Saludo Semanal

Saludo 26° Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Septiembre 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 sept 2022, 19:17 por Julia Sarmiento   [ actualizado el 24 sept 2022, 7:54 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía ]

Chía, 25 de Septiembre de 2022

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

"…Porque Dios Junto a los Pobres Siempre Está"
   La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, es una historia, tristemente, de profunda lejanía, o felizmente, de íntima cercanía con Dios. Deja en claro que el camino al cielo se va forjando en la sensibilidad ante el clamor de tantos que sufren esperando las migajas de la caridad. Y son quienes revelan más de cerca el rostro de Dios. Tanto el rico como Lázaro eran iguales en el momento de nacer y estaban llamados al mismo destino de la felicidad, pero el rico pensó que su esplendor ya era el cielo y comprendió demasiado tarde lo fugaz de los bienes materiales. De nada sirve ser el más rico en el cementerio. 

   Entre Epulón y Lázaro había cercanía física, -sólo una puerta los separaba, - sin embargo, esta distancia física les hizo vivir en universos separados. Un simple portón marcó esa distancia, pero era definitiva para ganar o perder la salvación. Y, luego de la muerte se invierten los papeles. El rico recibirá lo mismo que dio. Reclama las migajas y una gota de agua, que, como en vida no dio a Lázaro, ahora no le son dadas. La indiferencia y lejanía con Lázaro, se le devolvió en la indiferencia y lejanía de Dios con él. El mismo abismo que los separó en la vida, los separa en la eternidad. El que estaba arriba, ahora se encuentra abajo. 

   A veces nos creemos unos muy lejos de otros, pero sólo nos separa un portón. Vivimos cerca, pero a la vez muy lejos. Una puerta puede significar a los que estamos dentro y a también a los que están fuera. ¡Qué poca cosa es un portón! Y, sin embargo, ¡cuán importantes son los portones! Sirven para protegernos contra los ladrones. Pero también sirven para dividir la humanidad, para no ver lo que pasa al otro lado. Impide ver al que se daría por satisfecho con “las migajas que caen de la mesa de los de dentro”. Impide ver a Lázaro con su corazón roto y cargado de sufrimiento. Y ese portón que le cerró en la tierra (Ojos que no ven, corazón que no siente”) le fue cerrado a Epulón para el cielo, y se convirtió en “un abismo inmenso para que no puedan cruzar, aunque quieran”. 

   Jesús no juzga ni condena la buena vida de los que están al lado de dentro, pero sí condena la frialdad, la indiferencia de los de dentro para con los de fuera. Lo más antievangélico es la indiferencia. Los ojos que no ven lo que pasa fuera; el corazón que no siente lo que sucede fuera y el hambre de los que están al otro lado del portón. El rico Epulón seguramente, como pasa con los vehículos, tenía polarizaos los ojos de su alma para no ver desde dentro. Dios no nos juzga ni por ser ricos ni por ser pobres. Nos juzga por nuestras actitudes para con los demás. Y nuestro gran problema puede ser la insensibilidad y la indiferencia ante los otros. La indiferencia significa que tú no significas nada para mí. Y cuando yo no significo nada para ti, soy un extraño para ti. 

   El problema de Lázaro no fue por ser pobre, como tampoco es culpa de Epulón por ser rico. Lo que condujo al cielo a Lázaro no fue la pobreza, sino su humildad. Tampoco fueron las riquezas las que impidieran al rico ir al seno de Abrahán, sino su egoísmo e indiferencia con Lázaro. Ese fue el punto neurálgico y definitivo. El rico ignoró que en cada actitud hacia Lázaro, estaba en juego su destino. Él se hubiera ganado el cielo si hubiera derribado, - con las entrañas y la compasión-, el portón de la indiferencia con Lázaro. Olvidó que “Lázaro era su puerta más cercana para llegar al cielo. Si Epulón le hubiera prestado a Dios, socorriendo a Lázaro, Dios le habría devuelto mucho más, y además, la salvación. 

   El rico no tiene nombre, mientras que el pobre se llama Lázaro. ¿Por qué? Quizá, porque en la lógica de la sociedad es al contrario. Se ignora al pobre y se da relevancia al rico opulento (Epulón). En la lógica de Dios, que “Alza de la basura al pobre”, es a la inversa: 

lo llama Lázaro”, que significa: “Dios proveerá”, porque Lázaro fue la puerta que Dios le colocó a Epulón para que entrara al cielo. 

   Solo que Epulón olvidó que, ayudándolo, él mismo se ayudaría. Que, salvándolo, él se salvaría. Con razón los pobres son la urna bendita en la que podemos depositar los ahorros de nuestra salvación. 

   La parábola también va dirigida a los cinco hermanos del rico, que, sin duda nos implica a cada uno de nosotros, todavía en este mundo. Nos quiere advertir que el nombre del rico, puede ser nuestro nombre cuando cerramos la puerta del corazón.

    Como a Epulón, también nos falta descubrir en tantos Lázaros, la oportunidad de salvarnos, el amor que nos humaniza, y la verdadera pobreza que nos enriquece y nos salva. Todos podemos ser “providencia de Dios”, y será Dios quien dé a cada uno lo que se forjó en este mundo: “su cielo o su infierno” .

 
 Vivimos tan cerca uno del otro, separados solo por un pequeño muro o una puerta, pero, acaso, ¿no estaremos tan lejos el uno del otro, poniendo en riesgo el cielo prometido? ¿Será realmente la puerta la que crea distancias? ¿No será más bien el egoísmo del corazón humano que está al otro lado de la puerta? Las puertas sirven para entrar y también para salir. Pero, reconozcamos que la llave de esa puerta siempre la tiene es el corazón. 

   Que el Señor que abra nuestros corazones, porque mientras el corazón no se abra a los demás, todos nos sentiremos lejos los unos de los otros. No es cuestión de puertas, sino de corazones. Abramos los portones del corazón, y veamos que al otro lado también existe alguien que nos necesita. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos

misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
Parábola de Lázaro (1886), por el pintor ruso Fyodor Andreyevich Bronnikov.

Saludo 25° Domingo del Tiempo Ordinario, 18 de Septiembre 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 sept 2022, 19:09 por Julia Sarmiento   [ actualizado el 24 sept 2022, 8:43 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía ]

Chía, 18 de Septiembre de 2022

Saludo cordial y bendición a todos ustedes, queridos fieles.

"Lo Mucho Comienza en lo Poco…Y Pone en Juego la Eternidad"
   En esta parábola, el hombre rico es Dios, los administradores todos nosotros, y lo administrable son los bienes y riquezas de este mundo que el Señor nos confía saber administrar. En la parábola, en la que parece que triunfa el mal, el Señor nos llama a tomar en serio las tareas del reino, y nos advierte que el mal hay que vencerlo con astucia y sagacidad. 

