Saludo Semanal 




32° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 de Noviembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 9 nov. 2019 11:34 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 nov. 2019 12:10 ]

Chía, 10 de Noviembre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

¡Lo Que Ha Cambiado Nuestras Vidas… es la Certeza de Eternidad!

   La liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre la resurrección. Es un mensaje que nos alegra el corazón: somos hijos de Dios, y nacimos para la vida eterna, que después de la muerte, por la puerta de la esperanza, entraremos a ella. Ya en la primera lectura, el cuarto de los hermanos macabeos, después de haber sido torturado y a punto de morir, confiesa: "Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará"


   El salmista proclama con fe: "Al despertar me saciaré de tu semblante”, aludiendo a la Resurrección. Ya, en la pregunta tendenciosa que le hacen al Señor: “Si después de la muerte hay vida, entonces ¿De quién será la mujer de los siete maridos? Jesús responde estableciendo una diferencia entre "este mundo" y el "mundo venidero". Él afirma con claridad, que el cielo no es prolongación de este mundo, y para entrar en él, tendremos que responder cómo vivimos en este mundo y cómo nos vamos ganando la vida eterna.


   Con la pasión, muerte y resurrección de Cristo, la eternidad ya está actuando en esta vida. Si la muerte ha sido el máximo enigma que intenta desvelar el ser humano, la fe nos dice que el Dios creador quien pronunció su palabra de vida en los comienzos, también la pronunciará al final, ante la muerte. El único que puede crear, es el único que puede resucitar. 

   No somos resultado de un capricho, sino de un amor eterno. ¿De qué nos serviría haber sido rescatados si no fuéramos resucitados? La primera creación se ordena a la nueva creación, a los cielos nuevos, a la tierra nueva y a la comunión con Dios. El Dios de Jesús no es un Dios de muertos, sino de vivos; de Él procede todo, de Él venimos, a Él volveremos, y Él nos devolverá el aliento y la vida eterna.

   El deseo más hondo del hombre ha sido el de no morir, el de vivir para siempre; incluso, -como lo dice el evangelio-, muchos se imaginan el cielo como una mera prolongación de esta vida que conocemos: ¿De quién será la mujer de los siete maridos? Otros creen en la reencarnación; y hay quienes considerándose ateos se despachan repetidamente diciendo:“Todavía no ha venido nadie del otro mundo, luego no hay nada”. 

   El tiempo que pasaremos en esta tierra no es nada en comparación del tiempo que pasaremos en la eternidad. No podemos apagar ese pálpito que pregunta desde nuestro interior: ¿hay algo después? Hay una sed de eternidad natural que clama por la perfecta unidad, por la bienaventuranza eterna y por la felicidad sin límites, que nos hacen pensar y desear un hogar nuevo en el que veremos cara a cara a nuestro creador.

   Todos buscamos una respuesta de apoyo que nos dé sentido y esperanza, que sea clave y razón para vivir. ¿Cuál es ese punto de apoyo en el que reposa nuestra vida? Unos lo pondrán en sus deseos de triunfar, otros en tener, otros en disfrutar sin plantearse estas cuestiones. Pero la respuesta es una sola: «Lo que ha cambiado nuestras vidas es la certeza y seguridad que son eternas». Esto nos da un nuevo sentido a la vida y a la muerte, porque el punto de apoyo original es la resurrección de Jesús. 

   Si Él venció la muerte, también nos ayudará a vencerla. De Dios, que es la Vida, venimos, y a Él, que es de vivos y no de muertos, volveremos. Desde ahí se entiende cómo la actitud central que da forma a nuestra realidad divina, surge del Dios-amor que nos ha amado hasta las últimas consecuencias. Como el artista no destruye su obra, sino que la corrige para perfeccionarla, así nuestro creador no va a querer destruir su obra maestra sino perfeccionarnos.

   Nos ha de acompañar la certeza que Dios nos hizo para la vida; la muerte es tan solo la llave que cierra la puerta de esta vida y, al mismo tiempo, abre la de la eternidad. Si después de la noche viene la luz de la mañana, si después del invierno viene la primavera, en la que parece que la vida brota por todas partes con sus flores y sus hojas verdes, también después de la muerte viene la aurora naciente de la resurrección gloriosa. La resurrección es el acontecimiento que rompe nuestra última frontera o límite, que es la muerte, y con ella queda atrás el horizonte limitado y estrecho de este mundo.

   Más que invitarnos a pensar en lo que hay más allá de la muerte, el Señor nos invita a revisar nuestras acciones, y lo que tenemos en el más acá, aquí y ahora en la vida presente, de cara a la eternidad, como preludio del cara a cara definitivo con el Señor. 

   ¿Es vida en plenitud, compartida, solidaria y generosa? No basta morir para estar muerto; muerto es aquel que no vive la vida en plenitud, quien sólo la vive para sí mismo, quien la esconde y la malgasta, quien ha perdido el horizonte de eternidad. La vida que tenemos es para seguir llenándola del Dios de la Vida que quiere que vivamos desde acá, con resplandores de eternidad. El creyente debe ser una persona optimista y alegre con una esperanza viva en la vida eterna. 

   Gracias a la fe en la vida eterna, adquiere valor, hondura y luz el quehacer de la vida presente. Esto nos permite irnos preparando para la estancia de la vida eterna. Somos hijos de Dios, nacidos para la vida eterna, con la certeza que después de la muerte vendrá la bienaventuranza eterna, donde Dios será nuestra luz y nuestra vida. Supongamos que alguien nos anestesiara y luego despertáramos en un tren en marcha, nos preguntaríamos: ¿de dónde venimos y adónde vamos? En nuestro peregrinar por este viaje terrenal, sabemos, por la fe, que venimos del Señor y vamos hacia él; que, viajando con él, podremos saborear y valorar la eternidad a la que somos convocados por nuestro creador.

   ¿Qué hacemos para ganarnos la vida eterna? Recordemos que el Dios de Jesús es un Dios de vivos porque en él todos están vivos. Los muertos siempre tendrán los ojos cerrados, mientras los resucitados los tienen abiertos contemplando al Dios de la Vida. Tratemos de vivir de tal manera, que nuestra vida sea iluminada por la fe en la resurrección y por la esperanza en nuestra propia resurrección y que, aun en medio de las dificultades, podamos fortalecer nuestra fe en la eternidad. 

“Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino; que, aunque morimos no somos carne de un ciego destino. Tú nos hiciste, tuyos somos. Nuestro destino es vivir, siendo felices contigo, sin padecer ni morir”.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

31° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 de Noviembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 31 oct. 2019 18:03 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 oct. 2019 18:32 ]

Chía, 3 de Noviembre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Hoy quiero Alojarme en tu Casa - El día más feliz de Zaqueo

   Como en el Evangelio del Domingo pasado un publicano buscaba a Jesús, hoy es Zaqueo, un rico y jefe de cobradores de impuestos quien lo busca. A este rico, no le falta nada material, pero no es feliz, y por eso quiere conocer a Jesús. Lo logra, y su vida cambia, llenándose de gran alegría y liberándose de lo que le estorbaba para ser feliz: el apego a las riquezas y el remordimiento causado por haberse aprovechado de los demás.

