Saludo Semanal

Saludo 17° Domingo del tiempo Ordinario, 25 de Julio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 25 jul 2021 8:54 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 jul 2021 9:53 ]

Chía, 25 de Julio de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.

Concédenos, Señor, el Trabajo, Para Merecer el Pan que Tú nos Das

   El Evangelio de hoy nos presenta la multiplicación de los panes y los peces. Comprar no siempre es la solución, se requiere “levantar los ojos y ver a la gente que sufre” y pasa necesidades. Se necesita sentirse implicado en el pan que hay en nuestra mesa y darnos cuenta que no todo se soluciona “despidiendo a la gente para que cada uno se las arregle”. Se necesita tomar nuestro pan, tocar nuestras entrañas, dar gracias a Dios y aprender a repartirlo para que otros coman. 

   Lo primero que hace Jesús, es “bendecir lo que se tiene”, ya que bendecir es una manera de sacar las cosas del dominio de nuestro egoísmo y reconocer que vienen de Dios y las ha puesto al servicio de todos. “Cinco panes y dos peces”, puestos a disposición de los demás hacen el gran milagro: “Todos comieron y aún sobraron doce canastas”. Donde había poco, ahora hay de sobra. Hoy, el problema es diferente: el pan quizá, abunde; los que pasan hambre son más de “cinco hombres”, pero no les damos de comer. 

   Reza el refrán “ojos que no ven corazón que no siente”, pero habría que añadir: “ojos que ven y corazón que no siente”. Jesús tenía ojos como nosotros; pero él sabía ver y mirar. Somos muchos los que “tenemos ojos, pero no vemos”. Donde otros sólo veían gente que escuchaba la Palabra, Jesús veía los estómagos con hambre, y “sintió compasión”. Nosotros, por el contrario, ¡tanto sufrimiento que vemos a nuestro lado y no nos dice nada! ¡Cuántas penas y dolores vemos con los ojos, pero nuestro corazón no se entera! 

   En la lógica de Jesús, hay que ver con el corazón para sentir el hambre de los demás en nuestros propios estómagos. No se trata de mirar cuánto pan hay en la panadería, porque muchos no tienen con qué comprarlo. De lo que se trata es ver cuánto tenemos para dar a los demás: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces”. En el mundo, tal vez no falta pan, el problema es la falta de amor y generosidad para compartir de los mismos bienes que Dios nos ha dado. La solución comenzará por tomar en las manos lo que tenemos, saber agradecer a Dios los bienes que nos da, y reconocer que el pan es un regalo de él para todos. Detrás del pan está la generosidad del mismo Dios: si eres generoso con los demás, Dios será más generoso contigo. 

   La muchedumbre no le pide pan material al Señor. Se siente feliz alimentándose con el pan de su palabra, pero Jesús, - humano y realista -, sabe que también se necesita del pan que acaba con el hambre. “No solo de pan, pero también con pan”. Los dos panes son necesarios. Se necesita del pan de la Palabra de Dios que alimenta el espíritu y se necesita del pan de cebada o de trigo que alimenta el cuerpo. Por eso Jesús une el pan de la palabra con el pan de la mesa. El regalo del pan de su Palabra, lo complementa con el milagro de darnos de comer y llenar nuestros estómagos. 

   El Señor “se deja ayudar” de un muchacho que tiene cinco panes y dos peces. Felipe al menos, abrió una pequeña luz de esperanza: “pero, ¿qué es esto para tantos?”. También, hoy, el Señor, se deja ayudar de nosotros, y nuestra ayuda es indispensable. Como la fe se fortalece dándola, también lo que se da, fortalece a los demás. Lo que no se da, lo seca el egoísmo. Lo mismo sucede con los bienes materiales y con aquellos del alma, que se multiplican en la medida en que los compartimos. «Si nos quedamos con nuestros cinco panes y nuestros dos peces, el mundo seguirá con hambre. Pero si los entregamos a Dios, el realizará el milagro». Dice, San Justino, que en la celebración de la Eucaristía cada uno lleva y entrega lo que posee para “socorrer a los necesitados”. 

   Dios es “
DON” en mayúscula, nosotros somos dones en minúscula, pero al compartirlos, él continuará “dándose como alimento a las multitudes”. Todos, podemos ser “el alimento del mismo Señor” a tantos que tienen hambre. Él nos reclama la compasión y nos pide cada día: “Dadle vosotros de comer”. A Dios le basta solo un poquito, lo pobre, lo humilde. Él se encarga del resto. ¿Sirve, al final de la vida, un gran patrimonio que no ha estado abierto al servicio de alguien o de una buena causa? Cuando se comparte, el corazón vibra, se oxigena y rejuvenece. 

   Cada día debiéramos mirar nuestras manos para percatarnos si hemos realizado una buena obra. Tendamos la mano al necesitado, porque al final de la vida seremos examinados en el amor; acordémonos del rico y el pobre Lázaro. Si nuestras manos estuvieron abiertas a los demás, seguro que Dios nos tenderá las suyas y nos dirá: Venid benditos de mi Padre, heredad el Reino eterno, porque tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25, 35). 

   El Pan de Dios en la Eucaristía es “el cuerpo entregado, partido y compartido” que se ofrece a todos en comunión de gracia, de fe y de amor para saciarnos del mismo Dios. 

   El hambre en el mundo no es culpa del pan, sino del “corazón de los que tenemos el pan y no queremos partirlo ni compartirlo”. Los que tienen hambre son muchos, y lo que tenemos quizá sea poco, pero puesto en las manos del Señor será suficiente. 

   Antes de multiplicar el pan, Jesús comenzó por agrandar en generosidad el corazón de aquel muchacho. Abrir el corazón a Dios será la primera y más bella conversión que haría de nosotros “milagros de amor para los demás”. A Dios le es suficiente lo poco de nuestras manos. Es que donde terminan nuestras posibilidades, comienzan las posibilidades de Dios. 

¡Bendigamos hoy nuestro pan! ¡Bendigamos el pan que nos sobra, y multipliquémoslo para los demás!s. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:  www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 16° Domingo del tiempo Ordinario, 18 de Julio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 17 jul 2021 16:33 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 jul 2021 17:14 ]

Chía, 18 de Julio de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.

Señor, Sé Tú Nuestro Descanso

   El Evangelio de hoy nos presenta, en un primer momento a Jesús que sabe mirar siempre con los ojos del corazón, siempre compasivo y acogedor de las necesidades de quienes permanecen, incluso, más escondidos, que andan como ovejas sin pastor. Y, en segundo lugar, nos presenta a Jesús invitando a sus discípulos a un lugar solitario a descansar con él, porque era tanto lo que trabajaban que no tenían tiempo ni para comer, -.