   No es que Jesús alabe la mala administración, la trampa, el fraude, la estafa o la complicidad para obrar el mal. Sería un absurdo. El administrador es elogiado por la habilidad, la sagacidad, la astucia, lo vivo que es y lo rápido que piensa para aprovechar la ocasión y resolver su futuro. Jesús quiere destacar lo avispados que son los hijos del mundo para sus cosas, y lo ciegos y poco creativos que somos los hijos de la luz.

   Pero es obvio que, por haber usado su astucia para el mal, y como no fue fiel en lo poco, es castigado perdiendo la confianza de su señor, sufriendo la vergüenza del despido, y quedando marcado para siempre como ladrón. 

   A este administrador, podríamos nombrarlo como el “patrono de tantos corruptos”, porque, aunque mutuamente se protegen, necesitarán de algún patrono que los identifique. Este es un Evangelio de gran actualidad. Todos somos conscientes que la “corrupción” es hoy el “gran virus” que está apolillando la sociedad entera. 

   La sentencia del Señor es clara: Dios y el dinero son dos amos que no comparten su soberanía, por lo que nadie puede servir a los dos al tiempo. En nuestra vida no siempre administramos bien los tesoros que Dios nos confía. En muchos momentos nos volvemos “ladronzuelos” de nuestra propia existencia y de nuestra propia eternidad, levantándonos contra el mismo Dios. La bondad de Dios es infinita y su misericordia es eterna, pero ello no quita que reflexionemos si en nuestras cuentas con Dios estamos a paz y salvo. 

   ¿Somos astutos o no en lo relativo a Dios? ¿Estamos interesados en su reino o, por el contrario, nos interesamos de vez en cuando? ¿Procuramos ajustar nuestra vida, conducta y actitudes con el evangelio? Si tuviésemos la misma astucia, la misma viveza y la misma rapidez de pensamiento de aquel administrador para renovarnos con los criterios de Dios, todo sería diferente. Hay dichos: “hecha la ley, hecha la trampa”. Alguien decía agudamente: “nunca faltan vivos que te hacen los zapatos antes que tengas los pies”. El Señor nos ha concedido talentos que pueden dar el ciento por uno en los asuntos de Dios. ¿Seremos tan necios de no ponerlos al servicio del Señor? Todo lo que nos ha dado Dios, es de él y, en la medida en que administremos hábilmente sus bienes al servicio de los demás, así mismo seremos felicitados por el Señor en el balance final. 

   En cualquier lugar o función que cumplamos, en lo poco o en lo mucho, hagamos florecer los talentos que él nos ha dado. Administrémoslos bien en aras del bien verdadero. 

   La fidelidad en lo mucho, comienza en la fidelidad en lo poco, como la infidelidad en lo mucho comienza con la infidelidad en los poco. 

   Aquel que dice la verdad, siempre será grande así se vista de harapos, mientras que un mentiroso nunca será grande, aunque pueda llegar muy alto, a través de la estafa o la mentira. 


   El Sabio nos recomienda: “El dinero hay que ponerlo debajo de los pies para que no domine nuestra cabeza”. Es mejor que Dios sea nuestro Padre, a que el dinero sea nuestro dueño. Dios deja de ser Dios ante quienes absolutizan las cosas o el dinero. Las manos con las que se uno se aferra ávidamente estrechando el dinero, no pueden estar libres para alzarlas y bendecir a Dios. 

   Lejos de condenar el dinero, el Señor nos pide que, al administrarlo, ojalá fuéramos tan astutos como los 'hijos de este mundo'. El poseedor de bienes puede y debe prestar su servicio de gestión, -de manera honrada-, a sus hermanos, a su familia, a los que sirve y a quienes colocan su confianza en él. No servir al dinero, sino servirse de él. Los pobres y necesitados son la urna bendita que nos permite los ahorros para la salvación. 

   Claramente Jesús nos exhorta a saber elegir entre él y el espíritu del mundo; entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez, o la lógica de la rectitud, de la humildad y del compartir. Y ante la astucia mundana, nos pide saber responder con la astucia cristiana que es un don del Espíritu Santo. 

   En conclusión: revisemos cómo van nuestras cuentas con Dios. ¿Nos creemos dueños de todo? Reconozcamos que ser administradores humildes y confiables con lo que él nos presta, eso nos abrirá, las puertas de la eternidad. 

   No hay cosa más bella que dejar las llaves de nuestra casa en las manos de una persona totalmente confiable. Dios nos dio las llaves de la creación. Que él nos bendiga y nos dé una vida limpia de engaños y mentiras. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 24° Domingo del Tiempo Ordinario, 11 de Septiembre 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 12 sept 2022, 6:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 sept 2022, 8:46 ]

Chía, 11 de Septiembre de 2022

Saludo cordial y bendición a todos ustedes, queridos fieles.

"El Señor no Vino a Buscar a los Sanos sino a los Enfermos"

   En el Evangelio de hoy, Dios, -entrañable y misericordioso- sale al monte hasta encontrar la oveja. Barre la casa hasta encontrar la moneda perdida. Espera ansioso a que el hijo pródigo regrese. Dios nunca pierde la esperanza. Es un evangelio de una gran esperanza para los que nosotros calificamos de “perdidos o malos”. 

   Dios siempre sale dando la cara por los que se han perdido, por los que se han extraviado.  Sale a buscarlos, a encontrarlos, a dialogar con ellos y a mover sus corazones, y si hace falta a cargarlos sobre sus hombros para regresarlos a casa. Si es necesario, barre la casa y no descansa hasta encontrarlos. 

   Las parábolas nos revelan la profundidad del corazón misericordioso de Dios, que, en razón de la dignidad por ser sus hijos, podemos recuperarla, aunque nos hayamos perdido en el pecado. Como en la escena del hijo pródigo, Dios no quiere la muerte de su hijo pecador, sino que se convierta y viva. Y puesto que su misericordia es eterna, "Me pondré en camino…Me levantaré, y volveré junto a mi Padre", porque demás de perdonar a su hijo arrepentido, lo espera con el corazón abierto y los brazos tendidos para devolverle, a través del perdón, su dignidad original. “Su amor divino es más original que el pecado”. 

   Para el padre, -que siempre lo esperó-, el regreso de su hijo, fue lo que le devolvió la felicidad. Y el regreso del hijo que se había ido y se había perdido, es un testimonio vivo del fracaso a que conduce la vida pecaminosa, pero a la vez, es testimonio de la misericordia de Dios que siempre está dispuesto a perdonar al
pecador, siempre y cuando se reconozca como tal, y a su corazón lo aliente el arrepentimiento y el propósito de una vida de santidad.

 Desafortunadamente, la actitud del hermano mayor fue un triste testimonio del fracaso del amor fraterno. Cuando uno se hace sordo a la voz del Padre,- como el hijo mayor en la parábola del hijo pródigo- o se cree mejor que el pecador, o termina cerrándose a las ofertas del amor paterno y fraterno. 

