Saludo Semanal   

Saludo 33° Domingo del Tiempo Ordinario, 19 Noviembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 17 nov. 2017 5:24 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 nov. 2017 7:06 ]

Chía, 19 de Noviembre de 2017

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Talentos de Eternidad


   “Los adornos de la gracia, llamados talentos, ayudan a que la débil naturaleza tienda a su creador y dueño” (Santo Tomás de Aquino). El Evangelio de hoy nos recuerda que hemos recibido muchos talentos, y en la medida que los hagamos producir sin dilación y de manera generosa, aquel que nos los ha dado, se encargará de darnos mucho más: “…Como has sido fiel en lo poco, te confiaré lo mucho…” Los talentos, en la medida que se cultiven, van creciendo y hacen crecer, en la criatura, la eternidad escondida. Esconder los talentos sería privar del talante divino que acompaña al ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios; sería encerrarla bajo llave, impidiéndole elevarse a su creador.

    A cada uno Dios nos dio talentos, no para enterrarlos por miedo a perderlos, sino para que corramos el riesgo de negociarlos y lograr más. Somos solamente administradores de cuanto Dios nos ha dado; el cristiano, entonces, se ha de caracterizar por la valentía, el coraje y el mirar lejos y, como buenos negociantes, intuir las maneras posibles de hacerlos crecer. Nuestra responsabilidad frente a los talentos, consiste en prolongarlos con el porcentaje adquirido como ganancia hacia el futuro, renovarlo y hacerlo florecer cada día.

    Negociar los talentos es la inversión de alto riesgo más rentable para quienes trabajan por el Reino. Dios es el que distribuye sus dones y si bien todos somos iguales en dignidad, Él concede talentos diferentes a cada uno según la capacidad, porque no todos sabemos hacer lo mismo, aunque todos nos empeñemos en la construcción del Reino.


   Lo importante es reconocer que los talentos vienen de Dios y a través de ellos, despliega su Gracia y Salvación. Quien no agradece los talentos, termina haciéndose dueño de ellos y, por ende, termina sepultándolos y escondiéndolos. Los dones son de Dios, pero del hombre depende hacerlos crecer, producir y administrarlos responsablemente. El camino a la santidad lo transita cada uno, y será ante Dios que daremos cuenta de los talentos con los cuales nos dotó y que con su Gracia perfeccionó.

 

   Frecuentemente olvidamos presentar cuentas de lo que hemos recibido, incluso, olvidamos dar “gracias” a aquel que, confiando tanto en nosotros, nos dotó con un inmenso capital divino de cualidades y valores para nuestro crecimiento. Dejamos morir tantos talentos y capacidades que Dios nos dio para hacer el bien. Tenemos la capacidad de perdonar, pero a cambio, almacenamos odios y rencores. Tenemos la capacidad de dar un poco de alegría, de hacer que alguien se sienta menos triste, de que alguien sea un poco más feliz, y no lo hacemos.

    Dios, dador de todo bien, reclama nuestra responsabilidad. ¿Qué estamos dispuestos a hacer por El? ¿Qué valores están produciendo nuestras familias cristianas que han sido regadas con el sacramento del Bautismo y constantemente son beneficiadas con múltiples gracias? ¿Respondemos con generosidad a tantos regalos por parte de Dios? ¿Hemos perfeccionado las virtudes divinas que recibimos cuando éramos niños y que hoy como adultos, se supone que las hemos hecho crecer en nuestra relación diaria con Dios?

    Por su naturaleza, los talentos, como todo don, buscan su cauce y su expresión y tienden a crecer y a perfeccionarse. No somos fieles al niño, impidiéndole crecer; no somos fieles a las semillas impidiéndoles brotar, ni somos fieles a las raíces impidiéndoles echar tronco. Así también, ser fieles a los talentos, más que conservarlos, tienden a dar fruto y a multiplicarse con el coraje de mirar hacia delante.

    Ellos van cargados de eternidad y dicha eternidad está en juego cada día. Dios no quiere cristianos “herméticos” como “cajas fuertes de seguridad”; quiere que negociemos con ellos. No podemos presentarnos como aquel empleado diciendo: “Aquí está tu talento…Aquí está evangelio, aquí está tu iglesia, los hemos conservado fielmente”.

   Quizá hemos predicado tu Evangelio y asistido a tu Iglesia, pero no ha servido mucho para transformar nuestras vidas porque nos dio miedo negociarlos y hacerlos producir. La responsabilidad ante los talentos incluye también la responsabilidad frente a todos los medios de subsistencia que nos ofrece en la creación y que reconocemos todos los días, como “frutos de la tierra y del trabajo de los hombres que recibimos por generosidad de Dios”.

    Coloquemos los talentos al servicio del Señor, no para recuperarlos cuando Él venga, sino para negociarlos con creces sirviendo a los hermanos. Como imagen y semejanza de Dios y como su obra amada que somos, hagamos crecer las semillas de su reino que plantó en nuestras almas.

    No nos contentemos con ser buenos. Más que ser buenos, se nos pide que, con las armas de los talentos, seamos mejores buscando la perfección como nuestro Padre celestial es perfecto. Lo que interesa, quizá no sea el número de talentos que tengamos, sino cómo los hacemos fructificar, dando lo mejor de nosotros. Si colocamos nuestros talentos a producir cada día, al final de la vida el Señor nos recibirá en su reino con las mismas palabras del Evangelio: «Pasa al banquete de tu señor».

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, los talentos y la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

    Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 32° Domingo del Tiempo Ordinario, 12 Noviembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 12 nov. 2017 5:43 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 nov. 2017 10:50 ]

Chía, 12 de Noviembre de 2017

 Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “Que Velando o Durmiendo, Estemos Contigo, Señor”


   
La parábola de este Domingo, en la llegada del esposo, Jesús nos muestra la importancia y la responsabilidad personal ante la salvación que se acerca. Nadie puede salvarse por otro, y aunque es verdad que la fe es también comunitaria y eclesial, ante la llegada del Señor, es cada uno quien ha de estar preparado para responder de frente al Señor. No vale dormirse, ni aprovecharse de los demás, ni sacar excusas. Hay que estar despiertos con el aceite del amor y de la fe en el recipiente del alma, para que no se apague el deseo de la espera, y la luz de la ilusión ante el encuentro con Cristo.

   Nos viene bien una llamada de atención para que no nos durmamos en la apatía de una fe sin compromiso. Corremos el riesgo de vivir una fe entumecida, donde no brilla la luz de Cristo, porque tenemos la tentación de dejar fuera de nuestra vida al único que nos guía a la eternidad. Ante su cercanía, nuestra fe ha de ser vigilante, despierta, ilusionada, comprometida e iluminada con el resplandor de la alegría y la bondad. Recordemos que en el Bautismo el sacerdote le entrega la luz al recién bautizado diciéndole: “Recibid la luz de Cristo….Que este niño (a), perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos del cielo al encuentro del Señor”. La vida cristiana es, entonces, un caminar hacia Dios, sin dejar apagar la lámpara de la fe. Mantenerla encendida, eso significa “estar vigilantes”.

