Saludo Semanal  




Saludo 15° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 Julio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 13 jul. 2018 8:52 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 jul. 2018 9:51 ]

Chía, 15 de Julio de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Bien Preparados y Ligeros de Equipaje”

   El Evangelio de hoy nos abre a los horizontes de la buena nueva del Señor. Con máxima preparación, pero con un mínimo equipaje, el éxito está asegurado. La misión que los discípulos realizan comienza luego de una cuidadosa etapa de formación. Primero han escuchado el llamado personal que los convoca a convertirse en “pescadores de hombres”, luego han aprendido el estilo directo, sencillo y sapiencial de la predicación de Jesús. Han afrontado la respuesta del pueblo sencillo y también la desaprobación de letrados y fariseos. No obstante, la semilla que Jesús ha plantado en ellos con el “ven y sígueme”, fructifica ahora con el “envió”. Ahora tienen el encargo de multiplicar su acción.

   En este Evangelio, causa cierta perplejidad el contraste entre la intensa preparación para la misión y el escaso equipaje que se ha de llevar. A los discípulos les basta ir con Jesús. Él lo es todo. Un equipaje sencillo supone unos reducidos costos de viaje y una gran disponibilidad para acudir al llamado de la gente. También destaca el talante de la misión cristiana, más preocupada por la actitud del evangelizador que por indumentarias innecesarias. Yendo con Cristo, van revestidos de lo esencial. Ojalá confiemos cada vez más en la fuerza del Evangelio, sin necesidad de recurrir a complicados estilos de vida que en realidad nos alejan del Señor.

   Jesús envía a los Doce con lo imprescindible, es decir, ligeros de equipaje. Su equipaje es la buena nueva y se convierten en sus instrumentos. Una buena noticia que vale por sí misma, que no necesita de infraestructuras para expandirse, ni de complicados argumentos para anunciarla.

   Es un estilo de vida casi a la intemperie, aunque abierta a la hospitalidad y acogida, como regalos en medio del camino. Así también ha de ser la vida del seguidor de Jesús: más confiada en la certeza de su presencia cercana, que en nuestros propios medios, seguridades y habilidades. 

   Un estilo de vida compartida con otros, de dos en dos, porque la comunidad es el primer testimonio de la presencia de Dios. Un estilo de vida sin el peso de tantas cosas “de repuesto” que impiden la fácil movilidad para seguir anunciando el Evangelio.

    Jesús, a sus discípulos, no sólo los manda sin nada, sino que son “nada” a los ojos del mundo. La razón, es que Cristo es quien va con ellos, “y él es su todo”, y con el poder de su gracia, es él quien actúa y hace sus obras como quiere. Así actúa Dios en nuestras vidas para que no pensemos que somos nosotros los que conseguimos el triunfo, o salvamos a los demás. Es el poder del Señor. Pero con Cristo todo lo podemos, como afirmaba Pablo Lo único que importa es que sepamos confiar totalmente en Dios y no en nuestros propios medios porque así residirá en nosotros la fuerza de Cristo.

   Y Jesús indica la actitud para comenzar este camino: “confianza” en Dios, desprendimiento de las cosas, apertura de corazón y de mente para la misión. 

   Podemos quedarnos haciendo planes, detallando las necesidades de nuestro viaje, revisando una y otra vez nuestro equipaje, pero nunca llegaríamos a ponernos en camino. Sólo quien se fía realmente de Dios, quien acepta el reto de su llamada y su envío, quien reconoce la urgencia de erradicar el mal del mundo y de construir una sociedad mejor para todos será capaz de saborear a fondo el Evangelio.

   A los enviados se les caracteriza por ser seres “nuevos y libres”. La “confianza” en el Señor requiere llevar sólo bastón, túnica y sandalias, objetos que identifican al caminante que está dispuesto a llegar lejos. Lo innecesario puede pesar por el camino, y si Jesús es la única riqueza y valor del equipaje, entonces no se requiere llevar sino “un bastón” para apoyar nuestros cansancios, “unas sandalias”, para nuestros pies y “nada de provisiones” que puedan darnos seguridad.  

   Ni siquiera “pan ni dinero” - que son signos de poder-, “ni túnica de repuesto”,  sino con el Evangelio en el corazón. No se puede anunciar a Dios con signos de poder, de dominio, de orgullo y vanidad. 

   A Dios sólo se le anuncia con los signos con que él mismo nos ha revelado: el despojo humano, la pobreza de la encarnación y la carencia de una casa para nacer. Los enviados tendrán provisiones, confiando en la bondad de la familia que les abra la puerta de casa y de su corazón.

   El Evangelio de la pobreza, no se anuncia con la riqueza. El evangelio de la humildad, no se anuncia con la superioridad. El evangelio de la fraternidad no se anuncia con exigencias y preferencias. El evangelio del amor solo se anuncia con amor y bondad. El estilo de vida del mensajero no debe provocar confusiones. Quienes se adhieran a Jesús deben hacerlo por él mismo y no por falsas expectativas. El enviado sólo puede ir aferrado en su corazón al Señor porque solo así puede llegar a los pobres, a los marginados y a los indefensos, como los primeros destinatarios del corazón de Dios.

   Es urgente volver al anuncio original de la buena nueva. Desafortunadamente vivimos una religiosidad en la que fácilmente acomodamos a Dios a nuestros caprichos e intereses. Algo así como una religión “a la carta” en la que cada uno fabrica un “dios” a su acomodo, le pide lo que quiere y cuando quiere. 

   Muchos quieren que se les anuncie un Dios que resulte atractivo, que se deje secuestrar para servir sus intereses y caprichos, que no exija nada y que se someta al parecer de la criatura. Ese no es el contenido de la buena nueva. Lo que hay que anunciar es el arrepentimiento y la conversión; la fuerza del amor y de la renuncia y así, desde la cruz, anticipar en este mundo, el Reino glorioso.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 14° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 Julio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 5 jul. 2018 12:06 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 jul. 2018 8:44 ]

Chía, 8 de Julio de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

"¡Señor, Auméntanos la Fe!"

   El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús, “humano”, y se nos descubre en lo cotidiano.  Ésta es, quizá, para muchos, la primera dificultad para el acceso a la fe.