   El mismo San Pablo fue llamado por el Señor a pesar de sus pecados: “Dios tuvo compasión de mi”. A veces, a causa de la dureza del corazón, no es fácil aceptar ese amor misericordioso; no obstante, Dios nos concede su gracia y su misericordia; se inclina al hombre no para humillarle o hacerle sentir el peso de su condición de pecado, sino para enaltecerlo y regresarlo a su dignidad. Es el hombre quien debería buscar a Dios, pero en realidad, es Dios quien toma la iniciativa para que regresemos a él, como en el evangelio de hoy. Esa es la lógica de Dios, y debería ser la nuestra buscando a los demás, como hermanos que somos. 

   Una vez se experimentado el amor de Dios, es difícil vivir si él. En efecto, el peso del pecado nos hace sentir mal ante la gravedad de la ruptura con nuestros hermanos, con nosotros mismos y con Dios. 


   Como Padre que nos ama desde toda la eternidad, Él se alegra con el regreso del pecador y lo celebra en el encuentro festivo de la misericordia; la fiesta del corazón de Dios con su pobre criatura. 


   Él siempre nos espera, y a pesar de nuestra decisión de alejarnos, pueden más las entrañas de su corazón y la fuerza de sus brazos abiertos para reconquistarnos de nuevo. 

   Se dice que en la vida llevamos una alforja al hombro: por delante colocamos nuestras cualidades y bondades, y detrás colocamos nuestros errores y defectos. 

   Cuando nos equivocamos no somos capaces de ver los defectos y mucho menos reconocerlos. Nos queda más cómodo atribuirlas a los demás. Si reconocemos nuestros pecados y nos abrimos al amor de Dios, podremos experimentar la alegría del Dios que perdona. La conversión no es otra cosa que el reencuentro amoroso con el Dios que se alegra por nuestro regreso. 

   La experiencia del perdón sólo la vive bien quien se reconoce humildemente pecador. Pero si pensamos que no tenemos pecado, nada podrá realizar el Señor en nuestros corazones. A causa de la soberbia y la arrogancia de quien se dice no necesitar de Dios o no reconocerse pecador, el corazón se hace más esquivo y duro a la oferta del perdón. Fuimos creados por Dios y para Dios, y no habrá ninguna felicidad fuera de Él. Hay que estar atentos ante la voz seductora del enemigo que, en apariencia de regalos, nos ofrece dichas pasajeras lejos de Dios, y que no son más que espejismos. 

   Ante el raudal de misericordia divina, reconozcámonos pecadores, sintamos dolor de nuestros pecados y hagamos el propósito de no volver a pecar. Toquemos a las puertas de su corazón implorando el perdón, seguros que su divino corazón no dejará de latir, y a pesar de nuestra pobreza y fragilidad, su amor se hace más cercano. 

   Que nuestra vida esté en la lógica del perdón. “El primero en pedir perdón es el más valiente, el primero en perdonar es el más fuerte; pero el primero en olvidar, es el más feliz”. Que Dios nos permita reconocernos pecadores, para que, arrepentirnos y con su perdón, lleguemos a los brazos de Dios. Celebremos hoy las alegrías de Dios, las fiestas del amor de Dios que nos busca y nos encuentra y nos espera siempre con los brazos abiertos y con la mesa puesta. 

   Es la misericordia de Dios la que permite que, del barro o de la madera torcida se elaboren hermosas obras de arte. Tratemos de mantener nuestra vida anclada en el deseo de llegar a la casa del Padre. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 23° Domingo del Tiempo Ordinario, 4 de Septiembre 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 3 sept 2022, 11:05 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 3 sept 2022, 12:26 ]

Chía, 4 de Septiembre de 2022

Saludo cordial y bendición a todos ustedes, queridos fieles.

¡Ofreciendo Nuestro Todo, por el TODO de Dios!

   El Evangelio de hoy nos pide confesar a Jesús “como el crucificado”. Seguir a Jesús, como lo siguió Pedro, pero “al Jesús crucificado”. Jesús enfatiza: “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. Para el cristiano lo esencial es Jesús, y San Pablo nos dirá: “No quiero saber entre vosotros otra cosa que Cristo y éste, crucificado”.

   A Jesús hay que escucharle y seguirle, y esto exige valentía y riesgos, porque quizá preferimos más a un Jesús que no sea exigente, no un Jesús ensangrentado y crucificado. Preferimos disfrutar y gozar, y nada cruz, ni sacrificios. Seguir a Jesús no es cuestión de un entusiasmo pasajero, de una repentina emoción, o de una conversión superficial. Jesús no prometió fama, éxito o poder; todo lo contrario, porque seguirlo tiene riesgos, renuncias, entrega, fidelidad, sacrificio y cruz, con la certeza que, al dejarlo todo por el amor de Dios, y colocando a Dios por encima de todo, lo ganamos todo, aunque ello implique pasar por la puerta estrecha del despojo, para ganarlo todo.

   De ahí que el Papa Francisco afirma: “Lo fundamental es 
 
volver a colocar a Cristo en el centro".
  
   Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos, ni discípulos ni misioneros del Señor, simplemente somos mundanos

   El seguimiento de Jesús nos exige un corazón grande, capaz de integrar y no de enfrentar afectos, porque es, precisamente en el nombre de Cristo que tendremos que amar a nuestros hermanos. 

   Por otro lado, Dios jamás querrá que odiemos a nadie, y menos a nuestros seres queridos. La expresión “quien no odia”, es mejor traducirla por “quien prefiere a los demás en vez de Dios”, o “cuando los demás son más importantes para mí que el mismo Dios”. Lo que nos reclama es: nadie está obligado a seguirle. Pero quiere que sea una opción pensada. Es preciso “sentarse y pensar” hasta donde tenemos el coraje de llegar hasta el final. Desde Cristo, ningún sufrimiento puede transformarse, para el cristiano, en inútil o vacío de sentido. 

   Maravilloso amar a nuestras familias, pero es el Señor quien les da vida, como la sabia al árbol. Extraordinario el amor de los esposos, pero es el Señor quien les permite el amor. Hermosas las amistades, pero más maravilloso es Dios que les permite ser amigos. Necesario amarnos a nosotros mismos, pero más necesario el amor a Dios que nos da sentido, como la sal en el agua del mar”. 

   El pescador teje una red sólida y bien amarrada, de forma que esta pueda flotar sobre las olas del mar. Estando en sus nidos las aves son amas del océano. Del mismo modo, aún si las cosas transitorias rodean nuestros corazones, mantengámoslas a flote, y así podamos flotar sobre ellas. Aunque nuestras manos atrapen tantas cosas, nuestros corazones han de estar abiertos solamente al cielo. Una vez que coloquemos todo, por amor, en el TODO de Dios, adquirimos la libertad para extender sus dones. Mientras todo venga de Dios, nada es nuestro, todo es prestado. 


