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¡Felices Pascuas de Resurrección ! 

6° Domingo de Pascual, 9 de Mayo de 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 8 may 2021 18:50 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 8 may 2021 19:28 ]

Chía, 9 de Mayo de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"Permaneced en mi Amor"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   Celebramos el último Domingo antes de las solemnidades de la Ascensión y Pentecostés, que cierran la Pascua. En este sexto Domingo de pascua
, el Señor nos abre de par en par las puertas de su corazón para unirnos a Él con los lazos del amor divino. El evangelista nos invita a descubrir el amor divino para poder entender el amor humano. 

   El amor de Cristo es fruto del amor del Padre, es muestra de plenitud, es causa de alegría. Su entrega y donación total son la prueba definitiva del amor, y a la luz de él tendremos que examinar nuestros amores y purificar nuestros desamores.


   Naturalmente, en el corazón de Jesús sólo encontramos amor. Jesús llega a la Pascua desde el amor entregado en la cruz. En su Corazón sólo encontramos amor, y es lo que constituye el misterio más profundo de Dios. Todo lo que ha hecho desde la creación hasta la redención es por amor. Todo lo que espera de nosotros como respuesta a su acción es amor. 

   Hoy, entonces, sus palabras resuenan: «Permaneced en mi amor» Pero el amor pide reciprocidad; es como un diálogo que nos hace corresponder con un amor creciente a su amor primero. Pensemos, entonces, que el amor es como la vida y la respiración, que no podemos interrumpirla porque eso sería morir. Cuando dejamos de amar también nos morimos. El verdadero amor a Dios lo expresamos amándonos los unos a los otros y no de cualquier manera sino al estilo del amor de Jesús, “amarnos como Él nos amó”. No es un simple “sentimiento” del corazón, es acción, es una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. 

   Además de dar fruto en abundancia, quien ama a Dios cae en cuenta que todo lo que hace es consecuencia del amor inmenso que Dios siente por él. Nadie puede dar aquello que no posee. Si el Señor Jesús nos dio mucho amor, es porque la fuente de “ese mucho amor” estaba más allá de él mismo. Estaba en Dios. 

   Normalmente tenemos una idea o percepción humana del amor, que quizá no corresponde con el verdadero sentido cristiano del mismo. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad, sino el que busca la vida y la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida»

   Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a Él, como la vid y los sarmientos. Este amor supone una exigencia o «mandamiento» de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida, ya que hay más alegría en dar que en recibir. El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte. A ese amor somos invitados, a amar como él, movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo. Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los sarmientos con la Vid de Jesús. 

   En este sentido, San Agustín dice que todo se resume en el amor, cuando nos recuerda que «Sin el amor todas las otras buenas cualidades no sirven de nada. El amor, en efecto, conduce al hombre necesariamente a todas las otras virtudes que lo hacen bueno. La medida del amor, es el amar sin medida». 

   ¿Nos atrevemos a amar como Jesús? El en la cruz, nosotros en las pequeñas cruces de la fidelidad diaria. Jesús amó colgado de una cruz muy grande, nosotros podemos amar colgados de las pequeñas cruces diarias. “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Caminar con Jesús significa tratar con la verdad. Luchar contra la mentira. Impregnar aquellos ambientes en los que nos encontramos con buenas dosis de optimismo. En definitiva, el cristiano, el discípulo de Jesús, tiene que ser como aquella rosa que, aún sin verla nadie, por el aroma que despide, se sabe que está en medio de la sala. Sólo una cosa nos pide el Señor: “Que os améis los unos y los otros”; y el punto de medida es él: “Como yo os he amado”. 
  

 Nuestro sufrido País, y la sociedad en general, cambiarían, si el amor de Dios inundara e invadiera corazones, mentes, almas e instituciones, porque cualquier trabajo, profesión o condición, sin amor, no pasa de ser un mero acto mecánico, sin corazón ni alma. 

   Al contrario, amar es darse, es servir, es hacer vivir en calidad de vida, porque quien ama se transforma por dentro y por fuera, y asimismo transforma todo su entorno. Es el momento de preguntarnos ¿Somos amigos de Jesús? Pues nos toca amar como él lo hizo: sin fisuras, sin intereses, sin límites, sin acepción de personas, sin recompensas, sin arrogancias de “yo he hecho”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o, a través del Facebook de la capilla santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

  Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

5° Domingo de Pascual, 2 de Mayo de 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 1 may 2021 19:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 1 may 2021 19:53 ]

Chía, 2 de Mayo de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"El que Permanece en Mí, y Yo en él, da Mucho Fruto"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   El Evangelio de hoy nos ofrece la imagen de “Jesús-vid, y cristianos-sarmientos”. Bella imagen para la Iglesia porque no hay Iglesia sin la cepa que es Jesús, y sin sus racimos o sarmientos que somos nosotros. Un árbol es más que las ramas y estas dan visibilidad al árbol. 

   El árbol necesita del tronco que es el que hunde sus raíces en la tierra. Sin tronco no hay árbol, ni ramas, ni savia, ni vida. Puede cortarse las ramas, pero mientras siga el tronco siempre habrá árbol. La vida de las ramas depende de la vida del tronco. Incluso si se cortan todas las ramas, el tronco hará brotar otras. No podemos ser cristianos si no es unidos a Jesús. Somos sus sarmientos, y solo podremos vivir si estamos unidos al tronco de la vida, y al resto de sarmientos, nuestros hermanos. Así, formamos la “vid” completa. 

   En la parábola, Jesús expresa su relación vital con los creyentes y el modo de ser de la Iglesia. Es cierto que Jesús no habló de un árbol, sino de una vid, que en el fondo viene a decir lo mismo. Él dijo que somos “ramas”, “sarmientos”. No nos definió como el tronco de la vid, o el tronco del árbol. Nos puso en la condición de “sarmientos y ramas”. Dejó bien claro que “el tronco es él”. La “vid es él”. “Yo soy la verdadera vid, vosotros los sarmientos”. “Y mi Padre es el labrador”. Como tronco, él da consistencia al árbol y a la vid. Retransmite la sabia y la vida y da resistencia ante los embates del viento y la lluvia. 

   La parábola describe la íntima y vital relación con Jesús: Son realidades distintas, pero unidas que forman un todo y viven una misma vida de la misma savia y de las mismas raíces. Si el viñador planta la viña y la cultiva, es para que produzca fruto abundante. 

