Saludo Semanal  




Saludo 24° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 Septiembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 14 sept. 2018 15:36 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 sept. 2018 16:02 ]

Chía, 16 de Septiembre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“ !Aparta de mí, Señor, Cuanto me Separe de Ti…¡”


   Hay preguntas de todo tipo, y lo más fácil, quizá sea, responder por los demás. El problema está cuando la pregunta y la respuesta tienen que ser personales; además, no es fácil responder por uno mismo, porque supone enfrentarnos y cuestionarnos con nosotros mismos, es decir, mirarnos por dentro. 

   En esta línea, hoy el Evangelio nos coloca de frente a una cuestión fundamental: Quién es y qué significa Jesús para cada uno de nosotros? La respuesta de Pedro, que es una verdadera profesión de fe, se convierte para nosotros en el modelo a seguir:


“tú eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito…”.


   No obstante, esa profesión de fe, implica un estilo de vida que se caracteriza por la exigencia, por el camino estrecho, por la entrega y el sacrificio; es decir, por la cruz. El amor divino, al profesarlo hay que entregarlo, de lo contrario no es amor. “Lo cristiano de los cristianos es Cristo, y él en la cruz”.

 

   Como a Pedro, también a nosotros, el corazón nos puede traicionar. Queremos un Jesús amigo, confidente, compañero pero sin demasiadas exigencias. Aquel viejo adagio: “serás mi amigo siempre y cuando no pongas piedras en mi camino” nos ayuda a reflexionar. Dice el Señor: “quien no tome su cruz y me siga no es digno de mi”. Para entrar por la puerta del cielo, hay que emplearse a fondo en la causa del Señor. Para confesarlo no basta con despegar los labios y decir “sí creo”; se nos exige construir la vida con la solidez de la fe, del perdón y un testimonio vivo y eficaz. 


   Aunque la pregunta del Señor es siempre actual, el problema es que no siempre es fácil sincerarnos con Dios porque Él conoce mejor que nosotros lo que llevamos dentro y no podemos engañarlo. 

   No es fácil sincerarnos con Él porque Él es la única verdad que no admite rebajas. Y sin embargo, es la única pregunta que debiéramos hacernos cada día porque sólo Él conoce la verdad de lo que somos y sabe lo que llevamos dentro. 

   Nosotros, como Pedro, normalmente, preferimos quedarnos tranquilos, rezando y alabando a Dios. Es que confesar la fe con palabras es fácil. Pero cuando se trata no sólo de decir que somos cristianos sino de llevar la cruz como cristianos, no es tarea fácil. Si Jesús para nosotros no es más que un personaje de la historia, no hay mucho que hacer. Pero si lo confesamos como nuestro Señor, como el Pan de vida, habrá que estar dispuestos a seguirlo hasta el final y negarse a sí mismo cargando la cruz.

 

   Nos puede ocurrir algo parecido a lo que le pasó a un nadador que cruzó un inmenso río, y al llegar a la otra orilla le preguntan: “¿Son profundas las aguas?” Y él respondió: “la verdad es que no me he fijado, porque yo solamente quería nadar en la superficie y no bucear”. Pretendemos quedarnos en una relación superficial con Jesús. Se requiere que profundicemos y vivamos lo que creemos; que no rehuyamos aquellas situaciones en las que podemos demostrar si nuestra fe es oro sólido o arena que se escapa entre las manos.

 

   San Agustín dice que junto a Cristo no hay dolor y si lo hay se convierte en amor. Es decir, el amor le coloca rodachinas a la cruz. Tomar la cruz no es sinónimo de masoquismo, ni huir del mundo para refugiarnos en una dimensión desconocida. Es enfrentar la vida tal como viene, aceptar nuestra realidad histórica con sus luces y sombras, y trabajar porque impere el amor de Dios, aquel que pasa por la cruz aun sabiendo que se corre el mismo peligro que corrió Jesús.

 

   Recordemos que la cruz sostuvo el cuerpo del Señor para que no cayera en el vacío. También, en los vacíos de nuestra vida, la cruz nos sostiene elevándonos a Él. 


   “Si la cruz llevó a Cristo a la Gloria, no habrá Gloria sin pasar por la cruz” 


  Ella es la primera letra del alfabeto que, en el bautismo, Dios pronunció al inicio de nuestra vida y que nos acompañará hasta el final, en nuestro acceso al Padre, allá donde no habrá cruz, porque serán los brazos del Señor, los que remplazando la cruz, nos reciban en la eternidad. 


   La cruz resume el estilo de vida de aquel que asume con seriedad cuanto ella significa. Así la rechacemos ella regresa cada mañana, cada tarde, cada noche y cada momento con la intención de acompañarnos en el viaje a la eternidad. 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 23° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 Septiembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 9 sept. 2018 8:42 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 sept. 2018 10:12 ]

Chía, 9 de Septiembre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Abre, Señor, Nuestra Mente y Nuestro Corazón”


  Este Domingo, el profeta Isaías subraya la grandeza de Dios. 

“Este es el Dios grande y poderoso, que hace hablar a los mudos y oír a los sordos”

Y en el Evangelio, después de ver sus obras en favor de su pueblo, todos exclaman: 

"¡Y todo lo ha hecho bien!".

   Como con el sordomudo, a los pies del Señor, también a nosotros Jesús llega con signos sensibles de su poder de curación. Al sordomudo le puso los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. A nosotros se nos acerca con los gestos sensibles de su Amor redentor, nos "toca" con cada uno los sacramentos y nos habla con su palabra viva y eficaz.

   Igual que ayer, hoy también Jesús quiere entrar en contacto con nosotros. 

   Nos toca con sus sacramentos: nos lava con el agua Bautismal; nos vuelve a limpiar con su palabra de perdón en la Reconciliación y nos alimenta con la Eucaristía. 

   Así nos redime, nos salva, nos vivifica y restaura en nosotros la imagen y semejanza de Dios que deterioramos con el pecado. 

   Somos nosotros los que estamos ciegos y sordos, los que no vemos los signos, los que nos paralizamos ante las adversidades y cerramos el corazón a Dios.

