Saludo 4° Domingo de Pascua, 22 de Abril 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 20 abr. 2018 17:59 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 abr. 2018 18:01 ]

Chía, 22 de Abril de 2018

   Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

El Buen Pastor da la Vida por sus Ovejas


   En el Evangelio de este cuarto Domingo de Pascua, encontramos uno de los títulos más bellos que el mismo Jesús se da: el “Buen Pastor”.
Cristo se nos presenta como el buen pastor, como aquel que nos ama con las entrañas del mismo Padre celestial. Como aquel que sigue dando gratuitamente la vida por nosotros y nos recoge sobre sus hombros; venda nuestras heridas y, con paciencia, las cura. Porque el amor existe y porque el amor es eterno, Dios ha entrado en el valle tenebroso y ha abierto para todos nosotros un camino hacia el cielo. 

   La figura del “Buen Pastor “es el prototipo de la persona que tiene responsabilidad y gobierno porque está al servicio de quienes gobierna, en orden al bien común de todos y, si es preciso, hasta la entrega generosa de su vida, para alcanzar ese fin. Cristo, el Buen Pastor tanto amó a sus ovejas que dio la vida por ellas. 

   En el Evangelio de hoy la palabra clave es "vida". Jesús puede dar vida, porque está dispuesto a darla por sus ovejas. Esa es la razón de ser del buen pastor: estar siempre preparado para dar su vida salvando a sus ovejas.

    A todos nos gusta que nos llamen por nuestro nombre. Jesús sabe nuestro nombre, sabe cómo somos, y nos quiere a cada uno por igual. Nos da a entender que su misión no se limita al pueblo de Israel. Él no quiere sólo a los que le conocemos e intentamos seguirle, sino a todos los hombres. “También tengo ovejas de otro rebaño”

   Otros, también, pueden conocer a Jesús, sentirse amados por él y ser también ovejas de su redil. Él predicó y trató con samaritanos y romanos. Su labor no supone una relación exclusiva y cerrada con los suyos. Él es el pastor de todos, nos une una sola fe, en una comunión en donde cabemos todos. Jesús es el único pastor de todos; es también la puerta del redil, puerta para entrar y salir porque él no ata a nadie.

    Jesús nos habla de la comunicación entre Él y su Padre. Para Él, esta relación es fundamental en la vida ministerial. No se puede ejercer una labor de pastoreo a control remoto. 

   Se requiere una conciencia plena de cercanía con las ovejas y de íntima amistad con Dios; tan íntima que se le puede llamar “Padre”. 

   No puede haber una profunda sintonía entre el pueblo de Dios y sus pastores sin comunión y confianza mutua. Esto es condición necesaria para ejercer con plenitud la labor de cuidar a los que Dios pone a nuestro lado. Conocer también va más allá del saber intelectual. Es un conocimiento que parte del amor y de la libertad, como lo hizo Jesús, en profunda libertad y comunión con su Padre. 

   Como Jesús conoce a sus ovejas y ellas reconocen su voz, también el pastor de una comunidad ha de ejercer su misión. Él es educador y padre hacia sus hijos; él es catequista y lo son todos aquellos que, en nombre de Dios, trabajan para que los demás descubran el valor de la fe. El sacerdote como pastor conoce a la persona, es decir, entra en su corazón y descubre sus anhelos más profundos. Significa quererlo, estar dentro de él, discernir cuáles son sus necesidades en su crecimiento espiritual. Como un rebaño no pude prescindir de la guía de su pastor, el pastor no existe sin una grey a la que pastoree. Cuando el Pastor tiene esa bella relación con el pueblo, huele a oveja, crece el amor entre ellos, resultando un solo rebaño y un solo pastor.

    A través de los pastores, Cristo da su Palabra, reparte su gracia en los sacramentos y conduce al rebaño hacia el Reino. Él mismo se entrega como alimento en el sacramento de la Eucaristía, imparte la palabra de Dios, su enseñanza, y guía con solicitud a su Pueblo. Los pastores sienten y hacen muy suyo el rebaño porque el ejercicio de su ministerio es un don que viene de Dios. Cuando se dan estas condiciones, las ovejas siguen su voz porque ven en él un referente, un punto de apoyo. Confían plenamente en él porque su testimonio de vida, son pruebas de su compromiso de unión a Cristo supremo Pastor.

    Desafortunadamente, cada día son más las personas que salen por la puerta del redil en busca de otras cosas. Ojalá que por nuestro testimonio y amor, vengan más ovejas al redil. Que los esposos sean pastores de sus hijos, los profesores de sus alumnos. Que regresen los que se han alejado. Que los hijos vuelvan a los brazos de sus padres, los esposos vuelvan al calor de sus hogares y que nuestros corazones vuelvan a los brazos de Dios.

    Pidámosle a Cristo Pastor, que nos ayude a distinguir su voz e imitarlo en su amor y entrega a los demás. Que su palabra nos ilumine, que la santa eucaristía nos alimente y que, por nuestra oración asidua, nos guarde en las entrañas de su divino corazón. Elevemos también una oración por los sacerdotes. Ellos son como los aviones, que sólo se tiene noticia y se habla de ellos cuando alguno cae. Pero, cuántos se mantienen en lo más alto?.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que el Señor Jesús, Buen Pastor, y su Santísima Madre los cuiden y amparen por siempre.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 3° Domingo de Pascua, 15 de Abril 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 13 abr. 2018 19:15 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 abr. 2018 19:44 ]

Chía, 15 de Abril de 2018

   Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

La Paz Esté con Ustedes


   Hoy Jesús nos invita a no dudar. La realidad se puede transformar, la pascua puede desplegar todo su potencial si estamos dispuestos a ser testigos del Resucitado y vivir los valores y las enseñanzas que nos propone. Aunque en nuestro horizonte solo se vea la cruz, sabemos que la fuerza desbordante de la pascua puede hacer nuevas todas las cosas. Jesús, con su muerte y resurrección, disipa toda duda. Acrecienta la fe y la esperanza del hombre. Nos hace volver de caminos equivocados y nos hace sentir el perdón, inmenso y gratuito, de Dios Padre. 

   El Señor conoce a los discípulos y sabe que las certezas no bastan. Entonces les abrirá el entendimiento para que comprendan las Escrituras y se den cuenta que su muerte tenía sentido y era paso obligado para la resurrección. No bastaba la certeza que Jesús había muerto; ahora él mismo les explicará punto por punto cómo todo entraba en el designio de Dios. Les ayudará a asimilar el sentido unitario de todo el acontecimiento, y a su vez, percibirán su oculto sentido que culminará con la comprensión de la verdad plena del Cristo total. 

