Saludo Semanal

6° Domingo de Pascua, 22 de Mayo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 21 may 2022, 8:21 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 21 may 2022, 9:00 ]

Chía, 22 de Mayo de 2022

Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad.

Eslabones en el Único y Divino Legado del Amor"

   Nos encontramos en el 6° Domingo de Pascua, previo a la Ascensión del Señor

  El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que quiere desahogarse y compartir infinidad de cosas que lleva dentro. 

  • Nos declara como los nuevos templos donde Él habita y podemos encontrar a Dios (“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”) 
  • Nos presenta al Espíritu Santo “como nuestra memoria espiritual”, “nuestra memoria de fe”, el que nos lo enseñará todo 
  • Nos pide que no tiemble nuestro corazón, porque Él se va, pues Él “volverá a nosotros y seguirá presente de otra manera: con el Don de su divino Espíritu”: “Si me amarais de verdad, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”. 
   En intimidad de la última cena, “Jesús, con sus discípulos y compañeros de viaje", les da sus últimas indicaciones. Jesús los acompañó con su amor por los caminos esta vida. 

   Y como el final se acerca, y Jesús no quiere que la fe de sus discípulos tambalee ante los acontecimientos que vendrán, entonces, también será su guía y compañero del viaje que emprenderán a la eternidad. 

  Y es en este el último discurso de Jesús, donde los abraza con el lazo de su amor, y les deja en su corazón su mejor legado, y la verdadera clave para el viaje hasta la eternidad: “el amor”. "El que me ama guardara mi palabra, y mi Padre lo amara, y vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14,23). Les hereda la relación filial con su Padre, y les promete su Espíritu, como fuente inagotable y garantía de vida eterna. 

   “El que me ama guardará mi Palabra”. Si queremos saber si Dios nos ama, basta con saber que guardamos su palabra. Si queremos saber si amamos a Dios, basta saber si vivimos de su palabra. 

   Ella es el criterio de nuestra verdad, porque es la expresión de Dios mismo y de todo su plan sobre nosotros. Amar a Dios, es cumplir su palabra haciéndola norma suprema y criterio de verdad en nuestras vidas. 

   La despedida de sus discípulos, a pesar de la tristeza profunda que ella genera en los corazones de todos, será causa de una unión aún más íntima con él. Si bien los discípulos estaban desechos por la muerte de Jesús, el ardor de su fe por la resurrección, les levantará el ánimo. Ahora, Jesús les explica que otra vez tiene que desaparecer de su vista, para hacerse presente de manera universal. 

   Será preferible que los ojos de sus discípulos no lo ven más, pero a cambio podrá morar en cada corazón que acoja y permanezca en su amor y unido a su Espíritu. El verdadero hogar de Dios será el corazón de cada uno y será en el nido de su amor en donde él habitará. 

   Los corazones serán como templos vivos en donde arde el amor del Señor. El corazón será el domicilio que Dios dará como referencia permanente para que lo encontremos. Lo triste es que nuestro corazón es, quizá, el lugar donde menos lo buscamos. Lo verdaderamente necesario y definitivo, está en permanecer en el amor, pero al estilo y, y a la medida del amor sin medida del Señor. 


   Mientras el mundo nos propone dichas pasajeras y amores falsos efímeros cargados de palabras vanas, alegrías externas y fugaces, el evangelio nos muestra y ofrece el rostro más alto rostro del amor en Jesús, aquel que se comprende desde la donación y oblación gratuita: “El que me ama y escucha mi palabra, ese habitará en mí y yo en él. Al que me ama, le dejaré mi paz y recibirá el don del Espíritu que le enseñará todo lo necesario”. 

   Nuestra relación con Dios comienza por escuchar su Palabra, por tomarla y vivirla en serio, porque no es una palabra cualquiera, ni una simple comunicación de ideas. Es el centro de nuestra fe, de la Iglesia, nos impulsa en sinodalidad hacia la misma meta, y crea una comunión entre Dios y nosotros, hasta el punto de hacer morada en Él. 

   Somos creyentes y, por ende, nunca estamos huérfanos. En Jesús, Dios se nos ha acercado y gracias a Él, somos su santuario y su morada: “vendremos a él y haremos morada en él”. “Hacer morada en él” es una bella manera de decir que mientras el distintivo de todos los cristianos sea el amor, el corazón del Señor será el lugar donde descansen las almas fatigadas. Es el “domicilio permanente” de todos los cansados y agobiados. Así lo expresa la hermosa sentencia de San Agustín: “nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti, Señor”. 

   Como “templos” vivos de Dios, ¿Qué importancia le estamos dando a la Eucaristía y a la palabra de Dios? Como María Santísima, ¿hacemos silencio en el corazón para anidarla en él y hacerla resonar entre quienes no la conocen? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

5° Domingo de Pascua, 15 de Mayo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 13 may 2022, 9:02 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 may 2022, 9:39 ]

Chía, 15 de Mayo de 2022

Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad.

La Medida del Amor sin medida"

   Este quinto Domingo de Pascua es el Domingo de lo nuevo. De no tener “miedo a lo nuevo”. El Señor vuelve a hacerse presente en la Palabra, en la Eucaristía, en comunidad, y de manera singular, hoy nos dejará la clave para estar unidos a Él: El mandamiento nuevo del amor”. Sabe que pronto ascenderá al Padre y dejará de ver a sus discípulos. Entonces les deja como legado el “mandamiento nuevo”, tesoro de sus entrañas por el cual podrán seguir unidos y ligados a él, en y a través de su amor.

 

   El mandamiento del amor es la clave de su presencia y el distintivo de los cristianos. Es el regalo divino del que mejor podemos echar mano para reconocerle y darlo a conocer. Es el sello que los identificará como discípulos suyos. No les dijo que llevasen como signo grandes cosas. Les dijo algo muy sencillo: “Amarse los unos a los otros, como él los amó”. Nadie los identificará como discípulos por tener mucho poder o mucha riqueza, sino por la fuerza y el brillo de su amor a los demás. 

   Para poder reconstruir un mundo nuevo, Jesús nos dejó “un mandamiento también nuevo: Que os améis unos a otros”. Y para que nos amemos, no de cualquier manera, sino de la mejor manera, nos dio la clave: “Como yo os he amado, amaos también vosotros”. ¡Qué gran responsabilidad nos confía hoy el Señor! Nos dice que la gente conocerá a sus discípulos, según se amen entre ellos. En otras palabras, el amor es el documento de identidad del cristiano, es el único “documento” válido para ser reconocidos como discípulos de Jesús. El único pasaporte de entrada al cielo: “Al atardecer de la vida, nos examinarán en el amor”

   Dios, como un agricultor, reparte sus dones a todos y quiere que todos crezcan, den frutos y perduren. A través de esos frutos que demos conocerán que somos hijos de Dios y discípulos del Señor Jesús. 

