Saludo Semanal 




24° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 13 sept. 2019 14:49 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 sept. 2019 15:22 ]

Chía, 15 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Señor No Vino a Buscar a los Sanos Sino a los Enfermos

   El Evangelio de hoy, -que gira en torno a las parábolas de la a oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo-, nos deja ver que la misericordia y el perdón son los rasgos más entrañables de Dios, a través de los cuales nos da acceso a lo más íntimo de su corazón. 

   Las parábolas nos revelan la profundidad del corazón del Padre misericordioso, recordándonos que, gracias a la dignidad por ser sus hijos, aunque seamos pecadores, podemos recuperar la dignidad perdida: "…Me levantaré, y volveré junto a mi Padre". Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Es el Padre que, además de perdonar al hijo arrepentido, lo espera con el corazón abierto y los brazos tendidos para devolverle, a través del perdón, su dignidad de hijo. 

   Fue el regreso al Padre lo que le devolvió la felicidad al hijo. El regreso del hermano menor es un testimonio vivo no sólo del fracaso a que conduce la vida pecaminosa que había buscado, sino a su vez testimonio de la misericordia de Dios que siempre está dispuesto a perdonar, siempre y cuando, en el corazón del pecador, lo aliente el arrepentimiento y el propósito de una vida de santidad. 

   San Pablo da testimonio de haber sido llamado por el Señor a pesar de sus pecados: “Dios tuvo compasión de mi”. A veces, a causa de la dureza del corazón, no es fácil aceptar ese amor misericordioso; no obstante, Dios nos concede su gracia y su misericordia; se inclina al hombre no para humillarle o hacerle sentir el peso de su condición de criatura pecadora, sino para elevarlo y enaltecerlo. Por impulso natural, es el hombre quien debe buscar a Dios, pero en realidad, es Dios quien toma la iniciativa para que regresemos a Él. 

   Si esa es la lógica de Dios, también nosotros debemos buscar a los demás, como hermanos que somos. El regreso del hijo pródigo al Padre le devolvió su felicidad, pero la actitud del hermano mayor, desafortunadamente fue un triste testimonio del fracaso del amor fraterno. Cuando uno se hace sordo a la voz del Padre, - como el hijo mayor de la parábola-, o se cree mejor que el pecador, termina cerrándose a las ofertas del amor paterno. 

   Una vez se experimentado el amor de Dios, es difícil vivir si Él. En efecto, el peso del pecado nos hace sentir mal como personas ante la gravedad de la ruptura con nuestros hermanos y con Dios. Como Padre que nos ama desde toda la eternidad, él se alegra con el regreso del pecador y lo celebra en el encuentro festivo de la misericordia, porque la misericordia es la fiesta del corazón de Dios con su pobre criatura. Él siempre nos espera, y a pesar de nuestra decisión de alejarnos, pueden más las entrañas de su corazón y la fuerza de sus brazos abiertos para reconquistarnos de nuevo. 

   Se dice que en la vida llevamos una alforja al hombro: por delante colocamos nuestras cualidades y bondades, y detrás colocamos nuestros errores y defectos. Cuando nos equivocamos no somos capaces de ver los defectos y mucho menos reconocerlos. Nos queda más cómodo atribuirlas a los demás. Si reconocemos nuestros pecados y nos abrimos a la gracia de la conversión, encontraremos en la reconciliación, la posibilidad de experimentar la alegría del Dios que perdona, porque la conversión es el amoroso reencuentro con el Dios que se alegra por el regreso del pecador. 

   La experiencia del perdón sólo la vive bien quien se reconoce humildemente pecador. De ahí la importancia de acudir al sacramento de la reconciliación. Si pensamos, en cambio, que no tenemos pecado, nada podrá realizar el Señor en nuestros corazones. A causa de la soberbia y la arrogancia de quien se dice no necesitar de Dios o no reconocerse pecador, el corazón se hace más esquivo y duro a la oferta del perdón. 

   Fuimos creados por Dios y para Dios, y no podemos tener ninguna felicidad fuera de Él. No obstante, a causa del pecado y de la voz seductora del enemigo, seguimos pensando que podemos encontrar felicidad y seguridad lejos de Dios. Son sólo espejismos. Sólo Dios es la belleza que anhelamos ver y la música que anhelamos escuchar. 

   Ante el raudal de misericordia divina, pidamos al Señor ser capaces de reconocernos pecadores, tocar las puertas de su corazón, sentir dolor de nuestros pecados y hacer el propósito de no volver a pecar para experimentar su infinito amor y extenderlo a nuestros hermanos. Estemos seguros que el corazón de Dios no dejará de latir, y a pesar de nuestra pobreza y fragilidad, su amor se hace más cercano. 

   Es la misericordia de Dios la que permite que, del barro o de la madera torcida se elaboren hermosas obras de arte. Tratemos, entonces, de mantener nuestra vida firmemente anclada en ese deseo de encontrar el bien que Dios nos ha mostrado, y así progresar en el ejercicio del amor divino. Por la encarnación de su Hijo, Dios ha dispuesto que la cura supere siempre a la enfermedad.

 

   Orientemos nuestra vida en la lógica del perdón. “El primero en pedir perdón es el más valiente, el primero en perdonar es el más fuerte; pero el primero en olvidar, es el más feliz”. Que Dios nos dé la delicadeza de saber reconocernos débiles y arrepentirnos siempre de nuestros pecados y caídas, y que, viviendo bajo su divina misericordia, transitemos, por las sendas del perdón, la ruta a la casa del Padre. Aunque el mundo nos deslumbre, no corramos detrás de aquellos “dioses muertos” que sabemos nos dejan solo vacíos espejismos que prometen mucho, pero dejan vacío el corazón.


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

23° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 6 sept. 2019 14:47 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 sept. 2019 15:24 ]

Chía, 8 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Renunciando a Todo, por el TODO

   El Evangelio de hoy nos pide confesar a Jesús, como Pedro, pero “confesarlo como el crucificado”. Seguir a Jesús, como Pedro, pero “al Jesús crucificado”. Jesús ratifica enfáticamente: 
Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío” 
Si Jesús crucificado no es el centro de la fe del cristiano, “no se es discípulo de Jesús”. Para el cristiano lo esencial es Jesús, y San Pablo nos dirá: “No quiero saber entre vosotros otra cosa que Cristo y éste, crucificado”. 

   El Papa Francisco afirmó:

“Lo fundamental es volver a colocar a Cristo en el centro"

   Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos un Cristo sin Cruz, no somos, ni discípulos ni misioneros del Señor, simplemente somos mundanos. El seguimiento de Jesús nos exige un corazón grande, capaz de integrar y no de enfrentar afectos, porque es, precisamente en el nombre de Cristo que tendremos que amar a nuestros hermanos. 