   El Señor resucitado sigue apareciéndose en medio de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestra comunidad. Somos nosotros quienes debemos reconocer, confiar y saber que es él en persona que viene a fortalecernos. Él sabe que necesitamos certezas bien afianzadas para vivir, así que se hace presente mostrando sus manos y sus pies, e incluso se ofrece a que se los toquen; luego se sienta a la mesa con sus discípulos. De esta manera despeja la última nube de duda que se había quedado rezagada en ellos. 

   Es que el camino de la fe no es un camino de evidencias materiales, de pruebas palpables o de demostraciones científicas, sino que es un camino que se recorre con el corazón abierto a la revelación de Dios, presto para acoger la experiencia de Dios y de la vida nueva que él quiere ofrecer. Ese fue el camino que los discípulos recorrieron, al final del cual, experimentaron sin margen de error que Jesús estaba vivo, que caminaba con ellos por los caminos de la historia y que continuará ofreciéndoles la vida de Dios. Comenzaron ese camino con dudas e inseguridades, pero la experiencia del encuentro con Cristo vivo, les dio la certeza de su resurrección.

   El miedo de los discípulos es expresión de la dificultad que todos tenemos para creer. Nos resulta fácil pensar en la resurrección de forma puramente simbólica, como si fuese un sueño, un recuerdo o una reflexión; pero los evangelios nos dicen que es mucho más, y se esfuerzan por explicarnos un misterio inexplicable. Jesús resucitado está, al mismo tiempo, en el mundo y más allá del mundo; es Él mismo, el que fue crucificado y que ahora está resucitado.

    Solo es posible experimentar la pascua con el testimonio de vida. Jesús lo hizo con las llagas de sus manos, las llagas de sus pies, y su cuerpo como alimento. Es aleccionador que los grandes signos que anuncian la resurrección, que despiertan la fe y que hacen creíble la pascua, sean sus manos, sus pies heridos y la mesa preparada. Manos y pies que ya no sangran en la cruz, sino que por su resurrección, resplandecen gloriosos. Lo que hoy nos identifica como creyentes resucitados, quizá no sean tantas explicaciones racionales, sino unas manos y unos pies gastados por los demás. “Más vale una llaga en tus manos que mil explicaciones sobre el amor”. 

   En la resurrección del Señor, los discípulos experimentan la paz, comparten la eucaristía, comprenden las escrituras y van a dar testimonio de lo visto y vivido con el resucitado. Además, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Como ellos tenemos que sentirnos llamados a dar testimonio del paso de Jesús por nuestras vidas, a reconocerlo en las llagas de los que sufren y a celebrarlo en la fracción del Pan, compartido en la Santa Eucaristía. 

   Nos deja claro, entonces, el Evangelio que el mejor testimonio que puede evidenciar la nueva vida de Cristo resucitado, son nuestras manos, nuestros pies y nuestro pan, gastados y compartidos por y con los demás. Manos gastadas en caridad, y pies cansados yendo al encuentro de los demás. Si Jesús en la noche oscura y el mar agitado, hace que todo sea dominado por la revelación de su identidad al afirmar: Soy yo, no tengan miedo, también en nuestra vida, él estará sobre todo obstáculo o amenaza. Solo necesitamos admitirlo en el corazón y creer en él, y obrar como él. 

   Dejad que el grano se muera y venga el tiempo oportuno: dará cien granos por uno la espiga de primavera. Mirad que es dulce la espera cuando los signos son ciertos; tened los ojos abiertos y el corazón consolado: si Cristo ha resucitado. ¡Resucitarán los muertos!  Amén.

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Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén. 

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 2° Domingo de Pascua, 8 de Abril 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 7 abr. 2018 14:44 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 7 abr. 2018 15:22 ]

Chía, 8 de Abril de 2018

   Saludo y bendición en este Domingo de la Divina Misericordia, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

¡Porque es Eterna su Misericordia!


   La liturgia de este segundo Domingo de Pascua, o de la misericordia, nos trae a la mente el refrán “hasta no ver, no creer”, dicho por Tomás. El relato consta de dos apariciones: una sin Tomás y la otra estando él ya presente en la comunidad. 

   En la primera aparición comienza la verdadera Pascua para los discípulos. Jesús se reconcilia con ellos y les presenta los pilares de su primera comunidad pascual, de su Iglesia. Primero les hace recuperar la alegría perdida por su infidelidad en la pasión. Luego los recrea haciéndolos hombres nuevos dándoles el Espíritu Santo, y luego, les confía la misión que él ha recibido del Padre: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Adicionalmente los reviste con el poder del perdón y el don de la misericordia. A partir de ahí, somos la Iglesia de la “misericordia”, la Iglesia de la “comprensión”, la Iglesia de la “misión”, la Iglesia de las “llagas y la Iglesia, santuario de su resurrección. 

   En la segunda aparición el personaje central es Tomás. Los discípulos le anuncian que “han visto al Señor”. Pero él no quiere ser menos que ellos y se niega a creer “hasta no ver y toca sus llagas”. Lo que necesitó Tomás, -como lo necesitamos todos-, era conectarse con el corazón del resucitado, pero pasando por las huellas que dejó la pasión. Abrazar al Cristo glorioso, requiere abrazar al Jesús de la pasión, con su cruz y sus llagas. 

   Los primeros discípulos habían puesto cerrojos a sus puertas por miedo a los judíos, y sin embargo, Cristo las rompió con su presencia. Como ellos, también nos encontramos encerrados por muchos miedos. La presencia de Jesús sigue dándonos signos de su resurrección entre nosotros, especialmente, el regalo de su paz y el don del Espíritu Santo. 

   Desafortunadamente, acosados por los miedos y las cadenas del pecado, terminamos cerrándole el corazón a su presencia. Olvidamos que si él pudo abrir las puertas del sepulcro, venciendo a la muerte, también puede derribar los muros y las barreras que nos alejan de él y de nuestros hermanos. 