   La mirada de Dios, a través de la mirada de Jesús nos descubre la necesidad más profunda de tantos que "andan como ovejas sin pastor". Si la enseñanza de los maestros y letrados de la ley no les alimentó el alma, Jesús, movido por su compasión, "se pone a enseñarles con calma” la buena noticia del reino. 

   ¡Qué gesto tan hermoso y tan humano de parte de Jesús hacia sus apóstoles! Los doce debían tener tanto trabajo para que el Señor, como buen amigo y compañero, les asegurara un merecido descanso tanto física como espiritualmente. Sin embargo, hay algo más urgente que el merecido descanso. 

   El anuncio de “la buena nueva” a tantos que no tiene pastor, será el mejor alimento y descanso del alma. El corazón de Jesús revela el amor y la bondad del Pastor, la ternura del Padre y la delicadeza del amigo que hace suyo propio el agobio y el cansancio de sus discípulos. “El Señor es el descanso en nuestro esfuerzo…La tregua en el duro trabajo, y la brisa en las horas de fuego” (Veni Creator) 

   Así como “trabajar” expresa la vitalidad de nuestra condición humana, “descansar” expresa el amor y cuidado con nosotros mismos. El mismo Jesús pasó por esta experiencia: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Sólo se puede escuchar con calma a los demás cuando hay calma dentro de uno mismo. Cuando el corazón está dominado por las prisas, no es fácil escuchar con calma ni a Dios ni a los demás. 

   Quien no sabe estar con Dios y consigo mismo, difícilmente sabrá estar con los demás. Quien no tiene tiempo para sí mismo, el tiempo que dedica a los otros será vacío. Quien no tiene tiempo para escucharse a sí mismo, solo escuchará el mundanal ruido. Aprendamos a estar con Dios, y aprenderemos a estar con los demás. Si dejamos lo superfluo, tendremos la capacidad de escuchar lo esencial, de escucharnos y sentirnos a nosotros mismos, y con silencio interior, entraremos en comunión con los otros y con Dios. 

   Y el Señor va más allá: Las necesidades de los demás terminan siendo más importantes que el derecho a descansar, y que las propias comodidades. Todo, porque las necesidades de los otros “han de encender nuestras entrañas y conmover nuestro corazón”. La propuesta del Señor es clara: saber cambiar nuestros planes cuando los demás nos necesitan. Saber renunciar a nuestros proyectos cuando los otros nos requieren; saber renunciar a nuestros intereses cuando urgen los intereses de los otros, y saber regalar nuestro tiempo cuando otros lo necesitan.

   Si el tiempo que damos a Dios es poco, el tiempo para los demás será escaso. Los esposos no tienen tiempo para estar juntos. Los padres no tienen tiempo para estar tranquilos y sin prisas con los hijos. Los hijos no tienen tiempo para visitar y abrazar a sus padres y abuelos con tranquilidad. Y con tantos aparatos en los oídos, no tenemos tiempo ni para escucharnos a nosotros mismos. Es como si nos dijéramos: “todo es más importante que Dios y las personas”. ¿Acaso hay algún tiempo mejor y más útil que el tiempo que le dedicamos a Dios, o el que nos dedicamos a nosotros mismos, o el que le dedicamos a los demás? 

   Descansar no significa pasar el tiempo sin hacer nada, o haciendo cosas sin ningún provecho. Tampoco se trata de tomar vacaciones de Dios. El descanso permite ocuparse de otras actividades útiles que, dedicándolas a Dios y a los demás, dan alimento al alma cansada. Estar con el Señor haciéndolo todo en su santo nombre, y trabajando en las obras del Señor, ese será el mejor descanso. Al terminar las tareas de cada día, y después de habernos empeñado en realizarlo todo como Dios nos manda, Dios nos permite el descanso para dejarlo todo en sus manos, para recuperar la paz y a alimentar nuestra relación con él. 

   Hoy, como la muchedumbre que siguió al Señor, también queremos descansar de tanta fatiga. Ante el Santísimo, en oración y en la Eucaristía, el Señor nos espera para descansar con Él, para escucharlo y ser renovados con su paz, su fuerza, su presencia y su sabiduría. ¿No sería bueno que cada uno nos preguntásemos: ¿cuánto tiempo dedicamos a las personas que nos rodean? ¿Y qué clase de tiempo les dedicamos? ¿El tiempo de nuestras prisas, o un tiempo con calma? 

Comencemos cada día, regalándonos un tiempo para Dios. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:  www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 15° Domingo del tiempo Ordinario, 11 de Julio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 10 jul 2021 7:33 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 jul 2021 8:07 ]

Chía, 11 de Julio de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.

Bien Preparados, Pero Ligeros de Equipaje

   El Evangelio de hoy nos abre a los horizontes de la buena nueva del Señor. Con máxima preparación, pero con un mínimo equipaje, el éxito está asegurado. La misión que los discípulos realizan comienza luego de una cuidadosa etapa de formación. Primero han escuchado el llamado personal que los convoca a convertirse en “pescadores de hombres”, luego han aprendido el estilo directo, sencillo y sapiencial de la predicación de Jesús. Han afrontado la respuesta del pueblo sencillo y también la desaprobación de letrados y fariseos. No obstante, la semilla que Jesús ha plantado en ellos con el “ven y sígueme”, fructifica ahora con el “envió”. Ahora tienen el encargo de multiplicar su acción. 

   Causa cierta perplejidad el contraste entre la intensa preparación para la misión y el escaso equipaje que se ha de llevar. A los discípulos les basta ir con Jesús. Él lo es todo. Un equipaje sencillo supone unos reducidos costos de viaje y una gran disponibilidad para acudir al llamado de la gente. En el fondo, lo que les pide Jesús es no llevar nada que los haga superiores o más que los demás, porque el evangelio nos hace distintos, pero “no superiores a nadie”. Nada que signifique poder, ni riqueza, ni honores, “porque no hay nada de noble el sentirse superiores a los demás”. Los enviados son elegidos de entre la gente y son como los demás, pero formados y capacitados de tal manera por el mismo Señor, para que puedan ofrecer algo diferente: su distintivo es anunciar la Buena nueva. 

   Jesús envía a los Doce con lo imprescindible: con Cristo, Buena Nueva, de la cual son sus instrumentos. Una buena noticia que vale por sí misma, que no necesita de infraestructuras para expandirse, ni de complicados argumentos para anunciarla. Es un estilo de vida casi a la intemperie, aunque abierta a la hospitalidad y acogida, como regalos en medio del camino. Así también ha de ser la vida del discípulo: más confiada en la certeza de su presencia cercana, que en nuestros propios medios, seguridades y habilidades. Un estilo de vida compartida con otros, de dos en dos, porque la comunidad es el primer testimonio de la presencia de Dios. Un estilo de vida sin el peso de tantas cosas “de repuesto” que impiden la fácil movilidad para seguir anunciando el Evangelio.