   Se crea una empresa para que rinda y dé buenos frutos. Dios nos incorpora como hijos en su proyecto divino y nos capacita para dar frutos que extendamos el proyecto divino de su Reino: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto». Por el bautismo nos ha injertado en la viña de su Hijo. «El sarmiento no puede dar fruto si no está unido a él”. Para ello nos ha dado la vida cristiana, nos ha unido a él por la vida de gracia, los actos de virtud y las obras de caridad, para dar frutos agradables al Padre. 

   El Padre, como sabio agricultor, ha plantado con su savia celestial, esta vid en la tierra, de manera fértil y generosa. El Padre, hace de nosotros, no solamente sarmientos de su divino tronco para participarnos el cielo; también nos hace terreno escogido en el que Jesús tiende sus labios y sus dedos como raíces, atrayéndonos para convertirnos en sus sarmientos. Es la generosa cepa y savia del Señor, capaz de transformar en vid toda la tierra. Y los frutos, son la consecuencia de ese buen arraigo en Dios que se traducen en un compromiso de servicio, de amor y de testimonio a los demás. 

   Una casa requiere de buenos cimientos. Con mayor razón el ser humano requiere de principios sólidos para entender y defender la vida. Jesús nos advierte que una existencia sin Dios, está abocada al fracaso. 

   Dios como labrador espera pacientemente a que demos fruto: nos hizo sus hijos por el bautismo, nos da el pan de la eucaristía, nos perdona en la penitencia, nos cura por la unción de enfermos, nos guía con su palabra y, no obstante, no le ofrecemos los frutos que espera que demos. Si la unión hace la fuerza, como sarmientos suyos, estamos llamados a formar un solo cuerpo, en un mismo Espíritu. La fuerza de los cristianos, como miembros de la iglesia, radica en la unión con cristo, cabeza de ella: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre. 

   En el plano deportivo los equipos luchan por no descender de categoría. Como sarmientos del Señor, para ser parte del árbol frondoso, habrá que estar enraizados con él y en él. Cuando desaprovechamos las oportunidades de enraizarnos en él, vamos perdiendo la categoría. No basta tenerlo presente solo en los momentos de regocijo (bautizo, boda, o primera comunión); así es muy difícil ser sarmientos frondosos. Solo las convicciones profundas ayudan a enraizarnos en Jesús, así como él estuvo enraizado y convencido en la relación con su Padre. Él es la fuente de nuestro arraigo que nos planta en la viña eterna. 

   Si el Señor es nuestro tronco fuerte, seremos ramas consistentes. Nos da consistencia y, aunque se seque un sarmiento, el tronco sigue ahí dando vida a sus sarmientos. 

   A los que no dan fruto, los “arranca” y a los que “dan fruto, los poda” para que den más. Será necesario prescindir de lo inútil y dejar cortar lo que nos distrae y aleja de nuestro fin. Y aunque podar duela, tendremos que ser podados por el jardinero divino. Él corta todo aquello que a nuestro juicio puede ser muy hermoso pero que nunca da fruto. 

   Como sarmientos del Señor, dejemos que Él nos pode para permanecer fuertes y unidos a él, nuestra savia. Alimentémonos con su palabra, fijemos en él nuestra esperanza y nuestro amor. Que produzcamos esos frutos que germina la savia de Jesús, y extendamos, con la abundancia de su divino Espíritu, las ramas de su amor a nuestros hermanos más necesitados, con la certeza que el Señor se mantendrá unido a nosotros hasta el fin del mundo. Ojalá, algún día, podamos tomar parte en la cosecha de su eterna viña. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o, a través del Facebook de la capilla santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

4° Domingo de Pascual, 25 de Abril de 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 24 abr 2021 19:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 24 abr 2021 20:20 ]

Chía, 25 de Abril de 2021

   Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"El Buen Pastor Da la Vida por sus Ovejas"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   En este cuarto Domingo de Pascua, celebramos a Cristo, el “Buen Pastor”. El Evangelio nos describe las relaciones de Jesús – Pastor, con nosotros, su “rebaño”, y también nuestras relaciones con nuestro Pastor. Cristo se nos presenta como el buen pastor, como aquel que nos ama con las entrañas del mismo Padre celestial; que sigue dando gratuitamente la vida por nosotros, nos toma sobre sus hombros, venda nuestras heridas y, con paciencia, las cura. Desde que Dios, en su divino Hijo, entró en el valle tenebroso y ha abierto para todos nosotros un camino hacia el cielo, el amor por sus ovejas es eterno. 

   A todos nos gusta que nos llamen por nuestro nombre. Jesús sabe quiénes y cómo somos, y nos quiere a todos por igual. Nos deja claro que su rebaño no se limita al pueblo de Israel. Su amor no es solo por quienes intentamos seguirle. Su amor es universal y las puertas del redil están siempre abiertas para todos: “También tengo ovejas de otro rebaño”. Otros, también, pueden conocer a Jesús, sentirse amados por él y ser también ovejas de su redil. Él predicó y trató con samaritanos y romanos. Su labor no supone una relación exclusiva y cerrada con los suyos. Dice el Papa Francisco: “Él está atento a cada uno de nosotros, nos busca y nos ama, dirigiéndonos su Palabra, conociendo en profundidad nuestro corazón, nuestros deseos y nuestras esperanzas, como también nuestros errores y nuestras decepciones”.

   La relación de Jesús con su Padre, marca el estilo de su relación con nosotros, sus ovejas. Es una relación de total intimidad y cercanía. No es una relación a control remoto, sino una relación muy personalizada, por eso formamos un solo rebaño, una comunidad de vida con Él. 

   Se requiere una conciencia plena de cercanía con las ovejas y de íntima amistad con Dios; tan íntima que se le puede llamar “Padre”. 

  No puede haber una profunda sintonía entre el pueblo de Dios y sus pastores sin comunión y confianza mutua. Esto es condición necesaria para ejercer con plenitud la labor de cuidar a los que Dios pone a nuestro lado. 

   Conocer también va más allá del saber intelectual. Es un conocimiento que parte del amor y de la libertad, como lo hizo Jesús, en profunda libertad y comunión con su Padre.

   Porque Jesús conoce a sus ovejas y ellas reconocen su voz, por eso somos una “comunidad de conocidos”, no de “desconocidos”. El pastor es educador de una comunidad, como el padre de sus hijos. El pastor es catequista y lo son todos aquellos que, en nombre de Dios, trabajan para que los demás descubran el valor de la fe. El sacerdote como pastor, conoce a sus fieles; entra en su corazón y descubre sus anhelos más profundos. Significa quererlo, estar dentro de él, discernir cuáles son sus necesidades en su crecimiento espiritual. Como un rebaño no pude prescindir de la guía de su pastor, el pastor no existe sin una grey a la que pastores. Cuando el Pastor tiene esa bella relación con el pueblo, huele a oveja, crece el amor entre ellos, resultando un solo rebaño y un solo pastor.