   A Jesús hay que escucharle y seguirle, y esto exige valentía y riesgos, porque quizá preferimos un Jesús agradable, amable y simpático, y no un Jesús ensangrentado y crucificado. Preferimos disfrutar, gozar, beber y nada de cargar con la cruz, nada de sacrificios. Seguir a Jesús no es cuestión de un entusiasmo pasajero, de una repentina emoción, o de una conversión superficial. Jesús nunca prometió fama, éxito, poder; todo lo contrario: riesgos, renuncias, entrega, fidelidad, sacrificio y cruz y, seguros que una vez que dejamos todo por el amor de Dios, y colocándolo por encima de todo, lo ganamos todo, aunque ello implique pasar por la puerta estrecha del despojo. Que no nos pase lo de aquellos que, por querer llevarse muchas cosas, cuando hizo erupción el Vesubio, no pudieron pasar por la puerta de la casa, quedando petrificados bajo las cenizas del volcán. 

   El pescador teje una red sólida y bien amarrada, de forma que esta pueda flotar sobre las olas del mar. Estando en sus nidos las aves son amas del océano. Del mismo modo, aún si existen cosas transitorias que rodean nuestros corazones mantengámoslos siempre a flote, por encima de cualquier cosa, para que así podamos flotar sobre ellas. Nuestros corazones deben estar abiertos solamente parta el cielo. Una vez que dejamos todo por el amor de Dios, adquirimos la libertad para poner en práctica las virtudes de acuerdo al amor divino. 

   Ser cristiano no puede ser simplemente ‘algo más' en mi vida. Jesús nos dice: O todo o nada. Tomar la cruz es, antes que nada, asumir el esfuerzo de la partida, de ir dejando en el camino, nuestro ego, nuestros apegos, para ganarlo todo en Jesús. A veces pensamos que, huyendo del sacrificio, del sufrimiento, o ignorando los problemas, lo resolveremos todo. Queriendo evitar el dolor, olvidamos la necesidad de la lucha, del valor, de la disciplina y del esfuerzo. Desde que Cristo venció la muerte, pasando por el dolor, ningún sufrimiento es inútil. 

   Jesús nos coloca en un aprieto y nos pregunta si queremos más a nuestros padres o a los hijos que a él. Maravilloso amar a nuestras familias, pero es el Señor quien les dará vida, como la sabia al árbol. Extraordinario el amor de los esposos, pero es el Señor quien se hará presente, como el aire y el viento. Hermosas las amistades que nos apoyan, ayudándonos a crecer, pero más maravilloso es Dios, que allí resplandece como la luz en el fuego. Necesario el amor a nosotros mismos, porque es en él donde se encontrará el Señor, como la sal en el agua del mar”. 

   Solo gastando nuestra vida por amor a Jesús, la recuperaremos y conservaremos para la vida eterna. Solo aprendiendo a no amar egoísta ni equivocadamente a nuestros seres amados los recuperaremos, transformados y definitivamente felices, en el cielo, en la exuberante plenitud de Dios. En nuestra peregrinación, tenemos que optar por lo esencial. Cuando emprendemos un viaje, hay cosas que no caben en la maleta, entonces hay que dejar lo que no sirve. Si revisamos y arreglamos nuestro corazón, nos daremos cuenta que hay muchas cosas que conviene desechar porque son estorbos en el viaje a la casa del Padre. Amar a Dios, sobre todo, consiste en saber que Él nos ha hecho para la vida eterna y que somos peregrinos marchando hacia el Cielo. 

   Desde Cristo, ningún sufrimiento puede transformarse, para el cristiano, en inútil o vacío de sentido. La misma cruz, entendida desde el evangelio, es el símbolo de la victoria de la vida sobre la muerte, es el recuerdo de lo que fue vencido en la Resurrección, es estandarte de victoria y bandera de júbilo pascual.

 

   Quien no renuncia a todas sus cosas no puede ser mi discípulo, dice el Señor. «Quite cuanto quiera, pero yo no abandono mi fe», posees tus bienes y has renunciado a ellos. Como los posees tú, no te poseen ellos a ti. No es ningún mal poseerlos; el mal está en ser poseído por ellos. Al perder tu corazón, nada dejaste íntegro. La boca mentirosa da muerte, no a la carne, sino al alma. Dice San Agustín: “La torre y los recursos son la fe y la paciencia; Si a alguien le falta la paciencia para soportar los males de este mundo, anda escaso de recursos”, así que, pidamos al Señor el material para edificar nuestra torre, y la paciencia para edificar nuestra fe. 


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

22° Domingo del Tiempo Ordinario, 1 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 29 ago. 2019 18:15 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 sept. 2019 14:41 ]

Chía, 1 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Feliz de Ti, Porque Dios Te Pagará

  El Evangelio de hoy evidencia dos actitudes, que corresponden a dos tipos de invitados: los primeros, aquellos que escogen los primeros puestos; y los últimos, - aquellos que quizá nadie invita: los pobres y excluidos-, que a la postre, son quienes mejor revelan el rostro del Señor, la preferencia de su corazón y la esencia del Evangelio.
   “Cuando des una comida, invita a los pobres, a los lisiados, cojos y ciegos; feliz de ti, porque Dios te pagará”.

   El Evangelio nos da dos lecciones: una, hacer el bien a los demás sin esperar nada a cambio. Es decir, nos, advierte contra la manía de esperar a que nos paguen de alguna manera cuando hacemos algún favor. El que sirve al prójimo esperando recompensa y gratitud se está aprovechando de él, para servirse a sí mismo. La otra lección, es el llamado a la humildad: el que se humilla será enaltecido. 

   En lo débil, Dios desconcertó a los hombres contemporáneos de Jesús, porque lo esperaban grande y apareció pequeño, miraban hacia las nubes y nació en un pesebre. Pretendían sangre noble y real y, en una humilde nazarena, se gestó durante nueve meses el Dios Encarnado. ¿Qué tiene la humildad que tanto gusta a Dios? Ella goza de la verdad y nos hace grandes y únicos.

   El texto toca muchas escenas de nuestro diario vivir, y es un llamado a descubrir lo que verdaderamente vale, a abrir el alma y el corazón a las cosas que pueden realmente llenarlos por dentro y no solamente adornarlos por fuera. No podemos quedarnos instalados en la vana apariencia. Más bien se nos propone construir la verdadera riqueza en nuestra interioridad donde ninguna opinión de los de afuera podrá allí herirnos ni afectarnos.

   Des afortunadamente nuestro corazón tiene una profunda enfermedad existencial. Nos encantan las apariencias, la fachada, el “pose”, el “hall de la fama”; que los demás hablen bien de nosotros, nos alaben y nos consideren grandes y famosos. Nos acecha la eterna tentación de ser tenidos en cuenta y ser apreciados por los demás para sentirnos realizados. Nos gusta impresionar para que la gente nos tenga sobre un pedestal, pensando que ahí está la dicha y la felicidad. 