   A sus discípulos, Jesús no sólo los manda sin nada, sino que son “nada” a los ojos del mundo. La razón, es que Cristo es quien va con ellos, “y él es su todo”, y con el poder de su gracia, es él quien actúa y garantiza que la obra es de Dios. No somos nosotros los que conseguimos el triunfo, o salvamos a los demás. Es el poder y la fuerza del Señor, como lo afirmó el apóstol Pablo: “En nuestra debilidad residirá la fuerza del Señor. Con Cristo todo lo podemos”. 

   Podemos quedarnos haciendo planes, detallando las necesidades de nuestro viaje, revisando una y otra vez nuestro equipaje, pero nunca llegaríamos a ponernos en camino. Sólo quien se fía realmente de Dios y acepta el reto de su llamada, entenderá que solo Dios basta.

   La “confianza” en Él nos hace seres libres. Lo innecesario puede pesar por el camino, en cambio, llevar sólo “un bastón” para apoyar nuestros cansancios, “unas sandalias”, para nuestros pies y “nada de provisiones” que puedan darnos seguridad; ni siquiera “pan, ni dinero” - que son signos de poder-, “ni túnica de repuesto”. Solo con el Evangelio en el corazón. 

   El Evangelio de la pobreza, no se anuncia con la riqueza. El evangelio de la humildad, no se anuncia con la superioridad. El evangelio de la fraternidad no se anuncia con exigencias y preferencias. El evangelio del amor solo se anuncia con amor, alegría y bondad. Solo así se podrá llegar a los más necesitados, que son los primeros destinatarios del corazón de Dios. Este anuncio se ha de hacer con la alegría de lo que anunciamos, y con la conciencia de “ser llamados” y “ser enviados”. El Evangelio tendremos que anunciarlo y testimoniarlo con la sonrisa en los labios; no con cara de “malgeniados” o de “resignados”, sino festivamente, es decir, con cara de “fiesta” porque el evangelio es “Alegre noticia”. 

   Desafortunadamente vivimos una religiosidad en la que fácilmente acomodamos a Dios a nuestros caprichos e intereses. Algo así como una religión “a la carta” en la que cada uno fabrica un “dios” a su acomodo, le pide lo que quiere y cuando quiere. Quizá muchos queremos que se nos anuncie un Dios que resulte atractivo y se deje acomodar a nuestros caprichos e intereses mundanos; que no exija nada y que se someta al parecer de la criatura. Y esa no es la buena noticia que trajo el Señor. 

   Sintámonos felices de saber que Jesús cuenta con nosotros; de saber que somos enviados de él y por él; de saber que somos útiles para Dios y que lo podemos anunciar con la palabra, el testimonio y, ante todo, con nuestro compromiso de vida. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:  www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 14° Domingo del tiempo Ordinario, 4 de Julio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 2 jul 2021 8:01 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 2 jul 2021 15:31 ]

Chía, 4 de Julio de 2021

Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles

¡Señor, auméntanos la fe!


   El Domingo pasado admirábamos la profunda fe de una mujer que viene de muy lejos buscando a Jesús. Hoy, el Evangelio nos presenta la incredulidad de quienes siempre están ceca de Jesús. Quizá porque Jesús se presenta y se deja descubrir en lo cotidiano, apareciendo como “demasiado humano”. Ésta es, quizá, para muchos, la primera dificultad para el acceso a la fe.
 

   La vida tiene muchas contradicciones, y también las hay en el Evangelio. Todos admiran la sabiduría nueva de Jesús, pero no se abren a ella. Más que aceptarle les interesa saber quién se la ha enseñado y de dónde saca todo ese saber. Se interesan más en conocer a sus maestros que unirse a lo que enseña. Y su origen es otro estorbo: ¿Qué se puede esperar de un carpintero cuya familia conocen? Dios no puede manifestarse en el “hijo de un carpintero y de una aldeana galilea”.  

   Para que ellos crean, sería mejor que Jesús fuera un desconocido. Tal es la situación que en su tierra no pudo hacer milagros, no porque no quisiese, sino “por la falta de fe”. “Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron”. Además, «no desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». 

   Ven a Jesús demasiado humano y común y corriente, como para ser el enviado de Dios. No conciben cómo puede hablar Dios a través de un simple artesano, sin conocimiento, a quien además conocen de siempre. No puede tener nada extraordinario. Su familia pertenece a la clase pobre del lugar y les parece imposible que la salvación mesiánica venga con rasgos tan cotidianos. El problema para creer en Dios no es su grandeza y magnificencia, sino su excesiva sencillez. La pequeñez, pobreza, la humildad y la sencillez de su vida terminan siendo un estorbo para que podamos aceptar y reconocer en él la grandeza de Dios. 

   En Jesús hay rasgos que nos desconciertan. Aquello que lo hace uno de nosotros, lo aleja de nosotros. Deslumbra su sabiduría, su autoridad y sus milagros, pero su condición humana puede resultar un obstáculo para creer lo que dice y lo que hace. No ven la encarnación como el camino de Dios hacia los hombres, el camino de Dios para revelarse y manifestarse a los hombres. Este punto de vista – de poca fe, -termina siendo nuestro mayor obstáculo para aceptarle, para reconocerle, para creer en él y para adherirnos él. 

   Jesús «no pudo hacer allí ningún milagro» por la falta de fe. No es que la fe tenga poder o ejerza un derecho sobre Dios para obtener milagros. Es que un milagro carece de sentido cuando el hombre se cierra a la acción divina, y Dios no se impone a la fuerza, ni siquiera a fuerza de milagros. Seguramente fue doloroso para Jesús ver la indiferencia de los más cercanos y más queridos. 

   Predicar entre desconocidos puede ser atractivo y suele brindar muchas satisfacciones, mientras que predicar entre las personas conocidas no es nada fácil. Sabemos que la fuerza para que alguien se acerque a Dios, proviene de Dios mismo. San Pablo nos lo advirtió: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se realiza en la debilidad». La predicación basada en la vida de un ejemplo que contagie, adentra a los demás en la relación con Dios. El testimonio se vuelve un permanente estilo de amonestación para aquellos que están lejos de él, así sean los de nuestra propia casa. 

   Afirmamos con certeza que conocemos a Dios desde pequeños, pero resulta que somos incapaces de reconocerlo en la cotidianidad. Quizá hemos elaborado una determinada imagen de él, y cuando su presencia se nos revela de una manera sencilla y cotidiana, eso nos cuestiona. Entonces, ni lo reconocemos, ni lo acogemos. Lo buscamos lejos y resulta que está en lo más íntimo de nosotros, presente en el rostro de los más necesitados, que hasta lo podemos tocar: “con vosotros estoy, y no me conocéis…”, “Tuve hambre…tuve sed… fui forastero…estaba enfermo y no me reconocisteis”. Esperamos algo extraordinario de Dios, y él se coloca a nuestro lado en lo ordinario de la vida. El problema es nuestra la falta de fe. 