   Hay sordos, ciegos y mudos de nacimiento. Los hay a consecuencia de accidentes. Los  hay porque no nos comunicamos con ellos, o porque no les dejamos hablar, y los hay porque se hacen los ciegos los sordos y los mudos porque solo quieren ver, escuchar o hablar lo que les conviene. Hoy Jesús viene a curarnos de todos nuestros males.

   Es que no hay peor ciego que el que no quiere ver a Dios, no hay peor sordo que el que no quiere escuchar la Palabra de Dios, y no hay peor mudo que el que no quiere responder a las interpelaciones de Dios sobre nuestra vida. 

   Éste es, sin duda, el peor modo de ser ciego, sordo y mudo. Si la lengua calla es porque el corazón está vacío; porque no ha experimentado ni el Amor, ni la Bondad, ni el Perdón de Dios; y sumado a esto, tanto materialismo que nos desbordan, por eso, hoy somos los nuevos sordos, ciegos y mudos.

   Tenemos que reconocer que nuestro corazón siempre tendrá heridas que sanar, y se hace necesario que la salvación que el Señor nos trajo se actualice en todos los rincones del mundo. Jesús enfrentó los males de su tiempo con su Palabra y los signos eficaces de salvación. Hay que abrir los ojos, los oídos y la boca, pero sobre todo el corazón porque Él nos sigue hablando pero quizá preferimos estar sordos; Él espera nuestra respuesta, pero preferimos estar mudos; nos muestra las maravillas de su amor pero preferimos estar ciegos.

    Ante tantos males, nos encerramos en nosotros mismos, ahogándonos en el silencio y el sin sentido. Hoy el Señor nos repite «Ábrete», pero tenemos que empezar por reconocer primero nuestra enfermedad. 

   Él quiere que vivamos una vida sana, que salgamos de nuestro aislamiento y descubramos lo que es vivir escuchándolo a Él y a los demás. 

   No tengamos miedo de abrirnos a Él, a su palabra y a su acción salvífica. No pongamos trabas, y dejemos que su poder curativo actué en nosotros. Él viene a salvar a los afligidos, a los duros de corazón, a los que no escuchan porque no quieren oír, a los que no saben hablar o hablan con necedad porque no saben escuchar. Su fuerza sanadora siempre será una oferta para todos.

   El hombre del Evangelio no era completamente mudo. 

   El evangelista dice que apenas podía hablar. Es imposible hablar bien cuando no se escucha. 

   Quien no escucha está mudo también en la fe. 

   Abriéndonos a Dios, todos quedaremos curados. Si vivimos sordos a su llamada, ciegos a su amor, indiferentes, encerrados en nosotros mismos y levantando barreras, entonces no tendremos ninguna palabra que decir, ni ninguna Buena Noticia que anunciar. 

   Escuchemos la voz del Señor que hoy nos dice «Ábrete», y pidámosle que la fuerza de su voz abra nuestros oídos, nuestros ojos y nuestra boca para ser instrumentos vivos de su presencia entre nosotros. 

   Que por nuestro testimonio, quienes estén alejados, puedan abrir sus oídos a la voz del Señor. Que sean capaces de percibir su presencia cotidiana; que puedan proclamar, agradecidos, por las maravillas que realiza en nuestra vida, y que su Palabra fluya entre nosotros. 

  Acerquémonos al Señor, levantemos la mente y el corazón para descubrir su presencia en cuantos nos rodean. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 22° Domingo del Tiempo Ordinario, 2 Septiembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 31 ago. 2018 16:41 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 ago. 2018 17:22 ]

Chía, 2 de Septiembre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

¡Dios Mira el Corazón, Nosotros las Apariencias!


   En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda que lo esencial, en nuestra relación con Él, es el Amor, y no la ley, de ahí el reproche: “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí”. No es lo que dicte la ley o digan los labios, sino lo que está impreso en el recinto sagrado de nuestro corazón: 

La Nueva Ley del Amor.

   Jesús exige colocar en el centro de todo a Dios. Todo lo que distorsione esa voluntad, e impida llegar hasta el Amor de Dios, será un estorbo. La ley suprema de Dios, es el Amor. El conjunto de normas que indicaban cómo llegar hasta el Amor de Dios se había convertido en objeto de adoración y centro de toda reverencia, hasta el punto de que, ellas y sólo ellas, eran causa de salvación o de condenación. Jesús no es enemigo de las leyes, pero las coloca en su lugar. Más que estorbos en el camino, o herramientas para mandar o para estar por encima de los demás, ellas están al servicio del hombre. Son como caminos que ayudan a la pureza del corazón.

   Con tantos preceptos, quizá, le atribuimos a Dios lo que en realidad son caprichos y normas nuestras. A cuántos padres de familia les preocupa encasillar a sus hijos en una serie de normas, más que hacerlos sólidos en sus valores?. 

   Quizá les parece más importante la higiene corporal que la formación del alma y del corazón con valores que perduren. Acaso tiene sentido el aseo meticuloso del cuerpo, cuando el corazón está repleto de  pecado? Hay manzanas que brillan por fuera, se ven apetitosas y jugosas, pero al abrirlas están dañadas por dentro. 

¿Qué pasaría si dedicásemos tiempo y atención para sanar el corazón humano, así como dedicamos tiempo para cuidar lo físico?

   Acaso, el ser humano, por más leyes que tenga, deja de ser infiel, codicioso, envidioso, orgulloso, injusto o ladrón? La multiplicación de leyes, además de entorpecer y obstaculizar el esplendor de la ley del Amor, puede ocultar la verdadera voluntad de Dios. Él ve lo que hay en nuestro corazón, sabe de qué estamos hechos por Él y para Él. Solo Dios y su divino hijo pueden cambiar y llenar nuestro corazón. ¿No estaremos cambiando la gran ley del Amor de Dios por las “tradiciones humanas?” Quizá por esto mismo ¿no seremos también nosotros un “pueblo que honramos a Dios con los labios, pero nuestro corazón está lejos de Él?”.

   Corremos el riesgo, -como los fariseos-, de quedarnos en acciones externas olvidando la convicción interior y el compromiso personal con el Señor. Uno puede ir a Misa para encontrarse de corazón con Dios, o simplemente por salir del paso. Lo mismo pasa con la oración, los actos de piedad y las obras de caridad. 

