Saludo Semanal

Saludo 30° Domingo del tiempo Ordinario, 24 de Octubre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el ]

Chía, 24 de Octubre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Señor, Abre los Ojos de mi Corazón, y así Creer Para Ver!"

   El de hoy es un Evangelio de esos que, por su sencillez llegan al alma, tocan nuestra sensibilidad y despiertan ternura y esperanza. “Un mendigo ciego, sentado al borde del camino”, con su sobrero en el suelo, a la espera de una limosna. 

   El ciego escucha la vida que pasa a su lado, pero no la ve; siente la moneda que cae en el sombrero, y no ve la mano del que la echa. 

   Solo se orienta por las voces y el ruido, y quizá un bastón para medir sus pasos. No había otra solución a su problema sino estarse ahí. “El ciego depende ciegamente de los demás”, hasta que se encontró con Jesús. 

   Este hombre ciego tiene rostro y tiene nombre: “El ciego Bartimeo, hijo de Timeo”. Quiere valerse por sí mismo ya que nadie lo ayuda, y “Al oír que era Jesús nazareno” se le despertó la esperanza y acudió a lo único que les queda, con frecuencia, a los pobres: “gritar” a Jesús, su única esperanza: “Hijo de David, ten compasión de mí”. 

   Gritar es hacer escuchar la voz de su pobreza, y la única manera de despertar a los que pasan indiferentes. Jesús no puede desoír los gritos del pobre y necesitado; no lo mandó callar, sino que “Jesús se detuvo y dijo”: “Llamadle”. Y lo lindo: Mientras los demás eran simples compañeros de camino, el ciego Bartimeo se convierte en seguidor de Jesús. “Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. 

   Dos refranes dicen: “Ver para creer” y “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. En la escena del ciego Bartimeo, pasa lo contrario: él “creyó para ver”. Los gritos del ciego se hacen oración. Su fe, era ya un salto hacia los brazos del Señor, y gracias a esa fe y a la confianza de saber que iba a ser atendido, nunca dejará al Señor, será su misionero. Creía y confiaba tanto en Jesús que no necesitó verlo para creer. 

   Con los ojos de la fe buscó ansiosamente al Señor que prefirió, antes que ver con sus propios ojos, dejarse ver por el Señor, autor de la luz. Luego dejó la capa, es decir, lo abandonó todo; ya no pediría limosna, porque Jesús es su riqueza. Ahora pedirá lo que para él es lo más urgente: “Maestro, que pueda ver”. Y la respuesta de Jesús es inmediata: “…Tu fe te ha salvado”. Viendo a Jesús, podrá verlo todo con ojos de Dios. 

   Junto con la vista, Bartimeo recibe una nueva vida. “Al instante recobró la vista y comenzó a seguir a Jesús por el camino”. Todo el que recibe algo de Dios, no puede quedarse indiferente ante él. Su mirada y su palabra, nos ponen en movimiento hacia él, y se abren las perspectivas de una vida nueva. Su alma y sus ojos recibieron la luz nueva para ver a los demás con los ojos del Señor. No se quedó en donde estaba, ni siguió pidiendo limosna porque el encuentro con Cristo le trazó un nuevo sendero. 

   Reconozcamos nuestros pecados y cegueras, para darle a nuestra vida un nuevo rumbo. Cada día, Jesús vuelve a pasar junto a nosotros; sus brazos nos esperan para que demos un salto hacia él. La valentía de Bartimeo nos enseña a salir de las meras palabras y a correr a los brazos del Señor. En el ciego Bartimeo, el Señor nos muestra que el verdadero discípulo es aquel que, con la luz de la fe, a pesar de sus limitaciones, sigue a Jesús «por el camino». 


   A todos nos da miedo la ceguera. Cuidamos nuestros ojos, con todo tipo de gafas; acudimos al optómetra y al oftalmólogo para que los ayude. Pero a pesar de nuestros cuidados, podemos arrastrar cegueras que nosotros mismos creamos, y entre ellas, la más delicada es la falta de fe, o ceguera espiritual que no nos permite ver a Dios. Y esa falta de fe nos lleva a decir: “Hasta no ver, no creer”, y el Señor nos responderá: más bien, “dichosos los que se parezcan al ciego Bartimeo, que creen sin haber visto”. 


   Aprendamos del ciego que lo más importante, quizá, no es ver, sino dejarnos ver por el Señor Jesús, y clamar desde el fondo del alma: “Señor ten compasión de nosotros que somos ciegos de corazón”. 

   Cuando cerramos los ojos de corazón, así tengamos los ojos perfectos, tal vez nos deslumbren las cosas del mundo, pero no servirán para vernos, ni ver a los demás con los ojos del Señor.

   “Los ojos son el espejo del alma”. “De lo que atrae nuestra mirada, de eso se llenará nuestro corazón”. ¿será que nuestra alma tendrá algo de la mirada de Dios? El ciego quedó lleno de Dios y se le cambió la vida…. Es el momento de dejar lo que nos estorba para poder seguir al Señor. La misión del cristiano es contar lo que ha visto, decir lo que ha oído, para que otros también “oigan y vean”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 29° Domingo del tiempo Ordinario, 17 de Octubre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 16 oct 2021 7:53 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 oct 2021 9:11 ]

Chía, 17 de Octubre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

El Que No Vive Para Servir, No Sirve Para Vivir"

   En el Evangelio de hoy, Santiago y Juan piden a Jesús un puesto de honor para ellos en el reino. La ambición personal, los deseos, honores, dignidades y vanagloria, les cerró la puerta del corazón a estos discípulos, quedando la sombra y de espaladas al plan de Jesús, a su abajamiento y su cruz. 

   Es muy fácil buscar gloria y poder y, tal vez, pensar que se puede merecer o tener derecho a ello. Lo difícil es asumir lo que él implica el camino del Señor. 

  Ya en otra ocasión los discípulos discutían sobre quién de ellos era el más importante y quién tendría el mejor lugar en el Reino. 

   Jesús les muestra que la verdadera "importancia" y el "primer puesto" es el del servicio. “El que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos”. Esa es la clave para poder entender en qué consiste la verdadera calidad de la vida cristiana: “muchos últimos serán primeros y muchos primeros serán últimos”. Estas palabras señalan que en la comunidad cristiana el modelo de autoridad es el “servicio”. 

   Los discípulos no entienden que el camino de Jesús no va por la vía estrecha del poder o la ambición, sino por el sendero amplio del amor, que lo hace sentirse último, y no primero. No es el mandar, es el servir. Ellos lo siguen como si él les ofreciera “una carrera de ascensos”

   Y para servir lo que se necesita es “imitar a Jesús entregando su vida por los demás”. Se necesita “ser capaz de amar hasta entregar la propia vida”, como él lo dijo: “Nadie ama más al amigo que el que da la vida por él”. 