   Siempre se pueden buscar razones para no creer en Dios, y si no las tenemos, las inventamos. ¿Qué resistencias le colocamos a Jesús, a la fe y a nuestro compromiso en la iglesia y a nuestra relación con él? En el fondo todo se reduce a una sola cosa: nos resistimos a las propuestas del Señor, porque creemos sentirnos bien como estamos y no queremos cambiar. No rechazamos a Dios por ser Dios, sino porque aceptarle en su humildad, nos exige el camino de la humildad. 

   Hoy, Jesús también se lamenta de nuestra falta de fe, hasta el punto de no poder hacer ningún milagro en nosotros. Si nuestra mirada al Señor no lleva una dosis de fe, jamás podrá reconocer sus señales o milagros cotidianos. Puede que muchos nos admiren por nuestras capacidades intelectuales y profesionales, pero si carecemos de humildad y de fe, nadie nos reconocerá como creyentes. 

   ¿Qué nos falta para que Jesús realice cada día en nosotros el milagro de nuestra conversión? Tal vez creemos en Dios, pero mientras lo mantengamos en la esfera de lo divino como para no implicarnos en su proyecto. Y cuando Dios se hace visible en el hijo del carpintero y de María, nos resistimos. Acaso, ¿no es lo que sucede con frecuencia en nuestras vidas? Los de casa nunca son importantes, y los de fuera son siempre una maravilla.

   Conocernos demasiado nos quita credibilidad, pero viene un extraño, que no tiene mayores novedades, y todos le aplaudimos. Resulta como peligroso que conozcan nuestro origen, porque tal vez no nos valoramos por lo que somos, sino porque “somos conocidos”. 

   Pidamos al Señor, que su cercanía no sea un estorbo para creer en él, sino, al contrario, para unirnos a él, agradecerle su permanente compañía, traducida en los milagros cotidianos. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:  www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 13° Domingo del tiempo Ordinario, 27 de Junio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 25 jun 2021 12:50 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 jun 2021 14:19 ]

Chía, 27 de Junio de 2021

Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles

¡Fe, es Creer en Dios, el Único que Iodo lo Puede!


   El relato del Evangelio de hoy, tiene enorme trasfondo. Un hombre cuya hija se está muriendo. Este, se acerca a Jesús y le habla y le ruega. Una mujer que padece una enfermedad que en la cultura religiosa de entonces la hacía impura y la marginaba de la comunidad. Esta mujer, no se atreve a hablarle, precisamente por su complejo de mujer impura y marginada.

   El hombre sigue teniendo fe en Jesús, incluso, luego que le anuncian la muerte de su hija. La mujer, tiene fe en que, con solo tocarle el borde del manto del Señor, quedará curada. Ella es consciente que Jesús no la rechazará como los demás hombres de la Ley; y aun sabiendo que gastó cuanto tenía sin logar la curación, sabe que en Jesús hay algo diferente: ve al hombre de la religión del amor.

   Jesús aparece haciendo lo que no estaba permitido según la ley. Una mujer sin nombre, sin dinero, sin esperanza y con doce años de enfermedad, interrumpe el viaje de Jesús hacia la casa de un hombre con nombre, dinero y una hija de doce años enferma. A la mujer enferma sólo le queda Jesús. Si todos los demás remedios han fracasado, el remedio verdadero será tocar el manto de Jesús. 

   Y por la grandeza de su fe, Jesús la llama: "hija", la declara familia de Dios, la alaba por su fe que es la que ha producido el milagro. Por esta mujer el Señor nos enseña cómo buscar a Jesús con fe; cómo llegar a un contacto sanador con él y cómo encontrar en él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud. 

   A diferencia de Jairo, identificado como "jefe de la sinagoga" y hombre importante en Cafarnaúm, esta mujer como que no es nadie. Sufre mucho física y moralmente, y sin embargo, se resiste a tener que vivir enferma. Está sola. Nadie le ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con él. No espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. No se contentará solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación y, sin molestar a nadie, se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto al Señor. En ese gesto delicado se concreta y expresa su confianza total en Jesús. Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Con su capacidad para buscar y acoger la salvación que Jesús le ofrece, esta mujer se convierte en modelo de fe para quienes queramos seguir al Señor. 

   En la curación de la niña, - escena cargada de fuerza y de ternura -, Jesús levanta con su mano y con su voz a la niña muerta. Su palabra no se dirige a un muerto, sino a crear de nuevo la vida. Su mano extendida tiene un profundo significado espiritual porque la ley de Moisés prohibía tocar cadáveres ya que quedaba "contaminado". Aquí, la mano de Jesús al tocar a la niña, la limpia y la libera de las ataduras de la ley y de las sombras de la muerte. 

   La doble escena termina de manera maravillosa. Jairo, seguía creyendo que, aún muerta, su hija podría vivir. Y mientras unos le anuncian que “su hija está muerta”, Jesús le dice: “No temas: basta que tengas fe”. Y, aunque todos “se rían de Jesús”, él sana a la niña, la devuelve a la vida, se la devuelve a su padre y le ordena que le den de comer. También sana a la mujer, quien creía y pensaba que “con solo tocarle el vestido al Señor, se curaría”. Jesús la reintegra a la sociedad, le devuelve su pureza y su dignidad, y como si fuera poco, le regala alabanza que, a la vez, es un reconocimiento. “Hija, tu fe ha curado”. Ese es el poder de la fe. 

   La fe en el Señor nos abre a una visión completamente nueva de la enfermedad y de la muerte. Ambas han sido vencidas por él. Si la pandemia, la enfermedad y la muerte sobrevienen, es para que aprendamos que, aunque humanamente perdamos la esperanza y sintamos que la barca va a naufragar, la fe nos lleva a traspasar los umbrales de lo imposible. Pero hemos de recordar que la fe no hace las cosas fáciles, las hace posibles. 

   Que la fe tampoco es un "seguro obligatorio" contra la enfermedad y la muerte. Más bien, colocándolas en las manos de quien las asumió, las hace parte de él. En la medida en que dejemos a Cristo actuar y nuestra fe en él permanezca, en esa medida podremos contemplar y experimentar las maravillas de Dios. 

   Los milagros de la vida, no siempre dependen de Dios. Cuando sentimos que Dios no nos ha hecho un milagro, no le culpemos. Pensemos, más bien, si creíamos de verdad que nos lo haría. Jesús le hace ver a esta mujer que “no ha sido El quien le ha curado”, sino que ella ha quedado curada por su propia fe en él. 