   La imagen del Dios que llega es hermosa, porque, de ordinario, cuando alguien llega, solemos esperarle. Como también es bella la imagen de Dios que llega sin avisar porque así la emoción suele ser más grande. Lo inesperado y la sorpresa tienen su emoción, y lo inesperado de Dios en nuestras vidas tiene también su emoción. La pregunta no es si Dios llega o no llega, o si llega a tiempo o no. La verdadera cuestión es si nosotros estamos dormidos o despiertos; si le estamos esperando o esperamos otras cosas; si escuchamos su llegada o nos despertamos cuando ya ha cerrado su puerta. 

   Un bello refrán dice: “Dios tarda pero siempre llega a tiempo”. La parábola dice que “El esposo tardaba”. “Pero el esposo llegó a su tiempo, el problema fue que quienes lo esperaban ya estaban dormidas”. Dios sigue llegando, y siempre llega a tiempo; no es cuando a nosotros se nos antoje; desafortunadamente, como las doncellas, nos quedamos dormidos y ni nos enteramos de su paso, y cuando llega, quizá ya no tengamos el aceite de nuestra fe.

    La “vigilancia” que pide el Señor, nada tiene que ver con el insomnio, y menos con una actitud de terror ante la muerte. Tiene que ver con la “diligencia” o amor de predilección. Cuando se ama, aunque se duerma, se está despierto para atender al ser amado. Así, una madre dormida tiene el corazón vigilante, y, casi sin darse cuenta, se levanta a consolar a su bebé que sufre una pesadilla. En el libro del cantar de los cantares (5,2), la enamorada dice: “Yo duermo, pero mi corazón vela”.

    Muchos nos dormimos pensando que todavía tenemos tiempo; que todavía no vendrá, que es muy pronto para que me llame, que somos jóvenes y aún tenemos tiempo; o que ya somos demasiado viejos para ser santos; y entonces dejamos todo para último momento, y quizá ya sea demasiado tarde. Y lo peor de todo es que tengamos que ir a buscar aceite y nos quedemos en la calle, sin clasificar para el encuentro definitivo. Y para entrar al cielo no hay repechajes!!!.

   Aunque estemos dormidos, el Señor quiere encontrarnos despiertos. Nos debe admirar el hecho de que sea Dios quien tenga que esperarnos el tiempo que sea, y nosotros, por el contrario, somos los que llegamos tarde y mal preparados, improvisando todo o suplicando que alguien nos ayude. Es bueno confiarnos a la oración de los demás, pero eso no basta. Al sacerdote suelen decirle: "Ya que usted está más cerca de Dios, ore por nosotros, para que Dios nos salve". La oración e intercesión del sacerdote no le garantiza a nadie la santidad y la salvación porque ellas son intransferibles y solo depende de cada uno en su relación activa y despierta con Dios. 

   Mantengamos viva y encendida la luz de nuestra vida, mediante la escucha diaria de la Palabra, la oración, el amor fraterno y las buenas obras. Cada uno de nosotros llegaremos al cielo, o dejaremos de hacerlo, por lo que personalmente hayamos hecho en la vida, como tiempo de preparación al banquete: “por los frutos nos conocerán”. Tengamos listo el aceite de nuestra entrega, pero sin reservarlo egoístamente para nosotros, porque la fe es responsabilidad personal, y también es llamada a contagiar y alumbrar a otros. 

   El Señor está a la puerta, y tal vez de manera inesperada, vamos a escuchar su llamada a la eternidad. Comencemos esta nueva semana con el propósito de estar vigilantes en la Fe, la Esperanza y la Caridad. 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 31° Domingo del Tiempo Ordinario, 5 Noviembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 4 nov. 2017 17:43 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 nov. 2017 18:22 ]

Chía, 5 de Noviembre de 2017

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “Coherencia: el Sello del Discípulo”


   
Hoy la liturgia nos presenta un Evangelio que trata de cambiar las cosas, dirigiéndose a los altos dirigentes, a nosotros, y a tantos que dicen pero no hacen. Nos advierte, “Hagan lo que dicen, pero no hagan lo que ellos hacen, porque no hacen lo que dicen”. El tema central es la coherencia de vida. No es que el Evangelio pretenda desconocer las distintas misiones que tienen quienes dirigen la comunidad cristiana; sencillamente, nos advierte de los peligros que se ciernen sobre ellos, y nos llama a adoptar una actitud de escucha y de servicio en nombre de Dios.

    Los que tienen algún cargo, no pueden estar tranquilos solo con dar órdenes a diestra y siniestra. Se cuenta del rey italiano Víctor Manuel II, que dando órdenes a sus soldados terminó un discurso diciendo: "¡Armémonos...y vayan!", mientras él se quedaba confortablemente en su palacio. Como cristianos no podemos quedarnos amañados dando órdenes; al contrario, hemos de ir por delante con el ejemplo, presentando el Evangelio no como una orden o una carga que agobia y angustia, sino como la buena noticia de vida por excelencia. El apóstol Pablo, que se desvivía por sus comunidades les decía: "sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo". Sólo sabe mandar de verdad, quien ha sabido obedecer; y así sucedió con el Señor Jesús quien obedeció a su Padre desde el comienzo hasta el final de su vida, y su alimento fue hacer su voluntad en total obediencia y docilidad. Solo así pudo ser mediador entre Dios y los hombres. 

   San Agustín, siendo obispo de Hipona, les decía a los cristianos de la ciudad: "para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano; para vosotros soy instructor, con vosotros soy discípulo". Él se consideraba un aprendiz y no quería ser como una pantalla entre sus hermanos y el Señor Jesús, su único Maestro. 

   Si alguien dirige, obvio que tendrá que sentarse en la cátedra de Pedro, o en la cátedra episcopal o en la silla de gerente, pero también tendrá que aprender a sentarse en el humilde pupitre, con el sentimiento y el deseo de querer aprender, porque nadie tiene la verdad completa. 

   En el reino de Dios todos somos aprendices y hemos de acudir día tras día a la escuela de la Palabra y escuchar al Espíritu que inspira en el interior de la persona y que puede hablarnos por medio de los otros. Hasta un niño pequeño puede darnos las más grandes lecciones.

    A muchos nos falta coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos; entre la fe que confesamos, la moral que vivimos y las acciones concretas en nuestra vida diaria. Jesús manso y humilde, que vino a dar testimonio de la verdad, vivió y murió para servir y no para ser servido, nos quiere muy diferentes a los fariseos de su tiempo. 