   Nuestra pretensión, - tan pobre como la de los primeros invitados-, es de querer instalarnos en los primeros puestos, valiéndonos de cualquier medio para lograrlo y ascender, porque de lo contrario sería sentimos menos que los demás. Muchos solemos decir: ¡cómo voy a ser menos que mi vecino o vecina! yo no me puedo dejar, ¿cómo voy a ser menos?... Esto solo es fruto de la soberbia y el orgullo. En la vida vamos pintando con fachadas nuestras sonrisas; con falsos trajes o vestidos fingidos; con la fachada de las más vanas apariencias sostenidas por la mentira y el orgullo. 

   La lógica de Dios es lo contrario. Jesús comienza a “rebajarse”, en “hacerse uno cualquiera”, para decirnos que, entre nosotros, los verdaderos valores no los dan “por ocupar los primeros”, ni “por los títulos”. El verdadero valor consiste en ser “persona”, al margen del lugar que ocupa. El mejor valor es ser “considerado en su dignidad de persona”, y no la silla donde se sienta.

   Es Dios quien tiene que ocupar el primer lugar en nuestro corazón. Con Él, no nos rebajamos, sino que, al contrario, eleva nuestra dignidad. Invita a todos, porque todos tienen la misma dignidad, aunque no todos tengan las mismas oportunidades. Aquí, lo humildes, los pobres y excluidos están llamados a ocupar también los primeros lugares. 

   Entonces, el camino a la humildad comienza por reconocer con sinceridad lo que se es, con virtudes y defectos. Es andar en verdad, y eso es saber aceptar qué y quiénes somos, sin exagerar las limitaciones y sin empequeñecer los valores propios. El humilde no se preocupa de serlo, simplemente lo es y lo vive. Esa es la propuesta siempre nueva y actual del evangelio: hacernos pequeños en las grandezas humanas para alcanzar el favor de Dios, porque él revela sus secretos a los humildes y sencillos de corazón.

   Miremos los árboles cargados de frutos: son los frutos los que doblegan y hacen bajar las ramas. Entre más frutos da el árbol, más doblega sus ramas. Al contrario, la rama que no tiene frutos se yergue y crece en el espacio. Incluso hay ciertos árboles cuyas ramas no dan frutos mientras se mantienen erguidas hacia el cielo, pero si se les cuelga una piedra para guiarlas hacia abajo, entonces dan fruto. Lo mismo sucede con el alma: cuando se humilla, o algo la hace inclinar, puede dar fruto. Cuanto más produce, más la acerca a Dios.

   Nos hemos preguntado, ¿cuántas tarjetas de invitación reciben los pobres, los lisiados, cojos y ciegos? Reconozcamos que nuestros invitados no son precisamente los que el Señor invita. ¡Pobres de nosotros! Por un lado, orgullosos y soberbios con lo que no sirve para nada, con la vanidad de este mundo vacío que se derrumba a nuestro alrededor, y por otro, falsamente humildes con aquello que constituye nuestra única y auténtica grandeza.

   Que Dios ocupe el primer lugar en nuestro corazón. Y cuando te conviden a una fiesta, colócate en el último sitio –y no te importe que no se note tu vestido así lo tengas nuevo-, el Señor que te ha invitado, te dirá al oído: “Si para los demás pareces el último, el más infeliz, o el más pobre, tranquilo porque estás en el primer lugar de mi corazón” 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

21° Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Agosto de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 ago. 2019 18:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 ago. 2019 18:55 ]

Chía, 25 de Agosto de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Salvando, nos Salvaremos

   El Evangelio de hoy, da para imaginarnos como si viajáramos en un barco con un grupo numeroso de personas. De repente hay una avería y se nos dice que tenemos que abandonarlo rápidamente y acudir lo más pronto que podamos a las barcas salvavidas. De seguro que a nadie se le ocurrirá acercarse al capitán a preguntarle: ¿Son muchos los que se van a salvar? Tampoco nadie se planteará cuántos kilos de equipaje puede llevarse. Cuando la vida está en peligro, hay que darse prisa y pensar en cómo podemos salvarnos. 

   De hecho, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad, pero para ello se requiere entrar por "la puerta estrecha", y el Señor fue el primero en entrar por ella: "Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya.” La puerta estrecha de Jesús es toda su vida puesta al servicio del ser humano en aras de acercarnos al amor de su Padre. 

   Es cierto que la salvación es iniciativa de Dios, pero también es tarea de cada uno de nosotros, y hay que esforzarnos para ello. No basta tener fe; debe estar acompañada de obras buenas. Una fe sin obras buenas es como una lámpara sin aceite, como un candelero sin vela. En definitiva, el llamado es a la conversión, a un cambio de dirección a nuestra vida. Si la dirección que llevamos nos aleja de Dios, habrá que retomar el rumbo hacia Él, y seguro que vendrá a nuestro encuentro con los brazos abiertos. 

   Quien quiera alcanzar la plenitud de la vida tiene que recorrer el camino estrecho. Jesús nos pone ante la alternativa elegir la vida eterna y lo eterno de la vida, o sucumbir en la caducidad. El camino del mal siempre es más agradable y más fácil de recorrer, pero sólo al principio, porque al avanzar se hace estrecho, muy amargo e infeliz, y cada día pide una dosis mayor para envenenar el alma, arruinando al ser humano, tanto física como espiritualmente. 

   Al contrario, el camino del bien, camino de los justos, quizá es estrecho, duro y fatigoso al comienzo, cuando se emprende; pero después se transforma en una vía espaciosa, plena de dicha y felicidad porque en ella se encuentra esperanza, alegría y paz en el alma y el corazón.  La salvación está aquí y ahora, y Jesús ya nos abrió la puerta de par en par: “Yo soy la puerta del redil…Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. 

   A todos nos debe importar la salvación de los demás porque Jesús vino a salvarnos a todos; pero la salvación también depende de cada uno, porque siempre es personal. Mi salvación no depende del número de los salvados; depende de mí. Aunque sean muchos, no tengo yo asegurada mi salvación. Como son muchos los números de una lotería, pero el premio llega a pocos. ¿Cuántos compran varios números de una lotería y no han ganado nada? 


   Y puede que alguien solo compre una pequeña fracción y lo gana todo. La salvación o el reino de Dios, no son una lotería, ni se asegura con una serie de recetas fáciles, cábalas o supersticiones. Dios será quien diga al final si la merecemos o no. Lo que garantiza la salvación, como el premio mayor del creyente, será haber aceptado al Señor, haber entrado por Él, haber creído en Él y haberle seguido. 