   Jesús sabe que allí donde va, lleva consigo su gracia. Entra en casa de Zaqueo porque hay alguien a quien salvar, y Zaqueo siente que su corazón le reclama por otro tipo de riqueza, la de su corazón. Había oído hablar de Jesús y su curiosidad se mezclaba con cierta simpatía y, no obstante, el problema por su baja estatura, sin temor, se trepa en un árbol, y - como niño que ansioso persigue una fruta-, él anhela en su corazón, poder ver al Señor. Dios siempre da las posibilidades y coloca los medios para llegar a él. El encuentro con Jesús le descubrió la verdad de su corazón. La perspectiva adquirida desde el árbol le permitió descubrir a Jesús como su verdadera riqueza a conquistar. Aquel árbol bendito, fue la puerta de entrada por donde encontraría al salvador.

   Pudo más en anhelo de ver a Jesús, que toda su riqueza material. Todo empezó a cambiar cuando se dio cuenta que así fuera rico, su corazón estaba insatisfecho y vacío. El dinero le dejó demasiados agujeros en su corazón. Se cansó de estar sentado y, obedeciendo un impulso interior, se puso en camino. Cuando alguien necesitado, -como Zaqueo- corre hacia Jesús, es el Espíritu divino quien ya le dio el primer empujoncito. 

   Más que el dinero, su corazón buscaba vivir la verdadera alegría, y encontrando a Jesús lo encontró todo, porque «el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». ¡Este encuentro divino lo merecía todo: hay que celebrar un banquete con Jesús! “La conversión es el mejor banquete entre Dios y sus criaturas”.

   Zaqueo no tuvo vergüenza de hacer el ridículo, ni por ser pequeño, ni por subirse a un árbol, porque desde ahí, daría un salto al corazón de Jesús. Sentía más vergüenza de ser ladrón. En su corazón trabajaba ya el Espíritu Santo, la Palabra de Dios, el cambio del corazón, la alegría y, en fin, la conversión a una vida nueva: “daré cuatro veces más a los que haya defraudado”. Esta conversión iba más allá de simples buenos deseos. La esplendorosa escena final nos muestra cómo puede cambiar quien se encuentra con Jesús. 

   Su vida nueva comenzó por convertir su billetera para “devolver lo robado” y “repartir lo que tenía”, aunque desde ese día fuera menos rico: “Daré la mitad de mis bienes a los pobres”. Sólo reconociendo las limitaciones se puede dar un paso hacia una nueva vida, y ese fue un gran día para Zaqueo. Jesús, cenando en su casa, se volvió alimento de su corazón. Mientras tanto, los fariseos no tenían otra cosa que hacer sino murmurar y criticar la actitud de Jesús. ¡A quién se le ocurre: comer con los pecadores! La experiencia de Zaqueo es la experiencia de quien acierta a encontrarse con Jesús.

   Como Zaqueo, muchos corren, sedientos, detrás de Jesús, lo buscan y lo quieren conocer. “Como busca la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, oh Dios mío”. Y Él no se hace esperar, se deja encontrar y paga con creces la sed del corazón que lo busca. Por ser criaturas, todos somos de pequeña estatura para ver a Jesús, y no siempre damos la talla, ni la medida, ni la dignidad que Él quiere. 

   Sólo la certeza de su mirada nos descubre, sabe leer nuestros anhelos y nos vuelve a decir: «Baja pronto, baja de tu arrogancia, de tu soberbia, de tu orgullo, de tu pecado; deja que la humildad te revista, porque hoy quiero alojarme en tu casa, quiero cenar contigo, quiero que la salvación llegue a tu vida, a tu familia, a tu corazón.

   Jesús vuelve a tomar la iniciativa, nosotros también muchas veces por curiosidad o necesidad, buscamos acercarnos para verlo. Él siempre se nos anticipa, nos compromete y nos impulsa a poner la casa en orden, convirtiéndonos de corazón. Zaqueo, en su pequeñez y en su debilidad, no se echó atrás ante las dificultades y no lo pensó dos veces: ¡subió al árbol y vio al Señor! Y tras este encuentro, Zaqueo cambia el rumbo de su vida. Solo con la ayuda de Dios, seremos capaces de levantarnos, desde lo más bajo, hasta dar la estatura que él quiere. Nadie da el salto a los brazos del Señor si no es movido por la fuerza de su divino amor.

 

Todo encuentro con Jesús cambia radicalmente la vida; descubre la verdad del corazón y la verdad de las cosas. No hay verdadera conversión sin un cambio concreto en el modo de vida. Desde su pequeña estatura, Zaqueo será el modelo cotidiano de cómo actúa Dios en su gratuidad y cómo debemos responder en coherencia a la invitación del Señor. Zaqueo nos enseña a buscar y a mirar por una perspectiva más alta. A no conformarnos con una vida convencional, y a intentar mirar más allá y hacia lo más alto.

 

   La perspectiva adquirida al subir al árbol le hace ver que hay cosas más importantes que el dinero y lo material. Que la vida es mucho más que aquello que brinda este mundo; que en el encuentro con Dios comienza la salvación, porque cada encuentro con Él, constituye el mejor momento de nuestra vida. Sin duda que ese día fue el día más feliz de Zaqueo: Jesús quiso alojarse en su casa, y fue Zaqueo quien terminó alojándolo en su corazón y alojado en el corazón de Jesús. También, en cada Eucaristía, el Señor quiere alojarse en nosotros, su mirada se posa sobre nosotros y su voz resuena: "Hoy quiero hospedarme en tu casa, en tu corazón, en tu familia".

   No nos cansemos de buscar al Señor para que las luchas diarias tengan su mayor recompensa en el encuentro con él. Acerquémonos a él, abrámosle nuestro corazón para que nos transforme. Y que María Santísima nos lleve al conocimiento de su divino Hijo, así como lo clamamos en la salve: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”.

   Señor: no quiero ser un estorbo para que otros puedan verte. Quiero alojarte en mi corazón y alojarme en el tuyo. Quisiera que hoy cenaras conmigo, porque quiero que tú seas mi salvador. Amén.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

30° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de Octubre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 27 oct. 2019 17:35 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 oct. 2019 18:09 ]

Chía, 27 de Octubre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Señor, Ten Compasión de Nosotros

   Hoy, a través de estos dos personajes del Evangelio, el fariseo y el publicano, todos tenemos que sonrojarnos ante el Señor. Jesús nos hace ver cómo es Dios, cómo somos nosotros, y cuánto tenemos de fariseo o de publicano.

    El Señor centra su atención en el publicano que “se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo”. Escondido, invisible y digno sólo para Dios, necesita experimentar el perdón: ¡Oh Dios! “Ten compasión de este pecador”. No se acerca a Dios; se mantiene a distancia porque no se siente digno por su pecado. 

   Es Dios el que, en su infinita misericordia, se apiada de la debilidad humana y se acerca al que reconoce su pecado; lo restituye a la gracia y le concede la salvación. El publicano al volverá a casa "justificado" por Dios, no así el fariseo. La oración del publicano es la oración humilde, de aquel que se deja ver como Dios lo ve; del que se cree menos que los demás y se sitúa delante de Dios con su pecado y necesitado de su misericordia. 

