Saludo Semanal 




16° Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de Julio de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 18 jul. 2019 19:00 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 jul. 2019 19:37 ]

Chía, 21 de Julio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Orando y Trabajando, Obtendremos la Mejor Parte

   El Evangelio de hoy revela el sentido de lo esencial en la vida del creyente. La actitud de Marta va en la línea de los afanes y las urgencias. Se deja sumergir en el activismo descuidando la relación con Jesús y la escucha de su palabra. Olvidó que la llegada del Señor a su casa era la gran oportunidad para estar con él y escucharlo. Al preferir la dedicación a las cosas, cayó en la agitación y el nerviosismo. Es ella quien acoge a Jesús en su casa, y por obvias razones se inquieta y se afana. Por el contrario, la actitud de María va en línea de lo esencial y lo verdaderamente importante: acoger al Señor en su corazón, es decir, en su propia intimidad, constituye la parte mejor, y por eso nadie se la quitará.

   Aunque Marta quería quedar bien ante el Señor reservándole lo mejor de sus servicios, “se quedó en las cosas del Señor”; mientras que María “escogió al Señor de las cosas” y le entregó su ser entero. Las dos hermanas son necesarias, la una para la otra, y se complementan para el anuncio del evangelio, ya que en la acción o en la contemplación, somos del Señor. San Francisco de Sales explica la convivencia entre Marta y de María: “Haz como los niños pequeños que con una mano se agarran a su padre y con la otra cogen moras a lo largo del camino. Recojamos las moras y continuemos siempre tomados de la mano de Dios que nos sostiene”.

   Marta y María, sinónimos de acción y contemplación, nos recuerdan que cuanto hacemos en nombre de Dios es importante, pero cuando estamos con él, él será el primero, el único necesario, el más importante y lo definitivo. Marta y María son ejemplo eximio de acogida a Dios, porque hicieron de su casa el hogar de Jesús, como deberían ser todas las familias. La aparente contraposición no está entre la acción de Marta y la contemplación de María, sino en el interior de Marta, agitada, inquieta y afanada en su sano deseo de servir, y el gozo y la paz interior de María a los pies del Señor escuchándolo. 

   Marta no entendió que el corazón humano de Jesús tenía hambre, no del pan material, sino del pan del amor, el que verdaderamente alimenta. De ahí que Jesús la interpela con cariño: “Marta, Marta, tú te inquietas en tantas cosas…y sólo una es necesaria…”. Jesús quiere ir más allá de los afanes materiales porque, “no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Él interviene para colocar en orden las prioridades del ser humano, sobre todo cuando hay necesidad de uno solo, y María lo escogió y se quedó a sus pies. 

   Todos tenemos algo de Marta y algo de María. Corremos de acá para allá intentando hacer las cosas lo mejor posible. Pero también nos deleitamos a los pies del Señor disfrutando de su presencia, escuchando su palabra y alimentándonos de él. Jesús no nos exime de cumplir nuestras tareas, pero nos recuerda que tenemos que aprender a priorizarlo y saber que él ha de tener un altar en nuestro corazón. ¿Quién no tiene infinidad de cosas que hacer? Como Marta, andamos a las carreras y estresados por tantos quehaceres. Olvidamos sacar tiempo para estar con el Señor, y cuando logramos sacar un rato en la oración o en la adoración, quizá no hacemos silencio en nuestro interior, invadidos por tantas agitaciones y distracciones que nos roban la parte mejor. 

   Marta y María se complementan: María no hubiera podido estar a los pies del Señor si Marta no hubiera atendido los quehaceres de la casa. Con Marta ausente, María hubiera tenido que realizar las tareas necesarias del hogar. Ambas representan dos aspectos importantes del ser humano: lo espiritual, -que ha de ser primero-, y luego lo práctico que complementa a lo primero. María necesita la labor de Marta para poder encausar su vida espiritual y su creatividad. Marta necesita la espiritualidad y contemplación de María para darle propósito y bendecir sus actividades. 


   María escucha, observa, contempla, admira, se asombra, se compadece y crea. Marta ejecuta, organiza, embellece, administra y optimiza tiempo, espacio, recursos y energía. La clave está en unir estas dos dimensiones: Si somos sólo María, tenemos una espiritualidad sin frutos; si somos sólo Marta, tenemos orden y belleza sin alma, sin espiritualidad y sin propósito. María, intuitiva e intangible, y Marta, ocupada en los detalles rutinarios que hay que realizar, nos enseñan que en el mar de la vida será necesario, como lo afirma San Benito, navegar con dos remos: el de la acción y el de la contemplación. Ora et labora. 

   Propongámonos darle a nuestra vida un lugar privilegiado a la oración y adoración al Santísimo y a todo lo espiritual para reestablecer nuestra semejanza con Dios. Y que las actividades de cada día las dediquemos al Señor. Así, cada domingo, postrados a sus pies, escuchemos su Palabra, tomemos su alimento y regresemos a las labores con la convicción que estando a sus divinos pies, escogemos la mejor parte. ¿Cuánto tiempo dedicamos a los quehaceres, y ¿Cuánto tiempo dedicamos a dialogar a Dios? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

15° Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Julio de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 12 jul. 2019 18:15 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 jul. 2019 18:17 ]

Chía, 14 de Julio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Buen Samaritano, un ser Humano Cargado de Amor

   El Evangelio de este Domingo nos trae la parábola del Buen Samaritano. Historia relatada por Jesús para explicarle a un hábil maestro de la ley, la clave para ganar la vida eterna. 

   El Samaritano, —a diferencia del sacerdote y del levita— pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia del corazón, porque Dios es misericordioso. El Samaritano por ser misericordioso, se convierte en ejemplo de amor al prójimo. Sin tener una ley que le impida acercarse “al hombre herido”, tocarlo, sanarle las heridas, se hace cargo de él. No se preguntó quién era su prójimo. 

   Solo le bastó ver a “alguien herido”, sentir compasión y misericordia por alguien desconocido “herido”, sin importarle si era judío o samaritano. 

   Sencillamente era un “hombre herido y abandonado” y eso era suficiente. Nos enseña que la misericordia no pide nombres, ni documentos de identidad, ni pregunta si fue culpable o inocente. Sencillamente era un ser humano “apaleado, herido y maltratado”, por lo tanto, “necesitado”. Como bien lo definió el Papa Benedicto XVI: “Mi prójimo es aquel que me necesita y por el cual puedo hacer algo”. 