   El tiempo de pascua es el tiempo del amor, es el tiempo de la fraternidad, de la perseverancia y del paso del Señor con el aroma de su resurrección. 

   Lo que ha de distinguir y caracterizar a los discípulos, ha de ser la forma de amarse los unos a los otros. Más que la cruz que llevamos al pecho, es la capacidad de saber llevar, los unos, las flaquezas de los otros, como Cristo llevó las nuestras. Esto solo es posible con la fuerza y la medida del amor de Jesús. 

   San Agustín afirmó: “De la misma manera que una ciudad precisa de leyes para que sus habitantes puedan vivir juntos, el ser humano precisa de la ley del amor para convivir en paz con el mundo, con Dios y con los demás”. El amor es la sabia que alimenta las entrañas de la humanidad. A los primeros cristianos, los paganos los definían diciendo: "Mirad cómo se aman", porque su testimonio de amor cotidiano era como un libro abierto y su mejor predicación. Eran como el fermento y la presencia del Dios amor en el mundo. 

   Como en las calles de las ciudades se necesitan señales de tránsito. Para caminar por los caminos de la vida como hijos de Dios la única señal es el amor. Y no será hablando mucho del amor que lo damos a conocer, sino amando a los demás, como Él nos ha amado”: Amar como Él, con su estilo, con sus ganas, con su entrega y su alegría.

  Y más importante que cualquier otra clase de amor, es el amor de Dios. Es el que salva; totalmente diferente a los amores que matan y llevan a la perdición. Es diferente al amor desenfrenado, porque el de Dios pasa por la cruz. Tampoco es un amor de aventuras pasajeras; el amor del Señor es eterno en cada momento. Tampono es un amor posesivo; el de Jesús siempre es oblativo y dadivoso. Mientras el mundo nos ofrece un sello de distinción y calidad marcado por la riqueza, la elocuencia, el poder y la fuerza, los discípulos de Jesús se reconocían por el amor a la cruz, aquel que se da, que perdura porque viene de Dios. 

   En la segunda lectura leímos: “Yo vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado”. “Todo lo hago nuevo”. Entonces vale la pena renovar a este mundo viejo, al que tantas veces hemos llamado “valle de lágrimas”, con el amor que Jesús nos hereda. Este mundo viejo está hecho por los egoísmos e intereses humanos, y el egoísmo “no puede crear nada nuevo”, lo que hace es “envejecer lo nuevo” y sembrar muerte. Solo el mandamiento nuevo del amor es “capaz de recrearlo, renovarlo y darle vida todo”. Ese amor que es “capaz de enjugar las lágrimas, de quitar todos los lutos y de rejuvenecer lo viejo, y de llevar alegría a los corazones”. 


   Recordemos que ser cristiano significa “estar unidos a Cristo, que murió y resucitó por nosotros”. Ese lazo de unión es “amar a la medida de él”, es decir, a la medida sin medida. Ya tenemos su impronta en nosotros, pero no olvidemos que sólo él nos hace capaces ello, porque solos nunca podremos. 

   Vivamos en el amor de Dios y así daremos testimonio de nuestra Fe. Si queremos una familia nueva, un mundo nuevo, un País y una sociedad nuevos, entonces “no nos armemos los unos contra los otros”, más bien: “amémonos unos a otros como el Señor nos amó” 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o por el Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

4° Domingo de Pascua, 8 de Mayo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 5 may 2022, 12:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 may 2022, 12:14 ]

Chía, 8 de Mayo de 2022

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

En Sinodalidad, Bajo el Cayado del Buen Pastor"

   Este IV Domingo de Pascua, lo conocemos como el Domingo del buen Pastor, porque leemos la parábola del buen pastor. Es el Domingo de todos aquellos a quienes él ha llamado y les ha confiado el ministerio del pastoreo en la Iglesia, a través de los cuales sigue realizando su tarea pastoral. La tarea de todos los pastores del pueblo de Dios, es la que Jesús ha confiado, colocándolas en las manos de sus ministros servidores. 

   Tres frases resumen el significado del Buen Pastor: “Escuchar la voz del Pastor”. “El pastor conoce a sus ovejas y da la vida por ellas”, y “Las ovejas le siguen porque conocen su voz”. Para que las “ovejas escuchan la voz del Pastor”, el Pastor tiene que conocer a sus ovejas y estar cerca de ellas, dando la vida por ellas. No se puede ser pastor, ni apacentarlas a control remoto. Tristemente cada vez escuchamos menos la voz de Dios; desconocemos que somos hermanos, ovejas del mismo rebaño del Señor, y tristemente, aunque las ovejas sean cada día más, los pastores son cada día menos. 

   Jesús, el Buen Pastor, se regocija con las ovejas que están cercanas a él, pero también va en busca de las extraviadas. No teme ni montes, ni bosques, ni barrancos hasta llegar a la oveja perdida, la recupera, la toma sobre sus hombros, asume su propio cansancio y venda sus heridas. Es el Pastor de infinita misericordia, cuyo amor quiere alcanzar a todas las ovejas, aunque sean de otro redil: “tengo otras ovejas que son de otro redil que necesitan ayuda”. El amor de Dios es para todos, porque todos cabemos en su corazón. Aquellos que se han apartado de su amor y han perdido el calor de su corazón, son buscados de una manera aún más entrañable por él. Y al encontrarnos, su alegría es infinita, porque todos nos hemos extraviado alguna vez como la oveja perdida. La única seguridad de las ovejas, es el redil de los brazos de Cristo, supremo y solícito Pastor de su rebaño. 

   Jesús se define como “Palabra”, nosotros deberíamos definirnos como “oídos, y escucha”, porque la fe nace precisamente de escuchar a alguien; a Jesús que nos habla y nos llama hacia él. El seguimiento es la respuesta dócil, como la oveja, a la palabra escuchada. 

   Por eso, una de las características fundamentales de toda comunidad creyente es la proclamación y la escucha de la Palabra. Este mundo ofrece tantas palabras vanas, invitaciones y tantas distracciones que nos llevan por falsos caminos. 