   El Señor, que “no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida para salvarnos”, muestra que el camino va marcado por la humildad, la caridad y el servicio. Pero nuestro corazón, al querer liberarse de tantas cargas y fatigas, sueña, - como les pasó a Santiago y Juan-, dar como una especie de “salto automático” a lo más alto y al primer lugar, para ahorrarse el peso y las exigencias del camino de Jesús, que, con todas sus cargas, sus fatigas y su cruz, es el sendero necesario para llegar al reino. 

   Frente a las pretensiones de grandeza, de superioridad o de dominio sobre los demás, y frente a la manía del ranking, del salón de la fama, de ser el número uno y el más importante, Jesús propone el estilo basado en el servicio y desde el último puesto

   Ejercer la autoridad no es tiranizar, sino dar la vida sirviendo. 

   Ahí está la verdadera grandeza.  Si el combustible de nuestro corazón es la ambición, el ascenso o el éxito, ni miraremos a Jesús, ni miraremos a los demás. ¿Acaso no llevamos dentro de nosotros esa ansia de “poder”, “de mando”, “de jefe”, de “ocupar los primeros puestos?  ¿Será verdad que “necesitamos del poder” para “servir a los demás? ¿El que “no sirve desde el llano”, podrá servir desde arriba? 

   Los otros discípulos se enojan, pues la competencia por el poder y por ser el primero crean división y resentimiento. 

   Para llegar a los que están más arriba hay que pedir permiso, sacar cita y esperar si la dan, mientras que nadie compite por estar abajo, ni para ello se requiere sacar citas; basta salir a la calle y encontrarse con los demás: 

   Estar arriba hace que uno se mire a sí mismo; estar abajo con los demás, hace que todos nos miremos a la cara. 

   

   El que sirve de verdad busca la cercanía, siente las necesidades de los demás y está siempre disponible para ayudar. Ese es el primer paso hacia el servicio. El que sirve a sus hermanos no pierde nada y todo lo gana.

   No es posible que desde la cima de los montes podamos servir mejor a los que están en el valle. ¿Será que desde las alturas se ven y se sienten mejor las urgencias de los que están abajo? El servicio no nace del “título” ni del “lugar que ocupamos”, sino de “nuestra condición de hijos y hermanos”. Nace de “saber reconocer la dignidad de los demás”, y de “seguir a Jesús, el “siervo servidor de todos”. Solo se requiere estar cerca, al lado del que lo requiere. 

   Preguntémonos: ¿Queremos ser los primeros? ¡Seamos los primeros en servir” ¿Queremos que haya comunión entre nosotros? ¡Amemos! ¿Queremos estar arriba? ¡Rebajémonos con Jesús! 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 28° Domingo del tiempo Ordinario, 10 de Octubre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 8 oct 2021 13:30 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 oct 2021 17:51 ]

Chía, 10 de Octubre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

El Alma Reclama la Eterna Felicidad"

   En la primera lectura de hoy el Rey Salomón ha hecho la más maravillosa opción por la sabiduría. No consiste en tener riquezas, sino en tener un corazón que escuche a Dios. Todos pensamos que ser sabios es tener habilidad para poseer más. El sabio Salomón nos enseña que la sabiduría consiste en deleitarse de manera habitual con la presencia de Dios en el alma, aprendiendo a saborear lo que él va dándonos según la urgencia de cada día. Dice el refrán: ¿Para qué quiero tener 10, si sólo se contar hasta 6...? Hasta en el Padre nuestro pedimos: “danos HOY el pan de CADA Día”, no pedimos: “danos el pan para toda la semana.” 

   En el Evangelio, Jesús da el primer paso hacia el encuentro con el joven que le pregunta por la vida eterna, por la verdadera felicidad: “Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?”. Jesús lo acoge con amor, lo mira con cariño, como a un amigo, y le propone un estilo de vida gratuito, por amor, sin la dependencia de las cosas. Y coloca en sus manos el tesoro de una vida nueva marcada por el amor, solo si descubre a Jesús como el verdadero tesoro y la riqueza del corazón. El cambio consiste en sacar del corazón los tesoros pequeños, y reemplazarlos con los tesoros de Dios. 

   Aun sabiendo que nuestra alma clama por la vida eterna y la felicidad, muchos, como el joven del evangelio, dejamos de lado a Dios. Todos queremos ser felices, y esa felicidad consiste en rodearse por los brazos de Dios. El joven está atrapado por lo material, no obstante, el Señor le da la clave para ganar la vida eterna: "una cosa te falta; anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme…”. 

   El joven cambia el panorama: “frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico". Y Jesús, que conocía su corazón, “se quedó mirándolo con cariño”; pensó en algo más grande para él: Tú estás hecho no solo para salvarte y heredar la vida eterna, sino para ayudar a que otros se salven, tú estás hecho para “seguirme”, y descubrir que yo soy tu plena riqueza.



    El joven que llega corriendo a Jesús, tiene, materialmente todo, y sin embargo siente un vacío en su corazón; busca algo más. Pero cuando Jesús le pide que vacíe su corazón de lo que tiene y lo llene con la novedad del evangelio, prefiere quedarse con lo que no llena y seguir vacío.  Y no es que las riquezas sean malas, lo malo es cuando ellas se nos pegan a la piel del corazón y ponen freno a los valores de alma. 

   El joven no entendió la llamada del Señor. Quería vida eterna pero no quería renunciar a los bienes terrenos; quería seguirle, pero sin dejar lo que tenía. No está bien que, al Señor, dador de todo, se le coloque en segundo lugar después, de las cosas. Para el joven, eran más importantes sus riquezas que la entrega de su vida al servicio del Señor. Entonces, se echó atrás, volvió a su casa y siguió con el brillo de la riqueza material, pero en la penumbra y la soledad por la ausencia de Dios. Le asustó lo que tenía por delante. Por eso se fue triste. Y hasta Jesús le miró con tristeza en el alma. 

   “Heredar” la vida eterna es algo que a todos nos compete y que todos deseamos, pero no podemos caer en el egoísmo de “salvarme yo solo”; hay que “salvarse en racimo” porque cuando lleguemos al cielo la pregunta será: “¿Y dónde están los demás?” Uno se salva salvando a los demás, y una manera de hacerlo, es que, con los bienes que Dios nos presta socorramos al pobre y tener un tesoro en el cielo. 

   El joven rico cumplía los mandamientos, pero su alma iba cargada de alforjas pesadas. Le faltó cambiar su riqueza por la del Evangelio, la que aligera y llena el alma en el viaje a la eternidad. 