   Solo gastando la vida por amor a Jesús, se recupera y se conserva para la eternidad. Solo amando, - y no de manera egoísta- a nuestros seres amados, los recuperaremos, vestidos de Gloria en el cielo. En nuestra peregrinación, tenemos que optar por lo esencial, como cuando emprendemos un viaje, en la maleta colocamos lo esencial y desechamos lo que no sirve. 

   Si revisamos y alistamos nuestro corazón para el encuentro con Dios, habrá muchas cosas que conviene desechar porque estorban en el viaje a la casa del Padre. Amar a Dios por encima de todo, consiste en saber que él nos ha hecho para la vida eterna y como peregrinos vamos hacia allá. 

   En esta lógica de lo esencial, fue que dijo el Señor: “Quien no renuncia a todas sus cosas no puede ser discípulo mío”. San Agustín acentúa: 

   Señor ¡«Quite cuanto quiera, pero yo no abandono mi fe» Posees tus bienes y has renunciado a ellos, y como los posees tú, no te poseen ellos a ti. 

   No es ningún mal poseerlos; el mal está en ser poseído por ellos. Al perder tu corazón, nada dejaste íntegro. 

   Que no nos pase lo de aquellos que, cuando hizo erupción el Vesubio, por querer llevarse muchas cosas, no pudieron pasar por la puerta de la casa, quedando petrificados bajo las cenizas del volcán. 

   Ser cristiano no es una broma, ni es cuestión de fuegos artificiales, muy bonitos en la noche, pero que pronto se apagan. Observemos que, en las competencias ciclísticas, al final de la comitiva va un carro al que se llama “escoba”, cuya misión es recoger a los que se quedan y renuncian a seguir en la carrera. También Jesús puso entre la espada y la pared a los discípulos cuando les preguntó: “¿También vosotros queréis iros?” No basta decir “yo te sigo”. ¿Estamos dispuestos a llegar hasta el final? O ¿Necesitará Jesús también de un “carro escoba” para los que nos vamos rezagando por el camino?

 

   Huyendo del sacrificio, o ignorando los problemas, no resolvemos nada. 


   Queriendo evitar el dolor, olvidamos la necesidad de la lucha, el esfuerzo y la disciplina. 


   No olvidemos que, desde que Cristo venció la muerte, pasando por la cruz, ningún sacrifico es inútil.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 22° Domingo del Tiempo Ordinario, 28 de Agosto 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 25 ago 2022, 15:11 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 ago 2022, 17:05 ]

Chía, 28 de Agosto de 2022

Saludo cordial y bendición a todos ustedes, queridos fieles.

Invita a los pobres porque No Podrán Pagarte Ni Invitarte. Feliz de Tí, Porque Dios te Pagará

   El Evangelio de hoy evidencia dos actitudes, según los dos tipos de invitados: los primeros, aquellos que escogen los primeros puestos; y los últimos, - aquellos que quizá nadie invita: los pobres y excluidos-, que a la postre, son quienes revelan mejor el rostro del Señor, la preferencia de su corazón y la esencia del Evangelio. “Cuando des una comida, invita a los pobres, a los lisiados, cojos y ciegos; feliz de ti, porque Dios te pagará”. 

   Sacamos dos lecciones: una, hacer el bien a los demás sin esperar nada a cambio. Es decir, nos, advierte contra la manía de esperar a que nos paguen de alguna manera cuando hacemos algún favor. El que sirve al prójimo esperando recompensa y gratitud se está aprovechando de él, para servirse a sí mismo. La otra, es el llamado a la humildad. ¿Qué tiene la humildad que tanto le gusta a Dios? Jesús apareció débil y pequeño en un pesebre, desconcertando a los que lo esperaban grande y venir entre las nubes. La humildad goza de la verdad y nos hace grandes y únicos. 

   Es un llamado a descubrir lo que verdaderamente vale, a abrir el alma y el corazón a las cosas que pueden realmente llenarlos por dentro, más que por fuera. No podemos quedarnos instalados en la vana apariencia. ¿Alguien de nosotros quiere ser el último de todos? ¡Con lo que nos encanta a todos ser los primeros, que nos den preferencia sobre los demás! En el fondo, todos llevamos dentro esa vanidad escondida. En cambio, Jesús nos propone construir la verdadera riqueza en la interioridad, donde ninguna opinión de los de afuera podrá herirla o afectarla. 

   Desafortunadamente nuestro corazón tiene una profunda enfermedad existencial. Nos encantan las apariencias, el “pose”, el “hall de la fama”; que los demás hablen bien de nosotros, nos alaben y nos consideren famosos. Nos acecha la eterna tentación de ser tenidos en cuenta y ser apreciados por los demás para sentirnos realizados. Nos gusta impresionar para que la gente nos tenga sobre un pedestal, pensando que ahí está la dicha y la felicidad. 

   Nuestra pretensión,

 - tan pobre como la de los primeros invitados-, 

es de querer instalarnos en los primeros puestos, valiéndonos de cualquier medio para lograrlo y ascender, porque de lo contrario sería sentimos menos que los demás. Muchos solemos decir: 

¿cómo voy a ser menos que mi vecino o vecina? yo no me puedo dejar, ¿cómo voy a ser menos?... 

Esto solo es fruto de la soberbia y el orgullo. 

   Vamos pintando nuestra vida con fachadas de falsas sonrisas, falsos trajes y vestidos fingidos las más vanas apariencias sostenidas por la mentira y el orgullo. La lógica de Dios es lo contrario. Él siendo rico se hace pobre “rebajándose como un hombre cualquiera”, para enriquecernos con su pobreza. Es de él, de donde nos viene nos da el verdadero valor: ser “considerados en nuestra dignidad de personas”, y no por los primeros puestos en este mundo.

   Es Dios quien tiene que ocupar el primer lugar en nuestro corazón. Su invitación es para todos, no por las apariencias que mostremos, sino por la dignidad que como hijos a todos nos da, aunque no todos tengan las mismas oportunidades. Aquí, lo humildes, los pobres y excluidos están llamados a ocupar también los primeros lugares. El camino a la humildad comienza por reconocer con sinceridad lo que somos, con virtudes y defectos. 

   Es saber aceptar qué y quiénes somos, sin exagerar las limitaciones, ni empequeñecer los valores propios. El humilde no se preocupa de serlo, simplemente lo es y lo vive. Así nos los propone el evangelio: hacernos pequeños en las grandezas humanas para alcanzar el favor de Dios, porque él revela sus secretos a los humildes y sencillos de corazón. 

   Si miramos los árboles frutales, son los frutos los que doblegan y hacen bajar sus ramas. Entre más frutos tenga, más doblegan sus ramas. Al contrario, la rama que no tiene frutos se yergue y crece en el espacio. Incluso hay ciertos árboles cuyas ramas no dan frutos mientras se mantienen erguidas hacia el cielo, pero si se les cuelga una piedra para guiarlas hacia abajo, entonces dan fruto. El alma, entre más humilde sea y se incline ante Dios, sin duda que dará más frutos; y entre más frutos produzca, es como si volviera a su raíz y a su origen, acercándose más a Dios. 

