Saludo Semanal   

Saludo 24° Domingo del Tiempo Ordinario, 17 Septiembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 16 sept. 2017 14:19 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 sept. 2017 15:05 ]

Chía, 17 de Septiembre de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “Perdónanos, Como También Nosotros Perdonamos…”


  
 En este Domingo la invitación de Cristo a perdonar es clara. Si todos somos perdonados por el Creador, no podemos, como criaturas, negar el perdón, porque el perdón es de Dios y viene de Él, como el mejor de los regalos. La misma palabra “perdón” significa: PER (Máximo) y DON (Regalo). El perdón es el máximo regalo de Dios que pasa a través de su Hijo, y de nosotros, a los demás. 

   Es frecuente oír decir: “Yo perdono, pero no olvido”. Si esto quiere decir que la ofensa recibida duele, es algo natural, pero si esto expresa rencor, odio o venganza, eso no es cristiano. No es de buenos hijos de Dios desear mal a nadie, ni siquiera al que nos ha ofendido y aunque el deseo de venganza brota espontáneamente, el perdón será la luz que nos pide vencer la oscuridad y el mal a fuerza de bien. 

   También solemos decir: “!Que Dios te perdone, yo no!. Es mucho lo que perdemos por la dureza del corazón y por querer ganar lo material, representado en esos 100 denarios!. Olvidamos que el don del perdón hace que muere la sed de venganza y alcancemos la vida y la paz de Cristo resucitado. 

   Quizá nos identificamos con aquel siervo que no tenía con qué pagar sus deudas al rey. ¡Siempre es mucho lo que Dios nos perdona y es grande su misericordia para con nosotros! De igual manera hemos de tener misericordia unos con otros, porque de antemano hemos recibido la misericordia de Dios. Más aún, si no nos perdonamos unos a otros, Dios nos retira su misericordia, como el rey de la parábola la retiró al siervo despiadado. 
   Cuando pensamos en todo lo que Dios nos ha perdonado, concluimos que ese deudor del Evangelio somos todos, y tristemente nos damos cuenta que el perdón que otorgamos a los demás, es como esa suma pequeña que le debía el compañero al siervo de la parábola. Recordemos que ante Dios, todos somos eternos deudores. ¿Cuál es mi deuda con Dios?

   El Señor, que perdonó a aquel empleado, también, a cada uno de nosotros nos perdona todas las ofensas. Él no lleva cuentas de nuestros delitos. Si fuera así, nadie podría resistir. Des afortunadamente nosotros si llevamos cuenta de los pecados y errores de los demás. Aun siendo perdonados por Dios, quienes decimos ser católicos, salimos gritando: “Ya me lo pagarás…te espero a la salida…” 

   El perdón cristiano, más que ley evangélica, es la más bella medicina y liberación del alma. El corazón del que perdona limpia su interior, apacigua el alma, se hace humilde, cuidadoso, delicado, capaz de buenas relaciones y descubre de inmediato las cualidades de los demás. Es una estructura espiritual que mueve el corazón de los hijos de Dios al saberse amados entrañablemente por Él. 

   Él estableció en nuestros corazones una inclinación al perdón, anterior incluso a la misma ofensa. De ahí que, como hijos del mismo Padre, hemos de mantenernos solícitos por el hermano, especialmente por el que comete algún pecado. Perdonar a los demás, nos permite reconocer que ya antes hemos sido perdonados. 

   Quizá nos resulta más fácil reconocer cuando hemos sido víctimas de un atropello, pero tal vez nos volvemos miopes cuando somos nosotros quienes lo cometemos. La vara que empleamos para medir a los demás no se parece a la que usamos con nosotros mismos. 

   Tanto el perdón como la corrección fraterna, deben mantenerse en equilibrio. En efecto, el perdón ofrecido al hermano no nos exime de la corrección con el que falla. El perdón es el triunfo de la libertad como ofrenda, y nos libera de la pretensión de constituirnos jueces. La experiencia nos muestra que perdonar no es algo sencillo pero es un ingrediente de la Gracia que se nos ofrece por la fuerza del Espíritu. Este don ha de ser suplicado con humildad, a la vez que procurado con diligencia.

 

   El Papa Francisco nos dice: “Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al Amor de Dios que perdona”. Y añade: 


   “Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y que el otro está en lo cierto. Simplemente significa que valoramos mucho más una relación que nuestro ego”. El Santo cura de Ars, en su infinidad de confesiones le dejaba claro al penitente que: “El Buen Dios lo sabe todo. Antes aún que os confeséis, sabe ya que pecaréis de nuevo, y sin embargo os perdona. ¡Cuán grande es el Amor de nuestro Dios que lo lleva hasta a olvidar voluntariamente el porvenir, con tal de perdonarnos!”

 

   Serán muchas las veces que tenemos que perdonar, y también las veces en que tenemos que ser perdonados. Ese perdón que recibimos y que damos, permite transformar el mal que hacemos, o el que recibimos en una fuerza de bien que nos permite estar cerca de Dios. Se trata de imitar a Cristo, quien ante sus verdugos no tuvo sino palabras de perdón: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.

 

   El perdón es ante todo una decisión del alma y del corazón. Es la más esplendorosa obra de caridad que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Se instala dentro del corazón como la llave maestra que sana todas heridas. “Sólo los valientes saben cómo perdonar porque el perdón exige mucho valor”. (Cfr. San Juan Pablo II, perdonando a su agresor…). Siendo el perdón de Dios para nosotros tan generoso y abundante, no debemos ser tacaños en ofrecerlo. El Señor nos da la clave: “Hay que vencer al mal haciendo el bien”. No podemos permitir que lleguemos a la tumba sin perdonar. Aprendamos a perdonar, perdonando. 


“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…” 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del perdón, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 23° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 Septiembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 8 sept. 2017 16:56 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 8 sept. 2017 17:40 ]

Chía, 10 de Septiembre de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Si Tu Hermano Peca, Corrígelo con Amor


  
 El Evangelio de este Domingo se centra en la corrección fraterna. Nos dice cómo resolver los conflictos y cómo hay que tratar al que peca, que antes de ser pecador, es un hermano nuestro y un hijo de Dios amado entrañablemente por Él. Es un anuncio de esperanza en el poder del perdón frente al hermano que ha pecado y ofendido a la comunidad. 

   También el profeta Ezequiel nos exhorta a no ser cómplices del pecado, y San  Pablo nos recuerda que la esencia de la ley divina está en el Amor, cuando afirma: “No tengan con nadie otra deuda que la del Amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido toda la ley. 

   Recordemos que el credo confiesa que la Iglesia es “una y santa”; pero también nos dice: “creo en el perdón de los pecados”. Entonces, somos una comunidad creyente pero también comunidad pecadora; una familia de gente imperfecta que tiene por misión ayudarse mutuamente a madurar en el Amor y en el Perdón. 