   El Señor no quiere decir que el rico se condene por ser rico, o que el pobre se salve por ser pobre. Lo que está en juego es la actitud del corazón. La salvación no viene de la pobreza, ni la condenación por la riqueza, sino del amor al prójimo y a Dios, “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. La riqueza, bien empleada, se convierte en causa y fuente de felicidad, pero mal usada puede ser causa de desdicha. 

   “Allí donde está tu tesoro ahí está tu corazón”. En las exigencias se evidencia cuál es el tesoro al que le hemos dado el corazón. Si nuestro tesoro es Dios, estaremos viviendo la mejor opción y la garantía de nuestra felicidad eterna que tiene comienza aquí en la tierra; pero si no lo es, le habremos puesto a la felicidad, el límite propio de las cosas terrenas. O el amor a Dios acaba con los apegos, o la muerte pone fin al ansia por lo material. Al joven, la riqueza lo tenía atado entre las rejas de su propio tesoro. Él pudo ser caritativo, ya que la caridad es la medicina contra el egoísmo, y nos enseña que el necesitado es el mejor cofre y la puerta de entrada a la salvación. 
   Todos tenemos el corazón apegado a algo, por mínimo que sea. La pregunta del joven rico, es también nuestra pregunta: ¿Qué debo hacer para ser feliz?: Soltar el corazón de cuanto nos ata y nos atrapa el alma. “Cuando el gorrión hace su nido en el bosque, no ocupa más que una rama. Cuando el ciervo apaga su sed en el rio, no bebe más de lo que le cabe en la panza”. (Anthony de Mello). 

   quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 27° Domingo del tiempo Ordinario, 3 de Octubre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 2 oct 2021 12:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 2 oct 2021 13:24 ]

Chía, 3 de Octubre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Señor, Instrúyenos en Tu Amor, Para Que Enseñemos a Amar!"

    “…No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien como él”. Dios quiere la felicidad completa para el hombre; dirige su mirada a la mujer, establece un vínculo con ella y la presenta al hombre. A partir de ahí, en la mujer habrá mucho de la mirada de Dios: la gratuidad de su propio ser que acaricia, protege, abriga, se preocupa y se consagra, convirtiéndola en el amor de la casa, en hogar y en compañera. La exclamación de Adán lo dice todo: “esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Con la creación de la mujer, Dios culmina y corona su obra creadora y completa la existencia del hombre.

 

   El amor conyugal se instala y se inscribe en el pal de Dios, en el amor divino; y su prolonga en el bien de los cónyuges, máximo objetivo. Entra en diálogo con Dios amor, que por su bondad le permite al hombre y a la mujer prolongar el amor que viene de él. La ruptura de este diálogo con Dios es el primer divorcio con él, el fin del diálogo, el funeral del amor y el regreso a la soledad. Cuando se deja de dialogar con Dios, con el conyugue y consigo mismo, se cae en el divorcio, la depresión y el abismo total. Dios une a la pareja en matrimonio y le da los recursos para mantener esa unión porque es una gracia que debe crecer y cuidarse como una semilla. No se puede acceder al matrimonio de cualquier manera, ni por hacer ensayo. Hay que estar bien preparados en “saber amar”. La pregunta es: ¿Estamos enseñando a amar hoy?

 

   Cuando un hombre y una mujer se dicen públicamente: “Si quiero!”, no lo dicen por unos sentimientos efímeros y cambiantes, sino por una entrega generosa del uno al otro en el marco de la fe, es decir de la fidelidad, sea en la salud o en la enfermedad, en la abundancia o la carencia hasta el final. El matrimonio no es la celebración de una fiesta de rango social, o el viaje de luna de miel. Él celebra el amor, el encuentro con el otro, el afecto profundo, la confianza, la aceptación y el conocimiento real. Es la puesta del amor en las manos de Dios para iniciar con él, una historia familiar de salvación, que solamente de la mano de Dios podrá sostenerse hasta la eternidad.

 

   Ante la pregunta: ¿Es lícito o no al divorcio?, Jesús se opone al divorcio, apelando al sentido natural y al plan original diseñado por Dios descubriendo la grandeza del amor en pareja. Más que una elección de atracción carnal, el matrimonio es la llamada de Dios a transmitir la vida y a vivir en un estado nuevo el amor de los amados. El amor que dura sólo un instante, una noche o unos meses, se revienta y será cualquier cosa, pero nunca fidelidad ni mucho menos "imagen de Dios". En el matrimonio cada uno es don de Dios para su pareja y para los hijos. 


   No se trata de preguntar si es lícito o no el divorcio, ni de buscar razones para “dejarse de amar”, ni de buscar separaciones “que acaban con el amor”. Lo que debemos preguntarnos es: ¿cómo apoyar las parejas en los buenos momentos como en los difíciles? ¿qué hacer para ayudar a las parejas a vivir felices “hasta que la muerte les separe”? ¿qué hacer para que su amor se pleno? ¿qué hacer para acompañar a las parejas que han tenido la desgracia de tener que vivir su dolorosa separación? Si muchos han perdido el matrimonio, ayudémosles a no cerrarse al amor de Dios y protejamos las familias como recinto del amor de Dios. 

   El papa Francisco en su Exhortación “La Alegría del Amor”, nos dice: A las parejas, ayudémosles a tomar en serio el amor. El amor no es un juego de sentimientos que cambia como la veleta. Hay que tomarlo en serio, y para madurar hay que pasar por inviernos y primaveras, solo así se llega al verano. El invierno despoja de las hojas, pero fortalece las raíces. El matrimonio es un proyecto de dos, en el que predomina la felicidad del otro por encima de las propias necesidades. Es un ejercicio del amor mutuo, de recíprocas ofrendas y renuncias para el bien de la familia. En el hogar las decisiones no se toman unilateralmente, y los dos comparten la responsabilidad por la familia, pero cada hogar es único y cada síntesis matrimonial es diferente”. (AL 220) 

   Nos recuerda el papa que, “No hay rosas sin espinas, como no hay amor sin dificultades”. Enséñenle a sus hijos a amar, para que cuando opten por el matrimonio puedan vivir con alegría su amor. Las dificultades del camino no significan que todo ha terminado, sino que se sigue luchando para que el río del amor no se detenga ante las rocas del cauce. Cada uno tenemos que amar como somos, aunque signifique muchas veces renunciar a lo nuestro. Los problemas no se solucionan “pensando en la separación”. Se solucionan “dialogando y hablando para buscar soluciones”. Salir de sí mismo para hacer feliz al otro, y así el bien lo disfruta toda la familia. La enfermedad no se cura matando al enfermo, sino consultando al médico y tomando las medicinas.