   En la comunidad cristiana no hay superiores ni inferiores; todos somos hijos del mismo Padre, discípulos del único maestro, e iguales todos ante Él. Y si los fieles llaman “Padre” al Sacerdote, al Obispo o al Papa, es únicamente en referencia a Dios, cuya vida nos comunica con los Sacramentos y son para nosotros, providencia encarnada de su amor, y huella de la humildad que traducen en el servicio a los demás. “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”, y quienes amamos al Señor en la familia grande llamada Iglesia, debemos presentarnos ante el mundo como coherentes servidores de los demás, en aras de la salvación de todos.

    ¿Preguntémonos si como creyentes somos coherentes con Dios, con nosotros mismos, con los demás, con las instituciones, con la sociedad, o en los cargos que ejercemos? ¡O, por el contrario, tendríamos que reconocer que ni siquiera sabemos qué es vivir en coherencia! “A qué llamamos ser coherentes?” ¡Existe la tentación de acomodarnos a un estilo de vida incoherente, y no contentos con ello, buscamos llevar a otros por ese camino para así sentirnos avalados en la tibieza y mediocridad! ¡Le huimos a la luz y preferimos obrar a la sombra de la incoherencia, para evitar que la luz nos eche en cara nuestro mal obrar! Coherente es aquel que marcha por el sendero de la vida recta, honesta y transparente como lo manda Dios. La clave de la coherencia consiste en ir de la mano del Señor y del bien obrar; nunca se alimenta del mal. Alejemos, entonces, de nosotros cualquier asomo de incoherencia, apetitos de pretensión, arrogancia, prepotencia, soberbia o ambición.

    ¿A la misma Iglesia, al Papa, a los obispos, o a los sacerdotes, cuántas veces los criticamos en lugar de orar por ellos? Olvidamos que todos formamos el pueblo amado y la gran familia de Dios. 

   Hemos de estar convencidos, tanto practicantes como no practicantes, que quién sirve de forma humilde y quién está al lado del más débil y necesitado, ese es el verdadero cristiano. 

   En esa proporción, una comunidad humilde y servidora se convierte, ella misma, en buena noticia cuando se deja ver como comunidad salvada, no cuando se anuncia a sí misma.

    En actitud de humildad y servicio, pidámosle al Señor Jesús, manso y humilde de corazón, que nos dé un corazón semejante al suyo, y que en nuestras relaciones diarias no prevalezca la búsqueda de intereses propios, sino el don inestimable de la humildad, la fraternidad y el propósito de dar gloria a Dios en el amor a todos. 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

    Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


Saludo 30° Domingo del Tiempo Ordinario, 29 Octubre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 26 oct. 2017 17:32 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 26 oct. 2017 18:02 ]

Chía, 29 de Octubre de 2017

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “ Amor a Dios y al Prójimo: las dos Puertas del Cielo 


   
A la pregunta del maestro de la ley, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?, el Señor le responde: 

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente” 
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

   Es decir, que el amor a Dios nos lleva a amar y a descubrir su imagen y su huella en cada uno de nosotros. Y la fuente de esta verdad está en que Dios nos ha amado antes que nosotros pudiéramos amarlo; nos creó por Amor, nos ha  enviado, por Amor, a su hijo Jesucristo nuestro Salvador, y ha derramado en nuestro corazón su Espíritu de Amor. 

   Aunque todos conocemos el primer mandamiento, pensamos que nos bastaría amar a Dios, pero olvidamos que amar a Dios se hace visible amando al prójimo. Esto requiere una obediencia que brota del corazón, la cual nos convence que cuando amamos a Dios y a los demás, cumplimos Su Voluntad. Al Padre celestial se le obedece porque se le ama de verdad sin esperar nada a cambio, simplemente porque Él nos ama a todos por igual. “Amar al prójimo como a uno mismo”, hace que el amor a Dios crezca y adquiera sentido y plenitud. Amando a los demás, nos encontramos de manera directa con el amor a Dios, y cuidando a los demás, Dios se encargará de cuidarnos a nosotros. 

   El amor tiene sentido vertical y sentido horizontal. Amar a Dios, a quien no vemos, es imposible si no amamos a los que vemos alrededor. 

   No podemos afirmar que amamos a Dios, sin mirar para los lados. Amando a Dios y al prójimo, aprendemos a reconocer la semejanza con el creador presente en todos. 

   Y amarlo implica amar todo aquello que Él ama, y que está presente en sus criaturas. Quizá vamos felices a la Eucaristía pero olvidamos ir a la casa del pobre y necesitado. 

   El segundo mandamiento, -igual en obligatoriedad al primero-, coloca al prójimo como objetivo de nuestros cuidados. Quien ama a Dios se convierte como un ángel guardián de su hermano, como expresión del amor que le tenemos a Dios; ese amor que nos hace reconocer a los demás como hijos amados de Dios; ese amor que nos impone amarlos como Dios quiere, es decir, como a nosotros mismos.

    Desde que Cristo murió en la Cruz, el Amor lleva necesariamente un toque de Cruz. Amar al prójimo requerirá de nosotros un esfuerzo perseverante, sabiendo que si amamos a Dios sobre todo, también por su Gracia circulará su Amor a través de nosotros. El amor a Dios no estará completo si se queda encerrado en nuestro corazón, pero cuando nuestro amor se vuelca hacia el prójimo, el amor se perfecciona y se hace palpable la esencia del Dios Amor. El amor fraterno es algo así como la segunda cara de una misma moneda y parte integrante del único mandamiento divino. Amar a los demás como a nosotros mismos, no es más que el modo visible del Amor a Dios. 

   El Amor pleno y total de Dios se traduce en la capacidad que tenemos de salir de nosotros mismos e ir al otro para enriquecerlo como persona. Más que hacer algo por Dios, es dejar que Él, -fuente de Amor Divino-, fluya a través de nosotros, y se encuentre en el amor fraterno. Nuestra mejor apertura hacia el Amor de Dios, será dejar entrar a los demás en nuestro corazón, porque nada satisface al corazón, como el amar a Dios y a los demás. “Las abejas sólo pueden posarse sobre las flores que han florecido”, como el corazón sólo puede hallar descanso posándose en el amor de Dios. 

   Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, implica una pregunta adicional. ¿Y cómo me amo a mí mismo? Así como Dios me ama; valorarme, estimarme, aceptarme, confiar, esperar o hablar bien de mí mismo, como Dios lo hace conmigo. Esto nos permite saber que Dios ha puesto en nosotros una exigencia de crecimiento y maduración hasta 
“llegar a la estatura de su mismo Hijo, Jesús”, 
nos ayuda a redescubrir nuestra dignidad y reconocer la grandeza de ser sus hijos. Entonces, según como te ames a ti mismo, Dios sabrá cómo lo amas a Él y a los demás. ¡Según como ames a Dios, sabrás cómo te amas a ti mismo! 
   