   En la Sinagoga, los judíos excluían de la comunidad a los pecadores; Jesús, por el contrario, abraza al pecador con el Perdón: “Si tu hermano peca corrígelo a solas entre los dos”. 

   No lo eches fuera, no lo excluyas, sigue amándolo, sigue preocupándote de él y sintiéndolo como hermano, porque ante Dios todos somos iguales, acogidos y queridos; todos somos corregidos y perdonados por la misericordia de Dios. De ahí que corregir no es reñir, ni condenar, ni echar fuera a nadie. Es amarlo más, preocuparse por él, hacerle sentir el calor del corazón y hacerle sentir que sigue siendo la misma persona valiosa. 

   Jesús deja claro que, en la pedagogía de la corrección fraterna, más importante que el pecado es la dignidad del pecador. Hacia allá tiende la insistencia de la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, corrígelo a solas… Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos. Si no hace caso, dilo a la comunidad. Si tampoco hace caso a la comunidad, entonces considéralo un gentil”. En conclusión, después de tantas ofertas de amor y de perdón, quien no es capaz de creer en el amor de toda una comunidad, ya está fuera de la comunidad. Y no está fuera de ella por su pecado, sino porque precisamente no fue capaz de creer en el amor. En cambio, confesar y admitir que pecamos es vencer su poder mortal.

   La corrección fraterna, entonces, lejos de pretender modelar las personas a nuestro antojo, apuntando a las debilidades de los demás y ocultando las nuestras, busca, ante todo, que la persona que se ha equivocado, se dé cuenta de los valores que ha atropellado, de las heridas que ha causado y que sí le es posible el cambio y la conversión. 

   Desde este punto de vista, es muy consolador saber que aquel que peca no puede ser para nosotros un extraño. Es “un hermano”. 

   Su pecado, antes que escandalizarnos, nos tiene que doler “por ser el pecado de un hermano nuestro”. Lo tenemos que sentir como “pecado de nuestro hermano”. Del mismo modo, cuando el que peco soy yo, sé que tengo a mi lado a un hermano que sufre y siente mi pecado. La presencia de ese hermano, o de mi comunidad, me hace sentir que no estoy solo ni abandonado porque alguien me está dando la mano. 

   Y cuando el que ha pecado es mi hermano, también he de estar preocupado por él. Si en nuestra natural debilidad pecamos, Dios coloca a nuestro lado alguien que puede salvarnos y que incluso, si nos resistimos, otros hermanos más, tratarán de arroparnos con su cariño y su perdón. 

   Nadie puede ser indiferente al sufrimiento de los que nos rodean, porque ser cristiano implica compartir la alegría y la tristeza, el gozo y el llanto, el éxito y el fracaso con todos. 

   Sin embargo, no olvidemos que la corrección fraterna que nos sugiere el Señor, solo será posible en la medida en que estemos unidos a Él, porque es quien todo lo puede por su infinito Amor. 

   San Agustín, en su frase, “Ama y haz lo que quieras.” da un ejemplo sobre la corrección fraterna: Si alguien tuviera que escoger entre recibir disciplina y ser tratado con cariño, todo el mundo elegiría el segundo. Pero supón que el que disciplina es el papá del niño y el que acaricia es un secuestrador. En ese caso, el amor disciplina y la maldad acaricia. Las flores también tienen espinas: unas acciones parecen duras, aún salvajes; pero son hechas para disciplinarse y formarse en el bien. A nadie le gusta ser corregido- y a pocos les gusta corregir a otros. Esto requiere: Táctica, paciencia, oración, valentía y humildad porque el que corrige a otros debe abrirse a la corrección

   El Papa Francisco, nos añadiría en sus frases célebres: “Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y que el otro está en lo cierto. Simplemente significa que valoramos mucho más una relación con nuestro ego”. 

   Preguntémonos: ¿Si seremos de verdad hermanos? ¿Nos preocupamos de verdad de nuestros hermanos? 

¿Seremos comunidad de amor que corrige fraternalmente y salva? 

   Démosle gracias al Señor porque no nos deja solos en nuestro pecado, y porque nos manifiesta su Amor a través de nuestros hermanos. Que él nos ayude, en la verdad y con humildad, a cumplir en el santo servicio de la corrección fraterna. Aunque exigente y muchas veces doloroso, él es garantía del reino celestial. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición. A Todos los invito a acoger de corazón y llevar a la práctica, el mensaje de la buena Nueva que el Papa Francisco nos ha traído a nuestro amado País. 

Feliz semana para todos. Y que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 22° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 Septiembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 2 sept. 2017 8:02 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 2 sept. 2017 9:36 ]

Chía, 3 de Septiembre de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “Tomar la Cruz y seguir a Jesús”


   En el Evangelio de hoy, Jesús coloca las cosas en lógica divina. Pedro y los discípulos quizá entendieron lo del Reino, pero del destino que Jesús ofrece no quieren saber nada. Incluso Pedro, - que todavía sigue pensando como los hombres -, tiene el coraje de pedirle que cambie de idea. Para Jesús, esto significa desviarlo de la voluntad del Padre; camino que implica renuncia, compromiso, sufrimiento, Amor y Cruz. 

   La confesión de Pedro ciertamente fue inspirada por Dios, pero ahora, impulsado por criterios humanos quiere echarse atrás. Él quería la gloria pero no la Cruz, el triunfo pero no el sacrificio, la salvación pero no la sangre. Quería seguir a Jesús como el Mesías divino, pero a la manera humana, no a la manera de Dios que tendría que pasar por la experiencia de la Cruz.    

   Si bien Pedro es el maestro de la fe, aquí se deja ver como el hombre de carne y hueso, con virtudes y debilidades como todos. Esta actitud de Pedro al querer desviarle el camino al Señor, es corregida con un fuerte reproche: “Apártate de mí, Satanás”. Esto vale no solo para Pedro sino para todos. El que le siga tendrá que transitar su mismo camino, pasar por su mismo destino, negarse a sí mismo, cargar su Cruz y seguirlo. 

   Mientras Jesús habla el lenguaje del Espíritu y el del Amor, nosotros hablamos el lenguaje de la carne y el del egoísmo. Negarse a sí mismo es aprender el lenguaje de Dios para poder comunicarnos con Él y entre nosotros mismos. “Negarse a sí mismo” no es una opción para la muerte sino para la vida, para la belleza y para la alegría. Consiste en aprender el lenguaje del verdadero Amor.  

 No hay seguimiento sin Cruz, ni discípulos sin Cruz y sin fidelidad hasta la muerte. Como Jesús pasó por la muerte, y muerte de Cruz, todos tendremos que pasar por la muerte, y mientras todos tengamos cruces, también todos tenemos hombros para ayudar a Jesús a llevarlas. La Cruz no es como una maleta moderna que por más que pese la paseamos tranquilamente por los aeropuertos sobre ruedas. Muchos invierten lo que sea para conseguir una vida fácil: nada de Cruz, sin preocupaciones y “pare de sufrir”. Si la Cruz tuviera ruedas, la vida cristiana sería un hermoso paseo con vacaciones eternas. 