   No es suficiente alabar a Dios con los labios, hay que hacerlo de palabra y de obra. Si nuestros gestos exteriores no están sustentados por un espíritu sincero, solo son trampas que anestesian nuestra conciencia y nos impiden un compromiso real con Dios y con los hermanos. 

   Esta sociedad aficionada por el cuidado de la imagen externa, obsesionada por alcanzar la eterna juventud y temerosa del envejecimiento, puede perder de vista la importancia de la dimensión interna de su ser, y donde yace el depósito de la verdadera dignidad, valor y talante de la persona humana. Cabe recordar que el Señor Jesús enfatiza su propuesta innovadora: es más importante cuidar lo que pasa en el interior que en el exterior. 

  Habrá, entonces, que renovar nuestro interior, porque es ahí donde permanecen grabadas las huellas del Creador que nos identifica como hijos y propiedad suya. Ir hacia dentro de nosotros mimos es una tarea que nunca termina, pero que permite encontrar la dirección correcta de nuestra vida. Solo un corazón purificado por la presencia y la Gracia de Dios generará palabras y obras que llevan el sello de Dios. 

   Jesús nos enseña a ser coherentes y a cuidar la espiritualidad en nuestro interior. El centro de todo es Dios; y todo aquello que distorsiona e impide llegar hasta su Amor, no sirve de nada. 

   Debemos, entonces, estar vigilantes para mantener limpio el corazón mediante la oración, la escucha de la Palabra, la participación en los sacramentos, el compartir nuestra fe en comunidad. De esta manera podremos, como dice el salmo, habitar la casa del Señor, habitar en su Amor, que es el único que nos puede hacer plenamente felices.

   Dejemos que el Señor mire nuestro interior para aprender a mirarnos con los ojos de Dios, y tratemos de mirar a los demás con los rayos de su Luz Divina. 

   Que María nuestra Madre proteja nuestro corazón de todo aquello que nos aleja de su Divino Hijo. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, La Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


Saludo 21° Domingo del Tiempo Ordinario, 26 Agosto 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 25 ago. 2018 11:35 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 ago. 2018 14:00 ]

Chía, 26 de Agosto de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Tú Tienes Palabras de Vida Eterna”

 

 En el Evangelio de este Domingo, también Jesús nos pregunta si “¿estamos dispuestos a beber el cáliz que Él va a beber?”. Es una invitación a aceptarlo como “el pan de vida”. O se acepta o no se acepta. 

   Comulgar con Jesús exige radicalidad porque Él no suaviza el Evangelio para que lo sigan, ni ofrece rebajas ni promociones para seguirlo con comodidad; tampoco suavizó las exigencias que conllevan sus palabras. 

   Al contrario, les preguntó: “También ustedes quieren dejarme? Quizá la rutina ha hecho que nos “acostumbremos” a la Eucaristía comulgando simplemente por costumbre y olvidamos que comulgar con Él es identificarse con su vida y con su destino.

   Lejos de ser una ideología, Jesús es una decisión; es la persona con la que estoy o no estoy conectado. Esto lo entendió muy bien Simón Pedro, uno de los que eligió quedarse con Él, y que coloca hoy en nuestros labios la respuesta de la fe que él dio ante el reto de seguir al Señor: ¿Señor, a quién iremos? ¡Sólo tú tienes palabras de vida eterna!. 

 “¿También vosotros queréis marcharos?” Para ser cristianos en la lógica del Señor, necesitamos sentir que él nos coloca entre la espada y la pared; que nos pone ante opciones radicales, en cuanto definitiva es la salvación que nos está ofreciendo. La fe que hemos recibido desde el bautismo, tiene momentos en los que es preciso optar radicalmente por él y prescindir de todo estorbo. Se es cristiano cuando uno se define y asume el reto de imitarlo. No basta decir “estas palabras son duras”, “estas exigencias son duras”.  

   La propuesta de Cristo puede que suene dura ya que implica ceder a los criterios de    una dicha solo temporal, para entrar de lleno en la novedad y estilo de vida diferente que ofrece el Hijo de Dios. Elegir al Señor supone encauzarnos por las sendas de las “obras del Espíritu” y dejar de lado las “obras de la carne y de la sangre”. ¿Por qué Pedro decidió quedarse con Jesús a pesar de que no lo entendió del todo? Porque encontró en él un sabor de eternidad.

   En este mundo tan cambiante todo se desmorona. Tendremos que aferrarnos de algo consistente, que no pase, que nos asegure realidades eternas, es decir, al Señor Jesús. 

   Y fue al mismo Señor a quien Pedro tuvo la fortuna de encontrar, por ello proclamó con absoluta certeza: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. 

   En los momentos más difíciles de nuestra vida, necesitaremos llenarnos del valor y decisión que tuvo Pedro. 

   Caminar como discípulos de Jesús puede ser un camino con dudas y contradicciones, donde más de una vez podemos tener la tentación de volver atrás, a lo que el Señor nos advertirá: “el que coge el arado y mira hacia atrás, no es digno de mí”. Entonces será necesario mirar –como lo hizo Pedro- con ojos de fe, para descubrir en Jesús como al único que debemos servir; como también proclamó Josué, en la primera lectura, refiriéndose al Dios de Israel: "Yo y mi familia serviremos únicamente al Señor". 

 

   Fiarse en el Señor es comprender que no existen los grandes inconvenientes, sino el combate de la fe por lo únicamente esencial y necesario. Y Jesús nos adiestra y nos anima en esa lucha contra el mal y a favor del bien. No obstante, hoy son demasiados y, -quizá también nosotros- quienes estemos dándole la espalda a Cristo porque no somos capaces de adherirnos a sus propuestas. 

   La propuesta es clara y hoy más que nunca toma vigencia: O seguimos al Señor, o no lo seguimos. Aunque en la vida tengamos momentos en que nos planteamos preguntas como las del evangelio y nos parezca muy duro el modo de hablar, de pensar y de actuar de Jesús, tengamos la certeza que solo el humilde que afirma su fe en el Señor, será capaz de reconocer que Él es la Palabra última y definitiva a quien debemos aferrarnos. No es lo mismo admirar a Jesús, que creer en Él. La fe es don de Dios, pero al mismo tiempo es una respuesta y un asentimiento total, y que movidos por su Gracia, nos compromete con Él de una manera total.