   Por el hecho de ser bautizados no se nos garantiza la entrada al cielo. Nadie tiene asegurada la salvación. La clave está en transitar el camino del bien. El mismo Jesús dice: ¡Apártense de mí todos los que hacen el mal! La ecuación es sencilla: Si nos dedicamos a hacer el bien, a amar como Dios nos pide, tendremos la oportunidad participar del banquete celestial. De lo contrario, las posibilidades se minimizan. A los creyentes se nos pide colocar todas nuestras fuerzas y atención en el destino final, en la eternidad. Cualquier esfuerzo será nada, con tal de poder llegar a estar con Él. 

  ¿Por qué preguntar si serán pocos o muchos los que se salven? Jesús marca el camino de la salvación. No basta pertenecer a un pueblo o estar bautizado; no basta haber comido y bebido con Él; no basta haber formado parte de un grupo de oración, o haberlo escuchado en las plazas. Lo único que garantiza la salvación es haberle aceptado, haber entrado por la puerta que es Él, haber creído en Él y haberlo seguido. 

   Si mi salvación depende de mí, las preguntas deben ser: “Me salvaré?” ¿Quiero o no quiero salvarme? ¿Deseo o no deseo ver a Dios? ¿Se salvarán todos los demás?, ¿Prefiero vivir en mis paraísos terrenales, que pronto se acaban? ¿O, más bien, dejo un espacio en mi corazón y en todo mi ser para la realidad que el Señor me ofrece en el cielo? 

   El cielo no se elige como un derecho o como un “status”. Se le vive anticipadamente, de cara al Señor, aquí en la tierra con los ojos fijos en el Señor. Y por encima de las pruebas por las que haya que pasar, lo importante será lograr el premio de la salvación. ¡Señor, que no falte ninguno de los que tú quieres salvar! 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

20° Domingo del Tiempo Ordinario, 18 de Agosto de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 12 ago. 2019 19:18 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 ago. 2019 19:30 ]

Chía, 18 de Agosto de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Fuego He Venido a Traer a la Tierra…

   En el Evangelio de hoy, se nos muestra que el salir del confort e ir en contracorriente, puede provocar eventual incomodidad o conflicto. Jesús no nos quiere instalados, trae fuego para encender nuestros corazones y ponernos en actividad. No nos quiere tibios ni indiferentes. Este ser apasionados por el Evangelio no siempre es comprendido ni compartido, y hasta los mismos lazos familiares quedan también marcados por este sello de fuego que viene evidenciar posturas ante Dios.


   En el texto de hoy Jesús nos lanza esta pregunta: ¿Cómo puede decir Jesús que no ha venido a traer paz, sino división? ¿No es una de las grandes esperanzas humanas que solo Dios, en Jesús, puede colmar definitivamente?

 

   En pasaje del Evangelio, Jesús se refiere a las consecuencias de su llegada y de su mensaje. 

   No todos lo aceptan porque Dios es al mismo tiempo luz que ilumina y que juzga, y fuego que purifica y que destruye el mal. 

   Sin luz no podemos caminar hacia el amor de Dios, pero con luz quedan al descubierto también nuestras malas acciones.


    El fuego que se utiliza para extraer los metales preciosos también hace que se manifieste con claridad la escoria, que antes estaba disimulada, mezclada, escondida. No es que Jesús pretenda provocar la división, es el pecado que tan arraigado está en el mundo el que hace que nos rebelemos al Evangelio. Deseamos el amor de Dios y su justicia, pero al mismo tiempo nuestro corazón nos atrae a seguir como si Dios no existiera, como si no tuviésemos que dar cuenta de nuestras sombras. 


   El fuego de Jesús es el original; el que enciende el Cirio Pascual de nuestra vida cristiana, el sol que no se apaga, el calor puro de la vida divina que, en el bautismo, el Espíritu Santo enciende, desde arriba, nuestras existencias, transformándonos en luz del mundo y sal de la tierra. Fuego que nos hace crecer constantemente, que no nos define y nos hace sujetos de lucha, de crecimiento, de progreso y de batalla contra el mal. 

   Esta división no la causa Jesús simplemente porque quiera. Es que su enseñanza produce necesariamente división ya que existen quienes lo aceptan y quienes lo rechazan. Se trata de la separación entre quienes quieren recibir su gracia y aquellos que prefieren vivir en pecado. Y esta división acontece en el corazón del hombre, en el interior de la familia, en la sociedad misma, y en nuestros propios criterios y formas de pensar. 

  En nuestra propia forma de vida, ¿cuántos son los creyentes que en sus criterios impera el mal y rechazan la vida?, ¿Qué pensamos de la familia y el matrimonio? ¿Rige el criterio de la cultura hedonista de nuestro tiempo, para acomodarse a “la moda” reinante de hacer lo que queramos, descuidando la voluntad y el querer de Dios? Lo más grave de todo es que se ha perdido el sentido del pecado, viviendo de cualquier manera, perdiendo todo referente de eternidad.  
   
En el ámbito económico también se producen divisiones profundas entre quienes desean ganarse el pan honestamente y los que sólo piensan en enriquecerse por cualquier medio hasta quedándose con lo ajeno. Muchos llamados “católicos” que reciben los sacramentos, ante problemas concretos, no dudan en traspasar las fronteras del paganismo. Tendremos que despojarnos de todo aquello que nos estorba para el verdadero encuentro con Jesús. Este triste panorama debe llevarnos a sincerarnos y descubrir qué valores son los que conducen nuestra vida, y qué grado de fidelidad tenemos para con el Señor.

   El lenguaje de Dios no entra fácilmente al corazón, y cuando le hacemos caso encontraremos mucha oposición, incluso persecución. Jeremías denuncia la incoherencia entre fe y vida. Ante esto la gente lo agrede. Además, no todo es malo en las divisiones. 

   La unidad es un gran bien, pero no toda unidad está fundada en la verdad, y por lo tanto no toda unidad es verdadera. La paz falsa es la que no quiere tocar los corazones, sino que crea una apariencia de ausencia de conflicto.

   De ahí que seguir a Jesús conlleva lucha, combate, acción y decisión. Esto queda bien reflejado cuando Jesús habla de prender fuego, de crear división, es decir, decidirse por Él o contra Él. Aunque implique división, hay que ser fuego de su amor. Como redimidos del Señor, vivamos con la sana tensión de examinar las luces y sombras de nuestra vida y nuestro entorno.

 

   El Señor Jesús, que sufrió “hostilidad por parte de los pecadores”, nos fortalezca de tal modo que no nos dejemos “abatir por el desaliento” en el seguimiento de su voluntad y en la transmisión de su Evangelio. 