   El Buen Samaritano salvó al herido, pero a su vez conviene anotar que también el herido, en cierto modo, salvó al samaritano, pues fue él quien le hizo brotar de su interior lo mejor de sí mismo, haciéndose prójimo de su hermano maltratado. Entonces podríamos decir que el sacerdote y el levita no se dejaron salvar por el herido. Despreciaron esta maravillosa oportunidad que Dios les daba para hacerse mejores seres humanos, a la medida de Dios.

   El secreto estuvo en la compasión. Dice el texto, que «se compadeció de él». El buen samaritano es Cristo. Es él quien «siente compasión, Es él quien no sólo nos ha encontrado «medio muertos», sino completamente «muertos por nuestros pecados» Es él quien se nos ha acercado y nos ha vendado las heridas derramando sobre nosotros el vino de su sangre. Es él quien nos ha liberado de las manos de los bandidos... ¿Cómo pagarle al Señor todo el bien que nos hace?» pues, «haciendo nosotros lo mismo que él». La consigna de nuestra vida ha de ser: “Haz el bien, sin mirar a quién”. Todo aquel que asume los sentimientos de Jesús y actúa como el samaritano con su prójimo, tomará el nombre de “buen samaritano”. 

   Las leyes judías impidieron al levita y al sacerdote que tuvieran compasión con el hombre herido. 

   Hay muchas leyes en nuestra sociedad, pero ¿cuántas de ellas generan compasión con tantos que sufren? ¡Las leyes sin compasión de nada sirven! 

   Nos olvidamos de los que sufren o están heridos en el camino y, no obstante, decimos que amamos a Dios. 

   Nos cuesta aceptar la realidad. Preferimos voltear la cara y no darnos por enterados de lo que está pasando. Preferimos callarnos, hacernos los de los oídos sordos, guardar silencio y mirar para otro lado. Hay tantas formas de pasar de largo, y lo peor es cuando las enmascaramos con justificaciones «razonables». Y mientras tanto, el Señor nos sigue esperando y nos sale al encuentro bajo el ropaje del mendigo y del que sufre: “Tuve hambre...” “Cada vez que lo hicisteis con ellos, lo hicisteis conmigo…”

   Los rodeos o las disculpas no solucionan nada. ¿Cuántas parejas que están en problemas prefieren disimularlos dando un rodeo para no complicar más las cosas? ¡Hay padres que saben que sus hijos andan por malos caminos y prefieren no enterarse! Muchos de nosotros vivimos en pecado, pero preferimos justificarnos diciendo que todos hacen lo mismo.

   El Evangelio nos clama que actuemos. ¿Cuántos heridos encuentro cada día en mi camino? ¿Será que damos vuelta a la manzana para no ver lo que Dios sí está viendo? Pensemos también ¿Cuántas heridas llevamos en nuestro corazón que necesitan de buenos samaritanos? El amor hacia los que más sufren, teje la salvación, porque es un amor cargado de Dios, cargado de salvación mutua.

    La señal de los cristianos es amarnos como hermanos, y todos sabemos que los gestos de amor valen más que las palabras. También sabemos que sólo se salvan los que aman y que al final seremos examinados en el amor. Cuando amamos como Jesús desea, el amor se convierte en el testimonio más eficaz para dar a conocer el rostro del Dios vivo. ¡Dime que haces, que pronto te diré a quién sirves! Salir de nosotros mismos, sin medida, a tiempo y deshoras, es una muestra de la calidad de nuestra vida cristiana. 

   Aprendamos de Jesús a tener compasión, y pidámosle que, como el samaritano, obedezcamos de manera instintiva al impulso amoroso de nuestro corazón, cargado de amor divino. Ese amor que no busca recompensas sino el bien del otro. Pero también reconozcamos que damos muchos rodeos para no encontrarnos con los prójimos malheridos, a quienes no sólo podríamos salvar, sino que serían ellos la oportunidad más bendita de nuestra salvación. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

14° Domingo del Tiempo Ordinario, 7 de Julio de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 5 jul. 2019 15:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 jul. 2019 15:18 ]

Chía, 7 de Julio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Id, Por Todo el Mundo y Anunciad la Buena Nueva…

  En el Evangelio de hoy, mientras Jesús se dirige a Jerusalén, envía por delante a setenta y dos mensajeros para que preparen a los habitantes de las ciudades y pueblos por donde iba a pasar. Setenta y dos, más que un número, indica que la misión es universal; que el anuncio del reino nos compete a todos, porque todos somos útiles en esta tarea.

   Jesús envía “de dos en dos": Padres con hijos, hermanos y amigos; todos apóstoles en actitud de fraternidad. "De dos en dos", indica que la fe tiene que ser vivida en comunión con los hermanos y en vida de oración. Que las acciones salvíficas de Dios no son asunto privado, sino que implican la ayuda de toda la comunidad, y ya que el envío tiene que ver con la obra Dios, sólo necesitaremos su poder y, de nuestra parte, ir con lo esencial. Ir "de dos en dos" significa que Cristo solo podrá llegar a los corazones, e introducirse en la sociedad, gracias a discípulos que lo precedan “en todas las ciudades y sitios adonde él debe ir”.

   El mensaje de Cristo tiene enemigos en todos aquellos que saben que la paz que él trae, libera a los hombres de todas las esclavitudes y dominaciones humanas. Nos pide estar atentos para reconocer los enemigos del Señor y tantas formas de rechazarlo. Habrá que estar atentos también para no pactar con el mal, el pecado, la degeneración de los valores, lo inmoral y todo aquello que degrada la esencia y la verdad más profunda y siempre nueva del ser humano.

   Si los discípulos van “como corderos en medio de lobos”; es porque en la misión, el Señor será la defensa, el refugio, la fuerza, la roca y la salvación. Revestidos de su armadura, nadie podrá contra sus enviados. Aun siendo vasijas de barro, el Señor se encarga de su obra, pero se requiere nuestra disponibilidad como discípulos – misioneros, para ayudarle a extender su Reino.

   Hoy, también Jesús quiere ir a todos los hogares, y por ello envía a sus discípulos, "de dos en dos". Papá y mamá, como padres, tienen la misión de preparar el camino para llevar sus hijos a él. Con las palabras, el ejemplo, ellos comenzarán a conocer y amar a Cristo, y sin olvidar que la muerte del grano de trigo da origen a la nueva criatura. El proyecto de Dios cuenta con la colaboración de todos, como instrumentos activos en el pregón de la salvación. Si no hay discípulos, Cristo no puede llegar al corazón de nadie, ni a las ciudades y sitios adonde él debe ir.

