Saludo Semanal 




Saludo 5° Domingo de Pascua, 19 de Mayo 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 17 may. 2019 16:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 may. 2019 17:02 ]

Chía, 19 de Mayo de 2019
 

   Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

Les Doy un Mandamiento Nuevo: Ámense Unos a Otros

   En este Quinto Domingo de Pascua, el Señor vuelve a dejarse encontrar y hacerse presente en la Palabra que proclamamos, en la Eucaristía que celebramos y en la iglesia que todos formamos como comunidad que ama, que es amada, y se convoca en torno a Él.  

   Pero de manera suprema, Jesús nos da, en el mandamiento del amor, la clave de su presencia y el distintivo de los cristianos. Es el regalo divino del que mejor podemos echar mano para reconocerle y darlo a conocer. Al saber que pronto dejará de ver a sus discípulos, Jesús les da como legado, el “mandamiento nuevo”, tesoro de sus entrañas, y con el cual podrán seguir unidos a él para siempre, y sello que los identificará como discípulos suyos. No les dijo que llevasen como signo grandes cosas. Les dijo algo muy sencillo: “Amarse los unos a los otros, como él los amó”. Nadie los identificará como discípulos de Jesús por tener mucho poder o mucha riqueza, sino por la fuerza y el brillo de su amor a los demás. 


   El Amor de Dios en Jesús, es el alimento vital, individual y comunitario. Es en esa “común-unidad o común-unión”, de donde brotará su presencia y su luz, su fuerza y su amor. Una comunidad amada por Jesús ha de permitir que circule el amor entre sus miembros como la mejor característica en la vida del creyente. 

La novedad de ese amor consiste en amar a la medida de Jesús:

"como yo os he amado",

es decir, sin medida, sin condiciones y sin límites. La medida del amor de Jesús en nosotros se constituye en la impronta de su ser en nosotros: "El amor será la señal por la que conocerán que sois discípulos míos". 

    San Agustín escribió que, de la misma manera que una ciudad precisa de leyes para que sus habitantes puedan vivir juntos, el ser humano precisa de una única ley, la ley del amor para convivir en paz con el mundo, con Dios y con los demás. El amor es la sabia que alimenta las entrañas de la humanidad. Era comprensible, entonces que, a los primeros cristianos, los paganos los definían diciendo: 

"Mirad cómo se aman"

   Su testimonio de amor cotidiano era como un libro abierto y su mejor predicación para todos los que los veían. Eran, algo así como el fermento y la presencia del Dios amor en el mundo. 

   Dios es como un agricultor que reparte sus dones a todos y quiere que todos crezcan y den frutos que perduren. 

   Hay muchos frutos que podemos dar, a través de los cuales conocerán que somos hijos de Dios y discípulos del Señor Jesús. El tiempo de pascua es el tiempo de la fraternidad, de la perseverancia y del paso del Señor con el aroma de su resurrección. Es el tiempo del amor. Lo que ha de distinguir y caracterizar a los discípulos, ha de ser la forma de amarse los unos a los otros. Más que la cruz que llevamos al pecho, es la capacidad de saber llevar, los unos, las flaquezas de los otros, como Cristo llevó las nuestras, y ello solo es posible con la fuerza del Amor. 

   Más importante que cualquier idioma, es el idioma del amor, pero no de cualquier amor porque en el amor existen los amores que matan y llevan a la perdición, contrario al amor que salva. Hay amores de desenfrenos, contrarios al amor de la cruz. Hay amores de aventuras, opuestos al amor que perdura para siempre, como también existen amores posesivos, opuestos al amor de Jesús que siempre es oblativo y dadivoso. 

   Mientras el mundo nos ofrece un sello de distinción y calidad marcado por la riqueza, la elocuencia, el poder y la fuerza, los discípulos de Jesús se reconocían por el amor a la cruz, por aquel amor que se da, el que perdura para siempre porque viene de Dios. Así como para caminar por las calles de una ciudad se necesitan señales de tránsito, para caminar por los caminos de la vida como testigos de Dios se necesita la señal del Amor.

 
   Ser cristiano, entonces, consiste en vivir en contacto con Él, y con el encanto y la novedad de la buena noticia, del entusiasmo y de la fuerza del amor pascual. Jesús llama tan amorosamente a sus discípulos, como "hijos míos", con tanta cercanía como lo hace un padre o una madre con sus hijos. Que nuestra vida sea sombra de la alegría y del amor que el Señor nos tiene. Que nos parezcamos a Él, que dibujemos con nuestro ejemplo su manera de transmitir el perdón, la paz. En definitiva, la alegría del corazón.  

   El Amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos y pacientísimo entre los falsos. No será hablando mucho de Él que lo daremos a conocer, sino amando a los demás, “como Él nos ha amado”: Amar como él, con su estilo, con sus ganas, con su entrega y su alegría.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 4° Domingo de Pascua, El Buen Pastor, 12 de Mayo 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 9 may. 2019 18:04 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 may. 2019 13:30 ]

Chía, 12 de Mayo de 2019
 

   Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

“El Señor es mi Pastor, nada me falta…”


   En este Cuarto Domingo de Pascua celebramos a Jesucristo el Buen Pastor. Domingo de todos aquellos a quienes él ha llamado y les ha confiado el ministerio del pastoreo en la Iglesia, a través de los cuales sigue realizando su tarea pastoral. La tarea de todos los pastores del pueblo de Dios, es nada más y nada menos la que Jesús ha confiado, colocándolas en las manos de sus ministros servidores. 

   Tres frases resumen el significado del Buen Pastor: “Escuchar la voz del Pastor”. “El pastor que conoce a sus ovejas”, y “Las ovejas que le siguen”. Para que las “ovejas escuchan la voz del Pastor”, es necesario que el Pastor esté “cerca de ellas”, sólo así podrá conocerlas. 

   Desafortunadamente cada vez conocemos menos a nuestras ovejas. Los pastores son cada día menos y las ovejas son cada día más. 

   En la Sagrada Escritura, Pastor es la vocación más veces nombrada, de hecho, el primer pastor fue Abel y pastores fueron Saúl y David antes de ser reyes de Israel. 

   En el Nuevo testamento Jesús se atribuye el título de Pastor y lo fundamenta en la verdad de su vida, manifestada en su espíritu de amor y de servicio hasta la muerte, de ahí que lance una denuncia en contra de los falsos pastores que no conocen a sus ovejas. 

