El ateo y el alcohólico [El sabor lo da, experimentar a Jesús]
Un ateo dictaba
una conferencia ante un gran auditorio defendiendo la inexistencia de Dios.
Después de haber finalizado su discurso, desafió a cualquiera que tuviese
preguntas a que subiera a la plataforma. Un hombre conocido en la localidad por
su adicción a las bebidas alcohólicas, pero que había encontrado el verdadero
amor y la esperanza en Dios aceptó la invitación y sacando una naranja del
bolsillo comenzó a pelarla lentamente.
El conferencista
le pidió que hiciera la pregunta; el hombre, continuó imperturbable pelando la
naranja en silencio, al término de lo cual, se la comió. Se volvió al
conferencista y le preguntó: “¿Estaba dulce o agria?” “No me pregunte
tonterías”, respondió el orador con señales evidentes de enojo; “¿Cómo puedo
saber el gusto si no la he probado? Y aquel hombre regenerado por el amor de
Dios respondió entonces: Y ¿cómo puede
usted saber algo de Dios, si nunca lo ha probado? El ojo y sus compañeros:
[Juan vio a Jesús, antes que el resto, y pudo señalarlo].
“Dijo al ojo a sus compañeros: veo más allá
de esos valles, una montaña envuelta en nubes. ¡Qué montaña más solemne! Pero
el oído respondió: “pues yo no oigo su voz”. Por su parte, la mano añadió: pues
yo no puedo tocarla; así que esa montaña no existe. Intervinieron las narices.
Nosotras no aspiramos su perfume, luego no debe existir tal montaña. Mientras
el ojo seguía contemplando la belleza de la montaña, los demás sentidos se
reunieron a deliberar, qué motivos habría tenido el ojo para tratar de
engañarles. Discutieron entre sí y llegaron a la conclusión: “sin duda, que el ojo se está volviendo loco”.
La abuela y los abogados [Juan
dio testimonio de lo que conoce]
Durante un juicio en un pequeño pueblo, el
abogado acusador llamó al estrado a su primera testigo, una mujer de avanzada
edad. El abogado se acercó y con cierta arrogancia, le preguntó: - Sra.
Fortunati: ¿sabe quién soy yo? - Ella respondió: - Sí, yo lo conozco muy bien,
señor Ruiz, desde que era un niño y francamente le digo que usted resultó
ser una profunda decepción para sus padres; siempre está mintiendo, cree que lo
sabe todo, manipula a las personas.
Sí, claro que sé quién es y lo conozco muy
bien. El abogado se quedó perplejo, sin saber exactamente qué hacer ni
decir. Entonces balbuceando y apuntando hacia la sala, le volvió a
preguntar a la Sra. Fortunati: -¿Conoce usted al abogado de la defensa? -
Nuevamente la abuela respondió: - Uhhh…Claro que Sí, Yo también conozco
muy bien al señor Martínez desde que era un niño; es medio raro, y tiene serios
problemas con el alcohol y le sonsaca los bienes a los pobres…Sí, lo conozco
muy bien.
El abogado de la defensa casi se desmaya.
Entonces, el Juez llama de inmediato a los dos abogados para que se acerquen
rápido al estrado, y les dice: - Si a alguno de los dos se le ocurre
preguntarle a esta señora si me conoce, ¡los mando a la silla eléctrica!
¿Dónde está Dios? [Juan Bautista, supo dónde estaba el
cordero de Dios] [Para niños]
Dos niños pequeños, de 8 y 10 años de edad,
que eran muy traviesos; se metían en problemas y sus padres sabían que, si
alguna travesura ocurría en su pueblo, sus hijos estaban seguramente
involucrados. La mamá de los niños escuchó que el sacerdote del pueblo había
tenido mucho éxito disciplinando niños, así que le pidió que hablara con sus
hijos. El sacerdote aceptó, pero pidió verlos de forma separada, así que la
mamá envió primero al niño de 8 años.
El sacerdote que era como de dos metros y
con una voz muy profunda, sentó al niño frente a él y le preguntó solemnemente:
¿Dónde está Dios? El niño se quedó mudo y no respondió, así que el sacerdote
repitió la pregunta en un tono todavía más grave: ¿Dónde está Dios? - De nuevo
el niño no contestó. Entonces el sacerdote subió de tono su voz, aún más, agitó
su dedo frente a la cara del niño, y gritó: ¿Dónde está Dios? El niño salió
gritando del cuarto, corrió hasta su casa y se escondió en el closet, golpeando
la puerta.
Cuando su hermano lo encontró en el closet
le preguntó: ¿Qué pasó? El hermano pequeño sin aliento le contestó: ¡Ahora sí
que estamos en graves problemas hermano, han secuestrado a Dios y creen que
nosotros lo tenemos!
El llamado de Juan: [He ahí al Cordero de Dios: Don de
Dios para todos]
El predicador
estaba aquel día más elocuente que de costumbre, y todos, - lo que se dice
todos-, lloraron de emoción. Bueno, no exactamente todos, porque en el primer
banco estaba sentado un caballero con la mirada fija en un punto delante de sí,
totalmente insensible al sermón.
Concluido el
servicio, alguien le dijo: “Ha escuchado usted el sermón, ¿no es cierto?”. “Por
supuesto”, respondió, “yo no estoy sordo”. “Y qué le ha parecido?”. “Tan
emocionante que daban ganas de llorar”. “Si me permite preguntárselo, y
¿entonces por qué no ha llorado?”. “Porque
yo no soy de esta parroquia”.