Saludo Semanal 

1° Domingo de Adviento, 29 de Noviembre de 2020, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 29 nov 2020 4:33 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 30 nov 2020 5:37 ]

Chía, 29 de Noviembre de 2020


  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

"¡Ya Viene El Señor, Él es Nuestra Alegría!"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   Hoy comenzamos el nuevo año litúrgico, ciclo B, sin necesidad de esperar al primero de enero, ni a la Noche Buena. Termina una esperanza y se abre una esperanza nueva. Lo que parecía el final se convierte en un nuevo comienzo. Termina el año litúrgico con el Señor como Rey del universo y comienza un nuevo año, anunciando, de nuevo, su nacimiento en Belén. El Señor volverá y aunque no sabemos cuándo, hay que estar vigilantes porque no sabemos ni el día ni la hora.

   Al escuchar este Evangelio, viene a nuestra mente cuando éramos niños, que nos encantaba jugar a las escondidas. A Dios también le gusta esconderse y aparecer de nuevo. Dice que se va, y luego dice que se queda.  Dice que está, pero no lo vemos porque no queremos verlo donde él está. Y no es que quiera engañarnos. Al contrario, cuando dice que se va, nos deja la tarea: “…A cada uno de sus criados le dio su tarea”. Y al decirnos que esperemos su regreso, no es para quedarnos parados sino para que estemos atentos a su llegada. A su vuelta, no quiere encontrar el mundo como él lo dejó. La llamada es estar bien despiertos, y en la vigilancia de quien se siente ocupado en la tarea que él nos ha dejado. Para quien se siente administrador, la llegada de Dios es el término de sus fatigas; es el momento de cesar en su labor y pasar al banquete definitivo con el dueño de todo. Velar, sí, pero trabajar también.

   Jesús, que nació en Belén, continúa naciendo en cada uno de nosotros según respondamos a la oferta de participar en su vida. Esperar en él, es propio del que le ama, y a él lo esperamos porque lo amamos. A menudo nos parece como si Dios estuviera ausente, pero somos nosotros quienes le damos la espalda. "Estar atentos y vigilantes" consiste en reconocer las maneras en las cuales Dios solicita nuestra respuesta a su amor. El "hijo del Hombre" que ha de venir no es alguien que nos llega desde fuera, sino que se deja encontrar en nosotros en su diaria presencia y eterna invitación.

   Existe el peligro de pasar por la vida dormidos, sin darnos cuenta que él continúa viniendo. Tantas esclavitudes como el egoísmo, la comodidad, la avaricia, el pensar solo en pasarla bien, el vivir para tener, el dejarse atrapar por las cosas y olvidar a las personas; todo esto nos adormece y hace que nos centremos sólo en nosotros mismos. En cambio, escuchar atentamente las presencias y los sentires de Dios en los demás, en las realidades de nuestro entorno y del mundo, cultivando la compasión y caridad con los que sufren y prolongando la mano de Dios a través de las nuestra, eso sí nos mantiene despiertos y nos va revelando los rasgos cercanos del mismo Dios. Y eso es Navidad.


   Jesús nos asegura que vendrá, pero no dice cuándo llegará. Eso es el adviento: tiempo que nos mantiene la fe y la esperanza despiertas y en permanente pálpito, pues su presencia siempre es cercana y novedosa. Desafortunadamente, a este tiempo cargado de fe y de esperanza cristiana, se le ha ido despojando de su verdadero significado. No permitamos que distraídos por pensar en los reglaos y en tantas cosas, se nos ahogue la voz interior que nos susurra su divina presencia en el pesebre de cada corazón. 

   No permitamos que, sumergidos en las carreras por las compras, las fiestas y paseos, pasemos por alto el verdadero sentido del nacimiento de Cristo. antes de visitar un centro comercial, ¿por qué no hacemos una visita al Santísimo? Antes de decorar nuestras casas, ¿por qué nos decoramos nuestras almas con las virtudes que agradan a Dios, más que el pesebre o el árbol de navidad?

   Dios viene a nosotros. Lo único que hemos de hacer es dejarle entrar en nuestra casa, y acogerlo con amor. Su presencia llena de sentido y de luz el horizonte de nuestra existencia. Él no quiere cristianos dormidos, sino despiertos. Estar vigilantes significa que se espera a alguien o se espera algo. Cristiano es el que sabe que el presente tiene un futuro, que la vida es un permanente adviento, y una navidad sin adviento, una navidad sin esperar a alguien, no es la navidad de Dios.

    Señor, yo no sé la hora de tu llegada a mi corazón. Quizá no me importa la hora, lo que sí me importa es que yo esté atento a tu hora, porque esa será mi hora. “Ven, Señor, no tardes”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito, en este nuevo año litúrgico, a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

   Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen del Adviento los proteja y acompañe en su caminar. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

34° Domingo del Tiempo Ordinario, 22 de Noviembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 20 nov 2020 14:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 nov 2020 14:54 ]

Chía, 22 de Noviembre de 2020

Solemnidad de Cristo Rey

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

"¡Vengan, benditos de mi Padre…!
[Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat]"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   
En este último Domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Cristo Rey del universo, “principio y fin; alfa y omega; el mismo ayer, hoy y siempre”. Y el evangelio proclama el último discurso de Jesús, o “discurso escatológico” con esta sentencia poderosa: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles se sentará en su trono, como Rey glorioso". 

   “No obstante, su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino que sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas” (Papa Francisco) 

   A lo largo del Antiguo Testamento, Dios siempre se presenta como “rey y pastor de su pueblo”, cuya misión es la defensa y valoración de los pobres, los sencillos, los humildes y los menos favorecidos. El reinado de Jesús se manifiesta no en el poder, sino en el servicio: “Yo no he venido a ser servido sino a servir y a dar mi vida en rescate por todos”

   Es la realeza de la misericordia, de la compasión y del perdón. Es la realeza de Jesús es la realeza del dar de comer, del dar de beber, del vestir al desnudo, del atender a los enfermos, del visitar a los encarcelados, de acompañar a los ancianos. Es la realeza anónima y desinteresada, de la gratuidad del hombre por el hombre, del “haz el bien y no mires a quien”, del amar a los demás sin espera de recompensa. En fin, es la realeza de Jesús sin nombre, pero presente en todos los hombres. 