   La vida está llena de contradicciones, y también las hay en el Evangelio. Todos admiran la sabiduría nueva de Jesús pero no se abren a ella. Más que aceptarle les interesa saber quién se la ha enseñado y de dónde saca todo ese saber. Les interesa más conocer a sus maestros que unirse a lo que enseña. Y su origen es otro estorbo: ¿Qué se puede esperar de un carpintero cuya familia conocen? Para que ellos crean, sería mejor que Jesús fuera un desconocido. Tal es la situación que en su tierra no pudo hacer milagros, no porque no quisiese, sino por la falta de fe. Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron”, porque «no desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

   Jesús aparece demasiado sencillo como para ser el enviado de Dios. No conciben cómo puede hablar Dios a través de un simple artesano, sin conocimiento, a quien además conocen de siempre. No puede tener nada extraordinario, ya que su familia  pertenece a la clase pobre del lugar. Parece imposible que la salvación mesiánica venga con rasgos tan cotidianos. En lugar de reconocer la grandeza de Dios, y su sabiduría que opta manifestarse por el camino de la pequeñez, la sencillez, la humildad, la humanidad, prefieren quedarse con sus propios criterios acerca de cómo Dios debe o debería hacer las cosas.

   En la vida de Jesús hay rasgos que desconciertan. Aquello que lo hace uno de nosotros, lo aleja de nosotros. Deslumbra su sabiduría, su autoridad y sus milagros, pero su condición humana nos resulta siempre un gran obstáculo para creer lo que dice y lo que hace. 

   La encarnación es el camino de Dios hacia los hombres, el camino de Dios para revelarse y manifestarse a los hombres, pero esa misma encarnación termina siendo nuestro mayor obstáculo para aceptarle, para reconocerle, para creer en Él y para adherirnos Él.

   Jesús «no pudo hacer allí ningún milagro» por la falta de fe. No es que la fe tenga poder o ejerza un derecho sobre Dios para obtener milagros. 

   Es que un milagro carece de sentido cuando el hombre se cierra a la acción divina, y Dios no se impone a la fuerza, ni siquiera a fuerza de milagros. Seguramente fue doloroso para Jesús ver la indiferencia de los más cercanos y más queridos. Predicar entre desconocidos puede ser atractivo y suele brindar muchas satisfacciones, mientras que predicar entre las personas conocidas no es nada fácil. 

   Sabemos que la fuerza para acercar a Dios a nuestros seres queridos y parientes, proviene de Dios, como le advirtió a san Pablo: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se realiza en la debilidad». La predicación basada en la vida de un ejemplo que contagie, adentra a los demás en la relación con Dios. El testimonio se vuelve un permanente estilo de amonestación para aquellos que están lejos de Él, así sean los de nuestra propia casa.

   Afirmamos con certeza que conocemos a Dios desde pequeños, pero resulta que somos incapaces de reconocerlo en la cotidianidad. 

   Quizá hemos elaborado una determinada imagen de Dios, y cuando su presencia se nos revela de una manera distinta y nos cuestiona, ni lo reconocemos, ni lo acogemos. 

   

   Lo buscamos lejos y resulta que está en lo más íntimo de nosotros, presente en el rostro de los más necesitados, que hasta lo podemos tocar: “con vosotros estoy, y no me conocéis…”, “Tuve hambre…tuve sed… fui forastero…estaba enfermo y no me reconocisteis”. Esperamos algo extraordinario de Dios, y Él se coloca a nuestro lado en cada momento. El problema es nuestra la falta de fe.

    Reconozcamos cuáles son nuestras resistencias a Dios, a la Iglesia, a la predicación. En el fondo todo se reduce a una sola cosa: no nos resistimos a lo que son los demás, sino a que nosotros creemos sentirnos bien y no queremos cambiar. No rechazamos a Dios por ser Dios, sino porque aceptarle implica aceptar el cambio en nuestras vidas. Por eso Jesús se lamenta de nuestra falta de fe, hasta el punto de no poder hacer en nosotros los milagros que Él quisiera.

   ¿Qué nos falta para que Jesús haga hoy en nosotros el milagro de nuestra conversión? Tal vez creemos en Dios mientras se mantenga en el misterio divino, pero sentimos resistencias cuando Dios se hace visible en nuestra vida cotidiana, cuando se hace carpintero, cuando le conocemos como hijo de María. 

   Acaso, ¿no es lo que sucede con frecuencia en nuestras vidas? Los de casa nunca son importantes, y los de fuera son siempre una maravilla. El conocernos demasiado nos quita credibilidad; viene un extraño, que no tiene mayores novedades, y todos le aplaudimos. Resulta como peligroso que conozcan nuestro origen, porque tal vez no nos valoramos por lo que somos, sino porque “somos conocidos”.

   Pidamos al Señor, que su cercanía no sea un estorbo para creer en Él, sino para agradecerle su permanente compañía. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 13° Domingo del Tiempo Ordinario, 1 Julio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 29 jun. 2018 13:26 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 29 jun. 2018 14:14 ]

Chía, 1 de Julio de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

"¡Fe, es Creer en El que Todo lo Puede!"


   En el Evangelio de hoy Jesús aparece, en dos momentos distintos, dando vida a una mujer enferma y a una niña ya difunta. Llama la atención que Él se sabe y siente dueño de esa fuerza de vida, y que sabe cuándo ha "salido" de Él, como se nota por la historia de la mujer que le toca el manto.
    Jesús aparece haciendo lo que no estaba permitido según la ley. 

   Una mujer sin nombre, sin dinero, sin esperanza y con doce años de enfermedad, interrumpe el viaje de Jesús hacia la casa de un hombre con nombre, dinero y una hija de doce años enferma. A la mujer enferma sólo le queda Jesús. Si todos los demás remedios han fracasado, el remedio verdadero será tocar el manto de Jesús. 

   Y por la grandeza de su fe, Jesús la llama: "hija", la declara familia de Dios, la alaba por su fe que es la que ha producido el milagro. De esta mujer podemos aprender cómo buscar a Jesús con fe; cómo llegar a un contacto sanador con Él y cómo encontrar en Él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud.

    A diferencia de Jairo, identificado como "jefe de la sinagoga" y hombre importante en Cafarnaúm, esta mujer no es nadie. Sufre mucho física y moralmente, y sin embargo, se resiste a vivir para siempre como una mujer enferma. Está sola. Nadie le ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con Él. No espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. 

   La mujer no se contenta solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación y, sin molestar a nadie, se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto al Señor. En ese gesto delicado se concreta y expresa su confianza total en Jesús. Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Esta mujer, con su capacidad para buscar y acoger la salvación que nos ofrece Jesús, es un modelo de fe para todos nosotros.

   En la otra escena, cargada de fuerza y de ternura, Jesús levanta con su mano y con su voz a la niña muerta. Su palabra no se dirige a un muerto, sino a crear de nuevo la vida. 

