Saludo Semanal 

25° Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de Septiembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 18 sept. 2020 18:46 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 sept. 2020 19:09 ]

Chía, 20 de Septiembre de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Señor, No Nos Mires Según Nuestros Méritos, Sino Según Tu Corazón
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
 
   En el Evangelio de hoy, los trabajadores de la viña somos cada uno de nosotros y el propietario es Dios, y para Él nadie llega demasiado tarde, acoge lo mismo al que nació en familia creyente y fue bautizado, que al que se acerca a Él al final de su vida. No excluye a nadie, a todos llama a trabajar en la viña y recompensa a todos generosamente, porque su misericordiosa su amor no tiene medida. 

   Esta parábola, de hecho, habría podido comenzar diciendo: “El Reino de los cielos se parece a un propietario que amaba con un amor gratuito”, es decir, un Dios que no busca nuestro rendimiento, sino que, por amor nos busca a nosotros. Los que tenemos responder somos nosotros, en la buena disposición y "con las herramientas que Él nos dio en la mano" para ir sin demora a labrar los caminos de Dios, en los surcos de este mundo. 

   No es fácil encontrar empresarios como el de la parábola, en cambio, sí es fácil encontrar de esos empleados. Hablamos mucho de justicia, pero no entendemos que más allá de la justicia, está el amor y la gratuidad. Buscamos la justicia para lo que interesa, pero no entendemos lo que significa la gratuidad. Exigimos que a nosotros nos den lo que nos corresponde, pero no entendemos que a otros gratifiquen con la generosidad. 

   Fijémonos que los primeros trabajadores de la viña pasaron felices el día, con su jornal y la comida asegurada. Pero también pensemos en el sufrimiento de quienes veían apagarse el día y no tenían nada que llevar a su familia. El dueño de la viña da a los últimos igual que a los primeros, y al que se convierte a última hora, le da igual que al que fue llamado a primera hora. No son nuestros méritos los que tienen que pasarle factura a Dios. Nuestra lógica concibe un Dios que lleve la contabilidad de cuanto hacemos para pagarnos por ello. Ahí radica la dificultad para entender la parábola. 

   Dios tiene otras medidas. Dios es justo, pero Él se define por su infinito amor. Por lo mismo, nos cuesta entender a Dios. Él nos trata según la generosidad de su amor y su gratuidad. Nosotros lo medimos por lo que hacemos, y Él lo mide todo por el amor de su corazón. Él no nos mira por nuestros méritos sino la bondad de tu corazón. En lógica del Señor, tener un corazón acogedor es el primer requisito para trabajar en su viña, y en la medida en que trabajemos en ella, vamos siendo parte de la misma, pero sin creernos más merecedores que los demás. Los hijos de Dios que no trabajan por extender su reino, ¿a qué recompensa pueden aspirar? “El tiempo perdido, los santos lo lloran” 

   Quizá algunos digan, si esto es así, ¿para que esforzarnos? ¿Para qué trabajar y luchar? Precisamente para no esperar recompensa en esta tierra, sino para vivir impulsados hacia los bienes eternos, aquellos que vamos ganando según sea nuestra dedicación en el perfeccionamiento de la creación a nosotros confiada. Y entonces, ¿cuál será la recompensa por nuestros esfuerzos? ¿Qué merecemos, o qué premio tendremos? El premio principal es ganarnos el corazón de Dios. Es tener la dicha de servir al dueño de la viña. El honor de sentirse llamado a participar en la bella tarea de acercar a los demás a la viña del Señor. Saber que participamos del mismo don de Dios, y que podemos hacer crecer los dones recibidos con la certeza absoluta que, ante el jornal de la gloria divina, no habrá trabajo grande. 

   Hay que invitar a muchos a trabajar en la viña del Señor y por el reino de Dios. A todos nos ofrece la paga generosa de su amor, y no somos nosotros los que coloquemos frenos a la generosidad ni al amor del Señor. Lo maravilloso es pensar que todos somos aptos para trabajar en bien de este mundo, de la iglesia, y por nuestra salvación. Dios mira las cosas de otra manera. Para Él somos valiosos, independientemente de nuestros resultados y logros. Él nos llena de sus bienes, aunque nuestras conquistas sean pequeñas, sencillamente porque para Él valemos más que nuestras obras y acciones.

   Ahora entendemos aquella pregunta de San Pablo: “¿Y quién me juzgará?” Y la respuesta es esperanzadora: “El mismo que dio la vida por mí”. Pidámosle a Dios que “no nos mire por nuestros méritos sino conforme a la bondad de su corazón. Él no nos debe nada; somos nosotros quienes le debemos todo a Él”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del perdón, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

24° Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de Septiembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 11 sept. 2020 15:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 11 sept. 2020 15:40 ]

Chía, 13 de Septiembre de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Ni Dios, ni el Amor, ni el Perdón se Miden por Matemáticas…
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
 
 
  
En este Domingo, el Señor nos examina sobre la calidad de nuestro perdón. Si todos somos perdonados por el creador, como criaturas amadas por Él, no podemos negar el perdón. El perdón es de Dios y viene de Él como el mejor regalo. 

  La misma palabra “perdón” significa: PER (Máximo) y DON (Regalo).
 

   “San Pedro pregunta a Jesús «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?, ¿Hasta siete veces?». Pedro coloca el máximo del perdón en “hasta siete veces” a una misma persona. Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», es decir, siempre. San Juan Pablo II, perdonando a su agresor afirmó: “El perdón es ante todo una decisión del alma y del corazón. Es la más esplendorosa obra de caridad que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Se instala dentro del corazón como la llave maestra que sana todas heridas. “Sólo los valientes saben cómo perdonar porque el perdón exige mucho valor”. 

   En cuestión de amor y perdón, Dios no usa las matemáticas. Uno le preguntó: “¿serán pocos los que se salven?”. Ahora Pedro le pregunta ¿cuántas veces hay que perdonar al hermano que le ofende? Pedro se cree generoso dice “siente veces”. Lo que Pedro ignora, es que amor no sabe de matemáticas. San Pablo dice: “el amor todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. “El amor no acaba nunca”. Y el perdón es hijo del amor, porque si el amor no tiene límites, tampoco el perdón puede tener límites. Ponerle límites al perdón es ponerle límites al amor y, por ende, es ponerle límites a Dios. Y ante Dios, solo tenemos que reconocernos, sus eternos deudores. 