Reflexionemos

Me llamas Señor y no me obedeces. 

Me llamas Luz y no me ves. 

Me llamas Camino y no lo andas. 

Me llamas Vida y no me deseas. 

Me llamas Sabio y no me sigues. 

Me llamas Rico y no me pides. 

Me llamas Misericordioso y no te fías. 

Me llamas Noble y no me sirves. 

Me llamas Poderoso y no me honras. 

Me llamas Justo y no me temes. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Solemnidad de La Asunción de la Virgen María, 19 de Agosto 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 19 ago. 2018 8:35 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 19 ago. 2018 8:44 ]

Chía, 19 de Agosto de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Fiesta Patronal Diócesis de Zipaquirá”

   Nuestra Diócesis de Zipaquirá, celebra la Asunción de la Santísima Virgen María, nuestra patrona y Madre, la humilde esclava del Señor; la mujer vestida de sol, la primera mujer que ha entrado en el cielo; aquella que ha sido coronada con las doce estrellas por ser el símbolo del nuevo pueblo de Dios; la que llevó en su seno al Mesías y la primera que experimentó los frutos de la redención total.

"Convenía que aquella que había sido conservada intacta en su virginidad, conservara intacto su cuerpo de la muerte. Convenía que aquella que había llevado en su seno al creador del universo como un niño, tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que aquella que vio morir a su Hijo en la cruz lo viera ahora sentado en su gloria. Convenía que la madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por todas las criaturas como Madre de Dios".

   El arca viviente, que es María, habiendo dejado su casa de Nazaret se pone en viaje para llegar cuanto antes a casa de Zacarías y de Isabel. Lo hace “con prontitud” porque las únicas cosas que merecen urgencia son las de Dios, y él es lo más urgente e indispensable de nuestra vida. Como nueva arca de la alianza, María entra llevando en su seno al hijo, que es Dios mismo hecho hombre. Zacarías, Isabel y el pequeño Juan Bautista, son el símbolo de todos los justos de Israel, cuyos corazones, colmados de esperanza, esperan la venida del Mesías Salvador. Y es el Espíritu Santo el que le abre los ojos a Isabel para hacerle reconocer en María la verdadera arca de la alianza, que contiene en su ser el nuevo pacto que Dios hace con nosotros: Jesucristo su único Hijo, y así, la anciana Isabel la acoge. Dios quiso buscar una casa para venir en persona a vivir con nosotros y escogió el vientre de la Virgen María y el hogar de Nazaret. 

   Mirando a la María, elevada al cielo comprendemos mejor que nuestra vida de cada día, aunque marcada por pruebas y dificultades, corre como un río hacia el océano divino, hacia la plenitud de la alegría y de la paz. 


   Comprendemos que nuestro morir no es el final, sino el ingreso en la vida que no conoce la muerte.


   Nuestro ocaso en el horizonte de este mundo es un resurgir a la aurora del mundo nuevo, del día eterno, porque tenemos la certeza de que nuestro camino no está equivocado. 


   Con María caminamos seguros hacia nuestra esperanza de hacer posible el amor de Dios hacia sus hijos.

    De ahí que esta fiesta de la Asunción de María, podríamos llamarla también, la “Pascua de María”, porque su cuerpo ha sido glorificado, compartiendo la glorificación del cuerpo glorioso de su hijo Resucitado. Es un día para recordar que también Dios se ha fijado en nosotros y nos ha mirado con cariño e ilusión. Es un día para unirnos al cántico, al gozo y a la alegría de la Madre y, como ella, entonar un himno de alabanza porque el Poderoso sigue haciendo obras grandes en nosotros”.

   La Asunción de María a los cielos, nos habla del triunfo de la vida y de los humildes de corazón que confían en Dios. Cuando pensamos en la asunción de la virgen María a los cielos en cuerpo y alma, se nos olvida que ella recorrió ese camino de desierto, un desierto que le llevó hasta los pies de la cruz. 

   Como es la primera en estar a los pies de la cruz, también es la primera en recibir la gracia que emana de la resurrección de Cristo; y como Madre de Jesús, recorrió con él el camino hasta ser “asumida” por Dios en su gloria, privilegio que sólo María gozó como ser humano. 

  Esta solemnidad es una invitación a recorrer el camino de María, que es el camino de la Iglesia. 


   María es puesta sobre el pódium de la fe. Es ceñida con aquella medalla que, lejos de brillar en oro y plata, resplandece adornada por las estrellas que la hicieron grande en la tierra: ¡Miremos hacia el cielo! Tal vez, si lo hacemos con los ojos de la Fe, veremos que María marca un sendero entre el cielo y la tierra por el que todos estamos llamados a subir y contemplar lo que ella misma hoy nos descubre: ¡La Gloria del mismo Dios! 

   El primer gesto de María después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador, fue ponerse en camino y marchar aprisa hacia quien la necesitó. A ejemplo de ella, acudamos junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia. Que esta solemnidad nos haga levantar nuestra mirada al cielo en donde está nuestra meta, ya preludiada por la Asunción de María virgen. Que nos alimente la interioridad, nos haga volver al corazón, a la meditación y a la oración. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 19° Domingo del Tiempo Ordinario, 12 Agosto 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 10 ago. 2018 16:29 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 ago. 2018 17:10 ]

Chía, 12 de Agosto de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Tú eres, Señor, el Pan de Vida”

   La Palabra del Señor en este Domingo, le ofrece a nuestro corazón el alimento que perdura. 

  Belén, en hebrero significa “Casa del pan”. Desde que nace, el niño Dios ya es el Pan de Dios. El Pan de Vida llega a la tierra en un niño, como uno de los nuestros, pequeño, débil y sin hacerse notar. 


   Viene del seno del Padre y se convierte en el alimento verdadero para la humanidad que tiene hambre de Dios, de pan, de sentido, de plenitud. Des afortunadamente, esa pequeña cuna donde viene el Pan de Vida, no la reconocen aquellos que esperan plenitud en el brillo de lo fugaz y en la superficialidad de lo que no tiene raíz ni fundamento.