   Su mano extendida tiene un profundo significado espiritual porque la ley de Moisés prohibía tocar cadáveres, y quien los tocara quedaba "contaminado". Aquí, la mano de Jesús no se ensucia al tocar a la niña sino que la limpia y la libera de las sombras de la muerte. 

   Cuando Jesús dice a Jairo que den alimento a la niña está evocando claramente la Eucaristía. Una vez nos sentimos vivos necesitamos comer del pan eucarístico para conservar esa vida eterna que solo Dios nos puede dar; una vida que va más allá de la muerte porque nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos y quiere que permanezcamos siempre vivos y gozosos, en su regazo de Padre.

    En la curación de los dos enfermos, el Señor sólo necesitó de su arrepentimiento sincero de corazón. ¿No nos estará pidiendo lo mismo a nosotros? Pues estemos seguros de que si tomamos la actitud de estos dos enfermos con seguridad seremos curados. La fe es una luz especial que, desde Cristo, ilumina la enfermedad. 

   El Cristo que cura a la mujer con sólo su contacto, el Cristo que tiende la mano a la niña y la devuelve a la vida, es el mismo que se nos da en la Eucaristía; el mismo que sigue estando a nuestro lado, y en los momentos de debilidad nos dice: «No temas; basta que tengas fe», como condición para poder experimentar la acción de Dios. 

   La fe en el Señor nos abre a una visión completamente nueva de la enfermedad y de la muerte porque ambas han sido vencidas por Él. Si Dios permite la enfermedad y la muerte es para que aprendamos que, aunque humanamente no haya esperanza, la fe nos lleva a traspasar los umbrales de lo imposible. El mismo Cristo se sometió al cansancio, al dolor y a la muerte de cruz acercándose definitivamente al mundo del dolor. 

   La fe no hace las cosas fáciles, las hace posibles. La fe tampoco es un "seguro" contra la enfermedad y la muerte, sino que, al colocarlas en las manos de quien las asumió, las hace parte de Él. En la medida en que dejemos a Cristo actuar y nuestra fe en Él permanezca, en esa medida podremos contemplar y experimentar las maravillas de Dios. 

 
 Cada comunión es un abrazo de Jesucristo, e igual que ayer, Él se acerca con una sensibilidad especial hacia los que sufren; con su mano toca el sufrimiento humano pero también reclama una gran dosis fe en aquel que sufre. 

   Cualquier angustia o enfermedad por dolorosas que sean, si las colocamos junto a Él se vuelven parte de Él. Ni la enfermedad ni la muerte tendrán la última palabra. La última palabra la tiene Dios, que en su Divino Hijo las venció definitivamente. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 12° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 Junio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 23 jun. 2018 8:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 jun. 2018 19:16 ]

Chía, 24 de Junio de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“…Porque la Mano del Señor Estaba con él”


   Celebramos hoy la fiesta del nacimiento de Juan Bautista, del cual Jesús dijo: "Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan, sin embargo el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él". 

   Sólo a tres personas se le celebra solemnemente su nacimiento: A Jesús, a la Virgen María y a San Juan Bautista. Juan Bautista es ese testigo humilde, que no se da importancia. Él puede reflejar la luz de Cristo en los corazones de los hombres, puede contagiar luz y vida, y cambiar la conciencia de los que le escuchaban y esperaban la llegada del Señor.

   Dios siempre tiene algo que ver en el nacimiento de sus servidores y de todos nosotros. "Al octavo día fueron al templo para cumplir con el niño el rito de la circuncisión y ponerle un nombre". El nombre en la Biblia, liga la criatura con el creador, le marca una vocación, un ministerio, una elección de Dios y un propósito. El nombre es una buena noticia, de ahí que con su nacimiento todo el mundo se alegra. 

 Todo nacimiento está lleno de misterio. El de Juan es toda una pregunta desde la fe porque es el misterio de un padre que fecunda en el silencio de su mudez, y que durante nueve meses deja crecer al hijo sin poder compartir su alegría con Isabel. Es el bello misterio de dos ancianos: una, embarazada, el otro, mudo, y mientras tanto una vida que crece; una vida que llevará el “anuncio”. 

   Dado que Juan Bautista es la ruptura con el pasado, por eso no se llamará Zacarías como su padre. Zacarías significa "Dios se acuerda", Isabel "Dios ha prometido". Entonces, ¿cómo llamar a este niño prometido a Isabel? ¿Cómo llamar a este niño ya que Dios se acordó de la oración de su padre Zacarías? Y en el silencio de su mudez, Zacarías escribe: “Juan es su nombre”

   Juan significa "Dios favorece", o “con el favor de Dios”. Juan es el favor de Dios a una familia buena; el favor de Dios para un pueblo que siempre espera al Mesías. Juan es el favor, la gracia, el puente y eslabón que une el antiguo y el nuevo testamento. Y Dios se valdrá de él para señalar al Cordero de Dios y preparar el camino del Señor. 

   Juan Bautista dejó que Dios lo usara y viviera en plenitud lo que su nombre significaba. Cuando Zacarías escribió: "Juan es su nombre”, se le soltó la lengua", purificado de su pecado empezó a alabar a Dios y dejó impresionado a todo el vecindario, porque sólo los limpios de corazón son libres para alabar a Dios y solo los purificados del pecado pueden ser gloria de Dios. 

   La mudez temporal de Zacarías fue como el preludio que elevaría a su máxima expresión la voz poderosa del Bautista. Juan fue el anticipo del Salvador, la aurora que anuncia el pleno día. Ya se veía su grandeza, no por sus propios méritos sino por la elección de Dios. Es Dios quien elige a sus profetas desde el seno materno. En Juan, se mostró el plan salvador de Dios, con una actitud de fe y de firmeza. 

   La llamada a la conversión de Juan, hoy vuelve a resonar con urgencia.
También a nosotros, desde el bautismo, Dios nos ha elegido para servirle, y en la confirmación nos confía la misión de darlo a conocer. 

   En medio de tantos desiertos de nuestra vida, requerimos la fuerza del  Bautista parta enderezar nuestros pasos y nuestro camino hacia el Señor, para llenar nuestra alma con la palabra divina del Salvador y emprender día a día el camino de la conversión. Tenemos que señalar que, los protagonistas no somos nosotros, sino Jesús que nos envía para anunciarlo y vivir con ardor nuestra vida cristiana. 

   Nuestra vocación cristiana debe ser camino que lleve a muchos a Jesús, y voz que anuncie su presencia cercana. En efecto, la voz que clama en el desierto preparó la venida de Cristo con un intenso apostolado del que todos debemos aprender. Al celebrar su natividad, encendamos una hoguera en las oscuridades de nuestra vida, para que alumbre la luz de la verdad que Él predicó, y como Él, dejémonos seducir por el encuentro con nuestro Salvador.