   En nuestros corazones Dios estableció una inclinación natural al perdón, anterior incluso a la misma ofensa. Es una estructura espiritual que mueve el corazón de los hijos de Dios al saberse amados entrañablemente por él. Perdonar a los demás, nos permite reconocer que ya antes hemos sido perdonados. Nuestro problema está en que medimos el amor y, por ende, medimos el perdón. Hasta nos parece demasiado perdonar dos veces. Incluso, sentenciamos a quienes nos han ofendido, con frases lapidarias: “Yo perdono, pero no olvido” “Ya le he perdonado tres veces. Y a la tercera va la vencida”, o “Que Dios te perdone, yo no”. 

   Tenemos la manía de llevar cuenta de los pecados y errores de los demás, pero somos miopes y no reconocemos los propios. La vara con la que medimos a los demás no es la misma que usamos con nosotros mismos. Decimos ser católicos, somos perdonados por Dios, y no obstante salimos gritando: “Ya me lo pagarás…te espero a la salida…”  

  Es mucho lo que perdemos por nuestra dureza de corazón. Aunque es humano y natural que la ofensa recibida duela, el expresar rencor, odio o venganza, no tiene nada de cristiano. No es de buenos hijos de Dios desear mal a nadie, ni siquiera al que nos ha ofendido y aunque el deseo de venganza brota espontáneamente, el perdón será la luz que nos pide vencer la oscuridad y el mal a fuerza de bien. Dios no lleva cuentas de nuestros delitos. Si fuera así, nadie podría resistir.

   El perdón es el primer fruto que brota de la Pascua: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Y así también lo expresa la fórmula de la absolución: “Dios Padre misericordioso, que por la muerte y resurrección de su Hijo reconcilió al mundo y derramó al Espíritu Santo para el perdón de los pecados”. Afirmamos, entonces, que ni la misericordia de Dios, ni la muerte del Hijo, ni la efusión del Espíritu Santo saben matemáticas. Setenta veces siete significa que hay que perdonar siempre, sin la tacañería, ni el límite de los números. 

   El Papa Francisco nos dice: “Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y que el otro está en lo cierto. Simplemente significa que valoramos mucho más una relación que nuestro ego”. El Santo cura de Ars, en su infinidad de confesiones, le decía a sus penitentes: “El Buen Dios lo sabe todo. Aún antes que te confieses, él ya sabe que pecarás de nuevo, y sin embargo te perdona. ¡Cuán grande es el amor de nuestro Dios! En fin, se trata es de imitar a Cristo, quien ante sus verdugos solo tuvo palabras de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

 

   Si pedimos sinceramente perdón, es porque tenemos conciencia del propio pecada; y como Dios siempre me perdona, me pide que yo perdone. Perdonar es sanar nuestro corazón de la herida. Perdonar es sanar y recrear al que me ha ofendido. Si yo no perdono, en cierto sentido cierro la puerta al perdón de Dios. ¿Cuántas veces nos hemos confesado en vida? ¿Cuántas veces nos ha perdonado Dios? ¿Cuántas veces más nos seguirá perdonando? Tantas, que Dios te perdonará siempre, incluso sabiendo que volverás a fallarle.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del perdón, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

23° Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de Septiembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 5 sept. 2020 10:45 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 sept. 2020 12:50 ]

Chía, 6 de Septiembre de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Si Tu Hermano Peca, Corrígelo con Amor
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
 
   
El Evangelio de este domingo se centra en la corrección fraterna. Nos dice cómo resolver los conflictos y cómo hay que tratar al que peca, recordando que Dios condena al pecado, pero salva al pecador, porque es hijo de Dios y amado entrañablemente por Él. 

   Es un anuncio de esperanza en el poder del perdón frente al hermano que ha pecado y ofendido a la comunidad. El profeta Ezequiel exhortaba a no ser cómplices del pecado, y San Pablo nos recuerda que la esencia de la ley divina está en el amor: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido toda la ley.

   Recordemos que el credo confiesa que la Iglesia es “una y santa”; pero también nos dice: “creo en el perdón de los pecados”. Somos una comunidad creyente pero también comunidad pecadora; una familia de personas imperfectas que tienen por misión ayudarse mutuamente a madurar en el amor y en el perdón. La corrección fraterna, lejos de pretender modelar las personas a nuestro antojo, apuntando a las debilidades de los demás y ocultando las nuestras, busca, ante todo, que la persona que se ha equivocado, se dé cuenta de los valores que ha atropellado, de las heridas que ha causado y que sí le es posible el cambio y la conversión.

   En la Sinagoga, los judíos excluían de la comunidad a los pecadores; Jesús, por el contrario, abraza al pecador con el perdón: “Si tu hermano peca corrígelo a solas entre los dos”. No lo eches fuera, no lo excluyas, sigue amándolo, sigue preocupándote de él y sintiéndolo como hermano, porque ante Dios todos somos iguales, acogidos y queridos; todos somos corregidos y perdonados por la misericordia de Dios. De ahí que corregir no es reñir, ni condenar, ni echar fuera a nadie.

   En la pedagogía de la corrección fraterna, más importante que el pecado es la dignidad del pecador. Hacia allá tiende la insistencia de la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, corrígelo a solas… Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos. Si no hace caso, dilo a la comunidad. Si tampoco hace caso a la comunidad, entonces considéralo un gentil”. Lo importante será insistir en el Dios que nos ama tanto y desea salvarnos y para ello me ha regalado “la comunidad”. Comunidad que no está para castigarme, ni para recriminarme, ni para excluirme, porque yo no soy un extraño para ella. 

   La comunidad está para rodearme de su comprensión, cobijarme con su amor, animarme con su cariño y ternura; no para dejarme en la soledad de mi pecado, sino para hacerme sentir el amor que, a pesar de todo, Dios me ama. El problema está, en si después de tantas ofertas de amor y de perdón, alguien no es capaz de creer en el amor de toda una comunidad, él mismo es quien decide estar fuera de la comunidad.