   ¿A quiénes invitamos a nuestras fiestas, a nuestra mesa, a nuestras comidas? ¿cuántas tarjetas de invitación reciben los pobres, los lisiados, cojos y ciegos? Reconozcamos que nuestros invitados no son precisamente los que el Señor invita. ¡Pobres de nosotros! Por un lado, orgullosos y soberbios con lo que no sirve para nada, con la vanidad de este mundo vacío que se derrumba a nuestro alrededor, y por otro, falsamente humildes con aquello que constituye nuestra única y auténtica grandeza. 

   Que Dios ocupe el primer lugar en nuestro corazón. Y cuando te conviden a una fiesta, colócate en el último sitio –y no te importe que no se note tu vestido así lo tengas nuevo-, el Señor que te ha invitado, te dirá al oído: “Si para los demás pareces el último, el más infeliz, o el más pobre, tranquilo porque estás en el primer lugar de mi corazón”. 


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 21° Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de Agosto 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 ago 2022, 16:36 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 ago 2022, 18:01 ]

Chía, 21 de Agosto de 2022

Saludo cordial y bendición a todos ustedes, queridos fieles.

¡Señor, que no Falte Ninguno de los que Tú Quieres Salvar! “Salvando, nos Salvaremos

 

 El Evangelio de hoy permite imaginarnos como si muchos viajáramos en barco, y de repente hay una avería y el capitán dice que tenemos que abandonarlo rápidamente en las barcas salvavidas. A nadie se le ocurriría preguntarle al capitán: ¿Serán pocos los que se van a salvar? Nadie se planteará cuántos kilos de equipaje puede llevarse. Cuando la vida está en peligro, hay que darse prisa y pensar en cómo podemos salvarnos. 

   Dios quiere que todos los hombres se salven. Él no entra en las matemáticas de los tacaños: ¿Cuántos se salvarán? Jesús más bien marca el camino de la salvación. Hay que entrar por la puerta estrecha. Y esa puerta es él mismo. “Yo soy la puerta” y de hecho, él fue el primero en entrar por ella: "Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya.” No hay puerta tan grande como el corazón de Dios. Por esa puerta entran todos los que busquen la salvación.

   La salvación es iniciativa de Dios, pero también tarea de nosotros, y hay que esforzarnos por ello. No basta tener fe; debe estar acompañada de obras, porque una fe sin obras es como una lámpara sin aceite, como un candelero sin vela. 

   En definitiva, el llamado es a la conversión y a un cambio de dirección a nuestra vida. Si la dirección que llevamos nos aleja de Dios, el riesgo de la perdición será nuestra responsabilidad. 

   Tenemos una falsa idea de un Dios que condena. Y Dios no condena. Dios solo sabe salvar.

   Otra cosa es si nosotros realmente queremos salvarnos.  Si queremos entrar por esa puerta que es Jesús o pretendemos irnos por otros caminos y tocamos a otras puertas. Ojalá sean muchísimos los que se salven, incluso, Dios salva a aquellos que nosotros condenamos tan fácilmente. Cuando lleguemos junto a Él, y los encontremos por allí, seremos capaces de decir: ¿Este aquí? ¿Que alguien te cae mal?, pues a Dios le cae bien, porque Dios es amor y el amor no condena. 

   La alternativa a elegir es: O la vida eterna y lo eterno de la vida, o sucumbir en la caducidad. El camino del mal siempre es más agradable y más fácil de recorrer, pero sólo al principio, porque al avanzar se hace estrecho, muy amargo e infeliz, y cada día pide una dosis mayor para envenenar el alma, arruinando al ser humano, tanto física como espiritualmente. En cambio, el camino del bien, camino de los justos, quizá es estrecho duro y fatigoso al comienzo, cuando se emprende; pero después se transforma en una vía espaciosa, plena de dicha y felicidad porque en ella se encuentra esperanza, alegría y paz en el alma y el corazón.  La salvación está aquí y ahora, y Jesús ya nos abrió la puerta de par en par: “Yo soy la puerta del redil…Yo soy el camino, la verdad y la Vida”. 

   Aunque sean muchos los que se salven, no quiere decir que tengamos asegurada la salvación. Como pueden ser muchos los números de una lotería, pero el premio solo llega a pocos. ¿Cuántos compran varios números de una lotería y no han ganado nada? Y puede que alguien solo compre una pequeña fracción y lo gana todo. La meta de la salvación no es una lotería, ni se asegura con números o recetas fáciles, cábalas o supersticiones. Los creyentes ya sabemos que la pregunta clave para ganar la salvación es el AMOR. 

   Así seamos bautizados no se nos garantiza la entrada al cielo. La clave está en transitar, como creyentes, por el camino que anduvo el Señor. Él mismo: ¡Apártense de mí todos los que hacen el mal! La ecuación es sencilla: Si nos dedicamos a hacer el bien, a amar como Dios nos pide, tendremos la oportunidad de participar del banquete celestial. De lo contrario, las posibilidades se minimizan. A los creyentes se nos pide colocar todas nuestras fuerzas y atención en el destino final, en la eternidad. Cualquier esfuerzo será nada, con tal de poder llegar a estar con él. Dando nuestro “todo”, tendremos el “TODO”.

   ¿Por qué preguntar si serán pocos o muchos los que se salven? Jesús marca el camino de la salvación. No basta pertenecer a un pueblo o estar bautizado. Tampoco el haber comido y bebido con él. No basta haber formado parte de un grupo de oración, o haberlo escuchado en las plazas. Lo único que garantiza la salvación es haberle aceptado y entrado por la puerta de su corazón. Si mi salvación depende de mí, las preguntas deben ser: “Me salvaré?” ¿Quiero o no quiero salvarme? ¿Deseo o no deseo ver a Dios? ¿Se salvarán todos los demás?, ¿Prefiero vivir en mis paraísos terrenales, que pronto se acaban? ¿O, más bien, dejo un espacio en mi corazón y en todo mi ser para la realidad que el Señor me ofrece en el cielo?
   El cielo no se elige como un derecho o como un “status”. Se le vive anticipadamente, de cara al Señor, aquí en la tierra con los ojos fijos en él. Y por encima de las pruebas por las que haya que pasar, lo importante será lograr el premio de la salvación. Al Cardenal Martini un periodista le preguntó: “Eminencia, ¿usted cree en el infierno?” Y el sabio Cardenal contestó sin titubear: “claro que creo en el infierno. Lo que tengo es duda que haya alguien en él”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 20° Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Agosto 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 15 ago 2022, 10:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 15 ago 2022, 10:15 ]

Fiesta Patronal, en los 70 años de la Diócesis de Zipaquirá

Chía, 14 de Agosto de 2022

Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.

