Saludo Semanal 




Saludo 2° Domingo de Cuaresma, 17 Mar 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 14 mar. 2019 17:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 mar. 2019 17:54 ]

Chía, 17 de Marzo de 2019
 

Saludo y Bendición en esta Cuaresma, a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Con Cristo, Transfigurados…Con el Pecado, Desfigurados” 


   En este segundo Domingo de Cuaresma, de las arenas del desierto, pasamos a las alturas del Tabor. En la cima del monte, en oración y en la conversación con los dos profetas y los discípulos, presenciamos la transfiguración del Señor, dejando entrever su verdadera identidad. 

   Ahí, Dios revela el otro lado de Jesús, lo escondido detrás de su humanidad, y el anticipo de los resplandores de la Resurrección.

    En la Transfiguración mostró Jesús a sus discípulos, la gloria de su divinidad oculta en su humanidad. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos blancos como la nieve. Esta revelación fue confirmada por el Padre celestial: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo.” Al que verán sentenciado, coronado de espinas, llevando la cruz a cuestas hacia el calvario y muerto en la cruz, él será el Hijo de Dios.

 

   La Transfiguración, - más que un diamante precioso, brilla por donde se le mire. Al contemplarla, descubrimos un brillo sin igual, porque es el mismo resplandor de Dios. "Mientras oraba su rostro cambió y sus vestidos se volvieron de un blanco resplandeciente", “y enseguida se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús”. 


   Los representantes máximos de la Ley y los Profetas se presentan al lado de Cristo, en quien toda la revelación llega a su culmen y perfección. Moisés y Elías, los más grandes del pueblo elegido, vienen a rendir homenaje a Cristo y a dar testimonio de Él como Mesías e Hijo de Dios.

 

   La Transfiguración expresa exactamente lo que más esperamos de Cristo, que se realice en nosotros: la bienaventurada eterna. En el encuentro definitivo con Cristo, todo será transfigurado, todo será nuevo y bello y él será nuestra gloria y nuestra luz. Se entiende, entonces, que los discípulos quisieran levantar tiendas y no descender de aquella cumbre de paz y sosiego. Jesús deja ver por un momento la Gloria que le espera, pero no puede quedarse siempre en el Tabor, como querían sus amigos. Jesús desciende al valle de la humanidad para recorrer el camino que le conducirá a la Pasión, Muerte y resurrección.

 

   La transfiguración es la eterna propuesta para aprender a ver -“más allá de lo físico y aparente”- todo lo que se va colando de maravilloso en lo cotidiano. Permite sorprendernos de lo que Dios ha colocado en el fondo de nuestro ser, y nos deja ver, amar, sentir y creer más allá de lo que ofrecen nuestras pobres apariencias.


   La transfiguración nos lleva a la transformación de todo nuestro ser y nos hace obedientes a la voz del Padre en su Hijo. Como a los discípulos, también nos exige estar despiertos, con el corazón preparado, con los ojos de la fe bien abiertos y en oración, como requisitos para ver el rostro transformado del Señor. 


   El acontecimiento del Tabor nos invita a convertirnos en testigos vivos de la realidad divina que nos espera. La humanidad se transfigura y renace cada vez que escucha al Hijo amado del Padre, y práctica su palabra.

 

   Esta Cuaresma es tiempo propicio para convertirnos en testigos y amigos íntimos de Jesús que ora con nosotros y se transfigura ante nosotros. En cada domingo, la eucaristía es un encuentro glorioso con Jesús vivo, resucitado y presente entre sus amados. Como a los apóstoles, cada domingo se nos ofrece - como en una chispa, - un anticipo de la hoguera ardiente de su gloria, y no para evadir nuestras responsabilidades, sino para obedecer la voz del Padre Celestial señalando a su Hijo como el amado.

 

   Reza el refrán: “No todo lo que brilla es oro”. Es cierto, pero podríamos añadir: si yo Oro, todo brilla y adquiere resplandor. En esta cuaresma, salgamos de nosotros mismos y subamos a la montaña de la oración. 


   Escuchemos su voz, llenémonos de su resplandor y dejémonos transformar por la luz de las alturas. También somos hijos amados del Padre. 


   Escuchemos su palabra que nos transforma en testigos de su luz, y como Pedro, Juan y Santiago, hagamos de nuestro corazón, una morada para estar con el Señor.

   Preguntémonos: ¿A quién escuchamos en nuestras vidas? ¿Nos escuchamos a nosotros, a nuestros intereses, al mundo con sus criterios, mentalidades y antivalores?, o más bien, ¿Escuchamos de verdad a Jesús, su evangelio y su palabra? ¿Disfrutamos -como los discípulos- de permanecer junto a él, y de sentirnos amados del Padre? ¿Emprendemos, -como los tres discípulos- totalmente cambiados y renovados nuestras labores, después de cada encuentro con el Señor?

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición. Recordemos que, de este viaje cuaresmal, nuestro destino es Dios, nuestra ruta es Jesús, y nuestro mapa y guía, el Espíritu Santo.

 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 1° Domingo de Cuaresma, 10 Mar 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 7 mar. 2019 18:10 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 8 mar. 2019 17:30 ]

Chía, 10 de Marzo de 2019
 

Saludo y bendición en esta Cuaresma, a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

“Dios Nos Dio Ojos Para Ver…Y Párpados Para No Ver” 

    
   
En este primer Domingo abrimos el camino de la Cuaresma con la escena de las tentaciones de Jesús. El mismo Jesús experimenta las tentaciones, enseñándonos que quien se une a Él, podrá afrontarlas y vencerlas. Su batalla contra el demonio, es una fuerte advertencia para que no nos dejemos engañar por lo fácil, lo caduco y que no lleva a ninguna parte. Será preciso mirar adelante y no atrás. Nos recuerda que la Esperanza es posible; que el desierto y las luchas son largas, pero no son el final, porque al fondo del túnel alumbra el sol de la mañana de Pascua.

    Sólo Jesús pudo dar un no rotundo al mal. Después del bautismo en el Jordán, la primera palabra que Jesús dijo fue, no al tentador y a sus tentaciones. No sólo al pan, no a los reinos de este mundo y no a cientos de guardaespaldas angélicos. En Jesús, el todopoderoso, tenemos la clave para no caer en las redes del poder del diablo; por ello, en el padre nuestro le pedimos que “no nos deje caer en tentación”. No obstante, al no poder vencer a Jesús, el diablo lanza sus ataques contra nosotros que, por ser los amados del Señor, también somos objetivo directo del maligno. 