   Las apariencias son apariencias, y el corazón sólo lo ve plenamente Dios. Los mansos de corazón logran admitir, sin frustrarse, lo que no sale bien o no funciona. Nadie puede presumir de nada ante Dios, sólo la fe en él nos reconcilia con su amor. La oración del publicano, como de penitente humilde, es verdadera; la del fariseo, por su soberbia y arrogancia, es una oración falsa. Uno, hablaba desde la arrogancia, y el otro, en cambio, habla desde el corazón. Mientras el publicano, en la puerta del templo se sentía vacío, -por su humidad-, salió lleno de Dios. Por el contrario, el fariseo salió del templo como entró: lleno de sí mismo, pero vació de Dios. Salió con su orgullo y su justicia, pero sin la justicia ni el perdón de Dios.

 

   Tenerse por justo no siempre coincide con serlo a los ojos de Dios. Muchos acudimos a la iglesia intentando buscar a Dios, sin darnos cuenta con qué disfraces venimos y con qué traje deseamos salir de nuevo a la vida. Dios va al fondo del corazón; se deleita con la humildad y sinceridad que el publicano nos enseña hoy. Hay que reconocer que, todos llevamos dentro, algo o mucho de fariseo o de publicano. Lo importante ha de ser que prevalezca en nosotros la humildad del publicano en lugar de la soberbia del fariseo. No importa el pecado que hayamos cometido. La medida del perdón que Dios nos concede, depende de la humildad del arrepentimiento.

 

   No miremos a los demás, mirémonos a nosotros mismos, necesitados del perdón de Dios. ¿Por qué nos dejamos llevar por nuestra propia autosuficiencia y nos olvidamos de Dios? Nos habituamos tanto al pecado, que ya no lo vemos como tal, sino como algo ordinario. Como el fariseo, usamos mecanismos de defensa exagerando nuestras cualidades, considerándonos mejores que los demás, o disfrazando nuestro pecado con términos aceptables y sonoros.

   Es cierto que todos oramos, pero quizá, - como el fariseo-, queremos inflarnos de vanidad delante de Dios; resaltamos lo que creemos ser y no lo que Dios quiere que seamos. La oración así, será árida y no llega al corazón de Dios. Como lo hizo el publicano, nuestra oración ha de estar centrada en Dios como origen, centro y fin de todo. Orar no es intentar cambiar la manera de ser de Dios ni sus designios. Nadie puede presumir de nada ante Dios. 

   El “yo” y el “egoísmo” tienen que morir para que Dios habite en nosotros, bajo el manto de la humildad. Orar no es para pasarle nuestra contabilidad a Dios, ni para contarle lo buenos que somos, ni mucho menos para despreciar a los demás. Se trata, más bien, de reconocer nuestra verdad y sentir lo que somos delante de él, postrarnos ante él y pedir perdón. 

   ¿Hay alguien aquí que se cree justo y desprecia a los demás? ¿Alguien viene a decirle a Dios y a los hermanos todo lo bueno que hace y lo bueno que se cree? No venimos al templo a pasar la factura a Dios, o a pedirle que nos pague nuestros trabajos. No venimos a decirle que no somos como los que nunca vienen aquí, sólo Dios sabe lo que hay en cada corazón.

   Pidamos a Dios misericordioso, que ese “yo” que se siente seguro de sí mismo y que se cree mejor que los demás, sea disuelto por la humildad que nos enseña el publicano. Revisemos tantas escenas de fariseísmo que camuflamos en una falsa humildad, o en una forma refinada de orgullo. 

   La única curación posible es acercarnos a Dios con un corazón humilde suplicando: “Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador”. Recordemos que «quien sirve a Dios con todo su corazón es oído y su plegaria llega hasta el cielo. Cambiemos nuestras arrogancias por aquella sencillez y humildad, propias de los que aman al Señor. "Ay de los que se creen justos y desprecian a los demás". 

   “Señor, enséñanos a orar con humildad, conscientes de lo que somos y agradecidos por los que recibimos”

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

29° Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de Octubre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 17 oct. 2019 18:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 oct. 2019 19:45 ]

Chía, 20 de Octubre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Orar Siempre y Con Insistencia

   En el Evangelio de hoy, Jesús nos pide "orar siempre y con insistencia". La parábola la aplica para demostrar la insistencia de la oración, aun cuando no veamos pronto sus efectos o tardemos en lograr lo que pedimos. 

   Si un juez sin conciencia es vencido por la constancia de la viuda, ¿cuánto más Dios escuchará la oración constante de sus hijos? Puede que muchas veces sintamos que perdemos el tiempo, pero Dios no fallará: “¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas?”.

   Gracias a la insistencia y la perseverancia, la viuda logró justicia. Ella sabía que la constancia y la insistencia son las armas de los débiles y de los pobres, y muchas veces logra, -cuanto se proponen-, más que aquello que se consigue por la fuerza y el poder. Su corazón le decía que “la paciencia es la fortaleza del pobre, y la impaciencia es la debilidad del poderoso”. Y el resultado fue claro: su constancia venció la indiferencia, la frialdad y las resistencias del juez. Esta parábola nos llama a estar firmes en la fe, sin olvidar que la victoria definitiva es la del que gana la última batalla. El triunfo definitivo no es de los que se limitan a empezar, sino de los que, -como la viuda-, luchan con insistencia, y con determinación terminan la batalla.

   La perseverancia en la oración es el valor con el cual obtendremos la corona y, para ello, hay que mantener una vigilancia constante sobre nosotros mismos. El néctar del amor divino no puede ser destilado en un corazón donde nuestro antiguo “yo” es amo y señor. 

   Para crecer en el amor de Dios, se requiere estar en contacto con la fuente misma del amor y trabajar diligentemente para dejar a un lado el egoísmo, y vivir en la lógica del amor y no según las tendencias terrenales. 

   La perseverancia ha de ser hasta el fin, ya que busca la salvación como el don más deseable al que aspiramos. Entonces, la oración ha de ser constante, utilizando los medios que Dios nos proporciona para poder conseguir el fin deseado: el encuentro con Dios.

   La oración no es únicamente para los momentos de apuros. Ella ha de ser como el amor, porque siempre tendremos que amar. Es como la respiración, que si no respiramos nos morimos; es como el latido del corazón, que si se detiene moriremos, o como la vida que no la podemos vivir a ratos, o como la amistad, que es para todos los días. Se entiende, entonces, que Jesús les explique a sus discípulos “cómo han de orar siempre sin desfallecer”. Claro que él es consciente que con frecuencia nos cansamos de orar. ¡Y con qué facilidad gastamos tanto tiempo en dichas pasajeras, olvidándonos de lo esencial!

   Qué difícil es la perseverancia. Ciertamente, empezar es de muchos, pero terminar es de pocos. Lo sabemos por experiencia propia. Iniciamos muchas cosas y finalizamos pocas, o ninguna. Aun sabiendo que la inconstancia es propia de la naturaleza humana herida, sabemos que hay cosas en las que hemos de permanecer firmes, si queremos salvar el alma. Si no somos asiduos en la fe, ni constantes en la oración, con seguridad claudicamos.

   A orar, se aprende orando; hablando sencillamente con aquel que sabemos nos ama; aquel que no es un juez duro sino infinitamente bueno y hace justicia a sus amados. Orar es levantar el alma al cielo sin desfallecer, “así como Moisés sostuvo en lo alto las manos hasta la puesta del sol”. De tantas maneras de orar, en todas se trata de una conversación íntima con el Padre Dios.