   Los judíos murmuraban porque Jesús les había cambiado el menú. Jesús, el hombre de Nazaret, el hijo de José y de María, uno más del pueblo, se les presenta como “el pan bajado del cielo”. Si aceptarlo como el pan, era difícil, lo de bajado del cielo les crea más confusión y más irritación. Semejante atrevimiento los desconcierta, porque para los judíos de entonces, la ley de Moisés y la Escritura, era y es pan que alimenta, da vida y revela a Dios. Entonces, no necesitaban que ningún hombre les ofreciera otro pan.

  Con las palabras «Yo soy el Pan vivo bajado del cielo» Jesús vuelve a repetirnos que el verdadero alimento viene de lo Alto. El Pan vivo que ha bajado del cielo y la luz que viene de lo alto son capaces de saciar e iluminar lo que no alimenta ni ilumina ningún pan y  ninguna lámpara humana. 


   Jesús es el Pan bajado del cielo para nutrir y alimentar el corazón del hombre, y solo él quita el hambre y la sed de eternidad. Lo demás, aunque sea útil, siempre será secundario. Si el pan en la mesa es alimento e indica reunión y familiaridad, el pan del cielo además de dar todo lo anterior, nutre para siempre, reúne en comunidad y anticipa la plenitud que alcanzaremos en la vida eterna.

 

   Solemos caminar a la luz de valores que dirigen nuestras acciones. Hoy se nos propone otra luz, otros valores para iluminar el camino. Solemos alimentarnos de las satisfacciones que encontramos en lo que llamamos éxitos, personales, económicos, sociales. Solemos tener sed de poseer, de gastar, de comprar, de prosperar, de tener más y más. Hay otro tipo de realidades en la lógica de Dios. "Dichosos los que viven los valores del Reino, porque ya nunca tendrán sed de los valores de la tierra".


    Muchos católicos han dejado de alimentarse del pan de la Palabra y del pan de vida, quizá, para ahorrar tiempo y dedicarse a otras tareas, olvidando que Dios, lo creamos o no, nos da algo más grande e importante: “El que cree en mí, tiene vida eterna”

   Es decir, el que cree en Jesús, pan de vida, vivirá cada día de su vida con alegría y el mañana lo vivirá en la casa de la eterna alegría. Jesús es el referente que marca nuestra vida y orienta nuestros pasos. Es la luz de nuestro cansancio, la esperanza en el desánimo, la ilusión de nuestro corazón, la paciencia de nuestra impaciencia y la calma de nuestras prisas.

    Adicionalmente, el evangelio nos trae otro elemento que no podemos descuidar. Nos advierte de no criticar, porque la crítica negativa evidencia la actitud más pobre y superficial de un corazón. “No critiquéis”. En lugar de criticar, siempre será mejor escuchar primero al Padre. Aunque no lo hayamos visto, creámosle a quien sí le ha visto. Ya es hora de olvidar el pan del desierto y abrir el apetito al “nuevo pan” del cielo. Ya es hora de comer el pan que nos da la vida eterna. 

  Si una comida se disfruta entre más se tenga hambre, con mucha mayor razón, entre más tengamos hambre de Dios, mejor saborearemos la Eucaristía. La Eucaristía entraña un nuevo estilo de vida, y exige una respuesta de fe. 

   Nos hace “pan partido para los demás”, nos impulsa a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Entraña una respuesta de fe, un compromiso en favor de los pobres. Que el Señor, Pan de Vida, haga de nosotros también panes que siembran vida, que quitan el hambre de los más necesitados, y unen los corazones sedientos de Dios. 

   En este mundo que ofrece todo como desechable y artificial, es urgente preguntarnos por el verdadero alimento. ¿De dónde vamos a sacar fuerzas para vivir una vida con los criterios de Dios? La respuesta viene de la unión con Dios, de la vida interior, de la oración, de la eucaristía y de la comunidad que como creyentes dejamos actuar a Dios en nosotros. Tratemos de recuperar a Dios para recuperar la vida verdadera, la paz del alma y el equilibrio interior. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 18° Domingo del Tiempo Ordinario, 5 Agosto 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 3 ago. 2018 16:39 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 3 ago. 2018 17:07 ]

Chía, 5 de Agosto de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Eucaristía, Alimento de Eternidad”


   En el Evangelio de este Domingo, nos unimos a la muchedumbre que necesita y busca a Jesús. Aunque no saben exactamente por qué o para qué lo buscan, hay algo en Él que los atrae. 

   San Juan da la respuesta: porque los había saciado de pan. A Jesús le duele que lo busquen solo por “el milagro externo y el alimento material”


   Y aunque Él mismo les ha enseñado a pedir a Dios «el pan de cada día», hay algo más. Él quiere ofrecerles un alimento que puede saciar para siempre el hambre de vida, no solo la física. Una cosa es tener lleno el estómago y otra muy distinta, sentir saciada el alma. 


   La muchedumbre lo busca “hoy” por el pan que comieron “ayer”; en cambio, Él les ofrece otra clase de pan sin fecha de caducidad y les muestra un camino superior. 

   No es el pan material el que les va a sacar de la situación de indigencia, de caminar y caminar buscando alimento; sino aquel pan, -que es Jesús-, es el que les dará la verdadera vida. El pan material se puede comprar y negociar, pero el pan de los valores y de lo espiritual, no se puede comprar ni negociar porque viene de lo alto. 

   Jesús, es el verdadero pan que baja del cielo, el único que remedia todas las hambres de la humanidad y la sed de una felicidad que solo Él la puede calmar. Jesús les habla claro: trabajar para ganarse el alimento, pero no solo el que se acaba, sino el que perdura para la vida definitiva. El reproche de Jesús es que han limitado su horizonte al alimento que se acaba.    

   Quizá nos interesa un Dios que nos ayude con las cosas materiales, pero no el Dios de la vida que nutre de eternidad. Le pedimos algo y si no lo conseguimos entramos ya en crisis de fe. Poner todas las fuerzas en lo perecedero desgasta al ser humano, pues nunca nos damos por satisfechos y siempre queremos más. El hombre es más que estómago o necesidades físicas. El hombre necesita del alimento que nutra el alma. 