Haciéndonos caer, ejecuta su venganza contra el Hijo de Dios. Si nos alejamos de Dios, terminamos esclavos de los instintos, pasiones y de las ansias de tener. El diablo conoce nuestro nombre, pero nos llama por el pecado, en cambio, el Señor Jesús, que conoce nuestro pecado, nos llama por nuestro nombre, el nombre de “hijos amados de Dios”.

 

   Las tres tentaciones se podrían reducir a una sola: Desviarnos del camino, de la verdad, de la libertad y de los planes de Dios. El tentador pretende, a como dé lugar, que prescindamos de Dios. Si confiamos en que lo material nos dará felicidad, si el dominio y el poder es lo que nos satisface, si queremos un Dios a la carta y que Él esté a nuestro servicio, no habrá espacio para Él y seremos bocado del maligno. 


   Esta cuaresma, entonces, ha de ser nuestro desierto; la hora de construir nuestra vida en roca firme para superar las pruebas del maligno. No son pocas las ocasiones en que nos veremos tentados, como el mismo Jesús, pero hay una forma de poder salir airosos como él: siempre recurrir a Dios; y aunque a veces podamos tropezar, habrá que levantarse para seguir adelante caminando hacia el encuentro con el Señor resucitado.

 

   En las tentaciones Jesús hizo la experiencia de su pueblo, el de ayer, el de hoy y el de siempre. Y es porque las tentaciones siguen teniendo raíces profundas dentro de nosotros: ¿Alguien se siente libre de la tentación de utilizar a Dios a su servicio? ¿de culpar a Dios de lo malo que hacemos nosotros mismos? ¿de acaparar y olvidarse de los demás? ¿de las ansias de poder a como dé lugar? O ¿de las ansias de ser tenido por grande y admirado? Las tentaciones, como los pájaros, no dejan de revolotear; lo importante es no dejarlas anidar en el corazón.

    El mecanismo del tentador, consiste en ofrecer las tentaciones envueltas en papel regalo. No en vano Jesús llama al diablo, “padre de la mentira”; él nunca presenta al mal como pecado sino como placer, como éxito, como felicidad, como apetito gustoso, atractivo y deleitable. El tentador no se presenta como un peligro sino bajo la máscara de la adulación y de la mentira. 

   En las tentaciones Jesús se bate en una lucha sin cuartel contra el diablo, porque ve en riesgo la obra más amada del Padre. A su vez, el demonio sabía bien a quien se enfrentaba. Esta cuaresma es un tiempo privilegiado de gracia y de bendición para revestirnos con las armaduras del Señor: la gracia, las obras de caridad, la penitencia, el ayuno y, ante todo, la oración. Sólo así se podrá resistir a las ofertas del pecado que se camuflan bajo la apariencia de felicidad, bondad y poderío.

    Gracias al triunfo de Jesús sobre las tentaciones, sobre el pecado y sobre la muerte, la Cuaresma es camino hacia la Pascua, hacia lo nuevo, hacia la libertad. En esta cuaresma la iglesia nos ofrece la oportunidad de purificar nuestros corazones, invitándonos a buscar la reconciliación, el perdón, y a vivir el amor con los pobres a través de la limosna, a nosotros mismos a través del ayuno y a Dios a través de la oración

   Si somos tentados como Cristo, también como Él y precisamente unidos a Él, podremos vencer la tentación. Fieles a Él, venceremos con Él y como Él. Nuestra victoria será posible, si alejamos cuanto nos acerca del mal. Entre más cerca del Señor, más lejos del mal.

    Que este viaje cuaresmal nos regrese a la casa del Padre por la ruta que es Jesús. Él es la autopista que nos lleva a la casa de Dios. Despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. 

   Como el labrador en tiempo de invierno poda los árboles para que den más frutos, podemos nuestras inclinaciones, pecados y afectos desordenados, para que nuestra vida sea un reflejo de la vida de Cristo. Como el niño necesita nueve meses de gestación y un parto doloroso para su nacimiento, que esta cuaresma sea propicia para nuestra gestación y nuestro nacimiento pascual.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición. Recordemos que, de este viaje cuaresmal, nuestro destino es Dios, nuestra ruta es Jesús, y nuestro mapa y guía, el Espíritu Santo. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  
 

Saludo 8° Domingo Tiempo Ordinario, 3 Mar 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 28 feb. 2019 18:29 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 1 mar. 2019 11:12 ]

Chía, 3 de Marzo de 2019
 

Saludo y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

“Con la Paja en el Ojo…Vemos Borroso”

    
   La página de san Lucas este Domingo, es una invitación a realizar una síntesis personal, alrededor de los valores de Cristo. Es un llamado a evitar toda hipocresía, esa distancia cruel entre lo que pensamos y lo que hacemos. 


   Jesús, utilizando una comparación, nos dice: ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el pozo?: - ¿Por qué te fijas en la pajita que tiene tu hermano en el ojo, y no ves la viga que llevas en el tuyo? Igual que el árbol bueno no produce frutos malos, ni el árbol malo nos da frutos buenos, el hombre se conoce por su comportamiento. 

   Dos recomendaciones, nos da Jesús: ante todo: el que juzga a otro, debe ser alguien que ver espiritualmente. Después, debe examinar si entre lo que siente su corazón y lo que dice su boca hay una auténtica correspondencia. Conviene, ante todo, ajustarse a la medida de Cristo, el único que tiene la verdad total y definitiva del Padre. 

   Jesús les recuerda a sus discípulos, que ellos están llamados a guiar a los demás por los caminos del Evangelio. Pero para ello es preciso que ellos vean primero con claridad la verdad del Evangelio, porque quienquiera guiar a los demás, primero tiene que aprender a guiarse a sí mismo. 

   ¿Cuál es la fuente de nuestras críticas a la conducta de los demás? Será que ¿Tenemos sano el corazón y limpios nuestros ojos? ¿O no será que nuestro orgullo nos cierra los ojos? 