   Y esta realeza de Dios se hace visible y cotidiana en realidades que retan nuestra fe y que, incluso, hasta nos incomodan: "Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve desnudo, estuve enfermo, estuve en la cárcel… y en verdad os digo que cuando lo hicisteis con alguno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis. Y cuando no lo hicisteis con ellos, no lo hicisteis conmigo”. A Jesús lo podemos abrazar, servir, alimentar, visitar aquí y ahora porque él está físicamente presente en "sus hermanos más pequeños". 

   Seguro que nos llevaremos una sorpresa de frente a Jesús: o la sorpresa de los buenos: “lo que hicisteis a uno de estos a mí me lo hicisteis”, o la sorpresa de los malos: “lo que no hicisteis con estos hermanos míos, tampoco lo habéis hecho conmigo”. Y la pregunta definitiva en el examen final él nos haga al atardecer de nuestra vida será la pregunta por el amor. “Entonces el Rey dirá a los que están a la derecha, venid, benditos de mi Padre, y a los que están a su izquierda, apartados de mí, malvados…” 

   “Dios ha estado tan cerca de nosotros, que ni nos hemos enterado”. Está tan cerca pero no lo vemos. Lo buscamos lejos cuando en realidad está a nuestro lado. Buscamos su rostro en las alturas, y él se nos revela en el rostro del más necesitado. Con los ojos de la fe tratamos de verlo a la distancia, estando Él sentado junto a nosotros. Nos pasa lo mismo que sus coetáneos: “al que conocían tan bien, no eran capaces de reconocerlo”

   Nos parece otro y no lo reconocemos porque nos faltan ojos de fe para verlo en el hermano más pobre y necesitado. Jesús se ilumina agradecido en el rostro del enfermo al que visitamos, en el huérfano o la viuda a quienes hemos consolado, en el preso que hemos visitado, en el hambriento a quien le hemos dado algo de comer, o al sediento algo de beber. Es la mano de Jesús que agradecida, estrecha la nuestra cuando así lo hemos hecho. No esperemos a morir para descubrir a Dios en el rostro de cada uno de nuestros hermanos. El veredicto final lo marca si “nos amamos los unos a los otros como él nos amó”. 

   Reconocemos al Señor en el sagrario, pero ¿sentimos luego su presencia en el hermano que sufre? Gastamos las rodillas orando, pero ¿somos capaces de gastar nuestros zapatos acudiendo en ayuda del hermano? Comulgamos con fervor en la eucaristía, pero ¿compartimos nuestro pan con nuestros hermanos? Acordémonos que los pobres y los que sufren, son el lugar predilecto del encuentro con Jesús y el mejor cofre en el que aseguramos la entrada al cielo. Dios quiere de nosotros amores hechos realidad, porque “cada vez que lo hicisteis con uno de ellos, lo hicisteis conmigo…” 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

33° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 de Noviembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 10 nov 2020 12:57 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 nov 2020 13:28 ]

Chía, 15 de Noviembre de 2020

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

"Talentos con Valor de Eternidad"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   
“Los adornos de la gracia, llamados talentos, ayudan a que la débil naturaleza tienda a su creador y dueño”
(Santo Tomás de Aquino). El evangelio de hoy nos recuerda que hemos recibido muchos talentos, y en la medida que los hagamos producir sin dilación y de manera generosa, aquel que nos los ha dado, se encargará de darnos mucho más: “…Como has sido fiel en lo poco, te confiaré lo mucho…” Los talentos, en la medida que se cultiven, van creciendo y hacen crecer, en la criatura, la eternidad escondida. Esconder los talentos sería privar del talante divino que acompaña al ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios; sería encerrarla bajo llave, impidiéndole elevarse a su creador.
 

   A cada uno Dios nos dio talentos, no para enterrarlos por miedo a perderlos, sino para que corramos el riesgo de negociarlos y lograr más. No somos dueños, tan solo somos administradores de cuanto Dios nos ha dado. El cristiano se ha de caracterizar por la valentía, el coraje y el mirar lejos y, como buenos negociantes, intuir las maneras posibles de hacerlos crecer. Nuestra responsabilidad frente a los talentos, consiste en prolongarlos con el porcentaje adquirido como ganancia hacia el futuro, renovarlo y hacerlo florecer cada día. 

   Negociar los talentos es la inversión de alto riesgo más rentable para quienes trabajan por el Reino. Dios es el que distribuye sus dones y si bien todos somos iguales en dignidad, él concede talentos diferentes a cada uno según la capacidad, y aunque no todos sabemos hacer lo mismo, todos nos empeñemos en la construcción del Reino. Lo importante es reconocer que los talentos vienen de Dios y a través de ellos, despliega su gracia y salvación. Quien no agradece los talentos, termina haciéndose dueño de ellos y, por ende, termina sepultándolos y escondiéndolos. Los dones son de Dios, pero del hombre depende hacerlos crecer, producir y administrarlos responsablemente. El camino a la santidad lo transita cada uno, y será ante Dios que daremos cuenta de los talentos con los cuales nos dotó y que su gracia perfeccionó

   Frecuentemente olvidamos presentar cuentas de lo que hemos recibido; olvidamos dar “gracias” a aquel que, confiando tanto en nosotros, nos dotó con un inmenso capital divino de cualidades y valores para nuestro crecimiento. Dejamos morir tantos talentos y capacidades que Dios nos dio para hacer el bien. Tenemos la capacidad de perdonar, pero a cambio, almacenamos odios y rencores. Tenemos la capacidad de dar un poco de alegría, de hacer que alguien sea un poco más feliz, y no lo hacemos. 

   Dios, dador de todo bien, reclama nuestra responsabilidad. ¿Qué estamos dispuestos a hacer por él? ¿Qué valores están produciendo nuestras familias cristianas que han sido regadas con el sacramento del bautismo y constantemente son beneficiadas con múltiples gracias? ¿Respondemos con generosidad a tantos regalos por parte de Dios? ¿Hemos perfeccionado las virtudes divinas que recibimos cuando éramos niños y que hoy como adultos, se supone que las hemos hecho crecer en nuestra relación diaria con Dios?