   Aunque Jesús alaba a los que creen sin ver: “Dichosos los que creen sin haber visto”, luego nos pide “y vosotros sois testigos de esto”. Tomás fue un privilegiado por poder meter los dedos en sus llagas. Tendremos que trasladar las llagas del Señor y verlas en las de nuestros hermanos que sufren. Son las marcas visibles de su amor en su cuerpo místico, la iglesia. Las vemos en cuantos sufren, y en cuantos repiten como Tomas: "Señor mío y Dios mío"

   Esta profesión de fe, nos asegura que las llagas del que sufre están tatuadas y grabadas en las manos del Señor. Él, viendo sus manos, nos ve y nos mira, y no hay ni habrá nada que pueda borrarnos de la palma de las manos de Dios. Con certeza podremos decir: “Dios me lleva en la palma de sus manos. Estoy en la palma de las manos de Dios”. Él, en las marcas de su pasión ve nuestra propia imagen y renueva su entrega amorosa por nosotros. Tan cierto es, que cuando se aparecía a los suyos, lo primero que hacía era enseñarles sus manos, sus pies y su costado. 

   Más que pretender tocar, como lo hizo Tomás con sus manos la marca de los clavos, la resurrección es una experiencia que va mucho más allá. Nos hace capaces de vivir una experiencia vital interior que, si no se tiene, difícilmente se llegue a entender la presencia resucitada y resucitadora del Señor. Aquellos hombres vivenciaron algo nuevo y extraordinario. Con Jesús en medio de nosotros también podemos experimentar su resurrección en la Eucaristía dominical. 

   Tomás  entendió que es muy difícil encontrarse con Jesús fuera de la comunidad. Por eso volvió a ella, y es ahí donde tuvo su experiencia pascual. Sólo en la comunidad podemos compartir, celebrar, madurar y testimoniar nuestra fe. Somos privilegiados porque hemos celebrado su pascua en comunidad, y bajo la fuerza de su Espíritu que nos une en la profesión de una misma fe. 

   Si permanecemos unidos haremos signos y prodigios; ayudaremos a los que sufren y seremos capaces de dar un sentido auténtico a nuestro mundo perdido y desorientado.     Pidamos al Señor resucitado que nos conceda la gracia de poder meter nuestros dedos en sus llagas, pero especialmente en las llagas de tantos hermanos crucificados, y en tantos, que en su sufrimiento, son testigos de su presencia viva. 

   Y cada vez que celebremos nuestro encuentro con Jesús resucitado en la Eucaristía, nuestra fe en él se fortalezca y se vivifique, a fin de que se encienda más nuestro amor a él y a los demás. Sólo así podremos parecernos más a Cristo misericordioso. Sólo así el Espíritu del Señor que está en nosotros dará testimonio de nuestra fe en el Resucitado. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

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 Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén. 

 

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo de Resurrección, 1 de Abril de 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 1 abr. 2018 8:46 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 1 abr. 2018 10:32 ]

Chía, 1 de Abril de 2018

   Saludo, bendición y feliz Pascua de resurrección, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

¡Cristo ha resucitado, Aleluya, Aleluya!


   En medio de tantos motivos que tenemos para llorar o para el pesimismo, Cristo resucitado, se convierte en el motivo de mayor alegría. El tronco viejo del mundo, al que nosotros estamos tan apegados, reverdece ahora y florece con nuevos ímpetus: 
 
¡Cristo ha resucitado, Aleluya, Aleluya! 
 
   ¿Acaso este mundo no necesita un poco de alegría y de ilusión, de futuro y de coraje? El Domingo de Pascua nos invita a renacer con aquel que ya ha renacido, a vivir con el que es la vida. Nos empuja a vivir ya desde el suelo con la mirada puesta en el cielo. 

   Cristo resucitado nos atrae y nos lleva al encuentro definitivo con su  Padre. Si desde la cruz en el Gólgota atraía a todos hacia Él, ahora resucitado, nos lleva a vivir por siempre con Él y para Él. 

   Cuando muere la luz del día, la naturaleza se pone oscura y triste, pero a la mañana siguiente, la creación entera, al encontrarse de nuevo con la luz del día, canta con alegría. Por la fe en Cristo muerto y resucitado, también nosotros, su obra amada, tenemos la esperanza que después de la oscuridad y la muerte, nos encontraremos de nuevo con su luz esplendorosa. La humanidad participando del triunfo de la luz sobre las tinieblas, se une en un canto glorioso del Aleluya, porque una primavera eterna se inicia con Cristo, y tiñe de luz y esperanza nuestro peregrinar a la casa del Padre. 

   El Domingo de Resurrección parece el domingo de las prisas, porque todos corren. María Magdalena sale de madrugada a visitar el sepulcro. Al ver que la piedra del sepulcro estaba removida y que el cuerpo de Jesús había desaparecido, corre a comunicárselo a Pedro y a Juan; ellos, a su vez, corren para cerciorarse del hecho. Cuando Juan vio los lienzos puestos en el suelo y el sudario doblado en un sitio aparte, entendió lo que Jesús  había dicho que resucitaría al tercer día; entonces vio y creyó. Hoy Jesús sale victorioso sobre la muerte. El único sometido ha sido la muerte, por eso nos vestimos de fiesta y de triunfo; por eso, al compás de las campanas, resuena el Aleluya porque Cristo ha resucitado y con él, todos nosotros. 

   Jesús al vencer la muerte, redime y resucita, pero lejos de hacerse con el triunfo para sí mismo lo pone a disposición de todos nosotros. La mañana de Resurrección es una llamada para empujar el mundo hacia Cristo, y nos inserta en la gran misión de animar a los demás, a disfrutar los frutos de la Resurrección. La aurora de este histórico día, del triunfo de la vida sobre la muerte, nos llena de inmensa alegría. ¡Hay que aprender a estar alegres en medio de la adversidad! Entre otras razones porque los cristianos poseemos la alegría de la fe; la alegría de Cristo con su rostro glorioso; la fecundidad y el amparo que sus palabras nos traen.

 

   Para el que cree en Cristo sabe que la muerte fue necesaria, porque dio vía libre al triunfo de la vida y la esperanza. Aunque el peso de nuestros pecados nos llene de pesar y de temor, tenemos la fe y la certeza en Jesús que ha triunfado, y nos hace triunfar a nosotros, sobre la muerte y sobre el pecado. “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”, dice S. Pablo. Gracias sean dadas al Padre porque estamos en Pascua. 