 

 La hermosa expresión del Señor: “Si tu hermano peca”, está diciéndonos, entonces, que el que peca no es un extraño para mí; es “mi hermano”. Su pecado, no puede ser para mí un escándalo. Al contrario, me tiene que doler “por ser el pecado de mi hermano, y lo tengo que sentir como “pecado de mi hermano”. Así mismo, cuando el que peca soy yo, sé que tengo a mi lado un hermano, que no estoy solo en mi pecado; que tengo un hermano que sufre y siente mi pecado.

   El Papa Francisco añade: “Las etapas en este itinerario indican el esfuerzo que el Señor pide a su comunidad para acompañar a quien se equivoca, para que no se pierda. Es necesario ante todo evitar el clamor de la crónica y los chismes en la comunidad. Esto es lo primero que hay que evitar. 'Ve, amonéstalo, tú y él solos'. La actitud es de delicadeza, prudencia, humildad, atención hacia quien cometió una culpa, evitando las palabras que puedan herir y asesinar al hermano”. Y agrega: “Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y que el otro está en lo cierto. Simplemente significa que valoramos mucho más una relación con nuestro ego”.

   Desde este punto de vista, es muy consolador saber que aquel que peca no puede ser para nosotros un extraño. Es “un hermano”. Su pecado, antes que escandalizarnos, nos tiene que doler “por ser el pecado de un hermano nuestro”. Lo tenemos que sentir como “pecado de nuestro hermano”. Del mismo modo, cuando el que peco soy yo, sé que tengo a mi lado a un hermano que sufre y siente mi pecado. La presencia de ese hermano, o de mi comunidad, me hace sentir que no estoy solo ni abandonado porque alguien me está dando la mano. 

   Y cuando el que ha pecado es mi hermano, también he de estar preocupado por él. Si en nuestra natural debilidad pecamos, Dios coloca a nuestro lado alguien que puede salvarnos y que incluso, si nos resistimos, otros hermanos más, tratarán de arroparnos con su cariño y su perdón. 

   Nadie puede ser indiferente al sufrimiento de los que nos rodean, porque ser cristiano implica compartir la alegría y la tristeza, el gozo y el llanto, el éxito y el fracaso con todos. Sin embargo, no olvidemos que la corrección fraterna que nos sugiere el Señor, solo será posible en la medida en que estemos unidos a él, porque es quien todo lo puede por su infinito amor.

  Preguntémonos: ¿Si seremos de verdad hermanos? ¿Nos preocupamos de verdad de nuestros hermanos? ¿Seremos comunidad de amor que corrige fraternalmente y salva? A ninguno, el Señor nos deja solos en nuestro pecado. Él nos manifiesta su amor a través de nuestros hermanos.

Gracias, Señor, porque no me dejas solo en mi pecado; porque aún así me manifiestas tu amor a través de mis hermanos.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página:

www.santaanacentrochia.org  y a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a acoger de corazón y llevar a la práctica, el mensaje de la buena Nueva, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Y que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

22° Domingo del Tiempo Ordinario, 30 de Agosto de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 31 ago. 2020 12:38 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 ago. 2020 13:05 ]

Chía, 30 de Agosto de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

La Cruz con Jesús, y Jesús con la Cruz
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   En el Evangelio de hoy, Jesús coloca las cosas en lógica divina. Sus discípulos aún son bastante duros de cabeza. No se sabe si entendieron lo del Reino, pero lo que no entienden o no quieren entender es la verdad de Jesús, que desplegará su pleno resplandor, en la resurrección, pasando por la Cruz. Las parábolas del Reino como que no les afectaban, y no quieren saber nada de sufrimiento, ni de pasión, ni mucho menos de muerte. Incluso Pedro, que lo acababa de confesar como Mesías e Hijo de Dios, tiene el coraje de corregirle para que cambie de idea.

   El reproche del Señor a Pedro, quien todavía sigue pensando como los hombres: “Apártate de mí vista, Satanás”, vale no solo para él, sino para todos. Para Jesús, esto significa desviarlo de la voluntad del Padre, camino que implica renuncia, compromiso, sufrimiento, amor y cruz. El que quiera seguirle tendrá que transitar su mismo camino, pasar por su mismo destino, negarse a sí mismo y cargar con su cruz. 

   Mientras Jesús habla el lenguaje del espíritu y del amor, nosotros hablamos el lenguaje de la carne y del egoísmo. Negarse a sí mismo es aprender el lenguaje de Dios para poder comunicarnos con él y entre nosotros. “Negarse a sí mismo” no es una opción para la muerte sino para la vida, para la belleza y para la alegría. Consiste en aprender el lenguaje del verdadero amor, aquel que se amplía entre as se da. 

   Dios, a todos nos dio hombros para ayudarlo a llevar la cruz de redención. Llevarla exige esfuerzo. No es como si lleváramos una maleta moderna, que por más pesada, la paseamos sobre ruedas. Muchos invierten lo que sea para conseguir una vida fácil, sin cruz, sin preocupaciones, y “pare de sufrir”. Si la cruz tuviera ruedas, la vida cristiana sería un hermoso paseo de vacaciones sin fin. La verdadera fe implica el compromiso en pos de Jesús. Pensar como Dios, exige optar por lo que el mundo nos oculta, y pensar como los hombres, puede llevarnos a perdernos en un túnel sin salida. El camino que Jesús nos propone, es el que se fragua en el escenario del servicio y del sufrimiento. 

   La gran tentación de muchos, es seguir a Jesús pero sin cruz, o una cruz a nuestro acomodo. Ser cristianos, sí, pero sin dejar de pensar como los hombres, y sin dejarnos transformar por la voluntad, proyectos y mentalidad de Dios. Ser cristianos, sí, pero sin cruz, y seguir siendo como todo el mundo. Y así, también en otros planos: amar sí, matrimonio sí, pero, como entendemos nosotros el amor y el matrimonio. Y ni el amor es amor si no es como Dios ama, hasta la entrega de la propia vida; y ni el matrimonio es matrimonio, si no es como Dios lo quiere, como la alianza de Dios con el hombre. 