   Quizá nos desconocemos a nosotros mismos, y no nos damos cuenta que todos los defectos que criticamos en los demás los llevamos nosotros duplicados. 

   Ni los demás son “tan malos como decimos”, ni nosotros somos “tan buenos como nos imaginamos”. 

   Existe un refrán popular: “Quien escupe al cielo, le cae en la cara”

   Antes de fijarnos en los demás, es preciso que nos fijemos en nosotros mismos. Antes de decir lo que tienen que hacer los demás, primero tenemos que saber lo que tenemos que hacer nosotros. Antes de corregir los defectos de los otros, hemos de tomar conciencia de los nuestros. ¿Cómo guiar por los caminos de la santidad, si nosotros no lo hemos intentado? ¿Cómo guiar por los caminos de la generosidad, cuando vivimos del egoísmo?  

 Todos nos creemos expertos en ser guías y maestros de los demás. Somos especialistas en ver los defectos de los demás, lo difícil es ver los propios defectos y las propias fallas. Y quien no es capaz de verse a sí mismo, es un ciego que pretende guiar a otro ciego. Jesús no niega que debamos guiar a los demás. Pero quien quiera guiar a un ciego, necesita tener él buena vista; de lo contrario serían ciegos conduciendo ciegos.  
 ¿Cómo enseñar a Dios a los hijos, si los papás nunca lo experimentado? No basta decir que los tienen estudiando en el mejor colegio católico. ¿Cómo enseñar la verdad a los hijos, si son los primeros testigos de las mentiras de los papás?, o ¿Cómo enseñar a los hijos la honestidad, si los papás son deshonestos? ¿Cómo yo, sacerdote, puedo predicar sobre la Iglesia, si no la amo, a pesar de sus errores? 

   No exijamos que el otro tenga las manos limpias si, llevamos sucias las nuestras. No exijamos fidelidad, si somos infieles. No exijamos responsabilidad, si somos irresponsables. Hablar bien de los demás tiene que comenzar por hablar bien de uno mismo. No hay mejor manera de enseñar a otros el camino, que cuando ya lo hemos andado, y no habrá mejor manera de hacer ver a los otros que, limpiando primero nuestros propios ojos, porque no hay peor guía de un ciego, que otro ciego. Cuántas veces, por mirar en los demás las pequeñas pajas en los ojos, no vemos los jardines florecidos que Dios colocó en cada hijo suyo y hermano nuestro. 

   El Señor nos presentó todo un manual de relaciones fraternas. Nos habla del amor al prójimo no en teorías. Quiere que lleguemos a lo práctico. Hemos de ser, entonces, cuidadosos en el trato diario con nuestros hermanos, y más al calificar su conducta, revisemos cómo está la nuestra. 


   Con razón alguien dijo: «Cuando pesamos los defectos ajenos, casi siempre ponemos el puño en la balanza».

 

   Que la conversión, la fe, la caridad, la esperanza, la santidad, el ejemplo y la comprensión que esta cuaresma nos pide, comiencen, ante todo, por nosotros mismos. «Dios no ve lo que eres, ni lo que has sido, sino lo que hoy quisieras ser».

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:

www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito, al iniciar esta santa cuaresma, a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 7° Domingo Tiempo Ordinario, 24 Feb 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 22 feb. 2019 8:52 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 22 feb. 2019 17:44 ]

Chía, 24 de Febrero de 2019
 

Saludo y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Amor de Dios, La Medida Perfecta

    
   En el Evangelio de este Domingo vemos que Jesús trata de enseñarnos cómo nuestra vida no puede ser igual que la de todo el mundo. Frente al enemigo que nos odia o nos calumnia o nos maltrata, el mundo responde con odio o con venganza. Eso es lo que se ha hecho siempre. El Señor nos invita a superar la antigua ley del talión, que exigía “ojo por ojo y diente por diente”. Ahora es la nueva ley del amor sin límites; a la medida de Dios. 

   Jesús cambia de estrategia: “Amar a los enemigos”; “hacer el bien a los que nos odian”, “Bendecir a los que nos maldicen”, “Orad por los que nos “injurian”. Todo parece al revés de este mundo, porque ese es el mundo y los criterios del evangelio y lo que Dios quiere de nosotros. Por eso, está bien que estemos en el mundo, pero que “no seamos del mundo”. Se trata de sentir la alegría de luchar por un nuevo mundo que podemos construir.

   Pero qué difícil es, y a veces, hasta imposible cumplir con estos criterios, porque todo lo pretendemos hacer a partir de nuestras propias fuerzas. Sólo es posible, con la fuerza que nos da la gracia de Dios. Solo unidos a él podremos amar y actuar con los demás, en la lógica de Dios.

 

   La propuesta de Jesús es por un cambio de mentalidad y de corazón. Algunos pensarán que es difícil, otros, que es imposible, pero lo importante es tener la esperanza cierta en que podemos ir transformando nuestro entorno si somos capaces de ir transformándonos por dentro. Solos no podemos, porque más pueden nuestras seguridades, caprichos y egoísmos; lo único importante ha de ser estar unidos a dios y a la comunidad que nos ayuda y rodea.

   Es ley sagrada: “Obrar con los demás como quisiéramos que ellos obraran con nosotros”. Estas palabras debemos tenerlas muy presentes en nuestra tarea diaria. Es la forma cotidiana de coherencia y testimonio. Los criterios del Señor son la otra forma de amar, de comportarnos y de ser justos. Ahí descubrimos que el otro es importante, que todos cometemos errores, y que todos somos sujetos del perdón y de perdonar, sin pedir nada a cambio, porque todos salimos ganando.


   La vida es un espejo que nos permite reconocer en cada uno de nosotros, los rasgos de Dios; que somos propiedad suya, y que brilla a través de las acciones de nuestra vida. Si nuestro actuar estuviera de cara a los demás, ¿nos avergonzaríamos o nos sentiríamos orgullosos de lo que hacemos? Debemos reconocer que en nuestra propia vida hay situaciones que causarían profunda vergüenza si fueran hechas públicas. Delante de la presencia de Dios, ¿sentiremos o paz o vergüenza? He ahí por qué el Señor nos recomienda “no juzguéis y no seréis juzgados”. 