Que el banquete de caridad en el que participamos cada Domingo, sea mucho más que un precepto que cumplir. 

   Más bien que Él nos de fuerza para superar toda división, rencor, juicio u ofensa contra nuestros hermanos. 

   Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir lo que Él quiere de cada uno. Que nos aumente nuestro compromiso de amarlo a Él, y que a la hora de amar al prójimo, descubramos en todos el reflejo de Su Rostro. 

   Que María Santísima, que supo amar y cumplir plenamente la voluntad de Dios, nos enseñe a cumplir el mandamiento de su Divino Hijo. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

    Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén..

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 



Saludo 29° Domingo del Tiempo Ordinario, 22 Octubre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 20 oct. 2017 20:00 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 oct. 2017 20:25 ]

Chía, 22 de Octubre de 2017

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “ Las cosas, del César…Nosotros, de Dios 


   En el Evangelio de hoy Jesús nos proporciona el criterio inequívoco de conducta cristiana. Si bien el hombre debe ser buen ciudadano y contribuir al bien común, él es ante todo, imagen de Dios, y su dignidad la patentiza la huella del creador, no las cosas. 

   La metáfora de la moneda ilustra los conflictos que los cristianos experimentamos entre nuestra identidad terrenal como “ciudadanos de este mundo”, y nuestra identidad espiritual como “hijos de Dios y ciudadanos del cielo”. En cada País se permite tener doble ciudadanía, también los creyentes, - como hijos de Dios-, en primer lugar, somos ciudadanos de este mundo con el que debemos responder y asumir los deberes civiles. Pero además, como hijos de Dios, también somos ciudadanos del cielo hacia el que nos encaminamos atraídos por aquel que nos creó, y ante quien somos eternamente deudores. De ahí que, «dar a Dios lo que es de Dios» significa, que lo reconocemos como el verdadero y único Señor, aquel que ha grabado su impronta en nosotros, y por ende, a quien tendremos que darle todo, porque todo le pertenece. 

   Jesús no cayó en la trampa que le tendieron. La pregunta capciosa, más bien Él la aprovecha para desenmascararlos dándole vuelta al argumento, y echándoles en cara su increíble hipocresía. El dinero en las manos del César, y el hombre en las manos de Dios”. Jesús no cae en la trampa de las pequeñas lealtades de lo temporal y lo caduco, ni se dejó llevar de la dulce adulación. Él reafirma que la imagen de Dios no está grabada en una moneda, sino en nosotros, su obra amada. Su mensaje se centra en el Padre Dios, no en dirimir pleitos ni en ser juez de los negocios humanos. Lo que Él predica, está por encima de todas las pequeñeces, y es mucho más interior, más profundo y más definitivo que todos los demás dilemas. Su propuesta es hacernos partícipes del gran negocio de Dios, la Vida Divina. 

   Al dinero, tanto monedas como billetes, lo que les da valor y avalan su autenticidad, es la imagen y las firmas que llevan impresas. 

   Si la moneda lleva la imagen del César, entonces “dad al César lo que es del César”, es decir, lo local, lo caduco y temporal. Y como Dios y el César no están al mismo nivel, entonces, “dad a Dios lo que es de Dios”,  es decir, lo que tiene valor infinito, lo santo, lo divino, lo eterno e imperecedero. 

   De otro lado, el dinero no tiene conciencia de su propio valor; vale lo que los hombres le asignen según la bolsa de valores de cada País. Por el contrario, el hombre si tiene conciencia de sí mismo, de su propio valor, de saber que es imagen de Dios y no una cosa. Es el mismo Dios quien le da su supremo valor; quiere decir que nunca se devalúa porque lo sostiene su propio hacedor y dueño. El respaldo, como criaturas, no nos lo da el más grande de los bancos, sino la firma del Creador, su amor y gratuidad desde el momento de la creación, cuando dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. 

   Dinero y ser humano, entonces, son dos realidades distintas. Será el hombre quien se sirva del dinero y no quien se someta a él. Desafortunadamente, hay quienes aún no han descubierto su verdadero valor y se creen menos que el dinero. 

   Muchos prefieren el dinero a su dignidad colocándose la imagen del César y desechando la imagen de Dios. Y como los falsificadores abundan, no faltan quienes proponen modelos falsos de humanidad, convirtiendo a la persona en máquinas de producción, de placer y ávidas de poseer. Hay quienes, por el poder del dinero, compran o venden la dignidad humana, sin importar que la imagen del César oxide y carcoma el alma. 

   A través de Jesús, Dios nos pide ser más fieles a Él. Los negocios son los negocios, pero también ellos están bajo la lupa de Dios. ¿Qué hacemos con todo lo que Él nos da? ¿Ante todo lo que nos da, le damos alguito, - por salir del paso-, pensando que es justo y que no se merece más? Será que basta con darle a Dios una hora a la semana, y el resto para nosotros? ¿Pensamos que Dios está en el templo, pero fuera ya no? Olvidamos que lo del César, también es de Dios, y a Dios hay que regresarle todo? ¿Somos conscientes que nunca podremos pagarle a Dios todo el bien que nos hace? ¿Nos queda claro que Dios es el mejor negocio del alma y no del bolsillo? 

   Una vez más el Santo Evangelio nos muestra la imposibilidad de servir a dos señores. Como portadores de la imagen de Dios, es a Él a quien le debemos total lealtad y obediencia. Que la Eucaristía,  -Sacramento por excelencia-, fortalezca nuestra adhesión al único Señor, y que la oración nos abra a la Gracia, y al brillo de su presencia y cercanía. Dejemos que Dios brille por encima de todo, y por ende, del dinero y de lo material. “No todo lo que brilla es oro, pero si yo oro, todo brilla”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


Saludo 28° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 Octubre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 11 oct. 2017 13:22 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 11 oct. 2017 14:30 ]

Chía, 15 de Octubre de 2017

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “ Vamos Todos al Banquete del Hijo de Dios 


    
El Evangelio de este Domingo es un completo banquete. ¿Qué puede haber mejor que un banquete entre amigos, para describir lo que es el cielo? Dios se ha valido de esta imagen para sellar las “bodas” de su hijo amado con su pueblo, ratificándonos el compromiso definitivo de esa relación y su decisión de permanecer siempre con nosotros. Su Amor se desborda por doquier, aunque muchos prefieren estar lejos de Él, bebiendo de otras fuentes. Al final, serán aquellos con los que nadie contaba, buenos y malos, los que terminarán acudiendo al banquete. Adicionalmente, en la fiesta todo se olvida, todo se perdona, y si queda algún rencor, con el sabor del pan y la alegría del vino se pulen todas las diferencias. 