   Algo así como los enamorados que se extrañan constantemente, la oración es el lenguaje habitual de los amados con el Hijo amado que nos enamora del Padre Dios y nos hace sentir su presencia. 

   Como resultado de este hábito divino, se quiere estar más cerca de él; como la cierva sedienta que busca el agua, se tiene más sed de Él. La oración no es otra cosa que el hábito de entrar y vivir en intimidad con el amado. 

   No olvidemos el refrán: “Ayúdate que yo te ayudaré”. Entonces, no sólo la oración, sino también la colaboración. El cristiano debe orar sin cansarse ni desanimarse, aunque las cosas parezcan no solucionarse. Como lo hizo Moisés, la oración debe apoyarse en el bastón de Dios, no en los caprichos o deseos personales. Moisés y la viuda son modelos de cómo hacer oración.

   Cuando un niño tiene hambre, llora hasta que le dan de comer. Siempre que estemos necesitados de su justicia, clamémosle con fe, con insistencia y con perseverancia, con la certeza que Dios calmará la sed y el hambre de quien le clama día y noche. 

   Que en nuestra vida seamos justos con nosotros mismos, con los demás y sobre todo con Dios. 

   La justicia es una manera de participar en el amor de Dios; una manera de valorar y respetar a las personas, porque no mira su condición sino su dignidad de criaturas. 

   Sabemos que Dios es un juez infinitamente justo con todos nosotros; no sería este el momento de preguntarnos ¿cómo actúa la justicia hoy entre nosotros? ¿sigue habiendo jueces que no temen a Dios, que no les importan los hombres, pero sí les importa el dinero? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.


Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
 

28° Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de Octubre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 12 oct. 2019 11:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 oct. 2019 12:03 ]

Chía, 13 de Octubre de 2019
 

Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Muy exigentes, y poco agradecidos con Dios

   La escena del Evangelio de hoy identifica dos modos de reaccionar ante los dones de Dios: los que tienen un corazón agradecido y los que no lo tienen. En el camino, los diez leprosos quedan curados, pero no siempre los milagros del cuerpo logran cambiar el corazón. Solo el samaritano, en un acto de adoración suprema, como expresión de humildad por la vida recobrada en toda su dignidad, se postra a los pies del Señor dándole gracias. 

   Los diez quedan limpios; nueve regresan a la dependencia de la ley; se van felices porque han sido curados; vuelven a los sacerdotes, al templo y a la ley, pero se olvidan de quien los ha curado. Solo uno, - que no pertenecía a la ley-, regresa corriendo al que lo ha limpiado, dando gritos de acción de gracias porque reconoce el poder de la gracia de Dios. Dio marcha atrás alabando a gritos al Dios que lo sanó; fue capaz de postrarse en tierra y mostrar su agradecimiento, y encontró la curación de su cuerpo, y de manera singular, la curación de su espíritu: “levántate, tu fe te ha salvado”. A la curación sigue la salvación; a lo material sigue lo espiritual. El samaritano, abriendo su corazón para darle gracias a Dios, logró que su alma quedara llena de Él. 

   Dar gracias es la actitud más auténtica de quien experimenta la salvación cotidiana que Dios despliega en nosotros. El agradecimiento es el camino de regreso al camino de Dios, que abre a nuevas generosidades. Por el contrario, la ingratitud, “es la amnesia del corazón” que nos cierra muchas puertas. 

   Gratitud significa devolver a Dios y reconocerle que todo es de Él y todo debe volver a él en la simplicidad de un corazón sensible y agradecido. Agradecer es obra del Espíritu de Dios, es cantar y contar en voz alta la bondad de Dios. Dar gracias es como una profesión de fe de la creatura por las obras del creador. Sólo aquel que se siente deudor y que siente haber recibido algo que no tenía derecho a exigir, es capaz de dar gracias. Es el lenguaje propio de los hijos de Dios, “porque habiendo sido “agraciados” por Dios, sólo nos queda ser “agradecidos” con Él”. 

   Con frecuencia pedimos milagros para creer, pero no siempre los milagros despiertan nuestra fe, ni nos hacen cambiar de camino, y mucho menos de corazón, porque nos creemos con derechos a que Dios nos sane. ¿Cuántas veces hemos sido curados y volvemos a la vida de antes? Queremos que Dios esté a nuestra disposición, pero nunca estamos a disposición de él. Solemos ser muy exigentes con Dios, pero no siempre sabemos ser agradecidos con Dios.

   Como los nueve leprosos, hay quienes no sienten la necesidad de dar gracias a Dios, porque viven como si fuera un derecho, o algo natural poseer las realidades de la vida. Olvidamos que hay muchísimos motivos para dar gracias a Dios cada día. Agradecer es el antídoto contra la autosuficiencia, porque reconocemos que hemos recibido algo inmerecido, que necesitamos de los demás, que no todo lo podemos. El cristiano, no es sólo quien, bajo el argumento de la fe, le pide favores a Dios; es, ante todo, el que no cesa de dar gracias. 

   La escena de la curación de los diez leprosos se repite cada día. Somos más dados a pedir que a agradecer y nos parece tener más derechos que obligaciones. Quizá de cada diez veces que pedimos, no damos gracias ni una sola vez. La gratitud del que pide abre la mano del que da; el agradecimiento facilita la generosidad. No se nos debe nada, y si todo viene de Dios, todo debe volver a él a través de la alabanza y la acción de gracias. Aprendamos a descubrir la mano de Dios, aún en los dones más frecuentes. Hay que permanecer en actitud de agradecimiento, regresar cada día a Jesús y, postrados ante él, decirle: “Gracias Señor, por tu infinito amor”. Ojalá que nuestra vida sea como un gran memorial de agradecimientos por las obras del Señor.

   Tenemos tanta capacidad para acostumbrarnos a todo, que aquello que un día nos admiró, después de verlo varias veces acaba por parecernos común y corriente. Olvidamos que las gracias, son la mejor memoria del corazón y la medicina del alma que nos encaminan por la oración a las puertas de la salvación. Olvidar dar gracias, es difícil para el que tiene un corazón agradecido. Cuando alguien nos agradece, no podemos olvidar, - en actitud de nobleza y grandeza de corazón-, que toda gracia viene de Dios y es a él a quien deben ser dadas. 


   Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma. La fe está unida a la gratitud y en ella experimentamos la salvación que Dios tiene para nosotros. Sólo da las gracias quien se siente deudor, quien siente haber recibido algo que no tenía derecho a exigir. En el mundo actual nos parece tener más derechos que obligaciones, estamos perdiendo algo tan sencillo como dar las gracias. La gratitud es el camino abierto a nuevas generosidades o a otros dones. Muy al contrario, la ingratitud, es una actitud que nos cierra muchas puertas, y encierra el alma. 

   La Eucaristía, domingo a domingo, nos permite regresar al Señor y presentarnos a Él, desandar nuestro camino para buscarlo y, postrados, darle gracias por la vida, por el trabajo, por los amigos, por la fe y por la esperanza de saber que algún día estaremos junto a Él. Es el día en que nosotros, como nuevos samaritanos, nos presentamos en la asamblea a suplicarle: “Señor, ten compasión de nosotros”, y confiados en su misericordia divina, tal vez nuestro corazón pueda escucharlo decir: “Tu fe te ha salvado”. 