   Como Buen Pastor, Jesús a todos nos conoce por nuestro nombre. Y nosotros somos las ovejas del Señor, somos su pueblo y sus hijos. La liturgia nos invita a escuchar la voz del Señor Jesús, y reconocer en ella la voz del Padre para que la podamos distinguir de tantas voces que no son de Dios. 

   Jesús, el Buen Pastor, se regocija con las ovejas que están cercanas a Él, pero también va en busca de las extraviadas. No teme ni montes, ni bosques, ni barrancos hasta llegar a la oveja perdida, hasta recuperarla, y lejos de enojarse, por su compasión, la toma sobre sus hombros y de su propio cansancio, venda sus heridas. Su misericordia es infinita y su amor quiere alcanzar a todas las ovejas, aunque sean de otro redil: “tengo otras ovejas que son de otro redil que necesitan ayuda”. Todos aquellos que se han apartado de su amor y han perdido el calor de su corazón, son buscados por él. 

   Si Jesús se define como Palabra, nosotros tendríamos que definirnos como “oídos”, como “escucha”, porque la fe nace precisamente de escuchar a alguien. Alguien que nos habla de sí y nos llama. 

   El seguimiento no es sino la respuesta a la Palabra escuchada, lo cual significa que una de las características fundamentales de toda comunidad creyente es la proclamación y la escucha de la Palabra. En este mundo hay tantas invitaciones y tantas distracciones que a veces nos llevan por falsos caminos, donde no hay agua, ni pastos que sacien nuestras ansiedades. Necesitamos recordar de nuevo que lo esencial para ser discípulos de Jesús, es escuchar su voz, ser dóciles a él, y seguir sus pasos. 

   ¿Cómo escuchar a Dios en una sociedad llena de ruidos?  Con frecuencia, se hacen análisis de los ruidos de la ciudad, y casi siempre superamos los decibeles permitidos. La voz de Dios tiene pocos decibeles, pero suficientes para ser escuchada por quienes tienen todavía oídos atentos. Cuando queremos escuchar música, tratamos de que haya silencio en la sala. Solo en el silencio se puede escuchar bien la música. Cuando queremos escuchar la Palabra de Dios, también es preciso hacer silencio en el corazón y la mente porque sólo en ese silencio interior podremos disfrutar de la música de la Palabra de Dios.

 

   Decir: “mis ovejas escuchan mi voz”, significa que estamos atentos a lo que Él nos dice. Y que disponemos de tiempos adecuados para esta escucha. 


   A veces estamos más atentos al celular que llevamos en el bolsillo, porque, quizá la Palabra de Dios, no la llevamos en el corazón. Habitualmente uno escucha decir: “Padre, he llegado cuando ya habían leído el Evangelio, ¿me vale la Misa?” 


   El problema no es si me vale o no la Misa; el problema es que no he “escuchado” la Palabra de Dios. Por consiguiente, ¿dónde puede estar la respuesta del “seguimiento”? 

   Ojalá que la Liturgia de este Domingo, nos ayude a reconocer la voz del Señor, especialmente en aquellos que están lejos de Él y que en el fondo de su alma necesitan la mano tendida y segura del Buen Pastor. Que nuestra vida prolongue las entrañas del Señor, para que algún día seamos un solo rebaño bajo el cayado de un solo Pastor. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 3° Domingo de Pascua, Domingo de La Misericordia, 5 de Mayo 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 4 may. 2019 7:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 may. 2019 8:29 ]

Chía, 5 de Mayo de 2019
 

   Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

“Señor, Tú lo Sabes Todo. Tú Sabes que Te Quiero”

   En este tercer Domingo de Pascua Jesús sigue apareciéndose a sus discípulos mientras están en sus labores de pesca durante toda la noche. Sin haber logrado nada, luego del encuentro con el Señor resucitado, lo tendrán todo, y en abundancia.

   San Juan nos cuenta este relato lleno de emoción en donde Jesús se les vuelve a aparecer, a pesar de su incredulidad y del asombro con todo lo sucedido. A pesar de haberlo visto vivo, deciden volver a lo de antes. Como si todo lo que Jesús les enseño, no sirviera de nada. A pesar de todo, Jesús sigue haciendo normal su relación con sus amigos y más ahora que ha resucitado. 

   Él no solamente vivió con ellos, sino que quiere estar con ellos. Esa presencia activa de Jesús les ayuda a confiar, a creer, a echar las redes en el sitio que él les indica. Les anima a no darse por vencidos a pesar de no haber tenido una fe suficientemente fuerte para terminar de creer y de amar como él les había enseñado.

   En la vida, no siempre las cosas nos salen como las queremos. Con frecuencia todo parece vacío y sin futuro. Toda una noche de trabajo y, total para nada. Para tener que recoger las redes y marcharse a casa vacíos. Son esos momentos de frustración en que todo parece: que el trabajo es inútil, que la vida es inútil y que no vale la pena luchar.

   Afortunadamente toda noche tiene su amanecer, y cada amanecer es una nueva esperanza que nos puede dar la gran sorpresa de la vida. Mientras ellos recogen las redes cansados y desilusionados, dispuestos a irse a casa, en la orilla hay alguien que los llama, que los espera, encendidas las brasas, dándolos esperanza: “Echad las redes a la derecha y encontraréis”. Dios nos deja luchar, como si estuviésemos solos, y sin embargo nunca estamos solos, ni siquiera en esos momentos de frustración. Él siempre está en la otra orilla esperándonos con una palabra de esperanza. 

   Aunque existan razones para el pesimismo por tantas preocupaciones, con la presencia del Señor, se puede seguir adelante. La barca de nuestra vida, aunque aparentemente esté vacía, se sostiene porque él va al timón. Esta es nuestra convicción, pero, ¿hasta dónde va nuestro amor por Él? Surgen, entonces, en la óptica de la resurrección, las tres preguntas: “¿me amas?” 

   La cruz había dejado muy impactados a los discípulos y se habían escondido por miedo a las persecuciones de los romanos. Estaban encerrados y les aterrorizaba esa clase de muerte. De ahí que la pregunta de Jesús a Pedro no es por un amor cualquiera, sino por un amor capaz de dar testimonio, incluso con la vida. 