   Observemos la radicalidad de Jesús: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi”. Tendrá que llegar luego la resurrección de Jesús que les recordará, a los discípulos, que era necesario que Cristo padeciera la muerte. El verdadero discípulo no se pertenece a sí mismo, tiene que entregar su vida al autor de la vida y así se adquiere la dimensión de lo eterno, de ahí que “el que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. 

   Y quienes queremos seguir al Señor, recordemos que nunca faltarán las ofertas del mundo invitándonos a rechazar la cruz. Hoy sobran los consejeros demasiado humanos, - como Pedro -, que quieren hacer claudicar lo eterno a cambio de falsos y fugaces alivios y consuelos del mundo, con un sin número de ofertas, todas para vivir lejos del querer divino. Que nos acompañe la certeza que la cruz, con sus dos alas abiertas y apuntando al cielo, es el verdadero vehículo capaz de taladrar las fronteras del universo, la barrera de la muerte, y conducirnos, en vuelo de amor, a la vida de Dios.  

 Que María Santísima, que ha seguido a Jesús hasta el calvario, nos acompañe también a nosotros y nos ayude a no tener miedo a la cruz. La cruz con Jesús, y Jesús con la cruz. Como lo dijo el apóstol: “lo más cristiano de los cristianos es Cristo, y él en la cruz”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla Santa Ana para las eucaristías, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

21° Domingo del Tiempo Ordinario, 23 de Agosto de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 22 ago. 2020 18:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 ago. 2020 11:12 ]

Chía, 23 de Agosto de 2020

 Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Tú Eres el Mesías, el Hijo de Dios
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   En el Evangelio de hoy, Jesús dirige dos preguntas fundamentales a sus discípulos y que también resuenan en nuestros oídos: ¿Quién dice la gente que soy yo? y ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Son tan comprometedoras, que preferimos preguntar a que nos pregunten. Acordémonos de aquel estudiante que estaba nervioso antes de los exámenes, y alguien le dice: ¿Te preocupan las preguntas, ¿no? No, dice, a mí lo que preocupan son las respuestas. Pues hoy nos preocupan las preguntas del Señor, porque también nos preocupan las respuestas que le demos.  

   Son preguntas no pueden quedar en el pasado porque Jesús no es reproducción del pasado, ni el Evangelio, ni el reino. Jesús es “hoy”, es anuncio de lo “nuevo”, y el evangelio siEue siendo para hoy. Las preguntas del Señor no pueden dejarnos indiferentes. Primero pregunta sobre lo que la “gente piensa y dice”. Saben que no es como los demás pero no saben quién es. Sin embargo a Jesús le interesa es saber qué piensan los discípulos, y lo que significa para cada uno. Aparece, entonces, la respuesta de Pedro al confesarlo como Señor y Mesías, como una revelación del Padre que anuncia el nacimiento de la Iglesia.

   El don de la fe se lo da el Padre a Pedro, no por mérito ni por cualidades personales, sino por propia bondad Dios. Es el don más precioso, el de reconocer a Dios como Mesías, como la auténtica luz que guiará nuestros pasos hacia la felicidad eterna. Gracias a la fe, Pedro encontró la fuerza para llevar a término su misión en la tierra.

   Pedro será, a partir de entonces, cabeza y primado de la Iglesia, responsable de ella. El elogio a Pedro, - obediente a la inspiración del Padre-, y con los poderes de atar y desatar que le da el Señor, no termina ahí. Tendrá que ser como el Hijo, manifestarlo y seguir sus caminos. Deberá ser un servidor como el Hijo, que “no vino a que le sirvan sino a servir”, y tendrá que subir a Jerusalén, ser apresado, juzgado y condenado. La suerte de Pedro, entonces, no puede ser otra que la misma de Jesús.

   La pregunta a sus discípulos siempre tendrá vigencia: ¿Quién es, entonces, Jesús para cada uno de nosotros? Cada respuesta también nos confronta a nosotros mismos: Jesús es alguien que tiene que incomodar, que obliga a abandonar nuestra seguridad porque no nos puede dejar tranquilos en nuestras actitudes, posturas y falta de compromiso. 

   Hablar de Jesús y no provocar  escándalo alguno, es señal de que hablamos según lo que más nos convenga, o que hablamos más desde nuestros caprichos y acomodos, que desde El. ¿Quién es Jesús para nosotros hoy? Cada uno tendrá su propia respuesta. 

   Será alguien que nos impacta y sacude las fibras de nuestro corazón y de nuestro ser? ¿Alguien que apasiona nuestra mente y nuestro corazón? ¿Alguien que da sentido y dirección a nuestras vidas? ¿Alguien capaz de sacarnos de nuestros egoísmos y comprometernos con los demás?

   Quizá, sean muchos los que profesan su fe, pero en un Jesús que les suavice las exigencias del evangelio. Mientras todo vaya bien, es fácil decir, “Tú eres el Hijo de Dios”, o mientras no tenga dificultades es fácil seguirlo. Es fácil decir que creemos pero hasta que nos exigen testimoniar lo que creemos. Es fácil decir “yo quiero ser cristiano”, hasta que me encuentro con exigencias de conversión, de fidelidad y de vida nueva. Es fácil comulgar mientras no sea más que abrir la boca y tomar la hostia, pero ¿doy mi vida por él? ¿Será que justificamos o acomodamos nuestra respuesta a Dios, según la opinión de los demás?

   Dice el Papa Francisco: “Jesús nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: « ¿Quién soy yo para ti?». Es como si dijera: « ¿Soy yo todavía el Señor de tu vida, la orientación de tu corazón, la razón de tu esperanza, tu confianza inquebrantable?» Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. De poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida”.

   Como Pedro, abramos el oído y el corazón a la revelación del Padre que susurra muy dentro de nosotros la respuesta que agrada a Jesús, respuesta de una fe no aprendida de memoria, sino vivencial: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, tú eres mi Señor!». Que la Virgen María, portadora de la gracia, nos ayude a responder con corazón sincero, que Jesucristo su divino Hijo, es el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de nuestra esperanza.