   Esta nueva manera de obrar que nos ofrece Jesús: no juzgar, no condenar, hacer el bien, amar a los enemigos y orar por ellos, es efectiva. Cuando aparece la tentación de juzgar a otro, tendremos primero que reflexionar en nuestro propio juicio. San Agustín lo expresó así: Si quieres dejar de pensar en las fallas del otro, lo que hay que hacer es enfocarte en las tuyas. Es una cuestión de respirar profundamente y antes de criticar al otro, preguntarse: ¿Cómo es que yo puedo ver tan rápidamente las fallas del otro? ¡Puede ser que yo tenga fallas semejantes, o aún peores! 


   No olvidemos que todos transitamos por permanentes riesgos, así como el río no puede correr sin los márgenes estrechos de sus orillas, pero será en el centro de su cauce y no en las orillas, en donde se hace realmente veloz.  Si nuestra vida va de la mano de Dios, aunque la acechen los riesgos, ella irá por buen cauce y llegará a buen puerto. Se requiere avanzar hacia la meta evitando los precipicios y los bordes del mal que a todos nos golpean. 

   Cuántos de nosotros jugamos a ser cristianos, pero en el fondo somos un tanto paganos. Cumplimos ocho o nueve mandamientos, pero nos reservamos ciertos desbordamientos y abismos. Es ahí donde encallamos en los rincones del mal.  La nueva ley, la ley del amor será la clave para no encallar en el mal. “Ama y haz lo que quieras”.

   No midamos nuestras fuerzas peleándonos, sino perdonándonos. Por la fuerza no se llega a ser más, ni a estar más arriba. Es la humildad, el servicio, el amor y el perdón incondicional lo que hará estar por encima de los demás. Así nos parezca imposible, cambiemos el odio, por el amor; la ofensa por el perdón; la discordia, por la unión; más que ser consolado, consolar a los demás; más que ser comprendido, comprender a los demás; más que ser amado, amar y perdonar a los demás. Con ello, ya extendemos el Reino de Dios.

 

Pidamos al Señor, que nos dejemos llevar por el noble reto de “hacer” y de “ser” cristianos que dejemos en alto tal condición. Que nos desenvolvernos en cánones de conducta que sólo son posibles con la fuerza y la gracia del Señor. Sólo en Dios, desde Dios y con Dios, podemos desempeñar el papel que nos corresponde. Que nos animemos a descubrir que, juntos y con cada mejilla enrojecida, con cada gesto de generosidad desinteresada, de amor sin reservas, de perdón y de humildad.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 6° Domingo Tiempo Ordinario, 17 Feb 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 14 feb. 2019 16:24 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 feb. 2019 17:05 ]

Chía, 17 de Febrero de 2019
 

Saludo y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

“Bienaventurados por Siempre”

    
   En el Evangelio de hoy, con las bienaventuranzas, Jesús da a sus discípulos la carta magna y el programa de la felicidad que no defrauda. Las palabras: 

"¡Dichosos!"; "¡Felices!", “Bienaventurados” 

lo resumen todo. El Evangelio, como tal, es buena noticia, dicha, alegría, bienaventuranza y felicidad. Las bienaventuranzas son realidades irreemplazables y necesarias para la vida del alma, así como nuestros pulmones necesitan de aire. Las bienaventuranzas no son para juzgar a unos y salvar a otros. Sencillamente son ideales de vida evangélica y los estilos concretos de vivir a la luz del evangelio.

    En el sermón de la montaña, Jesús menciona una serie de realidades negativas propias del ser humano: tristeza, llanto, hambre, persecución, deudas, pérdida de seres queridos, abstinencia, desastres, acusaciones falsas. No se trata de aceptarlas pasivamente; al contrario, si se aceptan será porque detrás de ellas se encontrará algo más maravilloso: la alegría de participar del mismo don del Señor. Entonces, las lágrimas, las persecuciones, el hambre o cualquier desdicha o angustia, puestas a los pies del Señor, serán también sus propias angustias y sus sufrimientos.

 

   En la lógica de Dios, las bienaventuranzas son las sendas que llevan a la felicidad. Habrá que evitar perder el tiempo en distracciones que solo dan alegrías que se acaban demasiado pronto. En la marcha hacia el cielo sólo sirve cargar las bienaventuranzas, e ir tomados de la mano de Dios, como el bastón que nos sostiene.

 

   La Felicidad es la máxima aspiración de todos, pero no es fácil conseguirla, y menos de cualquier manera. No basta conseguir lo que uno andaba buscando, y cuando lo encuentra, los deseos de uno, aún no quedan satisfechos, porque cuando uno ha conseguido lo que quería, descubre que está de nuevo buscando otras dichas. 


   También es claro que el dinero no puede comprar la felicidad, aunque él pueda comprar aquello que tiene apariencia de felicidad, pero nada más. Aunque las bienaventuranzas, estén en abierta oposición con las ofertas de la sociedad de consumo, son las propuestas que Jesús nos hace en aras de la verdadera felicidad.

 

   En las cosas más nobles de la vida y, des afortunadamente también en las más equivocadas, al ser humano le acompaña una sed de felicidad. Cuando los jugadores de fútbol hacen un gol están corriendo detrás de la felicidad. Cuando los jóvenes eligen una profesión, lo hacen buscando ser felices. El que siembra y el que cosecha, lo hace buscando también la felicidad. Pero también el que roba, o el que miente, o el que engaña, pretende ser feliz a través de lo que realiza. Aunque en todo lo que hagamos buscamos la felicidad, está claro que no todo sirve para alcanzarla, y por eso muchas veces vemos frustrada la felicidad detrás de la que hemos corrido.

 

   Jesús es la clave para entender las bienaventuranzas. Él es el hombre pobre y despojado de todo. Él une la justicia con la misericordia. Él hace la paz entre el cielo y la tierra. Con su corazón limpio caminó con mansedumbre predicando el Reino. 


   Aguantó insultos, persecuciones y acusaciones falsas, todo por traernos la salvación. De ahí que su expresión: “por causa mía”, nos da la clave para ser dichosos. En medio de las aflicciones, él siempre será la causa de la felicidad. Detrás de aquello que suena a desgracia e infelicidad, se esconde la felicidad. 