   La gran tentación de muchos de nosotros, es querer seguir a Jesús pero si nos quita las exigencias del Evangelio, y nos permite conservar la mentalidad mundana, lejos de la mentalidad y proyecto de Dios. Es el gran peligro que nos amenaza a todos: Cristianos sí pero seguir siendo como todo el mundo; seguir a Jesús sin Cruz; o una Cruz a nuestro acomodo. Y Jesús es claro y radical: “el que no toma su Cruz y me sigue, no es digno de mi”. 

   Tendrá que llegar luego la Resurrección de Jesús que les recordará, a los discípulos, que era necesario que Cristo padeciera la muerte. El verdadero discípulo no se pertenece a sí mismo, tiene que entregar su vida al autor de la vida y así se adquiere la dimensión de lo eterno, de ahí que “el que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga”. El hombre “almacenista” no tiene valor ni sentido a los ojos de Dios. Toda “ganancia” es un mal negocio si el discípulo se auto-destruye en sí mismo y no tiene la mirada puesta en Dios. 

   Des afortunadamente nunca faltarán en la vida de quien sigue a Cristo, las atracciones del mundo que invita a rechazar la Cruz; tampoco faltarán los consejeros demasiado humanos como Pedro, que quieren hacer claudicar lo eterno, a cambio de falsos y fugaces alivios y consuelos del pecado. El mundo nos propone una vida lejos del querer divino; es decir, ser cristianos pero seguir siendo como todo el mundo, seguir a Jesús sin cruz y sin cambiar de mentalidad. De ahí que el Señor hace claridad afirmando que “el Hijo del hombre tiene que subir a Jerusalén, ser matado y resucitar”. 

   Resulta fácil querer seguir a Jesús pero sin dejarnos transformar por Él. Es fácil decir que somos cristianos pero hasta que nos exigen testimoniar lo que creemos y llevar la Cruz. Es fácil decir “yo quiero ser cristiano”, hasta que me encuentro con exigencias de conversión, de fidelidad y de vida nueva. 

Imagen relacionada   La fe verdadera no existe sin el compromiso y el riesgo de caminar en pos de Jesús. Pensar como Dios, exige optar por lo que el mundo nos oculta. Pensar como los hombres, puede llevarnos a perdernos en unos túneles sin salida, a caer en unos pozos sin fondo. El camino que Jesús nos propone, no es el del triunfo, sino el que se fragua en el escenario del servicio, del sufrimiento y de la Cruz. 

   La Cruz, con sus dos alas abiertas y apuntando al cielo, es el verdadero vehículo capaz de taladrar las fronteras del universo, la barrera de la muerte, y conducirnos, en vuelo de amor, a la vida de Dios. La vida cristiana, ciertamente no siempre es fácil. Vivamos como Jesús, abiertos, acogedores, y buscando no sólo nuestro bien, sino el de los demás. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
Imagen relacionada

Saludo 21° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 Agosto 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 24 ago. 2017 11:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 24 ago. 2017 13:31 ]

Chía, 27 de Agosto de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “ Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios ”


 
  En la vida de cada día hay preguntas de todo tipo: rutinarias, maliciosas, poco importantes o molestas, pero también las hay muy importantes. En el Evangelio de hoy, Jesús hizo dos preguntas fundamentales a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? y ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Hay respuestas a preguntas que se aprenden a dar en la vida, en la escuela o en otros ambientes, pero será en la familia, en ambiente de oración y en una vida espiritual cualificada, en donde se aprenderá a creer, a esperar y amar al Señor. 

   Jesús pregunta primero sobre lo que la “gente piensa y dice”. Saben que no es como los demás pero no saben Quién Es. Sin embargo, a Jesús le interesa más saber qué piensan los discípulos. La pregunta era fundamental porque la verdadera fe no es cuestión de un examen académico, sino de la actitud frente a Él y de lo que Él significa para cada uno. La confesión de fe de Pedro, es una revelación del Padre y una confesión que anuncia el nacimiento de la Iglesia como Sacramento de la presencia de Jesús, llamada a anunciar, manifestar, vivir como Jesús y a hacerlo visible hoy entre los hombres. 

   Pedro como cabeza y primacía de la Iglesia, será el responsable de ella y tendrá los poderes de atar y desatar. El elogio a Pedro, -como fue inspirado por el Padre-, no termina ahí. Ahora tendrá que ser como el Hijo, manifestarlo y seguir sus caminos. Deberá ser un servidor como el Hijo, que “no vino a que le sirvan sino a servir”, y tendrá que subir a Jerusalén, ser apresado, juzgado y condenado. La suerte de Pedro, entonces, no puede ser otra que la de Jesús. 

   La pregunta a sus discípulos siempre tendrá vigencia: ¿Quién es, entonces, Jesús para cada uno de nosotros? Cada respuesta también nos confronta a nosotros mismos: Jesús es alguien que tiene que incomodar, que obliga a abandonar nuestra seguridad porque no nos puede dejar tranquilos en nuestras actitudes, posturas y falta de compromiso. Hablar de Jesús y no provocar  escándalo alguno, es señal de que hablamos según lo que más nos convenga, o que hablamos más desde nuestros caprichos y acomodos, que desde El. ¿Quién es Jesús para nosotros hoy? Cada uno tendrá su propia respuesta. Será alguien que nos impacta y sacude las fibras de nuestro corazón y de nuestro ser? ¿Alguien que apasiona nuestra mente y nuestro corazón? ¿Alguien que da sentido y dirección a nuestras vidas? ¿Alguien capaz de sacarnos de nuestros egoísmos y comprometernos con los demás? 

   Desafortunadamente son muchos los que profesan su fe en Jesús, pero si Él les suaviza las exigencias del Evangelio. Mientras todo vaya bien, es fácil decir, “Tú eres el Hijo de Dios”, o mientras no tenga dificultades es fácil seguirlo. Es fácil decir que creemos pero hasta que nos exigen testimoniar lo que creemos. Es fácil decir “yo quiero ser cristiano”, hasta que me encuentro con exigencias de conversión, de fidelidad y de vida nueva. Es fácil comulgar mientras no sea más que abrir la boca y tomar la hostia, pero estoy en Gracia Sacramental?

   No justifiquemos nuestra respuesta a Dios, según la opinión de los demás. Hay que situarnos desde la verdad de vida en nuestro corazón. El don de la fe se lo da el Padre a Pedro, no por mérito ni por cualidades personales, sino por propia bondad Dios. Es el don más precioso, el de reconocer a Dios como Mesías, como la auténtica luz que guiará nuestros pasos hacia la felicidad eterna. Gracias a la fe, Pedro encontró la fuerza para llevar a término su misión en la tierra. 