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

20° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 de Agosto de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 16 ago. 2020 8:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 ago. 2020 15:59 ]

Chía, 16 de Agosto de 2020

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Mujer, Qué Grande es tu Fe
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.


 
   El Evangelio de este Domingo nos invita a admirarnos de la actitud y la fe de la mujer cananea. Los que venimos domingo a domingo a la eucaristía, necesitamos un poco del corazón y de la fe de esta mujer. La fe verdadera está en ser humildes, en no darse por vencidos,  por muy mal que vayan las cosas, sabiendo que el bien que hagamos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos.

   Jesús nos da una gran lección. Actúa como situándose en lugar nuestro. Comienza por no responder a los gritos de la mujer, guarda silencio como si sus gritos no le llegasen, y hasta le pone una imagen bien poco delicado, y si despreciativa. “El pan de los hijos (clara referencia al pueblo judío), no se tira a los perros (referencia a los publicanos y pecadores”

   Ella no se dejó vencer ni por el cansancio ni, mucho menos, por el recelo, sabiendo que efectivamente no formaba parte del pueblo elegido; al contrario, ella insiste y persiste, como si nos enseñara que la fe cuando es sólida vence todo obstáculo. La fe  confiada, sabe esperar. La fe  nos hace pacientes y constantes. Estas actitudes un tanto bruscas, no revelan el modo de pensar ni de actuar de Jesús, porque él no hace acepción de personas.

   Quiere, más bien, demostrarnos cómo también los paganos tienen fe, y cómo a veces los que no pertenecen a la Iglesia, pueden tener más fe que los que estamos dentro. Y así, los gritos de esta mujer pagana. “y se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”, su fe y su oración lograron el milagro de la curación de su hija. La salvación es universal y se ofrece a todos. Demos gracias, porque vivimos una fe consciente e iluminada, y no menospreciemos la fe que no vemos en tantos corazones ajenos aparentemente a nosotros. Recordemos que los grandes tesoros no están a flor de tierra sino que hay que buscarlos en la profundidad.

   La mujer Cananea se presenta siempre como maestra de perseverancia y oración. Y Dios, aparentemente retrasando su escucha, lo que hace es que nuestro deseo crezca, que el objeto de nuestra oración se eleve, que de lo material pasemos a lo espiritual, de lo temporal a lo eterno y de los pequeño a lo grande. De este modo, puede darnos mucho más de lo que le habíamos pedido en un primer momento.

   La fe de esta mujer, unida a su respuesta reconociendo su condición de alejada del pueblo de Dios, la hace entonces merecedora del elogio de parte del Señor, obteniendo finalmente lo que buscaba con afán: la sanación de su hija enferma. Jesús pone en juego la fuerza, el amor y la fe de esa mujer, que fue mucho más impactante de lo que tal vez él mismo podía pensar. Y así, Jesús es capaz de sorprenderse de la respuesta vital que puede dar una persona. Y el amor de aquella mujer por su hija. Y podríamos decir que Jesús se rinde ante la fe de esa mujer.

   Este divino encuentro nos invita a cambiar de modo de pensar. Quizá nos hemos olvidado que la Iglesia es más que sus estructuras; que ella existe allí donde actúa el Espíritu, y que, por eso, también más allá de las fronteras de la Iglesia puede haber mucha fe como lo muestra la profundidad del corazón de esta mujer pagana: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”; de ahí que el mismo Jesús lo reconozca: “Mujer, qué grande es tu fe”.

   San Agustín admiraba la fe esta mujer Cananea, y decía que ella le recordaba a su madre, Santa Mónica. También ella había seguido al Señor durante años, pidiéndole la conversión de su hijo, y no se había desalentado por ningún rechazo. Había seguido al hijo hasta Italia, hasta Milán, hasta que vio que regresaba al Señor. En uno de sus discursos, recuerda las palabras de Cristo: "Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; tocad y se os abrirá", y termina diciendo: "Así hizo la Cananea: pidió, buscó, tocó a la puerta y recibió".

 

 Jesús es capaz de encontrar una gran fe en aquella persona que nadie sospecharía. Él tiene claro que el pan es para todos, que en el corazón de Dios hay sitio para todos y que el lenguaje del amor de Dios se entiende en todas las lenguas. Jesús quiere ir más allá y sacar lo mejor del ser humano. La valentía y determinación de la cananea ha de ser nuestro grito orante al Señor de la vida para que nos cure de esta pandemia y de tantas enfermedades que están postrando nuestra pobre humanidad. Pero, ¿Sé encontrará fe en nosotros, como la fe de la mujer cananea? ¿Será que el Señor puede decir de cada uno de nosotros: “Hijo, hija, familia, ¡qué grande es tu fe!?

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla Santa Ana para las Eucaristías, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Solemnidad de La Asunción Virgen María, 15 - 16 de Agosto de 2020

publicado a la‎(s)‎ 15 ago. 2020 10:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 15 ago. 2020 10:46 ]

Fiesta Patronal Diócesis de Zipaquirá

Chía, 15 - 16 de Agosto de 2020

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Nuestra Señora de la Asunción, Intercede Por Nosotros
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

 
   Hoy, como cada año, vuelve la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, la fiesta mariana más antigua, la cual nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo, allá donde Dios nos espera como nuestra meta y nuestra eterna morada. 

  Hoy, nuestra Diócesis de Zipaquirá, celebra su fiesta patronal. La festividad del triunfo final de María, la humilde esclava del Señor, la mujer vestida de sol, la primera mujer que ha entrado al cielo y la primera que experimentó los frutos de la redención, nos participa su gloria y su destino.

   El dogma de la Asunción fue definido solemnemente por el papa Pío XII el 1-XI- 1950, con estas palabras: “…Pronunciamos, declaramos y definimos que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta (elevada) en cuerpo y alma a la gloria celeste…”.

   Aquella que en el parto conservó intacta su virginidad, conservará su cuerpo también, después de la muerte, libre de la corruptibilidad. Aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno, tendrá luego su mansión en el cielo. Aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor del que se había visto libre en el momento del parto, lo contempla ahora a la derecha del Padre. Como Madre de Dios posee lo mismo que su Hijo y es venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios. Por todo ello, la augusta Madre de Dios alcanzó definitivamente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial para resplandecer ahí como reina a la derecha de su Hijo, por todos los siglos.