   El Amor de Dios no conoce fronteras, y sus caminos son recorridos por nuevos heraldos que invitan, sin excepción, a los pobres y olvidados, y en general a todos los que viven con el corazón necesitado de Dios. La fiesta sólo comenzará cuando el salón esté repleto. Hasta entonces no puede cesar la invitación porque Dios no fracasa y su banquete ya está preparado. Como Dios no repara en los méritos, los que aceptarán su invitación serán aquellos que estén dispuestos a salvarse, aquellos que sí tienen tiempo para Él: los sencillos y los humildes, o aún, los que muchos consideramos malos. 

   Aceptar o no el banquete, significa aceptar o no el banquete celestial. Lo curioso es que quienes no quisieron aceptar la invitación del rey, no eran pecadores, ni estaban ocupados en actividades pecaminosas, sino que tenían ocupaciones decentes: fincas o negocios. El problema son las evasivas que le colocaron a la invitación. A nosotros también, lo que nos puede alejar del reino de Dios, quizá no sea tanto el pecado, sino nuestra indiferencia ante las múltiples invitaciones de Dios. ¿Por qué fácilmente aceptamos ir a cualquier boda, y nos resistimos a aceptar la invitación al banquete Eucarístico? Asistimos a tantas bodas, pero no tenemos tiempo para asistir al encuentro amoroso del Hijo de Dios con cada uno de nosotros. Todos queremos quedar bien delante de Dios, pero ante sus invitaciones tenemos mil disculpas, y la mayoría de ellas, quizá cargadas de mundano y de profano. 

   Aunque Dios nos invite gratuitamente, de nuestra parte no basta con sólo acudir al banquete. Habrá que acudir vestido de fiesta porque de lo contrario nos quedaremos fuera del banquete. ¿De qué vestido se trata?  Recordemos que el primer vestido que se coloca el cristiano es el bautismo, que nos reviste con la Gracia de Dios y nos encamina por el sendero de la fe. Aunque el pecado manche este vestido, no nos impide ir al banquete, porque a la entrada tenemos el traje del perdón que Dios otorga cuando hemos revestido nuestra vida con el amor, la caridad y las obras de misericordia. 

   Uno se pregunta: ¿Si en el banquete de bodas había comida suculenta y apetitosos manjares, entonces por qué no acudieron? Lo que acontece es que, así como hay muchos que tienen buen apetito de Dios y buscan para sus vidas algo trascendente y espiritual, también hay muchos a quienes no les apetece el banquete de Dios, y por frialdad espiritual no saben a qué sabe Dios, marginándolo de sus vidas; a cambio, creen que en este mundo lo tienen todo, viven ocupados en “sus cosas”, obsesionados con “sus negocios”, en la “sordera del tener” o en la “indiferencia que da la abundancia del poder o del tener”. Si es verdad que Dios siempre invita, también es verdad que muchos se resisten. Son muchos los invitados, y pocos los decididos. 

   Cuenta la historia de unos ángeles que Dios envió a la tierra con tarjetas de invitación a una gran fiesta. Los invitados sacaban disculpas y nadie fue. Al final los ángeles volvieron al cielo con las tarjetas. 

   Entonces Dios les dijo: “Si, les hubiera enviado la invitación a un funeral, tal vez habrían aceptado todos”. Dios nos invita a la vida en Gracia, pero preferimos el pecado. Nos invita a vivir en comunidad, pero preferimos nuestro individualismo. Nos invita a vivir la alegría de ser hermanos, pero preferimos sentirnos como extraños. 

   A Dios le encanta la fiesta. Él es un Dios que hace fiesta, un Dios enamorado, un Dios que se atreve a pedir nuestro corazón y se quiere comprometer definitivamente con nosotros. Dejémonos llenar por la novedad de su presencia. Somos invitados y debemos también invitar a otros. Mientras no descubramos la dimensión festiva de Dios, acudiremos solo a funerales. Es preciso devolverle a nuestra vida cristiana, el sentido de fiesta y de boda. Como dice el Papa Francisco: Con Jesucristo, siempre nace y renace la alegría, no nos dejemos quitar esa alegría”. 

   Hagamos de cada día un convite, y demos gracias por haber sido convocados por Él. Cada Domingo, Dios celebra la boda de su Hijo con todos nosotros en la Eucaristía, banquete de Amor y presencia del Señor. Vistámonos de fiesta y no nos escudemos en mil disculpas. Nada puede impedirnos el encuentro con el Señor porque Él está por encima de todo. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, y en tónica de fiesta y alegría, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 27° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 Octubre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 7 oct. 2017 11:48 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 7 oct. 2017 13:18 ]

Chía, 8 de Octubre de 2017

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “ Somos la Viña del Señor 


   
Dios, el dueño de la viña, ha cuidado con amor incondicional a su viña amada, el pueblo Israel. A través de una larga historia de fidelidad le envió profetas para señalarle el camino y las exigencias del Reino y no los escucharon. Al final, les envió a su hijo, el heredero y dueño de la viña, pero todos, profetas e hijo, terminaron de la misma manera.
 

   Hoy, nosotros somos los responsables de cuidarla y, en la parte que nos toca, tenemos la responsabilidad divina e histórica de procurar que ella dé buenos frutos. Esa viña es la vida, los valores, el mundo, la Iglesia, la naturaleza, la familia, la parroquia, los pueblos y comunidades, los vecinos, los enfermos, los más necesitados y todos los que sufren. 

   Como dueño de la viña, Dios la ha adornado con sus dones, “para que contemplemos la grandeza de sus obras, disfrutemos sus maravillas, - de las cuales somos responsables-, y en todo momento le alabemos y le demos gracias (Prefacio V Dominical). Todo lo hemos recibido a modo de “arrendamiento”, no como dueños, sino como responsables de su cuidado, y encargados de su crecimiento. 

   Quien se sabe administrador responsable frente a lo que Dios le ha dejado, se esfuerza por hacer crecer lo que tiene, y él mismo va creciendo mientras hace fructificar lo confiado. Por el contrario, nos puede ocurrir que, llevados por el afán de posesión, o movidos por el miedo a perder lo que creemos que es nuestro, queremos tenerlo todo sin rendir cuentas a nadie, convirtiéndolo en propiedad personal y terminamos así, perdiéndolo todo. 

   Existen dos grandes riesgos de los creyentes frente a la viña que Dios nos encomendó: No dar  los adecuados frutos de gracia que él espera de nosotros, y creernos dueños de las cosas de Dios y aún de Dios mismo. Obramos con las cosas de Dios, pero excluimos de ellas al mismo dador de bienes, de quien procede todo. Olvidamos que somos simples administradores llamados a dar frutos de todo lo que recibimos. 