   Si respondemos a Jesús como lo hizo Pedro, también descubriremos nuestra propia identidad, porque nos responde a la pregunta: ¿Quién soy yo? Por lo tanto, responder a Jesús es también recibir, como Pedro, una misión, unas llaves, una gracia, un poder. Vale la pena, entonces que nos preguntemos si creemos y profesamos, con palabras y obras, que Jesús es el Hijo de Dios y que lo elegimos como nuestra opción definitiva frente a los dioses y señores de la tierra. 

   Fortalezcamos la fe que se nos ha transmitido desde los apóstoles, coloquemos a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Caminemos con Él en la comunión de la Iglesia, porque no se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir “por su propia cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él. ¿Cuántas veces hablamos de Dios en nuestras conversaciones? ¿Cuándo planteamos seriamente nuestra vida cristiana o el hecho de ser católicos? ¿Cristo es el tema de nuestra conversación, la razón, la raíz de nuestra vida y el motivo de todas nuestras actuaciones? 

   Pidamos al Espíritu que también nosotros, al igual que Pedro, abramos el oído y el corazón a la revelación del Padre que susurra muy dentro de nosotros la respuesta que agrada a Jesús, respuesta de una fe no aprendida de memoria, sino vivencial: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, tú eres mi Señor!». Que por intercesión de la Virgen María, ella que fue portadora de la Gracia, podamos responder con corazón sincero, que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de nuestra Esperanza. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 20° Domingo del Tiempo Ordinario, 20 Agosto 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 15 ago. 2017 13:58 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 15 ago. 2017 14:07 ]

Chía, 20 de Agosto de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Solemnidad de La Asunción 
Fiesta Patronal Diócesis de Zipaquirá

   Hoy, como cada año, vuelve la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, la fiesta mariana más antigua, la cual nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo, allá donde Dios nos espera como nuestra meta y nuestra eterna morada. Hoy, nuestra Diócesis de Zipaquirá, celebra su fiesta patronal. La festividad del triunfo final de María, la humilde esclava del Señor, la mujer vestida de sol, la primera mujer que ha entrado al cielo y la primera que experimentó los frutos de la redención, nos participa su gloria y su destino.    

   El Dogma de la Asunción fue definido solemnemente por el papa Pío XII el 1-XI- 1950, con estas palabras: “…Pronunciamos, declaramos y definimos que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta (elevada) en cuerpo y alma a la gloria celeste…”. 

   Aquella que en el parto conservó intacta su virginidad, conservará su cuerpo también, después de la muerte, libre de la corruptibilidad. Aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno, tendrá luego su mansión en el cielo. Aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor del que se había visto libre en el momento del parto, lo contempla ahora a la derecha del Padre. Como Madre de Dios posee lo mismo que su Hijo y es venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios. Por todo ello, la augusta Madre de Dios alcanzó definitivamente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial para resplandecer ahí como reina a la derecha de su Hijo, por todos los siglos.

    Lo mismo que el sol incide sobre las vidrieras y se irradia a través de ellas, Dios traspasó a María, la transformó, la transfiguró hasta asumirla plenamente en la resurrección de Cristo. Por eso, es primicia de nuestra glorificación futura, garantía de que “Cristo transformará nuestros cuerpos mortales en un cuerpo glorioso como el suyo”. La fiesta de hoy es la exaltación, no de una mujer poderosa, sino de una mujer pobre, humilde, mujer de pueblo. Esposa y madre, que a veces no entendía los caminos de Dios pero los aceptaba en la fe; Mujer consciente de que los dones que tenía no eran suyos, sino maravillas que Dios había realizado en ella. Por eso, su voz se hace canto agradecido en el Magníficat. Es imagen de los que formamos la Iglesia peregrina, y de lo que estamos llamados a ser. 

   Qué bello espectáculo que congrega en torno a la Madre a cientos de hijos del mismo Padre, que comparten la misma fe, que se sientan a la misma mesa, que reconocen a María como Madre y modelo. Ella nos reúne para hacer Iglesia. Esa es su misión: irradiarnos a su Hijo en la comunidad. Asunta, desde el cielo intercede por nosotros. Su mediación es subordinada a la de Cristo, al que no oscurece, sino que lo irradia. De ahí que los Santos Padres compararon a María con la luna, que, en medio de nuestras noches y de nuestras oscuridades, refleja la luz del sol y la irradia hasta que llegue el día. Lo que el Señor nos dará un día como gracia, nos lo entrega ahora como tarea. 

   El sentido, la significación y el valor de la obra de María, es acercar el Cielo, ya aquí, en la tierra. Ella nos ha acercado el cielo a la tierra, y nosotros como Iglesia, tendremos que recorrer el camino de su Fiat. Como ella, debemos aprender a lanzarnos a las cosas de Dios.  Ella es modelo de fe (“que se cumplan en mí tus palabras”).  Es modelo de docilidad a los planes de Dios (“He aquí la esclava del Señor”). 


   Es modelo de caridad, de apertura a los demás, modelo de respuesta rápida, ágil, concreta y eficaz (…Se puso en camino y fue aprisa a la montaña”). María es modelo de docilidad y obediencia (Hágase en mí, según tu palabra). El camino de María, entonces tiene que ser el camino de la Iglesia, el camino de los humildes, de los pobres y olvidados. Todos queremos llegar a Dios, y María es nuestra esperanza porque ya lo ha alcanzado.

 

   María nos enseña a “alimentar la interioridad” volviendo al corazón, a  la meditación y a la oración. Que esta solemnidad nos haga levantar nuestra mirada al cielo en donde está nuestra meta, ya preludiada por la asunción de María Santísima al cielo. Alimentemos nuestra interioridad para hacer, como ella, la voluntad del Señor. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios y María Santísima, nuestra Señora de la Asunción, patrona de nuestra Diócesis de Zipaquirá, los protejan siempre.


Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 19° Domingo del Tiempo Ordinario, 13 Agosto 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 11 ago. 2017 12:21 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 15 ago. 2017 13:59 ]

Chía, 13 de Agosto de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“ Señor, sin Ti, nos hundimos…” 


    
En el Evangelio de este Domingo, luego de la multiplicación de los panes, el Señor Jesús quiere evitar que los discípulos caigan en triunfalismos, y les ordena irse a la otra orilla, mientras Él también se retira a orar. 

   Acto seguido, Jesús los hace subir a la barca, donde tendrán que enfrentarse a la experiencia del miedo y la inseguridad.  La barca atravesaba por una tormenta, donde se encuentran solos, en la impotencia y con el alma hecha un nudo de miedo. Jesús en persona, y caminando sobre las aguas, se vuelve a unir con ellos, pero esta vez ya no lo ven como el que hace milagros, sino como un fantasma. 