Solemnidad de la Asunción de María Virgen

   Celebramos la solemnidad de la asunción de María Santísima al cielo, dogma definido por el Santo Padre Pio XII en 1.950, afirmando que María, la mujer vestida de sol, la primera que ha experimentado los frutos de la redención, aquella que ha sido coronada con doce estrellas, está en lo más alto del cielo, asunta, junto a su Hijo. Primero fue el triunfo del Hijo. 

   Ahora es el triunfo de la Madre, que nos va abriendo y marcando el camino a los hijos. La Asunción nos muestra que: Donde está el Hijo, está la Madre. La Madre junto al Hijo, y los “hijos junto a la Madre” con el Hijo. 

   Esta solemnidad nos recuerda que María fue siempre un templo santo e inmaculado. Ella brilla como el cumplimiento escatológico de la Iglesia, y resplandece como modelo de virtudes para la humanidad. En su asunción, se nos ha adelantado, y Dios la ha puesto en lo alto del cielo, como estrella, guía y luz en nuestro peregrinar. 

   Por haber creído, el hijo de Dios se hizo en ella Palabra y “carne”, y de esa experiencia única nació el salvador. Ella es ejemplo de cómo abrirse a la venida del Señor. En ella resplandece la iniciativa de un Dios que nos ama primero; que entra sin imponerse y espera una respuesta libre y generosa. Entra con el amor inmenso de quien ofrece la salvación y quiere ser acogido por amor. Su respuesta es total al plan de Dios, que pasa por la entrega y se materializa en el servicio, y por su fe viene a ser la madre de los creyentes, por la cual todas las naciones reciben a Jesús, el fruto de su vientre, y quien es la bendición misma de Dios. 

   En la visitación, la prisa de María está llena del Señor y tiene presente lo esencial. María tiene un tesoro, y llena de júbilo, lo quiere compartir. Ha interiorizado como nadie la palabra viva de Dios y la lleva palpitante en su seno. Portadora de la palabra, en íntima comunión con ella, se ve impulsada a servir en el anuncio y en la solidaridad. En la visita, lo que más sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías, ni está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. 

   María e Isabel, unidas por lazos familiares y bendecidas por Dios. María la madre de Dios, Isabel la madre de Juan el Bautista. Sus historias, al igual que sus hijos, están unidas. Las dos son mujeres de mucha fe que supieron esperar con confianza en Dios. “María concibió a su hijo por la fe en su alma antes que en su cuerpo”; es mujer de fe que se sabe amada y responde al amor con amor, se puso en camino y fue “de prisa” al encuentro de quien sabía la necesitaba. 

   Isabel, una mujer mayor que se asombra al recibir semejante visita, y junto con su hijo que “salta en su seno”, vive con entusiasmo la alegría del encuentro. Isabel experimenta, en el saludo de María, la presencia de Jesús. María es portadora de alegría, porque ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: “Alégrate, el Señor está contigo”, y ahora, desde una actitud de servicio contagia esa alegría. Dos vidas que se entrelazan asumiendo cada una el querer de Dios. 

   María se levanta y nosotros con ella. Lleva en su vida una presencia, en su vientre un fruto, en sus labios una canción. La experiencia de Dios la ha hecho libre y capaz de recibir la llamada, y empieza para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha “aprisa”, con decisión, porque siente la necesidad de compartir su alegría con su prima Isabel y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo. 

   La asunción nos muestra “cómo abre, indica y nos señala caminos”; “nos habla de nuestro viaje por la vida, y nos recuerda la meta que nos espera: la casa del Padre. María es la madre que nos enseña a creer, por encima de todo, en la palabra de Dios; a creer con el corazón, aún sin entender con la cabeza; a creer fiándonos plenamente de la palabra de Dios, y a creer, diciéndole “si a Dios”, abandonando la vida en las manos de Dios. A la luz de la asunción al cielo, nuestra vida no es un deambular sin rumbo, sino una peregrinación que, aún entre incertidumbres y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre. 

   La asunción de María es como un faro luminoso que nos asegura que, mientras vamos como peregrinos de este mundo, Dios hace resplandecer sobre nosotros, como un faro en la noche, a María, signo de consuelo y esperanza. Entonces, la “vida no es una nausea” - como afirma cierta filosofía-, sino que estamos caminando con destino, sentido, y dirección segura hacia la meta que ella ya alcanzó. 

   Pidamos a la Virgen, que, mientras vamos de camino sobre esta tierra, vuelva sobre nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeje el camino, nos indique la meta, y nos muestre después de este exilio, a Jesús, fruto bendito de su vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen de la Asunción los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 19° Domingo del Tiempo Ordinario, 7 de Agosto 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 5 ago 2022, 17:38 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 ago 2022, 18:31 ]

Chía, 7 de Agosto de 2022

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Miedo Guarda la Viña, la Esperanza la Cultiva.

La Fe no hace las cosas Fáciles, las hace Posibles

   El Evangelio de hoy nos recuerda que el cristiano lleva dentro de sí un deseo grande y profundo: “El encontrarse con su Señor, junto a los hermanos”. «Allí donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón». 

   Si Dios es el centro de nuestra vida, habrá que colocar en Él todo nuestro ser. Nos invita a vivir en esperanza vigilante y activa; a no dejarnos encandilar por lo atractivo y fugaz de este mundo, pero nunca será la meta.

   Estar atentos y vigilantes, exige reconocer a Jesús que viene a nosotros a través de nuestros hermanos que nos reclaman gestos de amor y caridad. Es tener claro que nuestro paso por este mundo, aunque sea serio y nos comprometa al trabajo, no es lo definitivo. Vivir despiertos y atentos, significa darle la mayor importancia a lo que es definitivo. 

   La clave está en la elección y opción por Jesús. Él viene con una propuesta que parece poco atractiva porque ofrece y pide todo lo contrario a lo que el mundo entiende como bueno, fascinante, cómodo, deslumbrante, seductor, maravilloso y encantador. Es claro en decirnos que no hay que acumular riquezas para esta tierra, sino para el cielo, y pide, además, que en nuestras actividades seamos fieles y precavidos, vigilantes y serviciales, trabajadores, bondadosos, conocedores de la voluntad de Dios. Es decir, que, sin descuidar nuestras responsabilidades con las tareas de este mundo, nos dediquemos, ante todo, a los tesoros del cielo que él nos ha confiado. 

   En cierta ocasión, un anciano instruyendo a su nieto, le decía: “Tengo en esta mano una moneda de dos euros; pero, si te esfuerzas un poco más, te garantizo que, en el jardín, en un lugar escondido, encontrarás cien más”. El niño le contestó: “abuelo, dame esa moneda hoy, que las del jardín las buscaré otro día...” En el fondo todos somos un poco como este niño. Lo inmediato nos gana y nos vence. El esfuerzo, la vigilancia, el sacrificio no son buenos amigos de aquellos que lo quieren todo rápido, sin esfuerzo, y sea como sea. 