   El Señor, olvidando el dolor de la traición de Pedro, sólo le pregunta sobre su amor y Pedro responde tres veces: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”, como aquellas tres veces de la traición. Jesús, por su amor y por el don de sí mismo, quiere rehacerlo todo en nosotros. El amor puede más que el pecado y será en ese amor dado, trillado y molido que seremos juzgados. Lejos de abandonar el timón, cuando el horizonte esté oscuro, acudamos al Señor y aferrémonos a su mano siempre tendida que nos brinda en los momentos más amargos de tristeza y de dolor. 

   ¿Lo amamos sobre todo? ¿Se nota nuestro amor por Él, en el combate del día a día? Quizá nos falta una confianza absoluta en él, olvidando que no podemos hacerlo todo solo con nuestras fuerzas. El Señor, al fin y al cabo, es quien nos otorga la capacidad para hacer frente a las adversidades. Como los apóstoles, nosotros en algunos momentos estamos a punto de renunciar a todo. La pesca había sido infructuosa, decepcionante. Se sentían abandonados y desconcertados. 

   Sólo, cuando apareció el Señor, el panorama cambió y todo se llenó del Señor, como la barca se llenó de pescado. Con la resurrección todo cambia: la frialdad y la indiferencia, en ardor y fervor; el temor de los discípulos se cambia en una valentía que les llevó a dar la vida antes que dejar de predicar a Jesús resucitado. Si reconocemos en todas las circunstancias de nuestra vida, que Jesús "es el Señor", él estará ayudarnos. El milagro siempre será obra de Jesús, pero implicándonos colaborando con Él. 
   

   Como aquella tarde en el cenáculo y aquel día a la orilla del mar, cada domingo alimenta nuestra alma con la comida eucarística que compartimos, y cada día también nos da el alimento que nutre nuestro cuerpo. 

   Que en esta semana trabajemos para que prevalezca el amor de Dios en nosotros, y en cada circunstancia podamos comprender que Jesús es nuestro Señor, el alimento de eternidad y quien llena nuestra vida de pleno sentido. 


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que el Señor resucitado tenga misericordia de todos nosotros, y que su Madre Santísima nos proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


Saludo 2° Domingo de Pascua, Domingo de La Misericordia, 28 de Abril 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 27 abr. 2019 7:41 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 abr. 2019 7:42 ]

Chía, 28 de Abril de 2019
 

   Saludo de Pascua y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

Tu Misericordia, Señor, es Eterna

   Hoy celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Misericordia del Señor con los Discípulos que experimentan la presencia del Resucitado y se reconcilia con ellos. La Misericordia con Tomás a quien le da el privilegio de poder tocar sus llagas y creer en Él. 

   La misericordia es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Ella revela el misterio de la Santísima Trinidad. Es la fuerza divina que habita en el corazón de cada persona, y se evidencia cuando mira con ojos limpios a sus hermanos. 

   Es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante nuestro pecado. Dios no lleva cuenta de nuestros pecados, porque “su misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona”. 

   En la aparición, Jesús abre el diálogo con un saludo de amistad. Ahí comienza la verdadera Pascua y les presenta las bases de la primera comunidad pascual: Primero les hace recuperar la alegría perdida por su infidelidad en la Pasión. Luego, Jesús los recrea, haciéndolos hombres nuevos, y luego, les hereda la misión que él ha recibido del Padre: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”; por último, les otorga los dones del perdón, de la misericordia, de la comprensión y de la reconciliación. 

   A partir de ahí, somos la Iglesia de la “misericordia”, la Iglesia de la “comprensión”, la Iglesia de la “misión”, y la Iglesia de las “llagas, porque es la Iglesia que contempla y se alegra de esas llagas del crucificado, solo que ahora son llagas resucitadas. 

   De ahí que este domingo sea también el domingo de los regalos pascuales. El regalo de la paz, como reconciliación de Jesús con los suyos. El regalo del Espíritu Santo, que los hace hombres nuevos. El regalo de la misión, por la que los hace continuadores de su obra, y el regalo del poder de perdonar, como expresión del amor pascual que construye y cualifica toda comunidad. 

   Los primeros discípulos habían puesto cerrojos a sus puertas por miedo a los judíos y, sin embargo, Cristo las rompió con su presencia. Hoy somos nosotros los que, acosados por el pecado, terminamos cerrándole el corazón al Señor. 

   No obstante, así como el primer día de la semana, las puertas del sepulcro fueron abiertas, cada domingo el Señor viene a nuestro corazón y, así esté cerrado a su amor, con su suave presencia puede romper los cerrojos que colocamos. 

  Si Él pudo abrir las puertas del sepulcro, si venció a la muerte, también puede derribar los muros y las barreras que nos alejan de él, de nuestros hermanos y del amor de Dios. 

   Abriendo los cerrojos de las puertas, los discípulos quedan capacitados para anunciar la buena noticia de la nueva vida, de su presencia universal que inunda con su divino Espíritu a todos los que se acogen a Él. 

   En cada aparición a sus discípulos, Jesús, lo primero que hace es enseñarles sus manos, sus pies y su costado. Conserva las huellas de su pasión y va al cielo con las huellas del dolor causado por la humanidad. Conservando las huellas de su Pasión en sus manos, está conservando en su corazón a sus amados, los mismos que lo traicionaron. Son huellas poderosas que sólo pueden dar plena paz, luego de ser atravesadas por los clavos. 

   Esto nos asegura que las llagas de la humanidad sufriente están tatuadas y grabadas en las manos del Señor, y cada vez que ve sus manos, nos ve y nos mira con amor y compasión infinitas. Ahí es donde radica la razón de ser de su eterna e infinita misericordia. No hay, ni habrá nada que pueda borrarnos de la palma de las manos del Señor. Con tal certeza podemos podremos decir: “el Señor me lleva en la palma de sus manos, y estamos en la palma de las manos de Dios”. Viendo la señal de los clavos, ve nuestra propia debilidad y nos asegura su eterna misericordia. 

   Este Domingo de la Misericordia, es también el domingo de la paz, de la presencia del Señor, de la alegría, de la familia. Es la paz y la alegría de la resurrección, pero también es la paz y la alegría que portan las heridas del Señor. Paz y alegría que suavizan las heridas de nuestros pecados y calman nuestros temores. 