    Por su naturaleza, los talentos, como todo don, buscan su cauce y su expresión y tienden a crecer y a perfeccionarse. No somos fieles al niño, impidiéndole crecer; no somos fieles a las semillas impidiéndoles brotar, ni somos fieles a las raíces impidiéndoles echar tronco. Así también, ser fieles a los talentos, más que conservarlos, tienden a dar fruto y a multiplicarse con el coraje de mirar hacia delante. Ellos van cargados de eternidad y dicha eternidad está en juego cada día. Dios no quiere cristianos “herméticos” como “cajas fuertes de seguridad”; quiere que negociemos con los talentos que él nos dio. No podemos presentarnos ante él diciendo: “Aquí está tu talento…Aquí está evangelio, aquí está tu iglesia, los hemos conservado fielmente”

   Quizá hemos predicado tu evangelio y asistido a tu iglesia, pero no ha servido mucho para transformar nuestras vidas porque nos dio miedo hacerlos producir. La responsabilidad ante los talentos, incluye también la responsabilidad frente a todos los medios de subsistencia que nos ofrece en la creación y que reconocemos todos los días, como “frutos de la tierra y del trabajo de los hombres que recibimos por generosidad de Dios”. 

   Coloquemos los talentos al servicio del Señor, no para recuperarlos cuando él venga, sino para negociarlos con creces sirviendo a los demás. 

   Como su obra amada que somos, hagamos crecer las semillas de su reino que plantó en nuestras almas. No nos contentemos con ser buenos. 

   Más que ser buenos, se nos pide que, con las armas de los talentos, seamos mejores buscando la perfección como nuestro Padre celestial es perfecto. Lo que interesa, quizá no sea el número de talentos que tengamos, sino cómo los hacemos fructificar, dando lo mejor de nosotros. Si colocamos nuestros talentos a producir cada día, al final de la vida el Señor nos recibirá en su reino diciéndonos: «Pasa al banquete de tu señor». 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

32° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 de Noviembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 6 nov 2020 18:49 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 nov 2020 18:55 ]

Chía, 8 de Noviembre de 2020

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Que Velando o Durmiendo, Estemos Contigo, Señor"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   La parábola de hoy, en la llegada del esposo, Jesús nos muestra la importancia y la responsabilidad personal ante la salvación que se acerca. 

   Si bien es cierto que la salvación es comunitaria, ante la llegada del Señor, es cada uno quien ha de estar preparado para responder de frente al Señor. 

   Dormirse, o aprovecharse de los demás o sacar excusas es la peor actitud. Hay que estar despiertos con el aceite del amor y de la fe en el recipiente del alma, para que no se apague el deseo de la espera, y la luz de la ilusión ante el encuentro con Cristo. 

   No podemos dormirnos en la apatía de una fe sin compromiso o entumecida, donde no brilla la luz de Cristo. Tenemos la tentación de dejar fuera de nuestra vida al único que nos guía a la eternidad, y ante su cercanía, nuestra fe ha de ser vigilante, despierta y comprometida con el resplandor de la alegría y la bondad. En el bautismo el sacerdote le entrega la luz al recién bautizado diciéndole: “Recibid la luz de Cristo. Que este niño (a), perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos del cielo al encuentro del Señor”. Y se recuerda a los padrinos que no dejen apagar la luz de Cristo. Mantenerla encendida, eso significa “estar vigilantes”.

   La imagen del Dios que llega es hermosa porque, de ordinario, cuando alguien llega, solemos esperarle. Como también es bella la imagen de Dios que llega sin avisar porque así la emoción suele ser más grande. Lo inesperado y la sorpresa tienen su emoción, y lo inesperado de Dios en nuestras vidas tiene también su emoción. La pregunta no es si Dios llega o no llega, o si llega a tiempo o no. 

   La verdadera cuestión es si nosotros estamos dormidos o despiertos; si le estamos esperando o esperamos otras cosas; si escuchamos su llegada o nos despertamos cuando ya ha cerrado su puerta. “Dios tarda, pero siempre llega a tiempo”. 

   La parábola dice que “El esposo tardaba”. “Pero el esposo llegó a su tiempo, el problema fue que quienes lo esperaban ya estaban dormidas”. Dios sigue llegando, y siempre llega a tiempo; no es cuando a nosotros se nos antoje; desafortunadamente, como las doncellas, nos quedamos dormidos y ni nos enteramos de su paso, y cuando llega, quizá ya no tengamos el aceite de nuestra fe. 

   La “vigilancia” que pide el Señor, nada tiene que ver con el insomnio, y menos con una actitud de terror ante la muerte. Tiene que ver con la “diligencia” o amor de predilección. Cuando se ama, aunque se duerma, se está despierto para atender al ser amado. Así, una madre dormida tiene el corazón vigilante, y, casi sin darse cuenta, se levanta a consolar a su niño. En el libro del cantar de los cantares, la enamorada dice: ““Yo duermo, pero mi corazón vela”. 

   Muchos nos dormimos pensando que todavía tenemos mucho tiempo; que aún no vendrá el Señor; que es muy pronto para que nos llame, que somos jóvenes y aún tenemos muchos años por vivir; o, al contrario, que ya somos demasiado viejos para ser santos. Y así dejamos todo para último momento y tal vez sea demasiado tarde. San Juan dice: “Vino a los suyos y no le recibieron”. “Vino a su casa y no la reconocieron”. Pareciera que Dios siempre llega cuando no estamos, o estamos mirando a la luna. Dios no llega cuando a nosotros se nos antoja o cuando nos conviene. El problema será, si cuando llegue tengamos que ir a buscar aceite y nos quedemos en la calle, sin clasificar para el encuentro definitivo. ¡Y para entrar al cielo no hay repechajes!

   Dios siempre viene y llega a tiempo. Él está siempre viniendo y lo más curioso es que, a pesar de estar dormidos, él siempre quiere encontrarnos despiertos. ¿Por qué tiene que ser Dios quien tenga que esperarnos el tiempo que sea, y nosotros, por el contrario, somos los que llegamos tarde, mal preparados, improvisando todo o suplicando que alguien nos ayude? Es bueno confiarnos a la oración de los demás, pero eso no basta. Al sacerdote suelen decirle: "Ya que usted está más cerca de Dios, ore por nosotros, para que Dios nos ayude". Por más que el sacerdote interceda, recordemos que la santidad y la salvación son intransferibles y solo depende de cada uno en su relación activa y despierta con Dios. 
   