   El Buen Pastor nos brinda agua y pastos frescos que reparan nuestras fuerzas. Entonces, lo esencial para ser discípulos de Jesús, es escuchar su voz, ser dóciles a él, y seguir la huella de sus pasos. 

   ¿Cómo escuchar a Dios en una sociedad llena de ruidos?  Con frecuencia, se hacen análisis de los ruidos en las ciudades, y casi siempre superan los decibeles permitidos. La voz de Dios llega primero, de manera casi imperceptible, al alma. Tiene muy pocos decibeles, pero suficientes para ser escuchada por quienes tienen todavía oídos atentos. Cuando queremos escuchar música, tratamos de propiciar un silencio en la sala que nos permita escuchar bien la música. Cuando queremos escuchar la Palabra de Dios, también será preciso hacer silencio en el corazón y la mente; sólo en ese silencio interior podremos disfrutar de la música de la Palabra de Dios.

 

   El Señor da por hecho que, “sus ovejas escuchan su voz”. Esto implica que estemos atentos a lo que él nos dice, y que dispongamos de tiempos adecuados para esta escucha. El problema es que hoy estamos más atentos a tantas cosas que nos distraen: aparatos, redes sociales, preocupaciones y afanes que nos hacen sordos e indiferentes, y pareciera que no escucháramos o huyéramos a aquello que en verdad vale, como es la Palabra de Dios.  

   Habitualmente uno escucha decir: “Padre, he llegado cuando ya habían leído el Evangelio, ¿me vale la Misa?” El problema no es si me vale o no la Misa; el problema es que no he “escuchado” la Palabra de Dios. Por consiguiente, ¿dónde puede estar la respuesta del “seguimiento”?  ¡Allí donde está tu tesoro está tu corazón! 

   Recordemos que somos “rebaño”, que “somos ovejas” y formamos una comunidad de vida, de relación y de amor que camina unida y en sinodalidad - porque tiene el mismo origen, el mismo impulso y la misma meta- hacia Dios. El Señor nos presenta una comunidad nueva, una comunidad interactiva en la cual todos somos importantes en la medida en que escuchemos a Jesús, pero también, en la que todos tenemos que escucharnos porque todos somos “escuchados por el Señor. “…El que escucha mis palabras…tendrá la vida eterna”. 

   Que la liturgia de este Domingo, nos ayude a reconocer la voz del Señor, especialmente en aquellos que están lejos de Él y que en el fondo de su alma necesitan la mano tendida y segura del Buen Pastor. Que nuestra vida prolongue las entrañas y misericordia del Señor, para que algún día se cumpla el sueño del Señor: “Ser un solo rebaño bajo el cayado de un solo Pastor

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   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

3° Domingo de Pascua, 1 de Mayo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 2 may 2022, 7:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 2 may 2022, 7:16 ]

Chía, 1 de Mayo de 2022

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

…Es el Señor…"


   En este tercer Domingo de Pascua Jesús sigue apareciéndose a sus discípulos. Dedicados a sus labores de pesca, y aunque bregaron durante toda la noche, no pescaron nada. Al amanecer, Jesús resucitado viene en su ayuda. Ya con él, y obedientes a su palabra, lo tienen todo en abundancia. Es la gran diferencia: “Sin Él, o con 
Él”
 

   San Juan nos cuenta este relato lleno de emoción en donde Jesús se les vuelve a aparecer a pesar de su incredulidad y del asombro con todo lo sucedido. A pesar de haberlo visto vivo, deciden volver a lo de antes. Como si todo lo que Jesús dijo, no sirviera de nada. Jesús resucitado sigue en su relación normal con sus amigos. No solamente vivió con ellos, sino que quiere seguir con ellos. Esa presencia activa de Jesús les ayuda a confiar, a creer, a echar las redes en el sitio que él les indica. Se requiere obediencia a él, porque él es el que hace eficaz el esfuerzo en la pesca y en el anuncio del Evangelio: “Echad las redes a la derecha y encontraréis”. 

   Es que los fracasos también entran en la pedagogía de Dios. Nos enseñan a confiar y fiarnos más de El que de nosotros. Les anima a no darse por vencidos a pesar de no haber tenido una fe suficientemente fuerte para terminar de creer y de amar como él les había enseñado. Afortunadamente toda noche tiene su amanecer, y cada amanecer es una nueva esperanza que nos puede dar la gran sorpresa de la vida. Mientras ellos recogen las redes cansados y desilusionados, dispuestos a irse a casa, en la orilla hay alguien que los llama, que los espera, encendidas las brasas, dándolos esperanza: “Echad las redes a la derecha y encontraréis”. Dios nos deja luchar, como si estuviésemos solos, y sin embargo nunca estamos solos, ni siquiera en esos momentos de frustración. Él siempre está en la otra orilla esperándonos con una palabra de esperanza. 

   La barca de nuestra vida, aunque aparentemente esté vacía, se sostiene porque Él va al timón. Esta es nuestra convicción, pero ¿hasta dónde va nuestro amor por él? De ahí que Jesús le pregunta a Pedro tres veces: “me amas”? La pregunta no es por un amor cualquiera, sino un amor capaz de dar testimonio, incluso con la vida.

    ¿Le amamos a Dios sobre todo? ¡Se nota nuestro amor por Él, en el combate del día a día? Quizá nos falta una confianza absoluta en él cuando pasamos por dificultades   y nuestro corazón está vacío. Con nuestras fuerzas no podemos hacerlo; es el Señor quien nos capacita para hacer frente a las adversidades. Cuando aparece el Señor, todo cambia, todo se llenó de Dios, como la barca se llenó de pescado. Con la resurrección todo cambia: la frialdad y la indiferencia, en ardor y fervor; el temor de los discípulos se cambia en valentía de anuncio. No siempre es fácil reconocer la presencia de Jesús en medio de nosotros. Sólo desde la fe se puede decir “Es el Señor”. Cuando lo reconocemos como el Señor, él estará ahí para ayudarnos. El milagro siempre será obra de Jesús, pero si nos implicamos y colaboramos con Él. 
   Reconozcamos que, como las redes vacías, hoy hay muchas Iglesias vacías, pero estadios están llenos y en los hay que hacer filas y reservaciones, porque están repletos. ¿Quién se atreve a proclamar el Evangelio en los estadios o en los restaurantes? Las playas también se abarrotaron en semana santa, aunque muchos templos vacíos. El problema no son las iglesias vacías, sino que, a muchos les sabe mejor lo que ofrece el mundo, que el amor que nos ofrece Dios. 