   Recordemos la sentencia de
Tomás: “hasta no ver, no creer”. Lo que necesitó Tomás, y necesitamos nosotros, era conectarse directamente con el corazón de Dios. Esto requiere pasar por las huellas que dejaron sus clavos, sintonizar nuestro corazón con el suyo y permitir que él abra los cerrojos de nuestro corazón y lo moldee como el suyo. 

   Pidamos al Señor resucitado que nos conceda la gracia de poder meter nuestros dedos en las llagas del resucitado, pero especialmente en las llagas de tantos crucificados, y así poder atestiguar que él sigue vivo en quienes le abran su corazón.

   Feliz semana de la misericordia para todos. Que el Señor resucitado y misericordioso los acompañe siempre, y que su santísima madre la Virgen María los proteja e todo momento. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo Domingo de Resurrección, 21 Abril 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 20 abr. 2019 7:30 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 abr. 2019 8:31 ]

Chía, 21 de Abril de 2019
 

   Saludo de Pascua y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

“Cristo ha Resucitado, Aleluya, Aleluya


   En medio de tantos motivos que tenemos para llorar o para el pesimismo, la vida resucitada de Cristo nos trae una nueva primavera. 

   El tronco viejo del mundo, al que nosotros estamos tan apegados, reverdece ahora y florece con nuevos ímpetus: ¡Ha resucitado! ¿Acaso este mundo no necesita un poco de alegría y de ilusión, de futuro y de coraje? 

   El Domingo de Pascua nos invita a renacer con aquel que ya ha renacido, a vivir con el que es la vida. Nos empuja a vivir ya desde el suelo con la mirada puesta en el cielo. 

   La gloria de Jesús, al resucitar, será atraernos y llevarnos al encuentro definitivo con el Padre. Si desde la cruz, en el Gólgota atraía a todos hacia Él, ahora resucitado, viviremos por siempre con Él.  

   El Domingo de Resurrección parece el Domingo de las prisas, porque todos corren. María Magdalena sale de madrugada a visitar el sepulcro. Al ver que la piedra del sepulcro estaba removida y que el cuerpo de Jesús había desaparecido, corre a comunicárselo a Pedro y a Juan. Sin deliberar, éstos a su vez, corren para cerciorarse del hecho. 

   Cuando Juan vio los lienzos puestos en el suelo y el sudario doblado en un sitio aparte, entendió lo que Jesús había dicho que resucitaría al tercer día y entonces vio y creyó. Hoy, Jesús, sale invicto del cara a cara con la muerte: ha resucitado. El único sometido ha sido la muerte. Hoy estamos vestidos de fiesta y de triunfo. Lo celebramos en la solemne Vigilia Pascual con el rocío del agua bendita que nos ha hecho sentirnos nuevos por dentro y por fuera.

   En este día de Pascua, todos tenemos una gran misión: animar a los demás a disfrutar y a ser conocedores de los frutos de la resurrección. La mañana de Resurrección es una llamada a empujar al mundo hacia Cristo. La aurora de este histórico día, del triunfo de la vida sobre la muerte, nos llena de inmensa alegría. ¡Hay que aprender a estar alegres en medio de la adversidad! Entre otras razones porque los cristianos poseemos la alegría de la fe. La alegría de un Cristo con rostro glorioso, la fecundidad y el amparo que sus palabras nos traen. Que la luz de Cristo resucitado, lejos de apagarse, se mantenga encendida con nuestro testimonio, con nuestras actitudes positivas, con nuestros pequeños detalles.

   Cuando muere la luz del día, la naturaleza se pone oscura y triste, pero a la mañana siguiente las aves, al encontrarse de nuevo con la luz del día, cantan con alegría. 

   Pues bien, por la fe en Cristo, muerto y resucitado, nosotros, a quienes Dios quiere más porque somos su obra más amada, tenemos la esperanza de que después de la oscuridad y tristeza de la muerte nos encontraremos de nuevo con la luz y junto con nuestros seres queridos cantaremos con eterna alegría. 

   Nos toca responder a Jesús. ¿Creemos o no? No hay punto medio. Si creemos, hemos de oírle y hacer lo que nos dice. Ya no tenemos que buscar entre los muertos al que vive, porque ha resucitado.

    En la mañana de Pascua, Cristo resucitado vuelve a ser el agua viva, la luz que brilla en las tinieblas, la esperanza y la salvación para todos los hombres. El amor del Padre no defrauda a quien se confía a Él. Cristo resucitado es para siempre el viviente que nos entrega su espíritu para estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.


   La resurrección de Jesús es la mejor garantía de nuestra vida después de la muerte. Dejemos en el sepulcro del Señor los trapos de nuestro hombre viejo, y resucitemos con Él a una vida nueva de gracia y santidad. La resurrección es tiempo de la victoria. 

   Como después de un partido de fútbol, los triunfadores se abrazan, cantan y celebran jubilosos la victoria, los cristianos, el domingo de Pascua, vivimos el día de la victoria sobre nuestro último enemigo, la muerte, y tenemos motivos más que sobrados para saborear y celebrar bulliciosamente este gran acontecimiento.

    Vivida ya la Semana Santa, nos queda la satisfacción de haber estado junto al Señor. Qué gran bondad, qué grande amor que Dios ha tenido con todos nosotros. 

   Es Jesús quien toma el timón de la vida y quien tiene la última palabra, porque la última palabra es la vida. El amor de Dios es más fuerte que la muerte y en la muerte, Dios pronuncia en su divino Hijo la última palabra: que Dios es amor, y sólo el amor puede derrotar la muerte.

Resultado de imagen para estrellas gifs animados

  
 ¡¡¡  Felices Pascuas de Resurrección !!! 

   Que el Señor Resucitado nos llene de fe, de esperanza y de caridad, para que con nuestras palabras y nuestras obras, seamos testigos de Jesús Resucitado y portadores de su Evangelio de amor! 

   El Señor ha resucitado, Aleluya, Aleluya, y su misericordia es eterna, Aleluya, aleluya.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo Semana Santa 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 17 abr. 2019 20:22 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 abr. 2019 7:26 ]

Chía, Semana Santa Abril de 2019
 

Saludo y bendición, con motivo de la Semana Santa 2.019, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

Mensaje Padre Rector Capilla Santa Ana 

Esta semana Santa 2.019, es un tiempo de gracia y bendición propicio para celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. El Domingo de Ramos, en la procesión de los ramos aclamamos Rey a nuestro Señor Jesucristo y lo proclamamos como Señor del universo.