   Las cosas de este mundo, siempre nuevas y abundantes, nunca podrán ser suficientes para saciarnos. Quizá nos entretienen y alimentan el cuerpo pero no llenan el alma. Su poder es tan transitorio como nuestra vida. Alimentar el cuerpo es fácil pero llenar el alma y el espíritu, sólo Dios puede hacerlo. Será necesario purificar nuestra imagen de Dios y recuperar en nosotros al Dios que habita el alma y la llena de la plenitud que no da el mundo. 


   El trabajo de los hombres puede que sea comer y dar de comer a los demás, pero conseguir el verdadero alimento, solo se logra comulgando con aquel que lo proporciona y de quien todo viene. "Una buena comida tiene que comenzar siempre con hambre”. Hay que ir, entonces, con hambre a la casa de Dios para saciarnos de la Eucaristía, presencia del Señor. Sólo Dios puede satisfacer la sed y el hambre espiritual del hombre. La comunión con Él da, fortalece el espíritu, da vigor a la mente, energías al corazón y fuerza a la voluntad.

 

   Jesús invoca a su Padre, no para que lo provea de pan material, sino para que le ayude a saciar “el hambre más profunda que llevamos dentro”. Dicho de otra manera; Dios, más que útil, es absolutamente necesario. 


   Y el seguimiento de Jesús exige fe y fidelidad para acogerlo como el don esplendoroso del Padre que da la verdadera vida: 

«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre» (Jn 6,35). 


   Esa es la verdadera revelación de Jesús como alimento de eternidad.

 

   Olvidamos con facilidad que el abastecimiento conduce a una especie de adormecimiento general. Un Dios a la medida de nuestras necesidades puede resultarnos muy necesario en un momento dado, pero nunca será el Dios verdadero, aquel que tiene otra medida, la medida de lo definitivo, de lo esencial y de lo eterno. Para descubrir al Dios que sacia de eternidad, hay que ver más allá de lo cotidianamente útil; se requiere llegar al corazón y reconocer que el fondo de nuestro ser está naturalmente necesitado de una fuerza y un alimento tan original, porque: no sólo de pan material vive el hombre… (Mateo 4,4).

   Cada vez que nos reunimos a celebrar la Eucaristía, a partir el pan, lo hacemos para llenarnos del Espíritu de Jesús y recuperar fuerzas para la marcha hacia la eternidad. En la Eucaristía celebramos ya, como un anticipo, esa gran fraternidad de todos, como hijos de Dios. Pero no podemos dar por supuesto lo que aún esperamos.

   La Eucaristía es el Pan Divino que alimenta nuestra fe, anticipa nuestra esperanza y preludia el banquete celestial. Aquel hermoso himno lo describe: “No podemos caminar con hambre bajo el sol, danos siempre el mismo Pan: tu cuerpo y sangre, Señor. 

   Comamos todos de este Pan, el Pan de la unidad. En un cuerpo nos unió el Señor, por medio del amor. Señor, yo tengo sed de Ti, sediento estoy de Dios, pero pronto llegaré a ver, el rostro del Señor”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 17° Domingo del Tiempo Ordinario, 29 Julio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 28 jul. 2018 13:41 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 28 jul. 2018 14:39 ]

Chía, 29 de Julio de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Señor, sé Tú Nuestro Alimento”


  El Evangelio de hoy nos presenta el maravilloso milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Como comprar no siempre es la solución, se requiere de algo más. Se necesita “levantar los ojos y ver a la gente que sufre” y que pasa necesidades. Se necesita sentirse implicado en el pan que hay en nuestra mesa y darnos cuenta que no todo se soluciona con “despedir a la gente para que cada uno se las arregle”. Se necesita tomar nuestro pan, tocar nuestras entrañas, dar gracias a Dios y aprender a repartirlo para que otros coman.

   Jesús nos enseña a ver con el corazón y a sentir el hambre de los demás en nuestros propios estómagos. “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces”. No se trata de mirar cuánto pan hay en la panadería, porque muchos no tiene con qué comprarlo. De lo que se trata es ver cuánto pan tenemos nosotros. El gran problema que tenemos del mundo de hoy, no es la falta de pan, o de alimentos, sino la falta de amor y generosidad para compartir de los mismos bienes que Dios nos ha dado. 

   La verdadera solución comenzará por tomar en las manos lo que tenemos, saber agradecer a Dios los bienes que nos ha dado y reconocer que el pan es un regalo de Dios; que Él es el propietario y que ha de ser para todos. Detrás del pan, entonces, está la solidaridad y la generosidad.

   Dios, para saciar a la multitud, recibe la ayuda de un muchacho que tiene cinco panes y dos peces. También, hoy, Cristo necesita también de nosotros. La fe se fortalece dándola. Lo mismo sucede con los bienes materiales y con aquellos del alma, que se multiplican en la medida en que los compartimos. «Si nos quedamos con nuestros cinco panes y nuestros dos peces, el mundo seguirá con hambre. Pero si los entregamos a Dios, el realizará el milagro».

   El secreto de la generosidad no está en la abundancia sino en la bondad y la buena voluntad del corazón. Aun teniendo poco, puesto en las manos del Señor se multiplica en abundancia. La felicidad no reside tanto en el tener cuanto en el compartir. Cuando se ofrece, el corazón vibra, se oxigena, se rejuvenece. ¿Sirve, al final de la vida, un gran patrimonio que no ha estado abierto al servicio de alguien o de una buena causa? 

   Todos, cada día, debiéramos mirar nuestras manos para percatarnos si hemos realizado una buena obra. Cada día es una oportunidad que Dios nos da para multiplicarnos, desgastarnos y brindarnos generosamente por los demás. 

   Al fin y al cabo, en el atardecer de la vida, en el cielo, seremos examinados en el amor, y las manos que supieron estar siempre abiertas, serán estrechadas por las manos del Buen Pastor.

   Para un cristiano es indispensable saber multiplicar, y Jesús nos dijo que Él había venido a traernos vida, y en abundancia. 

   Esto implica multiplicar a diario dones y frutos del Espíritu, obras de misericordia y caridad. Con un signo amplio, generoso, que no exige compensación, Jesús nos enseña a multiplicar para compartir. 