   Reconozcamos que todo lo que nos rodea, todo lo que somos y tenemos es don y regalo de Dios. ¿Somos conscientes de lo mucho que hemos recibido sin hacer nada y sin merecerlo? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

27° Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de Octubre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 5 oct. 2019 6:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 oct. 2019 7:03 ]

Chía, 6 de Octubre de 2019
 

Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Las Pequeñas Grandezas de Dios

  El Evangelio de este Domingo nos cuestiona sobre la calidad de nuestra fe. Así sea pequeña como un granito de mostaza, puesta bajo la mirada de Dios, crecerá potencialmente. 

Los discípulos le han pedido al Señor que les enseñe a orar como Él oraba al Padre y, como perciben que su fe aún es incipiente, se atreven a pedirle: “Señor Auméntanos la fe”. Entenderán, entonces, que la oración que les enseña y la fe que les obsequia, son como los dos remos de la vida. Oración sin fe, servirá de poco. Fe sin oración, corre el peligro de apagarse.

   La parábola del grano de mostaza nos hace entender la fe como el germen de una realidad que reviste al hombre que ha aceptado a Dios y su mensaje; la realidad que penetra toda la persona, se alimenta de buenas obras y va acompañada de la esperanza y la caridad. Al tiempo que es un don gratuito, es también una virtud que hemos de fomentar y de custodiar. Ella nos abre los ojos, y nos permite ver más allá de las dificultades; nos ayuda a encontrar el bien que, con paciencia, podremos alcanzar.

   A sus discípulos, el Señor les hará ver que su fe, apenas está comenzando; que es tan pequeña que no se puede comparar ni a un grano mostaza. Ellos entenderán que, por más pequeña que sea, la fe realizará grandes cosas cuando se coloca en las manos del que todo lo puede. La fe, aun siendo pequeña, por su propio dinamismo, si la cuidamos y la alimentamos, crece día a día, y se va haciendo más fuerte. De allí la comparación que Jesús hace con la semilla de mostaza, muy pequeña, pero suficiente para llegar a ser un gran arbusto.

   El ejemplo de la semilla de mostaza, que lleva dentro una vitalidad que la convierte en un arbusto, nos revela la lógica del Señor que da prioridad a lo sencillo, a lo pequeño, a lo débil y a lo humilde. Bajo su mirada, la humilde semilla luego será ciento por uno, convertida en fruto abundante. En la fe, lo importante no es la cantidad sino la “calidad”, y su finalidad no es capacitar para mover montañas o arrancar árboles. Los frutos los da el mismo Dios, según sea la respuesta y la apertura del ser humano ante el dador de todo. La fe no es magia, sino total confianza en Él, de ahí que los apóstoles le pidan al Señor que les aumente la fe. Al crecer en la fe, los discípulos quedan adheridos al árbol frondoso del Señor, pero deberán, también, con su testimonio, extender las ramas del reino de Dios.

   Por ser don de Dios, la fe se pide y se agradece. Quien la pide ha de tener la mirada fija en Él, con la seguridad de su presencia que acompaña y sostiene. La fe no consiste en pruebas matemáticas infalibles que resuelva problemas de todo tipo. 

   Tampoco es una escapatoria a las responsabilidades de la vida, ni nos ahorra el camino; al contrario, ella da sentido al caminar. El camino de la fe, aunque implica cruz y conlleva sufrimiento, aun siendo pequeña esa fe, siempre da sus frutos. El obsequio de la fe nos permite impulsarnos hacia el mismo Dios, de quien viene. Aquel que cree, queda revestido de la capacidad para verlo todo con una mirada distinta, con la mirada de Dios.

   Como todo lo vivo, la fe nace siempre en “pequeño”, y como todo lo vivo tiene que crecer y seguir un proceso de desarrollo, la fe también tiene que crecer. Lo que no crece se puede morir, y lo que no se desarrolla se va apagando. Muchos decimos creer, pero tal vez creemos tan pobremente, que nuestra fe no cambia nuestras vidas. Solo una fe valiente, convencida y entusiasta, será la que desde el fondo del alma de sentido a nuestra vida. ¿Si llega a ser, nuestra fe, como un grano de mostaza? Tendremos que pedir sin cesar: “Señor auméntanos la fe”.

   No le pidamos una fe “grande” como para realizar cosas extraordinarias, más bien pidamos la fe del tamaño de un granito de mostaza para que podamos ver a Dios haciendo obras extraordinarias en lo pequeño y en lo cotidiano de la vida. En la transformación del grano de mostaza en arbusto, comprendemos que solo lo humilde y lo pequeño, -puesto en las manos de Dios y con un poquito de fe de nuestra parte, - crece, alcanza grandeza y adquiere esplendor.

   Recordemos, ante Dios no somos más que siervos deudores, no acreedores. Y el gran triunfo que nos espera como sus siervos, es vencer el mal a fuerza de bien y redirigir nuestra libertad interior como siervos obedientes al Señor. Todo es un don de Dios, y a Él le debemos todo, ante Él no debemos presentarnos como quien cree haber prestado un servicio y por ello esperar recompensa. Por más que hagamos obras buenas en favor de los demás, en realidad, nunca haremos lo suficiente por Dios; solo “somos siervos inútiles, que hacemos lo que tenemos que hacer”.

   Cada Domingo la fe se hace Eucaristía, don de Dios, encuentro comunitario y pan partido. En cada Eucaristía aprendemos que la fe es la virtud teologal que nos permite creer en Dios revelado en Jesucristo. Y como la fe es un tesoro del cielo, para crecer en ella tendremos que aprender a mirar a lo alto, con los ojos de aquel que lo concede todo.

   No nos cansemos de pedir: "Señor, auméntanos la fe, ayúdanos a creer más”. Así como un deportista ejercita sus músculos y se prepara para conquistar una meta, ejercitemos nuestra fe, y con la una mirada puesta en la meta de la eternidad, descubramos al Señor en las situaciones de cada día.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulosmisioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
 

26° Domingo del Tiempo Ordinario, 29 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 28 sept. 2019 11:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 28 sept. 2019 11:38 ]

Chía, 29 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

…Porque Dios junto a los pobres siempre está

   El Evangelio nos presenta la historia del pobre Lázaro y del hombre rico, como una descripción de lo que puede ser nuestra relación con Dios: tristemente, de profunda lejanía, o felizmente, de íntima cercanía frente a Dios. Deja claro que el camino al cielo va haciendo huella en la sensibilidad que habrá que tener ante el clamor de los hermanos, y que exige verlos con ojos de Dios. Nos abre los ojos para reconocer que junto a nosotros siempre habrá Lázaros, y que de nada sirve ser el más rico en el cementerio. Tanto el rico como Lázaro eran iguales en el momento de nacer y estaban llamados al mismo destino de la felicidad, pero el rico pensó que su esplendor ya era el cielo y comprendió demasiado tarde lo fugaz de los bienes materiales. 