   A través de los pastores, Cristo da su Palabra, reparte su gracia en los sacramentos y conduce al rebaño hacia el Reino. Él mismo se entrega como alimento en el sacramento de la Eucaristía, imparte la palabra de Dios, su enseñanza, y guía con solicitud a su pueblo. Los pastores sienten y hacen suyo el rebaño porque el ejercicio de su ministerio es un don que viene de Dios. Cuando se dan estas condiciones, las ovejas siguen su voz porque ven en él un referente, un punto de apoyo. Confían plenamente en él porque su testimonio de vida es prueba de su compromiso de unión a Cristo supremo Pastor. 

   Somos ovejas de su rebaño, y él “no nos compra en una plaza de mercado”. Él nos adquiere porque da “su vida por nosotros”, y es maravilloso darla, para que otros vivan. Jesús no regala cosas. Regala su propia vida. 

   No mata a sus ovejas para un banquete. Muere él para que nosotros vivamos. 

   Desafortunadamente, cada día son más las personas que salen por la puerta del redil en busca de otras cosas. Ojalá, por nuestro testimonio y amor, vengan más ovejas al redil. Que los esposos sean pastores de sus hijos, los profesores de sus alumnos. 

   Que regresen los que se han alejado. Que los hijos vuelvan a los brazos de sus padres, los esposos vuelvan al calor de sus hogares y que nuestros corazones vuelvan a los brazos de Dios. 

   Pidámosle a Cristo Pastor, que nos ayude a distinguir su voz e imitarlo en su amor y entrega a los demás. Que su palabra nos ilumine, que la santa eucaristía nos alimente y que, por nuestra oración asidua, nos guarde en las entrañas de su corazón de supremo Pastor. 

   En silencio, sigamos esta oración del sacerdote: Señor dame fieles santos y que aprenda de ellos el camino de la fidelidad a tu Evangelio. Señor: que cuando llegue a ti, no me preguntes por los que faltan, sino que todos nos encontremos unidos en un mismo rebaño. Amén.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o, a través del Facebook de la capilla santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

3° Domingo de Pascual, 18 de Abril de 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 16 abr 2021 20:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 abr 2021 21:25 ]

Chía, 18 de Abril de 2021

   Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"El Mesías Debía Sufrir, y Resucitar de Entre los Muertos al tercer día"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   Hoy Jesús nos invita a no dudar. La realidad se puede transformar, la pascua puede desplegar todo su potencial si estamos dispuestos a ser testigos del resucitado y a vivir cuanto él nos propone. En la aparición de Jesús, Lucas comienza diciendo: “Contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan”. Jesús encontró a los discípulos en un momento interesante. Estaban hablando de sus “experiencias con el resucitado”. Relata que cuando lo ven, los discípulos se sobresaltan y asustados creían ver un espíritu. Y es entonces que Jesús les hace una pregunta, que es también nosotros: “¿Por qué os alarmáis? ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?”

 

   El Señor conoce a los discípulos y sabe que las certezas no bastan. Entonces les abrirá el entendimiento para que comprendan las Escrituras y se den cuenta que su muerte tenía sentido y era paso obligado para la resurrección. No bastaba la certeza que Jesús había muerto; ahora Él mismo les explicará punto por punto cómo todo entraba en el designio de Dios. Les ayudará a asimilar el sentido de todo el acontecimiento, y a su vez, percibirán su oculto sentido que culminará con la comprensión de la verdad plena del Cristo total. 

   El camino de la fe no es un camino de evidencias materiales, de pruebas palpables o de demostraciones científicas, sino que es un camino que se recorre con el corazón abierto a la revelación de Dios, presto para acoger la experiencia de Dios y de la vida nueva que Él quiere ofrecer. Los discípulos comenzaron ese camino con dudas e inseguridades, pero la experiencia del encuentro con Cristo vivo, les dio la certeza de su resurrección. 

   Y es que la fe, aunque no elimina las dudas, fundamenta toda nuestra vida y por eso, no siempre es clara y tiene mucho de oscuro. No obstante, hoy, también el mismo Señor se aparece en nuestra casa y nos dice: “Paz a ustedes”. Nos transmite una alegría tan grande que, por esta alegría, de pronto, no alcanzamos a creer”. Y también el Señor nos pedirá algo de comer y, seguro que le daremos algo que primero pasará por la boca del pobre y del que tiene hambre. 

   El resucitado sigue apareciéndose en medio de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestra comunidad. Somos nosotros quienes debemos reconocer, confiar y saber que es él en persona quien viene a fortalecernos. Él sabe que necesitamos certezas bien afianzadas para vivir, así que se presenta mostrando sus manos y sus pies, e incluso se ofrece a que se los toquen; luego se sienta a la mesa con sus discípulos, y así, la última nube de duda queda despejada en ellos. 

   Prolongar nuestra fe en el resucitado con nuestro testimonio, es lo que más se requiere hoy. Nos falta hablar con el testimonio. No es cuestión de decir “esto sucedió en aquel tiempo”. En los relatos de la resurrección no se dice cómo resucitó, ni en qué momento o a qué hora resucitó. Lo único que se describe son las apariciones, son las experiencias, son los distintos encuentros con el resucitado. Es decir, son experiencias de encuentros. Lo importante, es decir: “esto nos acaba de pasar”, “esto nos acaba de suceder”, “esto acabamos de experimentar”. Al mundo le sobran ideas, y lo que se requiere son experiencias personales. 

   Si nos preguntamos: ¿Hemos visto resucitar al Señor? La respuesta es no. Pero él se nos aparece, y lo vemos. La Pascua es aparición. La Pascua es “encuentro”. “Lo hemos visto”. “Se nos apareció”. “Comió con nosotros”. Ciertamente no somos testigos del “momento de su resurrección” pero somos “testigos de que está resucitado”. Se “nos ha aparecido”. “Lo hemos visto”. Y esto es lo que anunciamos. Más que “teólogos de la resurrección”, “somos “testigos de ella”. 

   El mejor testimonio que evidencie a Cristo vivo en nosotros, está en nuestras manos, en nuestros pies y en nuestro pan, gastados y compartidos por y con los demás. Manos gastadas en caridad, y pies cansados yendo al encuentro de los demás. Si Jesús en la noche oscura y el mar agitado, hace que todo sea dominado por la revelación de su identidad al afirmar: “Soy yo, no tengan miedo”, también en nuestra vida superará todo obstáculo o amenaza. Solo necesitamos abrirle el corazón, creer en él y obrar como él. 