   Lo mismo que el sol incide sobre las vidrieras y se irradia a través de ellas, Dios  traspasó a María, la transformó, la transfiguró hasta asumirla plenamente en la resurrección de Cristo. Por eso, es primicia de nuestra glorificación futura, garantía de que “Cristo transformará nuestros cuerpos mortales en un cuerpo glorioso como el suyo”. La fiesta de hoy es la exaltación, no de una mujer poderosa, sino de una mujer pobre, humilde, mujer de pueblo. Esposa y madre, que a veces no entendía los caminos de Dios pero los aceptaba en la fe; Mujer consciente de que los dones que tenía no eran suyos, sino maravillas que Dios había realizado en ella. Por eso, su voz se hace canto agradecido en el Magníficat. Es imagen de los que formamos la Iglesia peregrina, y de lo que estamos llamados a ser.

   Qué bello espectáculo que congrega en torno a la Madre a cientos de  hijos del mismo Padre, que comparten la misma fe, que se sientan a la misma mesa, que reconocen a María como Madre y modelo. Ella nos reúne para hacer Iglesia. Esa es su misión: irradiarnos a su Hijo en la comunidad. Asunta, desde el cielo intercede por nosotros. Su mediación es subordinada a la de Cristo, al que no oscurece, sino que lo irradia. De ahí que los Santos Padres compararon a María con la luna, que, en medio de nuestras noches y de nuestras oscuridades, refleja la luz del sol y la irradia hasta que llegue el día. Lo que el Señor nos dará un día como gracia, nos lo entrega ahora como tarea. 

   El sentido, la significación y el valor de la obra de María, es acercar el Cielo, ya aquí, en la tierra. Ella nos ha acercado el cielo a la tierra, y nosotros como Iglesia, tendremos  que recorrer el camino de su Fiat. Como ella, debemos aprender a lanzarnos a las cosas de Dios. Ella es modelo de fe (“que se cumplan en mí tus palabras”). Es modelo de docilidad a los planes de Dios (“He aquí la esclava del Señor”). 


   Es modelo de caridad, de apertura a los demás, modelo de respuesta rápida, ágil, concreta y eficaz (…Se puso en camino y fue aprisa a la montaña”). María es modelo de docilidad y obediencia (Hágase en mí, según tu palabra). El camino de María, entonces tiene que ser el camino de la Iglesia, el camino de los humildes, de los pobres y olvidados. Todos queremos llegar a Dios, y María es nuestra esperanza porque ya lo ha alcanzado.

   María nos enseña a “alimentar la interioridad” volviendo al corazón, a  la meditación y a la oración. Que esta solemnidad nos haga levantar nuestra mirada al cielo en donde está nuestra meta, ya preludiada por la asunción de María Santísima al cielo. Alimentemos nuestra interioridad para hacer, como ella, la voluntad del Señor.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla Santa Ana para las Eucaristías, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios y María Santísima, nuestra Señora de la Asunción, patrona de nuestra Diócesis de Zipaquirá, los protejan siempre.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

 

19° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de Agosto de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 8 ago. 2020 10:39 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 8 ago. 2020 12:19 ]

Chía, 9 de Agosto de 2020

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Señor, sin Ti, nos hundimos…
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  
  
   En el Evangelio de este Domingo, luego de la multiplicación de los panes, Jesús los hace subir a la barca, donde tendrán que enfrentarse a la experiencia del miedo y la inseguridad. La barca atravesaba por una tormenta, donde se encuentran solos, en la impotencia y con el alma hecha un nudo de miedo. Jesús en persona, y caminando sobre las aguas, se vuelve a unir con ellos, pero esta vez ya no lo ven como el que hace milagros, sino como un fantasma.
   El problema de Pedro, fue no haber creído en la palabra de Jesús: “Animo, soy yo, no tengáis miedo”. Más bien pide argumentos para estar seguro: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre las aguas”. Pedro, para creer, exige el milagro de poder andar sobre las aguas, algo que solo le corresponde a Dios. Por eso mismo, ante el primer obstáculo, la fe de Pedro se derrumba, el miedo se apodera de él, y comienza a hundirse: “al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse”. Entonces tendrá que dejar la barca para descubrir su propia debilidad y aprender a fiarse en el poder de Dios.

   Como Pedro, cuando caminamos sobre aguas tranquilas guiados y conducidos por el Señor, tenemos la tentación de sentirnos dueños de lo que hacemos y nos olvidamos de aquel que nos posibilita todo. Y para no amañarnos en los momentos de tranquilidad, se requiere valorar las crisis y los momentos de turbulencia, como una oportunidad donde reconocemos al Señor como la verdadera fuente de nuestra seguridad. Sólo así, como los discípulos, después de la tormenta, nos postramos en tierra para decirle al Señor: “¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!”

   La llamada de Jesús es constante pero la tormenta en nuestra vida también es constante y vivimos como náufragos. Él nos llama, pero no oímos, no creemos, no caminamos con fe hacia él. Como los niños sienten temor cuando están lejos de los brazos de la madre, así, nosotros, mientras estemos lejos de los brazos de Dios, estaremos en peligro de hundirnos en las fauces del mal. Como Pedro, que para caminar sobre las aguas necesitó liberarse de su propio peso y confiar más en Jesús, debemos reconocer, en tantas circunstancias adversas, que el Señor nos está saliendo al encuentro tendiéndonos su mano y diciéndonos: ¡Ánimo, soy Yo, no tengas miedo!

   Los cristianos, en cierto sentido estamos siendo azotados por el viento de las ideologías contrarias al Evangelio; éstas se nos presentan tan seductoras y atractivas que nos hacen vacilar. Unas veces vamos dando pasos en dirección al Evangelio, y otras en dirección contraria. Esa pérdida de rumbo parece hundirnos. Estamos, como Pedro, necesitados de aumentar nuestra fe; de sentir a Jesús caminando a nuestro lado no como un fantasma sino como nuestro Dios y Señor. Y en medio de tantas tormentas sigue acompañando, dando su Espíritu y tendiendo su mano a todos aquellos que de buena voluntad lo buscan. 