El Jueves Santo

   Conmemoramos los tres regalos divinos, a través de los cuales el Señor se quedará por siempre con nosotros:

 - En primer lugar, con la celebración de la última cena, conmemoramos 

la institución de la sagrada eucaristía. 

Antes de morir, Jesús, celebra el memorial de su pasión para quedarse con nosotros en la eucaristía: “Haced esto en conmemoración mía…”. 

En segundo lugar, conmemoramos la institución del sacerdocio como

sacramento de mediación entre Dios y los hombres y, en tercer lugar, 

el mandamiento del amor

significado en el gesto divino y humilde del lavatorio de los pies como llamado urgente al servicio de los más necesitados. 


   

En el Viernes Santo

   A través de la lectura de la pasión y muerte del Señor, la adoración de la cruz y la distribución de la sagrada eucaristía, se conmemora el acontecimiento redentor y salvador del Señor, como causa de eterna salvación para todos los que le obedecen. 

   Él por nosotros se sometió a la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. 

   

El Sábado Santo 

   Asistimos todos, como comunidad de amor y en familia, a la NOCHE SANTA DE LA VIGILIA PASCUAL. Es la celebración más importante de la Iglesia católica. Esta celebración gloriosa consta de los siguientes momentos: 

   Liturgia de la luz, significando a Cristo que con su resurrección triunfa y esclarece las tinieblas de la muerte. Se entona el solemne himno del pregón pascual que narra las maravillas de Dios a lo largo de la historia de la salvación y que tendrán su culmen en Cristo redentor. 

   En la liturgia de la palabra, tanto del antiguo como del nuevo testamento, todas las lecturas se encaminan a Cristo, Palabra eterna del Padre. Continúa esta solemne celebración con la bendición del agua como reconocimiento al Dios creador y la liturgia de la Eucaristía como culminación solemne de la noche pascual. 

Con el Domingo de Resurrección 


   Comienza el tiempo nuevo, el tiempo de la victoria porque la muerte ha sido derrotada. Con la resurrección de nuestro Señor, comienza el tiempo de Cristo, el imperio de la vida que nunca termina, la eternidad dichosa, la vida terna. 
 
   En este día damos la espalda a la muerte para abrazar gozosamente a los hermanos, a la esperanza y a la vida.
Dónde está muerte tu victoria?, dónde está muerte tu aguijón…Ahora todo es Vida, todo es resurrección”. 


   La proclamación gloriosa: “Cristo ha resucitado”, fue el primer grito de fe, de vida nueva, y victoria definitiva. Jesús resucitado nos enseña con su esplendor glorioso, que la muerte no tiene la última ni la definitiva palabra. La última y definitiva palabra, la tiene el Señor de la Vida en la resurrección. Como el apóstol podemos decir: hemos resucitado con Cristo, tenemos que "buscar los bienes de allá arriba". La vida con la esperanza puesta en el Resucitado es el más bello prefacio y la degustación anticipada del cielo.

    En nombre de Monseñor Héctor Cubillos, Obispo de la Diócesis de Zipaquirá, les deseamos felices pascuas de resurrección. Gracias por su presencia fiel y testimonio de fe. Que nuestra comunidad de Santa Ana, comunidad de discípulos misioneros, siempre estemos dispuestos a comunicar el ardor de la pascua dando testimonio de su presencia viva entre nosotros. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana Santa y Feliz Pascua para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 
 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 14 Abr 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 13 abr. 2019 7:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 abr. 2019 8:14 ]


Chía, 14 de Abril de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Bendito el que viene en nombre del Señor” 


   Con el Domingo de Ramos nos introducimos en la celebración de los misterios más hondos y bellos de nuestra fe. Es el preludio desde el cual se contempla la grandeza de la Pascua que nos espera. En la entrada de Jesús en Jerusalén encontramos unidas, de antemano, tanto la realeza del Señor como la humildad, la cual culminará en la cruz. A la alegría expresada durante la entrada solemne al templo le sigue inmediatamente la lectura de la Pasión. De ahí que cada Domingo de Ramos es, por un lado, día de júbilo y aclamación del Señor, y por otro, día de abandono, de pasión y de muerte de cruz.

 

   Es el domingo de ramos, pero también es el domingo de Pasión. La misma multitud que lo ha proclamado rey en la entrada triunfal, lo abucheará días más tarde. Habían sido cautivados por su palabra, alimentados con pan y pescado, curados de sus enfermedades, exorcizados de sus demonios y, sin embargo, al presentir la realidad de la cruz, todo cambió, y el jubiloso “Hosanna” ahora será el grito: “¡Crucifíquenlo!”

 

   Jesús entra como Rey, pero no viene a dominar, sino a servir a la humanidad. Entra glorioso y aclamado, pero de forma completamente humilde. Viene dispuesto a combatir, pero su lucha es contra el pecado. Viene armado para la lucha, pero su única arma es el amor. Triunfa en su batalla, pero su victoria, es el triunfo de la fidelidad a Dios y la solidaridad con el hermano en el patíbulo de la cruz. Finalmente, victorioso, será entronizado no en un palacio humano, sino en la misma gloria del Padre.

 

   En esta Semana Santa, vivamos con intensidad la Pasión, sigamos a Jesús en sus últimos días antes de su muerte y abramos el alma a la luz de la resurrección. Vivir la semana Santa es recorrer los pasos de Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. Es descubrir qué pecados hay en mi vida y buscar su amor misericordioso en el sacramento de la reconciliación. Es afirmar que Cristo está presente en cada Eucaristía y vive en cada uno de nosotros.

 

   Un refrán dice: “muerto el cantor, no muere el cantar”. Son muchas las voces que cada día recuerdan las palabras y los gestos de Jesús. Cuando algunos fariseos le pedían reprender a sus discípulos, él les respondía: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras». 


   Estas palabras también nos interpelan a cada uno de nosotros. Los cristianos estamos llamados a confesar a Jesucristo, como ha dicho el Papa Francisco: “Si nosotros callamos, el Señor buscará otros mensajeros más fieles a su vocación”.