   También en nosotros se dan momentos difíciles y de oscuridad, que no logramos comprender. Tendremos que mirar las llegas de Jesús como signos de identidad. Sus manos, sus pies heridos y la mesa preparada, son manos y pies que ya no sangran en la cruz, sino que, por su resurrección, resplandecen gloriosos.

    En la Cruz, las llagas hablaban de dolor y de muerte. Ahora, resucitado, esas mismas llagas “anuncian amor, misericordia, perdón y vida”. Ahora, resucitado, el Señor nos dice: “Mirad mis manos y mis pies”. Lo que hoy nos identifica como creyentes resucitados, quizá no sean tantas explicaciones racionales, sino unas manos y unos pies gastados por los demás. “Más vale una llaga en tus manos que mil explicaciones sobre el amor”.

    Dejad que el grano se muera y venga el tiempo oportuno: dará cien granos por uno la espiga de primavera. Mirad que es dulce la espera cuando los signos son ciertos; tened los ojos abiertos y el corazón consolado: si Cristo ha resucitado. ¡Resucitarán los muertos!  Amén.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo de la Misericordia, 11 Abril 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 11 abr 2021 6:50 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 11 abr 2021 7:14 ]

Chía, 11 de Abril de 2021

   Saludo y bendiciones de Pascua a todos ustedes, en este domingo de la divina misericordia.

 Lecturas de la Celebración

¡Porque es Eterna su Misericordia!
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   
En la liturgia de este segundo Domingo de Pascua, o domingo de la divina misericordia, asistimos al primer encuentro del Resucitado con los suyos. Están encerrados, con las puertas cerradas. Con el miedo en el cuerpo y con la vergüenza en el alma. Se sienten avergonzados de haberle fallado. ¿Cómo dar cara al que le fallaron?

   En la primera aparición comienza la verdadera Pascua para los discípulos. Jesús se reconcilia con ellos y les presenta los pilares de su primera comunidad pascual: es decir, su Iglesia. Primero les hace recuperar la alegría perdida por su infidelidad en la pasión. Luego los recrea haciéndolos hombres nuevos dándoles el Espíritu Santo, y luego, les confía la misión que él ha recibido del Padre: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Adicionalmente los reviste con el poder del perdón y el don de la misericordia. A partir de ahí, somos la iglesia de la “misericordia”, la iglesia de la “comprensión”, la iglesia de la “misión”, la iglesia de las “llagas y la iglesia como santuario de su resurrección. 

   En la segunda aparición el personaje central es Tomás. Los discípulos le anuncian que “han visto al Señor”, pero él se niega a creer: “hasta no ver, no creer”; y exige: “tocar sus llagas”. Lo que necesitó Tomás, - como lo necesitamos todos -, era conectarse con el corazón del resucitado, pero pasando por las huellas que dejó la pasión, porque abrazar al Cristo glorioso, requiere abrazar al Jesús de la pasión, con su cruz y sus llagas. También entendió Tomás, que es muy difícil encontrarse con Jesús fuera de la comunidad. Por eso volvió a ella, y es ahí donde tuvo su experiencia pascual, porque sólo en comunidad se puede compartir, celebrar, madurar y testimoniar la fe. 

   Los primeros discípulos habían puesto cerrojos a sus puertas por miedo a los judíos, pero Cristo vence cualquier obstáculo y abre los cerrojos de las puertas con su presencia. Él sabe comprender sus debilidades, sus infidelidades, e incluso, sale a su encuentro. Es él quien los busca y se presenta en medio de ellos. Y lo primero que hace es “saludarlos con la paz”, con la misericordia, con el perdón: “Paz a vosotros”. “Y les enseña las manos y el costado”, signos de su identidad, que es él y no otro. Signos, también, de su misericordia y de su perdón: “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Observemos que no hay recriminaciones, ni quejas, ni acusaciones; solo hay señales de amor, de misericordia y de perdón.

   Con la pascua recibimos una vida nueva, con un corazón nuevo. Recibimos un amor nuevo, capaz de perdonar, y recibimos el regalo más bello de la Pascua: el gozo y la alegría del perdón. Por eso le llamamos “Domingo de la divina Misericordia”, porque el resucitado regala el perdón a los que le fallaron, la paz a los que se sentían mal con ellos mismos. Regala la comprensión de las debilidades de los demás, y la misericordia que se compadece de nuestras flaquezas. 

   Es el domingo del encuentro con los que se habían escondido; del encuentro con los que se sentían avergonzados. Es el domingo de las manos extendidas a quienes le dejaron solo. Es el día de salir al encuentro de los que se encierran en sus miedos; de levantar el ánimo a los que estaban decaídos y, admirablemente, de constituir como ministros del perdón a quienes necesitaban ser perdonados.

   En fin, es el domingo del hombre con corazón de misericordia. Es el domingo sin portero y sin puertas porque la misericordia, el perdón y el amor no necesitan puertas, porque ellas son nuestra mejor puerta a la salvación. Cuando hay misericordia, comprensión y perdón, desborda la alegría de la pascua.

   Jesús alaba a los que creen sin ver: “Dichosos los que creen sin haber visto”, pero luego nos pide: “Y vosotros sois testigos de esto”. Tomás fue un privilegiado por poder meter los dedos en sus llagas. Tendremos que trasladar las llagas del Señor y verlas en las de tantos que sufren. Son las marcas visibles del Señor en su cuerpo místico; en aquellos que repiten como Tomas: "Señor mío y Dios mío". Esta es una profesión de fe nos deja que nos permite asegurar que las llagas del que sufre están tatuadas y grabadas en las manos del Señor. 

   El resucitado al ver sus manos, ahí nos mira y nos contempla, y no hay ni habrá nada que pueda borrarnos de la palma de las manos de Dios. Con certeza podremos decir: “Dios me lleva en la palma de sus manos. Estoy en la palma de las manos de Dios”. Él, en las marcas de su pasión ve nuestra débil naturaleza y renueva su entrega amorosa por nosotros. Tan cierto es, que cuando se aparecía a los suyos, lo primero que hacía era enseñarles sus manos, sus pies y su costado.

   Esas son las alegrías pascuales: La alegría de “ver de nuevo y con ojos nuevos”. La alegría de “sentir un corazón nuevo”, un corazón perdonado. 

   La alegría de “ver brillar el amor y el perdón en las llagas de las manos y del costado”. Si el Señor pudo abrir las puertas del sepulcro, también derribará los muros y las barreras que encierran nuestro corazón.
   