   Y no olvidemos que el Señor que cura a la mujer con sólo su contacto; que el Señor que tiende la mano a la niña y la devuelve a la vida, es el mismo Señor que se nos da como alimento en la eucaristía para seguir a nuestro lado, para susurrarnos en medio de tanto sufrimiento: «No temas; basta que tengas fe». Todo es posible para el que cree. Entonces será necesario que creamos más en el Señor, pero también será necesario que creamos más en nosotros y en los demás. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:  www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 12° Domingo del tiempo Ordinario, 20 de Junio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 17 jun 2021 15:19 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 jun 2021 15:38 ]

Chía, 20 de Junio de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Señor, Sálvanos que Perecemos, y Aumenta mi Confianza en Ti

(Día del Padre en Colombia)


   La imagen de la barca y del mar han sido - desde los comienzos, - símbolo que habla de riesgo y de peligro. Cuando el mar se enfurece, las embarcaciones se tambalean golpeadas por las olas. El evangelio nos presenta a Jesús que con su poder es capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza. Tal es su poder, que puede dormir tranquilo en la barca en medio de una tormenta. Como el Padre vela por su Hijo y su misión sin permitir que naufrague, la mano del Señor nos sostendrá también en las tormentas mientras nos aferremos a él.
 

   Fácilmente caemos en el miedo, el desaliento, la desconfianza por nuestra falta de fe. Cuando se desatan tormentas espirituales, el Señor viene en ayuda nuestra, sube a nuestra barca y lo calma todo. El problema está en que, tal vez, en la barca de nuestro corazón, de nuestra familia o de la sociedad, no le dejamos espacio para él. Con nuestra forma de vida y con nuestras acciones, quizá le estemos diciendo: “no te necesitamos…Así estamos bien…No te metas en mi barca…No hay espacio para ti”. 

   Hoy pasamos por la tormenta de la pandemia y otras tantas formas de sufrimiento. También en nuestro llevamos otras tantas tormentas que quieren hundirnos. Lo cierto es que la presencia de Jesús nos dará siempre la más profunda calma en el alma, y ayudar a apaciguar tantos males y fuerzas oscuras que atacan esta sociedad. De ahí la urgencia de aferrarnos al Señor, de no dejarlo fuera de nuestras vidas. Habrá que darle el mejor espacio de nuestro corazón y el timón de nuestra barca. 

   La pregunta del Señor vuelve a resonar hoy: ¿por qué somos tan cobardes? Jesús, aunque silencioso, siempre está presente marcando el rumbo, sosteniendo la marcha, recordando la meta y empujando hacia ella. Basta levantar la mirada, para darse cuenta que viene a nuestro encuentro en cada encrucijada. Hay que lanzar hacia él nuestro grito y poner en él toda nuestra confianza, para encontrar que siempre nos da la calma, si lo recibimos con fe. 

   Antes de calmar las tormentas físicas Jesús quiere dar una enseñanza espiritual. El miedo es contrariamente proporcional a la fe. A mayor fe menos miedo. El miedo no nos viene por lo que nos pasa, sino por nuestra poca fe y por la falta de confianza en un Dios que me cuida en medio de la oscuridad; entonces, no percibimos su presencia serena lo suficientemente cerca para afrontar las dificultades. Por eso nos angustiamos, perdemos la perspectiva y no pensamos con claridad la forma de enfrentar las tormentas desde la serenidad y la paz, que son fruto de la fe.

   A veces el miedo no nos permite tener claro el rumbo. Nos lanza a la confusión, a perdernos en un horizonte de salidas rápidas, pero infecundas. Con Jesús el miedo termina. Hay que aferrarnos a quien todo lo puede. Con Jesús al timón, las amenazas, pandemias, tempestades, huracanes, angustias y desesperación podrán venir, pero con él, nuestra barca está en sus manos y pase lo que pase no nos hundiremos. La barca pequeña de nuestra vida no puede llegar a ningún puerto si Jesús no viaja en ella. Aunque la Iglesia, la barca amada del Señor navegue entre dificultades y diera la impresión de hundirse, Jesús va navegando con nosotros y nosotros con él. Y así pensemos que él no se deje sentir, siempre está ahí.

   Como Pedro, queremos luchar solos contra la tempestad. Y quizá es en el colmo de la angustia cuando nos acordamos que el Señor siempre está ahí; que es nuestro compañero, especialmente cuando sentimos que vamos a naufragar. Las tormentas son inevitables, pero al final, cuando se logran superar, vemos que tienen sentido porque han probado nuestra fe en esas situaciones extremas y han logrado acercarnos más a Dios. El Espíritu Santo nos regala el don de la fortaleza para arriesgarnos a lo nuevo, para no tener miedo, para encontrar paz en la tormenta, aunque que la barca de nuestra vida corra el riesgo a hundirse.

   Todos quisiéramos navegar en aguas mansas porque lo difícil puede hacernos fracasar. ¿Cuál es nuestra actitud frente a las tormentas? En la vida no todo será siempre claro. Busca la luz. No todo será siempre agradable. Ponle un poco de optimismo. No te enredes en tus problemas, en tus sufrimientos ni en tus malos recuerdos, búscales solución, ponles esperanza y búscales una salida hacia el mañana. Los problemas pertenecen al ayer y las soluciones miran hacia el mañana. No pretendas solucionarlo todo en un día, pero “no dejes para mañana los que puedes solucionar hoy”

   No esperemos a que el Señor lo haga todo. Trabajemos como si todo dependiera de nosotros, pero con la certeza que todo depende de Dios. “En lugar de decir: Señor, ¿es qué no te importo?”, coloquemos nuestros ojos en él, y confiando que él actuará exclamemos como los discípulos: "Señor, Sálvanos que perecemos, porque solos no podemos". 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 11° Domingo del tiempo Ordinario, 13 de Junio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 10 jun 2021 12:32 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 11 jun 2021 13:44 ]

Chía, 13 de Junio de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

La Fuerza de la Semilla, Está en su Interior: Dios en Nuestro Corazón


   Dice el papa Francisco: De estas dos parábolas nos llega una enseñanza importante: el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es, sobre todo, iniciativa y don del Señor. Nuestra débil obra, aparentemente pequeña frente a la complejidad de los problemas del mundo, si se la sitúa en la obra de Dios no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará brotar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza y a la esperanza, a pesar de los dramas, las injusticias y los sufrimientos que encontramos. La semilla del bien y de la paz germina y se desarrolla, porque el amor misericordioso de Dios hace que madure"
   Sembrar el Evangelio no requiere de una fuerza espectacular o clamorosa, sino más bien, de algo tan sencillo y pequeño como sembrar "un grano de mostaza" que germina secretamente en el corazón de las personas. Ese es el proyecto de Dios: instaurar su Reino desde dentro, de donde brota la fuerza salvadora y transformadora que depende solo de Dios quien va madurándolo todo. Este proceso requiere momentos en los que es necesario saber esperar, mantener la calma y sentarse a contemplar la semilla que brota y crece por sí misma. Los frutos irán con certeza más allá de todas las expectativas.