   Que el fuego del Espíritu que nos purifique de nuestras escorias y haga brillar el oro que Dios ha puesto en nuestra alma. 


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

19° Domingo del Tiempo Ordinario, 11 de Agosto de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 10 ago. 2019 10:10 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 ago. 2019 13:34 ]

Chía, 11 de Agosto de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Miedo Guarda la Viña, la Esperanza la Cultiva.

La Fe no Hace las cosas Fáciles, las Hace Posibles

   El Evangelio de este Domingo nos pide ubicar nuestra fe, de cara a la eternidad, mientras vivimos aquí en la tierra. El Señor nos invita a permanecer fieles a Él con las lámparas encendidas y a tener la valentía de la perseverancia, de estar conectados a su Palabra, a la Eucaristía, a la Oración, al Amor por los más necesitados. Y esto sólo es posible si estamos unidos a Él, El único que puede agrandar nuestro pequeño corazón con la llama de su Amor. 

   «Allí donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón». Si Él es el centro de nuestra vida, habrá que colocar en Él no solo el corazón, sino todo nuestro ser. A todos nos invita a vivir en Esperanza vigilante y activa; a no dejarnos encandilar por los atractivos de este mundo, que tan solo es camino, pero nunca la meta. Estar atentos y vigilantes, exige reconocer a Jesús que viene a nosotros a través de nuestros hermanos que nos reclaman su atención esperando de nosotros un gesto de amor. Es tomar conciencia que nuestro paso por este mundo, aunque sea serio y nos comprometa al trabajo, no es lo definitivo. Vivir despiertos, en tensión, no con angustia, pero sí con seriedad, dando importancia a lo que la tiene. 

  El punto clave está en la elección y la opción. Jesús viene con una propuesta que parece pobre y poco atractiva. Ofrece y pide todo lo contrario a lo que el mundo entiende como bueno, fascinante, cómodo, deslumbrante, seductor, maravilloso y encantador. Él propone, en su programa, que no hay que acumular riquezas en la tierra, porque es mejor hacerlo en el cielo, que hay que ser fieles y precavidos, vigilantes y serviciales, trabajadores, bondadosos, conocedores de la voluntad de Dios, y responsables con el tesoro que él nos ha confiado. Lejos de dejar familia, trabajo y todo lo que significa parte esencial de nuestra vida, se trata es de amar a la familia, al trabajo y a las múltiples ocupaciones, teniendo el corazón puesto en el verdadero tesoro que para el creyente es Cristo Jesús. 

   En cierta ocasión, un anciano instruía a su nieto, de esta manera: “tengo en esta mano una moneda de dos euros; pero, si te esfuerzas un poco más, te garantizo que, en el jardín, en un lugar escondido, encontrarás cien más”. El niño le contestó: “abuelo, dame esa moneda hoy, que las del jardín las buscaré otro día...” En el fondo todos somos un poco como este niño. Lo inmediato nos gana y nos vence. El esfuerzo, la vigilancia, el sacrificio no son buenos amigos de las nuevas generaciones que lo quieren todo rápido y sin esfuerzo. 

   Vigilar significa dominar los acontecimientos, en lugar de ser dominados por ellos, y no perder jamás la paz, ni siquiera ante las pruebas y experiencias adversas. Es estar preparados para afrontarlo con garbo y decisión, y así saber descubrir la acción del Espíritu que nos pone activos en la Fe, la Esperanza y la Caridad, "cuando Él venga". Vigilar es saber esperar, pero no de manera pasiva, inútil o estéril, sino de manera activa y dinámica, como el hombre sabio y prudente que busca ajustar su comportamiento a la voluntad de su Señor.

   Dios siempre está pasando a nuestro lado y nos habla. Si “Dios está en el cielo”, también está viniendo, llegando y saliendo a nuestro encuentro. El problema está en “acertar a verlo”, “escuchar sus pasos”, “abrirle la puerta para que entre y no pase de largo”. El Reino de los cielos no admite cristianos despistados, ni para los que se pasan la vida mirando atrás. Solo lo pueden descubrir aquellos que viven despiertos, los que tienen el alma encendida, palpitando por lo definitivo. 

   Como el estudiante que desde el comienzo del curso piensa en el examen final, o el labrador que siembra y está siempre pensando en recoger buena cosecha, o el deportista que desde el primer esfuerzo sueña con llegar primero a la meta, así, los hijos de Dios hemos de esforzarnos diligentemente por buscar siempre las «cosas de arriba», que ya se preludian y dan sus primeros acordes en la vigilancia en las «las cosas de abajo». Estar vigilantes, entonces significa, -tener las lámparas encendidas para el encuentro con el Señor -, y la mirada puesta en los «bienes de arriba». 

   Revivamos nuestra fe mientras vivimos aquí en la tierra, pero también nuestra fe de cara a la eternidad, y aceptemos la invitación del Señor a estar preparados para saber descubrir las señales de su presencia. En las cosas pequeñas de cada día, acojamos la riqueza del poseer a Dios, único bien, seguros de la fuerza que nos viene de su divino Hijo. Tomemos en serio las cosas de Dios. Por treinta monedas vendió Judas al mejor amigo y, a veces, por menos, entregamos, olvidamos o marginamos a Jesús de nuestra propia vida. 

   Tenemos que reconocer que las únicas lámparas que ponen luz sobre ese final y ese punto de partida son las lámparas de la Fe y del Amor. Estar atentos y vigilantes, entonces, consiste en estar todos los días atendiendo a Jesús, que viene a nosotros a través de nuestros hermanos que nos reclaman su atención esperando de nosotros un gesto de amor. 

   Señor, sé que duermo demasiado y me falta estar atento; despierta la sensibilidad de mi corazón; no pases de largo y si me encuentras dormido, golpea fuerte la puerta de mi corazón para que me despierte. Que cuando llegues, Señor, me encuentres despierto. 

   Que la santa Eucaristía, alimento de eternidad, nos ayude a tener firmes los pies, las manos tendidas en caridad, y la mirada puesta en la eternidad.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

18° Domingo del Tiempo Ordinario, 4 de Agosto de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 3 ago. 2019 8:24 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 3 ago. 2019 8:52 ]

Chía, 4 de Agosto de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Las Herencias las Dejamos…Los Legados los Llevamos

  La encarnación nos revela la identidad de Dios que, “Siendo rico, se hace pobre para enriquecernos con su pobreza”. No obstante, el evangelio de hoy nos presenta en movimiento inverso, el rostro del hombre que, “siendo pobre, quiere ser rico, y se empobrece con la riqueza”.

   En su divino Hijo, Dios ha venido a heredarnos otros bienes que están muy por encima de los materiales. Y un medidor auténtico de este criterio será si somos capaces de ver como polilla aquello que nuestros ojos contemplan como preciado capital, y observar como auténticos tesoros, los valores que los criterios del mundo despojan de todo su valor. 