   El éxito del anuncio, no se garantiza por las ideas del discípulo que las comunica, sino por la fuerza y novedad del contenido del Reino de Dios, es decir por el mismo Dios. Ese reino aniquilará los lastres producidos por las seducciones del maligno. El triunfo no lo dan las fuerzas del enviado, sino la fuerza del maestro divino, quien envía y cualifica a sus instrumentos para anunciar la cercanía del reino.

   La mirada de Jesús ha de alcanzar a todos. Jesús no se queda mirando a su sombra. Ante sus ojos tiene la humanidad entera. 

   Y siente la necesidad que su luz alumbre a todos porque el Evangelio es “apto para todos”. El anuncio del evangelio es, entonces, compromiso de toda la comunidad. 

   Cuando se trata de ayudar a que Jesús pase por nuestras vidas, todos somos indispensables.

   El Papa emérito Benedicto XVI, nos ilustra, 

“Yo estaba acostumbrado a los solistas en las orquestas o en el canto. Y, además, confieso que me gustaban esos solistas de violín o de flauta. Pero no se me había ocurrido que los solistas están prohibidos en la evangelización. En la evangelización no hay un “yo” sino el “nosotros” de la Iglesia. Es decir, que la evangelización es tarea no de un “yo” sino de un “nosotros”. Es obra de todos. Es obra de ese “nosotros que es la Iglesia entera”. ¿Alguien se imagina una calle con una sola farola encendida? ¿O alguien se imagina un solo foco para toda la casa? Sería un gran ahorro, pero la mayor parte de la casa quedaría en la oscuridad. Cuando todos alumbramos todo se ilumina. Cuando todos nos apagamos todos quedamos en tinieblas”.

   Hoy, nosotros formamos parte de los setenta y dos. Somos los nuevos enviados a custodiar la Buena Noticia confiada a nuestras débiles manos. 

   Anunciemos a Cristo nuestro Señor y no dejemos que en nuestro corazón se camufle el pecado; más bien, acojamos el mensaje de vida en Cristo y recibamos su reino de paz y de justicia que ya habita en nosotros. 

   Aunque para muchos no nos parezcamos a los ganadores de este mundo, confiemos que, por gracia del Señor, tal vez lleguemos a tener nuestro nombre inscrito en el reino de los cielos.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

13° Domingo del Tiempo Ordinario, 30 de Junio de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 27 jun. 2019 14:39 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 jun. 2019 15:25 ]

Chía, 30 de Junio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Te Seguiré, Señor, a Donde Tú Vayas…”

   Este Domingo la liturgia enfatiza la firme decisión como requisito del discípulo para el seguimiento de Jesús. Así lo muestra la radicalidad del profeta Eliseo que quema su arado y asa en él la carne de sus bueyes. Ya no podrá devolverse a las cenizas ni recuperar su vida anterior. Esta decisión marca el comienzo de algo nuevo. En el Evangelio el Señor nos reclamará la radicalidad, el desprendimiento y la magnanimidad de corazón propias de quien quiera seguirlo.

   La firmeza en la decisión del Señor: "tomó la decisión de viajar a Jerusalén", es clave para examinar la calidad de nuestro seguimiento. Como el martillo y el clavo, - concentrando su fuerza en un punto-, vencen la dureza de la madera, nuestra voluntad antes de actuar necesita concentrar toda la fuerza por el Reino de Dios. Cuanto más definida sea la meta, más eficaz será la acción realizada. Si el Señor es nuestra meta definitiva, se requiere sumergirnos a profundidad, con decisión y firmeza por alcanzarla.

   Santiago y Juan entienden el seguimiento de Jesús como un poder y una autoridad. Quieren imponer sus ideas a los samaritanos que no les acogen. Quizá recuerdan algún pasaje del antiguo testamento en el que se describe a Dios como un juez castigador, pero ellos no son Dios, ni tampoco les corresponde juzgar. Jesús, ante la pretensión tan desatinada de sus discípulos, los corrige. 

   Nosotros también podemos tener la tentación de imponer nuestras ideas, de «aprovecharnos» de ser discípulos de Jesús, y olvidarnos fácilmente que Él no ha venido a imponer su mensaje, sino para ofrecer gratuitamente la salvación a quien quiera acogerla con libertad y grandeza de corazón.

   El Evangelio nos presenta a tres supuestos discípulos que se quieren unir a Jesús. El diálogo revela también tres posturas personales, ante la invitación a seguirlo. Al primer discípulo, que quizá esperaba una vida cómoda, Jesús le dice que el Mesías tiene que sufrir y ser crucificado, y le advierte que " si los pájaros tienen nidos, el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”. El segundo discípulo, ante el llamado, responde: "Déjame primero ir a enterrar a mi padre". Este no entiende que los muertos no cuentan para el anuncio del evangelio. 

   El tercer discípulo le pide a Jesús que le permita “ir a despedirse de los suyos”. Jesús le hará entender que no hay mayor autoridad que Jesús mismo. Los tres discípulos somos cada uno de nosotros, a quienes Jesús nos pide algo parecido: no mirar atrás, preferirlo a Él y tener una decisión radical por el Reino de Dios. De esta manera, Jesús deja claro que el camino del cristiano no está predeterminado, ni es igual para todos. 

   Ante el seguimiento al Señor, no puede haber excusas: «Enterrar a los muertos» que era una de las obras de caridad más importantes para los judíos, o «despedirse de la familia» nos parece muy lógico, pero Jesús no acepta la actitud de estas personas que quieren seguirle, pero «primero» tienen cosas que hacer. Es el «sí, pero…» que tantas veces define nuestras vidas. No nos decidimos a comprometernos porque tenemos que resolver «primero» muchos asuntos.

    ¿De qué valen tantos esfuerzos, trabajos y fatigas por conseguir cosas transitorias, sabiendo que lo más importante es lo que tiene un valor permanente, como la búsqueda de la vida eterna? En la eternidad no nos van a preguntar por lo que dejamos sino por lo que llevamos marcado con la impronta del amor a Dios y a los demás. El camino del creyente es un camino de vida y anuncio inmediato. Lo que ha muerto no cuenta, y una boca muda no puede anunciar el evangelio. 