Hemos de multiplicar el pan, -según cada oficio o profesión-, con igual corazón y con la certeza de que el Señor respalda nuestro esfuerzo. El Señor une el Pan de su palabra, con el pan corporal, porque la palabra y el pan intercambian sus significados: la palabra de Dios es alimento, y el pan que repartimos es palabra que habla del amor de Dios.

   Recordemos que de Dios procede todo don, y lo poco que tenemos o lo poco que somos, se vuelve riqueza, porque el poder del Dios amor, viene en ayuda de nuestra pobreza para transformarla en don infinito y abundancia eterna cuando se multiplica en favor de los demás. 

   Si nos alimentamos de Dios, es decir, de eternidad, podremos alimentar a muchos con el pan de su amor. Recordemos que antes de multiplicar el pan, Jesús comenzó por agrandar en generosidad el corazón de aquel muchacho. Abramos, entonces, el corazón a Dios, partámoslo y multipliquémoslo. Esa sería la primera y más bella conversión que haría de nosotros “milagros de amor para los demás”. 
   A través de nuestra generosidad, Dios continuará “dándole a las multitudes algo de comer”. Ante el hambre de tanta gente, nos reclama la compasión con ellos y nos exige, “Dadle vosotros de comer”. A Dios le basta solo un poquito, lo pobre, lo humilde. Él se encarga del resto. Tendámosle la mano al necesitado para que, al final de nuestra vida, Dios nos tienda la suya y ojalá nos diga: Venid benditos de mi Padre, heredad el Reino eterno, porque tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25, 35). 
   El milagro de aquella tarde junto al lago, se sigue repitiendo en cada Eucaristía. En ella, el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio y del amor compartido. 

   Adoremos su presencia en la sencillez del pan y del vino, alimento de eternidad, y reconozcámoslo en los que sufren y pasan necesidad. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 16° Domingo del Tiempo Ordinario, 22 Julio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 20 jul. 2018 7:53 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 jul. 2018 8:26 ]

Chía, 22 de Julio de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Señor, Sé Tú Nuestro Descanso”


   
La mirada de Jesús nos descubre la necesidad más profunda de tantas gentes que "andan como ovejas sin pastor"

   Si la enseñanza de los maestros y letrados de la ley no les alimentó el alma, Jesús, movido por su compasión, "se pone a enseñarles con calma” y, conmovido por la necesidad que tienen de un pastor, pacientemente les enseña la buena noticia del reino. 

   ¡Qué gesto tan hermoso y tan humano de parte de Jesús hacia sus apóstoles! Bastante trabajo debían tener los doce para que el Señor, como buen amigo y compañero, se preocupara que no les faltara un merecido descanso. Pero hay algo más urgente que el merecido descanso. 

   El anuncio de la buena nueva será el mejor alimento y descanso del alma: “Al desembarcar, vio una gran multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor y enseguida se puso a enseñarles con calma”. Esto revela el corazón de Jesús, su gran bondad de pastor, la ternura del Padre y la delicadeza del amigo que hace suyo propio el agobio y el cansancio de sus discípulos. 

   Para Jesús, las necesidades de los demás terminan siendo más importantes que los de uno mismo. Incluso, están por encima de nuestros derechos a descansar, y por encima de nuestras comodidades. 

   Todo, porque las necesidades de los otros “encienden nuestras entrañas”, y “conmueven nuestro corazón”. La lección que el Evangelio de hoy nos ofrece, es, entonces, saber cambiar nuestros planes cuando los demás nos necesitan. 

   Saber renunciar a nuestros proyectos cuando los otros nos requieren; saber renunciar a nuestros intereses cuando urgen los intereses de los otros, y saber regalar nuestro tiempo cuando otros lo necesitan. 

   Así como “trabajar” expresa la vitalidad de nuestra condición humana, “descansar” expresa el amor y cuidado que tenemos con nosotros mismos. El mismo Jesús pasó por esta experiencia: “Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer” Jesús les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Sólo se puede escuchar con calma a los demás cuando hay calma dentro de uno mismo. Cuando nuestro corazón está dominado por las prisas, no es fácil escuchar con calma a los demás. Tendremos que aprender a mirar a los demás con la miraba Jesús: captando el sufrimiento, la soledad, y el abandono que sufren muchas personas. Desde esa mirada Jesús descubre la necesidad más profunda de aquellas gentes: "andan como ovejas sin pastor". 

   Descansar no significa pasar el tiempo sin hacer nada, o haciendo cosas sin ningún provecho. Tampoco se trata de tomar vacaciones de Dios. Descansar es ocuparse de otras actividades útiles para nosotros y nuestro prójimo. 

   Es ocuparse en aquellas actividades que, dedicándolas a Dios, dan alimento al alma cansada. Estar con el Señor haciéndolo todo en su santo nombre, y ocupados en la cosas del Señor, ese será el mejor descanso. Al terminar las tareas de todos los días, y después de habernos empeñado en cumplirlas como Dios nos manda, terminamos rendidos. La invitación a descansar es, entonces, a entrar en relación con el Señor quien nos permite recuperar la paz y a alimentar su crecimiento en nosotros. 

   Quien no está consigo mismo, difícilmente sabrá estar con los demás. Quien no tiene tiempo para sí mismo, el tiempo que dedica a los otros será vacío. Quien no tiene tiempo para escucharse a sí mismo, solo escuchará el mundanal ruido. El Señor nos propone dedicarnos tiempo para estar con Él, y así aprender a estar con los demás. Aprender a dejar lo superfluo para tener la capacidad de escuchar lo esencial, para sentirnos a nosotros mismos, y en el silencio interior, entrar en comunión con los demás y con Dios. 

   Por los afanes de cada día, no tenemos tiempo ni para Dios ni para los demás. Es lo que nos falta hoy. Los esposos no tienen tiempo para estar juntos. Los padres no tienen tiempo para estar tranquilos y sin prisas con los hijos.

   Los hijos no tienen tiempo para visitar y abrazar a sus padres y abuelos con tranquilidad. Y con tantos aparatos en los oídos, no tenemos tiempo ni para escucharnos a nosotros mismos. 