   El problema de Pedro, fue no haber creído en la palabra de Jesús: “Animo, soy yo, no tengáis miedo”. Más bien pide argumentos para estar seguro: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre las aguas”. Pedro, para creer, exige el milagro de poder andar sobre las aguas, algo que solo le corresponde a Dios. Por eso mismo, ante el primer obstáculo, la fe de Pedro se derrumba, el miedo se apodera de él, y comienza a hundirse: “al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse”. Entonces tendrá que dejar la barca para descubrir su propia debilidad y aprender a fiarse en el poder de Dios. 

   También como Pedro, nuestra fe en Dios busca ante todo su poder que pueda librarnos de las tormentas y dificultades, y olvidamos buscar su auténtico Amor. Cuando la fe no brota de su verdadera base termina siendo una fe muy débil, que ante las primeras dificultades se quiebra. 

   La verdadera fe no pide milagros, nace de aceptar y fiarnos en las manos de Dios. Algunas veces se oye decir: «Yo sólo creo en lo que veo», pero es que para creer no se necesita ver; se necesita confiar. 

   Todos creemos en muchas cosas sin necesidad de verlas. La fe en Dios es creer en su Amor y corresponderle a ese Amor, con Amor. Es frecuente que sólo nos acordemos de Dios en tiempos de crisis y dificultad. Pero cuando navegamos por aguas tranquilas y sin sobresaltos, podemos enfriar nuestra relación con Él. Cuando pasamos por sufrimientos, buscamos con más insistencia a Dios; pero en tiempos de dicha y regocijo, nos olvidamos que Él es la fuente de toda Gracia. 

   Como Pedro, cuando caminamos sobre aguas tranquilas guiados y conducidos por el Señor, tenemos la tentación de sentirnos dueños de lo que hacemos y nos olvidamos de aquel que nos posibilita todo. 

   Y para no amañarnos en los momentos de tranquilidad, se requiere valorar las crisis y los momentos de turbulencia, como una oportunidad donde reconocemos al Señor como la verdadera fuente de nuestra seguridad. Sólo así, como los discípulos, después de la tormenta, nos postramos en tierra para decirle al Señor: “¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!” 

   La llamada de Jesús es constante pero la tormenta en nuestra vida también es constante y vivimos como náufragos. Él nos llama pero no oímos, no creemos, no caminamos con fe hacia Él. Como los niños sienten temor cuando están lejos de los brazos de la madre, así, nosotros, mientras estemos lejos de los brazos de Dios, estaremos en peligro de hundirnos en las fauces del mal. 

   Como Pedro, que para caminar sobre las aguas necesitó liberarse de su propio peso y confiar más en Jesús, debemos reconocer, en tantas circunstancias adversas, que el Señor nos está saliendo al encuentro tendiéndonos su mano y diciéndonos: ¡Ánimo, soy Yo, no tengas miedo! 

   Él quiere caminar con nosotros, pero necesitamos fortalecer nuestra confianza y nuestra fe en Él, no para que Él haga las cosas en lugar nuestro, sino para que recibamos el ánimo y la fuerza que necesitamos. 

   Si queremos llegar a puerto, seguro tenemos que navegar muchas veces con el viento en contra, y aprender, de vez en cuando, a ir contra la corriente.  

   Los cristianos, en cierto sentido estamos siendo azotados por el viento de las ideologías contrarias al Evangelio; éstas se nos presentan tan seductoras y atractivas que nos hacen vacilar. Unas veces vamos dando pasos en dirección al Evangelio, y otras en dirección contraria. Esa pérdida de rumbo parece hundirnos. Estamos, como Pedro, necesitados de aumentar nuestra fe; de sentir a Jesús caminando a nuestro lado no como un fantasma sino como nuestro Dios y Señor. Y en medio de tantas tormentas sigue acompañando, dando su Espíritu y tendiendo su mano a todos aquellos que de buena voluntad lo buscan. 

   La barca es símbolo de la humanidad azotada por problemas, pero también llamada a confiar en la presencia del Señor. Muchas veces no logramos superar la tempestad porque nos falta fe, nos dejamos agobiar por los problemas confiando más en nuestras fuerzas y seguridades, antes que en la fuerza de Dios. 

   Nos creemos experimentados nadadores de mares embravecidos. Si confiamos poco en Dios, y demasiado en nosotros, como le pasó a Pedro, comenzaremos a hundirnos. Por el contrario, la fe nos pone a prueba justamente en los momentos difíciles que nos toca vivir. 

   Si somos capaces de salir de la tempestad, esa fe se verá fortalecida y se hará más madura. Pero también la barca representa a nuestra amada Iglesia, que muchas veces pasa por momentos en los que verá más fantasmas y le cuesta reconocer la presencia de Jesús en su peregrinar. 

   Tendrá también momentos de reconocimiento y esplendor, pero necesariamente tendrá que enfrentar momentos en los que siente hundirse; y será justamente ahí, en esos riesgos y tormentas, en donde podrá percibir con certeza y seguridad, que sólo Jesús será capaz de sostenerla con sus manos divinas. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 18° Domingo del Tiempo Ordinario, 6 Agosto 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 4 ago. 2017 18:35 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 ago. 2017 19:26 ]

Chía, 6 de Agosto de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“ Ilumina, Señor, Tu Rostro sobre Nosotros… 


    
El Evangelio nos presenta el otro rostro de Jesús, el Glorioso, y se nos propone nuestro destino último. En la cima de la montaña, en la oración, en la conversación con los dos profetas y frente a sus discípulos, Jesús se transfiguró y dejó entrever la totalidad de su identidad y la verdad de su Corazón. Los tres discípulos creían conocer a Jesús; sin embargo, ahora se dan cuenta de algo que ellos nunca habían visto en Él: el resplandor de su Divinidad. Ven lo que su encarnación esconde y oculta. Esta experiencia los transforma hasta invitarle a seguir en la cima del monte, no obstante, esta experiencia, lejos de aislarlos del mundo, les regresar a él, con el resplandor de su Luz. 

   En el monte, Dios obra maravillas. Es el lugar de la Ascensión, de la subida interior, y equivale a alejarse de la vida cotidiana para sumergirse en la presencia de Dios. Moisés, en el Sinaí, recibió las tablas de la ley, y luego descendió del monte con el rostro tan resplandeciente que tenía que taparlo. En el Evangelio es Jesús el que sube al monte Tabor. Aquí también su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En el Sinaí se nos regalan los “mandamientos”. En el Tabor, la voz de Dios nos revela a Jesús como su “Hijo amado y predilecto”. El Tabor es el monte de la luz porque en Jesús todo es luz: “Su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos eran blancos como la luz”, símbolo del cristiano llamado a ser luz, como la luz que no es para verse a sí misma, sino para que los demás puedan ver. 