   Este camino exige discípulos vivos, no sepultados por las cargas cotidianas de la vida o el peso del pecado. El discípulo ha de ser libre para amar y, con la mirada siempre hacia adelante, consciente que surcar la tierra conlleva sacrificio y lucha contra los obstáculos venideros. A la vez, le acompaña la certeza que, una vez echado el grano en el surco, producirá abundantes frutos de salvación y de vida.

   ¿Cuántas actitudes mediocres marcan nuestra vida? Aunque necesitamos muchas cosas para vivir, lo más importante es lo que vale para la vida eterna. Entonces, no hay nada que sea «primero», sino seguir a Jesús. Él es el primero y lo primero. Si hemos descubierto la enorme alegría de la salvación que Él nos ofrece, el inmenso amor que Él nos regala y del que nos hace partícipes, no tendremos excusa, ni nada que hacer «primero», sino que toda nuestra vida quedará impregnada por la urgencia del Evangelio.

   No nos dejemos arrastrar por las aparentes seguridades materiales. Demos prontitud al anuncio evangélico y evitemos todo aquello que entorpece la vitalidad de la fe. 

   Sembremos las semillas del evangelio y dejémonos guiar por el Espíritu de Dios. Él será nuestro refugio. Nuestra vida está en sus manos.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


Solemnidad de Corpus Christi, 23 de Junio 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 22 jun. 2019 10:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 22 jun. 2019 10:43 ]

Chía, 23 de Junio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Eucaristía, Presencia Real del Señor y Celestial Manjar


   Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor. El Sacramento por excelencia, presencia real del Señor en la Eucaristía. Desde niño, Jesús ya era como un panecito divino que se ofrecía como alimento. Nació en Belén que en hebrero significa “casa del pan”, y
no encontró mejor definición para Él, que ser Pan. 

   En la última cena quiso darse plenamente a nosotros, y nada mejor que haciéndose pan. El Pan “que es entregado”, Pan “partido”, “Pan que se da y se entrega”. Es el “Pan de vida”, el Pan de la Eucaristía”. 

El que come de este Pan vivirá eternamente”. 

   Dos días en el año dejan ver el esplendor de la Eucaristía: el Jueves Santo que conmemora su institución, y la fiesta del Corpus Christi, centrada en el misterio de la presencia real del Señor.  Al conmemorar la última cena del Jueves Santo, hoy reconocemos a Cristo que se quedó con nosotros en el pan y el vino para compartirnos su Cuerpo y su Sangre. 

   El Corpus Christi expresa, entonces, el misterio y el contenido de la fe cristiana, condensado en un sencillo pedazo de Pan y un poco de Vino, convertidos -desde la fe-, en alimento de vida y de salvación. Cada vez que celebramos la Eucaristía, conmemoramos la presencia viva del Señor. E
l Corpus Christi es la fiesta de Dios “hecho pan” para que nadie tenga hambre; la fiesta de Dios “hecho pan” para que todos puedan comer”. 

   El Evangelio nos recuerda la conexión entre Eucaristía y solidaridad humana. La Presencia Real de Cristo en la Eucaristía es presencia igualmente real y sacramental en el pobre y en el que sufre. Los discípulos se quieren escudar en que no tienen más que cinco panes y dos peces, pero Jesús cambia el panorama: toma lo poco que tienen, lo bendice, lo multiplica y sobra, porque la solidaridad abarca a todos y, puesta en las manos de Dios, la bendice y la multiplica.

    Con razón en este día del Corpus se celebra el día de la caridad. Los seres humanos vivimos de pan. Y pedimos a Dios el pan de cada día. Es el pan que también sabe a entrega, amistad y amor. Y todos tenemos hambre y sed de plenitud, de amor, y de pan de eternidad. Por eso no nos conformamos con lo que encontramos delante de nosotros y nos abrimos a lo que está por venir. 

   Este alimento de eternidad lo pregustamos en cada Eucaristía, Pan de vida eterna que nos da Jesucristo. En ese Pan, se da a sí mismo y de ese modo se convierte en comida de la que vivimos. Aunque sea poco lo que cada uno aportemos, esos “cinco panes y dos peces”, unidos a los de los demás, pueden significar la entrada a la vida eterna. 

   En cada Eucaristía Jesús se fracciona y se reparte. Al fraccionarse y repartirse hace presente a Dios, don total. El pan que verdaderamente alimenta, no es tanto el que se come, sino el que se comparte. Un pedazo de pan compartido con un amigo, sabe mejor que un banquete que se come a solas. Más allá de saciar las necesidades del otro, el primer objetivo de compartir el pan, es identificarse con Dios, descubierto en el otro. 

   Es afirmar que Dios y el necesitado son uno. Podemos preguntarnos: ¿Dónde están mis cinco panes y mis dos peces…? Cada uno, desde nuestras posibilidades, podemos ser parte del milagro, colocando a disposición de los demás aquello que generosamente quiere compartir. El pan que tiene mejor sabor es el pan compartido, porque nos hace más humanos y menos egoístas. 

   Ser pan significa, entonces, que ya no se puede vivir para sí mismo, sino para los demás. Significa que hay que tener paciencia, como el pan, que se deja amasar, cocer y partir. 

   Significa que hay que estar adornados con la humildad del pan para no figurar en la lista de los platos exquisitos, pero con la certeza que ese pan nunca puede faltar en ninguna mesa, ya que su presencia indica alimento, bondad, generosidad, e incluso hasta el sacrificio de dejarse triturar. El pan que no se deja comer y compartir se endurece y se tira afuera. Por el contrario, el pan que se deja cortar y tajar, se hace alimento y comida compartida transformándose en alimento y vida.

    Al recibir el cuerpo de Cristo nos convertimos en “cristianos eucaristía”, y en cierto modo, somos “nuevos Cristos”, asimilándonos a Él. Cristo no quiere vivir encerrado en el sagrario. Quiere llamar a las puertas de cada casa y de cada corazón. Con razón, este día, suele llevarse en procesión a nuestro Señor por las calles. 

   Tendremos, entonces, que llevar a Jesús sacramentado en el corazón y así nos acompañe en nuestras procesiones diarias. Él acude en auxilio de quienes lo necesitan, pero sabemos también que para ello cuenta con nosotros. Nos pide que lo compartamos con los demás. Cuando se comparte un paraguas, se evita que alguien se moje; así, el dolor compartido es medio dolor; la alegría compartida es doble alegría y el pan compartido es el que sabe mejor, porque sabe a Dios.