   Llegaremos al cielo o dejaremos de hacerlo, por lo que personalmente hayamos hecho en la vida, como tiempo de preparación al banquete (por los frutos nos conocerán).
Lo que nos ha de preocupar no es la llegada de Dios; más bien, si nosotros estamos dormidos o despiertos, si escuchamos su llegada o nos despertamos cuando ya ha cerrado su puerta. Tengamos listo el aceite de nuestra entrega, porque el Señor está a la puerta, y quizá de manera inesperada escucharemos su llamada a la eternidad. Que cada día lo comencemos con el propósito de estar vigilantes en la fe, la esperanza y la caridad. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

31° Domingo del Tiempo Ordinario, 1 de Noviembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 30 oct 2020 15:24 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 30 oct 2020 16:58 ]

Chía, 30 de Noviembre de 2020

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Santo es el que hace las Cosas Ordinarias, con Amor y con Fe
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   Hoy, con la
con la festividad de Todos los Santos, celebramos el rostro resplandeciente, bello y hermoso de la Iglesia. Celebramos la alegría de lo que Dios puede hacer en cada uno de nosotros. 

   Y lo primero que atrae nuestra atención en este día es la contundente manifestación del bien. En la primera lectura se proclama: 
"una muchedumbre que nadie podría contar" 
Aún, en medio de tanto mal, el bien y la santidad resplandecen y están entre nosotros, aunque por ahora, esta perfección, permanece de modo casi invisible.

   En esa muchedumbre hay gente de toda raza, lengua, pueblo y nación, porque la salvación y la felicidad son para todos. En la alegría que describe el apocalipsis no existe la exclusión. La muchedumbre de la tierra se une a la muchedumbre del cielo. Pensábamos que estábamos luchando solos, pero no es así porque hemos estado, estamos y estaremos acompañados por la asamblea del cielo, por la muchedumbre de los santos que han "buscado al Señor" y que se goza en el mismo Dios, y nuestro gozo es su mismo gozo.

   Hoy celebramos la felicidad de los pobres de corazón, la felicidad de los han llorado, la felicidad de los que han sufrido; la felicidad de los que tienen hambre y sed de justicia, la felicidad de los misericordiosos; la felicidad de los que tienen un corazón limpio. Jesús mismo nos pide:
Sed santos, como el Padre celestial es santo”, 
y si Jesús lo pide, significa que es posible. 

   Ser santo, entonces, es dejarse conducir por el Espíritu del Señor, ser santo no es para superhombres, sino para personas que tienen el amor de Dios en su corazón y comunican esta alegría a los demás. El evangelio nos presenta las bienaventuranzas como el camino para llegar a la santidad; la brújula de perfección y la carta de navegación hacia la santidad.

   El Evangelio, en las bienaventuranzas, nos propone un cauce para orientar nuestras aspiraciones hacia el destino más alto. Las bienaventuranzas se viven en esta tierra y preparan la bienaventuranza eterna. No se puede privar la existencia terrena del resplandor de eternidad que trae el Señor. Quien rechaza las bienaventuranzas, ¿cómo podrá aspirar a la bienaventuranza del cielo? Quien no acoge la felicidad que el Señor trae a la tierra, ¿cómo podrá gozar de la felicidad que él anuncia más allá?

   La santidad exige cada día la entrega con sacrificio. Es una oferta a la que todos estamos llamados porque la voluntad de Dios es que seamos santos, y como el amor de Dios alcanza a todos, todos podemos alcanzarla amándolo a Él y al prójimo. 

   Aquí, la clave es el Amor que pone en funcionamiento todas las virtudes, y que ejercita toda la libertad siguiendo al Señor en la entrega generosa a los demás, como lo hicieron los santos.

   Nadie nace para quedarse siempre niño, sino que tiene que llegar a la madurez de adulto. De la misma manera, la santidad es la madurez en camino a la cual todo cristiano está llamado, y nadie puede permanecer indiferente ante esta divina oferta. Nadie puede decir, “yo no tengo cara de santo”. Los santos tuvieron la misma cara que tenemos todos. Dios nos quiere en ese camino de perfección, y no tristes sino alegres y felices: “Dichosos vosotros”. Nos quiere santos que pasan por la vida contando y cantando la alegría de vivir. Santos llenos de gozo en la vida, porque Dios es amor, y quiere que su alegría esté en nosotros.

   Hoy, fiesta de Todos los Santos, encaminémonos por las sendas de las Bienaventuranzas, únicas que dan la verdadera felicidad a nuestras almas fatigadas de tanto peso mundano y profano. Confiemos más en el Señor y decidámonos a emprender el camino de la santidad, único sueño y máxima aspiración del alma humana. ¿Si alguien nos preguntara cuáles son nuestros sueños y aspiraciones en la vida, en nuestra respuesta iría incluido el deseo de ser santos, como la aspiración más personal y definitiva? Santa Teresita del Niño Jesús dijo: "Yo pasaré mi cielo haciendo el bien en la tierra".
   

   Hay santos que están nuestro lado; son de nuestra propia familia, amigos, vecinos, hombres y mujeres de nuestra propia condición que van tras las huellas del Señor. Los santos del cielo, son aquellos que compartieron con nosotros su existir, y ahora nos ayudan con su ejemplo e intercesión a conseguir la santidad. 

   Recordemos que, 

“santo es el que hace las cosas ordinarias, con amor y con fe” 

Y no es privilegio de unos pocos, sino una vocación para todos, porque Dios nos quiere santos y actúa en nosotros cada día.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

30° Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Octubre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 23 oct 2020 16:34 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 oct 2020 16:59 ]

Chía, 25 de Octubre de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Amor a Dios y al Prójimo: Las dos Puertas del Cielo
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   A la pregunta del maestro de la ley, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?, el Señor le responde:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”

El amor a Dios nos lleva a amar y a descubrir su imagen y su huella en nuestro prójimo. En Dios está la fuente del amor, porque él nos ha amado primero; nos creó por amor, y por amor nos ha enviado a su Hijo como nuestro salvador, quien, a su vez, ha derramado en nuestro corazón su Espíritu de amor.