 

   No permitamos que nada nos distraiga de este tiempo de gracia. Es la semana mayor, porque el amor de Dios llega al extremo por nuestra salvación Vivámosla con ojos de gratitud; abramos nuestro corazón de par en par; sigámosla con oídos de fe y alma bien dispuesta. Nada se compara con el perdón y el amor de Dios, que como en cascada viene desde la Cruz en torrentes de misericordia y de gracia. 


Nada tan divino y salvífico, como la redención obrada en Jesucristo. Es lo único válido y definitivo para cuando nuestros ojos se cierren a las vanidades de esta tierra y tengan que abrirse, para gloria o condena, en la eternidad.

 

   Emprendamos esta semana con un nuevo ardor y tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida. Como las palmas se abren para ver pasar al Señor en Jerusalén, que se abran nuestros corazones para experimentar su paso en nuestras vidas. Que nuestros ramos, que son brotes nuevos de propósitos santos, no se marchiten, sino que florezcan en obras de misericordia y amor, propios de esta semana mayor. 


   Que el Ramo que llevamos hoy, no sea un amuleto, sino que indique que somos de los que queremos gritar: “Hosanna” y no “crucifícale”; que somos de los que han optado por cargar con la misma cruz de Jesús y dar nuestra vida, como él la dio, por todos los hombres.

 

   Jesús no vive su Pasión solo, porque es una Pasión donde cada uno de nosotros somos protagonistas y tenemos algo que decir. Es una Pasión en la que Dios es inocente y cuestiona nuestra inocencia.


    ¿Dónde está mi inocencia en su condena a ser crucificado? En cada uno de nosotros, él será bendito y será el rey, solo en la medida en que nuestras vidas estén adornadas por las palmas de la humildad, sencillez, alegría y mansedumbre. Que con la ayuda del que todo lo puede, demos nuestra vida por los más necesitados. Bendito el que viene a mi vida, a mi familia, a mi comunidad. !Hosanna, en el cielo¡


    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

 

   Feliz Domingo de Ramos y feliz Semana Santa para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

HIMNO DE ACLAMACIÓN 

  1.    Hoy me he vestido de fiesta, para seguirte los pasos.Y he salido a la calle, con mi ramita en la mano.
  2.    Vas montado en un burrito. Todos te van saludando.Y yo levanto mi rama, y tú mi rama has tocado. 
  3.    Oh Jesús de mi vida, siendo amor, perdón y entrega, has cruzado la muralla, sabiendo lo que te espera.

Saludo 5° Domingo de Cuaresma, 7 Abr 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 5 abr. 2019 12:20 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 abr. 2019 12:40 ]

Chía, 7 de Abril de 2019
 

  Saludo y bendición, queridos fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Tampoco Yo te Condeno…No Vuelvas a Pecar” 


   El relato del Evangelio, en este último Domingo de Cuaresma, es contundente, y será siempre un punto de referencia a la hora de juzgar a los demás. Triunfa el perdón sobre la condena, triunfa el amor sobre la ley, triunfan las palabras sobre las piedras. Las piedras no salvan ni solucionan los problemas; más bien se le devuelven a quien las lanza. En Jesús se supera la ley antigua y comienza la nueva ley del amor en el marco del perdón.

 

   Una pobre mujer en apuros, y muerta de vergüenza, cuyo corazón solo Jesús comprende. Él no justifica el adulterio, pero comprende el corazón del pecador, y prefiere la “compasión, la comprensión y misericordia” antes que la condena. Jesús, deja claro que el pecado no se soluciona con la fuerza de las piedras, sino con la fuerza de la misericordia. 


   Y a los “que se tienen por buenos”, los invita a mirarse primero a sí mismos; a mirar su propio corazón y a tomar conciencia de que tampoco ellos son inocentes. Es decir, si le tiran piedra a aquella mujer, será porque están dispuestos a ser apedreados cuando cada uno caiga en pecado, y entonces, por cada piedra que le tiren, tendrán que recibir un dolor semejante al que le causan a la víctima.

 

   Sólo Jesús, el hombre sin pecado y de manos limpias, podía haber lanzado la primera piedra, y no lo hizo porque trae la nueva ley del perdón, del amor y la misericordia. Él no vino a condenar sino a salvar lo que estaba perdido, y en el pecado, todos nos perdemos. San Agustín dijo que “al final se quedaron solamente allí dos: la "miseria" (la miserable) y la "misericordia”. La mujer representa la miseria humana, mientras Jesús encarna la misericordia divina: "Tampoco yo te condeno. “Vete en paz y ya no vuelvas a pecar”.

    El encuentro de Jesús con la pecadora es como un grito de Dios que quiere dar muerte al pecado y vida al pecador. Es un llamado a que cada uno mire su interior en donde se descubre pecador. O dejan libre a la mujer o tienen que someterse con ella al peso de la ley. “Quien de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra”. Esta es la sentencia: heridos por ella como por un grueso dardo, se miran a sí mismos y, confesándose reos en su fuga, dejan sola a aquella mujer con su pecado, de frente a quien no tiene pecado. 

   A través de su pecado, la adúltera se encontró con Jesús y así empezó su redención, su vida nueva. El adúltero, no se encontró con Jesús y, tal vez, siguió engañando a otras mujeres, pero nunca experimentó el perdón de Jesús. La pecadora está frente a sus acusadores y el adúltero, quizá, es uno de los acusadores o, tal vez, por cobardía, huyó.

    Antes de acusar a los demás, recapacitemos. Es preciso conocer lo que hay en nuestro corazón. Quien no se conoce por dentro, no puede juzgar el pecado de los demás. Para tirar la primera piedra es preciso saber cuántas debieran caer primero sobre uno mismo. Como tampoco podrá ver el corazón de los demás, aquel que tenga el corazón sucio. Las piedras las llevamos más en el corazón que en las manos y cuando las tiramos a los demás, matan. Quien no reconoce ni acepta sus propias debilidades, difícilmente podrá comprender las de los de demás. 

   Entonces, no podemos ser jueces de nadie, y si pretendemos serlo, primero necesitamos ser jueces de nosotros mismos. Es la pedagogía de Jesús: “El que no tenga pecado tire la primera piedra”. Lo había dicho antes: “Por qué ves la mota en el ojo ajeno y no ves la viga en el tuyo?”. Un corazón que condena no suele ser un corazón limpio; no suele ser un corazón que ama. Dios es el mejor juez, y él tiene un corazón de padre, no de juez.