   A través de estas parábolas Jesús nos da a conocer el sorprendente contraste entre la pequeñez de los comienzos y la grandeza de los resultados. El proceso de maduración debe ser respetado, igual que el crecimiento en la aceptación del Reino de Dios para poder un día alegrarnos con la cosecha de los frutos, en el momento adecuado. Hay que dejar crecer la acción de Dios en nuestra vida y eso tiene algo de misterioso y mucho de don y gracia. 

   La semilla va germinando sola sin que el hombre pueda entrar en la entraña de ese crecimiento. Nos enseña que quien siembra el Reino no busca resultados; es otro quien dejar crecer para luego cosechar. Para esto se requiere estar revestidos del poder interior y de la sencillez de la semilla, porque la verdadera fuerza viene de dentro. “Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve con el corazón”, nos recuerda el principito.

   En el obrar de Dios, lo pequeño llega a ser grande. Los comienzos de toda siembra siempre son humildes, y con mayor razón si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del evangelio no va dentro de lo espectacular o clamoroso, sino en algo tan pequeño como "un grano de mostaza" que germina secretamente en el corazón de las personas. Porque aquello que se ve grande a nuestros ojos tiende a terminar en algo insignificante. Lo que tiene visos de espectacular, puede ir cargado de soberbia y obstruye los caminos por donde podía llegar la luz y la ayuda. Es la humildad la que nos abre el corazón al tamaño de las obras de Dios.

   Antes de esperar la siega, hay que preguntarnos cuánto hemos sembrado. Todo lo que se siembra, tarde o temprano brota, porque las semillas no son fáciles de matar, o mueren renaciendo. Lo que siembran los padres en los hijos, quizá tardará, pero algún día florecerá. La pedagogía de Dios es la pedagogía de las semillas. Él siembra en nosotros semillas de verdad, de gracia, de tolerancia y de santidad que algún día brotarán. Y así el hombre duerma, Dios trabaja, porque su semilla tiene fuerza dentro de ella misma, y su presencia divina, tiene en nosotros su propio dinamismo.

   Cada mañana nos levantamos con el alma más empapada de gracia. Y aunque muchos parezcamos terreno árido, Dios nos va madurando y va trabajando en nosotros hasta hacerse grande. No nos podemos sentar a la orilla de la siembra para ver cómo crece porque no nos damos cuenta de ello. El reino, como la semilla diminuta, posee el germen de la vida que ha sido depositada en nosotros. Dios se hace semilla en nuestro corazón, aunque no nos demos por enterados. 

   Puede que estemos dormidos, pero seguimos siendo sus hijos. Podemos olvidarnos de nuestro bautismo, pero Dios no se olvida que somos sus hijos. Podemos olvidarnos de él, pero él no se olvida de nosotros. Siempre será más lo que Dios hace por nosotros, que lo que nosotros hacemos por él. Ojalá que cuando aclare la aurora de cada día, podamos tomar conciencia que la gracia de Dios ha crecido en nosotros y nuestras vidas son tallos crecidos de su gracia.

   Lo importante en la vida no es la siega, sino la siembra y la certeza que Dios nunca da los frutos maduros de manera anticipada. Tampoco será importante el anhelo de grandeza, porque en la vida Dios lo da todo en pequeñas semillas que cada cual tiene que cultivar y hacer crecer. Como la semilla crece y da frutos a pesar de su pequeñez, dejemos actuar el poder de Dios, para que, a pesar de nuestra pequeñez, demos frutos maduros. Si la semilla de mostaza extiende sus ramas para que aniden las aves, extendamos su Reino hasta que se convierta en el único árbol en el que todos podamos anidarnos con Dios. “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Juan 14, 23) 

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Solemnidad Corpus Christi, 6 de Junio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 3 jun 2021 14:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 jun 2021 12:22 ]

Chía, 6 de Junio de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Eucaristía: Dios con Nosotros y Nosotros con Dios


   Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, el Corpus Christi. El sacramento por excelencia, presencia real del Señor en el sacramento de la eucaristía. Ya, desde niño, Jesús era como un pan divino que se ofrecía como alimento. Él nació en Belén que en Hebrero significa “casa del pan”. Dos días en el año acentúan el resplandor de la Eucaristía: el Jueves Santo, en el que se conmemora su institución, y la fiesta del Corpus Christi, centrada en el misterio de la presencia real del Señor en la Eucaristía.
 

   La fiesta del Cuerpo y Sangre de Jesús tiene mucho de Navidad porque, aquella noche del Jueves Santo, Jesús como que volvió a nacer, pero esta vez, No en un pesebre, sino en un pedazo de pan y en un poco de vino. Y también tiene mucho de Pascua, porque es el sacramento del Cuerpo entregado y la Sangre derramada en el misterio de la cruz y la experiencia de la resurrección. 

   La Eucaristía es el único sacramento que nos presenta a Cristo vivo bajo las especies del Pan y el Vino. Desde aquel Jueves Santo, cada eucaristía es el sacramento de la común-unión, vínculo del amor fraterno y signo de unidad. 

   Tiene, por tanto, un valor redentor, porque renueva su sacrificio en el altar, conmemorando los misterios de la redención. 

   En la última cena, en el pan, Jesús quiso “quedarse a sí mismo” entre nosotros. Él es “el pan rodeado de discípulos, el pan “partido y entregado”, el “pan de vida”, y “El que coma de este pan vivirá eternamente”. Él mismo había dicho que “el grano que no muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”. Las vidas que no mueren renunciando a sí mismas, terminan muriendo en su infecundidad. Mientras que las vidas que mueren sacrificándose por los demás, son vidas que florecen en nuevas vidas. Lo que no se da, se muere, y lo que se da se hace vida. 

   “Así como el pan es uno, nosotros, aunque seamos muchos, somos un solo cuerpo, porque participamos del mismo pan”. En cierto modo nos convertirnos en “cristianos eucaristía”, y Cristo nos asimila a él, hace de nosotros, “nuevos Cristos” que se encarnan en un pedazo de pan. No sólo alimenta nuestro cuerpo, sino también nos alimenta el alma con la eternidad y, -como en la procesión, que va solemne por las calles-, tendremos que llevar solemnemente a Jesús-Eucaristía en nuestro corazón. Luego de recibir la Eucaristía con pureza de corazón, podremos regresarnos por otro camino, el camino de la conversión, para dar sabor al mundo. 