 

   Que Juan Bautista nos ayude a prender, en medio de la noche, la llama viva de la fe, la hoguera de la caridad, y la antorcha del Evangelio. 

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

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  Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 11° Domingo del Tiempo Ordinario, 17 Junio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 14 jun. 2018 15:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 jun. 2018 16:57 ]

Chía, 17 de Junio de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Semillas de tu Reino”


   En el Evangelio de hoy, Jesús explica el Reino, valiéndose de la experiencia de los campesinos de Galilea. Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar ni vivir pendientes de los resultados, la eficacia o el éxito inmediato. De la misma manera, sembrar el Evangelio no requiere de una fuerza espectacular o clamorosa, sino más bien, de algo tan sencillo y pequeño como sembrar "un grano de mostaza" que germina secretamente en el corazón de las personas.
 

   Ese es el Proyecto de Dios: Instaurar su Reino desde dentro, de donde brota la fuerza salvadora y transformadora que depende solo de Dios quien va madurándolo todo. Este proceso requiere momentos en los que es necesario saber esperar, mantener la calma y sentarse a contemplar la semilla que brota y crece por sí misma. Los frutos irán con certeza más allá de todas las expectativas. 

   A través de estas parábolas Jesús nos da a conocer el sorprendente contraste entre la pequeñez de los comienzos y la grandeza de los resultados. El proceso de maduración debe ser respetado, igual que el crecimiento en la aceptación del Reino de Dios para poder un día alegrarnos con la  cosecha de los frutos, en el momento adecuado. Hay que dejar crecer la acción de Dios en nuestra vida y eso tiene  algo de misterioso y mucho de don y gracia. 

   La semilla va germinando sola sin que el hombre pueda entrar en la entraña de ese crecimiento. Nos enseña que quien siembra el Reino no busca resultados; es otro quien dejar crecer para luego cosechar. Para esto se requiere estar revestidos del poder interior y de la sencillez de la semilla, porque la verdadera fuerza viene de dentro. “Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve con el corazón”, nos recuerda El Principito. 

   En el obrar de Dios, lo pequeño llega a ser grande. Los comienzos de toda siembra siempre son humildes, y con mayor razón si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La  fuerza del Evangelio no va dentro de lo espectacular o clamoroso. Más bien, es como sembrar algo tan pequeño como "un grano de mostaza" que germina secretamente en el corazón de las personas.

    Y al contrario, aquello que se ve grande a nuestros ojos, tiende a terminar en algo insignificante. Lo que tiene visos de espectacular, puede ir cargado de soberbia y bloquea los caminos por donde podía llegar la luz y la ayuda. Es la humildad la que nos abre al tamaño de las obras de Dios. 

   Antes de esperar la siega, hay que preguntarnos cuánto hemos sembrado. Todo lo que se siembra, tarde o temprano brota, porque las semillas no son fáciles de matar, o mueren renaciendo. Lo que se siembran, los padres en los hijos, quizá tardará, pero algún día florecerá. La pedagogía de Dios es la pedagogía de las semillas. Él siembra en nosotros corazones semillas de verdad, de gracia y de santidad que algún día brotarán. 

   Así el hombre duerma, Dios trabaja, porque su semilla tiene fuerza dentro de ella misma. La presencia de Dios en nosotros tiene su propio dinamismo. Cada mañana nos levantamos con el alma más empapada de gracia. Y aunque muchos parezcamos terreno árido, Dios, en ese proceso de maduración, va trabajando dentro de nosotros, y en nosotros se va haciendo grande. No nos podemos sentar a la orilla de la siembra para ver cómo crece, porque no nos damos cuenta de ello. 

   El Reino, como la semilla diminuta, posee el  germen de la vida que ha sido depositada en nosotros. Dios se hace semilla en nuestros corazones aunque no nos demos por enterados. Puede que estemos dormidos pero seguimos siendo hijos de Dios. Podemos olvidarnos de nuestro bautismo, pero Dios no se olvida que somos sus hijos. Podemos olvidarnos de Él, pero Él no se olvida de nosotros. Siempre será más lo que Dios hace por nosotros, que lo que nosotros hacemos por Él. Ojalá que cuando aclare la aurora de cada día, podamos tomar conciencia que la gracia de Dios ha crecido en nosotros y nuestras vidas son tallos crecidos de su gracia. 

   Si la semilla de mostaza, agradecida, extiende sus ramas para que aniden las aves, nosotros, agradecidos, extendamos su Reino hasta que se convierta en el único árbol en el que todos podamos anidarnos con Dios. “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Juan 14, 23) 

   Lo importante en la vida no es la siega, sino la siembra y la certeza que Dios nunca da los frutos maduros de manera anticipada. Tampoco será importante el anhelo de grandeza, porque en la vida Dios lo da todo en pequeñas semillas que cada cual tiene que cultivar y hacer crecer. 

   Como la semilla crece y da frutos a pesar de su pequeñez, hay que dejar actuar el poder de Dios, para que, a pesar de nuestra pequeñez, demos frutos maduros. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 10° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 Junio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 8 jun. 2018 9:39 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 jun. 2018 15:29 ]

Chía, 10 de Junio de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Señor, somos tu familia: ¡Ayúdanos a vencer el mal!”


   Este Domingo, el Génesis describe a Satanás engañando a Eva y trayendo calamidades sobre la raza humana. Eva afirma: 

“La serpiente me engañó”


   El hombre que se opone a Dios con su pecado pretende siempre escapar de esta auto-condenación echando la culpa a otro. La conciencia de su desnudez y la presencia cercana de Dios los delata en su pecado. El pecador no ve más salida que acusar a otro como culpable de su situación. Adán culpa a Eva, Eva culpa a la serpiente. Pero Dios los castigará a los tres, sin tener en cuenta las maniobras para pasarse la pelota de uno a otro.

 

   En el Antiguo Testamento, los judíos entendían a Satanás como alguien casi omnipotente, que amenazaba dominarlo todo. Exageraban el poder de Satanás y, de acuerdo con sus tradiciones, identificaban toda enfermedad con su acción destructora. Ante las acusaciones, Jesús tiene una sola respuesta: la obra que Él está construyendo tiene el carácter de la unidad, del poder de Dios y de su Espíritu Santo, y muestra así mismo el carácter de una nueva comunidad espiritual que no puede confundirse con la comunidad terrestre. 