 

Cristo, muerto en el madero de la cruz, nos lleva a todos hacia Él, como nuestro final feliz. En esta mañana florecida por la luz de Cristo, sabemos que aunque lloremos, nuestro llanto no será definitivo, y aunque la muerte siga sorprendiéndonos, la última palabra siempre la tendrá Cristo resucitado. Dichosa mañana de resurrección que nos trae la gran noticia que sostiene nuestra vida cristiana. 

   Renovemos nuestra fe pascual y la gracia del bautismo que hemos recibido. Y que la luz de Cristo Resucitado, lejos de apagarse, se mantenga encendida con nuestro testimonio de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado. 

   Que en esta Pascua gloriosa, dirijamos nuestros ojos, nuestro pensamiento, nuestro corazón y todo nuestro ser hacia el cielo y, todos juntos, proclamemos, cantemos y ensalcemos el poder de nuestro Dios.

    Que el grito que desde hace veinte siglos decimos los cristianos ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya!, siga cruzando fronteras. Y que nuestra vida sea la prueba y la mayor certeza de la presencia resucitada y resucitadora del Señor. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

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   Felices pascuas para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja|. Amén.

El Señor ha resucitado, Aleluya, Aleluya, y vive entre nosotros, Aleluya, Aleluya

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo de Ramos, 25 Marzo 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 22 mar. 2018 19:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 22 mar. 2018 19:29 ]

Chía, 25 Marzo de 2018

   Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Bendito el que viene,  en el Nombre del Señor


   Con la celebración del Domingo de Ramos damos comienzo a la Semana Santa, la cual hay que mirar dentro de una dinámica de continuidad. 

   La entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno, es la entrada de un Mesías humilde, no es la entrada a caballo de los poderosos de aquel tiempo. En esa entrada encontramos ya unidas la realeza del Señor y la humildad, que culminaran en la cruz. 

   El Mesías rey empieza su camino hacia la Pascua, pero entronizado en un asno. La cruz será el verdadero trono del rey humilde que da la vida por amor, solidario de todo el mal que hay en cada época de la historia. 

   Paradójicamente el letrero en la cruz, “Éste es Jesús, el rey de los judíos”, estaba en continuidad con lo que Jesús había reconocido delante de Pilato, cuando le dijo: “tú lo dices, soy rey” y también con aquella escena en la cual, después de coronarle de espinas y de haberle hecho coger una caña por cetro, se habían burlado de él diciendo: ¡salve, rey de los judíos! Los dos momentos, la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno y el ser clavado en la cruz, son complementarios en la revelación que Dios nos hace. En la semana mayor contemplamos, unida la realeza y la humildad del Mesías salvador. 

   El Domingo de Ramos conjuga dos sentimientos: por un lado el júbilo y la aclamación del Señor, y, por otro lado, el abandono, la pasión y la muerte de cruz. 

   Que diferentes son los ramos verdes y la cruz; las flores y las espinas. 

   Quienes antes le tendían por alfombra sus propios vestidos, a los pocos días lo desnudan y se los reparten a suerte. 

   El hosanna entusiasta se transformó, días más tarde, en un grito enfurecido: ¡Crucifícalo, crucifícalo! 

   La fe, ciertamente, tiene dos vertientes: el gozo y la cruz; nos asegura que Jesús puede bendecir al mundo con el don precioso de la paz; que la humildad, representada en un burrito, es el mejor vehículo para llegar a todos los corazones y que la Iglesia sigue vitoreando y gritando al mundo que Jesús es el único Señor, que seguir a Jesús nos exige fidelidad, constancia y sacrificio, para luego disfrutar el gozo de la resurrección.

   La Semana Santa nos acerca a los misterios del Señor. Adentrémonos en ella, aceptando la invitación del Señor: «Tomad y comed: esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros». En la Eucaristía del Jueves Santo, se conmemora la última Cena del Señor. En ella, Jesús, Pan de vida, se nos da como alimento; se prolonga en el amor fraterno y en el servicio de la caridad universal. Luego, en la liturgia del Viernes Santo «miramos el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo»

   Nuestros ojos han de estar fijos en el Señor Jesús, quien soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y desde ella, en el calvario atrae a todos hacia él. El Sábado Santo es el día del júbilo y la alegría por excelencia, porque el Señor vence el pecado y la muerte con su gloriosa Resurrección, reconciliándonos con el Padre celestial. La solemne vigilia pascual de esta noche grandiosa, prolonga en el domingo de Pascua sin ocaso, el triunfo del Señor. Es la celebración más grande de nuestra fe, porque Cristo ha resucitado, abriéndonos las puertas de la eternidad. Desde entonces sabemos que todos tendremos un final feliz.

    Comencemos la Semana Santa con un nuevo ardor dispuestos a servir al Señor Jesús. Semana Santa, es la gran oportunidad para morir y resucitar con Cristo; para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Que el Señor nos permita decir al final de esta Semana Santa: «no ha sido una semana cualquiera. He estado más cerca de las fuentes de la vida, he conocido de nuevo el perdón, el sabor del pan partido, el desmedido amor de Dios, la hora de las buenas decisiones».

    A todos les envío mi bendición, y que Dios, en su infinita misericordia, nos conceda perseverar toda la vida en su procesión, para que merezcamos entrar con Él en la ciudad santa, en aquella otra solemne procesión en que será recibido con todos los suyos por el Padre, y entregará el reino a su Dios, por toda la eternidad. 

   Los ramos verdes se marchitan pronto; que nuestra fe y adhesión al Señor sea más ardiente y que nunca se marchite. 

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   Feliz Semana Santa para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 5° Domingo de Cuaresma, 18 Marzo 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 17 mar. 2018 12:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 mar. 2018 13:22 ]

Chía, 18 Marzo de 2018

   Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Si el Grano de Trigo Muere, Dará Mucho Fruto”


El Evangelio de este Domingo nos acerca a la verdadera identidad de Jesucristo, quien siendo Hijo de Dios, le aguarda la cruz, la pasión, muerte y resurrección. Como cualquier alma, también la suya, se siente agitada y angustiada por los próximos acontecimientos de su Pasión. Va tocando a su fin su vida pública; ahora le aguardan sus consecuencias.