El milagro de la Transfiguración llena de felicidad a los tres discípulos que acompañaron a Jesús: “Señor, qué bien se está aquí”. Los mismos que estuvieron en el monte de la Transfiguración, estarán con el Señor en el huerto de los Olivos, pero esta vez el rostro del Señor se verá «transfigurado por el dolor». Ellos aprenderían que lo importante es acompañar siempre al Señor, tanto en la Gloria como en la Cruz. 

   La Transfiguración del Señor es como el cristal a través del cual se puede mirar al futuro en lugar de vagar sin sentido, con nostalgia y temores. Es la fuerza que nos hace mirar hacia adelante con ansia de vivir lo que incluso, quizá, no habíamos soñado. 

   La orden del Padre es escuchar a su Hijo hecho Palabra. Sólo así se comprenderá que “transfigurar la vida” significa orientarla de otra manera. Sabemos, entonces, que aún en medio de la rutina, los dolores y fracasos, hay una vida oculta que va fermentando, con el brillo glorioso del Señor, toda nuestra existencia. 

   Meditar en la Transfiguración del Señor nos ha de impulsar a centrar nuestra mirada en Jesucristo, revelación del Padre; a llenarnos de esperanza, aguardando nuestra resurrección futura, y a buscar en nuestra vida tiempos y espacios que nos permitan escuchar la voz de Dios. Como a los discípulos en el Tabor, siempre que acudimos al encuentro con Jesús, la soberanía y misterio de su presencia, llena nuestro interior con su resplandor, volvemos a escuchar la voz del Padre diciéndonos: “Este es mi Hijo Amado, escuchadle”, y por escucharlo, también somos amados del Padre, en su Hijo amado. 

   Jesús nos advierte que más allá de los sufrimientos y problemas, nos espera la vida eterna que tiene reservada, al final de la peregrinación terrena, a quienes vivan unidos a Él. A  Jesús, en la transfiguración, “se le nota” anticipadamente su condición Divina y la plenitud de su Gloria. Desde ahora podemos unirnos a Dios, “entrever y saborear” anticipadamente lo que será nuestra felicidad eterna. Es la eterna propuesta para “ir más allá de la figura”, para aprender a “ver más allá de lo físico” todo lo que se va colando de maravilloso en la vida cotidiana, que a pesar de sus limitantes apariencias nos va empapando del brillo del cielo. 

 
 La Transfiguración es una experiencia de la belleza de Jesús, de Dios y de nuestra fe. Ella nos revela un Jesús distinto; un “Jesús amado del Padre”. Pero la Transfiguración no es una invitación solo a disfrutar de Dios. 

   Tampoco a olvidarnos de los que nos necesitan en la difícil vida cotidiana. Es la invitación a hacer la experiencia íntima de Jesús unido al sufrimiento humano; a expresar nuestro gozo con los que no han visto, y un compromiso con los que viven lejos. 

   Cada Domingo, desde la montaña de la Transfiguración podemos preguntarnos: ¿Nos dejamos llevar por nuestras seguridades y no nos arriesgamos a seguir a Jesús en su camino? ¿Cómo escuchamos su Palabra y la hacemos vida en nuestra vida? ¿Cuáles son los miedos y ataduras que nos impiden salir de nosotros mismos y recorrer con Jesús el Camino de la Cruz? ¿A qué nos compromete el contemplar a Jesús Transfigurado? 

   Pidamos al Señor,  - como dice el Papa Francisco,- que nos dé hoy la Gracia de su luz y nos enseñe a distinguir cuándo la luz es su Luz, y cuándo es una luz artificial hecha por el enemigo para engañarnos”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 17° Domingo del Tiempo Ordinario, 30 Julio 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 29 jul. 2017 9:16 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 29 jul. 2017 10:13 ]

Chía, 30 de Julio de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“ Darlo todo por el Tesoro del Reino de Dios 


    
Con la sabiduría como telón de fondo, el Evangelio de hoy nos hace una llamada a vivir nuestra fe con la alegría de quien “descubre un tesoro y encuentra una perla”. Encontrar un tesoro escondido era el sueño de muchos en la antigüedad. 

   En una época sin bancos quedaba como único recurso seguro esconder la fortuna debajo de la tierra. Y si el poseedor moría sin desenterrarlo, un golpe de fortuna podía sacar a luz este tesoro. 

   En la Primera Lectura, el rey Salomón le pide a Dios que le conceda un corazón sabio para poder gobernar al pueblo y distinguir entre el bien y el mal. El Evangelio, en las dos Parábolas, describe al Reino de Dios como un tesoro escondido o una perla preciosa que hay que buscar y, una vez encontrados, hay que darlo todo para hacerse con ellos. Ese tesoro no es otro que el mismo Dios, y hay que darlo todo, y con un corazón que escuche como el de Salomón, quedarse con Él. Los dos protagonistas de las parábolas toman la misma decisión: «venden todo lo que tienen», pues nada es más importante que «buscar el Reino de Dios». 

   En la primera parábola, el hombre parece ser un pobre jornalero. Él encuentra el tesoro, trabajando en un campo ajeno. 

   Por eso tiene que vender todo lo que posee, para poder comprar el campo. 

   Resuelta y alegremente aprovecha la única ocasión de salir de la miseria.

   

   Por el contrario, el hombre de la segunda parábola es un rico comerciante mayorista en perlas. En aquel tiempo las perlas eran obtenidas en el mar Rojo y valían como el oro. Él las adquiere de pescadores de perlas o de pequeños negociantes. También este rico aprovecha el caso fortuito, vende su propiedad y compra esta perla de gran valor. 

   Jesús quiere destacar, sobre todo, dos rasgos en el procedimiento de los dos hombres: El primer rasgo: la alegría radiante de los que encuentran el tesoro o la perla. Su gozo es tan grande que lo demás palidece ante el brillo de su hallazgo. Conmovidos y cautivados por su suerte, ponen en juego toda su existencia. El segundo rasgo es: su abandono total para ganar el tesoro o la perla. Conocen un solo fin y venden todos sus bienes para conseguirlo: adquirir esa preciosidad, es hacer el gran negocio de su vida. 

   Lo mismo pasa también con el Reino de los Cielos. La Buena Nueva de ese Reino conmueve los corazones, despierta una alegría desbordante, causa una entrega apasionada. Los que oyen y comprenden esta noticia, arriesgan todo lo que tienen para ganar a Dios y su Reino porque es la oportunidad única de toda su vida.

    Esta suerte incomparable hay que aprovecharla a riesgo de todo, por tratarse del verdadero y único valor que vale la pena en este mundo. Una ganancia extraordinaria y eterna espera a los que se juegan la vida por Dios y su Reino. 