   Este Evangelio por tanto, eleva una advertencia siempre vigente, ya que por falta de fidelidad al Señor y, quizá por dar frutos amargos, podemos ser despojados también de los dones recibidos. De ahí la importancia de mirarnos también cada uno como viña del Señor reconociendo el cúmulo de dones recibidos desde que nacimos, y como Iglesia que somos, tenemos que examinar nuestra falta de respuesta en las actitudes de cada día y, a la vez preguntarnos: 
  • ¿Qué hemos hecho con los dones espirituales y materiales que Dios nos ha confiado? 
  • ¿Cuántas veces hemos sido perdonados, experimentando las bondades del creador y sin embargo, hemos sido esquivos de entregarle parte de nuestro tiempo? 
  • ¿Por qué colocamos condiciones a nuestra fidelidad, aprobando lo que nos agrada y rechazando lo que nos exige responsabilidad o compromiso?
  •  ¿Por qué excluimos de nuestras vidas, - como los viñadores homicidas- hasta al mismo Cristo, para que no nos incomode, pretendiendo apoderarnos de su viña para servirnos de ella,  usando, incluso, el evangelio a nuestro acomodo o criterio?  
   La tentación de los hombres de todos los tiempos, ha sido el querer ser dueños de la viña, y no obreros contratados. Desde que el hombre descubre su libertad y autonomía, su gran tentación es la de eliminar a Dios porque lo considera el gran enemigo del hombre y de su libertad. 

  Matar a Dios para que viva el hombre; negar a Dios todos sus derechos de creador y de autor. Así matamos al dueño de la viña para no tener que dar cuenta a nadie, para autoafirmarnos y definirnos sin ninguna referencia al creador, incluso, para acabarnos entre nosotros mismos y constituirnos en propietarios del universo, de la tierra, de nuestros cuerpos y de todo lo que manipula ciegamente el ser humano, queriendo hacerse “dios”. 

   Es verdad que dada nuestra pequeñez, nunca podremos responder a Dios, con la grandeza que él merece; pero por lo menos, demos lo mejor de nosotros, que esa es la mejor manera de agradecerle al creador. Y en la medida en que prefiramos la grandeza, la libertad y la responsabilidad ante los bienes que Dios nos dejó en su viña, en esa medida podremos seguir disfrutando de ella. Cuando los dones se convierten en propiedad pierden su grandeza y su belleza. Como un trozo de mar encerrado en un pozo carece de inmensidad, si nos consideramos dueños o amos de todo, acabamos por perder la totalidad de la viña encomendada. 

   Cada Domingo Dios viene a visitar su viña, a ver si su inversión de amor ha producido los frutos de justicia, fidelidad, amor, compasión, generosidad y perdón que él espera. 


   Pidámosle al Padre creador, que nos permita ser testimonio vivo del Señor y de su Iglesia, la viña que él planto con amor y dilección. Él siempre nos da oportunidades para florecer; y no permitamos que el amor que Dios ha invertido en nosotros, se malgaste. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, en la Viña que él nos ha encomendado, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 26° Domingo del Tiempo Ordinario, 1 Octubre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 30 sept. 2017 8:47 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 30 sept. 2017 9:51 ]

Chía, 1 de Octubre de 2017

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “ Que tu 'Sí', sea un 'Sí', o que tu 'No' sea un 'No' 


   
Este Evangelio cuestiona a fondo nuestras respuestas a las llamadas de Dios, mediante dos modelos diferentes de hijos, con algo de positivo cada uno. En la historia de los dos hijos, Jesús quiere que nos asomemos a la mente y al corazón de Dios. Todos podemos contestar a la pregunta que nos hace Jesús: ¿Cuál de los dos hermanos hizo la voluntad de su padre? Pero la propuesta no consiste en imitar a alguno de los dos, sino a sumar lo bueno de ambos. Es decir, nos pide una respuesta más perfecta: hacer la Voluntad de Dios. Como el movimiento se demuestra andando, la fe, cuando se trabaja, produce más fe, y la vida del creyente va más allá de las palabras. Las palabras no sirven cuando no son sinceras. Lo que agradará al dueño de la viña, es sencillamente, “hacer” Su Voluntad. 

   Dios nos dotó con el don de la libertad para poder elegir. Un “no” siempre puede convertirse en un “sí”. El primer hijo de la parábola representa a los ancianos, los sacerdotes, los escribas, los conocedores de las escrituras, los exploradores de todas las minucias de la ley. Sus vidas aparentemente eran un sí, pero sus mentes, sus corazones y sus actitudes no cambiaron ante el mensaje de Jesús. El segundo hijo representa a los recaudadores de impuestos, prostitutas, gente sencilla, los gentiles y pecadores que vivieron un tiempo de espaldas a Dios. Era el mundo de los que sentían que necesitaban a Jesús, a quien veían como el único que los podía comprender. Escucharon el mensaje de la conversión predicada por Juan Bautista, y sus vidas, que aparentemente eran un no, sin embargo, con la conversión, se transformó en un sí. 

   Hay muchos que dicen: “no voy”, pero luego tienen el coraje de reflexionar y “van”, como hay muchos que han dicho “sí” para quedar bien, pero luego sus vidas han sido un “no” al Evangelio. Pretendemos quedar bien con nuestras palabras, pero luego quedamos mal con nuestras vidas. No basta decir sí, si luego nuestras vidas son una incoherencia y terminan siendo un no. Como también puede que muchos que, en un principio dijeron no, luego de reflexionar, terminen haciendo de sus vidas un sí. 

   La parábola refleja mucho de nuestras vidas. ¡Cuántos hemos dicho “sí” pero luego nuestra vida es un “no”, o cuántos han dicho “no” y luego sus vidas son un “sí”! Cuántas familias, por ejemplo, dicen un “sí” al Bautismo de sus hijos, y se comprometen ante Dios y ante la iglesia a educarlos cristianamente, pero luego van en dirección contraria, olvidando cultivar la viña de la fe. 

   Cuántos matrimonios delante del altar viven con gozo y alegría esa fecha dulce y bendecida. Todo es una fiesta al amor que comienza con un tremendo sí, y jurando ante Dios fidelidad “en lo bueno y en lo malo, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para amarte y respetarte todos los días de mi vida”. Luego sigue el vals del Danubio Azul, y luego la “luna de miel.” Todo es un “sí” al amor, un canto a la felicidad y a la fidelidad. 