   Como los discípulos, breguemos esta semana para que prevalezca el amor de Dios en nosotros. El Señor olvida el dolor de nuestras traiciones, pero nos recuerda la pregunta: ¿Me amas? Como Pedro respondamos: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. El amor puede más que el pecado y será en ese amor vivido que seremos juzgados. 

   Cuando el horizonte esté oscuro, no abandonemos el timón. Acudamos al Señor y aferrémonos a su mano siempre tendida que nos brinda su presencia cierta y su alimento seguro, especialmente en los momentos más amargos de la vida. San Juan lo afirmó: “Al salir a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: “Traed de los peces que acabáis de coger”. Es en la Eucaristía donde el Señor reúne a su Iglesia y la reconstruye incluso en medio de sus fracasos. ¡Qué bueno sería que cada vez que participamos en la Eucaristía pudiésemos decir como el discípulo amado: “Es el Señor” ¿Por qué no hacemos de la Eucaristía el centro de nuestra vida cristiana?  

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o por el Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

2° Domingo de pascua, de la Divina Misericordia, 24 de Abril, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 abr 2022, 15:48 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 abr 2022, 16:07 ]

Chía, 24 de Abril de 2022

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Alegre la Mañana, que nos Habla de Ti. Alegre la Mañana"

   Hoy celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Misericordia del Señor con los discípulos que experimentan la presencia del resucitado y se reconcilia con ellos. Y con el apóstol Tomás, a quien le da el privilegio de poder tocar sus llagas y creer en El. 

   La misericordia es el acto último y supremo con el cual Dios viene a socorrer nuestra miseria, y se instala en el corazón de cada persona, cuando mira con ojos limpios a sus hermanos. La misericordia nos abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante nuestro pecado, porque Dios no lleva cuenta de nuestros pecados, y “su misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona”. 

   En la aparición, Jesús abre el diálogo con un saludo de amistad. Ahí comienza la verdadera Pascua y les presenta las bases de la primera comunidad pascual: Primero les hace recuperar la alegría perdida por su infidelidad en la Pasión. Segundo: Jesús los recrea, haciéndolos hombres nuevos. Tercero: les hereda la misión que él ha recibido del Padre: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Y por último, les otorga los dones del perdón, de la misericordia, de la comprensión y de la reconciliación. A partir de ahí, somos Iglesia de la “misericordia”; Iglesia de la “comprensión”; Iglesia de la “misión”; Iglesia de las “llagas, porque es la Iglesia que contempla y se alegra, porque las llagas del crucificado, ahora son las llagas del resucitado. 

   Este Domingo de la Misericordia, es también el domingo de los regalos pascuales. El regalo de la paz, como reconciliación de Jesús con los suyos. El regalo del Espíritu Santo, que los hace hombres nuevos. El regalo de la misión, por la que los hace continuadores de su obra, y el regalo del poder de perdonar, como expresión del amor pascual que construye y cualifica toda comunidad. 

   Los primeros discípulos habían puesto cerrojos a sus puertas por miedo a los judíos, pero Cristo resucitado las rompió con su presencia. Hoy somos nosotros los que, acosados por el pecado, le ponemos cerrojos a nuestro corazón, y no dejamos que entre el Señor. No obstante, así como el primer día de la semana, las puertas del sepulcro fueron abiertas, cada domingo el Señor viene a nuestro corazón y con su suave presencia pueda romper los cerrojos que colocamos. Si él pudo abrir las puertas del sepulcro, si venció a la muerte, también puede derribar los muros y las barreras que nos alejan de él y de nuestros hermanos. Se abrieron los cerrojos de las puertas y los discípulos quedaron capacitados para anunciar al Señor resucitado y prolongar su presencia universal que acompaña a quienes se acojan a él. 

   En cada aparición a sus discípulos, lo primero que hace Jesús, es enseñarles sus manos, sus pies y su costado. Conserva las huellas de su pasión y va al cielo con las huellas del dolor causado por la humanidad. 

   Conservando las huellas de su Pasión en sus manos, está conservando en su corazón a sus amados, los mismos que lo traicionaron. Son huellas poderosas que sólo pueden dar plena paz, luego de ser atravesadas por los clavos. Esto nos asegura que las llagas de la humanidad sufriente están tatuadas y grabadas en las manos del Señor, y cada vez que ve sus manos, nos ve y nos mira con amor y compasión infinitas. 

   Ahí es donde radica la razón de ser de su eterna e infinita misericordia. No hay, ni habrá nada que pueda borrarnos de la palma de las manos del Señor. Lejos de vengarse de quienes lo han crucificado y llevado a la muerte, nos da certeza que su amor y su perdón son infinitos. Por eso podremos decir: “el Señor me lleva en la palma de sus manos, y estamos en la palma de las manos de Dios”. Viendo la señal de los clavos, ve nuestra propia debilidad y nos asegura su eterna misericordia. 

   Uno de los elementos más reveladores que Jesús sigue vivo es “mostrar sus manos y sus pies”. Mostrar las manos es mostrar las llagas de unas manos rotas y agujereadas como signo de la propia entrega. Mostrar sus pies, es mostrar las llagas de tanto caminar por la vida al encuentro con el hombre. 

   Es necesario, como creyentes, que podamos mostrar nuestras manos gastadas como prueba de amor a los demás, y mostrar nuestros pies gastados de ir a visitar a los enfermos y necesitados. Jesús resucitado, entra al cielo con las huellas de su pasión; huellas del dolor que le causó la humanidad. 

   Al conservarlas guarda en su corazón el pecado de sus amados. Tan poderosas son sus huellas que sólo ellas pueden dar plena paz, pero luego de ser atravesadas por los clavos. Pensemos en tantos padres de familia y personas mayores que, con sus manos arrugadas y encallecidas tienen la autoridad del mismo Señor para perdonar y bendecir a sus hijos. 

   El Domingo de la Misericordia, es también el domingo de la paz, de la presencia del Señor, de la alegría, de la familia, porque es el domingo de la paz y la alegría de la resurrección. Alegría y paz que portan las heridas del Señor, y suavizan las heridas de nuestros pecados y calman nuestros temores. 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o por el Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo Domingo Pascua de Resurreción 17 de Abril 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 abr 2022, 14:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 abr 2022, 15:26 ]

Chía, 17 de Abril de 2022

Saludo de Pascua, y bendición para todos. El Señor ha resucitado, Aleluya, Aleluya.