   Entonces la persecución vendrá en aras o a causa de la justicia; la alegría del Reino será fruto por la pobreza de espíritu; luego del sufrimiento vendrá el eterno consuelo. Para Jesús, la base de felicidad es más profunda que una simple tranquilidad lograda por las dichas pasajeras en este mundo.

 

Desafortunadamente hemos optado por vivir bajo el imperio de lo efímero. El dinero se ha convertido en nuestro “dios”; despreciamos a los pobres, la corrupción se expande devorando las sociedades; el sensualismo bajo todas sus formas está omnipresente, mientras que la fe, la relación con Dios y los valores del alma parecen desvanecerse. Jamás seremos felices si no nos sintonizamos con la felicidad que Jesús nos trae. Aquella felicidad que tiene que pasar por el crisol de las pruebas.

 

   En resumen, la verdadera felicidad, es, en realidad, aquella permanente y duradera; es decir la que va cargada de bienaventuranza, dicha divina y eternidad. 


   En eso precisamente consiste el cielo que vamos buscando y forjando aquí y ahora. Las bienaventuranzas nos ayudan a levantar la mirada para no tropezar. Son la brújula en el camino para llegar a Él. 

 

   Aunque no sea fácil realizarlas, sabemos que nos llevarán a la felicidad que buscamos. Lo más maravilloso está en las promesas que ellas encierran: “Heredarán la tierra, serán consolados, serán hijos de Dios, consolados por Dios, alcanzarán la misericordia de Dios…Y todo: “porque verán a Dios”.

 

   ¿Qué alegrías que atrapan nuestro corazón? ¿Quién o qué hace verdaderamente feliz nuestra alma? ¿Somos felices, o simplemente buscamos el placer? El placer dura un instante, la felicidad es una manera de ser. El Señor Jesús, quien nos trajo la alegría del cielo y vivió la felicidad del mismo Dios, nos recuerda que, con las bienaventuranzas, podemos forjar desde ya, aquí y ahora, la dicha y felicidad que en su máximo esplendor saborearemos en el cielo.


    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 


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Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  
 

Saludo 5° Domingo Tiempo Ordinario, 10 Feb 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 7 feb. 2019 7:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 7 feb. 2019 8:18 ]

Chía, 10 de Febrero de 2019
 

Saludo y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Por tu Palabra, Señor, echaré las redes

      
 

   Después de ser rechazado por sus compatriotas, Jesús comienza la aventura de elegir hombres sencillos, limitados y pecadores, pero dispuestos a dejarse formar por Él para impregnar el mundo, con su humilde huella, los mismos pasos y huellas del Señor.

 

   El Evangelio nos presenta la elección de Pedro que, postrado a los pies del maestro, recibe el llamado:

 

“No temas, desde ahora serás pescador de hombres”

 

   El Señor con su Palabra lo anima y nos anima a seguir mar adentro; con su presencia no hay cabida al desaliento ni al pesimismo porque Él va siempre delante. Teniéndole a Él, aunque dudemos de nuestras habilidades y capacidades, nunca dudaremos de lo que el Señor nos asegura:

 

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final del mundo”.

 

   Hay dos momentos claves de Pedro con el Señor. Primero, cuando Pedro no podía entender que el camino de Jesús tenía que pasar por la Cruz y trató de disuadirle, a lo cual el Señor le responde: “Apártate de mí, Satanás, tú piensas como los hombres, no como Dios”. Y ahora, ante el milagro de la pesca, Pedro queda pasmado ante Jesús y no se siente digno de estar en su presencia, por eso exclama: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. 


  Ahora es Pedro que se siente pecador delante de Jesús. Cuando le negó se sintió tan mal que lo único que hizo fue llorar, y ahora se siente incómodo y no logra entender que, precisamente por ser pecador es cuando más se necesita de Él. Justamente, porque se es pecador, es cuando más urgencia tenemos de Dios. No obstante, la condición pecadora de Pedro, Jesús lo convierte en “pescador de hombres”.

 

   Todos los momentos son válidos, cuando se trata del llamado que nos hace el Señor. Es la fuerza de su Palabra la que está por encima de nuestros estados de ánimo, de nuestro pecado. Él conoce que somos vasijas de barro y, aun así, diseña en nosotros preciosas herramientas, aptas para trabajar por su Reino. Cuando todo parece oscuro se presenta Dios en la vida y nos manda a echar las redes, a seguir luchando y a no darnos por vencidos. Cuando ya no creemos ni en nosotros mismos, ni en nuestras capacidades porque el pecado nos arredra, aún nos queda la fuerza de la Palabra del Señor, para proclamar con fe: 

“Por tu Palabra echaré las redes.

 

  En la sincera expresión de Pedro, “Apártate de mí que soy un pecador” cabemos todos. Quizá nos hacemos a la idea de que Dios ya no nos quiere porque somos pecadores. Que nos abandona a causa del pecado y que todo lo que nos acontece es castigo suyo por alejarnos de Él. Por el contrario, como criaturas limitadas y pecadoras, siempre estamos necesitados de Él, de su misericordia y su perdón. Sabe que siempre tendremos que recurrir a Él para sanarnos porque el pecado es como una infección que alcanza a toda la humanidad y nos enferma. Él mismo sentenció: 

“no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos”.


   En la barca de Pedro que, a veces no pesca nada, y otras veces se hunde, todos estamos llamados a echar las redes en aras de la pesca milagrosa del Señor. Hoy, los protagonistas somos nosotros, y Jesús nos invita a echar las redes. La pesca del día también somos nosotros, y la barca a la que sube el Señor es la barca de nuestra propia vida, de nuestra propia familia, de nuestro trabajo y de nuestra historia. 


  Jesús que llamó a Pedro, Santiago y Juan, nos llama a todos, aunque vayamos cansados y con las redes de nuestra vida vacías, para que nos impliquemos mutuamente en la pesca de la salvación, siempre y cuando confiemos en su Palabra, porque sin el Señor, nuestras redes estarían vacías.

 

   San Agustín, a propósito del Evangelio de hoy, comenta que: “Recibieron de Él las redes de la Palabra de Dios, las echaron al mundo como si fuera un mar profundo, y capturaron la muchedumbre de cristianos que vemos y nos causa admiración”. Usemos las redes que nos da el Señor. Como dice San Ambrosio: “Estos instrumentos de pesca de los apóstoles no hacen perecer a la presa, sino que la conservan, la salvan de los abismos y la sacan a la luz, conduciéndola de los fondos bajos hacia las alturas… “. 