   El amor tiene sentido vertical y sentido horizontal. Amar a Dios, a quien no vemos, será imposible si no amamos a los que vemos alrededor. No podemos afirmar que amamos a Dios, sin mirar para los lados. En el prójimo reconocemos la semejanza con el creador presente en sus hijos a quienes ama por igual. Amarlo implica amar lo que él ama, y lo más amado de él, somos todos sus hijos. El segundo mandamiento, -igual en obligatoriedad al primero-, coloca al prójimo como objetivo de nuestros cuidados. El que ama a Dios se convierte, en consecuencia, como en un ángel guardián de su hermano, porque reconocemos a los demás como hermanos amados de Dios.

   Desde que Cristo murió en la cruz, el amor lleva necesariamente un toque de Cruz. Amar al prójimo requerirá de nosotros un esfuerzo perseverante. Si amamos a Dios, por su gracia circulará su amor a través de nosotros. El amor a Dios no estará completo si se queda encerrado en nuestro corazón, pero si él se vuelca hacia el prójimo, entonces se perfecciona y se hace palpable su esencia divina. El amor fraterno es el modo visible del amor a Dios; es como la segunda cara de una misma medalla.

   Dios nos ha dado la capacidad de salir de nosotros mismos para ir al otro y enriquecerlo como persona. Se trata es de dejar que él, -fuente de amor divino-, fluya a través de nosotros, y se encuentre en el amor fraterno. “Amar al prójimo como a uno mismo”, hace que el amor a Dios crezca y adquiera sentido y plenitud. Amando a los demás, nos encontramos de manera directa con el amor a Dios, porque cuidando a los demás, Dios se encargará de cuidarnos. Nuestra mejor apertura hacia el amor de Dios, será dejar entrar a los demás en nuestro corazón, porque nada satisface al corazón, como el amar a Dios y a los demás. “Las abejas sólo pueden posarse sobre las flores que han florecido”, como el corazón sólo puede hallar amor, posándose en el amor de Dios.

   Dios ha puesto en nosotros una exigencia de crecimiento y maduración hasta “llegar a la estatura de su mismo Hijo, Jesús”. Amando a los hermanos redescubrimos esa altura y dignidad. No obstante, entendemos y aceptamos sin reparos el primer mandamiento de “Amar a Dios sobre todas las cosas”, pero, “amar al prójimo como a uno mismo”, nos enfrenta a nosotros mismos porque nos lanza a una pregunta: ¿Y cómo me amo a mí mismo? Respuesta: “Así como Dios lo hace conmigo”. Según como te ames a ti mismo, Dios sabrá cómo lo amas a él y a los demás. Y Según como ames a Dios, sabrás cómo te amas a ti mismo. Es que, si no te amas a ti mismo, ¿cómo puedes amar a Dios? ¿quieres saber cuánto te ama Dios? Pregúntale a San Juan, y él te dirá: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. 

   Si no nos valoramos a nosotros mismos, ¿cómo podremos valorar a los demás? ¿A caso no dice Jesús, que “amemos al prójimo como a nosotros mismos? Si nos amamos mal a nosotros mismos, también amaremos mal a los demás. Aunque somos pequeños, Dios nos ha hecho capaces de tanta grandeza para que desde esa pequeñez descubramos nuestra verdadera talla y medida. Quien no se valora a sí mismo está desconociendo la grandeza que Dios ha sembrado en nosotros. Quien no se valora a sí mismo, es posible que tampoco valore bien a Dios. 

   Que la Eucaristía de cada Domingo nos de fuerza para superar toda división, rencor, juicio u ofensa contra nuestros hermanos. Que el Señor nos ayude a descubrir lo que él quiere de cada uno y nos aumente el compromiso, para que, amando al prójimo, descubramos en él, el reflejo de su rostro. Que María Santísima, que amó a Dios y fue dócil a su voluntad, nos enseñe a cumplir el mandamiento del amor que nos dejó su divino hijo.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

29° Domingo del Tiempo Ordinario, 18 de Octubre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 17 oct 2020 12:00 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 oct 2020 12:21 ]

Chía, 18 de Octubre de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Las cosas, del César…Nosotros, de Dios
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   Hoy Jesús nos proporciona el criterio inequívoco de la vida cristiana. Si, como ciudadanos de este mundo debemos ser responsables en el cuidado de nuestra casa común, como ciudadanos del cielo, será Dios, que, por hacernos imagen y semejanza suya, el que patentiza y firma nuestra verdadera identidad y dignidad.

   La metáfora de la moneda ilustra los conflictos que los cristianos experimentamos entre nuestra identidad terrenal como “ciudadanos de este mundo”, y nuestra identidad espiritual como “hijos de Dios y ciudadanos del cielo”. Si en los Países se permite tener doble ciudadanía, también los creyentes, - como hijos de Dios-, en primer lugar, somos ciudadanos de este mundo con el que asumimos los deberes civiles, y en segundo lugar como hijos de Dios, también somos ciudadanos del cielo. Hacia él nos encaminamos atraídos por aquel que nos creó, y ante quien somos eternamente deudores. Por eso, «dar a Dios lo que es de Dios» significa, que lo reconocemos como el verdadero y único Señor, aquel que ha grabado su imagen en nosotros, y a quien le pertenecemos.

   Jesús no cayó ante la pregunta capciosa; más bien él la aprovecha para desenmascararlos dándole vuelta al argumento, y echándoles en cara su increíble hipocresía. El dinero en las manos del César, y el hombre en las manos de Dios”. Jesús no cae en la trampa de las pequeñas lealtades a lo temporal y lo caduco, ni se dejó llevar de la dulce adulación. 

   Él reafirma que la imagen de Dios no está grabada en una moneda, sino en nosotros, su obra amada. Su mensaje se centra en el Padre Dios, no en dirimir pleitos ni en ser juez de los negocios humanos. Su propuesta está por encima de todas las pequeñeces, y es mucho más interior, más profunda y más definitiva que todos los demás dilemas. Su propuesta es hacernos partícipes del gran negocio de Dios, la vida divina.