Alegre la Mañana, que nos Habla de Ti. Alegre la Mañana"

   Hoy, Cristo resucitado nos trae una nueva primavera. El tronco viejo del mundo, al que nosotros estamos tan apegados, reverdece ahora y florece con nuevos ímpetus: ¡Ha resucitado! ¿Acaso este mundo no necesita un poco de alegría y de ilusión, de futuro y de coraje? El Domingo de Pascua nos invita a renacer con aquel que ya ha renacido, a vivir con el que es la vida. Nos empuja a vivir ya desde el suelo con la mirada puesta en el cielo. La gloria de Jesús, al resucitar, será atraernos y llevarnos al encuentro definitivo con el Padre. Si desde la cruz, en el Gólgota atraía a todos hacia él, ahora resucitado, viviremos con él para siempre. 

   Es cierto que todos tenemos nuestras noches oscuras de dolor y sufrimiento. Pero no es menos cierto que todos tenemos también nuestros gozosos amaneceres llenos de esperanza. El domingo de resurrección es el domingo de la esperanza, y también de las prisas, porque todos corren. María Magdalena sale de madrugada a visitar el sepulcro. Al ver que la piedra del sepulcro estaba removida y que el cuerpo de Jesús había desaparecido, corre a comunicárselo a Pedro y a Juan. Sin deliberar, éstos a su vez, corren para cerciorarse del hecho. Cuando Juan vio los lienzos puestos en el suelo y el sudario doblado en un sitio aparte, entendió lo que Jesús había dicho que resucitaría al tercer día y entonces vio y creyó. 

   Hoy, Jesús resucitado, sale invicto del cara a cara con la muerte. Es Pascua, y todos tenemos la misión de animar a los demás a disfrutar y a ser conocedores de los frutos de la resurrección. La mañana de Resurrección es una llamada a empujar al mundo hacia Cristo. La aurora de este histórico día, del triunfo de la vida sobre la muerte, nos llena de inmensa alegría. ¡Hay que aprender a estar alegres en medio de la adversidad! Entre otras razones porque los cristianos poseemos la alegría de la fe. La alegría de un Cristo con rostro glorioso, y la fecundidad que sus palabras nos traen. 

   Cuando muere la luz del día, la naturaleza se pone oscura y triste, pero a la mañana siguiente, las aves, al encontrarse de nuevo con la luz del día, cantan con alegría. Pues bien, por la fe en Cristo, muerto y resucitado, tenemos la esperanza que después de la oscuridad y tristeza de la muerte nos encontraremos de nuevo con la luz y junto con nuestros seres queridos cantaremos con eterna alegría. Nos toca responder a Jesús. ¿Creemos o no? No hay punto medio. Si creemos, hemos de oírle y hacer lo que nos dice. Ya no tenemos que buscar entre los muertos al que vive, porque ha resucitado. 

   La resurrección de Jesús es la mejor garantía de nuestra vida después de la muerte. Dejemos en el sepulcro del Señor los trapos de nuestro hombre viejo, y resucitemos con Él a una vida nueva de gracia y santidad. La resurrección es tiempo de la victoria. Como después de un partido de fútbol, los triunfadores se abrazan, cantan y celebran jubilosos la victoria, los cristianos, hoy, en el eterno domingo de Pascua, exultamos por la victoria sobre nuestro último enemigo, la muerte, y tenemos motivos más que sobrados para saborear y celebrar gozosamente el triunfo del Señor. ¿Dónde está muerte tu victoria?

   En la mañana de Pascua, Cristo resucitado vuelve a ser el agua viva, la luz que brilla en las tinieblas, la esperanza y la salvación para todos los hombres. El amor del Padre no defrauda a quien se confía a Él. Cristo resucitado es para siempre el viviente que nos entrega su espíritu para estar con nosotros hasta el final de los tiempos. 

   “Alegre la mañana, que nos habla de Ti. Alegre la mañana. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, salimos de la noche y estrenamos la aurora. Saludamos el gozo de la luz que nos llega resucitada y resucitadora”. Es Jesús quien toma el timón de la vida y tiene la última palabra, porque la última palabra es la vida. El amor de Dios es más fuerte que la muerte y en la muerte, Dios pronuncia en su divino Hijo la última palabra: que Dios es amor, y sólo el amor puede derrotar la muerte. A Jesús, lo habíamos dejado en el sepulcro. Y hoy vemos que Él ha abandonado el sepulcro. El sepulcro está vacío. Hasta ayer todo parecía viejo. Hoy todo lo vemos nuevo. Nuevo Jesús. Nuevos los hombres y mujeres. Hoy estamos vestidos de fiesta y de triunfo, porque estamos estrenando nueva vida.

   “Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos”. (Papa Francisco) 

   El Señor ha resucitado, Aleluya, Aleluya, y su misericordia es eterna, Aleluya, aleluya. A Todos les deseo: ¡Felices Pascuas en la Pascua de Jesús!.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo Domingo de Ramos 2022, 10 de Abril 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 7 abr 2022, 15:36 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 7 abr 2022, 16:00 ]


Chía, 10 de Abril de 2022

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Bendito El Que Viene en Nombre del Señor"


   El Domingo de Ramos es un domingo de contradicciones. Exaltaciones y humillaciones. Alegrías y tristeza. Triunfos y fracasos. Alabanzas y condenas. Así comenzamos esta Semana Santa. Una semana que pondrá al descubierto el corazón humano. Pero también pondrá al descubierto el corazón de Dios. Una semana que pondrá al descubierto la sencillez del pueblo. 

   En la entrada de Jesús en Jerusalén encontramos unidas, de antemano, tanto la realeza del Señor como la humildad, la cual culminará en la cruz. A la alegría expresada durante la entrada solemne al templo le sigue inmediatamente la lectura de la Pasión. De ahí que cada Domingo de Ramos es, por un lado, día de júbilo y aclamación del Señor, y por otro, día de abandono, de pasión y de muerte de cruz.

 

   Es domingo de ramos, pero también es domingo de Pasión. La misma multitud que lo ha proclamado rey en la entrada triunfal, lo abucheará días más tarde. Habían sido cautivados por su palabra, alimentados con pan y pescado, curados de sus enfermedades, exorcizados de sus demonios y, sin embargo, al presentir la realidad de la cruz, todo cambió, y el jubiloso “Hosanna” ahora será el grito: “¡Crucifíquenlo!”