   En la iglesia y en cada comunidad “siempre quedará la posibilidad de la acogida fraterna”. Bien sabemos que toda separación y divorcio causa heridas profundas. No se trata de cuestión de adultos, porque el dolor, el sufrimiento, la división y la cantidad de traumas, afectan a todos. En el corazón de Dios, su amor siempre está ardiendo para que quienes se han separado puedan volver al hogar, es decir, a la hoguera de su amor.  No obstante, la Iglesia, - como Jesús-, no excluyen ni abandonan a nadie, porque, aunque separados, “siguen siendo parte de la Iglesia”. Que la Sagrada familia interceda por nuestras y nos ayude a defender el verdadero sentido de la familia.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 26° Domingo del tiempo Ordinario, 26 de Septiembre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 23 sept 2021 15:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 sept 2021 8:31 ]

Chía, 26 de Septiembre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Trabajo en Común, por la Recompensa Eterna!"

   El Evangelio es radical, pero nunca excluyente. Hoy nos pide erradicar y romper con cualquier obstáculo que colocamos a muchas personas para entrar “en el Reino de Dios”. Nos pide tener un espíritu de apertura al amor de Dios porque todos cabemos en el corazón de Dios. 

   En él no hay lugar para la división, ya que el Espíritu Santo es el viento de libertad que sopla donde quiere, cuando quiere, como quiere y con quien quiere, haciendo de todos, uno solo en Cristo. Nos abre y nos impulsa a entrar en comunión con todos y a construir con todos, la única familia de Dios. 

   Los discípulos argumentan: “…Esos no son de los nuestros”. Jesús no vino a crear “quipos de fútbol” o “partidos políticos” sino una comunidad fraterna. Nos cuesta aceptar que también los demás pueden creen en Jesús, aunque no sean de nuestro “grupo” o de nuestro agrado. El pecado está en vivir divididos: “los nuestros” y “los otros”. Y es posible que muchos “no sean de los nuestros”, y sin embargo “sí son de Jesús”. Puede que muchos no pertenezcan explícitamente a la iglesia, y sin embargo estén viviendo mejor que nosotros el evangelio, aunque no lo digan. Y nos pide Jesús: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí”. 

   Aquel que divide ciertamente no vive del Evangelio. El que excluye a los demás no puede hacerlo con el Evangelio en la mano. El que juzga y condena a los demás, no puede justificar su vida con el evangelio. 

   Un discípulo de Jesús no prohíbe que Jesús llegue a todos, ni que los demás hagan lo que nosotros hacemos, y mucho menos, que actúen en su nombre porque a la luz del Evangelio la exclusión nunca viene de Dios, ni del Evangelio, que es la Buena noticia para todos. Al contrario, se requieren aliados en el anuncio del Evangelio sabiendo que él será nuestra recompensa.

 

   Todos podemos, - desde la condición de cada uno-, anunciar el evangelio. El problema es que, si miramos bien a nuestro corazón, todos llevamos dentro ese espíritu de intransigencia y exclusivismo que nos lleva a pensar que solo nosotros tenemos la verdad, que somos los buenos, y el resto son malos. Esto desemboca en la tremenda tentación de marginar a los que “no son de los nuestros”.

 

   Los cristianos no somos los poseedores exclusivos de la verdad y tampoco podemos impedir que quienes quieran la busquen. Todos estamos en una continua búsqueda, y necesitamos la ayuda de todos para llegar a la verdad plena. 

   Tenemos el reto de ser como la luz que ilumine a los que nos rodeen; como la ciudad construida en lo alto de un monte, o como el faro que indica el camino que Cristo ha señalado.

 

   Si el Padre celestial nos ama a todos por igual, y en su corazón cabemos todos, no podemos clasificar, encasillar, excluir a los demás, o poner fronteras entre “buenos y malos”. En la viña del Señor todos tenemos que trabajar, porque el anuncio de Reino es una tarea común, para que todos lleguen al conocimiento de la verdad, sean de donde sean y vengan de donde vengan. Ese anuncio no tiene fronteras, porque Dios tampoco las tiene, y Él actúa en y desde el corazón de todos, sean creyentes o no. Él no se manifiesta donde nosotros le digamos, sino allí donde es más oportuno para el bien de todos. Habrá que jugársela por lo que nos une, y evitar cuanto nos separe. Así lo dicta el mandato del Señor: ¡Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio!

 

   Y en esta tarea común, hay que estar atentos para utilizar bien, en el anuncio del evangelio, las facultades que Dios nos dio. La mano, el pie y el ojo mal usados, nos pueden llevar al pecado. 

   La mano, símbolo de nuestra tarea creativa y caritativa, también la usamos para robar, para esconder y para tomar en vez de dar. El pie signo del discípulo que lleva la buena nueva a los hermanos, también puede usarse para transitar por la senda de los malvados. El ojo es figura del que ora y espejo del alma, también puede usarse para mirar con ira, o como puerta del mal. Dios nos dio ojos para ver, y párpados para no ver.

 

   En alguna parroquia colocaron un día un Cristo sin brazos con esta inscripción: «No tengo más brazos que los tuyos». Jesús quiere hacer mucho bien en el mundo y necesita de nosotros. La recompensa ya está asegurada: “Os aseguro que quien os dé a beber un vaso de agua porque sois mis discípulos, tendrá su recompensa.” Extendamos, pues, de manera generosa y sin exclusiones, el único amor, aquel que viene del Señor Jesús. Si alguien hace el bien o anuncia la verdad, estará siempre a favor del único trabajo que nos une: el anuncio de la Buena Nueva.

 

   No puede haber una santidad que “excluye”, o una “santidad de los intransigentes”. Como tampoco podremos hablar de amor, si solo amamos a los nuestros. Seamos de los que reconocemos que el Espíritu puede actuar también en los otros.

    Sepamos “reconocer lo bueno que hay en los otros”. Aceptemos a los demás como son, aunque para nosotros sean antipáticos. No olvidemos que “esos antipáticos” Dios también los ama y hasta ellos le caen bien.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 25° Domingo del tiempo Ordinario, 19 de Septiembre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 18 sept 2021 8:07 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 sept 2021 9:13 ]

Chía, 19 de Septiembre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

La Primacía del Servicio"


   En la lógica de Jesús, no es importante el que domina, sino el que sirve a los demás. Nos enseña la grandeza de lo débil y lo pequeño. De hecho, los doce apóstoles que eligió eran pescadores humildes y sencillos y fue sobre su “debilidad” que fundó su iglesia; con ellos difundió por el mundo la grandeza del evangelio, y fueron los humildes, los pobres y sencillos quienes mejor lo entendieron. 