   Vigilar significa dominar los acontecimientos y no ser dominados por ellos para no perder la paz ni siquiera ante las pruebas y experiencias adversas. Es estar preparados para afrontarlo con decisión, sabiendo que la acción del Espíritu nos pone activos en la fe, la esperanza y la caridad, "cuando Él venga". Vigilar es saber esperar, no de manera pasiva sino de manera activa y dinámica, como el hombre sabio y prudente que busca ajustar su comportamiento a la voluntad de su Señor. 

   Dios siempre está pasando a nuestro lado, y si “Él está en el cielo”, también está viniendo, llegando y saliendo a nuestro encuentro. El problema está en saber verlo, en tener oídos para escuchar sus pasos y abrirle la puerta para que entre y no pase de largo. 

   La tarea por el reino de Dios no es para cristianos despistados, ni para los que se pasan la vida mirando atrás. Solo lo pueden descubrir aquellos que viven despiertos, los que tienen el alma atenta y encendida, palpitando por lo eterno y definitivo. 

   Como el estudiante que desde el comienzo del curso piensa en el examen final, o el labrador que siembra y espera recoger buena cosecha, o el deportista que desde el primer esfuerzo sueña con llegar primero a la meta, así, los hijos de Dios hemos de esforzarnos diligentemente por buscar siempre las «cosas de arriba», que ya se preludian y dan sus primeros acordes en la vigilancia en las «las cosas de abajo». Estar vigilantes significa tener las lámparas encendidas para el encuentro con el Señor -. Ya lo dijo S. Pablo: “Buscad los bienes de allá arriba, no los de abajo”. 

   ¿Tenemos un corazón deseoso de los valores de Dios y el encuentro con Jesús? o ¿tenemos un corazón cerrado, adormecido y anestesiado por las cosas de la vida? Nuestro corazón apunta siempre a aquello “que amamos”, a aquello que es “nuestro tesoro”. 

   Miremos a donde apunta nuestro corazón. Ahí encontraremos la respuesta, y que cada uno responda desde su corazón. 

   Mientras vivimos aquí en la tierra, reafirmemos nuestra fe de cara a la eternidad, y aceptemos la invitación del Señor a estar preparados para saber descubrir las señales de su presencia. En los detalles de cada día, acojamos su presencia y percibamos su presencia, su fuerza, y la luz de su gracia que viene de lo alto. Tomemos en serio las cosas de Dios. Por treinta monedas vendió Judas al Señor y, a veces, por menos, lo entregamos, lo olvidamos o lo marginamos de nuestra propia vida. 

   Reconozcamos que las únicas lámparas que ponen luz sobre ese final y ese punto de partida son las lámparas de la fe y del amor.

    Estar vigilantes consiste en atender a Jesús, que viene a nosotros en cada acontecimiento, y en cada uno de nuestros hermanos que esperan de nosotros un gesto de caridad viva y operante. 

   Señor, sé que duermo demasiado y me falta estar atento; despierta la sensibilidad de mi corazón; no pases de largo y si me encuentras dormido, golpea fuerte la puerta de mi corazón para que me despierte. 

Que cuando llegues, Señor, me encuentres despierto. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

  Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 18° Domingo del Tiempo Ordinario, 31 de Julio 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 29 jul 2022, 13:18 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 29 jul 2022, 17:03 ]

Chía, 31 de Julio de 2022

Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad.

Las herencias para el suelo…Los legados para el cielo

   La encarnación nos revela a Dios que, “Siendo rico, se hace pobre para enriquecernos con su pobreza”. No obstante, el evangelio de hoy describe la identidad limitada del hombre que, “siendo pobre, quiere ser rico, y se empobrece con la riqueza”.

   Todo cuanto ofrece este mundo no garantiza una vida feliz, ni mucho menos eterna. Cuando nos empeñamos en acaparar, nuestro corazón adquiere forma de granero. Ya sabemos que el dinero ayuda, pero no lo es todo. ¿Por qué ante las pruebas o los sufrimientos, el dinero se queda tan corto y ofrece tan pocas respuestas? 

   Cuando no se es rico ante Dios, el hombre termina perdiendo ambas cosas: la riqueza de este mundo por la muerte, y la riqueza del cielo porque nunca hizo nada para merecerla. Un famoso millonario dijo: “Frente a un cáncer, la mayor de mis fortunas no me ha servido de nada para alargar un día en mi vida”. Max Twain sentenció: “No tiene sentido ser el hombre más rico del cementerio”. 

   Sobre el fin último del hombre, Santo Tomás señaló: “cuando se piensa que el fin último del hombre se encuentra en la riqueza, el ser humano comprueba su indigencia profunda pues al no saciar su corazón en los bienes, sigue acumulando más, pensando que algún día lo tendrá todo.

    Pero las cosas del mundo nunca saciarán el apetito materialista de un corazón avaro. Solamente Dios es el único que colma y da plenitud al corazón”. Y San Pablo recomienda: “aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. ¡Todo lo demás es humo, ceniza y nada! 

   Jesús no quiere una vida de miseria o sufrimiento. El trabajador merece su salario y el buen administrador de los dones de Dios debe ser premiado. Pero hay que pasar del individualismo acaparador a una vida abierta a los demás. S. Agustín afirmó: “Los pobres y necesitados son la oportunidad dichosa y la más bella “alcancía” para ahorrar en aras del tesoro de la eternidad”.  El dinero no es el eje donde gira la vida; es el ser humano y su valor lo define Dios, dador de todo y quien está por encima de todo. De ahí que no se puede servir a dos señores. 

   Dice el Señor: “Guardaos de toda clase de codicia”. Por buen reparto que Jesús hubiera querido hacer a sus discípulos, ninguno hubiera quedado satisfecho, mientras no hayan sanado la codicia y la avaricia.  ¿Qué virus, hoy, dañan nuestro corazón? El filósofo Romano Séneca, en sus famosas sentencias dijo: “los pobres siempre quieren algo, los ricos quieren mucho y los avarientos lo quieren todo”. Al pobre le faltan muchas cosas… Al avaro, todo”. Cuando la codicia se vuelve “avaricia”, nada será suficiente. 

   Jesús va a la raíz: El valor del reino ha de primar por encima del resto de valores temporales. El problema no está en las cosas, ni en tener mucho o tener poco. El problema está en el corazón de cada uno. En un corazón lleno de codicia, de ambición, de avaricia, no será fácil ni repartir los bienes ni compartirlos con los demás. Mientras llevemos dentro esa sed de “tener más que los demás”, seguiremos luchando por poseer más, olvidando que nadie llevará consigo lo que privamos y robamos a nuestro hermano. ¿Cuántas familias rotas por causa de las herencias? ¿Cuántos hermanos que no se hablan desde la muerte de los padres? ¿Cuántos hermanos que han dejado de serlo desde que los padres murieron? Y todo por el egoísmo del tener y acumular. 