   Un canto que, pasado el tiempo, se va rayando, se apaga su música y comienzan los desamores, la violencia, la infidelidad, el maltrato, el divorcio y, por ende, el sufrimiento irreparable en los hijos. Aquella sentencia sagrada del Señor el día del matrimonio: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, queda sepultada por una más poderosa: “No te soporto…Ábrete”. Dejaron de cultivar la viña del amor. Le dijeron “SI” a Dios, y ahora su vida es un completo “NO”. 

   Si decimos “sí” a Dios Amor, tendremos que decir no al rechazo a nuestros hermanos. Si decimos “sí” al perdón ofrecido en la Cruz, debemos decir no al deseo de venganza. Si decimos “sí” al Dios de la vida, debemos decir no a todo lo que daña la vida y la verdadera felicidad. Si decimos “sí” a la invitación que Dios nos hace a trabajar en su Iglesia, debemos decir no a la pereza. Si decimos “sí” a todo lo que engendra paz y alegría, debemos decir no a todo lo que destruye la paz. Si decimos “sí” al amor en el matrimonio, debemos decir no a cuanto lo rompe y lo daña. 

   La santa Eucaristía que vivimos cada día, o cada domingo, nos ha cambiado, o al contrario, salimos de ellas estancados en nuestra dureza de corazón? ¿Nos amañamos en la tibieza o frialdad espiritual? La parábola nos llama a estar atentos porque el peor obstáculo que Dios encuentra en nuestro corazón para hacernos santos, es el creernos ya demasiado buenos.


    Quien pretenda poner límites a la obediencia querida por Dios, limitará también su unión con Él, dificultando el ejercicio de una vida cristiana firme y madura. En cambio, ¡qué maravilla saber que el privilegio del pecador es poder cambiar, y decirle sí a Dios¡ San Pablo dice que Jesús es el hombre del “sí”. Sí y no, las dos palabras más poderosas e importantes que podemos decir. Dios dice “sí” a todos sus hijos. Si le hemos dicho “sí”, vigilemos para que nuestra vida nunca sea un “no”. Él nos ama y para corresponderle a su amor, lo más importante no son las palabras sino las obras.

 

   Pidamos a la Santísima Virgen, que nos ayude a identificarnos con su divino Hijo, - como ella lo hizo-, en la obediencia a su santa voluntad. Aunque ello no sea fácil, recordemos que Jesús se goza en el que, a pesar de haber puesto obstáculos o haber dicho “no”, a través de su esfuerzo y  disciplina, logra decir “si” en aras de su salvación. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, y a decir “SI” a su santa voluntad, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


Saludo 25° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 Septiembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 21 sept. 2017 16:22 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 21 sept. 2017 17:01 ]

Chía, 24 de Septiembre de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “Señor, Míranos Según tu Corazón, y no Según Nuestros Méritos”


  
En el Evangelio de hoy, los trabajadores de la viña somos cada uno de nosotros y el propietario es Dios, y para Él nadie llega demasiado tarde, acoge lo mismo al que nació en familia creyente y fue bautizado, que al que se convierte al final de su vida. 

   No excluye a nadie, a todos llama a trabajar en la viña, y a todos los recompensa de manera libre, generosa y misericordiosa, por su infinito Amor.
 

   El Señor da  a los últimos, igual que a los primeros; y al que se convierte a última hora, le da igual que al que fue llamado a primera hora. No son nuestros méritos los que tienen que pasarle factura a Dios. Nuestra lógica concibe un Dios que lleve la contabilidad de cuanto hacemos para pagarnos por ello. Ahí radica la dificultad para entender la parábola: 

  • Como que nos cerramos al Dios cuyos caminos son los del Amor gratuito, por encima de los méritos. 
  • Como que no entendemos a un Dios que no espera recibir para dar y que nos Ama no por lo que hacemos, sino por lo que somos. 
 
 Esta parábola, de hecho, habría podido comenzar diciendo:
“El Reino de los cielos se parece a un propietario que amaba con un amor gratuito”, es decir, un Dios que no busca nuestro rendimiento, sino que, por Amor nos busca a nosotros. Los que tenemos que responder somos nosotros, con la buena disposición y "con las herramientas que Él nos dio en la mano" para ir sin demora a labrar los caminos de Dios, en los surcos de este mundo.

 

   En lógica de la parábola, tener un corazón acogedor es, entonces, el primer requisito para trabajar en los campos del Señor, desgastándonos por los demás, sin encumbrarnos, sin creernos más que los otros y sin esperar nada a cambio. En esta misma lógica, la recompensa por la fe será dada al creyente, no según el tiempo en que se haya convertido, ni según la edad en que se convirtió, sino según la medida o estatura espiritual que haya alcanzado en Cristo. El cristiano trabaja por el gozo de servir a Dios y a sus semejantes, y es consciente que, ante el jornal de la gloria divina, no habrá trabajo grande. La dicha de servir al Señor es la mejor recompensa y será siempre un honor sentirse llamado a participar en la aventura de acercar a los demás a la presencia de Dios. Los hijos de Dios que no trabajan por extender su Reino, ¿a qué recompensa pueden aspirar? Recordemos el refrán: “El tiempo perdido, los santos lo lloran”

 

   Ciertamente, Dios, como dueño generoso del Reino de los cielos, es quien regala, de manera gratuita, el premio a todos porque a todos ama, pero también de todos espera la disposición a trabajar. ¿Nos hemos puesto a pensar que los primeros trabajadores de la viña, en todo caso, pasaron el día felices con la comida asegurada? ¿Hemos pensado también en el sufrimiento de quienes veían apagarse el día y no tenían nada que llevar a sus hijitos y a su esposa? ¿Nos damos cuenta de que también hay católicos que desde pequeños fueron “buenos católicos”, y que al enterarse que algunos de avanzada edad se convirtieron, se molestan pensando que es injusticia que vayan con ellos al cielo? ¿Acaso no les bastó la felicidad de haber pasado con Dios toda la vida y tener asegurada la promesa del cielo? ¿Qué hicieron por ganar las promesas de Dios?

 

   Quizá algunos digan, si esto es así, ¿para que esforzarnos? ¿Para qué trabajar y luchar? Precisamente para no esperar recompensa en esta tierra, sino para vivir impulsados de verdad hacia los bienes imperecederos, aquellos que se van ganando según la dedicación con la que nos empeñemos en las tareas encomendadas mientras vivamos en este mundo. 


   Nuestro esfuerzo, entonces, hará crecer los dones recibidos; qué más bella recompensa? Jesús nos enseña que hay una alegría más grande que la recompensa, o el salario material.  Se trata de la recompensa del don; la de saber que estamos trabajando por Aquel y con Aquel que nos lo da todo para que extendamos el don incontenible de su Amor; ese don que no tiene medida. Es la recompensa de dar y recibir, la de regalar y dejarse regalar, porque todos somos hijos del mismo dador de vida, y participamos del mismo don. Es la dimensión de la libertad y del Amor, lo más auténtico del Reino de Dios.  