   Al dinero, - tanto monedas como billetes -, lo que les da valor y autenticidad, es la imagen y las firmas que llevan impresas. Si la moneda lleva la imagen del César, entonces “dad al César lo que es del César”, es decir, lo local, lo caduco y temporal. Y como Dios y el César no están al mismo nivel, entonces, “dad a Dios lo que es de Dios”: lo que tiene valor de infinito, lo santo, lo divino, lo eterno e imperecedero.

   De otro lado, el dinero no tiene conciencia de su propio valor; vale lo que los hombres le asignen según la bolsa de valores de cada País. Por el contrario, el hombre si tiene conciencia de sí mismo, sabe que vale más que todo el dinero del mundo porque es imagen de Dios y no una cosa. Es el mismo Dios quien le da su valor supremo. Quiere decir que nunca se devalúa porque lo sostiene su propio creador y dueño. El respaldo, como criaturas, no nos lo da el más grande de los bancos, sino la firma del Creador, su amor y gratuidad desde el momento de la creación, cuando dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.

   Dinero y ser humano, entonces, son dos realidades distintas. Será el hombre quien se sirva del dinero y no quien se someta a él. 

   Desafortunadamente, hay quienes aún no han descubierto su verdadero valor y se creen menos que el dinero. 

   Muchos prefieren el dinero a su dignidad colocándose la imagen del César y desechando la imagen de Dios. 

Y dado que los falsificadores abundan, no faltan quienes proponen modelos falsos de humanidad, convirtiendo a la persona en máquinas de producción, de placer y ávidas de poder. Hay quienes, por el poder del dinero, compran o venden la dignidad humana, sin importar que la imagen del César oxide y carcoma el alma.

   A través de Jesús, Dios nos pide ser más fieles a él. Los negocios son los negocios, pero también ellos están bajo la lupa de Dios. ¿Qué hacemos con todo lo que él nos da? ¿Ante todo lo que nos da, le damos alguito, - por salir del paso-, pensando que es justo y que no se merece más? ¿Será que basta con darle a Dios una hora a la semana, y el resto para nosotros? ¿Pensamos que Dios está en el templo, pero fuera ya no? ¿Olvidamos que lo del César, también es de Dios, y a Dios hay que regresarle todo? ¿Somos conscientes que nunca podremos pagarle a Dios todo el bien que nos hace? ¿Nos queda claro que Dios es el mejor negocio del alma y no del bolsillo?

   Una vez más el santo evangelio nos muestra la imposibilidad de servir a dos señores. Como portadores de la imagen de Dios, es a él a quien le debemos lealtad y obediencia. Que la eucaristía, -sacramento por excelencia-, fortalezca nuestra adhesión al único Señor, y que la oración nos abra a la gracia, y al brillo de su presencia y cercanía. Dejemos que, por nuestra oración, Dios brille por encima de todo lo material. “No todo lo que brilla es oro, pero si yo oro, todo brilla”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

  Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

28° Domingo del Tiempo Ordinario, 11 de Octubre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 9 oct 2020 7:22 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 oct 2020 7:42 ]

Chía, 11 de Octubre de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Vamos al Banquete del Hijo, con la Dignidad de los Hijos de Dios
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
   El Evangelio de este Domingo es un completo banquete. ¿Qué puede haber mejor que un banquete entre amigos, para describir lo que es el cielo? Dios se ha valido de esta imagen para sellar las “bodas” de su Hijo amado con su pueblo, reafirmándonos su decisión de permanecer siempre con nosotros, aunque muchos prefieran estar lejos de Él, bebiendo de otras fuentes. Al final, serán aquellos con los que nadie contaba, buenos y malos, los que terminarán acudiendo al banquete. Adicionalmente, en la fiesta todo se olvida, todo se perdona, y si queda algún rencor, con el sabor del pan y la alegría del vino se pulen todas las diferencias.

   El amor de Dios no conoce fronteras. Unos invitados no quieren asistir. Entonces, serán invitados los que nadie había invitado: los pobres, los olvidados y, en general, aquellos que viven con el corazón necesitado de Dios. La fiesta sólo comenzará cuando el salón esté repleto. Hasta entonces no puede cesar la invitación porque Dios no desiste y su banquete ya está preparado. Y Dios, que no repara en los méritos, aquellos que acepten su invitación serán los que estén dispuestos a salvarse, aquellos que sí tienen tiempo para él: los pobres, los sencillos y humildes de corazón. A los que muchos quizá, consideramos malos. 

   Semejante invitación al banquete celestial, o se acepta o no se acepta. Lo curioso es que quienes no quisieron aceptar la invitación del rey, no eran pecadores, ni estaban ocupados en actividades pecaminosas. Estaban ocupados en sus fincas, o en negocios. 

   El problema está en las evasivas que le colocaron a la invitación. Lo que nos puede alejar del reino de Dios, quizá no sea tanto el pecado, sino nuestra indiferencia ante las múltiples invitaciones de Dios. 

   ¿Por qué aceptamos, gustosos, ir a cualquier boda, pero nos resistimos a aceptar la invitación al banquete eucarístico al encuentro amoroso con el Hijo de Dios? Todos queremos quedar bien delante de Dios, pero ante sus invitaciones tenemos mil disculpas, y la mayoría de ellas tal vez, cargadas de mundano y de profano. 

   Uno se pregunta: ¿Si en el banquete de bodas había comida suculenta y apetitosos manjares, entonces por qué no acudieron? Lo que acontece es que, así como hay muchos que tienen buen apetito de Dios y hacen de sus vidas algo trascendente y espiritual, también hay muchos a quienes no les apetece el banquete de Dios, y por frialdad espiritual no saben a qué sabe Dios, marginándolo de sus vidas. Muchos creen que en este mundo lo tienen todo, viven ocupados en “sus cosas”, obsesionados con “sus negocios”, en la “sordera del tener” o en la “indiferencia que da la abundancia del poder”. Dios siempre invita, pero muchos se resisten. Son muchos los invitados, y pocos los decididos. 