El Evangelio nos alerta de una gran realidad: que la codicia, el consumo, la apariencia, la riqueza, no garantizan una vida feliz, ni mucho menos eterna. Cuando nos empeñamos en acaparar, nuestro corazón adquiere forma de granero, en detrimento de la verdadera felicidad. Ya sabemos que el dinero ayuda, pero no lo es todo. ¿Por qué ante las pruebas o los sufrimientos, el dinero se queda tan corto y ofrece tan pocas respuestas?

   Cuando no se es rico ante Dios, el hombre termina perdiendo ambas cosas: la riqueza de este mundo por la muerte, y la riqueza del cielo porque nunca hizo nada para merecerla. Recordemos aquello que dijo un famoso millonario: “la mayor de mis fortunas no me ha servido de nada, - frente a un cáncer-, para alargar un día en mi vida”. También sentenció Max Twain: “No tiene sentido ser el hombre más rico del cementerio”. ¿Cuáles son los bienes que vamos acumulando para ganar el cielo?

   Santo Tomás de Aquino, a propósito del fin último del hombre, señaló que “cuando se piensa que éste se encuentra en la riqueza, el ser humano comprueba su indigencia profunda pues al no saciar su corazón en los bienes, sigue acumulando más, pensando que algún día lo tendrá todo. 

   Pero las cosas del mundo nunca saciarán el apetito materialista de un corazón avaro. En realidad, solamente Dios es el único que colma y da plenitud al corazón”. Y San Pablo recomienda: “aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. ¡Todo lo demás es humo, ceniza y nada! Si miráramos nuestra existencia de frente a la eternidad, ¡cuán diferentes y relativas veríamos las cosas y el valor de aquello que antes nos impresionaba!

   Jesús no quiere una vida miserable en la que todos sufran. Obvio que el trabajador merece su salario y el buen administrador de los dones de Dios debe ser premiado. Hay que pasar del individualismo acaparador a una vida comunitaria y abierta a los demás. El dinero no es el centro hacía el cual gira toda la vida, es el ser humano, y su valor lo define Dios, quien está por encima de todo. Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar. La vida no depende de los bienes. Nadie puede servir a dos señores. “Los pobres y necesitados son la oportunidad dichosa y la más bella “alcancía” para ahorrar en aras al tesoro de la eternidad” (S. Agustín)

   Dice el Señor: “Guardaos de toda clase de codicia”. Por buen reparto que Jesús hubiera querido hacer a sus discípulos, ninguno hubiera quedado satisfecho, mientras no hayan sanado su codicia y su avaricia.  ¿Qué virus, hoy, dañan nuestro corazón? El filósofo Romano Séneca, en sus famosas sentencias dijo: “los pobres siempre quieren algo, los ricos, mucho y los avarientos lo quieren todo”. Y mientras cada uno lleve dentro esa sed de “tener más que los demás” seguiremos luchando por poseer herencias, en detrimento de los verdaderos legados. Cuando la codicia se vuelve “avaricia”, nada será suficiente. Olvidamos que todo es prestado por Dios. Lo más sabio será hacernos ricos a los ojos de él, y compartiendo los bienes con los menos favorecidos, aseguramos un tesoro en el cielo.

   La riqueza ciertamente será una gracia y una bendición, - no solo porque se obtiene con el trabajo y la lucha-, sino porque ella adquiere brillo de eternidad, cuando se deposita en los que sufren más y, alcanza su pleno destino, cuando se transforma en una fuente de vida para los demás, convirtiéndose en arras de eternidad.

    La Madre Teresa decía: “El problema está en: ¿Qué comerán hoy los pobres? ¿Dónde dormirán hoy los pobres”?”. Pidámosle al Señor que convierta nuestro corazón para que sepamos compartir lo poco que tengamos, para que otros puedan tener algo. Convencidos que Dios es nuestra herencia y que nuestra vida es como una vigilia nocturna, sepamos ser ricos a los ojos de Dios compartiendo los bienes que él nos presta en este mundo y así hallar gracia ante él. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

17° Domingo del Tiempo Ordinario, 28 de Julio de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 27 jul. 2019 9:02 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 jul. 2019 9:29 ]

Chía, 28 de Julio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Señor, Enséñanos a Orar…

   El Evangelio de hoy, en la hermosa parábola del amigo inoportuno, tan breve como bella, se nos revela la necesidad de orar con insistencia y perseverancia a Dios nuestro Padre. 

   Jesús nos enseña a orar a través de una parábola sobre la confianza total en un Padre que siempre escucha y da lo mejor a sus hijos. Al mismo tiempo, nos da tres claves para llegar a ser felices: Pedir, buscar y llamar. «Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. «Buscar» es moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta. «Llamar» a quien no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. 

   La oración es el impulso más original y sublime del corazón; la mirada sencilla lanzada al cielo; el grito de agradecimiento y de amor ya sea en la prueba o en la alegría. Es el arma más poderosa que podemos tener en la mano para agradecer y pedir a Dios aquello que sea necesario para nuestra vida espiritual y material. La oración nos enfrenta a la gran pregunta por parte de Dios: ¿Dónde está tu hermano? Es aceptar ese compromiso de Dios, a través nuestro, y en favor de los más necesitados, colocándonos a su lado. 

   El Señor, más que dar lecciones sobre la oración, sencillamente “oraba” delante de los discípulos sin obligarlos. “Con su ejemplo”, permaneciendo en contacto con su Padre Dios, hizo que les naciera en su corazón el deseo de imitarlo. De manera similar, los hijos tomarán conciencia de la oración, cuando ven a sus padres en oración ante Dios. Los hijos querrán saborear lo mismo que los padres saborean en el contacto con el Señor. Sólo se puede enseñar qué es la oración, si primero se ha sumergido en ella. Orar no es exigirle a Dios por nuestros propios gustos o caprichos para que él haga nuestra voluntad. Es permitir que Dios haga su voluntad y que sepamos acogerla. Y aun cuando no siempre nos conceda lo que pedimos, él siempre nos dará lo que más nos conviene. Como Padre bueno sólo dará lo que es bueno para sus hijos. 

   Un padre no puede decir siempre que sí a los caprichos de sus hijos, porque terminaría causándoles daño. Los hijos tienen necesidad de ser ayudados por sus padres para crecer rectamente y para aprender a obrar bien. Como Dios lo hace con nosotros, el padre no les da todo lo que piden, sino lo que conduce al bien. Dios mira las cosas de una manera más completa que nosotros. Él sabe que nos ha hecho para la eternidad y nos guía hacia allá. 