   Una obra de Satanás, jamás podría mostrar este carácter, porque su poder lo usa para dividir e irse contra Dios. De ahí que equiparar el Espíritu de Dios con Satanás, constituye la blasfemia más imperdonable, porque es una abierta oposición a Dios, cuyo Espíritu, activo en la obra de Jesús, es visible para quien lo quiera ver. Allí donde actúan los hombres, su acción puede ser criticada, pero donde es Dios mismo el que actúa, el hombre que se opone a él, se condena a sí mismo.

 

   Hay tantos que dicen llamarse cristianos, que dicen ver por todas partes al Demonio. Para ellos la tierra y este mundo, son literalmente un infierno. Tal vez creen demasiado en el maligno, porque no creen suficientemente en Dios. Otros tantos exageran la acción del mal entre nosotros. Es más cómodo atribuir a otro nuestros yerros, -como Adán a Eva, y Eva a la serpiente,- que reconocer las propias culpas. El triunfo de Jesús sobre Satanás, será más eficaz para iluminar nuestra vida con él, y así ahuyentar de nosotros cualquier tiniebla.

 

   San Marcos quiere contarle a su comunidad quién es Jesús y a qué ha venido al mundo. Busca revelar la verdadera identidad del Señor: su condición de Hijo de Dios, con poder sobre satanás, con autoridad para perdonar pecados y como quien conforma una nueva comunidad, la nueva familia en torno a su Padre. 


   Los parientes de Jesús quieren protegerlo, pero Jesús se resistió y dio la vuelta al asunto: dijo que su verdadera familia son los que saben escuchar la Palabra y hacen la voluntad de Dios. Es decir, la nueva familia creada y constituida por Jesús, gira en torno a él, Palabra eterna del Padre, y aquel que lo escucha.

 

   Jesús, entonces, aprovecha aquella ocasión para enseñarnos que, quien acepta su mensaje, es más cercano a El que sus propios parientes. “Todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi madre”. Los lazos nacidos de la fe se vuelven más robustos que aquellos de la sangre. En ese grupo escogido de los hermanos de Jesús, probablemente estamos también nosotros, porque en él, nos hermanamos todos, y esa nueva comunidad en torno a él no va a tener como valores determinantes ni los lazos de la sangre ni los de la raza; el único criterio válido será escuchar su Palabra y hacer la voluntad de Dios.

 

   El texto de hoy nos alerta a no menospreciar el poder que tiene el príncipe de las tinieblas. Cristo habla del demonio como uno que es muy fuerte; uno que se mete en una casa y no hay quien lo saque; uno que quiere adueñarse de todo. Eso hay que tenerlo claro: el mal, sobre todo el mal espiritual, no se frena solo. 

   Pero por otra parte, el texto muestra que el espíritu malo, el demonio, no es omnipotente. Hay uno "más fuerte," que es Cristo, que con su Espíritu, derrota y despoja al demonio. No hemos nacido para la derrota sino para la victoria, pero no olvidemos que la fuerza para vencer no reside en nosotros sino en Dios. Es importante que todos comprendamos que si el demonio nos supera muchas veces, no podrá superar ni el poder ni la sabiduría de Dios. 

   Esta lucha contra el mal, supone muchas veces ir contra corriente, sin dejamos arrastrar por las estadísticas. En la Vigilia Pascual se nos pregunta oficialmente, cada año, si renunciamos al pecado y al mal, o sea, si renunciamos al demonio como fuente y autor de todo mal y a sus tentaciones, y contestamos con convicción: "sí, renuncio". Ser bautizados no es sólo tener el registro de bautismo. Es estar comprometidos en una lucha continua contra el mal. Esta batalla, aunque a veces la perdamos porque somos débiles, la enfrentamos con confianza y esperanza, porque estamos del lado del más fuerte, el todopoderoso, en quien lo podemos todo.

 

   Al unirnos con el que es más fuerte, estamos recibiendo de Él la gracia que nos hace vencedores. En el Padrenuestro le pedimos siempre: "líbranos del mal (o del maligno)".  


   Acercándonos a la Eucaristía de manera digna, tenemos el modo más perfecto de dar entrada a Cristo y de estar habitados por Dios en cuerpo y alma. 


   Por ellos, cuando vamos a comulgar nos dicen que vamos a entrar en comunión con "el que quita el pecado del mundo". Esto nos marca el rumbo para ser dignos miembros de la familia de Jesús.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo Solemnidad de Corpus Christi, 3 de Junio 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 1 jun. 2018 15:58 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 1 jun. 2018 16:25 ]

Chía, 3 de Junio de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Eucaristía...Presencia del Señor

   Hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, el Corpus Christi. El sacramento por excelencia, presencia real del Señor en el sacramento de la eucaristía. Ya, desde niño, Jesús era como un pan divino que se ofrecía como alimento. Él nació en Belén que en Hebrero significa “casa del pan”. Dos días en el año acentúan el resplandor de la Eucaristía: el Jueves Santo, en el que se conmemora su institución, y la fiesta del Corpus Christi, centrada en el misterio de la presencia real del Señor en la Eucaristía. 

   La Iglesia, en esta solemnidad, quiere honrar solemnemente y tributar adoración a Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, que por amor a nosotros, se queda en la eucaristía, alimento de eternidad. La Eucaristía, es el único sacramento que nos presenta a Cristo vivo bajo las especies del Pan y el Vino. Desde aquel Jueves Santo, cada eucaristía es el sacramento de la común-unión, vínculo del amor fraterno y signo de unidad. Tiene, por tanto, un valor redentor, porque renueva su sacrificio en el altar, conmemorando los misterios de la redención. 

   En la última cena, en el pan, Jesús quiso “quedarse a sí mismo” entre nosotros. Él es “el pan rodeado de discípulos, el pan “partido y entregado”, el “pan de vida”, y “El que coma de este pan vivirá eternamente”. Él mismo había dicho que “el grano que no muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”. Las vidas que no mueren renunciando a sí mismas, terminan muriendo en su infecundidad. Mientras que las vidas que mueren sacrificándose por los demás, son vidas que florecen en nuevas vidas. Lo que no se da, se muere, y lo que se da se hace vida. 

   “Así como el pan es uno, nosotros, aunque seamos muchos, somos un solo cuerpo, porque participamos del mismo pan”. En cierto modo nos convertirnos en “cristianos eucaristía”, y Cristo nos asimila a él, hace de nosotros, “nuevos Cristos” que se encarnan en un pedazo de pan. No sólo alimenta nuestro cuerpo, sino también nos alimenta el alma con la eternidad y, -como en la procesión, que va solemne por las calles-, tendremos que llevar solemnemente a Jesús-Eucaristía en nuestro corazón. Cuando vamos a la Eucaristía a recibirlo con un corazón abierto, entonces podremos regresarnos por otro camino, el camino de la conversión, para dar sabor al mundo. 
 