    Al final de la escena los acusadores salieron despavoridos. Eran ellos los que merecían ser apedreados. Solo el corazón de Dios es capaz de comprender el corazón del pecador y sanarlo desde la raíz. Mientras que el corazón del que acusa no siempre es mejor que el del acusado; no siempre el corazón de los buenos es mejor que el de los malos. Cuando alguien acusa, es posible que sufra de la misma enfermedad del acusado.

    ¿Cuál es nuestra actitud hacia aquellos que consideramos malos? ¿Será como la de los fariseos con la adúltera? ¿Salvamos o condenamos a los que caen? Reconozcamos que nuestro corazón arrastra los mismos pecados de los demás. Cuanto más comprendamos a los demás, mejor nos comprenderemos nosotros mismos. 

   El pecado del otro, revela nuestro propio pecado, y nos permite optar por la compasión mutua. Si tenemos limpio el corazón, veremos mejor el del otro y fácilmente sabremos amar al que ha caído. Jesús no apedreó ni al hijo pródigo, ni a la mujer adúltera, y tampoco nos apedreará por más pecadores que seamos. Su única arma es el amor; su sentencia es contra el pecado, no contra su obra amada.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

 

www.santaanacentrochia.org 

 

les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 4° Domingo de Cuaresma, 31 Mar 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 30 mar. 2019 6:58 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 30 mar. 2019 8:07 ]

Chía, 31 de Marzo de 2019
 

   Saludo y bendición de cuaresma, a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Padre Misericordioso, Danos tu Reino de Amor y Paz” 


   En este cuarto Domingo de Cuaresma, la Parábola del hijo pródigo, -que es un llamado para volver a los brazos de Dios-, nos presenta a tres protagonistas: El hijo menor que piensa en sí mismo, que busca la libertad y reclama sus derechos, y que no le importa el dolor del padre que lo ve alejarse de casa, y no le importa abandonarlo.

   Un hijo mayor que no logra entender ni el extravío de su propio hermano, ni el amor misericordioso del padre. Un hijo que está en casa, habita en casa, pero sin el calor hacia su padre porque para él, tal vez lo más importante, es su relación con los amigos, para los que pide una comida. Obediente, sí, pero sin capacidad de amar ya que prefiere el campo y los amigos a la compañía del padre.

    Pero sin duda, el centro de la parábola es el Padre lleno de amor, de ternura y paciente espera. Este Padre revela el rostro de Dios Amor y padre de todos. De los buenos y de los malos. De los que se sienten incómodos en casa y se van, como de los que viven en casa, pero no sienten el calor del hogar. Un padre empeñado en salvar la familia; en demostrar su amor a todos y que, por encima de la indiferencia y errores de los hijos, los sigue llevando en su corazón.

    Desde la óptica del amor divino, no es tanto la “parábola del hijo, sino del Padre”. No es tanto la “parábola del pecado, sino de la gracia”. No es tanto la “parábola de los hombres, sino del corazón de Dios”. 


   Y también es la parábola del Padre que sale al encuentro, tanto del hermano que se fue de casa, como del hermano que, estando en casa, no sentía el amor del Padre y se quedó fuera. 


   Es el Padre que siente que su alegría no es plena, mientras no estén en casa los dos hermanos. ¿De qué vale que regrese el uno, si el otro se sale y no quiere entrar? Mientras los dos hermanos no se abracen, no habrá fiesta. El corazón de Dios es un corazón que sale al encuentro de todos. El corazón de Dios necesita ver que la mesa esté completa y que no haya sillas vacías.

 

   ¿Acaso no es esta la realidad de nuestras familias hoy? Hijos que lo primero que descubren no es el amor de los padres sino su libertad; y como son libres, la casa está bien, pero como hotel, no como un lugar de amor, porque su vida está en la calle. Hermanos que viven entre ellos como extraños; que piensan en sus vacaciones, pero no en las de los padres, o sin la compañía de los padres. Hijos que prefieren refugiarse en la internet antes que compartir un rato de conversación con sus padres. 


   Y en consecuencia, familias en las que no existe el sentido de la fiesta sino el aire de tristeza. Y padres que vierten lágrimas, cansados y desvelados de tanto esperar a sus hijos. O abuelos con los ojos llorosos, que por las ventanas de su casa o de un ancianato, esperan la visita de los hijos o los nietos que no volvieron, porque tienen algo más importante que hacer, o porque están peleando por la herencia que les quedará. Y así, mientras muchos padres no se cansan de esperar a sus hijos, muchos hijos lo único que esperan es la parte que les toca, olvidando el “legado del amor” que ellos les enseñaron.


   ¿Cuántos padres de familia siguen viviendo, con sus hijos, el drama del hijo pródigo? De madrugada y los hijos sin llegar. Los padres mirando por la ventana. Asustados al paso de cada ambulancia. Padres con corazones rotos y con los brazos vacíos porque sus hijos se fueron. Padres con ganas de hacer fiesta en casa y no tienen con quienes celebrarla, porque sus hijos la están celebrando fuera con los amigos. Padres con el anhelo que sus hijos salgan de esa porquería de los vicios y el pecado, y que no pierden la esperanza que reflexionen y regresen a los brazos de papá y mamá.


   Y este también es el drama de Dios con nosotros. El hijo pródigo somos todos, somos ese hijo que renegó de su familia, optando por vivir solo. Ya es hora de decir: Me levantaré y volveré a los brazos de mi Padre Dios, al seno y al calor de mi familia, al dulce y bello hogar que me ha dado Dios. Al padre de la parábola, lo único que le interesa es que su amado hijo ha vuelto a casa. Es consolador saber que Dios no nos exige un corazón puro para abrazarnos; él nos recibe cuando volvemos porque, al igual que el hijo pródigo, jamás podremos encontrar la felicidad en la basura del pecado y del desorden moral.