Pidamos al Señor resucitado que nos conceda, no tanto poder meter nuestros dedos en sus llagas, sino la gracia de llevarlo en nuestro corazón, para descubrirlo en las llagas de tantos que, en su sufrimiento, son testigos de su presencia viva. Y siempre
que celebremos nuestro encuentro con Jesús resucitado en la eucaristía, nuestra fe en él se fortalezca, se vivifique y se encienda más nuestro amor a él y a los demás. Sólo así podremos parecernos a Cristo misericordioso. Sólo así el Espíritu del Señor que está en nosotros validará nuestra fe en el Resucitado.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Que el Señor nos bendiga, tenga misericordia de todos nosotros, y la Santísima Virgen nos proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

 

Saludo Domingo de Resurrección, 4 Abril 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 3 abr 2021 13:20 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 3 abr 2021 13:42 ]

Chía, 4 de Abril de 2021

   Saludo cordial y bendición para todos ustedes, deseándoles una Felices Pascuas de Resurrección.

 Lecturas de la Celebración

"Domingo de Pascua de Resurrección"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

 
   En medio de tantos motivos que tenemos para el pesimismo, por ejemplo, la pandemia que nos ha azotado, hoy Domingo de Resurrección la vida resucitada en Cristo nos abre a la Esperanza de una nueva Primavera. El tronco viejo del mundo al que nosotros estamos tan apegados reverdece ahora y florece con nuevos ímpetus.

 

   Ha resucitado; este mundo necesita un poco de Alegría, de Esperanza y sobre todo de renovación en el Amor y la ilusión por algo más bello. El Domingo de Pascua que comienza desde la noche del Sábado Santo, nos invita a renacer con Aquel que ya ha renacido, a vivir con el que es la Vida. Nos empuja a vivir ya desde el suelo con la mirada puesta en el cielo. La Gloria de Jesús al resucitar, será atraernos y llevarnos al encuentro con El Padre. Si desde la Cruz en el Gólgota, atraía todos hacia Él, ahora resucitados viviremos por siempre con Él.

 

   El Domingo de Resurrección, parece el Domingo de las prisas porque todos corren. María Magdalena sale de madrugada a visitar el sepulcro. Al ver que la piedra del sepulcro estaba removida y que el Cuerpo de Jesús había desaparecido, corre a comunicárselo a Pedro y a Juan. Sin deliberar, éstos a su vez, corren para cerciorarse del hecho. Cuando Juan vio los lienzos en el suelo y el sudario doblado en un sitio aparte, entendió lo que Jesús había dicho que resucitaría al tercer día y entonces vio y creyó.

 

   Hoy Jesús sale invicto del cara a cara con la muerte; ha resucitado. El único sometido ha sido la muerte, hoy estamos vestidos de fiesta y de triunfo. Porque muerto el que es la vida, ahora triunfante se levanta. En este día de Pascua vuelve el Aleluya al son de las campanas, porque Cristo ha resucitado y quienes creemos en Él, sabemos que todos resucitaremos con Él.

 

   En este Domingo de Pascua, Jesús con su sacrificio vence la muerte, redime y resucita, pero lejos de hacerse con el triunfo para sólo Él, lo coloca a disposición de todos nosotros. ¿Cómo no recibir tal triunfo cuando no nos ha costado nada? ¿Cómo no agradecer a Jesús su sacrificio en el madero de la Cruz, si su muerte que nos redime de nuestra propia muerte es nuestra victoria?

 

   En este día de Pascua todos tenemos una gran misión: animar a los demás, a disfrutar y a ser conocedores de los frutos de la Resurrección. La mañana de Resurrección, es una llamada a redirigir al mundo hacia Cristo. La aurora de este histórico día, del triunfo de la vida sobre la muerte, nos llena de inmensa alegría, hay que aprender a estar alegres aún en medio de esta pandemia y de tanta adversidad, entre otras razones porque los cristianos colocamos la alegría de la fe en nuestra vida, la alegría de un Cristo con rostro glorioso y el amparo que sus palabras nos traen. Todo esto hace que miremos mas allá de cualquier frontera y limitación.

 

   Cuando muere la luz del día, la naturaleza se pone oscura y triste pero a la mañana siguiente las aves al encontrarse con la luz del día cantan con alegría. Pues bien, por la fe en Cristo muerto y resucitado, nosotros a quienes Dios quiere mas porque somos su obra amada, tenemos la dulce esperanza de que después de la oscuridad y la tristeza de la muerte, nos encontraremos de nuevo con la Luz y junto con nuestros seres queridos cantaremos con eterna alegría.

 

   Nos toca responder a Jesús, ¿creemos o no en Él?. No hay punto medio: si creemos, hemos de oírle y hacer lo que él nos dice. Ya no tenemos que buscar entre los muertos al que vive, porque ha resucitado. ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón? Todo es Triunfo, Gloria y Resurrección.

 

   Amadas familias, renovemos pues nuestra fe Pascual, que Cristo sea en todo nuestro Señor y que su Luz Pascual lejos de apagarse, se mantenga encendida con nuestro testimonio, con nuestras actitudes positivas, con nuestros pequeños detalles, dejemos que su Vida vivifique nuestra vida y renovemos aquella Gracia que hemos recibido en nuestro Bautismo.

 

   Hagámonos apóstoles y discípulos misioneros suyos. Dejémonos guiar por el Amor que venció la muerte y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Él. Somos testigos de la Esperanza, somos prueba de su resurrección porque sabemos que la última palabra no la tiene la muerte, ni el pecado. La última palabra es Cristo resucitado.

 

   En nombre de Monseñor Héctor Cubillos Peña, Obispo de la Diócesis de Zipaquirá, les deseamos Felices Pascuas de Resurrección. Que el Espíritu Divino nos guíe por las sendas del Señor Jesús hacia la eterna Pascua. El Señor ha resucitado Aleluya, Aleluya y vive entre nosotros Aleluya, Aleluya.

 

   Feliz semana para todos, que Dios los Bendiga y la Santísima Virgen los proteja, Amen.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo de Ramos, 28 Marzo 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 27 mar 2021 16:10 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 29 mar 2021 8:24 ]

Chía, 28 de Marzo de 2021

   Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"Domingo de Ramos"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   Con la celebración del Domingo de Ramos damos comienzo a la Semana Santa, la cual hay que mirar dentro de una dinámica de continuidad. La entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno, es la entrada del Mesías humilde, en la que encontramos unidas su realeza y su humildad que culminaran en la cruz. 