 

  El encanto de la pesca es que se trata de la búsqueda de lo que es difícil de alcanzar, pero alcanzable. 


   La pesca es, de hecho, una serie perpetua de ocasiones para la esperanza. Dejemos, entonces, que Dios se valga de nosotros para que, con nuestro testimonio de vida, se llene la barca del Señor. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 4° Domingo Tiempo Ordinario, 3 Feb 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 31 ene. 2019 18:10 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 ene. 2019 18:58 ]

Chía, 3 de Febrero de 2019
 

Saludo y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Amor Universal de Dios en Jesús”

      
 
   En el Evangelio de este Domingo, Jesús proclama: 

 

"Hoy, esta palabra se acaba de cumplir"

 

   Más que mirar al pasado o al futuro, Jesús mira al presente, al hoy, porque es en el hoy donde damos cabida a Dios, y donde su Palabra tiene que resonar con más fuerza. Este primer sermón lo escucha gente piadosa y buena que acudía al templo todos los sábados. 


   Pero llega el momento en que, quienes lo escuchan con agrado y “quedan admirados de sus palabras”, serán los primeros en colocar obstáculos y resistencias a su mensaje. Cuando Jesús se presenta como uno más del pueblo, todo va bien. Pero, tan pronto se presenta como el profeta que proclama con fuerza y exigencia la verdad, todo se le complicó.

 

   El relato de Lucas resulta realista y actual. Los suyos que le escuchan en la Sinagoga “quedan admirados de sus palabras”. Quedan satisfechos diciendo “¡qué bien que habla!” Pero luego, esa admiración queda en nada, si no les hace el milagro que le piden, ya no creerán en Él. ¿Dónde comienzan los problemas para Jesús? No mientras lo ven a Él en sí mismo sino cuando piensan en su origen. “¿No es éste el hijo de José?” dice cosas maravillosas, pero es hijo de un carpintero. Hay algo especial en sus palabras, pero ¿se puede esperar algo del hijo de un carpintero? A lo más, un “hijo también carpintero”.


   Eso mismo pasa con nosotros. Nos gustan los discursos y las palabras bonitas, que nos digan lo que nos conviene, pero luego, nuestra admiración queda en nada. Incluso, hasta decimos: ¿rezarle a Dios? Sí, pero si nos hace el milagro que le pedimos, de lo contrario, no creeré en Él. 

   Mientras no nos complique la vida, todo bien, pero si nos exige, entonces, ya deja de “ser profeta”. 

   Primero lo admiramos, pero luego, cuando nos habla personalmente, entonces ya deja de “ser profeta”, nos incomoda y decidimos desterrarlo de nuestra vida. Si se acomoda a nuestros caprichos y pecados, todos conformes, pero si nos exige acomodarnos a su santa voluntad, prescindimos de Él.

   Olvidamos que el verdadero profeta no dice lo que queremos que nos diga, ni lo que nos gusta escuchar, ni lo que nos halaga. El verdadero profeta es el que nos dice lo que tiene que decirnos; lo que Dios quiere decirnos; lo que nos obliga a cambiar porque huele mal en nuestros corazones, aunque personalmente nos pueda doler. 

   Es el que nos molesta porque siempre se hace voz de Dios que nos invita a cambiar.

   Hoy, Dios sigue teniendo el mismo problema con nosotros. Si se presenta como Dios, no nos convence porque ya pasó de moda, y si se presenta como hombre, nos parece poca cosa. Entonces, quizá sea mejor despeñarlo o eliminarlo de nuestras vidas porque nos incomoda su modo de actuar. Basta que uno diga que es creyente para que el resto empiece a rechazarlo. Basta que alguien confiese la fe para que lo vean como un tipo raro. Basta que uno se atreva a hablar de Dios en público, para que fácilmente alguien quiera despeñarlo. Quien quiere hablar de Dios, fácilmente es marginado por ser un “aguafiestas”. Quizá por esta razón preferimos pasar escondidos, indiferentes, anónimos y no hablar de Dios.

   No obstante, “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”.    La verdad puede encontrar estorbos en el camino. Jesús puede pasar de “profeta”, y luego pasar a la categoría de “carpintero” pero no por eso dejará de hablar como profeta. 


   Él siempre se abrirá paso y la verdad terminará por florecer.  La verdad que anuncia sigue delante y algún día amanecerá. 


   A pesar de los obstáculos y de no ser bien recibido entre los suyos, no se intimida. También hoy, a pesar de nuestras negaciones y resistencias que le solemos colocar, continúa pasando por nuestras vidas brindándonos su Amor.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 3° Domingo Tiempo Ordinario, 27 Ene 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 26 ene. 2019 11:41 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 26 ene. 2019 11:59 ]

Chía, 27 de Enero de 2019
 

  Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Anunciaremos tu Reino, Señor 

      
 
   Jesús retoma al profeta Isaías que anuncia la venida del Mesías, el ungido de Dios que restablecería el orden roto por el pecado. Esa promesa de Dios que comenzó con Abraham llega ahora a su pleno cumplimiento en Jesús: “Hoy se han cumplido estas escrituras”, afirmó Jesús. 


   El Espíritu está sobre Él y su misión ha comenzado: instaurar el Reino de Dios, del cual nosotros hemos sido constituidos también en heraldos y mensajeros. 


   El Reino de Dios se convierte en el tema central de la predicación de Jesús, hasta llegar a ser el motivo de su muerte en cruz.

 

   Jesús no vino a anunciar desgracias, sino “buenas noticias”. Él mismo es la Buena noticia por excelencia y en él, somos llamados a ser buena noticia para el mundo. Desde nuestro bautismo, nuestra vida queda bajo la fuerza del Espíritu de Dios, marcada por la impronta de Dios. Él vino a abrir las puertas del cielo a todos y a "proclamar el año de la gracia del Señor" y el perdón para todos.