   A veces nos convendrá la salud, pero a veces podrá ser la enfermedad la que nos ayude. Quizá sea la vida prolongada la que esperamos que nos conduzca al cielo, o quizá sea más bien la muerte no deseada. Será la riqueza la que convenga a nuestra meta o quizá, más bien sea la pobreza la que nos enseñe a valorarnos por encima de las cosas y a depender de Dios, nuestra única riqueza. Teniéndolo a Él, lo tenemos todo. 

   Una madre jamás le dará a su niño un arma, aunque llore y patalee, porque ella sabe que es un peligro para él, y se puede herir. ¿No será que también nosotros, por capricho, le pedimos a Dios cosas que nos podrían llevar a la ruina? A Dios no podemos pedirle lo que se nos venga a la mente, y que, si no nos los da, dejaremos de creer él. Solo él sabe lo que nos lleva a la salvación. Cuando le pedimos a través de la oración sincera, todo nos servirá para encausarnos a la meta de lo eternidad. 

   En la oración, cuando pedimos con insistencia, no es para que Dios se entere de lo que nos hace falta. Como dice San Agustín, si por eso fuera nuestra oración bien podría bastarse con el silencio. Es a nosotros a quienes nos hace bien que nuestra oración se traduzca en palabras. Somos nosotros los que aprendemos de este modo cuánto dependemos de Dios, y cómo necesitamos ponernos siempre en sus manos. Uno de los frutos abundantes de la oración, además de comprometernos a perdonar para ser perdonados, es reconocer que la fuerza para vencer toda forma de mal viene únicamente de Dios. 

   Pensar que Dios lo hará todo en lugar de nosotros, es tan absurdo, como creer que el hombre puede hacerlo todo, sin la ayuda de Dios. ¿Para qué pedirle a Dios que no nos deje caer en la tentación, si nosotros mismos propiciamos las ocasiones para caer en ella? Dios, que es todopoderoso, nos brinda su ayuda, pero se requiere nuestra disposición y responsabilidad para no caer. La oración no sustituye nuestra responsabilidad, ni fomenta la pereza. 

   Dice San Agustín: “La oración de petición no es una especie de recurso mágico a través del cual podemos ver cumplidos nuestros deseos o caprichos”. «Dios llena los corazones, no los bolsillos». 

   No digas Padre, si cada día no te portas como hijo. No digas nuestro, si vives aislado en tu egoísmo. No digas que estás en los cielos, si sólo piensas en cosas terrenas. No digas santificado sea tu nombre, si no lo honras. No digas venga a nosotros tu Reino, si lo confundes con el éxito material. No digas hágase tu voluntad, si no la aceptas cuando es dolorosa. No digas danos hoy el pan de cada día, si no te preocupas por la gente que tiene hambre. No digas perdona nuestras ofensas, si guardas rencor a tu hermano. No digas no nos dejes caer en la tentación, si tienes intención de seguir pecando. No digas líbranos del mal, si no luchas contra el mal. No digas Amén, si no has tomado en serio las palabras de esta oración.

   Como los discípulos, pidámosle al Señor: “Enséñanos a orar”, para que dejemos de lado el egoísmo, la soberbia, la arrogancia y todo lo que no es digno de nuestra condición de hijos amados. Que nuestra oración sea como el agua persistente que es capaz de romper la mayor de las rocas.

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

16° Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de Julio de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 18 jul. 2019 19:00 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 jul. 2019 19:37 ]

Chía, 21 de Julio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Orando y Trabajando, Obtendremos la Mejor Parte

   El Evangelio de hoy revela el sentido de lo esencial en la vida del creyente. La actitud de Marta va en la línea de los afanes y las urgencias. Se deja sumergir en el activismo descuidando la relación con Jesús y la escucha de su palabra. Olvidó que la llegada del Señor a su casa era la gran oportunidad para estar con él y escucharlo. Al preferir la dedicación a las cosas, cayó en la agitación y el nerviosismo. Es ella quien acoge a Jesús en su casa, y por obvias razones se inquieta y se afana. Por el contrario, la actitud de María va en línea de lo esencial y lo verdaderamente importante: acoger al Señor en su corazón, es decir, en su propia intimidad, constituye la parte mejor, y por eso nadie se la quitará.

   Aunque Marta quería quedar bien ante el Señor reservándole lo mejor de sus servicios, “se quedó en las cosas del Señor”; mientras que María “escogió al Señor de las cosas” y le entregó su ser entero. Las dos hermanas son necesarias, la una para la otra, y se complementan para el anuncio del evangelio, ya que en la acción o en la contemplación, somos del Señor. San Francisco de Sales explica la convivencia entre Marta y de María: “Haz como los niños pequeños que con una mano se agarran a su padre y con la otra cogen moras a lo largo del camino. Recojamos las moras y continuemos siempre tomados de la mano de Dios que nos sostiene”.

   Marta y María, sinónimos de acción y contemplación, nos recuerdan que cuanto hacemos en nombre de Dios es importante, pero cuando estamos con él, él será el primero, el único necesario, el más importante y lo definitivo. Marta y María son ejemplo eximio de acogida a Dios, porque hicieron de su casa el hogar de Jesús, como deberían ser todas las familias. La aparente contraposición no está entre la acción de Marta y la contemplación de María, sino en el interior de Marta, agitada, inquieta y afanada en su sano deseo de servir, y el gozo y la paz interior de María a los pies del Señor escuchándolo. 

   Marta no entendió que el corazón humano de Jesús tenía hambre, no del pan material, sino del pan del amor, el que verdaderamente alimenta. De ahí que Jesús la interpela con cariño: “Marta, Marta, tú te inquietas en tantas cosas…y sólo una es necesaria…”. Jesús quiere ir más allá de los afanes materiales porque, “no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Él interviene para colocar en orden las prioridades del ser humano, sobre todo cuando hay necesidad de uno solo, y María lo escogió y se quedó a sus pies. 

   Todos tenemos algo de Marta y algo de María. Corremos de acá para allá intentando hacer las cosas lo mejor posible. Pero también nos deleitamos a los pies del Señor disfrutando de su presencia, escuchando su palabra y alimentándonos de él. Jesús no nos exime de cumplir nuestras tareas, pero nos recuerda que tenemos que aprender a priorizarlo y saber que él ha de tener un altar en nuestro corazón. ¿Quién no tiene infinidad de cosas que hacer? Como Marta, andamos a las carreras y estresados por tantos quehaceres. Olvidamos sacar tiempo para estar con el Señor, y cuando logramos sacar un rato en la oración o en la adoración, quizá no hacemos silencio en nuestro interior, invadidos por tantas agitaciones y distracciones que nos roban la parte mejor. 