   La invitación es gratuita, pero no basta con sólo acudir al banquete. Habrá que acudir vestidos de fiesta porque de lo contrario nos quedaremos fuera del banquete. ¿De qué vestido se trata?  El vestido que se coloca el cristiano, es el bautismo. 

   Él nos reviste con la gracia de Dios y nos encamina por el sendero de la fe. Aunque el pecado manche este vestido, no nos impide ir al banquete, porque a la entrada recibimos el traje del perdón que Dios otorga cuando hemos llevado nuestra vida revestida con el amor, la caridad y las obras de misericordia. 

   Cuenta la historia de unos ángeles que Dios envió a la tierra con tarjetas de invitación a una gran fiesta. Los invitados sacaban disculpas y nadie fue. Al final los ángeles volvieron al cielo con las tarjetas. Entonces Dios les dijo: “Si les hubiera enviado la invitación a un funeral, tal vez habrían aceptado todos”. Dios nos invita a la vida en gracia, pero preferimos el pecado. Nos invita a vivir en comunidad, pero preferimos nuestro individualismo. Nos invita a vivir la alegría de ser hermanos, pero preferimos sentirnos como extraños. A Dios le encanta la fiesta. Él es un Dios que hace fiesta, un Dios enamorado, un Dios que se atreve a pedir nuestro corazón y se quiere comprometer definitivamente con nosotros. Dejémonos llenar por la novedad de su presencia. Somos invitados y debemos también invitar a otros. Descubramos la dimensión festiva de Dios, porque es preciso devolverle a nuestra vida cristiana, el sentido de fiesta y de boda. Como dice el Papa Francisco: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, no nos dejemos quitar esa alegría”. 

   La bondad de Dios no tiene fronteras, porque su misericordia es infinita, y no discrimina ni rechaza a nadie. Hoy por hoy, deberíamos hablar más de ese abrazo comprensivo del Padre, y no tanto del miedo al juicio. 

   El banquete de los dones del Señor es universal, es para todos. Solamente hay una condición: que nos vistamos de fiesta con el traje de bodas, es decir, vistámonos de la caridad hacia Dios y el prójimo, y no nos escudemos en mil disculpas. 

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

27° Domingo del Tiempo Ordinario, 4 de Octubre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 3 oct 2020 11:53 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 3 oct 2020 11:54 ]

Chía, 4 de Octubre de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

“Obreros en la Misma Viña del Señor
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   Dios, el dueño de la viña, ha cuidado con amor incondicional a su viña amada, el pueblo Israel. A través de una larga historia de fidelidad le envió profetas para señalarle el camino y las exigencias del reino y no los escucharon.    Al final, envió a su hijo, el heredero y dueño de la viña, pero todos, profetas e hijo, terminaron de la misma manera. 

   Como dueño de la viña, Dios la ha adornado con sus dones, “para que contemplemos la grandeza de sus obras, disfrutemos sus maravillas, - de las cuales somos responsables-, y en todo momento le alabemos y le demos gracias (Prefacio V Dominical). Todo lo hemos recibido a modo de “arrendamiento”, no como dueños o propietarios. Recordemos que somos simples administradores de todo y encargados de su crecimiento. Reconocernos administradores responsables frente a lo que Dios nos ha dejado, hace que nos esforcemos por hacer crecer y fructificar lo que nos ha confiado. 

   El Evangelio hace una advertencia muy vigente. Por falta de fidelidad al Señor y, quizá por dar frutos amargos, podemos ser despojados también de los dones recibidos. De ahí la importancia de mirarnos también cada uno como viña del Señor reconociendo el cúmulo de dones recibidos desde que nacimos. Debemos preguntarnos: ¿Qué hemos hecho con los dones espirituales y materiales que Dios nos ha confiado? ¿Cuántas veces hemos experimentando las bondades del creador y sin embargo, hemos sido esquivos de entregarle parte de nuestro tiempo y los frutos a tiempo? ¿Por qué colocamos condiciones a nuestra fidelidad, aprobando lo que nos agrada y rechazando lo que nos exige responsabilidad o compromiso? ¿Por qué excluimos de nuestras vidas, - como los viñadores homicidas- hasta al mismo Cristo, porque nos incomoda, pretendiendo apoderarnos de su viña, e incluso del evangelio colocándolo a nuestro acomodo o criterio?  

   Frente a la viña que Dios nos encomendó, existe el riesgo de no dar los adecuados frutos que él espera, y también el riesgo de creernos dueños de las cosas de Dios y aún de Dios mismo. Nos puede ocurrir que, llevados por el afán de posesión, o movidos por el miedo a perder lo que creemos que es nuestro, queremos tenerlo todo sin rendir cuentas a nadie, convirtiéndolo en propiedad personal y terminamos así, perdiéndolo todo. 

   Nuestra tentación siempre ha sido querer ser dueños de la viña, y no obreros contratados. En general, es la tentación de querer eliminar a Dios porque se considera el gran enemigo del hombre, de su libertad y autonomía. Matar a Dios para que viva el hombre; negar a Dios todos sus derechos de creador y de autor. Haciendo a un lado al dueño de la viña no tenderemos que dar cuenta a nadie. Más bien nos autoafirmarnos y definirnos sin ninguna referencia al creador, incluso, para acabarnos entre nosotros mismos y constituirnos en propietarios del universo, de la tierra, de nuestros cuerpos y de todo lo que manipula ciegamente el ser humano, queriendo hacerse “dios”. 

   Y esta historia de los viñadores homicidas sigue apareciendo en las noticias de cada día. Hijos para quienes los bienes de los padres son más importantes que los padres. Hijos que asesinan a sus padres para hacerse dueños de su fortuna. Madres que mueren en manos de sus hijos para quedarse con sus bienes. Es triste, pero es la realidad. El ansia de tener ciega nuestros criterios, ciega nuestra mentalidad, rompe todos nuestros esquemas mentales y valores. Y así no sea matando a pedradas, ni echando fuera de la viña, se puede matar ignorando a los demás, prescindiendo de los demás o adueñándonos de las decisiones de los demás. 