   Aunque entre el rico y Lázaro había cercanía física, -porque sólo una puerta los separaba, - sin embargo, la distancia social les hizo vivir en universos separados. Esa distancia y cercanía aquí y ahora, fue definitiva para ganar o perder el umbral del cielo. La distancia en el más allá se describe como “un abismo inmenso para que no puedan cruzar, aunque quieran”. La indiferencia o inconsciencia ante el sufrimiento del otro, fue tan profunda que no se remediaría ni aunque resucitara un muerto. 

   Al contrario, es un blindaje ante la necesidad y el dolor ajenos. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. El resultado es fatal porque el daño que se hace, o el bien que se deja de hacer, se lo hace uno mismo. Por eso el rico recibe lo mismo que dio: su indiferencia y lejanía ante el pobre, será la indiferencia y lejanía de Dios ante él, porque no prolongó ni las entrañas ni la compasión de Jesús. Reflexionemos: viviendo tan cerca uno del otro, separados solo por un pequeño muro o una puerta, ¿no estaremos tan lejos el uno del otro, que la entrada al cielo está en riesgo? 

   El problema de Lázaro no fue por ser pobre, como tampoco es culpa del rico por ser rico. Lo que condujo al cielo a Lázaro no fue la pobreza, sino su humildad. Tampoco fueron las riquezas las que impidieran al rico ir al seno de Abrahán, sino su egoísmo e indiferencia con Lázaro. Ese fue el punto neurálgico y definitivo. El rico ignoró que cada actitud hacia los menos favorecidos, va diseñando el destino para siempre. Él se hubiera ganado el cielo si hubiera derribado, - con las entrañas y la compasión-, el muro de la indiferencia con Lázaro. Olvidó que uno se salva, salvando, y olvidó que “Lázaro era su puerta más cercana para llegar al cielo”.  Los muros y los portones de la casa del rico le aseguraban tranquilidad y vida suculenta, pero le impedían ver a Lázaro con su corazón roto y cargado de sufrimiento. 

   La parábola nos deja en claro, que la pobreza y la riqueza no duran para siempre. Que tan solo somos administradores de los bienes materiales, y que la muerte iguala a todo el mundo. Muere el rico y muere el pobre. Mientras Lázaro es llevado al seno de Abraham a la felicidad eterna, el rico es enviado al infierno. Ahora se invierten los papeles y es el rico el que reclama las migajas y una gota de agua, que, como en vida no le dio a Lázaro, ahora no le son dadas. El mismo abismo que los separó en la vida, los sigue separando en la eternidad. El que estaba arriba, ahora se encuentra abajo. 

   Llama la atención que en el texto se nombra al rico, pero sin darle nombre, mientras que al pobre se le llama Lázaro. Es la lógica contraria de lo que pasa en nuestra sociedad, que quizá da más relevancia al nombre de ricos y famosos, e ignora al pobre. Lázaro, cuyo nombre significa “Dios proveerá”, fue la puerta que Dios le colocó al rico para que entrara al cielo, pero olvidó que, ayudándolo, él mismo sería el beneficiado. Si se la hubiera jugado por Lázaro, el rico hubiera ido directo al cielo. Olvidó que los pobres son la más noble alcancía en la que pudo haber depositado las arras de su salvación, porque uno se salva, salvando. Ellos revelan mejor el rostro de Dios, y “Dios provee” a través de la generosidad. Todos podemos ser “providencia de Dios”, y será él quien dé a cada uno lo que se forjó en este mundo: su cielo o su infierno.

   Mientras estemos en este mundo, hay que vivir con los ojos puestos en el cielo como el verdadero fin. No fuimos creados para este mundo pasajero y limitado, sino para la vida eterna. El que coloca su corazón en las cosas de este mundo, - como el rico-, se verá despojado de todo tras la muerte. No conviene, entonces, medir nuestra riqueza por el dinero que tengamos, sino por aquellas realidades que no se pueden ni comprar ni cambiar por ningún dinero, especialmente la vida eterna. 

   Conviene anotar que, aunque los protagonistas principales son el pobre y el rico, la parábola también va dirigida a los cinco hermanos del rico que, sin duda, nos implica a cada uno de nosotros que estamos todavía en este mundo. Nos quiere advertir que el nombre del rico, puede ser nuestro nombre cuando nos cerramos al sufrimiento del otro. Recordemos que como cristianos creyentes somos ricos en la fe, la esperanza, el amor e incluso, en bienes materiales, y a nuestro lado hay tantos Lázaros necesitados de las migajas de la fe que profesamos o de las obras de la caridad que practicamos. 
   
Al rico de la parábola le faltó descubrir en Lázaro, su camino para llegar al cielo; el amor que lo habría humanizado, y la pobreza que, de verdad, lo hubiera enriquecido y salvado. ¿Qué pasaría si del cielo llegara un ángel vestido de civil a repartir copias de la parábola del rico y el pobre Lázaro en ciertos círculos sociales, en reuniones políticas, en centros comerciales, en salas de velación, o en la puerta de los bancos y corporaciones de ahorro y crédito? Seguro que lo expulsarían de inmediato por ser un indeseable portador de desdichas. 

   Pidámosle al Señor que el dinero nunca se nos suba a la cabeza, para que no endurezca el corazón. Y que el Señor nos ayude a descubrir los verdaderos valores, aquellos por los que vale la pena gastar la vida, en aras del Reino de Dios. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos

misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

25° Domingo del Tiempo Ordinario, 22 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 20 sept. 2019 17:09 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 sept. 2019 17:37 ]

Chía, 22 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Fieles en lo poco… confiables en lo mucho

   En esta parábola, el hombre rico es Dios, los administradores son los hombres y lo administrable son los bienes de este mundo con sus riquezas que el Señor nos confía administrar. 

   En la parábola, en la que parece que triunfa el mal, el Señor nos llama a tomar en serio las tareas del Reino, y nos advierte que el mal hay que vencerlo con astucia y sagacidad.

 


En la parábola, el Señor, de ningún modo elogia ni la malversación, ni el fraude, ni la estafa que comete el administrador sagaz. El administrador es elogiado por la habilidad, la sagacidad, la diligencia y la astucia para aprovechar la ocasión y resolver con rapidez su porvenir. 


   Pero es obvio que, por haber usado su astucia para el mal, y como no fue fiel en lo poco, es castigado perdiendo la confianza de su señor, sufriendo la vergüenza del despido, y quedando marcado para siempre como ladrón. 


   Los cristianos, al contrario, debemos tomar alguna precaución para que en el juicio “nos reciban en las moradas eternas”; al menos dar limosna, ayudar con el dinero a los necesitados, en lugar de esperar, muy cómodos, a que llegue el juicio y se produzca el eventual despido.

 

   Quienes creemos en Dios hemos de buscar con todas nuestras fuerzas la verdad y razonar con criterios de fe, porque la vida no se nos da para malgastarla. Alguien, con cierta razón, dijo que nuestra vida es un cheque que Dios pone en nuestras manos para que pongamos la cantidad que necesitemos, en aras del tesoro del cielo.

 

   Si con las riquezas de este mundo no somos honrados, ¿quién nos confiará las verdaderas riquezas? Como peregrinos en la tierra, solo administramos sus bienes, y si no somos de fiar en lo poco que significan los bienes de este mundo, -incluso el vil dinero-, tampoco seremos de fiar en la conquista del verdadero tesoro del reino. La sentencia del Señor es clara: Dios y el dinero son dos amos que no comparten su soberanía, por lo que nadie puede servir a los dos a la vez.