   Es que no podemos pedir al "Padre nuestro que nos dé el pan de cada día" sin pensar en aquellos que pasan dificultades. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. Tampoco podremos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a los necesitados. Aunque no sea fácil, hay que hacerse pan para los demás, es decir, vivir no para uno mismo, sino para los demás. Significa que hay que tener paciencia, como el pan, que se deja amasar, cocer y partir para alimentar a los menos favorecidos. Se requiere la humildad del pan para no figurar en la lista de los platos exquisitos, pero sabiendo que siempre está acompañando, cultivando la ternura y la bondad porque así es el pan, tierno y bueno, dispuesto incluso hasta el sacrificio de dejarse fraccionar para alimentar a muchos más. De ahí que el Corpus Christi, sea por excelencia la fiesta de la caridad eterna.

   En la vida diaria Dios nos asegura un pan material que nos llena de energía y repone nuestra fuerza, tan necesario que en la vida siempre está en la mesa de pobres y ricos. Ese pan que se fracciona y se desmigaja para alimentarnos, en el que se saborean los esfuerzos y la entrega generosa de tantas manos anónimas. Ese pan, fruto de la bondad de Dios, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres, que huele a semilla germinada por rayos de sol, lluvia y viento. Y si necesitamos de este pan material, con mayor razón necesitamos el pan espiritual, el que viene del cielo. Dios desciende hasta la mesa del altar asegurándonos el alimento de la Eucaristía, para que, quienes nos alimentemos de él, descendamos luego -junto con Él y por Él- a los innumerables altares del mundo donde se sacrifican ilusiones y esperanzas, sueños e inquietudes. 

   No hay cosa más bella que mirar a Jesús dándose como alimento a todos. No hay icono más precioso de Jesús que la Iglesia entregándose cada día en una permanente Eucaristía. ¡Qué gran regalo y que gran misterio!: todo un Dios que se queda con nosotros de manera tan sencilla, en algo tan vulnerable como es el pan, tan al alcance de todos, tan cercano a todos, porque así es Dios. 


   Un Dios con el Hombre, un Dios para habitar en el corazón del Hombre y alimentar su alma sedienta. ¡Qué admirable milagro: que la boca del pobre pecador, se pueda comer a su propio dueño!

 

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   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


Saludo Domingo Solemnidad de la Santísima Trinidad, 27 de Mayo 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 25 may. 2018 17:57 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 may. 2018 18:57 ]

Chía, 27 de Mayo de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén


   Celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad, y es en el nombre del Padre (Creador), del Hijo (Redentor), y del Espíritu Santo (Santificador), que comenzamos la Eucaristía, los sacramentos, las oraciones y actos de la Iglesia. 


   Al persignarnos hacemos una señal de la cruz en la frente, refiriéndose al Padre que está en todo; en la boca, indicando al Hijo, Palabra eterna del Padre, y en el pecho sobre el corazón, que simboliza al Espíritu Santo, amor del Padre y el Hijo. Cada vez que nos persignamos, reconocemos y confesamos la sublimidad de dicho misterio. Celebramos, por tanto, la solemnidad del “Dios amor”, y la solemnidad del hombre que es amado y que ama.

 

   Los cristianos recibimos el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así comienza nuestra vida de miembros de la Iglesia. Con esta fórmula expresamos nuestra fe en los momentos más decisivos de nuestra existencia. La Santísima Trinidad, es el misterio más escondido en Dios, es el misterio de la intimidad de Dios abierto a la mirada del hombre porque es también el misterio de Dios, que mora en cada uno de nosotros: “…Y vendremos él y haremos morada en él:” Ante soberano Misterio, solo se nos pide una disposición de fe humilde y una profunda adoración. 


   En este misterio íntimo y soberano, Dios no vive solo porque Él no es soledad. Él es familia y comunidad de amor, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de ellas, que es el amor. 

   Es tal el amor y la unidad en las tres personas divinas que por ello hablamos de “un sólo Dios”. Cuando dos personas se aman intensamente se dice que ya no son dos sino uno solo. Es tal el amor entre el Padre, El Hijo y El Espíritu Santo, que siendo tres personas distintas son un solo Dios. 

   Si leemos con atención el nuevo testamento, observamos una especie de regla divina. Cada una de las tres personas divinas no habla de sí, sino de la otra; no atrae la atención sobre sí, sino sobre la otra. 

   El Padre, cuando habla en el evangelio lo hace siempre para revelar algo del Hijo. Jesús, a su vez, no hace sino hablar del Padre. El Espíritu Santo cuando llega al corazón de un creyente, nos enseña a decir «Abbà», Padre; nos enseña a decir primero: “en el nombre del Padre y del Hijo”, y él se deja nombrar de último. 

   En la familia humana esta lógica también la percibimos: el padre, antes de afirmar su autoridad, afirma la de la madre; la madre, antes de enseñar al niño a decir «mamá» le enseña a decir «papá». Si Dios es familia, las familias, - como imagen de la Trinidad,- han de ser su reflejo. Tanto en la Trinidad como en la familia, el amor lo dirige todo.

    La Santísima Trinidad, si bien es el “misterio central de la fe y la vida cristiana” más difícil de explicar, no obstante se deja atrapar en la vida cotidiana. De niños comenzamos a crecer y a relacionarnos con el misterio de Dios cuando nuestros padres nos llevaron a la Iglesia y, de rodillas, nos enseñaron a persignarnos: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

   A partir de ahí, desde que nos levantamos, nos santiguamos, nos bendecimos, nos arrodillamos y nos perdonados “en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Tenemos la certeza que la santísima Trinidad nos está signando desde que salimos de casa, cuando pasamos frente a una iglesia, o cuando regresamos a casa, y hasta cuando nos vamos a dormir. 

   Solo como analogía, podríamos comparar la Santísima Trinidad con una obra musical, de cuya partitura universal el Padre es el creador; el Hijo es el intérprete perfecto de la obra del Padre, y el Espíritu Santo, es quien conduce como director la obra. Para ser reflejo de la Santísima Trinidad, habrá que dejarnos conducir por el Espíritu Santo que nos lleva a la plena comunión con Dios. Solo en la docilidad al Espíritu, él nos irá acomodando en las entrañas del Padre y del Hijo.  