   El gran reto del Cristianismo es presentar a Jesús no como un personaje que vivió hace dos mil años, o como una figura del pasado, sino como la Buena noticia de ayer, de hoy y de siempre; mensaje siempre actual e interpelante. La visibilización de esta buena noticia del reino de Dios, se concretiza a través del compromiso bautismal y la constancia en el amor de Dios y del prójimo, sobre todo del más necesitado, del pobre en el cual se evidencia de manera más latente el rostro vivo de Jesucristo.

   El Evangelio afirma que Jesús “era llevado con la fuerza del Espíritu”; él no actuaba por cuenta propia, sino movido por los planes de Dios. La pregunta es: ¿Cuál es el espíritu que nos mueve a nosotros hoy? No olvidemos que también, desde el Bautismo, llevamos dentro al Espíritu Santo, como el nuevo dinamismo que ha de mover nuestras vidas. ¿Nacemos del Espíritu y solemos invocarlo como “Señor y dador de vida”, ¿pero acudimos y somos obedientes a él?, o tal vez obramos, más bien, ¿cómo “hombres según la carne” quedando bajo el dominio del pecado?


   Cuando el Espíritu no es el que nos mueve somos como auto que se quedó sin gasolina. Cuando el Espíritu no es el que nos mueve somos como velero sin viento que le empuje. Cuando el Espíritu no es el que nos mueve la vida se nos apaga. 

   Si no somos “movidos por el Espíritu”, de seguro que seremos “movidos por la carne”. La gran pregunta que tendremos que hacernos cada uno debe ser: ¿Hacia dónde sopla hoy el Espíritu? ¿Hacia dónde nos lleva hoy el Espíritu’ ¿Hacia dónde nos quiere llevar hoy el Espíritu?

    ¿Si Jesús fue enviado a anunciar a los pobres la buena nueva, no será que pensamos que los pobres son distintos y ajenos a nosotros? Como la afirma el Señor: “Hoy se ha cumplido esta Escritura” 


¿Reconocemos la Sagrada Escritura como la norma de nuestra vida y la guía para seguir los pasos de Jesús, el enviado del Padre? ¿Acojo la Buena Noticia que hoy, aquí y ahora me ofrece Jesús? ¿Agradezco al Padre el don de poder participar en la misión de su Hijo? ¿Soy cercano y me uno a la oración por tantas personas que están pasando por situaciones de dolor o de oscuridad? ¿Ofrezco mi vida como María, para anidar al Señor en el corazón?

 

   Como discípulos del Señor hemos de transmitir la Buena Nueva; prolonguemos sus entrañas de misericordia a los que sufren más, dejémonos llenar del Espíritu de Dios, y con su fuerza, donde quiera que estemos, anunciemos el reino de Dios.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:   www.santaanacentrochia.org 

les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 2° Domingo Tiempo Ordinario, 20 Ene 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 18 ene. 2019 14:18 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 ene. 2019 14:24 ]

Chía, 20 de Enero de 2019
 

  Saludo y bendición queridos discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Las Bodas Indisolubles del Amor de Dios 

      
 
   En este segundo Domingo del tiempo ordinario, encontramos el primer milagro de Jesús: las bodas de Caná. El gesto de convertir el agua en vino, se convierte en una señal de la Gloria de Jesús porque « los discípulos creyeron en Él». Jesús no crea el vino de la nada, sino del agua. El agua de la purificación simboliza la antigua alianza, la fe de los judíos, mientras que el vino es la nueva alianza, la de Jesús que se entrega por amor. Es el don de Dios que viene en ayuda del esfuerzo humano.

 

   En las Bodas de Caná, el Señor resuelve un momento de apuro para los novios que se quedan sin vino para agasajar a los invitados; a la vez resalta el papel de María como Mediadora que intercede ante las necesidades de sus hijos y, adicionalmente, este milagro le permite afirmar la fe de los discípulos en Jesús.


   La importancia de María, la madre de Jesús es muy grande. Ella está con Jesús en la fiesta de la boda, se fija en todo y en un momento determinado dice a su Hijo: "no tienen vino". Es una petición de doble intención, pues, de una parte, le pide ayuda en una pequeña dificultad doméstica; de otra le plantea que se manifieste como Mesías con un milagro. 

   La primera reacción de Jesús parece negativa: "¿qué nos va a ti y a mí, aún no ha llegado mi hora"; se cruzan las miradas, y María, amablemente compenetrada con su Hijo, dice en voz baja a los servidores: "Haced lo que Él os diga". 

   Jesús pide que “llenen de agua las tinajas”. Les dará un uso diferente y mucho más importante. Casi seiscientos litros de agua en las tinajas son llevados por los ayudantes, que no comprenden nada. Y Jesús no hace ningún gesto explícito. El signo contundente aquí es, ni más ni menos, la fe que transforma el agua en vino. Es la fe de Jesús en el amor del Padre que abundará en amor por el ser humano. Es también la fe de María en Jesús, la fe de los ayudantes en la intercesión serena de María y de Jesús. Jesús no buscó hacer un milagro visible, sólo al final, ya el agua estaba convertida en el mejor de los vinos. 

   A la petición de María que estaba vigilante, el Señor responde con el vino y así se salva el amor, como a la petición de perdón del pecador arrepentido, el Señor responde con el vino del perdón salvando al pecador. Jesús, encarna siempre el don desmedido de Dios, la profusión de su amor y no hace las cosas a medias. Como el día de la multiplicación de los panes cuando todos quedaron saciados y recogieron doce canastos de sobras. 

   El papel de María es fundamental. Como Madre de Dios seguirá intercediendo por todos nosotros, como lo hizo por aquellos novios. Nadie se dio por enterado que, en realidad, el buen vino tuvo su origen en María. Gracias a María, lo que pudo terminar en un problema, se convirtió en fiesta. Entonces, es preciso volver a iniciar la fiesta que se va apagando en el corazón de tantos que lloran porque les falta el vino del amor de Dios. 

   Podríamos preguntarnos: ¿Por qué tanto vino? Porqué seiscientos litros de vino? Quizá para que toda la humanidad pueda beber de él y consumirlo sin medida hasta la eternidad; así como es el amor de Dios: sin medida. El vino nuevo es Jesús en las tinajas de piedra. Como su amor renueva nuestros corazones de piedra. Es el vino nuevo, el milagro nuevo, el nuevo rostro de Dios, la nueva fuente de la que todos podemos beber, y recibir bendiciones incesantes. 