   No podemos pedir al "Padre nuestro que nos dé el pan de cada día" sin pensar en aquellos que pasan dificultades. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. Tampoco podremos desearnos la paz sin estar dispuestos a tender una mano a los necesitados. Es parecerse al pan, que con paciencia se deja amasar, cocer y partir para alimentar a los menos favorecidos. Se requiere la humildad del pan para no figurar en la lista de los platos exquisitos, pero sabiendo que siempre está acompañando, cultivando la ternura y la bondad porque así es el pan, tierno y bueno; dispuestos, incluso, hasta el sacrificio de dejarse fraccionar para alimentar a muchos más. El Corpus Christi, sea por excelencia la fiesta de la caridad eterna. Es Dios con nosotros: “el que está”, pero es, “comunión”, y ser comunión es vivir para el otro, vivir con los demás y para los demás.

 

   En la vida diaria Dios nos asegura un pan material que nos llena de energía y repone nuestra fuerza. Ese pan siempre está en la mesa de pobres y ricos, se fracciona y se desmigaja para alimentarnos. En Él se saborean los esfuerzos y la entrega generosa de tantas manos anónimas, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres. 

   Si necesitamos este pan material, con mayor razón necesitamos el pan espiritual, el que viene del cielo. Dios desciende hasta la mesa del altar asegurándonos el alimento de la Eucaristía, para que, quienes nos alimentemos de él, descendamos luego -junto con Él y por Él- a los innumerables altares del mundo donde se sacrifican ilusiones y esperanzas, sueños e inquietudes. 
 

   Recibimos la Eucaristía, y ella nos impulsa a ser “el pan que come el otro, el pan que; el pan que es entregado por el otro”. En el Sagrario Dios está con nosotros, en la comunión, Dios vive en nosotros. Cuando le visitamos en el sagrario, estamos viviendo con él y cuando comulgamos Él vive en nosotros. Al comulgar el uno debiera ver al otro como un don y sentirse a la vez un don para el otro. 

   ¡Qué gran regalo y que gran misterio!: todo un Dios que se queda con nosotros de manera tan sencilla, en algo tan vulnerable como es el pan, tan al alcance de todos, tan cercano a todos, porque así es Dios. 


   Un Dios con el Hombre, un Dios para habitar en el corazón del hombre y alimentar su alma sedienta.


¡Qué milagro admirable: ¡que la boca del pobre pecador, se pueda comer a su propio dueño!  

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo de La Santísima Trinidad, 30 de Mayo 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 27 may 2021 17:02 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 28 may 2021 16:40 ]

Chía, 30 de Mayo de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

¡Santísima Trinidad, acompáñanos en los viajes de esta vida y en el viaje a la eternidad!


   Celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, y es en el nombre del Padre (Creador), del Hijo (Redentor), y del Espíritu Santo (Santificador), que comenzamos la eucaristía, los sacramentos, las oraciones y actos de la Iglesia. Celebrar la Santísima Trinidad es celebrar la fiesta del “amor de Dios”. De Dios que celebra su amor y nosotros somos los que celebramos la fiesta de ser amados. No es una fiesta cualquiera. Es la fiesta del amor de la Santísima Trinidad por nosotros. 

   Al persignarnos hacemos una señal de la cruz en la frente, refiriéndose al Padre que está en todo; en la boca, indicando al Hijo, Palabra eterna del Padre, y en el pecho sobre el corazón, que simboliza al Espíritu Santo, amor del Padre y el Hijo. Cada vez que nos persignamos, reconocemos y confesamos la sublimidad del misterio del Dios amor y del hombre que es amado y que extiende su amor. 


   Y este soberano misterio, exige de nosotros, una disposición de fe humilde y profunda adoración, que nos permite descubrir que Dios no vive solo porque él no es soledad. Él es familia y comunidad de amor, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de ellas, que es el amor. Es tal el amor y la unidad en las tres personas divinas que por ello hablamos de “Tres personas distintas y un sólo Dios verdadero”.


   Si leemos con atención el nuevo testamento, observamos una especie de regla divina. Cada una de las tres personas divinas no habla de sí, sino de la otra; no atrae la atención sobre sí, sino sobre la otra. El Padre, cuando habla en el evangelio lo hace siempre para revelar algo del Hijo. Jesús, a su vez, no hace sino hablar del Padre. El Espíritu Santo cuando llega al corazón de un creyente, nos enseña a decir «Abbà», Padre; nos enseña a decir primero: “en el nombre del Padre y del Hijo”, y él se deja nombrar de último.

   En la familia humana pasa algo similar: el padre, antes de afirmar su autoridad, afirma la de la madre; la madre, antes de enseñar al niño a decir «mamá» le enseña a decir «papá». Si Dios es familia, las familias, - como imagen de la Trinidad, - han de ser su reflejo. Tanto en la Trinidad como en la familia, el amor lo dirige todo. 

   ¿No es este misterio precioso lo primero que nos han enseñado de niños? Desde el bautismo fuimos signados en nombre de la Santa Trinidad. Luego nos enseñaron a llamar a Dios “Padre nuestro”, y cuando nos santiguamos decimos: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Salimos de casa y nos santiguamos en el nombre del “Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Entramos a la Iglesia y lo primero que hacemos es arrodillamos y nos santiguamos en el nombre del “Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 

   Y a todos nos gustan las bendiciones: Yo te bendigo “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y cuando te bendicen el agua que llevas a tu casa, el sacerdote dice: “Bendice, Señor, esta agua en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Hasta los futbolistas se santiguan para meter goles. Fijémonos que, sin darnos cuenta, todo lo comenzamos en el “nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y cuando salimos o terminamos algo, volvemos a santiguarnos. 

   La Santísima Trinidad nos acompaña en cada paso y en cada viaje en esta vida y en el viaje a la eternidad.  Desde que nos levantamos, nos santiguamos, nos bendecimos, nos arrodillamos y nos perdonados “en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Tenemos la certeza que la santísima Trinidad nos está signando desde que salimos de casa, cuando pasamos frente a una iglesia, o cuando regresamos a casa, y hasta cuando nos vamos a dormir. 

   Toda nuestra vida está marcada y sellada “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y mientras lo decimos, hacemos una cruz porque la cruz es la mejor señal del amor con que Dios nos ha amado. Es el lugar donde el Hijo dio su vida por amor y donde el Espíritu Santo reveló el amor del Padre.

   Solo como analogía, y para mejor entender el misterio de la Santísima Trinidad, lo podemos comparar con una obra musical, de cuya partitura universal el Padre es el creador; el Hijo es el intérprete perfecto de la obra del Padre, y el Espíritu Santo es quien conduce, como director, la obra. Para ser reflejo de la Santísima Trinidad, habrá que dejarnos conducir por el Espíritu Santo que nos lleva a la plena comunión con Dios. Solo en la docilidad al Espíritu, él nos irá acomodando en las entrañas del Padre y del Hijo.   