 

   Jesús entra como Rey, pero no viene a dominar, sino a servir a la humanidad. Entra glorioso y aclamado, pero de forma completamente humilde. Viene dispuesto a combatir, pero su lucha es contra el pecado. Viene armado para la lucha, pero su única arma es el amor. Triunfa en su batalla, pero su victoria, es el triunfo de la fidelidad a Dios y la solidaridad con el hermano en el patíbulo de la cruz. Finalmente, victorioso, será entronizado no en un palacio humano, sino en la misma gloria del Padre.

 

   Un refrán dice: “muerto el cantor, no muere el cantar”. Son muchas las voces que cada día recuerdan las palabras y los gestos de Jesús. Cuando algunos fariseos le pedían reprender a sus discípulos, él les respondía: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras». Estas palabras también nos interpelan a cada uno de nosotros. Los cristianos estamos llamados a confesar a Jesucristo, como ha dicho el Papa Francisco: “Si nosotros callamos, el Señor buscará otros mensajeros más fieles a su vocación”. A muchos les duelen los triunfos de Jesús. A muchos les duelen los triunfos del amor misericordioso y optan por la violencia. A muchos les duelen los triunfos del perdón de Dios y prefieren seguir en los odios y rencores. Quisieran acallar la alegría de la fe, la alegría del amor, la alegría del perdón.

 

   Semana santa es tiempo de gracia. Que nada nos distraiga del amor de Dios. Es la semana mayor, porque el amor de Dios llega al extremo por nuestra salvación Vivámosla con ojos de gratitud; abramos nuestro corazón, sigámosla con oídos de fe y alma bien dispuesta. 


   Nada se compara con el perdón y el amor de Dios, que como en cascada viene desde la Cruz en torrentes de misericordia y de gracia. Nada tan divino y salvífico, como la redención obrada en Jesucristo. Es lo único válido y definitivo para cuando nuestros ojos se cierren a las vanidades del mundo y se abran para encontrarnos cara a cara con Dios.

 

   Emprendamos esta semana con un nuevo ardor y tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida. Como las palmas se abren para ver pasar al Señor en Jerusalén, que se abran nuestros corazones para experimentar su paso en nuestras vidas. Que nuestros ramos

sean brotes nuevos de propósitos santos que no se marchiten; que florezcan en obras de misericordia y amor, propios de esta semana mayor. Que los ramos de este domingo, no sean un amuleto, sino que expresen que nuestra vida es el eco de aquel grito “Hosanna” al Hijo de David. Desterremos de nuestra vida cualquier secuela de aquel doloroso grito ¡crucifícale! 


   Jesús no vive su Pasión solo, porque es una Pasión donde cada uno de nosotros somos protagonistas y tenemos algo que decir. En cada uno de nosotros, Él será bendito y será el rey, solo en la medida en que nuestras vidas estén adornadas por las palmas de la humildad, sencillez, alegría y mansedumbre.

    Que con la ayuda del que todo lo puede, demos nuestra vida por los más necesitados. Bendito el que viene a mi vida, a mi familia, a mi comunidad. ! Hosanna, en el cielo ¡ 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org y el Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición para esta semana santa, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


HIMNO DE ACLAMACIÓN 

Hoy me he vestido de fiesta, para seguirte los pasos. Y he salido a la calle, con mi ramita en la mano. 

Vas montado en un burrito. Todos te van saludando. Y yo levanto mi rama, y tú mi rama has tocado. 

Oh Jesús de mi vida, siendo amor, perdón y entrega,has cruzado la muralla, sabiendo lo que te espera.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 
 

Saludo 5° Domingo de Cuaresma, 3 de Abril 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 4 abr 2022, 6:34 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 abr 2022, 9:01 ]

Chía, 3 de Abril de 2022

Saludo y bendición para todos en esta cuaresma, tiempo de gracia y conversión.

Padre Misericordioso, Acógenos con tu Amor y tu Perdón"

   El pasado Domingo era el hijo que se fue de casa, hasta que la vida misma lo hundió como persona y le hizo soñar de nuevo en el calor del hogar. 

   Hoy es una mujer sorprendida en adulterio, hundida en la vergüenza, temblando de miedo ante la dureza y la incomprensión humana. 

   Unos hombres escandalizados de los pecados de los demás, dispuestos a juzgar y condenar a los otros. 

   Y frente a ellos, Jesús, siempre dispuesto a amar, a perdonar, a salvar y a tender sus manos para levantar a la que ha caído, y en ella, a todos los que caemos. 

   Jesús no justifica el adulterio, ni lo aprueba, ni le da razón a la adúltera. Sencillamente comprende su debilidad y, luego de perdonarla, le pide que “vaya en paz, pero que no peque más”. Más bien habría que decir que lo que hace Jesús es condenar a quienes condenan. Quiere que comprendamos que los problemas no se solucionan “a pedradas” sino con la comprensión y el amor. En Jesús, triunfa el perdón sobre la condena, el amor sobre la ley; triunfan las palabras sobre las piedras, porque las piedras no salvan ni solucionan los problemas, más bien se le devuelven a quien las lanza. En Jesús se supera la ley antigua y comienza la nueva ley del amor en el marco del perdón. 

   El juicio de Jesús está marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quienes querían juzgarla y condenarla a muerte, Jesús les responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Al final, y como si ellos hubieran entendido que “la piedra que le tiras a alguien, puede ser la misma con la que tropieces mañana-, dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno. Luego de ese silencio, Jesús da su veredicto: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». 

   El que ama de verdad, para corregir, busca otros recursos, nunca las piedras. El pecado no se soluciona con la fuerza de las piedras, sino con la fuerza del amor, del perdón y de la misericordia. Y a los “que se tienen por buenos”, los invita a mirarse primero a sí mismos; a mirar su propio corazón y a tomar conciencia de que tampoco ellos son inocentes. Es decir, si le tiran piedra a aquella mujer, será porque están dispuestos a ser apedreados cuando caigan en pecado. Por cada piedra que le tiren, tendrán que recibir un dolor semejante al que le causan a la víctima. Para tirar la primera piedra es preciso saber cuántas debieran caer primero sobre uno mismo. Son piedras que llevamos más en el corazón que en las manos y cuando las tiramos a los demás, matan. 