   El Mesías rey empieza su camino hacia la Pascua, pero entronizado en un humilde asno, y será la cruz será el verdadero trono de su reinado; lugar donde dará la vida por amor, donde asumirá el mal de la humanidad. 

   Paradójicamente el letrero en la cruz, “Éste es Jesús, el rey de los judíos”

estaba en continuidad con lo que Jesús había reconocido en su respuesta a Pilato: “tú lo dices, soy rey”, y también con aquella escena en la cual, después de coronarle de espinas y de haberle hecho coger una caña por cetro, se habían burlado de él diciendo: ¡salve, rey de los judíos! Los dos momentos: la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno y el ser clavado en la cruz, son complementarios en la revelación que Dios hace en su Hijo. En la semana mayor contemplamos, unida la realeza y la humildad del Mesías salvador. 

   El Domingo de Ramos conjuga dos sentimientos: por un lado, el júbilo y la aclamación del Señor y, por otro, el abandono, la pasión y la muerte de cruz. Que diferentes son los ramos verdes y la cruz; las flores y las espinas. Quienes antes le tendían por alfombra sus propios mantos, a los pocos días lo desnudan y se los reparten a suerte. El hosanna entusiasta se transformó, días más tarde, en un grito enfurecido: ¡Crucifícalo, crucifícalo! 

   La fe, ciertamente pasa por estas dos vertientes: el gozo y la cruz. Jesús puede bendecir al mundo con el don precioso de la paz; nos aseguran que la humildad representada en un burrito es el mejor vehículo para llegar a todos los corazones, y que la Iglesia sigue vitoreando y gritando al mundo que Jesús es el único Señor, y seguirlo exige fidelidad, constancia y sacrificio, en aras del gozo de la resurrección.

   La Semana Santa nos acerca a los misterios del Señor. Adentrémonos en ella, aceptando la invitación del Señor: «Tomad y comed: esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros». En la Eucaristía del Jueves Santo, se conmemora la última Cena del Señor. En ella, Jesús, Pan de vida, se nos da como alimento; se prolonga en el amor fraterno y en el servicio de la caridad universal. Luego, en la liturgia del Viernes Santo «miramos el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo»

   En este tiempo en que hemos sufrido la pandemia, habrá que fijar nuestros ojos en el Señor Jesús, quien soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y desde ella, en el calvario, nos fortalece y nos atrae hacia él. El Sábado Santo es el día del júbilo y la alegría por excelencia, porque el Señor vence el pecado y la muerte con su gloriosa Resurrección, reconciliándonos con el Padre celestial. La solemne vigilia pascual de esta noche grandiosa, prolonga en el Domingo de Pascua sin ocaso, el triunfo del Señor. Es la celebración más grande de nuestra fe, porque Cristo ha resucitado, abriéndonos las puertas de la eternidad. Desde entonces sabemos que todos tendremos un final feliz.

   Comencemos la Semana Santa con un nuevo ardor dispuestos a servir al Señor Jesús. Semana Santa, es la gran oportunidad para morir al pecado y resucitar a la gracia de una nueva vida con Cristo. Tiempo para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Que el Señor nos permita decir al final de esta Semana Santa: «no ha sido una semana cualquiera. Hemos estado más cerca de las fuentes de la vida, hemos conocido de nuevo la profundidad del amor divino y su perdón. Hemos saboreado, de nuevo, el pan partido, el amor sin medida de Dios. Es el tiempo y la hora de decidirnos más por el Señor».

 
   A todos les envío mi Bendición, y que Dios, en su infinita misericordia, nos conceda perseverar en las procesiones de nuestra vida, para que merezcamos entrar con él en la ciudad santa, en aquella procesión en la que seremos recibidos con todos los suyos por el Padre celestial, por toda la eternidad. 

   Los ramos verdes se marchitan pronto; que nuestra fe y adhesión al Señor sea más ardiente y que nunca se marchite. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz Semana Santa para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja|. Amén. 

HIMNO DE ACLAMACIÓN 

Hoy me he vestido de fiesta, para seguirte los pasos. Y he salido a la calle, con mi ramita en la mano. 

 Vas montado en un burrito. Todos te van saludando. Y yo levanto mi rama, y tú mi rama has tocado. 

 Oh Jesús de mi vida, siendo amor, perdón y entrega,
has cruzado la muralla, sabiendo lo que te espera.


Saludo 5° Domingo Cuaresma , 21 Marzo 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 20 mar 2021 17:04 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 mar 2021 18:57 ]

Chía, 21 de Marzo de 2021

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"En la Muerte del Grano de Trigo, ya Despunta la Gloria de su Espiga"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   Hemos llegado al último Domingo de Cuaresma. Y el Evangelio nos presenta el anuncio que Jesús hace de su muerte como centro de su vida, de su revelación y de llamada a todos. Jesús interpreta su propia muerte como el grano que muere para dar mucho fruto: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere dará mucho fruto”. 

   Va tocando a su fin su vida pública; siente que el paso por la muerte es un trago difícil y le crea angustia. Será como el grano sembrado que termina dando fruto. No ve su muerte como un fracaso sino como una glorificación. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre”. Finalmente, Jesús ve su muerte como el lugar de cita y de encuentro de aquellos que quieran verle, conocerle y amarle de verdad. A la luz del grano que muere para dar fruto, nos habla de su muerte inminente y, que gracias ella, atraerá a todos hacia Él. 

   Jesús anuncia su destino. El mismo para quienes lo sigamos. "Ha llegado la hora". La hora de hacer la voluntad del Padre: caer en tierra, morir, dar fruto y resucitar. Caer en tierra es algo transitorio pero los frutos son para todos y para siempre. La hora de Jesús, hora de miedo y angustia, es la hora de glorificar al Padre. 

   No pide al Padre que le evite ese trago amargo de la cruz. Esa hora es su destino y para eso ha venido: ser grano que muere y que el Espíritu luego podrá recolectar su cosecha. Su muerte no es simplemente un morir, sino un morir para vivir, para resucitar. Un morir doloroso, pero fecundo que se manifestará plenamente cuando “cuelgue de la Cruz”. 

   En la muerte del grano en la tierra, está ya despuntando la gloría de la espiga. Toda cruz, unida a la de Cristo, y asumida desde la luz de la pascua, adquiere sentido de luz y victoria. La única manera de no perder la vida es dándola, porque la grandeza sólo se obtiene por el servicio y la entrega. Para Jesús, la Cruz es el mejor lugar para reconocerle e identificarle en su plena verdad. Es el lugar de la glorificación de Jesús y donde reconocemos la verdad de Dios. Y anunciar al crucificado no es para invitar al sufrimiento, sino para reconocer que así es como ama Dios: hasta entregar a su Hijo a la muerte. “Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos”.