 

   A la luz del grano que muere para dar fruto, nos habla de su muerte inminente y, que gracias ella, atraerá a todos hacia él. "En verdad les digo, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto". Jesús anuncia su destino, que será el mismo para quienes lo sigan. "Ha llegado la hora". La hora de hacer la voluntad del Padre: caer en tierra, morir, dar fruto y resucitar. Caer en tierra es algo transitorio pero los frutos son para todos y para siempre". La hora de Jesús, hora de miedo y angustia, es la hora de glorificar al Padre. No pide al Padre que le evite ese trago amargo de la cruz. Al contrario, reconoce que ese es su destino y que para eso ha venido. Convirtiéndose en grano que el Espíritu podrá recolectar la cosecha.

 

   En el morir doloroso del grano en la tierra, está ya despuntando la gloría de la espiga, por eso cuando asumimos las cruces humanas unidos a Cristo, y desde la luz de la pascua, adquieren un sentido diferente; la fe en Jesucristo nos permite asumir los fracasos, enfermedades y sinsabores no como un caminar hacia la nada sino como un peregrinaje hacia la plenitud del ser en la comunión con Dios. 


   La única manera de no perder la vida es dándola. Son muchos los que se entregan por los demás, colocando en un segundo plano sus intereses personales; pero también son muchos los que desean, a toda costa, ser los primeros. Estos, normalmente nunca pondrán en primer lugar a Dios. Olvidan que la grandeza sólo se obtiene por el servicio y la entrega.

 

   Si la Cruz es instrumento de sufrimiento, Cristo hace de ella instrumento de glorificación y causa de nuestra salvación. La cruz es la hora del amor «hasta el extremo», es decir, hasta la entrega suprema que corona toda la vida del Señor. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Desde entonces, la cruz se convierte en el trono de Cristo y el lugar de la revelación del amor de Dios. Y la muerte, como consecuencia de la cruz, es asumida por Jesús, según los valores que ella encierra: sólo muriendo se triunfa sobre la misma muerte y se adquiere la vida que no muere. 


   Muriendo el que es la Vida, triunfante se levanta y nos da la vida verdadera, la eterna. Ese es el misterio de la fecundidad y de la grandeza del cristianismo: por la muerte llegamos a la vida, por el sufrimiento al gozo, por la cruz a la resurrección. Como las velas que iluminan nuestro hogar y se consumen poco a poco, podemos concluir que dar la vida es perderla consumiéndola por los demás. Solo gastándola, tendrá sentido, porque toda vida es anuncio a la muerte, y toda muerte es preludio de la vida más clara y mejor.

 

   No nos gusta sufrir y menos que se hable de la muerte. Todos queremos triunfar sin sufrimiento; ganar sin arriesgar, o brillar sin esfuerzo. Por eso Jesús dice que sólo por medio de la muerte viene la vida, como el grano de trigo que muriendo hace germinar una nueva existencia. En entrega y constancia reside nuestra propia renuncia para estar al lado del Señor. Renunciar a algo de nuestros caprichos, comodidades e individualismos, implica el volcarnos hacia aquellas personas que necesitan nuestra ayuda, nuestra estima o, simplemente nuestro cariño, así nos parezcan situaciones, quizá, incómodas.

 

   A veces nos resistimos a la muerte, como también nos resistimos a la cruz. Quizá sea porque nos parece que Dios nos hizo sólo para el sufrimiento. Sin embargo, podemos estar seguros que Dios no se ha olvidado de nada. Dios no quiere para nosotros la muerte, sino la vida. 


   Pasando por la Cruz, haciendo escala pero sin quedarse en la muerte, Jesús llegó a la resurrección, y con ella ganó también para nosotros la vida después de la muerte, la vida que llega con la resurrección, la vida eterna.

 

   ¿Somos conscientes que hay que renunciar a algo para que la obra de Dios toque a su fin? No sabemos si esta sea nuestra última cuaresma en nuestro peregrinar a la casa del Padre. Como los discípulos, también “queremos ver al Señor”, pero no olvidemos que para ver al resucitado “hay que pasar por la Cruz”, y mirar primero sus señales vivas en las cruces de la humanidad. Intentemos verlo en este tiempo de gracia para que se quede con nosotros, y nosotros con Él, en Pascua eterna. 

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   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


Saludo 4° Domingo de Cuaresma, 11 Marzo 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 10 mar. 2018 6:33 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 mar. 2018 7:18 ]

Chía, 11 Marzo de 2018

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Mirad el Árbol de la Cruz…


   El Evangelio, en este IV Domingo de Cuaresma, nos invita a levantar nuestra mirada a Cristo, en la Cruz clavado. Nadie puede quedar indiferente ni actuar igual después de contemplar a Cristo crucificado. En la primera lectura vemos que todos los mordidos por la serpiente, al mirar el estandarte, quedaban curados de sus mordeduras. 


   Dios no elimina las serpientes, pero a los que son mordidos por ellas, les da un antídoto. Jesús nos recuerda ese hecho en el evangelio dándonos así el antídoto para nuestras mordeduras del demonio. "Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que el Hijo del hombre, Jesús, sea levantado en alto, para que todo el que crea en él, tenga vida eterna".

 

   Dios “no envió a su Hijo al mundo para juzgarlo, sino para que se salve por Él”. Desde entonces el misterio del Crucificado se nos presenta como el criterio de salvación o condenación: Creer o no creer en Él. La cruz y el Crucificado son la nueva luz del mundo. Quien cree, se abre a la luz. Quien no cree, se cierra a la luz y se sumerge en las tinieblas. 


   Él no obliga a nadie: podemos aceptar o no su propuesta de amor. Creer en Jesús y vivir de acuerdo a ello, o no creer. Si no se cree en Él, se está optando por la vida que perece, sin el antídoto de la cruz, se termina en la muerte y en la auto-condena. Si se rechaza, se permanece en la luz artificial y titilante de linternas falsas que apuntan a cualquier lado. Pero si se elige a Jesús, sencillamente se opta por la Vida, y la Vida verdadera.

 

 

 Cuando hablamos de la Cruz todos sentimos como si fuese una invitación al dolor y al sufrimiento. La Cruz nos habla del sufrimiento de Jesús, no del nuestro. Nos habla de cuánto es capaz de amarnos Dios, “hasta entregar a su Hijo único.” Dios no es un Dios de dolor o de miedo, sino un Dios de amor. 


   Si Él se nos dio por amor, será por amor a él que podemos ofrecer nuestras pequeñas cruces. Si él nos salvó en, y a través de la cruz, también, en aras de nuestra propia salvación, será en y con nuestra cruz, unida a la del Señor, que obtendremos la salvación.