   En cada Eucaristía recibimos este pan celestial. Pan lleno de fuerza divina que sostiene nuestras fuerzas diarias. Pan tan digestivo que nos hace sentir ligeros y libres en el camino a la eternidad. Pan tan necesario y tan básico que no falta en la mesa de pobres y ricos, sencillos u orgullosos. Es el pan que se fracciona y reparte para alimentar a quien lo desee. 

   Pan que se desmigaja para curar todo lo que hay roto en nosotros. Es el Pan de Dios en el que se saborean los esfuerzos, la dedicación y la entrega de tantas manos anónimas. Es el Pan que huele a semilla germinada por rayos de sol, lluvia y viento; espiga observada con amor por los labradores que confían en un tiempo lleno de bendiciones. 

Comamos todos de este pan, el pan que Dios coloca en la boca de sus hijos. 

¡Oh milagro admirable!

   Tenemos que ser pan para los demás. No podemos pedir al "Padre nuestro que nos dé el pan de cada día" sin pensar en aquellos que no lo tienen y pasan hambre. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. Tampoco podremos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a los más necesitados. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Solemnidad de La Santísima Trinidad, 16 de Junio 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 14 jun. 2019 15:46 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 jun. 2019 16:15 ]

Chía, 16 de Junio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Oh Trinidad Divina, Yo Te Amo, Yo Te Adoro”

   Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad, y es en nombre de ella: Padre (Creador), Hijo (Redentor), y Espíritu Santo (Santificador), que comenzamos la Eucaristía, los sacramentos, las oraciones y actos de la Iglesia. Al persignarnos hacemos una señal de la cruz en la frente, refiriéndose al Padre que está en todo; en la boca, indicando al Hijo, Palabra eterna del Padre, y en el pecho sobre el corazón, que simboliza al Espíritu Santo, Amor del Padre y el Hijo. Cada vez que nos persignamos, reconocemos y confesamos la sublimidad de dicho misterio.

 

Este misterio, aun siendo el más sublime de todos los misterios, se hace más cercano y digerible cuando lo contemplamos en la lógica del amor. Más que especulación, exige ser amado y vivido en la interioridad. Entonces, ¿por qué empeñarse en “saber o entender” cuándo es tan fácil amar? Dios no pretende que su infinito mar sin playas, pueda caber en nuestro mínimo pensar. Él sólo pide amor, y amándole mejor, mejor lo comprenderemos. 


   Si bien, la Trinidad, es el “misterio central de la fe y la vida cristiana” más difícil de explicar, no obstante, se deja atrapar en la vida cotidiana. De niños comenzamos a crecer y a relacionarnos con la Santísima Trinidad cuando nuestros padres nos llevaron a la Iglesia y, de rodillas, nos enseñaron a persignarnos: 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 

   A partir de ahí, desde que nos levantamos, nos santiguamos, nos bendecimos, nos arrodillamos y nos perdonados “en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Tenemos la certeza que la santísima Trinidad nos está signando desde que salimos de casa, cuando pasamos frente a una iglesia, o cuando regresamos a casa, y hasta cuando nos vamos a dormir. 

La Trinidad tampoco es un problema numérico, como si se tratase de que tres sean uno. Se trata de vivir la fe profundamente y experimentar personalmente el amor del Padre. Es el rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo, no desde lo alto de un trono, sino caminando con la humanidad. Dios no es abstracto, es concreto y tiene un nombre: "Dios Amor". No como un amor de sentimiento o emoción, sino como el amor que es fuente de toda la vida: el amor del Hijo que muere en la cruz y resucita, el amor del Espíritu, que renueva al hombre y al mundo. 

   Por eso rendimos gracias al Dios Amor que nos llama a entrar en el abrazo de su comunión: la vida eterna. La Santísima Trinidad, es, entonces, la fiesta de Dios, pero también en nuestra fiesta porque el mismo Dios hace fiesta en el recinto de nuestro corazón. Somos su familia desde que estamos habitados por Él.

   Dios es amor, y lo más maravilloso y divino que Dios nos obsequiado es el amor. De ahí que podemos encontrar a Dios en lo más profundo de nuestro ser, en lo más recóndito de nuestro espíritu, como el “dulce huésped del alma”. Dios allí habita. San Pablo, por su parte, nos recuerda que “somos morada de la Santísima Trinidad, templos vivos de Dios y del Espíritu Santo”. Si hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad como el “Dios amor” también tendríamos que celebrar “al hombre que es amado y que ama”. Al hombre que busca las entrañas de Dios. Si somos dóciles al Espíritu, Él nos irá acomodando en las entrañas del Padre y del Hijo. 

   En este sentido, quien se abraza dócilmente al misterio de la Trinidad, se vuelve solidario con los demás. A manera de analogía, relacionemos a Dios, con lo que sucede en película en tercera dimensión, en la que intervienen el Padre [la altura de sus planes], el Hijo [la anchura de la Palabra que se extiende por el mundo entero, sus brazos extendidos en la Cruz que ensanchan nuestro corazón] y el Espíritu Santo [la profundidad que nos lleva al Corazón de Dios]. En la dirección de la cinta encontramos al Padre, en los efectos especiales al Espíritu y el papel protagonista recae en Jesús, estrella de la evangelización.

   Tenemos que volvernos “creadores” aprendiendo, del Padre del cielo, a sumar a la creación y cuidar de ella porque es la casa común de todos y para todos. Podemos ser “salvadores” salvando vidas cuando perdonamos a alguien de corazón, cuando damos de comer a un hambriento o vestimos al desnudo. Cuando, olvidándonos de nosotros, damos todo lo que somos, con tal de que otros vivan. Podemos ser “maestros” que transmitimos lo bueno que hemos aprendido de parte de Dios. Podemos preguntarnos: ¿Qué tanto me parezco al Dios Uno y Trino? ¿Cuánto tengo de creador, salvador y maestro? ¿Soy capaz de escuchar la Verdad de Dios dicha por el Espíritu?