   La barca es símbolo de la humanidad azotada por problemas, pero también llamada a confiar en la presencia del Señor. Muchas veces no logramos superar la tempestad porque nos falta fe, nos dejamos agobiar por los problemas confiando más en nuestras fuerzas y seguridades, antes que en la fuerza de Dios. 

  Nos creemos experimentados nadadores de mares embravecidos. Si confiamos poco en Dios, y demasiado en nosotros, como le pasó a Pedro, comenzaremos a hundirnos. Por el contrario, la fe nos pone a prueba justamente en los momentos difíciles que nos toca vivir. Si somos capaces de salir de la tempestad, esa fe se verá fortalecida y se hará más madura. Pero también la barca representa a nuestra amada Iglesia, que muchas veces pasa por momentos en los que verá más fantasmas y le cuesta reconocer la presencia de Jesús en su peregrinar.

   El Papa Francisco a este propósito, dice: 

“Lo que la salva no son las cualidades y la valentía de los hombres, sino la fe, que permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre a nuestro lado, con su mano que nos sostiene para apartarnos del peligro. La humanidad entera va en esta barca, y aquí nos sentimos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades. Estamos seguros sobre todo cuando sabemos ponernos de rodillas y adorar a Jesús, el único Señor de nuestra vida. Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la «poca fe». “Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes, en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios.

   Si nuestra fe se fundamenta en lo espectacular, en lo sentimental o en los propios intereses, pronto nos invaden las dudas y el miedo. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo, por nuestra poca fe! Sin Jesús y lejos de Él, sentimos que nos hundimos. Pero Jesús siempre está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos.

   Lo que puede ser una crisis, se hace también, una oportunidad. No pretendamos una vida, una familia, una comunidad, una Iglesia sin problemas. Que sean las crisis, momento para fortalecer y avivar nuestra fe. Los momentos difíciles ponen a prueba nuestra fe y también la pueden avivar”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

18° Domingo del Tiempo Ordinario, 2 de Agosto de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 31 jul. 2020 19:50 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 1 ago. 2020 8:14 ]

Chía, 2 de Agosto de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Multiplica, Señor, el Pan de Tu Amor…”
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   
   El Evangelio de este Domingo nos ofrece el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Escena que nos recuerda que todos los días el Señor multiplica el pan eucarístico, el pan material, el trabajo de la gente, los frutos de la tierra, el amor y su palabra que nos unen y le da sentido a nuestra vida. 


   Jesús manda a distribuir lo poco que los discípulos tenían ya consigo, y aunque era muy poco, bastó para que el milagro pudiera realizarse. Como realizó el milagro material, el milagro sacramental y el milagro de su amor lo sigue realizando porque los hombres, más que de alimento material, necesitamos de Cristo como único Alimento de eternidad.

 

   Dice el Papa Francisco: “Frente a la necesidad de la multitud, la solución de los apóstoles es que cada uno piense en sí mismo: ¡despedir a la gente! ¡Cuántas veces nosotros cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de la necesidad de los otros, despidiéndolos con un piadoso: “¡Que Dios te ayude!”. Pero la solución de Jesús va hacia otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: “denles ustedes de comer”.


   Aquel que creó el cielo y la tierra de la nada, hubiese podido hacer solo, un gran banquete para saciar a aquella multitud, pero no. Él quiso la colaboración los  hombres en su obra, quiso contar con las manos de sus discípulos y con sus fuerzas, como servidores de aquellos que más necesitan. 

   Prefirió hacer el milagro partiendo de lo único que sus discípulos podían entregarle. «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”, le dijeron. A Dios le basta lo escaso, lo pobre y lo humilde. Él se encarga del resto.

   Aprendemos la grandeza de contribuir con lo que cada uno tiene porque los milagros están precedidos de la gratitud. Dios nos enseña a ser agradecidos en todas las circunstancias, aún en las difíciles, pues ellas son una oportunidad para crecer, conocer más a Dios y pregustar el banquete divino.

 

   Cinco panes y dos peces no dan para mucho, pero era todo lo que tenía aquel muchacho. Y es eso los que nos pide Jesús. Él sabe de nuestras posibilidades y de nuestros talentos y pide nuestra confianza, necesita nuestros cinco panes y dos peces; de ahí surgirá el pan suficiente para alimento de todos. 


   Necesita nuestro esfuerzo, nuestra obediencia, nuestro abandono y fe confiada para cultivar nuestro corazón y sacar los frutos que espera de nosotros, según la medida del don recibido.

 

   En la celebración de la Eucaristía, Jesús se vale del pan y del vino, fruto de la tierra y del trabajo del hombre para convertirlos en su divino alimento que sacia las multitudes necesitadas del pan del alma. Nos hace un llamado urgente que “demos a las multitudes algo de comer”


   A través de nuestra generosidad, Él continuará alimentando a la humanidad. Ante el hambre de tanta gente, nos reclama la compasión con ellos y no exige, “Denle ustedes de comer”.

 

   La parábola de hoy pone de manifiesto los sentimientos de Jesús y los sentimientos de los discípulos: “sintió lástima”, “sintió compasión”. No hay peor actitud que la frialdad del corazón para con los demás. En su sabiduría y sentido común, Cristo quiso que se recogieran las sobras de aquella comida, para que aprendamos a no desperdiciar los bienes materiales, que son dones de Dios. El derroche de estos dones, el gasto caprichoso es opuesto al espíritu cristiano y al sincero deseo de seguir las pisadas del Maestro, porque sus huellas son de pobreza. 


   La frase del Señor, “Recoged las sobras” es una hermosa y noble lección de economía para nuestra época, dominada por el derroche. El hambre en el mundo no obedece tanto a lo que falta sino a lo que despilfarramos. 


   Con “lo que nos sobra” se solucionaría mucha hambre. De cinco panes y dos peces “recogieron doce cestos llenos” y ahora tienen una canasta para cada discípulo. Lo que a uno le sobra, a otro le falta. Lo que para uno puede ser ya innecesario para otros es algo esencial.