   Este evangelio no es apto para quienes ambicionan poder y lo llevan en su corazón. Es para los últimos, los humildes y sencillos, aquellos que son felices sirviendo a los demás, incluso, sin que nadie se entere. 

   Tal vez este discurso no nos interese, porque seguimos con lo nuestro; queremos éxitos y triunfos y que nuestro nombre suene. Hoy diríamos que, Jesús emite en frecuencia modulada y nosotros le escuchamos en onda corta. Les habla del sentido de la cruz, y ellos no lo entienden, y así no hay posibilidad de encuentro. No les gusta que les hablen de la cruz porque no logran entender su verdadero sentido.

    Físicamente pueden estar muy cerca de Jesús, pero espiritualmente están muy lejos. Tienen miedo a “preguntar” porque su maleta de viaje está llena de ambiciones humanas. Hoy, tal vez muchos, tampoco queremos entender el lenguaje de Jesús, por eso no escuchamos lo que no nos conviene porque entorpece nuestros planes. Para muchos, es mejor no hablar de la cruz, pues sabemos que la profundidad de sus exigencias se traduce en el servicio extremo.

   El tono de Jesús mientras les habla, se mira “a la primacía del servicio”, mientras que el tono de los discípulos, es saber ¿quién de ellos será el primero en el reino? y ¿quién será el más importante? Como si cada cual fuese por un camino diferente, distinto y sin director de orquesta. Mientras él habla del servicio pleno de dar la vida por los demás, a ellos les preocupa es saber quién va ocupar los puestos de privilegio.

 

   El crucificado nos revela “el poder de Dios” porque es el poder del servicio. Nos revela la “sabiduría de Dios”, porque es la sabiduría del amor y la entrega por los demás. Nuestra misión como creyentes ha de ser recuperar el misterio del servicio sin límites, de volver a la esencia del “poder” que no es dominio sino “servicio”, a la esencia de la “sabiduría” que no es filosofía ni ideología, sino pensar con el corazón y vernos, no como los que estamos “arriba” sino como los que “queremos cambiar el mundo desde el servicio”. 

   En el mundo hay muchos que tiene poder, pero muy pocos que lo usan para servir. Todos quisiéramos un Reino más barato y más fácil donde cada uno pueda vivir su vida a sus anchas y sin mayores compromisos. Todos quisiéramos estar arriba, pero eso sí, que todos los demás estén a nuestro servicio.  “Poder, sí; servicio, no”. Y este es el dilema que plantea Jesús en el misterio de la Cruz: “servir o ser servido”. 

   Tenemos que convencernos que cuando hablamos de la Cruz no es una invitación al sufrimiento sino al servicio de los demás. Es una invitación a un modo de pensar distinto, aunque eso sí, la Cruz ejerce un juicio crítico a nuestras ansias de poder. Es una invitación a mirar la vida con ojos de niño. Y en esta lógica no caben disculpas ni evasivas. “El que quiera ser primero, sea el último de todos y el servidor de todos”. Aquel que pretenda esquivar la experiencia de la cruz, vivirá un cristianismo de engaño y mentira. 

   Al abrazar al niño, Jesús nos está gritando que la vida cristiana ha de ser apertura, acogida y servicio al más humilde. Todos deberíamos ser como niños, es decir, desarmados de tantos deseos de poder, avaricia y mundanidad. "Ser como niños" no es una asignatura en la que un día uno se gradúa. Nadie se ha "graduado" de niño. 


   Es una actitud, es un camino. Hacerse pequeño es un modo de escapar de las redes de grandeza. Al pequeño, el orgullo o la vanidad, nunca lo atrapan. Jesús, al elegir a un niño, nos muestra el rostro de la sencillez, humildad y servicio, y define la grandeza y la importancia de sus discípulos por la transparencia, el desprendimiento y la generosidad, en el marco natural del niño. 

   Como las abejas se esfuerzan cada día en la búsqueda del polen, y aún entregan su vida por defender el panal; como la madre que se sacrifica para que sus hijos estén bien, descubramos que la verdadera grandeza se esconde en el servicio y la entrega. Y aunque nuestra debilidad y limitación siempre nos acompañe, no dejemos sobre los hombros de Dios todo lo que acontece de negativo en el mundo. Hay que ayudarlo, sirviendo y dando la vida por los demás. No tengamos miedo a la cruz, ella es la que nos llevará a la luz, nos lleva a la Pascua. El triunfo de la resurrección tiene que pasar siempre por las oscuridades de la Cruz.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 24° Domingo del tiempo Ordinario, 12 de Septiembre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 13 sept 2021 10:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 sept 2021 10:48 ]

Chía, 12 de Septiembre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Aparta de mí Señor, Cuanto me Separe de Ti"

   Hay preguntas de todo tipo, y lo más fácil, quizá sea, responder por los demás. El problema está cuando la pregunta y la respuesta tienen son personales. No es fácil responder por uno mismo porque supone enfrentarnos y cuestionarnos con nosotros mismos, y al mirarnos por dentro, encontramos a Jesús que nos pregunta: ¿Quién soy yo para ti? ¿Qué significo para ti’? 

   La respuesta de Pedro, - verdadera profesión de fe-, es el modelo a seguir: “tú eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito…”. No obstante, esa profesión de fe, implica un estilo de vida que se caracteriza por la exigencia, por el camino estrecho, por la entrega y el sacrificio; es decir, por la cruz. El amor divino, al profesarlo hay que entregarlo, de lo contrario no es amor. “Lo cristiano de los cristianos es Cristo, y él en la cruz”.

 

   Como a Pedro, también a nosotros, el corazón nos puede traicionar. Queremos un Jesús amigo, confidente y compañero, pero sin demasiadas exigencias. Aquel viejo adagio: “serás mi amigo siempre y cuando no pongas piedras en mi camino” nos ayuda a reflexionar. Dice el Señor: “quien no tome su cruz y me siga no es digno de mi”. Para entrar por la puerta del cielo, hay que emplearse a fondo en la causa del Señor. Para confesarlo no basta con despegar los labios y decir “sí creo”; se nos exige construir la vida con la solidez de la fe, del perdón y un testimonio vivo y eficaz. 

   La pregunta del Señor es siempre actual pero no siempre es fácil sincerarnos con él, porque él sí conoce lo que llevamos dentro. Primero preguntémonos: ¿Qué soy? y ¿quién soy yo para Jesús? Si descubrimos la magnitud de la respuesta de lo que somos para Jesús, mucho más profunda y significativa será la respuesta que demos de quién es Jesús. No es fácil sincerarnos con él porque él es la única verdad que no admite rebajas. Y, sin embargo, es la única pregunta que debiéramos hacernos cada día: ¿quién es y qué significa Jesús en mí? La grandeza de lo que soy, es, apenas, el resplandor de aquel de quien venimos, en quien vivimos, nos movemos y existimos. 