   Marta y María se complementan: María no hubiera podido estar a los pies del Señor si Marta no hubiera atendido los quehaceres de la casa. Con Marta ausente, María hubiera tenido que realizar las tareas necesarias del hogar. Ambas representan dos aspectos importantes del ser humano: lo espiritual, -que ha de ser primero-, y luego lo práctico que complementa a lo primero. María necesita la labor de Marta para poder encausar su vida espiritual y su creatividad. Marta necesita la espiritualidad y contemplación de María para darle propósito y bendecir sus actividades. 


   María escucha, observa, contempla, admira, se asombra, se compadece y crea. Marta ejecuta, organiza, embellece, administra y optimiza tiempo, espacio, recursos y energía. La clave está en unir estas dos dimensiones: Si somos sólo María, tenemos una espiritualidad sin frutos; si somos sólo Marta, tenemos orden y belleza sin alma, sin espiritualidad y sin propósito. María, intuitiva e intangible, y Marta, ocupada en los detalles rutinarios que hay que realizar, nos enseñan que en el mar de la vida será necesario, como lo afirma San Benito, navegar con dos remos: el de la acción y el de la contemplación. Ora et labora. 

   Propongámonos darle a nuestra vida un lugar privilegiado a la oración y adoración al Santísimo y a todo lo espiritual para reestablecer nuestra semejanza con Dios. Y que las actividades de cada día las dediquemos al Señor. Así, cada domingo, postrados a sus pies, escuchemos su Palabra, tomemos su alimento y regresemos a las labores con la convicción que estando a sus divinos pies, escogemos la mejor parte. ¿Cuánto tiempo dedicamos a los quehaceres, y ¿Cuánto tiempo dedicamos a dialogar a Dios? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

15° Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Julio de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 12 jul. 2019 18:15 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 jul. 2019 18:17 ]

Chía, 14 de Julio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Buen Samaritano, un ser Humano Cargado de Amor

   El Evangelio de este Domingo nos trae la parábola del Buen Samaritano. Historia relatada por Jesús para explicarle a un hábil maestro de la ley, la clave para ganar la vida eterna. 

   El Samaritano, —a diferencia del sacerdote y del levita— pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia del corazón, porque Dios es misericordioso. El Samaritano por ser misericordioso, se convierte en ejemplo de amor al prójimo. Sin tener una ley que le impida acercarse “al hombre herido”, tocarlo, sanarle las heridas, se hace cargo de él. No se preguntó quién era su prójimo. 

   Solo le bastó ver a “alguien herido”, sentir compasión y misericordia por alguien desconocido “herido”, sin importarle si era judío o samaritano. 

   Sencillamente era un “hombre herido y abandonado” y eso era suficiente. Nos enseña que la misericordia no pide nombres, ni documentos de identidad, ni pregunta si fue culpable o inocente. Sencillamente era un ser humano “apaleado, herido y maltratado”, por lo tanto, “necesitado”. Como bien lo definió el Papa Benedicto XVI: “Mi prójimo es aquel que me necesita y por el cual puedo hacer algo”. 

   El Buen Samaritano salvó al herido, pero a su vez conviene anotar que también el herido, en cierto modo, salvó al samaritano, pues fue él quien le hizo brotar de su interior lo mejor de sí mismo, haciéndose prójimo de su hermano maltratado. Entonces podríamos decir que el sacerdote y el levita no se dejaron salvar por el herido. Despreciaron esta maravillosa oportunidad que Dios les daba para hacerse mejores seres humanos, a la medida de Dios.

   El secreto estuvo en la compasión. Dice el texto, que «se compadeció de él». El buen samaritano es Cristo. Es él quien «siente compasión, Es él quien no sólo nos ha encontrado «medio muertos», sino completamente «muertos por nuestros pecados» Es él quien se nos ha acercado y nos ha vendado las heridas derramando sobre nosotros el vino de su sangre. Es él quien nos ha liberado de las manos de los bandidos... ¿Cómo pagarle al Señor todo el bien que nos hace?» pues, «haciendo nosotros lo mismo que él». La consigna de nuestra vida ha de ser: “Haz el bien, sin mirar a quién”. Todo aquel que asume los sentimientos de Jesús y actúa como el samaritano con su prójimo, tomará el nombre de “buen samaritano”. 

   Las leyes judías impidieron al levita y al sacerdote que tuvieran compasión con el hombre herido. 

   Hay muchas leyes en nuestra sociedad, pero ¿cuántas de ellas generan compasión con tantos que sufren? ¡Las leyes sin compasión de nada sirven! 

   Nos olvidamos de los que sufren o están heridos en el camino y, no obstante, decimos que amamos a Dios. 

   Nos cuesta aceptar la realidad. Preferimos voltear la cara y no darnos por enterados de lo que está pasando. Preferimos callarnos, hacernos los de los oídos sordos, guardar silencio y mirar para otro lado. Hay tantas formas de pasar de largo, y lo peor es cuando las enmascaramos con justificaciones «razonables». Y mientras tanto, el Señor nos sigue esperando y nos sale al encuentro bajo el ropaje del mendigo y del que sufre: “Tuve hambre...” “Cada vez que lo hicisteis con ellos, lo hicisteis conmigo…”

   Los rodeos o las disculpas no solucionan nada. ¿Cuántas parejas que están en problemas prefieren disimularlos dando un rodeo para no complicar más las cosas? ¡Hay padres que saben que sus hijos andan por malos caminos y prefieren no enterarse! Muchos de nosotros vivimos en pecado, pero preferimos justificarnos diciendo que todos hacen lo mismo.

   El Evangelio nos clama que actuemos. ¿Cuántos heridos encuentro cada día en mi camino? ¿Será que damos vuelta a la manzana para no ver lo que Dios sí está viendo? Pensemos también ¿Cuántas heridas llevamos en nuestro corazón que necesitan de buenos samaritanos? El amor hacia los que más sufren, teje la salvación, porque es un amor cargado de Dios, cargado de salvación mutua.

    La señal de los cristianos es amarnos como hermanos, y todos sabemos que los gestos de amor valen más que las palabras. También sabemos que sólo se salvan los que aman y que al final seremos examinados en el amor. Cuando amamos como Jesús desea, el amor se convierte en el testimonio más eficaz para dar a conocer el rostro del Dios vivo. ¡Dime que haces, que pronto te diré a quién sirves! Salir de nosotros mismos, sin medida, a tiempo y deshoras, es una muestra de la calidad de nuestra vida cristiana. 

   Aprendamos de Jesús a tener compasión, y pidámosle que, como el samaritano, obedezcamos de manera instintiva al impulso amoroso de nuestro corazón, cargado de amor divino. Ese amor que no busca recompensas sino el bien del otro. Pero también reconozcamos que damos muchos rodeos para no encontrarnos con los prójimos malheridos, a quienes no sólo podríamos salvar, sino que serían ellos la oportunidad más bendita de nuestra salvación. 

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

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