le había dejado en la cárcel por tres años. Antes de salir de la prisión les escribió a sus padres que quería regresar al hogar, siempre que ellos lo perdonaran. En el patio de la casa había un cerezo.
   

   El joven recordaba que el tren pasaba cerca de ese árbol. Por eso había dicho en su carta: «Si al pasar por la casa veo un pañuelo blanco en el cerezo del patio, sabré que me han perdonado y me bajaré del tren en la siguiente estación. Si no lo veo, seguiré el camino.» 

   Mientras el tren se acercaba a la casa, su preocupación se tornó en agonía. No pudiendo aguantar más, le contó al compañero de asiento su problema y le dijo: -Por favor, señor, ya estamos acercándonos. Estoy tan angustiado que no puedo ni mirar si está el pañuelo. Mire usted y dígame si lo ve. 

   Y ocultó su rostro entre las rodillas. Cuando habían pasado unos cuatro kilómetros el hombre exclamó: -¡Mira! No hay un pañuelo en el cerezo, sino docenas de pañuelos; ¡el cerezo está lleno de pañuelos! – Pasmado, el joven miró por la ventana y vio que docenas de pañuelos cubrían por completo el cerezo. El perdón de sus padres no tenía medida. ¡Había sido total, completo y perfecto! 

Perdón y olvido.

   Un exconvicto de un campo de concentración nazi, fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. ¿Has olvidado ya a los nazis? Le preguntó a su amigo. Si, dijo éste. Pues yo no. Aún sigo odiándolos con toda mi alma. Su amigo le dijo apaciblemente: ¡Entonces, aún sigues prisionero de ellos!

Los buzos y la joya perdida: [Como la mujer buscando la moneda] 

   En un grupo de amigos, alguien les contó el siguiente apunte: ¡Estaban 2 hombres pescando en el mar, y tenían mucha hambre, entonces sacan una arepa para comérsela, y justo en ese momento salta un pescado y se comió la arepa… 

- ¡Y ya! - A sus amigos no les hizo gracia el chiste. Decían: malo, muy malo. 


Bueno, tengo otro, y este si que es bueno: una mujer que tenía el anillo más caro del mundo, se encuentra de vacaciones en un crucero, cuando de repente, no se sabe cómo se le cayó el anillo en medio del mar. Entonces, la mujer contrató a los mejores buzos del mundo para hallar su preciada joya, pero ninguno la encontró. Y estaban también dos hombres pescando; sacan un pescado, lo abren - ¡Y a que no adivinan lo que tenía adentro! – Los amigos respondieron rápidamente “pues el anillo”. ¡Qué anillo! – No…La arepa del otro cuento. 

Ejemplo de perdón: 

   Casi al final del servicio dominical el sacerdote preguntó: - ¿Cuántos de ustedes han perdonado a sus enemigos? El 80 por ciento de los fieles levantó la mano. El sacerdote insistió con la pregunta. Todos respondieron esta vez, excepto una viejecita. -Señora Pepita... ¿No está dispuesta a perdonar a sus enemigos?.-Pero yo no tengo enemigos, respondió dulcemente. -Sra. Pepita, eso es muy raro ¿Cuántos años tiene usted?. -99 respondió. 

   Todos los fieles se levantaron y la aplaudieron. -¿Puede pasar al frente y decirnos cómo se llega a los 99 años sin tener enemigos?  La señora Josefa pasó al frente, se dirigió a la congregación y dijo: -Es que ya todos se murieron!!! 

Confesión de niño: [Para misa con niños]

 

   Dice el abuelo: De camino a la iglesia para confesarse por primera vez, mi nieto, de siete años, me preguntó, todo nervioso, ¡cómo era la confesión! 

 -la confesión consiste en que le cuentes todas las cosas malas que has hecho al sacerdote

 -le explicó el abuelo. 

- ¡Qué bueno! - exclamó el niño, en tono de alivio

- ¿Cómo así? - replicó el abuelo

…Y el niño le contestó: 

¡Pues, porque yo no le he hecho nada malo al padre!

 

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