  A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que el Padre, - “Dios por nosotros”- los proteja; que el Hijo, - “Dios con nosotros”- los bendiga; que el Espíritu Santo, - “Dios en nosotros”- los acompañe siempre, y la Virgen María los cubra con su manto. Feliz semana para todos. “Santísima Trinidad, acompáñanos en los viajes de esta vida y en el viaje a la eternidad”. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Domingo de Pentecostés, 9 de Junio 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 7 jun. 2019 5:46 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 7 jun. 2019 6:07 ]

Chía, 9 de Junio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Ven, Espíritu Divino, Manda tu Luz Desde el Cielo

   Hoy, cincuenta días después de la pascua, celebramos Pentecostés, el fruto maduro de la Pascua. El día que Jesús envió el Espíritu Santo sobre los discípulos. Día en que el Espíritu Santo, como arquitecto del Padre, coloca la primera piedra de la Iglesia; extiende su fuego sobre los apóstoles para que actúen y salgan de su encierro, los reviste de color rojo, símbolo de la pasión, e igualmente, coloca en los corazones de sus discípulos la lengua común, el lenguaje del Amor.

   En Pentecostés, el Espíritu Santo, - como arquitecto del Padre-, edifica, no una torre de Babel de confusión, sino una Iglesia, comunidad en la que todos tienen el mismo fuego del Espíritu y todos hablan el mismo lenguaje del amor en la construcción de la casa de Dios. La comunidad es obra del Espíritu porque perdura en ella el don de Dios, habla el lenguaje del amor y vive su misma vida unida entorno al mismo Señor. Entonces, la comunidad es el lugar preferido donde habite el Espíritu divino.

    El Espíritu Santo es el protagonista discreto, silencioso y eficaz de toda la historia de la salvación. Por el Espíritu, los discípulos reciben la fuerza para salir e inundarlo todo con su luz y su fuerza, para ser uno en la multiplicidad de las lenguas y en la diversidad de sus dones, frutos y carismas, pues de Él proceden todos los bienes materiales y espirituales que recibimos. El Espíritu Santo como

dulce huésped del alma y maestro interior, maestro del corazón 

lo llena todo, lo penetra todo, lo invade todo. 

   San Cirilo de Jerusalén, - a propósito de Pentecostés-, hace una hermosa comparación con el agua. Ella es condición necesaria para que haya vida. La lluvia siendo siempre la misma, produce efectos muy diferentes dependiendo de quién la recibe. En una vid se convierte en uva y luego en vino; en un árbol frutal se convertirá en naranjo, en limón, en lima y dará un fruto exquisito. El agua siendo la misma produce diversidad de frutos. Así es Dios, siendo el mismo produce diversos frutos según la persona que lo recibe, pero siempre es Dios la fuente de donde nace todo bien. 

   Como el agua hace germinar al árbol seco, así también el Espíritu Santo devuelve la vida de Gracia a través del perdón de los pecados. Como el agua nutre al árbol sano para que a su tiempo produzca la cosecha, así el Espíritu Santo alimenta con la Eucaristía para ayudarnos a perseverar en la confianza, en el bien y en la fe. 

   A su vez, San Hipólito afirma: "Cuando se rompe un frasco de perfume, su fragancia se difunde por todas partes. Al romperse el cuerpo de Cristo en la Cruz, su divino Espíritu se derramó en los corazones de todos".

  Sin la presencia del Espíritu que entra en la habitación de nuestro corazón seguiremos dormidos, y la iglesia quizá encerrada. No olvidemos que Pentecostés ha puesto alas a nuestro espíritu para lanzarnos por los caminos del mundo; alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo de hermanos e hijos de Dios. Sólo la presencia y poder del Espíritu Santo puede vivificar, dinamizar, liberar y divinizar nuestra vida, si somos dóciles a Él.

   Si queremos sentir la presencia del Espíritu Santo, habrá que deshacernos de tantos caprichos y egoísmos, y acomodarnos a la voluntad de Dios. Ser como la arcilla en manos del alfarero, para que Dios pueda moldearnos y llevarnos por el sendero de su Espíritu. El Espíritu Santo solo obrará en nosotros con nuestro consentimiento. Si llegamos a consentir, aunque sea mínimamente a las inspiraciones de Dios, quedaremos bajo su poder y su guía.

    De otra parte, San Agustín nos recuerda que el Espíritu Santo no solamente nos hace capaces de amar a Dios, sino que nos da el poder de amar a nuestro prójimo tal como es. Y dado que somos creaturas limitadas y pecadoras, necesitamos la fuerza de sus siete dones para tener una relación con Dios, para recibir el amor y extenderlo como el más delicioso de los perfumes. 

   En este Pentecostés, el Espíritu de Dios, vuelve a dinamizar nuestras vidas, - quizá estancadas por el pecado-, con una corriente de agua viva. 

   Dejemos que el fuego de Pentecostés queme los individualismos, los miedos y los temores que nos acosan, y que ensanche nuestros corazones para acoger a los demás y no encerrarnos en nuestras fronteras.  Que el fuego del amor divino encienda en nuestros corazones su divino Amor, para sentirnos hoguera de una misma Luz, miembros de una misma comunidad y protagonistas del único proyecto eterno de Dios, porque Pentecostés es el fruto eterno e incontenible de la Pascua. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, y con la fuerza de Pentecostés, el Reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 7° Domingo de Pascua, Solemnidad de la Ascensión, 2 de Junio 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 28 may. 2019 15:34 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 28 may. 2019 16:13 ]

Chía, 2 de Junio de 2019
 

Saludo y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

…Y Levantando las Manos, los Bendijo

   “Tres jueves hay en el año, que brillan más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el Jueves de la Ascensión”

   La Ascensión es como a la inversa de la Navidad. La Navidad celebra a Dios haciéndose hombre, y la Ascensión celebra al Dios encarnado volviendo a su condición divina. En la Navidad es Dios que “se rebaja”. En la Ascensión es Dios que “triunfa”. 

   El relato describe que los discípulos “se volvieron a Jerusalén con gran alegría”. Su historia junto a Jesús, adquiere vida y el futuro se les convierte en esperanza. Es el turno de los discípulos y de la iglesia. Ascensión significa relevo, llamada a la acción. Ahora sus amados y elegidos entran en escena como testigos de la pascua. 

   Es el final del camino de Jesús, el final de su encarnación, el regreso a su condición divina, pero es a la vez, la encarnación que se hace camino y presencia en esa Iglesia que comenzó en la pobreza de Belén y que el mismo Señor la sostendrá en la pobreza de hombres débiles llenos de Dios. Aquella alegría que inundó a los pastores de Belén, es la alegría de los humildes discípulos dispuestos a llevar a cabo la obra de Dios.