   El Dios de nuestra fe, el Dios en quien creemos y a quien celebramos hoy: Tiene sabor a familia, a hogar, a casa. Tiene sabor a “Padre”. Tiene sabor a “Hijo”, por tanto, a “hermanos”.

   Tiene sabor a “amor”, a bendición. Tiene sabor a “vida”. Es un Dios “tan enamorado de nosotros”, que es capaz de dar la vida por nosotros. Por eso le recordamos “santiguándonos con una cruz”, porque es en la Cruz donde dio su vida por nosotros. 

   ¿Queremos sentirlo y celebrarlo hoy en nuestras vidas? Santigüémonos todos diciendo: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Amén 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

¡Santísima Trinidad, acompáñanos en los viajes de esta vida y en el viaje a la eternidad! Que Dios, uno y trino los acompañe siempre, y la Virgen María los cubra con su manto. Feliz semana para todos.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo de Pentecostés, 23 de Mayo 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 21 may 2021 16:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 26 may 2021 17:31 ]

Chía, 23 de Mayo de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

…Enciende en Nosotros el Fuego de tu Amor


   Cincuenta días después de la Pascua, celebramos Pentecostés, el fruto maduro de la Pascua. Es el día en el que Jesús envió el Espíritu Santo sobre los discípulos. Es el día, por tanto, del nacimiento de la Iglesia, que fue, es y será edificada por el Espíritu Santo, protagonista discreto y silencioso de toda la historia de la salvación. Es quien lo llena todo, lo penetra todo, lo invade todo. Por eso es llamado, “dulce huésped del alma”,  “el maestro interior, el maestro del corazón”. Como dice San Hipólito, "cuando se rompe un frasco de perfume, su olor se difunde por todas partes, al romperse el cuerpo de Cristo en la cruz, su divino Espíritu se derramó en los corazones de todos". 

   Pentecostés es el día en que el Espíritu Santo, como arquitecto del Padre, coloca la primera piedra de la iglesia; coloca su fuego en los apóstoles para que actúen y salgan de su encierro; los reviste con el color rojo de su pasión para que ardan de amor por el Reino de Dios, obra de su Maestro Jesús. Adicionalmente los deja hablando un lenguaje común, el lenguaje del amor. El Espíritu Santo el día de Pentecostés edifica, no una torre de Babel de orgullo, ambición, confusión y obra humana, sino una iglesia - comunidad en la que todos tienen el mismo Espíritu y con el cual se edifica la única familia Dios. 

   Pentecostés es el soplo divino de la vida, presencia divina que no podemos atrapar con nuestras manos, pero que sentimos y experimentamos dentro de nosotros. Es el frescor de Dios que refresca nuestros corazones como “dulce huésped del alma” y “brisa en las horas de fuego”. Es “el gozo secreto que enjuga nuestras lágrimas” en los momentos del dolor; el aroma de amor, de alegría, de paz, de paciencia, de afabilidad, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, de templanza y de perdón que nos lleva a los remansos del corazón de Dios. 

   Es el viento de Dios que empuja a las almas y a la Iglesia aún en medio de las dificultades y que nos trae cada día las novedades de Dios. Él sopla borrando y limpiando las nubes que oscurecen el corazón; es fuerza de Dios que mueve las velas de la  Iglesia para renovarla en su interior. Es el aire que respiramos en cada momento y que oxigena lo más recóndito de nuestro espíritu y “entra hasta el fondo del alma”. Es el fuego divino que ablanda el acero de los corazones duros haciéndolos dóciles a la llamada de Dios. 

   Jesús recorrió todo su camino, desde el pesebre hasta la cruz y la resurrección, para nuestra salvación. El Espíritu Santo ahora viene a hacernos partícipes de la vida que Jesús ha ganado para nosotros, y que venimos celebrando desde la vigilia pascual, representada en el cirio pascual, que hemos encendido sin interrupción en cada eucaristía durante estos cincuenta días. Pero el don de Dios trae, junto con la paz y la alegría, una misión y una tarea. Jesús les da el Espíritu Santo a los apóstoles para que lleven sus dones a los rincones del mundo; les encarga la inmensa tarea de reconciliar el mundo con Dios, a través del don del Espíritu Santo. 

   Nuestra vida cristiana no puede ser como esas piedras que están dentro de un rio durante muchos años, hermosas por fuera, pero en su interior completamente secas, porque el agua no ha llegado a su interior. Sólo el poder del Espíritu Santo nos puede dinamizar por dentro si somos dóciles a él. Su fuego divino quema los individualismos y ensancha nuestros corazones para no encerrarnos en nuestras fronteras. 

   El fuego de su Amor arde en nuestros corazones para sentirnos hoguera de una misma Iglesia y luz de una misma comunidad. Él es el motor que pone nuestra vida en movimiento; el motor que nos pone en marcha hacia Dios. Sin su presencia en la habitación de nuestro corazón seguiremos dormidos y la iglesia quizá fría y encerrada. En Pentecostés, con los dones de su divino Espíritu, Jesús ha puesto alas a nuestro espíritu para lanzarnos por los caminos de Dios.

  • Ven espíritu de sabiduría, para que nos comuniques el gusto por las cosas de Dios. 
  • Ven espíritu de entendimiento, para que nos comuniques un conocimiento más profundo de las verdades de la fe. 
  • Ven espíritu de consejo, para que nos ayudes a resolver con criterios cristianos los pequeños o grandes conflictos de nuestra vida y a saber discernir lo que está bien y lo que no lo está. 
  • Ven espíritu de fortaleza, para que despiertes en nosotros la audacia que nos impulse al apostolado con entusiasmo. 
  • Ven espíritu de ciencia, para que nos enseñes a darle a las cosas terrenas su verdadero valor de medios y no de fines. 
  • Ven espíritu de piedad, para que sepamos relacionarnos con Dios como verdadero Padre nuestro y sepamos amarlo y confiar en él como verdaderos hijos suyos. 
  • Ven espíritu de temor de Dios, para que nos impulses a huir de cualquier cosa que pueda ofender a Dios.

 

   Jesús ha dejado de caminar por la tierra y después de su Ascensión nos colma con el Don del Espíritu que dejó a sus apóstoles. Unos oyen su soplo, su inspiración, pero otros no. Ahora comienza nuestra misión. Es el momento de dar razón de nuestra esperanza, de nuestra fe y de nuestra alegría. Con nuestra entrega entusiasta y permanentemente iluminada por la fuerza del Espíritu Santo.   


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Que el Espíritu Santo nos regale sus luces y su fuerza, y nos haga fieles testigos del Señor. Feliz semana para todos.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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