 

   Levantado en la cruz, somos urgidos a mirar al que levantaron y creer en el que dio la vida por nosotros. El que mira y cree en el Hijo, ve y cree en el Padre y tiene ya la vida eterna. Él se entregó a la muerte porque nos ama; se entregó al sufrimiento por cada uno de nosotros; su corazón latía fuertemente de amor por todos. Ese es el misterio de la cruz, el misterio del amor. Levantado en la cruz, es también curación, perdón, amor que nada pide y todo da, para los que levantan los ojos con fe. 


   Levantado en lo alto es el nuevo templo. Levantado en la cruz, es el antídoto contra el pecado; levantado en la cruz, es la puerta de la vida; levantado en la cruz, es el que nos mira y nos presta sus ojos para mirarnos y sabernos redimidos y amados. Solamente levantado en la cruz, será también glorificado, resucitado y sentado a la derecha del Padre, victorioso y triunfador.

 

   La gran tentación del mundo de hoy estriba en desvirtuar el significado de la cruz, privándola de su impulso vital, y ligándola a una religiosidad facilista y ambigua. Para algunos la cruz es un estorbo que incomoda su libertad, y que habrá que evitar o al menos disimular a toda costa. Para otros, es algo amargo que hay que tratar de suavizarla o para convertirla en elemento de utilería, algo liviano y sin sentido.

 

   Acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes, no hemos aprendido a mirar el rostro del Crucificado con fe y con amor. Nuestra mirada distraída no es capaz de descubrir en ese rostro la única luz que puede iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles. Podemos acoger a Dios o lo podemos rechazar. No nos trata a la a fuerza. Somos nosotros los que hemos de decidir. 


   Pero «la Luz ya ha venido al mundo». ¿Por qué tantas veces rechazamos la luz que nos viene del Crucificado? Él podría poner luz en la vida de tinieblas; pero «el que obra mal... no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras». 


   Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. No queremos mirar al Crucificado. 


   Por el contrario, «el que realiza la verdad, se acerca a la luz». No huye a la oscuridad. No tiene nada que ocultar. Busca con su mirada al Crucificado. Él lo hace vivir en la luz.

 

   En concreto, se trata de hacer opción por la luz y no por las tinieblas, como nos advierte el Señor en el Evangelio: “Todo el que obra mal detesta la luz…En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. De nosotros depende que vivamos como hijos de la Luz, siguiendo sus mandamientos, o al contrario, apagando esa Luz divina para que no se descubra que nuestras acciones son contrarias al Evangelio.

 

   Es preciso que nos convenzamos que para creer y progresar necesitamos amar y dejarnos amar por Dios. Él no obliga, no arrasa, ni invade, ni somete a nadie; él respeta siempre la libertad. A nosotros nos queda la humilde, pero imprescindible tarea de ayudados por su gracia, a abrirle la puerta de nuestra vida, acoger su amor gratuito, y acercarnos a su luz para tener la vida eterna.

 

   Miremos a Cristo crucificado. “Si Dios amó tanto amó al mundo, que entregó a su Hijo”, ante Cristo crucificado preguntémonos: ¿Qué he hecho, qué hago y qué haré por Él? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:

www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

    Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en el camino hacia la Pascua. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo 3° Domingo de Cuaresma, 4 Marzo 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 2 mar. 2018 15:10 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 2 mar. 2018 16:31 ]

Chía, 4 Marzo de 2018

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Purifica, Señor, Nuestro Corazón


   El Evangelio, en este tercer Domingo de Cuaresma, nos narra la purificación del templo, para que reflexionemos sobre el verdadero culto y la verdadera casa de Dios. 

   Nos sorprende la vehemencia con la que Jesús actúa en este Evangelio. El Señor también entra dentro de nosotros, y con la fuerza de su divino Espíritu, - en esta cuaresma-, quiere arrojar de nosotros todo lo que vicia o confunde nuestra vida cristiana, aquello que nos impide ser totalmente hijos de Dios.

   Jesús ha puesto fin al templo para reemplazarlo por el nuevo templo que será Él mismo y quienes estén abiertos a su acción salvífica. El templo era lo más sagrado, lugar de la presencia de Dios y del diálogo del hombre con Dios en la oración. Con Jesús, el templo ya no será de materiales finos, ahora será su propio corazón. Jesús resucitado será el verdadero lugar para encontrarnos con Dios y con nuestros hermanos, formando parte de Él, porque todos cabemos en su divino corazón.

   Con la expulsión de los comerciantes del templo, Jesús deja en claro que la casa del Padre es casa de oración, y pone fin a la religión de la ley, reemplazándola con la religión del corazón, del amor y de la apertura a los hermanos. 

   El templo dejará de ser un lugar de negocio y de mercadeo. Ahora será un espacio vivo donde Dios reina e impera. Como Él es el nuevo templo, el Evangelio nos recuerda, que por su resurrección, también somos templos de Dios; que Jesús actúa también dentro de nosotros, expulsando del templo de nuestras almas lo que vicia o confunde nuestra vida cristiana; aquello que nos impide ser totalmente hijos de Dios. En definitiva, para apostar por el Reino de Dios, habrá que expulsar lo que paralice y distorsione nuestra la relación con el Señor.

   Ya no será la religión del cumplimiento de unos deberes y obligaciones. Será la religión del cambio del corazón, la religión del amor a Dios y a los hermanos. El nuevo templo, ahora estará allí donde impere, por encima de todo, el doble mandamiento del cual depende todo: “Amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo”. En este nuevo orden de cosas, el nuevo templo será el hogar y la familia donde vivimos cada día, y donde disfrutamos de las alegrías de la vida. Será también el lugar de trabajo donde cada día se gana el pan para sobrevivir. 

   El Señor nos quiere templos vivos, con un corazón que genere amor, y no donde se negocie su presencia. El corazón no puede ser espacio de supermercado donde se negocien los valores de Dios, sino espacio sagrado y presencia de Dios donde Él more y habite. Todos los días, al terminar cada Eucaristía, Dios sale del templo con nosotros para vivir en los infinitos templos de nuestro corazón.

   Con frecuencia vivimos idolatrando lo superfluo, lo vano, lo vacío y lo fugaz, sea el dinero, la fama, el poder, el placer, y creemos que allí se encuentra la verdadera felicidad. Recordemos que el dinero abre puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.  El Señor se muestra como un Dios celoso, que no soporta que se le suplante por la simulación cuando él es la verdad. Desde la creación somos su propiedad y nos invita a adorarlo sólo a Él, lo que hace que nos transformemos en templos en la medida que todo nuestro ser y tener deben estar orientados al Creador.