   Con el sufrimiento de Cristo en la Cruz, hace de ella, instrumento de glorificación y causa de salvación. Ella es la hora del amor «hasta el extremo», es decir, hasta la entrega suprema que corona toda la vida del Señor. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Desde entonces, la cruz se convierte en el trono de Cristo y el lugar de la revelación del amor de Dios. Ahora, la muerte, como consecuencia de la cruz, es asumida por Jesús, según los valores que ella encierra: sólo muriendo se triunfa sobre la misma muerte y se adquiere la vida que no muere. Muriendo el que es la Vida, triunfante se levanta y nos da la vida eterna.

 

   Jesús deja claro que, sólo por medio de la muerte viene la vida, como pasa con el grano de trigo. Las velas, mientras van iluminando, se van gastando y consumiendo. Así, dar la vida, gastándola y consumiéndola en el servicio a los demás, es ganar otra vida mejor. Toda vida es anuncio a la muerte, y toda muerte es preludio de la vida más clara y mejor.

Todos nos resistimos a la muerte y quizá a la cruz. Recordemos que Dios no quiere para nosotros la muerte, sino la vida, y Jesús pasó por la Cruz, hizo escala en ella, pero no se quedó en la muerte, sino que abrió el portal a la resurrección. 


   El misterio del grano de trigo que muere para dar vida, es el misterio del verdadero amor. No es amarnos los unos a los otros lo que hace perfecto el amor. 

   Es dirigir, todos, la mirada en la misma dirección: en la dirección de la Cruz, donde está el máximo y perfecto amor por nosotros; y ese es el misterio de la Cruz. Aquello mismo que pareciera ocultar, lo pone de manifiesto. Aquello mismo que opaca y apaga la muerte, termina siendo luz que brilla, ilumina y manifiesta la verdad de Jesús y la verdad de Dios. Lo precioso de la inmortalidad, es que, aunque duela enfrentar la muerte, hay que morir para alcanzarla. 

   Nos recuerda el Papa Francisco: “La Cruz es el misterio, es el misterio del amor de Dios que se humilla a sí mismo, se hace «nada», se hace pecado. ¿Dónde está tu pecado? "No lo sé, tengo tantos aquí". No, tu pecado está allí, en la Cruz. Ve a buscarlo ahí, en las llagas del Señor; tu pecado será curado, tus llagas serán curadas, tu pecado será perdonado”. 

   En este tramo final de la Cuaresma, Dios nos manifiesta el mayor argumento de nuestra fe: el amor divino llevado al extremo por el hombre. 

   La Cuaresma, por tanto, ha de llevarnos a cada uno, a cada familia, a nuestro país y a la sociedad, al deseo de querer ver a Jesús, de querer ver a Dios. Ya comienzan a amanecer las luces de la Pascua. ¡Ahí nos veremos todos! 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en el camino hacia la Pascua. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 4° Domingo Cuaresma , 14 Marzo 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 13 mar 2021 8:23 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 mar 2021 9:10 ]

Chía, 14 de Marzo de 2021

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"Oh Cruz te Adoramos…de Ti Viene la Vida y la Salvación"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

    Este Cuarto Domingo de Cuaresma, o Domingo de Gaudete, nos trae la buena noticia del amor de Dios. Nos presenta a Dios hablándonos de su infinito amor, en medio de un mundo cargado de sufrimientos. En medio de tantas dificultades, quiere alumbrarnos con una esperanza en el camino. Nos habla de amor y de cuánto nos ama”. 

   En la primera lectura, quienes eran mordidos por la serpiente, al mirar el estandarte, quedaban curados. Dios no elimina las serpientes, pero a los que son mordidos por ellas, les da un antídoto. Ahora, en Jesús, tenemos todo el amor de Dios y el antídoto contra los ataques del demonio. "Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que crea en él, tenga vida eterna".


   Cuando hablamos de la Cruz todos sentimos como si fuese una invitación al dolor y al sufrimiento. La Cruz nos habla es del sufrimiento de Jesús, no del nuestro. Nos habla de cuánto es capaz de amarnos Dios, “hasta entregar a su Hijo único.” Dios no es un Dios de dolor o de miedo, sino un Dios de amor, y si él se nos dio por amor, será por amor a él que podemos ofrecer nuestras pequeñas cruces. Si él nos salvó en, y a través de la cruz, también, en aras de nuestra propia salvación, será en y con nuestra cruz, unida a la del Señor, que obtendremos la salvación.

   Dios “no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que se salve por Él”. Desde entonces el misterio del crucificado se nos presenta como el criterio de salvación o condenación: Creer o no creer en Él. La cruz y el crucificado son la nueva luz del mundo. Quien cree, se abre a la luz. Quien no cree, se cierra a la luz y se sumerge en las tinieblas. Podemos aceptar o no su propuesta de amor. En concreto, se trata de hacer opción por la luz y no por las tinieblas, como nos advierte el Señor en el Evangelio: “Todo el que obra mal detesta la luz…En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. De nosotros depende: o vivimos como hijos de la Luz, siguiendo sus mandamientos, o apagamos esa Luz divina sumergiéndonos en las tinieblas.

 

   Levantado en la cruz, somos urgidos a mirar al quien dio la vida por nosotros. El que mira y cree en el Hijo, ve y cree en el Padre y tiene ya la vida eterna. Él se entregó a la muerte porque nos ama; se entregó al sufrimiento por cada uno de nosotros; su corazón latía fuertemente de amor por todos. Ese es el misterio de la cruz, el misterio del amor. 


   Levantado en la cruz, es curación, perdón, amor que nada pide y todo lo da. Levantado en lo alto es el nuevo templo y el antídoto contra el pecado. Levantado en la cruz, es la puerta de la vida; es el que nos mira y nos presta sus ojos para mirarnos y sabernos redimidos y amados. Solamente levantado en la cruz, será también glorificado y se sentará victorioso a la derecha del Padre.

 

   Desde niños hemos visto la cruz por todas partes, pero no hemos aprendido a mirar, con ojos de fe y de amor, el rostro del crucificado. No descubrimos en el rostro del crucificado como única luz que puede iluminarnos en los momentos más difíciles. “Si Dios amó tanto al mundo que entregó a su único Hijo”, ¿qué he hecho? ¿qué hago y qué haré por él? Si «la Luz ya ha venido al mundo», ¿Por qué tantas veces rechazamos esa luz que viene del Crucificado? Él podría poner luz en la vida de tinieblas. «El que obra mal... no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras», y al contrario, «el que realiza la verdad, se acerca a la luz», no huye a la oscuridad, porque no tiene nada que ocultar, y al mirar al Crucificado, él le permite vivir en la luz que brota de su cruz.