   El veredicto del Señor va mucho más allá. O dejan libre a la mujer o tienen que someterse con ella al peso de la ley. “Quien de vosotros esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”. Los acusadores, heridos por ella como por un grueso dardo, se miran a sí mismos y, “confesándose reos en su fuga”, dejan sola a aquella mujer con su pecado, de frente a quien no tiene pecado. La adúltera, a través de su pecado se encontró con Jesús y así empezó su vida nueva. Y, ¿acaso, esta mujer cometió adulterio sola? No. El adúltero, quizá, era uno de los acusadores y, tal vez, por cobardía, huyó, o siguió engañando a otras mujeres. En todo caso, por condenar a la pobre mujer, nunca recibió el perdón del Señor, que sí recibió ella. 

   Que no se nos ocurra condenar a los demás, porque tendremos que comenzar por examinarnos en nuestro propio espejo. Reconozcamos que nuestro corazón arrastra los mismos pecados de los demás. Y si llevamos piedras, ojalá se nos caigan de las manos y pensemos que los que condenamos no siempre somos mejores que los condenados. No siempre el corazón de los buenos es mejor que el de los malos. Cuando alguien acusa, es posible que sufra de la misma enfermedad del acusado. 

   Jesús no apedreó ni al hijo pródigo, ni a la mujer adúltera, y tampoco nos apedreará por más pecadores que seamos. Su única arma es el amor; su sentencia es contra toda forma de pecado, no contra el pobre pecador. 

   San Agustín comentó: “al final de la escena quedaron solamente dos: la "miseria" (la miserable) y la "misericordia”. La mujer, representa la miseria humana, mientras Jesús encarna la misericordia divina: "Tampoco yo te condeno. “Vete en paz y no vuelvas a pecar”. Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org y el Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 4° Domingo de Cuaresma, 27 de Marzo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 4 abr 2022, 6:29 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 abr 2022, 6:44 ]

Chía, 27 de Marzo de 2022

Saludo y bendición para todos en esta cuaresma, tiempo de gracia y conversión.

Padre Misericordioso, Acógenos con tu Amor y tu Perdón"

   

   En este Cuarto Domingo de Cuaresma, la parábola del hijo pródigo, -que es un llamado para volver a los brazos de Dios-, nos presenta a tres protagonistas: El hijo menor que piensa en sí mismo, que busca la libertad y reclama sus derechos, y que no le importa el dolor del padre que lo ve alejarse de casa, y no le importa abandonarlo. Un hijo mayor que no logra entender ni el extravío de su propio hermano, ni el amor misericordioso del padre. Un hijo que está en casa, habita en casa, pero sin el calor hacia su padre porque para él, tal vez lo más importante, es su relación con los amigos, para los que pide una comida. Obediente, sí, pero sin capacidad de amar ya que prefiere el campo y los amigos a la compañía del padre. 

   El centro de la parábola es el Padre amoroso, tierno y paciente que espera el regreso de su hijo amado, y revela el rostro del Dios amor y Padre de todos. Padre de los que se sienten incómodos en casa y se van; de los que viven en casa, pero no sienten el calor del hogar. Un padre empeñado en salvar la familia, en demostrar que, por encima de la indiferencia y errores de los hijos, sigue amando a sus hijos llevándolos en su corazón. 

   Desde la óptica del amor divino, no es la “parábola del pecado, sino de la gracia”. No es tanto la “parábola de los hombres, sino del corazón de Dios”. Y también es la parábola del Padre que sale al encuentro tanto del hijo que se fue de casa, como del hijo mayor que, estando en casa, no sentía el amor del Padre y se quedó fuera. Es el Padre que siente que su alegría no es plena, mientras no estén en casa los dos hermanos. ¿De qué vale que regrese el uno, si el otro se sale y no quiere entrar? Mientras los dos hermanos no se abracen, no habrá fiesta. El corazón de Dios es un corazón que sale al encuentro de todos. El corazón de Dios necesita ver que la mesa esté completa y que no haya sillas vacías. 

   Esta parábola refleja la realidad de muchas familias hoy, y tendríamos que leerla desde la propia vida situándonos cada uno en el lugar que nos corresponda: el Padre, el hijo menor, el hijo mayor. Padres que vierten lágrimas, cansados y desvelados de tanto esperar a sus hijos. O abuelos con los ojos llorosos, que por las ventanas de su casa o, abandonados en un ancianato, esperan la visita de los hijos o los nietos que no volvieron, porque tienen algo más importante que hacer, o porque están peleando por la herencia que les quedará. Y así, mientras muchos padres no se cansan de esperar a sus hijos, muchos hijos lo único que esperan es la herencia, olvidando el “legado del amor” que ellos les enseñaron. 

   Hijos que lo primero que descubren no es el amor de los padres sino su libertad; y como son libres, la casa está bien, pero como hotel, no como un lugar de amor, porque su vida está en la calle. Hermanos que viven entre ellos como extraños; que piensan en sus vacaciones, pero no en las de los padres o sin la compañía de ellos. Hijos que prefieren refugiarse en la internet antes que compartir un rato de conversación con sus padres. Y así, tantas familias en las que no existe el sentido de la fiesta sino el aire de tristeza. Padres que quieren hacer fiesta con sus hijos, pero no pueden porque ellos están celebrando fuera con los amigos. Padres que, aún con sus corazones rotos y brazos vacíos, no pierden la esperanza que sus hijos reflexionen, que salgan del infierno de los vicios, y regresen a sus brazos. 

   También es el drama de Dios con nosotros. El hijo pródigo somos todos, somos ese hijo que renegó de su familia, optando por vivir solo. Ya es hora de decir: me levantaré y volveré a los brazos de mi Padre Dios, al seno y al calor de mi familia y de mi hogar. Al padre de la parábola, lo único que le interesa es que su amado hijo ha vuelto a casa. Dios no nos exige un corazón puro para abrazarnos; él nos recibe cuando volvemos porque, al igual que el hijo pródigo, jamás podremos ser felices en el infierno del pecado o del desorden moral. 

   Todos tenemos algo de los tres personajes. En muchas ocasiones somos hijos arrepentidos, cargados de nuestras miserias y pecados que queremos volver al Padre en busca de su perdón. Hijos que, aunque “felices” con los “deleites”, estamos esclavos y amarrados del pecado. Entonces, la conciencia nos obliga a querer salir de esa pesadilla para retornar a Dios. También podemos ser padres misericordiosos, imitando su amor, su compasión y el perdón de Dios. Pero por desgracia, a quien más nos parecemos, es al hermano mayor que no perdona el extravío de su propio hermano, ni entiende el amor misericordioso de su padre, sino que lo juzga con un corazón de piedra. 