   Tristemente también nosotros podemos asistir a la casa de Dios con la intención de volverla un lugar para nuestros intereses pensando que yendo a ella, tenemos el aval para vivir de otra manera durante la semana. En la casa de Dios, la ofrenda de todo nuestro ser tendrá sentido, solo si nos hemos comportado como verdaderos cristianos. Si durante la semana no somos transparentes en el obrar, no podemos estar limpios el domingo en la casa del Padre. 

   Por más generosa que sea nuestra ofrenda, no será limpia mientras nuestros corazones estén ocupados por tantas alimañas que quieren tomar posesión de él. Mientras no estemos limpios por dentro, no podremos celebrar dignamente el día del Señor. Al entrar al templo recordemos que hay alguien que nos quiere y espera. Y al salir recordemos lo que hemos vivido, para transmitirlo tal y como Él quiere.

    En el corazón del Resucitado cabe el corazón de quien se incorpore a Él. Cada día en la casa del Padre, Él nos convoca, nos interpela y nos llama a darle solo a Él, la totalidad de nuestro corazón. Jugársela por el Reino de Dios, significará, entonces, erradicar todo cuanto corrompe su imagen sagrada, grabada en cada uno de nosotros. A veces lejos de servir al Señor, pretendemos que sea Él quien se amolde a nuestra medida. 

   Allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón; allí donde se busca el propio beneficio no hay sitio para un Dios que es Padre de todos. Cuaresma es tiempo de purificación, de limpieza del templo personal. Con la fuerza del Espíritu de Dios arrojemos a latigazos, cuanto profana el templo de su presencia, y hagamos de nuestros corazones, espacios dignos para su presencia soberana.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

    Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en el camino hacia la Pascua. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 2° Domingo de Cuaresma, 25 Febrero 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 23 feb. 2018 15:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 feb. 2018 15:15 ]

Chía, 25 Febrero de 2018

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Transfigura, Señor, Nuestro Corazón


   De las arenas del desierto, pasamos, en este segundo Domingo de Cuaresma, a las alturas del monte. En el desierto se experimenta la lucha y la tentación, al monte se sube para experimentar la verdad de Dios. En el desierto, el encuentro es con la tentación; en el monte, -
en oración -, el encuentro es con Jesús. El desierto nos revela la realidad de lucha, debilidad y fortaleza. El monte nos revela el verdadero rostro de Jesús. 

   Tanto el monte como la oración nos revelan el otro lado de Jesús, nos revelan lo escondido detrás de su humanidad. Es en el Monte Tabor, donde Jesús se deja ver por dentro, y donde toda su belleza traspasa lo opaco de lo humano y se manifiesta todo lo divino que hay dentro de Él. Incluso habría que decir que, es en esa cima donde se anticipan los resplandores de la Resurrección.

   Dos personajes marcan la transfiguración de Jesús: Moisés y Elías. En la cima del Sinaí comenzó la ley escrita en tablas de piedra, por eso, ahí está como testigo Moisés. Y es en esta cima del Tabor donde Dios deja escuchar de nuevo su voz. No se trata de regresar a Moisés ni a Elías, el profeta de Dios, sino para decirnos que a partir de ese momento la verdadera voz de Dios es Jesús, su “Hijo amado, al que hay que escuchar”. La transfiguración expresa la victoria total de Jesús. Es el anticipo de lo que Cristo es y representa para la humanidad. La transfiguración de Jesús nos revela las dos dimensiones de Jesús: Un Dios eternamente divino, y un Dios enteramente humano.

   La voz del Padre confiesa a Jesús, primero como “su Hijo amado” y luego, como su voz de revelación: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Él será, a partir de entonces, la única voz auténtica y legítima de Dios. También nosotros, como hijos amados en el amado, podemos contemplarlo glorioso y radiante cada domingo. 

   En el sacramento cumbre de la Eucaristía, en la consagración del pan y del vino; en su cuerpo y su sangre, ahí es donde se da la mayor transfiguración, obrada por la Santísima Trinidad. En cada eucaristía, Cristo, el Hijo amado y la voz del Padre, se nos deja encontrar para quien lo descubre con el resplandor de la fe.

   Sólo dejando el peso insoportable del pecado podemos subir al encuentro con Cristo. Y, una vez arriba, en la montaña de la pascua, contemplaremos el rostro bendito de Cristo y escucharemos la voz del Padre, que nos invita a seguir a su Hijo. ¿Por cuál camino? Por el de la cruz, porque no hay gloria si no viene precedida antes por la pasión y la muerte. Sólo muriendo al hombre viejo y pecador que hay en nosotros, tendremos vida eterna. Por la cruz llegaremos a la resurrección. 

   En cada encuentro, en la Eucaristía dominical, deberíamos exclamar: “¡Qué bien se está aquí”! “¡Qué bien y qué a gusto me siento como cristiano católico!” “¡Qué bien y qué feliz soy sintiendo la presencia y la compañía de Jesús!” Y Ojalá, que algún día, al estilo de Pedro, también pudiéramos exclamar: Señor ¡qué bien me siento conmigo mismo contemplando la belleza de mi corazón! Señor, ¡qué a gusto y feliz me siento mirándome y paseándome por dentro de mí mismo! Señor, ¡soy tan feliz con tu gracia que llevo dentro, que no siento ganas de salir sino quedarme conmigo mismo, contemplando tu rostro radiante dentro de mí! Seremos felices cuando nos sintamos a gusto de lo que somos porque nos hemos visto y mirado por dentro, con los ojos de Dios.

   Entre tantas voces que hoy suenan en nuestros oídos, ¿a quién escuchamos realmente? En esta Cuaresma Jesús nos invita a subir con él al monte Tabor para descubrirnos los secretos inefables del misterio y de la gloria de su divinidad. Pero se necesita hacer silencio en el alma para entrar en oración y escuchar la voz de Dios. 

   Necesitamos también “subir” y dejar abajo las cosas de la tierra: todo aquello que nos estorba para ir hacia Dios. Todo esto es parte imprescindible del camino cuaresmal hacia la Pascua.