  

   No siempre se trata de llenar estómagos vacíos. No solo el estómago tiene necesidades. ¿Cuántas cosas abundan en nuestro corazón para compartir con los demás? ¡Que no se pierda nada de lo que tenemos, para compartir con los que no lo tienen! Vayamos a nuestras comunidades para que todos puedan saciarse con el pan recibido. El Señor hizo el milagro con la colaboración de los discípulos y lo seguirá haciendo cada día con nuestra colaboración. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o a través del Facebook de la capilla Santa Ana para las Eucaristías, les envío mi bendición, y los invito a seguir buscando, como discípulos-misioneros, los tesoros de Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

17° Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de Julio de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 25 jul. 2020 13:52 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 jul. 2020 14:29 ]

Chía, 26 de Julio de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Darlo todo por el Tesoro del Reino de Dios
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
 
   Con la sabiduría como telón de fondo, el evangelio de hoy nos hace una llamada a vivir nuestra fe con la alegría de quien “descubre un tesoro y encuentra una perla”. Encontrar un tesoro escondido era el sueño de muchos en la antigüedad. 

   En una época sin bancos quedaba como único recurso seguro esconder la fortuna debajo de la tierra. Y si el poseedor moría sin desenterrarlo, un golpe de fortuna podía sacar a luz este tesoro.

   En la primera lectura, el rey Salomón le pide a Dios que le conceda un corazón sabio para poder gobernar al pueblo y distinguir entre el bien y el mal. El evangelio, en las dos parábolas, describe al reino de Dios como un tesoro escondido o una perla preciosa que hay que buscar y, una vez encontrados, hay que darlo todo para hacerse con ellos. Ese tesoro no es otro que el mismo Dios, y hay que darlo todo, y con un corazón que escuche como el de Salomón, quedarse con él. Los dos protagonistas de las parábolas toman la misma decisión: «venden todo lo que tienen», pues nada es más importante que «buscar el reino de Dios».

   En la primera parábola, el hombre parece ser un pobre jornalero. Él encuentra el tesoro, trabajando en un campo ajeno. Por eso tiene que vender todo lo que posee, para poder comprar el campo. Resuelta y alegremente aprovecha la única ocasión de salir de la miseria. 

   Por el contrario, el hombre de la segunda parábola es un rico comerciante mayorista en perlas. En aquel tiempo las perlas eran obtenidas en el mar Rojo y valían como el oro. Él las adquiere de pescadores de perlas o de pequeños negociantes. También este rico aprovecha el caso fortuito, vende su propiedad y compra esta perla de gran valor. 

   Jesús quiere destacar, sobre todo, dos rasgos en el procedimiento de los dos hombres: El primer rasgo: la alegría radiante de los que encuentran el tesoro o la perla. Su gozo es tan grande que lo demás palidece ante el brillo de su hallazgo. Conmovidos y cautivados por su suerte, ponen en juego toda su existencia. El segundo rasgo es: su abandono total para ganar el tesoro o la perla. Conocen un solo fin y venden todos sus bienes para conseguirlo: adquirir esa preciosidad, es hacer el gran negocio de su vida.

   Lo mismo pasa también con el Reino de los Cielos. La Buena Nueva de ese Reino conmueve los corazones, despierta una alegría desbordante, causa una entrega apasionada. 

   Los que oyen y comprenden esta noticia, arriesgan todo lo que tienen para ganar a Dios y su Reino porque es la oportunidad única de toda su vida. 

   Esta suerte incomparable hay que aprovecharla a riesgo de todo, por tratarse del verdadero y único valor que vale la pena en este mundo. Una ganancia extraordinaria y eterna espera a los que se juegan la vida por Dios y su Reino.

   Las dos parábolas quieren decirnos que Dios sigue ofreciéndose a cada uno de sus hijos, -representados, tanto en el pobre jornalero, como en el rico mayorista-, la ocasión única para la salvarse. Él es el tesoro escondido y de valor incalculable, que aunque lo diéramos todo por él, nunca sería demasiado. A Dios no lo podemos comprar con dinero. Se nos da gratuitamente. 

   Afortunadamente muchos sabemos que las realidades más bellas de la vida no pueden comprarse con dinero; se dan gratuitamente: como el amor, el cariño, la comprensión, la verdadera amistad, la fidelidad, la bendición y el gozo espiritual. 

   Dios es el tesoro único que llena las aspiraciones del corazón humano, pero tenemos que buscar las «pistas» que nos lleven a Él, si no queremos andar «despistados». Nos dice san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».

   Tener la referencia del valor supremo, nos permite valorar en su justa medida todo lo demás. No se trata de despreciar lo demás, sino de tener claro lo que vale de veras. Debemos saber cuáles son las prioridades, dentro de los valores, y qué valores son en realidad falsos. El valor auténtico aporta una alegría continuada, mientras que los valores terrenos aportan una alegría pasajera, y quizá conseguida a costa de la tristeza y el sufrimiento de muchos. La vida no es sólo lo que se ve. Es mucho más.

   Reza el refrán: “donde está tu tesoro está corazón”. Es decir, “donde está tu tesoro está la alegría de tu vida”. Todos nosotros estamos todavía en camino, en busca de este tesoro divino. ¿Quién de nosotros puede decir que ya encontró en Dios la suerte para siempre? ¿Quién de nosotros realiza su vida con esa alegría desbordante que caracteriza a los que hallaron la felicidad en Dios? ¿Quién de nosotros está dispuesto a arriesgar todo lo suyo para ganar ese tesoro celestial? ¿Qué estoy dispuesto a “vender” o arriesgar para ganar el tesoro del Reino? - Si Dios nos diera posibilidad de pedirle algo, qué le pediríamos?

   Como lo pidió el Rey Salomón, pidamos más sabiduría para ir sacando del arca del “tesoro” de nuestro interior, lo nuevo y lo viejo; lo que vale y lo que acumulamos con tanto apego pero que no vale nada. Así, de manera sabia, sabremos qué nos conviene conservar o desechar del corazón. Pidamos cada día, en el Padre nuestro, que “venga a nosotros su Reino”, pero que también trabajemos para hacernos merecedores de él.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir buscando, como discípulos-misioneros, los tesoros de Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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