   Hoy, el turno a nosotros. Mientras Jesús cuestione la fe de los demás, no hay problema. El problema está cuando Jesús “cuestiona nuestra fe” y “nos enfrenta con nosotros mismos”: “qué pensamos de él”, “qué sabemos de él”; “quién soy yo para ustedes”. Teóricamente podemos dar muchas respuestas, pero la respuesta radical es “qué significa Jesús en nuestras vidas”. Es fácil decir: “yo creo en Dios”. Lo difícil es responder: “qué significa Dios en mi vida”, “qué es Dios en mi vida”, “cómo influye Dios en mi vida”. 

   Nuestra relación con Dios puede parecerse a la historia de aquel nadador que cruzó un inmenso río, y al llegar a la otra orilla le preguntan: “¿Son profundas las aguas?” Y él respondió: “la verdad es que no me he fijado, porque yo solamente quería nadar en la superficie y no bucear”. Pretendemos quedarnos en una relación superficial con Jesús. Se requiere que profundicemos y vivamos lo que creemos; que no rehuyamos aquellas situaciones en las que podemos demostrar si nuestra fe es oro sólido o arena que se escapa entre las manos.

   Como Pedro, quizá, preferimos quedarnos tranquilos, rezando y alabando a Dios. Es que confesar la fe con palabras es fácil. Pero cuando se trata no sólo de decir que somos cristianos sino de llevar la cruz como cristianos, no es tarea fácil. Es fácil confesar la divinidad de Jesús, lo difícil y complicado está en “confesar la encarnación y la humanidad de Dios”. “El que quiera venirse conmigo que cargue con su cruz y me siga”. El verdadero Jesús, será el “Jesús entregado, condenado y crucificado”. El verdadero Jesús, será el que “sirve a los demás, hasta dar su vida”. El verdadero Jesús, será el que “ama hasta dar su vida”.

 

   San Agustín dice que junto a Cristo no hay dolor, y si lo hay se convierte en amor. Es como si el amor le colocara rodachinas a la cruz. Tomar la cruz no es sinónimo de masoquismo, ni huir del mundo para refugiarnos en una dimensión desconocida. Es enfrentar la vida tal como viene; aceptar nuestra realidad histórica con sus luces y sombras, y trabajar para que impere aquel amor que pasa por la cruz aun sabiendo que nos espera el mismo destino de Jesús.

 

   Recordemos que la cruz sostuvo el cuerpo del Señor para que no cayera en el vacío. También, en los vacíos de nuestra vida, la cruz nos sostiene elevándonos a él. “Si la cruz llevó a Cristo a la Gloria, no habrá Gloria sin pasar por la cruz” Ella acompaña nuestra vida hasta nuestro acceso al Padre, allá donde los brazos del Señor remplazarán la cruz por la eternidad. No es cuestión de quedarnos los dos maderos cruzados. Es cuestión de “una manera nueva ver a Dios”, “de ver a los otros”, “de ver la vida”. La cruz asume y resume el estilo de vida del creyente.

   ¿Qué verdad tenemos, y qué versión damos de nosotros mismos? ¿Queremos dar una mejor imagen y una mejor versión de nosotros? Entonces acerquémonos más a aquel que nos conoce mejor. Quedémonos con la pregunta: ¿Quién es Jesús y qué significa en nosotros? La respuesta ya la sabemos: él h sido, es y será nuestra única esperanza, porque “a los tres días resucitará”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 23° Domingo del tiempo Ordinario, 5 de Septiembre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 4 sept 2021 12:41 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 sept 2021 13:04 ]

Chía, 5 de Septiembre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

Abre, Señor, Nuestra Mente, Nuestro Corazón y Todo Nuestro Ser"

   El profeta Isaías subraya la grandeza de Dios. “Este es el Dios grande y poderoso, que hace hablar a los mudos y oír a los sordos”. Y en el Evangelio, quienes ven las obras del Señor en favor de su pueblo, exclaman: "¡Y todo lo ha hecho bien!". 

   Como con el sordomudo a los pies del Señor, también Jesús llega a nosotros con signos sensibles de su poder de curación. Al sordomudo le puso los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. A nosotros se nos acerca con los gestos sensibles de su amor redentor, nos "toca" con cada uno los sacramentos y nos habla con su palabra viva y eficaz.

   La fe nos viene de escucha de la palabra, es decir, de “hablar y escuchar”. Y Dios nos ha dado una sola lengua y dos oídos, quizá para indicarnos que hay que escuchar doble de lo que se habla. Recordemos que con el Bautismo se nos abrieron los oídos para que podamos escuchar a Dios, y se nos destrabó la lengua para que podamos hablar y anunciar y proclamar el Evangelio. 

   Hoy también, Jesús quiere entrar en contacto con nosotros. Nos toca con sus sacramentos: nos lava con el agua bautismal; nos vuelve a limpiar con su palabra de perdón en la reconciliación y nos alimenta con la eucaristía. Así nos redime, nos salva, nos vivifica y restaura en nosotros la imagen y semejanza de Dios que deterioramos con el pecado. Somos nosotros los que estamos ciegos y sordos, los que no vemos los signos, los que nos paralizamos ante las adversidades y cerramos el corazón a Dios. 

   La gran oración del Israel del Antiguo Testamento era: “Escucha, Israel”. Y en el Nuevo Testamento Jesús repetirá con frecuencia: “el que tenga oídos para oír que oiga”. La curación del sordomudo, aparece como el gran gesto de Jesús que no solo lo sana, sino que lo integra a la sociedad. Lo hace miembro de la comunidad. “Jesús, como otorrino”, tiene mucho trabajo, porque todos estamos necesitamos de “escuchar y de hablar”. Y todos estamos necesitamos de comunicarnos y que los demás se comuniquen con nosotros. 

   Hay sordos, ciegos y mudos de nacimiento. También los hay a consecuencia de accidentes. Los hay porque no nos comunicamos con ellos, o porque no les dejamos hablar. Los hay porque se hacen los ciegos, los sordos y los mudos porque solo quieren ver, escuchar o hablar lo que les conviene. Hoy Jesús quiere curarnos de todos estos males. 

   Lo dice el refrán: “No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír”. Diríamos entonces: No hay peor ciego, sordo o mudo, que aquel que no quiere ver las maravillas de Dios, ni escuchar su palabra, ni seguir su proyecto de eternidad. Éste es, sin duda, el peor modo de ser ciego, sordo y mudo. Si la lengua calla es porque el corazón está vacío; porque no ha experimentado ni el amor, ni la bondad, ni el perdón de Dios; y sumado a esto, tanto materialismo que nos desbordan, por eso, hoy somos los nuevos sordos, ciegos y mudos. 