   Para encontrarnos, como los discípulos, en presencia del Señor, se requiere aprender a mirarnos desde lo más alto. Desafortunadamente, muchos nos conocemos solo superficialmente; nos vemos desde nuestro cascarón, desde el espejo, y vemos muy poco el resplandor de nuestro corazón. Desde la cima del monte Jesús se transfigura, como si se abriesen todas las ventanas y dejasen florecer todo lo que hay dentro de Él. 

   Y si “Las cosas, aunque pequeñas, llevan siempre escondida una revelación de Dios”, con mayor razón nosotros, que no somos cosas, sino su obra amada, llevamos, muy dentro, grabada su firma y su imagen gloriosa. Nuestra tarea será descubrir, con los ojos de la fe lo que somos; hacer florecer su gracia y brillar su luz en este mundo de tinieblas.

   Pidámosle al Señor que nos ayude a ir tomando su figura gloriosa, es decir, a transfigurarnos con Él, y con la luz de su gracia, lo reconozcamos en tantas manifestaciones diarias.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana, y feliz cuaresma para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en el camino hacia la Pascua. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

Saludo 1° Domingo de Cuaresma, 18 Febrero 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 18 feb. 2018 6:36 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 feb. 2018 7:04 ]

Chía, 18 Febrero de 2018

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

No Nos Dejes Caer en Tentación


   La cuaresma comienza en el desierto, con la escena de las tentaciones, que resumen toda la lucha de Jesús. En las tentaciones está en juego la esencia de su misión, y está riesgo la obra más amada del Padre. Jesús comienza su camino haciendo la experiencia que todos nosotros tendremos que hacer a lo largo de nuestra vida: enfrentar las tentaciones, las cuales se dan en nosotros, porque fuimos dotados de libertad frente al bien y al mal; frente a la verdad y a la mentira.

    En esencia, las tentaciones buscan que el hijo de Dios prescinda de Él. La tentación del TENER, indica que el pan o los bienes materiales se ponen por encima de todo y nos obsesiona el afán de posesión. Más que poseer los bienes, ellos acaban poseyéndonos. La tentación del PRESTIGIO o preocupación obsesiva por la fama y honores mundanos, buscan ganar la admiración de los demás; y la tentación del PODER, pretende sustituir la debilidad y humildad por el poder, lanzándonos a la soberbia y a la competencia para dominar y someter. 

   Las tentaciones son fuerzas que nos inclinan hacia el mal o nos quitan las fuerzas para luchar por el bien. Su objetivo es desviarnos de nuestra fidelidad a Dios. Nos presenta el pecado como algo atractivo, como triunfos en la vida. No en vano Jesús define al diablo, “padre de la mentira”, porque nunca presenta al pecado como pecado, sino como placer, como éxito, como felicidad, como apetito gustoso y deleitable. El tentador no se presenta como un peligro sino bajo la máscara de la adulación y de la mentira. Cuando Dios nos cierra la puerta para que no entre el mal, el diablo se encarga de abrir una ventana para que entremos por ella. 

   Las tentaciones son esas luchas que se dan dentro de nosotros, entre ser lo que estoy llamado o ser cualquier otra cosa. Entre ser persona o ser un simple objeto. Entre ser lo que Dios quiere que sea, o ser lo que a mí se me antoja. Al comenzar la Cuaresma todos debiéramos sincerarnos con nosotros mismos y preguntarnos ¿cuáles son nuestras verdaderas y más peligrosas tentaciones? Aceptamos a Dios como guía de nuestras vidas o vivir como si Dios no tuviera nada que hacer con nosotros. Ser libres a nuestro estilo o ser libres en la verdad. Tener necesidad de Dios o no tener necesidad de él.

   El diablo, al no poder vencer a Jesús, dirige su ataque contra nosotros, imagen y semejanza del creador. Como criaturas, nadie se escapa de ser objetivo directo del maligno. Haciéndonos caer, hiere al Hijo de Dios. 

   Esa es su venganza. En el Padre nuestro pedimos a Dios que “no nos dejes caer en la tentación”, porque sólo unidos a Jesús, no seremos bocado del maligno. No pedimos que nos quite la tentación, sino que “no caigamos en ella”. 

   Desafortunadamente, cuando merodeamos las rutas funestas del mal, nos exponemos a la tentación y caemos en pecado, haciéndonos cómplices de los ataques contra el Señor, y exponiendo su reinado de amor. Es ahí en donde las fuerzas del mal dirigen todo su accionar contra el Señor. En la tentación, el maligno da su primer zarpazo y él sabe que tarde o temprano todos tenemos algún grado de caída.

    Las tentaciones son enfermedades del espíritu; son como resfriados del alma. Si reaccionamos con rapidez ante ellas y no las dejamos que avancen, se diluyen rápidamente. Con la experiencia de Jesús en el desierto, tenemos la certeza que solo con él, se puede vencer la tentación. El antídoto está en Dios todopoderoso y en la fuerza de su divino Hijo que venció al maligno. En él, lo podemos todo. Si las tentaciones se presentan por doquier, no es para sucumbir en ellas, sino para que, superándolas, seamos mejores cada día. 

   Como los deportistas se preparan para una gran competición, ejercitémonos en la lucha contra el mal. Y cuando la tentación nos esté asechando, hagamos lo que hacen los niños cuando ven un lobo o un oso en el bosque: Ellos corren inmediatamente a los brazos de sus padres, o los llaman para que los ayuden y les brinden protección. Si la tentación persiste aferrémonos con fuerza a Nuestro Señor y enfoquemos en él todo nuestro ser. Las tentaciones son como perros encadenados, que si no nos acercamos a ellos, no nos harán daño, aun cuando traten de asustarnos con sus ladridos.

    Esta cuaresma es un tiempo de gracia y de bendición para estar alerta y bien armados con la gracia, la oración, las obras de caridad, la penitencia y el ayuno para resistir al mal. El cual suele vestirse siempre de mentira; se camufla y se maquilla detrás de alicientes que nos ofrecen felicidad, bondad y poderío. ¿Conviene cuestionarnos, si no será que le hemos perdido el miedo al pecado, o a perder la gracia de Dios, o a alejarnos de Dios, o a los peligros que nos arrastran a la condenación? ¿No será que confiamos demasiado en nosotros mismos y prescindimos de Dios? ¿Será que vivimos esclavos de nuestros instintos y ansias de tener, de prestigio y de poder, y nos olvidamos de pensar en el más allá?

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

    Feliz semana, y feliz cuaresma para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en el camino hacia la Pascua. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

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