Lecciones de Vida para Crecer en la Fe, Domingo de Pentecostés, 31 de Mayo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 31 may 2020 10:50 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 may 2020 10:51 ]

Llenar de agua un colador [Habitar en las fuentes del Espíritu]

   Cierta vez, una mujer visitó a un maestro y le preguntó: ¿cómo llenar su alma de espiritualidad? El maestro le dio un colador y una taza, y fueron juntos a una playa cercana. Se pararon sobre una pequeña roca. Le dijo el maestro: ¿Muéstrame cómo llenarás el colador con agua? Ella se inclinó y comenzó a llenarlo con la taza. 

   El agua apenas llegaba a cubrir la base y luego se filtraba a través de los agujeros…El agua se sale, dijo la mujer -, ¿cómo se hace?. El maestro tomó el colador y lo arrojó al mar. El objeto flotó unos instantes y después se hundió. –Ahora está lleno de agua y así permanecerá-dijo luego-. Ese es el modo de llenar un colador con agua y también de llenar tu corazón con el Espíritu. Sólo se logra arrojándose en la inmensidad de su divino amor. 

El sabio y la piedra: [El Espíritu Santo, maestro interior]

 

   Un sabio estaba un día sentado a la orilla de un gran río con sus alumnos, sacó del agua una piedra hermosa, dura, redonda y la rompió. Su interior estaba completamente seco. Esta piedra llevaba años dentro del agua, pero el agua no había penetrado en ella. Luego les dijo a sus alumnos: lo mismo ocurre con nosotros los cristianos. Siempre inmersos en el Espíritu pero, tal vez, por dentro secos.

 

El carro varado: [Sin el Espíritu, nos quedamos estancados]


   Imaginemos un carro varado: dentro está el conductor y detrás una o dos personas empujando fatigosamente el vehículo, intentando darle la velocidad necesaria para que arranque. Se detienen, se secan el sudor, vuelven a empujar... Y de repente, un ruido, el motor se pone en marcha, el carro avanza y los que empujaban respiran tranquilos.

Lección: Necesitamos el poder de lo alto que nos ponga en marcha. El secreto para experimentar Pentecostés se llama oración. ¡Es ahí donde se prende la «chispa» que nos enciende el alma!

 

Todos necesitamos del Espíritu.

 

   En New Port, Rode Island, está la comunidad de las Hermanas de Jesús Crucificado, en la que cada hermana tiene un problema físico: la superiora es ciega, otras son sordas, otras parapléjicas. El lema es: “Cada Hermana edifica la comunidad desde su capacidad y recibe ayuda en su necesidad”. Ninguna monjita es perfecta: La que ve, guía a la ciega; las que pueden caminar llevan a las que no pueden; la que oye, le explica a la sorda. Y Así, como todas tienen un defecto, ese defecto físico, se vuelve un don, signo de la necesidad que tenemos de los demás. Lección: La vida del Espíritu fluye en la comunidad, porque nadie puede gloriarse de ser perfecto. Nadie puede gloriarse de no necesitar a nadie. 

La superiora del Espíritu Santo: 

   Cierto día el papa, San Juan XXIII visitó un hospital a cargo de religiosas, denominado “Archi hospital del Espíritu Santo”. Al llegar, la superiora, toda nerviosa y muy emocionada, besó atropelladamente su anillo doblando la rodilla y sólo acertó a presentarse con estas palabras: -Santidad, soy la superiora del Espíritu Santo. Con una sonrisa ante tan original presentación y para apaciguarle los nervios, le respondió afectuosamente: -¡Qué suerte tiene, hermana, ser la superiora del Espíritu Santo! Yo sólo he podido llegar a ser vicario de Cristo. 

Hermanos en el Espíritu: 

   Había dos hermanos de una iglesia. Uno de ellos trabajaba en una carnicería. Llegó otro hermano a la carnicería y le dijo al de la carnicería: "Hermano, ¿me fía dos kilos de carne?" Este le contestó, "No puedo." Le dijo el otro: "Pero somos hermanos." El carnicero le contestó, "Somos hermanos en el Espíritu, pero no en la carne." 

Dios llega a nosotros: [Dejemos que llegue y estemos despiertos a su Espíritu] 

   Un feligrés le preguntó al sacerdote: ¿Qué puedo hacer para llegar a Dios? Y el sacerdote, a su vez, le preguntó: ¿Puedes hacer algo para que salga el sol cada mañana? Un tanto enojado el feligrés, le contestó: ¿Y entonces, de qué sirven tantas predicaciones y tanta insistencia en la oración?...Y el sacerdote le respondió: para que estés despierto cuando salga el sol. 

El empujoncito: [Con la fuerza del Espíritu Santo, somos capaces de todo]

   Un millonario hace una fiesta en su mansión, y en un momento para la música y mirando hacia la piscina donde criaba cocodrilos australianos, dice: Quien logre cruzarla y salir vivo al otro lado, se ganará todos mis autos... ¿Alguien se atreve? Espantados, los invitados permanecen en silencio y el millonario insiste: El que se lance a la piscina, logre cruzarla y salir vivo al otro lado, ganará todos mis autos y mis aviones... ¿Alguien se atreve? El silencio impera y una vez más, ofrece: El que se lance a la piscina, logre cruzarla y salir vivo al otro lado, ganará todos mis autos, mis aviones y mis mansiones. 

   En ese momento, alguien salta a la piscina. La escena es impresionante. Una lucha intensa, el hombre se defiende como puede, agarra la boca de los cocodrilos con pies y manos, ¡tuerce la cola de los reptiles...! Mucha violencia y emoción. Después de algunos minutos de terror y pánico, sale el valiente hombre, lleno de mordiscos, hematomas y casi muerto. El millonario lo felicita y le pregunta: ¿Dónde quiere que le entregue los autos, los aviones y las mansiones?  Gracias, pero no quiero ni sus autos, ni sus aviones, ni sus mansiones. Impresionado, el millonario pregunta: Pero ¿entonces qué quieres? Y el hombre, medio muerto, le respondió: ¡yo solo quiero saber quién fue el que me empujó!

Moraleja: Para la aventura hermosa de llegar a Dios como nuestra máxima meta, necesitamos el empujoncito de su Espíritu divino.

El contrabandista: [El Espíritu Santo descubre nuestra identidad]

    Un contrabandista solía cruzar la frontera todos los días con unos canastos llenos de paja sobre un burro. Él admitía ser un contrabandista. Cuando volvía a casa por las noches, los guardias de la frontera lo registraban una y otra vez, cernían la paja, la sumergía en el agua e incluso la quemaban de vez en cuando. Mientras tanto la prosperidad del contrabandista aumentaba visiblemente. Un día se retiró y fue a vivir en otro país, donde, unos años más tarde, lo encontró uno de los aduaneros y le preguntó: ahora sí lo puedes decir, ¿qué pasabas de contrabando que nunca pudimos descubrirlo? – él respondió: yo pasaba burros.

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31 may 2020 10:50