    El misterio del Dios amor nos lanza a una misión, y será por el testimonio de vida que mejor se extienda y se anuncie dicho amor, para que otros se sientan atraídos al estilo de vida que nos enseña Jesús. Tenemos una misión específica que Dios nos ha confiado, y de cada quien depende si quiere llevar a término esa misión. Aunque cada camino tenga dificultades, de la mano de Dios podremos salir al paso de cualquier tropiezo. 

   La generosidad y gratuidad de Dios han sido grabadas en nuestras entrañas desde el bautismo hasta la hora de la muerte, en la que el sacerdote nos despide en nombre de la santa trinidad. ¿Cómo puede estar oculto tanto amor? Nos urge comunicar a todos la historia de amor de Dios, adorarlo y servirlo. 

   Que esta fiesta de la Santísima Trinidad nos motive no sólo para renovar la expresión de nuestra fe en el misterio insondable e infinito del Dios amor, sino también para reactivar nuestro compromiso bautismal de realizar lo que significa proclamar a Dios como comunidad perfecta en la unidad y la pluralidad de personas. Precisamente porque hemos sido creados a su imagen y semejanza, también debemos responder cada día mejor a la invitación que Dios nos hace de ser una auténtica comunidad de amor.   

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Que El Padre, Dios por nosotros los proteja; que el Hijo, Dios con nosotros los bendiga, que el Espíritu Santo, Dios en nosotros los acompañe siempre, y la Virgen María los cubra con su manto. Feliz semana para todos.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Domingo de Pentecostés, 20 de Mayo 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 18 may. 2018 10:29 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 may. 2018 12:37 ]

Chía, 20 de Mayo de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

…Enciende en Nosotros el Fuego de tu Amor


   Cincuenta días después de la Pascua, celebramos Pentecostés, el fruto maduro de la Pascua. Es el día en el que Jesús envió el Espíritu Santo sobre los discípulos. Es el día, por tanto, del nacimiento de la Iglesia, que fue, es y será edificada por el Espíritu Santo, protagonista discreto y silencioso de toda la historia de la salvación. Es quien lo llena todo, lo penetra todo, lo invade todo. Por eso es llamado, “dulce huésped del alma”,  “el maestro interior, el maestro del corazón”. Como dice San Hipólito, "cuando se rompe un frasco de perfume, su olor se difunde por todas partes, al romperse el cuerpo de Cristo en la cruz, su divino Espíritu se derramó en los corazones de todos". 

   Pentecostés es el día en que el Espíritu Santo, como arquitecto del Padre, coloca la primera piedra de la iglesia; coloca su fuego en los apóstoles para que actúen y salgan de su encierro; los reviste con el color rojo de su pasión para que ardan de amor por el Reino de Dios, obra de su Maestro Jesús. Adicionalmente los deja hablando un lenguaje común, el lenguaje del amor. El Espíritu Santo el día de Pentecostés edifica, no una torre de Babel de orgullo, ambición, confusión y obra humana, sino una iglesia - comunidad en la que todos tienen el mismo Espíritu y con el cual se edifica la única familia Dios. 

   Pentecostés es el soplo divino de la vida, presencia divina que no podemos atrapar con nuestras manos, pero que sentimos y experimentamos dentro de nosotros. Es el frescor de Dios que refresca nuestros corazones como “dulce huésped del alma” y “brisa en las horas de fuego”. Es “el gozo secreto que enjuga nuestras lágrimas” en los momentos del dolor; el aroma de amor, de alegría, de paz, de paciencia, de afabilidad, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, de templanza y de perdón que nos lleva a los remansos del corazón de Dios. 

   Es el viento de Dios que empuja a las almas y a la Iglesia aún en medio de las dificultades y que nos trae cada día las novedades de Dios. Él sopla borrando y limpiando las nubes que oscurecen el corazón; es fuerza de Dios que mueve las velas de la  Iglesia para renovarla en su interior. Es el aire que respiramos en cada momento y que oxigena lo más recóndito de nuestro espíritu y “entra hasta el fondo del alma”. Es el fuego divino que ablanda el acero de los corazones duros haciéndolos dóciles a la llamada de Dios. 

   Jesús recorrió todo su camino, desde el pesebre hasta la cruz y la resurrección, para nuestra salvación. El Espíritu Santo ahora viene a hacernos partícipes de la vida que Jesús ha ganado para nosotros, y que venimos celebrando desde la vigilia pascual, representada en el cirio pascual, que hemos encendido sin interrupción en cada eucaristía durante estos cincuenta días. Pero el don de Dios trae, junto con la paz y la alegría, una misión y una tarea. Jesús les da el Espíritu Santo a los apóstoles para que lleven sus dones a los rincones del mundo; les encarga la inmensa tarea de reconciliar el mundo con Dios, a través del don del Espíritu Santo. 

   Nuestra vida cristiana no puede ser como esas piedras que están dentro de un rio durante muchos años, hermosas por fuera, pero en su interior completamente secas, porque el agua no ha llegado a su interior. Sólo el poder del Espíritu Santo nos puede dinamizar por dentro si somos dóciles a él. Su fuego divino quema los individualismos y ensancha nuestros corazones para no encerrarnos en nuestras fronteras. 

   El fuego de su Amor arde en nuestros corazones para sentirnos hoguera de una misma Iglesia y luz de una misma comunidad. Él es el motor que pone nuestra vida en movimiento; el motor que nos pone en marcha hacia Dios. Sin su presencia en la habitación de nuestro corazón seguiremos dormidos y la iglesia quizá fría y encerrada. En Pentecostés, con los dones de su divino Espíritu, Jesús ha puesto alas a nuestro espíritu para lanzarnos por los caminos de Dios.

  • Ven espíritu de sabiduría, para que nos comuniques el gusto por las cosas de Dios. 
  • Ven espíritu de entendimiento, para que nos comuniques un conocimiento más profundo de las verdades de la fe. 
  • Ven espíritu de consejo, para que nos ayudes a resolver con criterios cristianos los pequeños o grandes conflictos de nuestra vida y a saber discernir lo que está bien y lo que no lo está. 
  • Ven espíritu de fortaleza, para que despiertes en nosotros la audacia que nos impulse al apostolado con entusiasmo. 
  • Ven espíritu de ciencia, para que nos enseñes a darle a las cosas terrenas su verdadero valor de medios y no de fines. 
  • Ven espíritu de piedad, para que sepamos relacionarnos con Dios como verdadero Padre nuestro y sepamos amarlo y confiar en él como verdaderos hijos suyos. 
  • Ven espíritu de temor de Dios, para que nos impulses a huir de cualquier cosa que pueda ofender a Dios.