   Seamos como seamos, o estemos donde estemos, tenemos que invitar a muchos más a trabajar por el Reino de Dios. Él no quiere que nadie se quede sin recibir la paga generosa de su Amor, y nosotros no podemos ni impedir, ni colocarle frenos al Amor del Señor; al contrario, darlo todo por Él. Lo maravilloso es pensar que todos somos aptos para trabajar por este mundo, por la Iglesia, por el Reino y por nuestra salvación. Y nunca olvidemos que Dios mira las cosas de otra manera; que para Él somos valiosos independientemente de nuestros resultados y logros; que Él nos llena de sus bienes, aunque nuestras conquistas sean pequeñas, y sencillamente porque para Dios valemos más que nuestras obras y acciones. Pidámosle a Dios que “no nos mire por nuestros méritos sino conforme a la bondad de su corazón. Él no nos debe nada; somos nosotros quienes le debemos todo a Él”. 

  A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 24° Domingo del Tiempo Ordinario, 17 Septiembre 2017, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 16 sept. 2017 14:19 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 sept. 2017 15:05 ]

Chía, 17 de Septiembre de 2017

    Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 “Perdónanos, Como También Nosotros Perdonamos…”


  
 En este Domingo la invitación de Cristo a perdonar es clara. Si todos somos perdonados por el Creador, no podemos, como criaturas, negar el perdón, porque el perdón es de Dios y viene de Él, como el mejor de los regalos. La misma palabra “perdón” significa: PER (Máximo) y DON (Regalo). El perdón es el máximo regalo de Dios que pasa a través de su Hijo, y de nosotros, a los demás. 

   Es frecuente oír decir: “Yo perdono, pero no olvido”. Si esto quiere decir que la ofensa recibida duele, es algo natural, pero si esto expresa rencor, odio o venganza, eso no es cristiano. No es de buenos hijos de Dios desear mal a nadie, ni siquiera al que nos ha ofendido y aunque el deseo de venganza brota espontáneamente, el perdón será la luz que nos pide vencer la oscuridad y el mal a fuerza de bien. 

   También solemos decir: “!Que Dios te perdone, yo no!. Es mucho lo que perdemos por la dureza del corazón y por querer ganar lo material, representado en esos 100 denarios!. Olvidamos que el don del perdón hace que muere la sed de venganza y alcancemos la vida y la paz de Cristo resucitado. 

   Quizá nos identificamos con aquel siervo que no tenía con qué pagar sus deudas al rey. ¡Siempre es mucho lo que Dios nos perdona y es grande su misericordia para con nosotros! De igual manera hemos de tener misericordia unos con otros, porque de antemano hemos recibido la misericordia de Dios. Más aún, si no nos perdonamos unos a otros, Dios nos retira su misericordia, como el rey de la parábola la retiró al siervo despiadado. 
   Cuando pensamos en todo lo que Dios nos ha perdonado, concluimos que ese deudor del Evangelio somos todos, y tristemente nos damos cuenta que el perdón que otorgamos a los demás, es como esa suma pequeña que le debía el compañero al siervo de la parábola. Recordemos que ante Dios, todos somos eternos deudores. ¿Cuál es mi deuda con Dios?

   El Señor, que perdonó a aquel empleado, también, a cada uno de nosotros nos perdona todas las ofensas. Él no lleva cuentas de nuestros delitos. Si fuera así, nadie podría resistir. Des afortunadamente nosotros si llevamos cuenta de los pecados y errores de los demás. Aun siendo perdonados por Dios, quienes decimos ser católicos, salimos gritando: “Ya me lo pagarás…te espero a la salida…” 

   El perdón cristiano, más que ley evangélica, es la más bella medicina y liberación del alma. El corazón del que perdona limpia su interior, apacigua el alma, se hace humilde, cuidadoso, delicado, capaz de buenas relaciones y descubre de inmediato las cualidades de los demás. Es una estructura espiritual que mueve el corazón de los hijos de Dios al saberse amados entrañablemente por Él. 

   Él estableció en nuestros corazones una inclinación al perdón, anterior incluso a la misma ofensa. De ahí que, como hijos del mismo Padre, hemos de mantenernos solícitos por el hermano, especialmente por el que comete algún pecado. Perdonar a los demás, nos permite reconocer que ya antes hemos sido perdonados. 

   Quizá nos resulta más fácil reconocer cuando hemos sido víctimas de un atropello, pero tal vez nos volvemos miopes cuando somos nosotros quienes lo cometemos. La vara que empleamos para medir a los demás no se parece a la que usamos con nosotros mismos. 

   Tanto el perdón como la corrección fraterna, deben mantenerse en equilibrio. En efecto, el perdón ofrecido al hermano no nos exime de la corrección con el que falla. El perdón es el triunfo de la libertad como ofrenda, y nos libera de la pretensión de constituirnos jueces. La experiencia nos muestra que perdonar no es algo sencillo pero es un ingrediente de la Gracia que se nos ofrece por la fuerza del Espíritu. Este don ha de ser suplicado con humildad, a la vez que procurado con diligencia.

 

   El Papa Francisco nos dice: “Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al Amor de Dios que perdona”. Y añade: 


   “Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y que el otro está en lo cierto. Simplemente significa que valoramos mucho más una relación que nuestro ego”. El Santo cura de Ars, en su infinidad de confesiones le dejaba claro al penitente que: “El Buen Dios lo sabe todo. Antes aún que os confeséis, sabe ya que pecaréis de nuevo, y sin embargo os perdona. ¡Cuán grande es el Amor de nuestro Dios que lo lleva hasta a olvidar voluntariamente el porvenir, con tal de perdonarnos!”

 

   Serán muchas las veces que tenemos que perdonar, y también las veces en que tenemos que ser perdonados. Ese perdón que recibimos y que damos, permite transformar el mal que hacemos, o el que recibimos en una fuerza de bien que nos permite estar cerca de Dios. Se trata de imitar a Cristo, quien ante sus verdugos no tuvo sino palabras de perdón: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.

 

   El perdón es ante todo una decisión del alma y del corazón. Es la más esplendorosa obra de caridad que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Se instala dentro del corazón como la llave maestra que sana todas heridas. “Sólo los valientes saben cómo perdonar porque el perdón exige mucho valor”. (Cfr. San Juan Pablo II, perdonando a su agresor…). Siendo el perdón de Dios para nosotros tan generoso y abundante, no debemos ser tacaños en ofrecerlo. El Señor nos da la clave: “Hay que vencer al mal haciendo el bien”. No podemos permitir que lleguemos a la tumba sin perdonar. Aprendamos a perdonar, perdonando. 


“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…” 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del perdón, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Luis Guillermo Robayo M. Pbro.
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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