   El milagro de Caná llena de esperanza a tantas parejas que «¡No les queda vino!», porque creen que su mejor amor era el de enamorados y novios; pero ese amor era demasiado superficial. El verdadero amor es aquel que ha superado las crisis del crecimiento, porque es mucho más maduro, como el mejor de los vinos. La escena les abre una vía a los cónyuges para no caer en esta situación o salir de ella si ya se está dentro: ¡invitar a Jesús a las propias bodas! Si él está presente, siempre se le puede pedir que repita el milagro de Caná: transformar el agua en vino.

 

   Jesús nos enseña que cuando la situación lo requiere es necesario actuar. Dejemos actuar a María en nuestra vida y vivamos con la confianza de saber que ella nos descubrirá “la hora”, nuestra hora, para que se realice la voluntad de Dios en nuestras vidas. Las bodas de Caná son signo de las bodas eternas que Jesús estaba celebrando con la humanidad, y el vino del que se habla aquí es el amor de Dios que alegra el corazón de los que le reciben.

 

Dejemos, entonces, que Jesús llene nuestras humildes tinajas para que rebosen de su gracia y bendición; y como María, estemos atentos en esas situaciones que necesitan nuestra ayuda y nuestra presencia y preocupación.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Solemnidad Bautismo del Señor, 13 Enero 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 10 ene. 2019 7:16 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 ene. 2019 9:19 ]

Chía, 13 de Enero de 2019
 

  Saludo y bendición queridos discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Como Jesús: Hijos Amados y Predilectos 

     
 
   Con esta festividad del Bautismo del Señor, se cierra el Tiempo de Navidad y comenzamos el tiempo ordinario, en que meditamos a Cristo, Salvador del mundo. 

   La Epifanía del Señor, indicaba que su salvación es para todo el mundo. La fiesta del bautismo del Señor cierra el  ciclo de Navidad y  nos presenta una nueva manifestación de Jesús. Por el bautismo somos interpelados a seguir los pasos de Jesús. Si en la Epifanía era reconocido como el Mesías y Salvador, por el bautismo es proclamado en público como el Hijo de Dios en carne mortal. 

   El bautismo en el Jordán fue para Jesús dejar la vida silenciosa de Nazaret y el comienzo de su misión mesiánica. Isaías habla del elegido que promoverá el derecho y la justicia, curará y librará. El "elegido" fue investido como Mesías en las aguas del Jordán donde se escuchó la palabra del Padre.

    La fiesta del Bautismo del Señor nos lleva al inicio de las cosas, a la génesis misma del mundo. Así como en el principio el Espíritu se cernía sobre la superficie de las aguas, en la escena que hoy contemplamos, el que va a ser Redentor de la humanidad brota de las aguas esenciales y es señalado por el Espíritu eterno como Salvador.

   Jesús está a punto de iniciar su misión y busca a Juan Bautista, que predicaba junto al Jordán. El evangelio asegura que Juan se veía como un siervo del Mesías, anunciador de su llegada. Él decía no ser digno de desatarle las sandalias. Jesús, pues, se acerca a Juan. Quiere ser bautizado. Es claro que no viene por un bautismo de regeneración, sino que quiere inaugurar su tarea.

   Cristo nos bautiza con el Espíritu Santo quedando así destinados a una misión particular en este mundo, la de anunciar nuestra propia pertenencia al Dios trinitario, significada en el sacramento por medio de la unción del crisma. En efecto, desde el día de nuestro bautismo, habita en cada uno de los bautizados el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y formamos parte de la Iglesia Católica, siendo Jesús la Cabeza y nosotros, miembros de su Cuerpo.

   En el Bautismo, el Señor nos asocia a su proyecto, nos adopta por hijos suyos. En adelante ya no tendremos solamente estos padres, estos apellidos, esta herencia genética, cultural y económica. Seremos, ante todo, hijos de Dios, con todos los derechos y también los deberes que esto significa. A partir del bautismo, ya no somos meramente humanos; nuestro ser se ubica en una esfera superior, porque formamos parte de la familia de Dios.

   El Padre de los cielos convierte la escena en una escuela personal para Jesús. Él nació de las entrañas de María. Ahora, al salir del agua, oye al Padre Dios decirle:

 “Tú eres mi Hijo muy amado”

   Igual que María, su Madre lo presentó a los pastores y a los magos del Oriente para que le adoraran, el Padre quiere empezar a presentarle ante el mundo, señalándolo como su “predilecto”. Por fin, igual que la estrella le distinguió entre la multitud, Jesús ve cómo el Espíritu Santo le reconoce entre la muchedumbre y, así como la paloma va directo al lugar de su origen, el Espíritu Santo viene a él para habitar en él. El Espíritu sabe que Jesús es su hogar perpetuo. 

   El Bautismo del Señor además, inaugura el anuncio del Reino del Padre y constata que Jesús inicia la nueva creación. Aparece ante nuestros ojos como nuevo Moisés que, rescatado de las aguas, inició el proceso que culminaría con la ruptura de las cadenas de esclavitud que ataban de pies y manos a sus hermanos.  

 Nosotros confesamos que Dios nos creó y nos regenera como sus hijos en la fuente bautismal. Y Cristo, que asume nuestra carne, santifica las aguas comunicándoles fuerza redentora que se nos transmite en el bautismo. 

   La acción salvífica de Dios actúa en su Hijo predilecto. Jesús como Dios que es, habiendo iniciado su ministerio en las aguas del Jordán, seguirá restaurando a todos sus amados en las aguas del bautismo. Así lo dicta nuestra fe: “Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios, y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. 

   El Papa Francisco nos dice: Busquemos la fecha de nuestro Bautismo. La fecha del Bau­tismo es la fecha de nuestro naci­miento a la Iglesia, la fecha en la cual nuestra mamá Iglesia nos dio a luz. 

   Dejemos que la Palabra de Dios habite e nosotros, y así como Juan Bautista, gracias a la fe, fue el único que logró de ver a Jesús como el Cordero de Dios, también nosotros, con el auxilio de Dios y con una mirada dócil, nos esforcemos por ver aquellas cosas que por más que la razón no las entienda y quiera negarlas, la fe nos las asegura. 

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Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


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