 

   Jesús ha dejado de caminar por la tierra y después de su Ascensión nos colma con el Don del Espíritu que dejó a sus apóstoles. Unos oyen su soplo, su inspiración, pero otros no. Ahora comienza nuestra misión. Es el momento de dar razón de nuestra esperanza, de nuestra fe y de nuestra alegría. Con nuestra entrega entusiasta y permanentemente iluminada por la fuerza del Espíritu Santo.   


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Que el Espíritu Santo nos regale sus luces y su fuerza, y nos haga fieles testigos del Señor. Feliz semana para todos.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 7° Domingo de Pascua, 13 de Mayo 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 12 may. 2018 10:39 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 may. 2018 16:30 ]

Chía, 13 de Mayo de 2018

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Testigos de Eternidad


   Celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor; el paso de este mundo al Padre. En cuanto Dios, nunca dejó la intimidad trinitaria; en cuanto hombre, ingresa con su cuerpo glorificado a la vida divina. La ascensión es “punto de llegada” al terminar el camino terreno de Jesús, y también es “punto de partida”, al comenzar la tarea misionera que Dios encomienda a cada uno. Es el anticipo de nuestra futura entrada en la gloria para la que fuimos creados. Hoy Jesús se despide, pero no es un alejamiento definitivo, porque regresará a perfeccionar al ser humano y a toda la creación. 

   San Agustín nos explica: “En la Ascensión del Señor, él se fue, pero sigue estando. Nosotros estamos, pero de alguna manera estamos también en Él. Nuestra vida está en la tierra pero nuestro corazón está en el cielo y desde que el Señor subió al cielo hay una sana tensión por procurar ver las cosas de la tierra desde la perspectiva de Dios, desde el cielo. Teniendo nuestro corazón en el cielo, buscando las cosas de arriba, las cosas de la tierra se relativizan y adquieren su verdadera dimensión. Jesús, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Cristo, que es la cabeza del Cuerpo de la Iglesia, ya está glorificada, de alguna manera también lo estamos nosotros con Él”. 

   ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? La ascensión no nos deja plantados mirando al cielo, sino que nos despierta la fe, nos hace proclamar con nuestra vida el evangelio, nos hace sentirnos coparticipes de su misión y su destino. 

   No tenemos que mirar el cielo, hay que mirar nuestro corazón, allí donde se anida el deseo más sagrado de estar con Dios.

   Ir al cielo no es llegar a un lugar, sino entrar para siempre en el misterio del amor de Dios, de modo que, aun que no veamos al Señor, podamos sentirlo a nuestro lado. Habrá que ir, entonces, tras las huellas del Señor, con la certeza que «Él  estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Sin dejar de mirar al cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Mucho que cambiar en cada uno de nosotros! Hay que transformar nuestros corazones y este mundo, con la fuerza de su amor, porque Cristo ya nos ha incluido de alguna manera en su destino final. 

   En la Ascensión quedamos consagrados como “testigos de la eternidad”, y nuestra misión será fecundar la tierra con los valores del cielo y tener la mirada puesta en las cosas de arriba, es decir, jugarnos la vida en la dinámica de Dios. La ascensión expresa la cercanía Dios, en la que el Señor nos hace capaces de ser, como Él, buena noticia para el mundo. “Id al mundo entero y haced discípulos”

   Entonces, es la hora del compromiso, porque si Cristo se ha marchado, nosotros tenemos que ser, en este mundo, su presencia tanto de palabra como de obra. Todos, como viva imagen suya, somos enviados en nombre del mismo Dios y vamos con el poder de la fe, que es invencible, con el poder de la paz que es contagioso, con el poder del amor que es lo más fuerte que hay en el mundo, es decir, vamos con el poder de Dios. 

   El Señor se va, pero se queda. Es una manera de decirnos que es “nuestro tiempo”, el tiempo de actuar, de comprometernos, de vivir lo que significa la alegría de la Resurrección y anunciarlo incansablemente. El Señor se va, pero permanece en nuestro corazón para transformar nuestra mente y activar nuestras manos en la entrega diaria hasta el final. 

   El Señor se va, pero lo tenemos tan cerca que en cualquier latido del corazón lo podemos sentir, especialmente en los pequeños, los que no cuentan, los pobres. Desde que Jesús asumió nuestra naturaleza ya no puede desentenderse del hombre, de ahí su promesa: “Yo estoy con vosotros”. Todo lo ha llenado de su presencia y todo puede ser signo de su presencia, si se sabe ver y si se sabe vivir. 

   “Estar con nosotros para siempre” es una de las promesas más consoladoras que Jesús nos ha dejado. Él se queda con nosotros, aunque de otra manera. Esos son los milagros del amor: no distancias ni vacíos. Jesús encontrará siempre una manera de hacerse presente, comenzando por nuestro pobre corazón. Él consoló a sus discípulos, acarició sus corazones y alivió sus penas. 

   Su despedida es aparente; su ausencia es corta, como una nube pasajera que luego dará paso al sol. La madre, cuando se despide de sus hijos, promete con toda verdad que no se va del todo, que se queda; que ellos se van con ella y que ella se queda con ellos, todo en el corazón. Así, Jesús marcha al Padre, pero lleva escrito en su corazón el nombre de todos los suyos; marcha al Padre, pero se queda en el corazón de todos los suyos.

   Lejos de ser una fiesta que enfatice la partida del Señor o su lejanía, la ascensión nos asegura la proximidad de Dios, y nos señala el momento en el que el Señor viene a recordarnos que ya para siempre estará a nuestro lado en toda ocasión. Su presencia ahora trasciende todo espacio y todo tiempo, y Él está sanando, liberando del mal, fortaleciendo y tendiendo puentes en todo aquel que de corazón crea en Él y se vincule a Él. Esta es la fiesta en la que el Señor nos da lo suyo, y nos hace capaces de ser, como Él, buena noticia para el mundo. 

   Si en la Navidad celebramos al Dios que entra en los caminos de los hombres, en la ascensión celebramos que los hombres entren en el camino de Dios. La ascensión es la fiesta de Jesús camino del cielo, y de los creyentes camino de los hombres que buscan a Dios. Es la fiesta de Dios que termina su misión como hombre. Es la fiesta del Dios que “regresa a su glorificación” y  la fiesta de los hombres que se hacen semilla de Dios entre los hombres “anunciando el amor, mensajeros de la vida, de la paz y del perdón”. 

El cielo ha comenzado, vosotros sois mi cosecha. 
 El Padre ya os ha sentado conmigo a su derecha. 
 Partid frente a la aurora, salvad a todo el que crea. 
 Vosotros marcáis mi hora, comienza vuestra tarea.


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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


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