   Las dos Parábolas quieren decirnos que Dios sigue ofreciéndose a cada uno de sus hijos, -representados, tanto en el pobre jornalero, como en el rico mayorista-, la ocasión única para la salvarse. Él es el tesoro escondido y de valor incalculable, que aunque lo diéramos todo por Él, nunca sería demasiado. A Dios no lo podemos comprar con dinero; se nos da gratuitamente. 

   Afortunadamente muchos sabemos que las realidades más bellas de la vida no pueden comprarse con dinero; se dan gratuitamente: como el amor, el cariño, la comprensión, la verdadera amistad, la fidelidad, la bendición y el gozo espiritual. 

   Dios es el tesoro único que llena las aspiraciones del corazón humano, pero tenemos que buscar las «pistas» que nos lleven a Él, si no queremos andar «despistados». Nos dice san Agustín:
«Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». 

   Tener la referencia del valor supremo, nos permite valorar en su justa medida todo lo demás. No se trata de despreciar lo demás, sino de tener claro lo que vale de veras. Debemos saber cuáles son las prioridades, dentro de los valores, y qué valores son en realidad falsos. El valor auténtico aporta una alegría continuada, mientras que los valores terrenos aportan una alegría pasajera, y quizá conseguida a costa de la tristeza y el sufrimiento de muchos. La vida no es sólo lo que se ve; es mucho más. 

   Reza el refrán: “donde está tu tesoro está corazón” es decir, “donde está tu tesoro está la alegría de tu vida”. Todos nosotros estamos todavía en camino, en busca de este tesoro divino. ¿Quién de nosotros puede decir que ya encontró en Dios la suerte para siempre? ¿Quién de nosotros realiza su vida con esa alegría desbordante que caracteriza a los que hallaron la felicidad en Dios? ¿Quién de nosotros está dispuesto a arriesgar todo lo suyo para ganar ese tesoro celestial? ¿Qué estoy dispuesto a “vender” o arriesgar para ganar el tesoro del Reino? 

Si Dios nos diera posibilidad de pedirle algo, qué le pediríamos? 

   Como lo pidió el Rey Salomón, pidamos más sabiduría para ir sacando del arca del “tesoro” de nuestro interior, lo nuevo y lo viejo; lo que vale y lo que acumulamos con tanto apego pero que no vale nada. Así, de manera sabia, sabremos qué nos conviene conservar o desechar del corazón. Pidamos cada día, en el Padre nuestro, que “venga a nosotros su Reino”, pero que también trabajemos para hacernos merecedores de Él. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir buscando, como discípulos-misioneros, los tesoros de Reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 16° Domingo del Tiempo Ordinario, 23 Julio 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 21 jul. 2017 9:09 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 21 jul. 2017 9:44 ]

Chía, 23 de Julio de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“ Bien y Mal:  la Eterna Lucha que Llevamos Dentro 


    
En este Domingo, Jesús nos describe el misterio del Reino de Dios como una realidad en la que pueden aparecer juntos el trigo y la cizaña. La Santidad, bajo la imagen del trigo, es la semilla sembrada por Dios, mientras que el pecado, representado en la cizaña, es sembrado por el enemigo. Es la triste realidad del corazón humano. Llevamos la Gracia Divina en nuestro corazón pero somos víctimas del pecado. Es el eterno misterio del bien y del mal, de esa lucha que llevamos dentro. 

   De día se siembra el trigo, pero la cizaña, el enemigo la siembra de noche mientras los demás duermen. Es que el pecado, el mal y la mentira requieren de las tinieblas, mientras que la verdad no tiene miedo a la luz. Nos deja ver que aunque la santidad y el pecado no se conllevan, sin embargo crecen juntos. Ambos conviven en la misma tierra, pero tienen origen distinto y, Dios, lejos de amenazarnos con las tijeras de la destrucción, nos brinda oportunidades para crecer en el jardín de su Reino y en las entrañas de su corazón. 

   La Parábola gira en torno a la paciencia de Dios frente a los afanes de los hombres que desean hacer justicia por sus propias manos. El Señor nos recuerda el peligro de conductas intempestivas y contraproducentes que pueden ocasionar arbitrariedades e injusticias; y se reserva el derecho de tener la última palabra, recién al final de los tiempos. Entre la siembra y la cosecha, Dios establece un compás de espera, que ha regalado a los hombres como tiempo de salvación. 

   Nos pone alerta a no dividir la humanidad entre buenos y malos, como si Él ofreciera el premio de la salvación solo a los buenos y la condenación para los malos. Él quiere que todos se salven; sólo a Él le corresponde juzgar y sabemos que su juicio es Amor y su Misericordia es eterna. A buenos y malos nos da tiempo para descubrir nuestras cizañas, para eliminar las malas hierbas de nuestra vida y tener el valor de erradicarlas. 

   Si bien queremos arrancar la cizaña, Dios permite que crezcan juntas, Él no tiene prisas, a unos y a otros quiere darles tiempo y oportunidades. 

   Sólo Él sabe si los malos pueden hacerse buenos, o los buenos pueden hacerse malos. Estamos ante el misterio de la Gracia y el pecado. 

   Esta frontera entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada uno de nosotros,  y por nuestra opción libre y personal, que es capaz de producir trigo o cizaña. No obstante siempre nos encontraremos con la paciencia infinita de Dios porque Él no quiere aniquilar a quienes obran el mal, sino que les ofrece la oportunidad de cambiar. 

   La parábola del trigo y la cizaña, es una fiel descripción de la vida misma. Mientras algunos se esfuerzan por hacer el bien, otros van sembrando la cizaña, haciendo el mal y destruyendo lo que otros han hecho. Y como es más fácil destruir que construir, con frecuencia tenemos la impresión que el mal avanza y que el bien pierde terreno.

   Esto pasa también en el terreno de la fe. Con frecuencia le preguntamos al Señor por qué permite algo y por qué no interviene. Pero no debemos olvidar que Dios tiene su tiempo y, desde luego, no es el nuestro. No basta con no desanimarnos, hay que pasar a la acción e intentar vencer al mal con el bien. Habrá que trabajar más rápido que nuestros enemigos, pensando en el magnífico salario que Cristo nos ha prometido: la Vida Eterna. 

   Recordemos aquel refrán: “Si buscas un amigo sin defectos te quedarás sin amigos”. Hoy diríamos: “Si buscas una Iglesia sin defectos te quedarás sin Iglesia”. En la Iglesia también tienen cabida los pecadores. Muchos que hoy son santos fueron en su momento pecadores. Todo santo tuvo un pasado, como todo pecador tiene un futuro.

   Junto al trigo está la cizaña; junto a los buenos están los malos; junto a los santos están los pecadores. Si la Iglesia es santa, también es pecadora porque ella crece donde el bien y el mal crecen. Santos y pecadores se encuentran cada día y todos necesitamos el perdón de Dios. Lo que a todos nos corresponde es no dormirnos mientras otros siembran cizaña. Y más que pensar en arrancar la cizaña, hay que pensar en estar despiertos y atentos, cuidando el trigo de la Gracia, de la Fe y del Amor. 