   Reconozcamos que nuestro corazón siempre tendrá heridas que sanar, y es urgente actualizar la salvación que el Señor trajo. Jesús enfrentó los males de su tiempo con su palabra y signos eficaces de salvación. Hay que abrir los ojos, los oídos y la boca, pero sobre todo el corazón. Él sigue hablándonos, pero quizá preferimos estar sordos. Espera nuestra respuesta, pero preferimos estar mudos. Nos muestra las maravillas de su amor, pero preferimos estar ciegos. 

   El hombre del Evangelio no era completamente mudo. El evangelista dice que apenas podía hablar. Es imposible hablar bien cuando no se escucha. Quien no escucha está mudo también en la fe. Abriéndonos a Dios, todos quedaremos curados. Si vivimos sordos a su llamada, ciegos a su amor, indiferentes, encerrados en nosotros mismos y levantando barreras, entonces no tendremos ninguna palabra que decir, ni ninguna buena noticia que anunciar. 

   Ante tantos males, nos encerramos en nosotros mismos, nos ahogamos en el silencio y en el sin sentido. Hoy el Señor nos repite «Ábrete», pero tenemos que empezar por reconocer primero nuestra enfermedad. Él quiere que vivamos una vida sana, que salgamos de nuestro aislamiento y descubramos lo que es vivir escuchándolo a él y a los demás. No tengamos miedo de abrirnos a él, a su palabra y a su acción salvífica. No pongamos trabas, y dejemos que su poder curativo actué en nosotros. Él viene a salvar a los afligidos, a los duros de corazón, a los que no escuchan porque no quieren oír, a los que no saben hablar o hablan con necedad porque no saben escuchar. Su fuerza sanadora siempre será una oferta para todos. 

   El sordomudo es el símbolo de la soledad del corazón humano. Porque, ¿hay mayor soledad que no escuchar a los que están a nuestro lado? ¿Hay mayor soledad humana que cerrarse a la palabra de Dios y no escuchar a Dios dentro de nosotros? ¿Hay mayor soledad que no escuchar a los que tenemos a nuestro lado? ¿Hay mayor soledad que la de no poder comunicarnos con los demás, porque somos mudos? ¿Hay mayor soledad que la de no poder comunicarnos con Dios, porque ni le escuchamos ni le hablamos? 

   Que el Señor abra todo nuestro ser, y que por nuestro testimonio fluya su presencia cotidiana, y pueda acercar a quienes aún no reconocen las maravillas del creador. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 22° Domingo del tiempo Ordinario, 29 de Agosto 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 4 sept 2021 12:25 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 sept 2021 12:28 ]

Chía, 29 de Agosto de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Danos, Señor, un nuevo corazón!"


   Jesús, en el evangelio de hoy, nos recuerda que lo esencial, en nuestra relación con él, es el amor, no la ley: “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí”. Lo definitivo no es lo que dicte la ley o digan los labios, sino la ley del amor impreso en el recinto sagrado de nuestro corazón. 

   Como Dios es amor, la suprema ley siempre será el amor de Dios. Las otras leyes se habían convertido en objeto de adoración y centro de toda reverencia, hasta el punto que, ellas y sólo ellas, eran causa de salvación o de condenación. Jesús no es enemigo de las leyes, pero las coloca en su lugar. El objetivo de la ley, no es para estar por encima de los demás, sino al servicio del hombre; caminos que ayudan a la pureza del corazón. 

   Jesús cita al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Quizá vivimos muy preocupados de las normas que nosotros hemos impuesto, pero nos olvidamos de los “preceptos de Dios”. Parece que es más importante lo que nosotros tratamos de imponer a los demás, pero dejamos marginado a Dios, la limpieza del corazón, la sinceridad de nuestra relación con Dios y el cumplimiento de su voluntad. 

   Con tantos preceptos humanos, terminamos atribuyéndole a Dios lo que en realidad son caprichos y normas nuestras. ¿Cuántos padres de familia se preocupan más por la higiene corporal de sus hijos, que la formación del alma y del corazón con valores que perduren como legado? ¿Acaso tiene sentido el aseo meticuloso del cuerpo, cuando el corazón está repleto de pecado? ¡Hay manzanas que brillan por fuera, pero al abrirlas están dañadas por dentro! ¿Qué pasaría si dedicásemos tiempo y atención para sanar el corazón humano, así como dedicamos tiempo para cuidar lo físico? 

   A causa de la pandemia, hoy no tenemos problema de lavarnos y desinfectarnos las manos.

   Por fuera, todos olemos muy bien. Pero ¿me qué tan limpios andamos en el corazón? ¿A qué olemos por dentro? Porque a Jesús le preocupa es cómo andamos de limpios por dentro.

   Tenemos la manía de pensar que todo se arregla desde fuera: un cambio de Gobierno o de Alcalde o de jefe lo va arreglar todo. Y la vida sigue igual. Cada día los periódicos nos traen noticias que donde se mete la mano, todo huele mal. 

   Por más leyes que se inventen, ¿acaso, el ser humano deja de ser infiel, codicioso, envidioso, orgulloso, injusto o ladrón? La multiplicación de leyes puede ocultar la verdadera voluntad de Dios. Él ve lo que hay en nuestro corazón, sabe que estamos hechos por él y para él, y solo él podrá cambiar nuestro corazón. ¿No estaremos cambiando la gran ley del amor de Dios por las tradiciones humanas? Ni el mundo, n l sociedad cambiarán si no hay cambio en el corazón de las personas. Pueden salir muchas leyes y las cárceles no dan abasto, pero ¿Quién se preocupa de cambiar el corazón del hombre? Cambiemos el corazón del hombre y habremos cambiado todo. 

   Esta sociedad cada día se obsesiona más por cuidar la imagen externa, por alcanzar la eterna juventud y le teme al envejecimiento. Perdemos de vista la importancia de la dimensión interior, donde permanece grabada la huella y la imagen del creador que nos identifican como hechura de sus manos. Es del interior de donde brotan las obras que llevan la firma del creador. Aquello que revela la dignidad, el valor y el talante de cada ser humano. Si nuestros actos externos no están sustentados por un espíritu sincero, solo son trampas que anestesian nuestra conciencia y nos impiden un compromiso real con Dios y con los hermanos. 