   Es cierto que, dada nuestra pequeñez, nunca podremos responder a Dios como debiéramos, pero, por lo menos, podemos dar lo mejor de nosotros como la manera más correcta de agradecerle al creador. En la medida en que prefiramos la responsabilidad y libertad bien orientada ante los bienes que Dios nos dejó en su viña, en esa medida podremos seguir disfrutando de ella. Pero si los convertimos en propiedad, pierden la grandeza, la belleza y el toque del creador. 

   Cada Domingo Dios viene a visitar su viña, a ver si su inversión de amor ha producido los frutos de justicia, fidelidad, amor, compasión, generosidad y perdón que él espera. Pidámosle al Padre creador, que nos permita ser testimonio vivo del Señor y de su Iglesia, la viña que él planto con amor y dilección. Él siempre nos da oportunidades para florecer porque somos su viña amada, y aunque lo decepcionemos por nuestros errores y nuestros pecados, no rompe su palabra, no se detiene ni se vengará de nosotros, porque su última palabra será amarnos por siempre. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

26° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de Septiembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 27 sept 2020 9:36 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 sept 2020 10:24 ]

Chía, 27 de Septiembre de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Que tu 'sí', sea un 'SÍ', o que tu 'no' sea un 'NO
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
 
   Este Evangelio cuestiona a fondo nuestra respuesta a las llamadas de Dios, mediante dos modelos diferentes de hijos, con algo de positivo cada uno. En la historia de los dos hijos, Jesús quiere que nos asomemos a la mente y al corazón de Dios. Todos podemos contestar a la pregunta que nos hace Jesús: ¿Cuál de los dos hermanos hizo la voluntad de su padre? Pero la propuesta no consiste en imitar a alguno de los dos, sino en sumarnos lo bueno de ambos. Es decir, nos pide una respuesta más perfecta: hacer la voluntad de Dios. 

   Dios nos dotó con el don de la libertad para poder elegir. Un “no” siempre puede convertirse en un “sí”. El primer hijo de la parábola representa a los ancianos, los sacerdotes, los escribas, los conocedores de las escrituras, los exploradores de todas las minucias de la ley. Sus vidas aparentemente eran un sí, pero sus mentes, sus corazones y sus actitudes no cambiaron ante el mensaje de Jesús. El segundo hijo representa a los recaudadores de impuestos, prostitutas, gente sencilla, los gentiles y pecadores que vivieron un tiempo de espaldas a Dios, pero luego necesitaron de él, a quien veían como el único que los podía comprender. Escucharon el mensaje de la conversión predicada por Juan Bautista, y sus vidas, que aparentemente eran un no, sin embargo, con la conversión, se transformó en un sí. 

   Hay muchos que dicen: “no voy”, pero luego tienen el coraje de reflexionar y “van”, como hay muchos que han dicho “sí” para quedar bien, pero luego sus vidas han sido un “no” al evangelio. Pretendemos quedar bien con nuestras palabras, pero luego quedamos mal con nuestras vidas. No basta decir sí, si luego nuestras vidas son una incoherencia y terminan siendo un no. Como también puede que muchos que, en un principio dijeron no, luego de reflexionar, terminen haciendo de sus vidas un sí. 

   La parábola refleja mucho de nuestras vidas. ¡Cuántos hemos dicho “sí” pero luego nuestra vida es un “no”, o cuántos han dicho “no” y luego sus vidas son un “sí”! Cuántas familias, por ejemplo, dicen un “sí” al bautismo de sus hijos, y se comprometen ante Dios y ante la iglesia a educarlos cristianamente, pero luego van en dirección contraria, olvidando cultivar la viña de la fe. Cuántos matrimonios delante del altar viven con gozo y alegría esa fecha dulce y bendecida. 

   Todo es una fiesta al amor que comienza con un tremendo sí, y jurando ante Dios fidelidad “en lo bueno y en lo malo, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para amarte y respetarte todos los días de mi vida”

   Luego sigue el vals del Danubio Azul, y luego la “luna de miel.”

    Todo es un “sí” al amor, un canto a la felicidad y a la fidelidad. Si dejamos de cultivar nuestro amor en la viña del amor divino, todo se acabará. ¿Cuántos decimos alegremente, “SI” a Dios, y ahora nuestra vida es un completo “NO”?. Muchos somos como un canto que, con el paso del tiempo se va rayando hasta que se apaga su música. 

   Si decimos “sí” a Dios amor, tendremos que decir no al rechazo a nuestros hermanos. Si decimos “sí” al perdón ofrecido en la cruz, debemos decir no al deseo de venganza. Si decimos “sí” al Dios de la vida, debemos decir no a todo lo que daña la vida. Si decimos “sí” a la invitación que Dios nos hace a trabajar en su viña, debemos decir no a la pereza. Si decimos “sí” a todo lo que engendra paz y alegría, debemos decir no a la violencia y a lo que destruye la paz. Si decimos “sí” al amor, debemos decir no a cuanto lo daña. 

   La Santa Eucaristía que celebramos ¿nos ha cambiado, o al contrario, salimos de ella estancados en nuestra dureza de corazón? ¿Nos amañamos en la tibieza o frialdad espiritual? El peor obstáculo que Dios encuentra en nuestro corazón para responderle, es el creernos ya demasiado buenos. ¡Qué maravilla saber que el privilegio del pecador es poder cambiar, y decirle sí a Dios! San Pablo dice que Jesús es el hombre del “sí”. Sí y no, las dos palabras más poderosas e importantes que podemos decir. Dios dice “sí” a todos sus hijos. Si le hemos dicho “sí”, vigilemos para que nuestra vida nunca sea un “no”. Él nos ama y para corresponderle a su amor, lo más importante no son las palabras sino las obras. 


   Pidamos a la Santísima Virgen, que nos ayude a ser dóciles a la voluntad de su divino Hijo, y aunque ello no sea fácil, recordemos que Jesús se goza en el que, a pesar de haber dicho “no”, a través de su esfuerzo y disciplina, logra decir “si” en aras de su salvación. 

Reconozcamos que puede haber alguna mentira en los que dicen SI, y también puede haber mucha sinceridad en los que dicen NO. Como reza el refrán: “Ni están todos los que son, ni son todos los que están”. No podemos condenar ni a los unos ni a los otros, porque su corazón solo lo conoce Dios. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

1-10 of 557