   El hortelano prepara la tierra, la abona y la fertiliza; siembra la semilla y lo más probable es que tendrá un fruto delicioso. Pero si el terreno no está preparado ni abonado, el fruto quizá sea una manzana podrida. De igual manera, cuando disponemos bien nuestro corazón con los valores del Evangelio y sembramos la semilla del Reino, lo más seguro es que obtendremos frutos benditos; pero si nuestro corazón está descuidado, él será habitado por la cizaña y no habrá fruto bueno. Es un hecho lamentable que cuando colocamos una manzana buena al lado de una podrida, ésta contagia a la buena. Sin embargo, en el ámbito moral y espiritual debe suceder lo contrario, porque contamos con la ayuda de Dios. 

   Que el Señor nos permita convivir como hermanos, los unos con los otros. Dios es el único que conoce lo que hay en él. Que el Espíritu del Señor nos ayude a crecer como trigo maduro, y así podamos seguir sembrando con esperanza, en medio de un campo rodeado de dificultades y propuestas seductoras, totalmente engañosas. 

   Señor Jesús, plántanos en tu tierra y quita las cizañas de nuestro entorno. Apártanos de la quema y de la destrucción. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 15° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 Julio 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 14 jul. 2017 9:49 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 jul. 2017 10:37 ]

Chía, 16 de Julio de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Qué Clase de Terreno es mi Corazón 


   
En el Evangelio de este Domingo, Jesús parte del ejemplo de lo que acontece en la vida diaria para llevarnos el conocimiento del misterio del Reino.

   La Palabra de Dios nos interpela para mirar en nuestro interior y ver nuestra respuesta a los dones recibidos de Él.

   La Parábola del Sembrador no es una historia de desesperanza, sino de esperanza, confianza y certeza en la acción de Dios.

    Al tiempo que reconoce lo que no ha salido bien, insiste en los resultados espléndidos de la cosecha. Así como en la tierra preparada, la semilla sembrada da frutos, así ha de ser con la semilla de la Palabra sembrada en el corazón bien dispuesto. De igual manera, como la sequía convierte a la tierra en estéril, así de infecunda será la semilla de la Palabra en el corazón del hombre indiferente al Don Divino. 
   Jesús, Palabra de Dios hecha carne, es Don Divino que reclama acogida y respuesta: ya sea el treinta, el sesenta o el cien por ciento, indicando la diversidad en la entrega y la acogida en el corazón del hombre. Dice el Señor: “Dichosos los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica”. 

   Des afortunadamente nuestro corazón no siempre es esa tierra bien dispuesta para recibirla. A causa de tantos afanes, inquietudes, distracciones y voces mundanas que resuenan constantemente en nuestros oídos, no pasamos de ser meros oyentes, haciéndonos sordos a la voz del Señor.  

   El refrán, “No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que quien no quiere oír”, nos señala la mala disposición del corazón humano. Esto lo experimentamos a diario. Estamos ciegos para ver y sordos para oír. Nos hacemos los sordos ante la Verdad ya que ésta nos golpea duramente y nos incomoda; nos cerramos a la Palabra del Señor y caemos en total necedad. 

   La parábola describe cómo Jesús entrega su Palabra a todos, sin excepción. A los que tienen el corazón endurecido como la piedra para que lo conviertan en un corazón de carne.

   Viene al encuentro de los corazones llenos de las espinas del placer, poder o riqueza, tratando de entrar en ellos de alguna manera. 

   Quiere encontrarse con el que vive en la superficie de la vida, y que nunca han conocido aquello que los engrandece en su libertad movida por el Don de la Gracia, y que los advierte en la lucha contra las tentaciones que pretenden hacerlos sucumbir. 

   En esta parábola está en juego, por un lado, la Gracia de Dios que se entrega al hombre e interpela su libertad, y por otro lado, el rechazo a la propuesta Divina o la aceptación en medidas diferentes. No siempre cedemos totalmente nuestra vida al Señor, sino que nos guardamos algo para nosotros, sin ser generosos desde nuestro corazón con los demás. En nuestro interior nos falta darnos a nosotros mismos, para lo que Señor nos necesite o pueda darle y dar a los demás. Nos falta encender el fuego interior de la caridad que nos lleve al mundo para transmitir su Palabra. 

   No importa dónde caiga la semilla, sólo hay que esparcirla abundantemente, como todo Don que viene de lo alto. Aunque caiga en medio de la indiferencia del mundo, siempre tocará el corazón de todos, y la Gracia de Dios transformará las disposiciones del hombre. Es que la Palabra no se siembra sin esfuerzo, ni da fruto sin sufrimiento. Para que dé fruto, la tierra tiene que ser buena. Ese es el reto: conseguir que nuestro corazón esté preparado. La tierra de nuestro corazón puede estar llena de piedras que hacen que no arraigue la Palabra de Dios cuando hay dificultades. Pero las verdaderas dificultades están dentro, no fuera de nosotros. 

   También están las zarzas de las preocupaciones excesivas por lo material, que ahogan la voz de Dios. Y también está la superficialidad, porque nuestro corazón se ha convertido en un lugar de paso, un camino que transita cualquier mediocridad; y así, la Palabra de Dios no arraiga en un alma superficial. 

   El Sembrador no deja de esparcir el grano. Él sabe que la piedra no se puede convertir en tierra; el camino no puede dejar de ser camino, ni los espinos, espinos. Pero cuando se trata en el terreno de las almas y del corazón, es diferente: la piedra puede convertirse en tierra fértil, el camino puede dejar de ser pisoteado por los caminantes y hacerse un campo fecundo, los espinos pueden arrancarse y dejar que el grano fructifique libremente. Si esto no fuera posible, el Sembrador no habría esparcido su grano como lo hizo. Y si esta transformación no se da siempre, no será culpa del Sembrador, sino de los que no han querido transformarse. El sembrador ha cumplido bien su oficio, pero si se ha desperdiciado lo que Él ha dado, el culpable no será Quien ha sembrado, sino la dureza del corazón en donde ha caído la semilla. 

   Miremos en nuestro interior y examinemos cómo está el terreno de nuestro corazón. La misma semilla bendita la recibieron santos y pecadores, buenos y malos; y las consecuencias son totalmente distintas. Dios comenzó en nosotros como una semilla. El Evangelio comenzó en nosotros como una Semilla. ¿En qué tierra cayó esa Semilla? No nos quejemos de las Semillas, examinemos la tierra de nuestro corazón. 

   Contemplemos a María, la Madre de Jesús y aprendamos como ella a responder con total entrega a la Palabra de Dios, y a dar frutos para la vida del mundo. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir esparciendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


1-10 of 379