 

   En nuestra vida no siempre administramos bien los tesoros que Dios nos confía. En muchos momentos nos volvemos “ladronzuelos” de nuestra propia existencia. Usamos la libertad con la que Dios nos dotó para levantarnos contra él, atreviéndonos a rediseñar el ser humano a nuestro capricho; le quitamos tiempo a nuestra felicidad, paz a nuestras almas, sensatez a nuestros pensamientos, o eternidad a nuestras metas. Aunque la bondad del Señor es infinita y su misericordia es eterna, ello no quita que analicemos si en nuestras cuentas con Dios estamos a paz y salvo.

 

   Quizá vivimos demasiado pendientes de los negocios, de llevar buenos balances con los bancos y empresas. Sería bueno hacer balance de cómo está nuestra relación con Aquel que nos creó y nos hizo hijos suyos por el bautismo.


    Qué bueno sería que nos preguntáramos: ¿Somos astutos o no con todo lo relativo a Dios? ¿Estamos interesados en su reino o, por el contrario, nos interesamos de vez en cuando? ¿Procuramos ajustar nuestra vida, conducta y actitudes con el Evangelio? 


   El Señor nos ha concedido talentos, aptitudes y corazones rebosantes de virtudes que pueden dar el ciento por uno donde nos encontremos. ¿Seremos tan necios de no ponerlo al servicio del Señor? Todo lo que nos ha dado Dios, es de él y, en la medida en que orientemos la vida y los bienes como administradores hábiles al servicio de Dios y de los demás, en esa medida quizá seamos felicitados por el Señor en el balance final. Revisemos cómo van nuestras cuentas con Dios. Aunque pensemos que nuestra muerte puede estar aparentemente lejana, ella puede estar esperándonos agazapada a la vuelta de la esquina.

 

   El sabio nos recomienda: “el dinero hay que ponerlo debajo de los pies para que no domine nuestra cabeza”. Es mejor que Dios sea nuestro Padre, a que el dinero sea nuestro dueño. Dios deja de ser Dios ante quienes absolutizan el dinero. Las manos con las que se uno se aferra ávidamente estrechando al dinero, no pueden estar libres para alzarlas y bendecir a Dios. Lejos de condenar el dinero, el Señor nos pide que, al administrarlo, ojalá fuéramos tan astutos como los 'hijos de este mundo'. El poseedor de bienes puede y debe prestar su servicio de gestión, -de manera honrada-, a su nación, a sus hermanos y a su familia. No servir al dinero, pero sí servirse de él y, ponerlo al servicio de Dios y de su prójimo.

 

   Que en cualquier lugar o función que cumplamos, en lo poco o en lo mucho, hagamos florecer los talentos que Él nos ha dado, y de los que solo somos sus administradores, para ponerlos sagazmente al servicio de los demás, en aras del bien verdadero. La grandeza la hace, no tanto el tamaño de los medios, cuanto la nobleza del fin. La fidelidad en lo mucho, comienza a despuntar en la fidelidad en lo poco. Aquel que dice la verdad, siempre será grande así se vista de harapos, mientras que un mentiroso nunca será grande, aunque pueda llegar muy alto, a través de la estafa o la mentira.

 

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   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


24° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 13 sept. 2019 14:49 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 sept. 2019 15:22 ]

Chía, 15 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Señor No Vino a Buscar a los Sanos Sino a los Enfermos

   El Evangelio de hoy, -que gira en torno a las parábolas de la a oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo-, nos deja ver que la misericordia y el perdón son los rasgos más entrañables de Dios, a través de los cuales nos da acceso a lo más íntimo de su corazón. 

   Las parábolas nos revelan la profundidad del corazón del Padre misericordioso, recordándonos que, gracias a la dignidad por ser sus hijos, aunque seamos pecadores, podemos recuperar la dignidad perdida: "…Me levantaré, y volveré junto a mi Padre". Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Es el Padre que, además de perdonar al hijo arrepentido, lo espera con el corazón abierto y los brazos tendidos para devolverle, a través del perdón, su dignidad de hijo. 

   Fue el regreso al Padre lo que le devolvió la felicidad al hijo. El regreso del hermano menor es un testimonio vivo no sólo del fracaso a que conduce la vida pecaminosa que había buscado, sino a su vez testimonio de la misericordia de Dios que siempre está dispuesto a perdonar, siempre y cuando, en el corazón del pecador, lo aliente el arrepentimiento y el propósito de una vida de santidad. 

   San Pablo da testimonio de haber sido llamado por el Señor a pesar de sus pecados: “Dios tuvo compasión de mi”. A veces, a causa de la dureza del corazón, no es fácil aceptar ese amor misericordioso; no obstante, Dios nos concede su gracia y su misericordia; se inclina al hombre no para humillarle o hacerle sentir el peso de su condición de criatura pecadora, sino para elevarlo y enaltecerlo. Por impulso natural, es el hombre quien debe buscar a Dios, pero en realidad, es Dios quien toma la iniciativa para que regresemos a Él. 

   Si esa es la lógica de Dios, también nosotros debemos buscar a los demás, como hermanos que somos. El regreso del hijo pródigo al Padre le devolvió su felicidad, pero la actitud del hermano mayor, desafortunadamente fue un triste testimonio del fracaso del amor fraterno. Cuando uno se hace sordo a la voz del Padre, - como el hijo mayor de la parábola-, o se cree mejor que el pecador, termina cerrándose a las ofertas del amor paterno. 

   Una vez se experimentado el amor de Dios, es difícil vivir si Él. En efecto, el peso del pecado nos hace sentir mal como personas ante la gravedad de la ruptura con nuestros hermanos y con Dios. Como Padre que nos ama desde toda la eternidad, él se alegra con el regreso del pecador y lo celebra en el encuentro festivo de la misericordia, porque la misericordia es la fiesta del corazón de Dios con su pobre criatura. Él siempre nos espera, y a pesar de nuestra decisión de alejarnos, pueden más las entrañas de su corazón y la fuerza de sus brazos abiertos para reconquistarnos de nuevo. 

   Se dice que en la vida llevamos una alforja al hombro: por delante colocamos nuestras cualidades y bondades, y detrás colocamos nuestros errores y defectos. Cuando nos equivocamos no somos capaces de ver los defectos y mucho menos reconocerlos. Nos queda más cómodo atribuirlas a los demás. Si reconocemos nuestros pecados y nos abrimos a la gracia de la conversión, encontraremos en la reconciliación, la posibilidad de experimentar la alegría del Dios que perdona, porque la conversión es el amoroso reencuentro con el Dios que se alegra por el regreso del pecador. 

   La experiencia del perdón sólo la vive bien quien se reconoce humildemente pecador. De ahí la importancia de acudir al sacramento de la reconciliación. Si pensamos, en cambio, que no tenemos pecado, nada podrá realizar el Señor en nuestros corazones. A causa de la soberbia y la arrogancia de quien se dice no necesitar de Dios o no reconocerse pecador, el corazón se hace más esquivo y duro a la oferta del perdón. 