   El centro de la vida y misión de los discípulos es el anuncio del misterio pascual: “Y vosotros sois testigos de esto”. Los discípulos tendrán que centrar su existencia en Jesucristo. Si en la Ascensión él desaparece de su vista, es para hacerse presente en el corazón de quienes permanecen en su amor: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”

   La despedida fue difícil para Jesús. Les dice: “Me voy, pero volveré”. ¡Cuánto hay de humano y cuánto hay de divino en esta despedida! ¡Cuánto hay de humano en el corazón de Jesús! No puede abandonar sus discípulos sin decirles nada. Los amaba demasiado y sabía que su ausencia les desconcertaría. Jesús es muy sensible a los sentimientos humanos. 

   Sabe situarse en el corazón de los suyos. Y mientras los discípulos están llenos de tristeza, Jesús está empeñado en consolar sus corazones. Está empeñado en acariciar sus penas. Las despedidas son ausencias, algo así como nubes que pasan por el cielo de nuestro espíritu. Son ausencias que tampoco nosotros logramos comprender, donde sobran las palabras. Y sin embargo, son ausencias cortas, porque las nubes pasan y el sol vuelve a brillar en el corazón de aquellos tristes y afligidos.

   Jesús se va y vuelve al Padre, pero con la certeza que seremos “testigos del amor del Padre”. Termina la etapa de Jesús y comienza la etapa del Espíritu Santo, la etapa de la Iglesia pregonera de salvación tanto de palabra como de obra, “siendo testigos”. Tarea, que como no es nada fácil, por eso enviará la “fuerza lo alto”: “Os enviaré lo que mi Padre ha prometido, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”. Entonces el Espíritu Santo será quien dé la fuerza a los testigos y extienda la resurrección. 

   Lejos de desentenderse de nosotros, el Señor confía y espera. Confía en nuestro dinamismo y testimonio. Los brazos cruzados no le sirven al evangelio: “Qué hacéis ahí parados?”. Entonces habrá que sembrar en la tierra para que el mensaje de Jesús no sea una simple idea. No podemos quedarnos mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en la tierra. Es ahora cuando la fe tiene que empezar su tarea para descubrir las ocultas presencias de Cristo.

    Tampoco es mirando al cielo como ascendemos, sino implicándonos en el amor que humaniza y glorifica. Si miramos al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Cristo, en su Ascensión, ya ha alcanzado lo que nosotros esperamos: el gozo de estar con Dios, aunque tengamos que remar en contra corriente, pero con la certeza que él “estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Si en la encarnación, el Señor no fue abandonado por el Padre, en la Ascensión el Señor tampoco abandonará a sus amados testigos. No se va ni se desentiende de nosotros, sino que confía y espera en nuestro dinamismo y en nuestra inquietud misionera.

   Un refrán sentencia: “Allá donde está tu tesoro, está tu corazón”. Si la Ascensión nos ha invitado a centrar nuestra vida en Dios, a elevar el corazón, a levantar la vista y el alma al cielo, es en la tierra y en el corazón de cada uno donde resplandece su presencia; entonces es el momento de nuestro compromiso mientras peregrinamos al encuentro definitivo con Dios. Además de mirar al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Es el momento del compromiso.

   Hay que continuar su tarea, y como iglesia ponernos trabajar por un bien mayor. “Os conviene que yo me vaya”. El que tiene fe despierta, recibirá su divino Espíritu y no tardará en encontrar al Señor en la comunidad, en la eucaristía, en la palabra, en el pobre, en el niño, en el que sufre, y en el corazón de todo creyente y del que ama. El Señor necesita de todos nosotros. No ha llegado aún el momento del descanso; no podemos quedarnos mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en este mundo. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 6° Domingo de Pascua, 26 de Mayo 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 24 may. 2019 16:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 24 may. 2019 17:13 ]

Chía, 26 de Mayo de 2019
 

   Saludo y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Eslabones en el Único y Divino Legado del Amor

   Nos encontramos en el VI Domingo de Pascua, previo a la Ascensión del Señor, y la liturgia de hoy nos invita a no acobardarnos, ni a tener miedo. El Señor no nos deja solos, sino que nos promete enviarnos el Paráclito, el defensor, el maestro y consolador que será el que anime, una y santifique a su Iglesia.


   El Evangelio de hoy nos traslada a la última cena, donde Jesús, en intimidad con sus discípulos y compañeros de "viaje", les dará sus últimas indicaciones. El final se acerca y quiere asegurarse de que su fe no merme ante los acontecimientos que van a suceder. Será el último discurso de Jesús, el discurso de despedida, en el que, con su corazón los abraza con el lazo de su amor, y les abre su corazón para dejarles su legado: el Amor, la Confianza y la Paz. 

   Gracias a estos dones seguirán ligados a él y haciendo vigente, como eslabones de una misma cadena, el legado infinito de su amor. 

"El que me ama guardara mi palabra, y mi Padre lo amara, y vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14,23); 

además les hereda la relación filial con su Padre Dios y el envío de su Espíritu, como fuente inagotable y garantía de vida eterna. Si la encarnación del Hijo fue un acto de amor del Padre al mundo, la in-habitación o morada en él, que se iniciará después de la resurrección, será un acto especial de amor hacia nosotros.

   Hay una relación íntima entre amor y palabra: “El que me ama guardará mi palabra”. Si queremos saber si Dios nos ama, basta con saber que guardamos su palabra. Si queremos saber si amamos a Dios y si Dios nos ama, basta saber si vivimos de su palabra. La palabra de Dios es el criterio de nuestra verdad, porque ella es la expresión de Dios mismo y de todo su plan sobre nosotros. Amar a Dios, es cumplir su palabra haciéndola verdad y norma de nuestras vidas. 

   La despedida de sus discípulos generará una unión aún más íntima con Él. Si bien los discípulos estaban destrozados por la muerte de Jesús, el ardor de su fe por la resurrección, les levantará el ánimo. Ahora, Jesús les explica que otra vez tiene que desaparecer de su vista, para hacerse presente de manera universal. Será preferible que los ojos de sus discípulos no lo ven más, a cambio de morar en cada corazón que acoja y permanezca en su amor y unido a su Espíritu. 

   El verdadero hogar de Dios será el corazón de cada uno y será en el nido de su amor en donde él habitará. Los corazones serán como templos vivos en donde arde el amor del Señor. El corazón será el domicilio que Dios dará como referencia permanente para que lo encontremos. Lo triste es que nuestro corazón es, quizá, el lugar donde menos lo buscamos.