 

   Cada uno de nosotros somos, un poco, los tres personajes de la parábola. En muchas ocasiones somos hijos arrepentidos, cargados de nuestras miserias y pecados que queremos volver al Padre en busca de su perdón y de su misericordia. Hijos que, aunque “felices” con los “deleites”, estamos esclavos y amarrados del pecado, y entonces, la conciencia nos obliga a querer salir de esa pesadilla para retornar a Dios. Pero también podemos ser padres misericordiosos, imitando así a la misericordia de Dios, llenos de amor, de ternura y de perdón. Pero por desgracia, a quien más nos parecemos, es al hermano mayor que no perdona el extravío de su propio hermano, ni entiende el amor misericordioso de su padre, sino que lo juzga con un corazón de piedra.

 

   Dios, el Padre misericordioso espera de nosotros la conversión, la vida nueva, la fiesta, el traje nuevo, el anillo, las sandalias y el triunfo del amor. Como el hijo pródigo, tomemos ya la decisión más sabia: “me pondré en camino y volveré a los brazos de mi Padre”. En esta cuaresma y en toda nuestra vida, Dios nos seguirá esperando con sus brazos abiertos.

    Cada domingo, en la casa del Padre, él nos susurra al oído: Soy tu padre, te he hecho con mis manos y yo amo lo que hago. Te he hecho a mi imagen. Tú eres mi hijo. No huyas. Vuelve a mi casa una y mil veces. 

   Te amo a pesar de todo, a pesar de tus caídas. Aquel vestido blanco que usaste el día de tu bautismo, y que manchas con tu pecado, con cada abrazo del Padre, vuelve a quedar blanco y resplandeciente.

    Gracias Padre misericordioso, porque sabemos que tus brazos siempre nos esperan. Porque tu corazón no está enojado por nuestros pecados. Gracias, por tantos padres que, como tú, no pierden la esperanza de abrazar a sus hijos.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 3° Domingo de Cuaresma, 24 Mar 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 22 mar. 2019 14:23 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 22 mar. 2019 15:13 ]

Chía, 24 de Marzo de 2019
 

Saludo y bendición de cuaresma, a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Tenme Paciencia, Señor, y Daré Mucho Fruto” 

   En este tercer Domingo de Cuaresma, Jesús recuerda, con palabras exigentes, la necesidad de conversión, en aras a descubrir la infinita paciencia de Dios, -como la tuvo con la higuera-; además nos recuerda que la justicia divina exige de nosotros obras y frutos concretos de conversión auténtica y permanente. De ahí que la parábola de la higuera sea un gran consuelo para el hombre débil y no pocas veces estéril en sus esfuerzos de conversión. Dios no sólo espera, además actúa en la conciencia humana para que se convierta y dé frutos.                                                          

   La finalidad de este evangelio es despertar las conciencias adormecidas y acomodadas en su estilo de vida. La misericordia de Dios, no sólo pide conversión, sino que ayuda para que ésta sea posible. El viñador tiene esperanza en la higuera; a pesar de su esterilidad, él cree poder ayudarla a cambiar de situación volviéndola fecunda. El año de paciencia, evoca su misericordia. Ésta se hace concreta en el servicio que se le presta a la higuera para que genere vida. 

   De la higuera se espera una respuesta, de la cual dependerá su vida. Así se conjuga la misericordia de Dios - quien le da un tiempo más-, con la justicia: “Si no da fruto, la cortas”. Es decir: “El hecho que estés y sigas aquí es una oportunidad que Dios te da. Él te ha tenido paciencia. Pero no abuses de la misericordia de Dios. Llegará un tiempo en que ya no podrás hacer nada”.

 

   Convertirse implica buscar los medios concretos para vivir en coherencia con el mensaje de Jesús. Él nos dijo: "Si no os convertís, todos terminaréis igual". Es decir, “si no cambiamos nuestra forma de ser, nos perderemos lo mejor”. La conversión es una tarea que hay que comenzar ya. “No dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy”. 


   Entonces, Jesús interpela a los que dejan “para mañana” la conversión, el abandono de un mal hábito o el corregir una conducta dañina, porque retrasar la conversión, es ofrecerle tiempo al demonio. El tiempo que el Señor nos da, es una activa y una dichosa espera; no para quedarnos de brazos cruzados. Él hace todo lo que puede para que la higuera comience a fructificar, pero al final, “si no da fruto, la corta”.

 

   ¿Acaso, qué padre, por amor, no es exigente por el bien de sus hijos? Si Dios es exigente, es porque nos ama inmensamente, pero a la vez, es infinitamente misericordioso porque somos la parte más preciosa de su corazón, así nuestra vida pase - como la higuera- por momentos marchitos e improductivos.

 

   Alguien dijo: Las oportunidades son como los amaneceres, que, si uno espera demasiado, se los pierde”. Dios nos tiene paciencia, sigue esperando que demos fruto. Ser cristiano no es llevar una etiqueta, o un salvoconducto de salvación. Ser cristiano indica una manera de ser dando permanente fruto. Si uno no da fruto, llega a ser un estorbo, una higuera estéril, en la viña del Señor. 


   Cada año, cada instante, cada Cuaresma, cada Pascua Dios nos ofrece una oportunidad para remediar nuestra aridez. 


   Cristo, el viñador, intercede a cada instante ante el dueño de la viña por nosotros, para que nos tenga paciencia, pero seguida de nuestra obligación de dar frutos. Esto nos llena de confianza para rehacer constantemente nuestra vida, haciéndola fructificar de la mano del Señor.

 

   Como el jardinero no quiere perder ninguna de sus plantas, Dios, con su mano divina quiere podarnos, infundiéndonos la savia de su Espíritu divino para que en Él podamos crecer. Los frutos serán el resultado de su divina providencia y del esfuerzo del hombre. Como buen jardinero nos riega y nos enriquece sin medida con miles de oportunidades para renacer en frutos que perduren.

 

 

 Somos higueras bendecidas en la viña del Señor; higueras que tanto ama, que ha cuidado y regado con su divino amor y su gracia por doquier. Hoy nos ofrece un año más de su paciencia. ¿Cuándo llegará el día en que Dios encuentre nuestra vida cargada de frutos? ¿Seremos tan ingratos ante tanta bondad y paciencia? No olvidemos que con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos, y con Él, la plenitud de la paciencia y de la misericordia divina.

 

   La conversión seria y profunda no es fácil, ni es cosa de unas horas o días. Porque Dios conoce el interior del hombre, Él sabe esperar con pausas largas y sin prisas. ¿Estamos sinceramente dispuestos a dar lo mejor de nosotros por lograr una verdadera conversión?.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

1-10 of 471