   Fuimos creados por Dios y para Dios, y no podemos tener ninguna felicidad fuera de Él. No obstante, a causa del pecado y de la voz seductora del enemigo, seguimos pensando que podemos encontrar felicidad y seguridad lejos de Dios. Son sólo espejismos. Sólo Dios es la belleza que anhelamos ver y la música que anhelamos escuchar. 

   Ante el raudal de misericordia divina, pidamos al Señor ser capaces de reconocernos pecadores, tocar las puertas de su corazón, sentir dolor de nuestros pecados y hacer el propósito de no volver a pecar para experimentar su infinito amor y extenderlo a nuestros hermanos. Estemos seguros que el corazón de Dios no dejará de latir, y a pesar de nuestra pobreza y fragilidad, su amor se hace más cercano. 

   Es la misericordia de Dios la que permite que, del barro o de la madera torcida se elaboren hermosas obras de arte. Tratemos, entonces, de mantener nuestra vida firmemente anclada en ese deseo de encontrar el bien que Dios nos ha mostrado, y así progresar en el ejercicio del amor divino. Por la encarnación de su Hijo, Dios ha dispuesto que la cura supere siempre a la enfermedad.

 

   Orientemos nuestra vida en la lógica del perdón. “El primero en pedir perdón es el más valiente, el primero en perdonar es el más fuerte; pero el primero en olvidar, es el más feliz”. Que Dios nos dé la delicadeza de saber reconocernos débiles y arrepentirnos siempre de nuestros pecados y caídas, y que, viviendo bajo su divina misericordia, transitemos, por las sendas del perdón, la ruta a la casa del Padre. Aunque el mundo nos deslumbre, no corramos detrás de aquellos “dioses muertos” que sabemos nos dejan solo vacíos espejismos que prometen mucho, pero dejan vacío el corazón.


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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

23° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 6 sept. 2019 14:47 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 sept. 2019 15:24 ]

Chía, 8 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Renunciando a Todo, por el TODO

   El Evangelio de hoy nos pide confesar a Jesús, como Pedro, pero “confesarlo como el crucificado”. Seguir a Jesús, como Pedro, pero “al Jesús crucificado”. Jesús ratifica enfáticamente: 
Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío” 
Si Jesús crucificado no es el centro de la fe del cristiano, “no se es discípulo de Jesús”. Para el cristiano lo esencial es Jesús, y San Pablo nos dirá: “No quiero saber entre vosotros otra cosa que Cristo y éste, crucificado”. 

   El Papa Francisco afirmó:

“Lo fundamental es volver a colocar a Cristo en el centro"

   Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos un Cristo sin Cruz, no somos, ni discípulos ni misioneros del Señor, simplemente somos mundanos. El seguimiento de Jesús nos exige un corazón grande, capaz de integrar y no de enfrentar afectos, porque es, precisamente en el nombre de Cristo que tendremos que amar a nuestros hermanos. 

   A Jesús hay que escucharle y seguirle, y esto exige valentía y riesgos, porque quizá preferimos un Jesús agradable, amable y simpático, y no un Jesús ensangrentado y crucificado. Preferimos disfrutar, gozar, beber y nada de cargar con la cruz, nada de sacrificios. Seguir a Jesús no es cuestión de un entusiasmo pasajero, de una repentina emoción, o de una conversión superficial. Jesús nunca prometió fama, éxito, poder; todo lo contrario: riesgos, renuncias, entrega, fidelidad, sacrificio y cruz y, seguros que una vez que dejamos todo por el amor de Dios, y colocándolo por encima de todo, lo ganamos todo, aunque ello implique pasar por la puerta estrecha del despojo. Que no nos pase lo de aquellos que, por querer llevarse muchas cosas, cuando hizo erupción el Vesubio, no pudieron pasar por la puerta de la casa, quedando petrificados bajo las cenizas del volcán. 

   El pescador teje una red sólida y bien amarrada, de forma que esta pueda flotar sobre las olas del mar. Estando en sus nidos las aves son amas del océano. Del mismo modo, aún si existen cosas transitorias que rodean nuestros corazones mantengámoslos siempre a flote, por encima de cualquier cosa, para que así podamos flotar sobre ellas. Nuestros corazones deben estar abiertos solamente parta el cielo. Una vez que dejamos todo por el amor de Dios, adquirimos la libertad para poner en práctica las virtudes de acuerdo al amor divino. 

   Ser cristiano no puede ser simplemente ‘algo más' en mi vida. Jesús nos dice: O todo o nada. Tomar la cruz es, antes que nada, asumir el esfuerzo de la partida, de ir dejando en el camino, nuestro ego, nuestros apegos, para ganarlo todo en Jesús. A veces pensamos que, huyendo del sacrificio, del sufrimiento, o ignorando los problemas, lo resolveremos todo. Queriendo evitar el dolor, olvidamos la necesidad de la lucha, del valor, de la disciplina y del esfuerzo. Desde que Cristo venció la muerte, pasando por el dolor, ningún sufrimiento es inútil. 

   Jesús nos coloca en un aprieto y nos pregunta si queremos más a nuestros padres o a los hijos que a él. Maravilloso amar a nuestras familias, pero es el Señor quien les dará vida, como la sabia al árbol. Extraordinario el amor de los esposos, pero es el Señor quien se hará presente, como el aire y el viento. Hermosas las amistades que nos apoyan, ayudándonos a crecer, pero más maravilloso es Dios, que allí resplandece como la luz en el fuego. Necesario el amor a nosotros mismos, porque es en él donde se encontrará el Señor, como la sal en el agua del mar”. 

   Solo gastando nuestra vida por amor a Jesús, la recuperaremos y conservaremos para la vida eterna. Solo aprendiendo a no amar egoísta ni equivocadamente a nuestros seres amados los recuperaremos, transformados y definitivamente felices, en el cielo, en la exuberante plenitud de Dios. En nuestra peregrinación, tenemos que optar por lo esencial. Cuando emprendemos un viaje, hay cosas que no caben en la maleta, entonces hay que dejar lo que no sirve. Si revisamos y arreglamos nuestro corazón, nos daremos cuenta que hay muchas cosas que conviene desechar porque son estorbos en el viaje a la casa del Padre. Amar a Dios, sobre todo, consiste en saber que Él nos ha hecho para la vida eterna y que somos peregrinos marchando hacia el Cielo. 

   Desde Cristo, ningún sufrimiento puede transformarse, para el cristiano, en inútil o vacío de sentido. La misma cruz, entendida desde el evangelio, es el símbolo de la victoria de la vida sobre la muerte, es el recuerdo de lo que fue vencido en la Resurrección, es estandarte de victoria y bandera de júbilo pascual.

 

   Quien no renuncia a todas sus cosas no puede ser mi discípulo, dice el Señor. «Quite cuanto quiera, pero yo no abandono mi fe», posees tus bienes y has renunciado a ellos. Como los posees tú, no te poseen ellos a ti. No es ningún mal poseerlos; el mal está en ser poseído por ellos. Al perder tu corazón, nada dejaste íntegro. La boca mentirosa da muerte, no a la carne, sino al alma. Dice San Agustín: “La torre y los recursos son la fe y la paciencia; Si a alguien le falta la paciencia para soportar los males de este mundo, anda escaso de recursos”, así que, pidamos al Señor el material para edificar nuestra torre, y la paciencia para edificar nuestra fe. 


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Padre Luis Guillermo Robayo M.   
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