   Lo verdaderamente necesario y definitivo, está en permanecer en el amor, pero al estilo y medida del amor del Señor. Mientras el mundo nos propone dichas pasajeras y falsos amores cargados de palabras vanas, alegrías externas y efímeras, el evangelio nos ofrece el más alto rostro del amor: 


“El que me ama y escucha mi palabra, ese habitará en mí y yo en él. Al que me ama, le dejaré mi paz y recibirá el don del Espíritu que le enseñará todo lo necesario”. 

   Nuestra relación con Dios comienza por escuchar su Palabra, por tomarla y vivirla en serio, porque no es una palabra cualquiera, ni una simple comunicación de ideas. Es el centro de nuestra fe, de la Iglesia y la que crea una comunión entre Dios y nosotros, hasta el punto de hacer morada en Él. 

   Como creyentes no somos huérfanos, porque en Jesús, Dios se nos ha acercado, y gracias a Él, somos santuario y morada de Dios: “vendremos a él y haremos morada en él”. “Hacer morada en él” es una bella manera de decir que mientras el distintivo de todos los cristianos sea el amor, el corazón del Señor será el lugar donde descanse el alma fatigada y el “domicilio permanente” de todos los cansados y agobiados. Así lo expresa la hermosa sentencia de San Agustín: “nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti, Señor”. 

   Como “templos” vivos de Dios, ¿Qué importancia le estamos dando a la palabra de Dios? Como María Santísima, ¿hacemos silencio en el corazón para anidarla en él y hacerla resonar entre quienes no la conocen? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 5° Domingo de Pascua, 19 de Mayo 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 17 may. 2019 16:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 may. 2019 17:02 ]

Chía, 19 de Mayo de 2019
 

   Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

Les Doy un Mandamiento Nuevo: Ámense Unos a Otros

   En este Quinto Domingo de Pascua, el Señor vuelve a dejarse encontrar y hacerse presente en la Palabra que proclamamos, en la Eucaristía que celebramos y en la iglesia que todos formamos como comunidad que ama, que es amada, y se convoca en torno a Él.  

   Pero de manera suprema, Jesús nos da, en el mandamiento del amor, la clave de su presencia y el distintivo de los cristianos. Es el regalo divino del que mejor podemos echar mano para reconocerle y darlo a conocer. Al saber que pronto dejará de ver a sus discípulos, Jesús les da como legado, el “mandamiento nuevo”, tesoro de sus entrañas, y con el cual podrán seguir unidos a él para siempre, y sello que los identificará como discípulos suyos. No les dijo que llevasen como signo grandes cosas. Les dijo algo muy sencillo: “Amarse los unos a los otros, como él los amó”. Nadie los identificará como discípulos de Jesús por tener mucho poder o mucha riqueza, sino por la fuerza y el brillo de su amor a los demás. 


   El Amor de Dios en Jesús, es el alimento vital, individual y comunitario. Es en esa “común-unidad o común-unión”, de donde brotará su presencia y su luz, su fuerza y su amor. Una comunidad amada por Jesús ha de permitir que circule el amor entre sus miembros como la mejor característica en la vida del creyente. 

La novedad de ese amor consiste en amar a la medida de Jesús:

"como yo os he amado",

es decir, sin medida, sin condiciones y sin límites. La medida del amor de Jesús en nosotros se constituye en la impronta de su ser en nosotros: "El amor será la señal por la que conocerán que sois discípulos míos". 

    San Agustín escribió que, de la misma manera que una ciudad precisa de leyes para que sus habitantes puedan vivir juntos, el ser humano precisa de una única ley, la ley del amor para convivir en paz con el mundo, con Dios y con los demás. El amor es la sabia que alimenta las entrañas de la humanidad. Era comprensible, entonces que, a los primeros cristianos, los paganos los definían diciendo: 

"Mirad cómo se aman"

   Su testimonio de amor cotidiano era como un libro abierto y su mejor predicación para todos los que los veían. Eran, algo así como el fermento y la presencia del Dios amor en el mundo. 

   Dios es como un agricultor que reparte sus dones a todos y quiere que todos crezcan y den frutos que perduren. 

   Hay muchos frutos que podemos dar, a través de los cuales conocerán que somos hijos de Dios y discípulos del Señor Jesús. El tiempo de pascua es el tiempo de la fraternidad, de la perseverancia y del paso del Señor con el aroma de su resurrección. Es el tiempo del amor. Lo que ha de distinguir y caracterizar a los discípulos, ha de ser la forma de amarse los unos a los otros. Más que la cruz que llevamos al pecho, es la capacidad de saber llevar, los unos, las flaquezas de los otros, como Cristo llevó las nuestras, y ello solo es posible con la fuerza del Amor. 

   Más importante que cualquier idioma, es el idioma del amor, pero no de cualquier amor porque en el amor existen los amores que matan y llevan a la perdición, contrario al amor que salva. Hay amores de desenfrenos, contrarios al amor de la cruz. Hay amores de aventuras, opuestos al amor que perdura para siempre, como también existen amores posesivos, opuestos al amor de Jesús que siempre es oblativo y dadivoso. 

   Mientras el mundo nos ofrece un sello de distinción y calidad marcado por la riqueza, la elocuencia, el poder y la fuerza, los discípulos de Jesús se reconocían por el amor a la cruz, por aquel amor que se da, el que perdura para siempre porque viene de Dios. Así como para caminar por las calles de una ciudad se necesitan señales de tránsito, para caminar por los caminos de la vida como testigos de Dios se necesita la señal del Amor.

 
   Ser cristiano, entonces, consiste en vivir en contacto con Él, y con el encanto y la novedad de la buena noticia, del entusiasmo y de la fuerza del amor pascual. Jesús llama tan amorosamente a sus discípulos, como "hijos míos", con tanta cercanía como lo hace un padre o una madre con sus hijos. Que nuestra vida sea sombra de la alegría y del amor que el Señor nos tiene. Que nos parezcamos a Él, que dibujemos con nuestro ejemplo su manera de transmitir el perdón, la paz. En definitiva, la alegría del corazón.  

   El Amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos y pacientísimo entre los falsos. No será hablando mucho de Él que lo daremos a conocer, sino amando a los demás, “como Él nos ha amado”: Amar como él, con su estilo, con sus ganas, con su entrega y su alegría.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

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