    En muchas familias siempre hay alguien que se cree con más derechos y con más títulos para atrapar la mejor tajada. Tenemos hermanos, pero tan pronto mueran nuestros padres, dejamos de serlo, y nos “convertimos en herederos” y hasta en enemigos. Y es ahí donde nos olvidamos de nuestros padres, que somos sus hijos y que somos hermanos. ¿De qué sirve llorar por los padres, si entre nosotros vivimos peleados por lo que ellos nos dejaron?  ¿Con qué cara nos acercaremos a su tumba a ofrecerles un ramo de flores, si en vida no fuimos a visitarlos juntos como hermanos?  
Se dice que la mejor medicina es la “preventiva”. Aquí también podremos decir: “el testamento hecho a tiempo es la medicina preventiva de muchas rupturas y separaciones familiares”. “¡Padres, ustedes son el más bello legado que Dios les dio a sus hijos, pero hagan su testamento a tiempo!”.   Por hacer testamento “no han de morir antes”. Por hacer testamento “no se van a enfermar”. Por hacer testamento “no pierden nada y ganarán mucho”. ¡Y, cuántos problemas pueden solucionar! De esa manera lo que dejen a su muerte será una donación y regalo, y no una presa de rapiña. 
  

   La riqueza ciertamente es una gracia y un regalo de Dios porque se obtiene con el trabajo honesto, pero es, ante todo, una verdadera bendición y adquiere brillo de eternidad, cuando se deposita en los que sufren más, alcanzando así su pleno destino: ser en fuente de vida para los demás. 


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

    Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 17° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 de Julio 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 25 jul 2022, 6:56 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 jul 2022, 7:20 ]

Chía, 24 de Julio de 2022

Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad.

Señor, Enséñanos a Orar…

   En el Evangelio de este Domingo Jesús nos revela la necesidad de orar con insistencia y perseverancia a Dios nuestro Padre, y nos presenta su oración como el “trato de confianza total con el Padre Dios” que siempre escucha y da lo mejor a sus hijos. Al mismo tiempo, nos da tres claves para llegar a ser felices: Pedir, buscar y llamar. «Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. «Buscar» es moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta. «Llamar» a quien no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. 

   La oración es el impulso más original y sublime del corazón; la mirada sencilla lanzada al cielo; el grito de agradecimiento y de amor ya sea en la prueba o en la alegría. Es el arma más poderosa que podemos tener en la mano para agradecer y pedir a Dios aquello que sea necesario para nuestra vida espiritual y material. La oración nos enfrenta a la gran pregunta por parte de Dios: ¿Dónde está tu hermano? Es aceptar ese compromiso de Dios, a través nuestro, y en favor de los más necesitados, colocándonos a su lado. 

   Más que dar lecciones sobre la oración, Jesús, sencillamente “oraba” delante de los discípulos. “Con su ejemplo”, permaneciendo en contacto con su Padre Dios, hizo que naciera en el corazón de los discípulos, el deseo de imitarlo. De manera similar, los hijos tomarán conciencia de la oración, cuando ven a sus padres en oración ante Dios y querrán saborear lo mismo que los padres saborean en el contacto con el Señor. Sólo se puede enseñar qué es la oración, si primero se ha sumergido en ella.

   Orar no es exigirle a Dios por nuestros propios gustos o caprichos para que él haga nuestra voluntad. Es permitir que Dios haga su voluntad y que sepamos acogerla. Y aun cuando no siempre nos conceda lo que pedimos, él siempre nos dará lo que más nos conviene. Como Padre bueno, Dios, sólo dará lo que es bueno para sus hijos. 

   Un padre no puede decir siempre que sí a los caprichos de sus hijos, porque terminaría causándoles daño. Los hijos tienen necesidad de ser ayudados por sus padres para crecer rectamente y para aprender a obrar bien. Como Dios lo hace con nosotros, el padre no les da todo lo que piden, sino lo que conduce al bien. Dios mira las cosas de una manera más completa que nosotros. Él sabe que nos ha hecho para la eternidad, y la oración nos guía hacia ella. 

   A veces nos convendrá la salud, pero a veces podrá ser la enfermedad la que nos acerque más a Dios. Quizá sea la vida prolongada la que esperamos que nos conduzca al cielo, o quizá sea más bien la muerte no deseada. ¿Será la riqueza la que convenga a nuestra meta?, o quizá, más bien sea la pobreza la que nos enseñe a valorarnos y valorar a Dios por encima de todo. Teniéndolo a Él, lo tenemos todo. 

   Una madre jamás le dará a su niño un arma, aunque llore y patalee, porque ella sabe que es un peligro para él, y se puede herir. ¿No será que también nosotros, por capricho, le pedimos a Dios cosas que nos podrían llevar a la ruina? Dios sabe lo que nos lleva a la salvación, y cuando le pedimos a través de la oración sincera, estamos en ruta a la eternidad. 

   Se pueden hablar muchas palabras y no decirle nada a Dios, porque solo habla la lengua y no el corazón. Y se puede guardar un gran silencio y hablar mucho con los sentimientos del corazón. No ama más el que mucho habla de amor, sino el que siente su corazón enamorado. Dios escucha nuestros pensamientos más que nuestras palabras. “La oración no es pedir. Es un anhelo del alma. Y como lo afirmó Gandhi: “En la oración es mejor tener un corazón sin palabras que palabras sin corazón”.

   Pensar que Dios lo hará todo en lugar de nosotros, es tan absurdo, como creer que el hombre puede hacerlo todo, sin la ayuda de Dios. ¿Para qué pedirle a Dios que no nos deje caer en la tentación, si nosotros mismos propiciamos las ocasiones para caer en ella? Dios, que es todopoderoso, nos brinda su ayuda, pero se requiere nuestra convicción para no caer. La oración no sustituye nuestra responsabilidad, ni fomenta la pereza. Dice San Agustín: “La oración no es un recurso mágico que satisfaga nuestros deseos o caprichos”. «Dios llena los corazones, no los bolsillos».

   No digas Padre”, si cada día no te portas como hijo. No digas nuestro, si vives aislado en tu egoísmo. No digas que estás en los cielos, si sólo piensas en cosas terrenas. No digas santificado sea tu nombre, si no lo honras. No digas “venga a nosotros tu Reino”, si lo confundes con el éxito material. No digas “hágase tu voluntad”, si no la aceptas cuando es dolorosa. No digas “danos hoy el pan de cada día”, si no te preocupas por la gente que tiene hambre. No digas “perdona nuestras ofensas”, si guardas rencor a tu hermano. No digas “no nos dejes caer en la tentación”, si tienes intención de seguir pecando. No digas “líbranos del mal”, si no luchas contra el mal. No digas “Amén”, si no has tomado en serio esta oración.

   Como los discípulos, pidámosle al Señor: “Enséñanos a orar”, y que nuestra oración sea como el agua persistente que es capaz de romper la mayor de las rocas.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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