   El centro de todo siempre ha de ser Dios, y su amor como la máxima ley. Todo lo que distorsione la vía y el sendero de su amor, no sirve de nada. Habrá que estar vigilantes para mantener limpio y alimentar nuestro corazón con la espiritualidad, la oración, la escucha de la palabra, la participación en los sacramentos y la asidua. Y como dice el salmo, así podremos habitar en la casa del Señor por siempre. 

   Miremos cómo está nuestro corazón y ¿cómo lo ve Dios? ¿Cuánto hace que no le damos una lavadita a fondo a nuestro corazón? Que Dios nos vea limpios, sí, pero que Dios pueda recrearse en la limpieza del corazón. Recordemos lo que nos dice Jesús: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Dejemos que el Señor mire nuestro interior para aprender a mirarnos con los ojos de Dios. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 21° Domingo del tiempo Ordinario, 22 de Agosto 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 20 ago 2021 14:16 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 ago 2021 16:05 ]

Chía, 22 de Agosto de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

…Señor, Tú Tienes Palabras de Vida Eterna"

   Ante las palabras de Jesús, “Mi carne es verdadera comida, mi sangre es verdadera bebida”, evangelio coloca a los discípulos, a muchos que lo seguían, y a nosotros también, entre la espada y la pared. Para muchos, su modo de hablar era duro. Es que Jesús no suavizó el evangelio para ganarse adeptos, porque la buena nueva no tiene promoción o rebaja, sencillamente se ofrece. Y como tiene exigencias, en ese momento muchos discípulos se echaron atrás y lo abandonaron. Con la misma libertad que comenzaron a seguirle, se fueron. 

   Jesús pregunta a sus discípulos: “¿También queréis marcharos? Para ellos es un momento de crisis, pero también de decisión: Pedro en nombre del grupo da la cara y confiesa: “A quién iremos su tú tienes palabras de vida eterna”. Hoy, muchos que nos llamamos cristianos, tendríamos que responder a la pregunta: “¿También queréis marcharos? Ante la desbandada de la gente, los discípulos tienen que tomar una decisión. Cuando todos se van, alguien tiene que quedarse. Cuando todos dejan de creer, alguien tiene que mantener viva la fe. Cuando todos tratan de silenciar a Dios, alguien tiene que levantar la voz por El. 

   Y en cuanto definitiva es la salvación que nos está ofreciendo, también tendrá que ser definitiva y radical nuestra opción. La fe que hemos recibido desde el bautismo, tiene momentos en los que es preciso optar radicalmente por él y prescindir de todo estorbo. 

   Se es cristiano cuando uno se define por el Señor, y se asume el reto de imitarlo, aunque “sus palabras sean duras” e impliquen exigencias son duras. Jesús no es una ideología, es una decisión; es la persona con la que estoy o no estoy conectado. Esto lo entendió muy bien Simón Pedro, uno de los que eligió quedarse con él, y que coloca hoy en nuestros labios la respuesta de la fe que él dio ante el reto de seguir al Señor: ¿Señor, a quién iremos? ¡Sólo tú tienes palabras de vida eterna! 

   La propuesta de Cristo puede que suene dura ya que implica ceder a los criterios de una dicha solo temporal, para entrar de lleno en la novedad y estilo de vida diferente que ofrece el Hijo de Dios. Elegir al Señor supone encauzarnos por las sendas de las “obras del Espíritu” y dejar de lado las “obras de la carne y de la sangre”. ¿Por qué Pedro decidió quedarse con Jesús a pesar de que no lo entendió del todo? Porque encontró en él un resplandor de eternidad, contrario a los que ofrece este mundo tan cambiante, envuelto en penumbra, y donde todo se desmorona. Tendremos que aferrarnos de algo consistente, que no pase, que nos asegure realidades eternas, es decir, al Señor Jesús. Y fue al mismo Señor a quien Pedro tuvo la fortuna de encontrar, por ello proclamó con absoluta certeza: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. 

   En los momentos más difíciles de nuestra vida, necesitaremos llenarnos del valor y la decisión que tuvo Pedro. Caminar como discípulos de Jesús puede ser un camino con dudas y contradicciones, donde más de una vez podemos tener la tentación de volver atrás, a lo que el Señor nos advertirá: “el que coge el arado y mira hacia atrás, no es digno de mí”

   Entonces será necesario mirar –como lo hizo Pedro- con ojos de fe, para descubrir en Jesús como al único que debemos servir; como también proclamó Josué, en la primera lectura, refiriéndose al Dios de Israel: "Yo y mi familia serviremos únicamente al Señor". 

   La pregunta del Señor, es urgente y de mucha vigencia: O lo seguimos, o no lo seguimos. Aunque en la vida tengamos momentos en que nos planteamos preguntas como las del evangelio y nos parezca muy duro el modo de hablar, de pensar y de actuar de Jesús, nos acompaña la certeza que solo el humilde que afirma su fe en el Señor, será capaz de reconocer que él es la palabra última y definitiva a quien debemos aferrarnos. No es lo mismo admirar a Jesús, que creer en él. La fe es don de Dios, pero al mismo tiempo es una respuesta y un asentimiento total y que, movidos por su gracia, nos compromete con él de una manera total. 

   Estamos en el tiempo y en el momento de la purificación de la fe, y aunque las masas pueden desaparecer, ahora se pondrá al descubierto quién es quién y quienes están dispuestos a seguirle de verdad. Nuestra fe no puede depender de lo que hacen los otros. 

   “Aunque todos se vayan, nosotros nos quedamos” ¿De qué sirve ser parte de muchos, si carecemos de vida? Un solo grano de trigo puede engendrar una espiga llena de granos. Muchas palabras pueden decir muy poco. Una sola palabra puede ser suficiente para decidir toda una vida. 

   Es fácil decir sí cuando todos lo dicen. Digamos “sí” a Dios, cuando los otros lo niegan. Es fácil ser bueno cuando todos lo son. Seamos buenos, aunque muchos sean malos. Es fácil decir la verdad, cuando todos la dicen. Digamos la verdad, cuando todos mienten. Es fácil hablar de Dios, cuando todos hablan de él. Hablemos de él cuando muchos quieren quitarlo de la constitución, o lo silencian de las aulas de clase. Es fácil declararme creyente cuando todos lo hacen. Declarémonos creyentes cuando muchos se enorgullecen de no creer. El reto de seguir o abandonar a Jesús. “La decisión es nuestra: tuya y mía”. 

   Me llamas Señor y no me obedeces. Me llamas Luz y no me ves. Me llamas camino y huyes de mí. Me llamas vida y no me deseas. Me llamas sabio y no me sigues. Me llamas rico y no me pides. Me llamas misericordioso y no te fías. Me llamas noble y por tu orgullo, no me sirves. Me llamas poderoso y no me honras. Me llamas Justo y ya no me temes. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
 

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