   Se requiere levantar nuestra mirada a Cristo, en cruz clavado. Nadie puede quedar indiferente ni actuar igual después de contemplar a Cristo crucificado. Él quiere que veamos “su dolor en la Cruz”, no para decirnos que “sigamos aguantando”, sino para decirnos “que así nos ama él”. Un Jesús sin cruz no es el Jesús del Evangelio. Para entender la magnitud de su amor por nosotros, será preciso colocarnos de rodillas ante la Cruz de Jesús y dejarnos inundar, lavar, purificar y amar por Dios. Solo así nuestra cita será la mañana de pascua, pero pasando primero por la cruz. 

   Desafortunadamente, cada día se pretende desvirtuar más el significado de la cruz, privándola de su impulso vital, y ligándola a una religiosidad facilista y ambigua. Para algunos la cruz es un estorbo que incomoda su libertad, y que habrá que evitar o al menos disimular a toda costa. Para otros, es algo amargo que hay que suavizar y convertirla en un elemento de utilería liviana. En esta cuaresma tenemos la humilde, pero imprescindible tarea de abrirle, al Señor, la puerta de nuestra vida, acoger su amor gratuito, y acercarnos a su luz en aras de la vida eterna. 

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   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en el camino hacia la Pascua. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 3° Domingo Cuaresma , 7 Marzo 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 7 mar 2021 10:36 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 7 mar 2021 11:32 ]

Chía, 7 de Marzo de 2021

Saludo cordial a todos ustedes, discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

 Lecturas de la Celebración

"Expulsa, Señor, lo Indigno de Nuestro Corazón"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M. 

   Este tercer Domingo de Cuaresma, nos presenta la purificación del templo. Ocasión para reflexionar sobre el verdadero culto y la verdadera casa de Dios. Nos sorprende la vehemencia con la que Jesús actúa en el pasaje. Hoy, también quiere entrar en nosotros y con la fuerza de su divino Espíritu, quiere arrojar todo lo que vicia o confunde nuestra vida cristiana y que nos impide ser totalmente hijos de Dios. Como lugares vivos de la morada de Dios y templos del Espíritu Santo, todos necesitamos de una pequeña o gran limpieza de todo aquello que mancha nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.

   Jesús reemplaza el templo tradicional por el nuevo Templo que será él mismo, lugar de encuentro universal con todos aquellos que estén abiertos a dejarlo habitar en el templo individual de nuestro corazón. El templo era lo más sagrado, lugar de la presencia de Dios y del diálogo del hombre con Dios en la oración. Ahora, con Jesús, el templo ya no será aquel de materiales finos, sino todo aquel que sea “limpio y puro de corazón”. Jesús resucitado será el verdadero lugar para encontrarnos con Dios y con nuestros hermanos, formando parte de él, porque todos cabemos en el templo de su divino corazón. 

   Con la expulsión de los comerciantes del templo, queda claro que la casa del Padre es casa de oración. Llega el fin a la religión de la ley, reemplazándola con la religión del corazón, del amor y de la apertura a los hermanos. El templo dejará de ser un lugar de negocio y de mercadeo, para convertirse en un espacio vivo donde Dios reina e impera. Por el poder de su resurrección no solo nos constituimos en templos vivos de Dios, sino que él actuará dentro de nosotros expulsando lo que vicia, confunde y perturba nuestra alma. Él defendió el templo como casa del Padre, y ahora defiende nuestra alma como lugar de encuentro con él. Nos dice San Juan: “Y vendremos a él, y haremos morada en él” Habrá, entonces, que expulsar lo que paralice y distorsione nuestra la relación con el Señor.

   El nuevo templo, ahora estará allí donde impere el doble mandamiento: “Amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo”. En este nuevo orden de cosas, el nuevo templo será el hogar y la familia donde vivimos cada día donde disfrutamos de las alegrías de la vida. Será también el lugar de trabajo donde cada día se gana el pan para sobrevivir. El Señor nos quiere corazones, como templos vivos que generen amor, y no donde se negocie su presencia. No pueden ser un espacio de supermercado donde se negocien los valores de Dios, sino espacio sagrado de diálogo con Dios, porque ahí mora y habita él. 

   Con frecuencia vivimos idolatrando lo superfluo, lo vano, lo vacío y lo fugaz; aquello que nos de fama, honor, poder o placer, y creemos que allí se encuentra la verdadera felicidad. recordemos que las puertas que abre el dinero nos pueden llevar a dichas pasajeras, pero también nos puede privar la entrada a la dicha eterna.  El Señor se muestra como un Dios celoso, que no soporta que se le suplante por la simulación cuando él es la verdad. Desde la creación somos su propiedad y nos invita a adorarlo sólo a él. Lo que hace que nos transformemos en templos en la medida que todo nuestro ser y tener, es que todo ha de estar orientado al señor y creador. 

   Tristemente también nosotros podemos asistir a la casa de Dios con la intención de volverla un lugar para nuestros intereses anidando en nosotros aquello que el Señor luego querrá expulsar. Si durante la semana no somos transparentes en el obrar, no podemos estar limpios el domingo en la casa del Padre. Y por más generosa que sea nuestra ofrenda, no será limpia mientras nuestros corazones estén ocupados por tantas alimañas que quieren tomar posesión de él. Mientras no estemos limpios por dentro, no podremos celebrar dignamente el día del Señor.

 

   Esta cuaresma es tiempo de purificación y de limpieza del templo personal. Tiempo para erradicar todo cuanto corrompe nuestra alma. Con la fuerza del Espíritu de Dios arrojemos a latigazos cuanto profana el templo de su presencia, y hagamos de nuestros corazones, espacios dignos para su presencia soberana. Allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón; allí donde se busca el propio beneficio no hay sitio para Dios.

   Los “Templos”, como construcciones, quizá estén llenos de fieles, pero nosotros como “templos de la vida, ¿no estaremos vacíos?” Tenemos que llenarnos de Dios y rebosar de él, y así todos, como templos sagrados, adoraremos al único Dios. Al terminar cada eucaristía, el mismo Dios sale del templo con nosotros para vivir en los infinitos templos del corazón de sus hijos e hijas.

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   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en el camino hacia la Pascua. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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