   Hoy como ayer el Señor nos ve ir de aquí para allá buscando dónde descansar de tanta fatiga. Ante el Santísimo, y en la Eucaristía, el Señor nos espera para descansar un poco, para escucharlo y ser renovados con su paz, su fuerza, su presencia y su sabiduría. 

   Que el Señor sea la razón fundamental de nuestro ser y de nuestro vivir. Que nos sintamos fortalecidos y acompañados por un Señor que siempre nos precede en el camino de nuestra vida. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 15° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 Julio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 13 jul. 2018 8:52 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 jul. 2018 9:51 ]

Chía, 15 de Julio de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Bien Preparados y Ligeros de Equipaje”

   El Evangelio de hoy nos abre a los horizontes de la buena nueva del Señor. Con máxima preparación, pero con un mínimo equipaje, el éxito está asegurado. La misión que los discípulos realizan comienza luego de una cuidadosa etapa de formación. Primero han escuchado el llamado personal que los convoca a convertirse en “pescadores de hombres”, luego han aprendido el estilo directo, sencillo y sapiencial de la predicación de Jesús. Han afrontado la respuesta del pueblo sencillo y también la desaprobación de letrados y fariseos. No obstante, la semilla que Jesús ha plantado en ellos con el “ven y sígueme”, fructifica ahora con el “envió”. Ahora tienen el encargo de multiplicar su acción.

   En este Evangelio, causa cierta perplejidad el contraste entre la intensa preparación para la misión y el escaso equipaje que se ha de llevar. A los discípulos les basta ir con Jesús. Él lo es todo. Un equipaje sencillo supone unos reducidos costos de viaje y una gran disponibilidad para acudir al llamado de la gente. También destaca el talante de la misión cristiana, más preocupada por la actitud del evangelizador que por indumentarias innecesarias. Yendo con Cristo, van revestidos de lo esencial. Ojalá confiemos cada vez más en la fuerza del Evangelio, sin necesidad de recurrir a complicados estilos de vida que en realidad nos alejan del Señor.

   Jesús envía a los Doce con lo imprescindible, es decir, ligeros de equipaje. Su equipaje es la buena nueva y se convierten en sus instrumentos. Una buena noticia que vale por sí misma, que no necesita de infraestructuras para expandirse, ni de complicados argumentos para anunciarla.

   Es un estilo de vida casi a la intemperie, aunque abierta a la hospitalidad y acogida, como regalos en medio del camino. Así también ha de ser la vida del seguidor de Jesús: más confiada en la certeza de su presencia cercana, que en nuestros propios medios, seguridades y habilidades. 

   Un estilo de vida compartida con otros, de dos en dos, porque la comunidad es el primer testimonio de la presencia de Dios. Un estilo de vida sin el peso de tantas cosas “de repuesto” que impiden la fácil movilidad para seguir anunciando el Evangelio.

    Jesús, a sus discípulos, no sólo los manda sin nada, sino que son “nada” a los ojos del mundo. La razón, es que Cristo es quien va con ellos, “y él es su todo”, y con el poder de su gracia, es él quien actúa y hace sus obras como quiere. Así actúa Dios en nuestras vidas para que no pensemos que somos nosotros los que conseguimos el triunfo, o salvamos a los demás. Es el poder del Señor. Pero con Cristo todo lo podemos, como afirmaba Pablo Lo único que importa es que sepamos confiar totalmente en Dios y no en nuestros propios medios porque así residirá en nosotros la fuerza de Cristo.

   Y Jesús indica la actitud para comenzar este camino: “confianza” en Dios, desprendimiento de las cosas, apertura de corazón y de mente para la misión. 

   Podemos quedarnos haciendo planes, detallando las necesidades de nuestro viaje, revisando una y otra vez nuestro equipaje, pero nunca llegaríamos a ponernos en camino. Sólo quien se fía realmente de Dios, quien acepta el reto de su llamada y su envío, quien reconoce la urgencia de erradicar el mal del mundo y de construir una sociedad mejor para todos será capaz de saborear a fondo el Evangelio.

   A los enviados se les caracteriza por ser seres “nuevos y libres”. La “confianza” en el Señor requiere llevar sólo bastón, túnica y sandalias, objetos que identifican al caminante que está dispuesto a llegar lejos. Lo innecesario puede pesar por el camino, y si Jesús es la única riqueza y valor del equipaje, entonces no se requiere llevar sino “un bastón” para apoyar nuestros cansancios, “unas sandalias”, para nuestros pies y “nada de provisiones” que puedan darnos seguridad.  

   Ni siquiera “pan ni dinero” - que son signos de poder-, “ni túnica de repuesto”,  sino con el Evangelio en el corazón. No se puede anunciar a Dios con signos de poder, de dominio, de orgullo y vanidad. 

   A Dios sólo se le anuncia con los signos con que él mismo nos ha revelado: el despojo humano, la pobreza de la encarnación y la carencia de una casa para nacer. Los enviados tendrán provisiones, confiando en la bondad de la familia que les abra la puerta de casa y de su corazón.

   El Evangelio de la pobreza, no se anuncia con la riqueza. El evangelio de la humildad, no se anuncia con la superioridad. El evangelio de la fraternidad no se anuncia con exigencias y preferencias. El evangelio del amor solo se anuncia con amor y bondad. El estilo de vida del mensajero no debe provocar confusiones. Quienes se adhieran a Jesús deben hacerlo por él mismo y no por falsas expectativas. El enviado sólo puede ir aferrado en su corazón al Señor porque solo así puede llegar a los pobres, a los marginados y a los indefensos, como los primeros destinatarios del corazón de Dios.

   Es urgente volver al anuncio original de la buena nueva. Desafortunadamente vivimos una religiosidad en la que fácilmente acomodamos a Dios a nuestros caprichos e intereses. Algo así como una religión “a la carta” en la que cada uno fabrica un “dios” a su acomodo, le pide lo que quiere y cuando quiere. 

   Muchos quieren que se les anuncie un Dios que resulte atractivo, que se deje secuestrar para servir sus intereses y caprichos, que no exija nada y que se someta al parecer de la criatura. Ese no es el contenido de la buena nueva. Lo que hay que anunciar es el arrepentimiento y la conversión; la fuerza del amor y de la renuncia y así, desde la cruz, anticipar en este mundo, el Reino glorioso.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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