   Como el hijo pródigo, “pongámonos en camino y volvamos a los brazos de nuestro Padre”. El Padre misericordioso espera de nosotros la conversión y la vida nueva. Seguros que él hace fiesta por nuestro regreso, nos reviste con su traje nuevo, con el anillo y las sandalias de la dignidad porque celebramos el triunfo del amor. 

   Cada domingo y en esta cuaresma, Dios nos susurra al oído: Soy tu padre, te he hecho con mis manos y yo amo lo que hago. Te he hecho a mi imagen. Tú eres mi hijo. No huyas. Vuelve a mi casa una y mil veces, y a pesar de tus caídas, te espero con los brazos abiertos. Si manchaste con el pecado, el vestido de tu bautismo, con el abrazo del Padre misericordioso, vuelve a quedar blanco y resplandeciente. 

“Gracias Padre misericordioso, por tantos padres de familia que, como tú, no pierden la esperanza de abrazar a sus hijos”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org y el Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 3° Domingo de Cuaresma, 20 de Marzo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 19 mar 2022, 9:25 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 19 mar 2022, 9:50 ]

Chía, 20 de Marzo de 2022
 
Saludo y bendición para todos en esta cuaresma, tiempo de gracia y conversión.

Ten paciencia de nosotros, Señor, y daremos fruto abundante"

   En este Tercer Domingo de Cuaresma, Jesús nos llama a la conversión. Nos ofrece su paciencia y su misericordia, -como la tuvo con la higuera-, y así dar frutos concretos de conversión auténtica. 

   El dueño de la viña tiene esperanza en la higuera, y a pesar de su esterilidad, le ofrece las posibilidades que da el tiempo y la espera. Él cree poder ayudarla a cambiar de situación volviéndola fecunda. El año de paciencia y de misericordia, hace fecunda a la higuera, como hará fecundo el corazón de quienes valemos más que la higuera. 

   De la respuesta de la higuera dependerá su vida. Así se conjuga la misericordia de Dios - quien le da un tiempo más-, con la justicia: “Si no da fruto, la cortas”. Es decir: “El hecho que estés y sigas aquí es una oportunidad que Dios te da. Él te ha tenido paciencia. Pero no abuses de la misericordia de Dios. Llegará un tiempo en que ya no podrás hacer nada”. 


   La desilusión con la higuera no lo llevó a acabarla. Le hizo pensar en echarle más abono. Cualquiera la hubiese arrancado, pero Dios no. Le dio un año más y se comprometió a ayudarla. Es la historia de cada uno de nosotros; historia de la paciencia de Dios y de nuestras posibilidades. Somos sus higueras amadas y siempre espera de nosotros algo más. Es que “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. 

   Pero, ¿Hasta cuándo nos tendrá que esperar? De nosotros depende que su espera no sea “inútil”. De nosotros depende que hoy comience a recoger frutos de gracia, de bondad, de perdón y de santidad. 

Jesús le facilita todas las oportunidades [tiempo, paciencia y misericordia] a la higuera. Ahora, de ella misma depende su propio destino. Ella misma se juega o la vida o la muerte.

   Con tal que entremos por la puerta de la conversión, Dios nos tiene suficiente paciencia. Vale más esperar que cortar y echar fuera. Las esperas de Dios son maravillosas, y él sabe esperar; no en una espera pasiva, algo así como “vamos a ver cuándo...”  El tiempo de espera es para Dios un tiempo de gracia, tiempo de “hacer ahorros y de abonar las raíces y regar las plantas”. El tiempo que Dios nos da, -su paciencia y misericordia-, es para abonar nuestro corazón y dar frutos de conversión. 


    “No dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy”. La conversión es una tarea que hay que comenzar ya. El tiempo que nos da el Señor no es para quedarnos de brazos cruzados; es una activa y dichosa espera, con tal que la higuera comience a fructificar, pero al final, “si no da fruto, la corta”. Como un padre es exigente por el bien de sus hijos, Dios es exigente porque nos ama. Es infinitamente misericordioso así nuestra vida pase - como la higuera-, por momentos marchitos e improductivos.

 

   Alguien dijo: Las oportunidades son como los amaneceres, que, si uno espera demasiado, se los pierde”. Si Dios nos tiene paciencia, es para que demos fruto. Como el jardinero no quiere perder ninguna de sus plantas, Dios, con su mano divina quiere podarnos; nos infunde la savia de su Espíritu divino para que en él podamos crecer. Así, los frutos serán el resultado de la generosidad divina y del esfuerzo humano. Y como buen jardinero nos riega y nos enriquece sin medida con miles de oportunidades para renacer en frutos que perduren. 


   Jesús nos recuerda que no somos distintos ni a aquellos galileos a quien sacrificó Pilato, ni tampoco somos diferentes a aquellos que murieron aplastados por la torre de Siloé. 

   ¿Acaso somos mejores que los demás? Decir “yo soy mejor que tú” puede ser un atrevimiento. 

   Yo sé las gracias que he recibido de Dios. Pero no sé las gracias que ha recibido mi hermano. Yo sé las posibilidades que tengo en mi vida. No siempre sé las posibilidades que otros tienen. 

   Yo conozco la verdad de mi corazón. No conozco la verdad del tuyo. Yo conozco el uso que hago de mi libertad. ¿Alguien sabe el uso que hacen los demás? 

   Preguntémonos: “¿Qué he hecho yo Señor, con tu gracia, con la paciencia y la misericordia que me das?”  

   Preguntémonos: “Si conocieras a una persona igual a ti, ¿Confiarías en ella? Antes de exigir frutos de conversión a los otros, debemos ser los primeros en darlos. Se acuerdan de aquel joven que le pregunta a su maestro: “Maestro, ¿qué significa, trabajar en uno mismo?, y el maestro le responde: es dejar de esperar que los otros cambien” Jesús, conociendo nuestras debilidades y nuestros vacíos, confía en nosotros, y año tras año, viene a buscar frutos. Nos da tiempo para que esa próxima vez que va a venir, encuentre la higuera de nuestro corazón, repleta de frutos.  

   ¿Cuándo llegará el día en que Dios encuentre nuestra vida cargada de frutos? ¿Seremos tan ingratos ante tanta bondad y paciencia? 

   No olvidemos que con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos, y con Él, la plenitud de la paciencia y de la misericordia divina. 

   Son tantos los dones que Dios nos ha dado, que ya es hora de dar muchos frutos. 

   Dios está hoy con el canastico en la mano, para “recoger los higos de la higuera de nuestra vida que tendremos que haber dado”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

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