Saludo Semanal 

14° Domingo del Tiempo Ordinario, 5 de Julio de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 4 jul. 2020 11:09 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 jul. 2020 11:37 ]

Chía, 5 de Julio de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Jesús, Manso y Humilde de Corazón, Haz mi Corazón Semejante al Tuyo
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   En el pasaje de hoy, Jesús nos enseña a hablar con Dios Padre desde la alegría y el gozo que le dan los sencillos, y no desde las grandezas de los soberbios. El corazón humilde, alegre y sencillo, es la casa preferida por Dios, el pesebre que el Señor prefiere habitar. Por la humildad es que logramos adentrarnos en el corazón del Señor y por la que él conoce lo que hay en el nuestro. Al ver la alegría de los humildes y sencillos, Jesús se llena de gozo, y agradecido por ellos, le habla con regocijo a su Padre celestial. Son ellos los que han sabido abrir sus corazones a la semilla del reino; los más cercanos a las entrañas de Jesús y en quienes se descubre de manera más diáfana el rostro del Señor.

   "Te bendigo, Padre, porque has ocultado los misterios del Reino a los sabios y a los poderosos, y se los has revelado a los pequeños". ¡Qué contraste tan abismal en la manera como Dios ve las cosas a como las vemos nosotros! Si alguno quiere ser verdadero sabio, que se reconozca incapaz de serlo. Sólo los sencillos, o pobres de espíritu, podrán conocer la verdadera sabiduría; aquélla que viene de Dios. Pensamos que los más felices del mundo son los ricos, los poderosos, los grandes, los fuertes y los sabios. Y sin embargo, nuestro Señor llamó "dichosos" precisamente a los pobres, humildes y sencillos, es decir,  los que tienen un corazón noble, manso  y libre. Jesús va siempre "en sentido contrario", o en contra corriente. Esa es la verdadera grandeza: no la del poder, sino la de la humildad, de la mansedumbre y del servicio!

   La preferencia de Jesús no viene  de condiciones morales o religiosas, sino de una situación humana en la que Dios se revela trastocando valores y criterios. La preferencia del Señor se arraiga en el beneplácito de Dios, en su amor gratuito. Ese es el motivo del agradecimiento de Jesús. La oración del Señor nos invita a hacer lo mismo. El amor libre y gratuito de Dios está al comienzo de todo. Desde allí es posible comprender sus exigencias de compromiso y solidaridad con los demás. 

   Ese "yugo es suave”, porque tiene en la raíz el amor. No es un yugo, símbolo de tiranía ni de servidumbre, sino de docilidad y obediencia a la voluntad de Dios. El amor es la única condición para entrar en el Reino de los Cielos, y se concreta en la búsqueda de la justicia y en la práctica de la caridad.

   Así como en la vida cotidiana, después de una jornada de trabajo el cuerpo necesita un lugar para descansar, también nuestros corazones siempre inquietos y ante tantas fatigas, angustias, afanes y agobios necesitan descanso, fuerza y sabiduría. Todo lo encontramos en Jesús, que nos sigue llamando: "Venid a mí los cansados, que yo los aliviaré". Sufrir con Jesús es redentor. Las espinas pinchan cuando se pisan, no cuando se besan. El sufrir pasa, pero el mérito de haber sufrido por amor a Dios, durará eternamente. El Corazón de Jesús es santuario para nuestro reposo, sosiego en nuestros agobios y consuelo en los momentos difíciles. Descansar en él es centrar nuestra vida en él y saber en manos de quién estamos. Cada domingo, en cada Eucaristía, se concreta de manera plena su invitación a descansar con él, a saborear desde ya la eternidad.

   Entonces, para este mundo, somos los sabios, o los sencillos? - ¿En dónde alojamos al Señor? ¿En la cabeza o en el corazón? A los sabios e inteligentes quizá se les nota más su cabeza; a los humildes y sencillos se les nota más su corazón. El Papa Francisco afirma: “Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2). El Santo Cura de Ars afirmó: “La humildad es en las virtudes, lo que la cadena es en los rosarios: si se quita la cadena, todos los granos caen. Se quita la humildad, y todas las virtudes desaparecen”.

   Que nos quede claro que Dios no cabe en el corazón ocupado por las cosas o por la soberbia. Él sólo cabe en el corazón de los sencillos; prefiere un corazón vacío porque se constituye en el amo de ese corazón, hace de él su morada y lo colma de dicha y bendición. Dios no cabe en la mente del que cree saberlo todo, sino en la mente de aquellos que no saben y buscan encontrar la verdad. Cuántos se vanaglorian de su real o presunta ciencia, pero viven co­mo si Dios no existiera¡¡¡. La ciencia, la cultura o la filosofía son excelen­tes y necesarios valores humanos, siempre y cuando reposen sobre la verdadera fe. Con razón afirma san Agustín: “¡Desdichado el hombre que todo lo sabe, pero no te conoce, oh Señor!” 

 Señor

Quisiera ser de esos sencillos que alegran tu corazón. De esos sencillos que viven abiertos a tu llamada de cada día, para que cuando hables con tu Padre, le hables de mí. Quisiera que cuando hables con tu Padre, puedas decirle que tu semilla ha crecido en mí.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

13° Domingo del Tiempo Ordinario, 28 de Junio de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 27 jun. 2020 12:31 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 jun. 2020 13:25 ]

Chía, 28 de Junio de 2020

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Acoger a un Profeta, es Acoger a Dios, que Habla a Través de él
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   En este Domingo, tanto la primera lectura como el evangelio acentúan una característica esencial de la vida cristiana: la hospitalidad. No se habla sólo de hospitalidad sino de recibir "a un hombre de Dios", o recibir "a un profeta porque es profeta," según las palabras de Cristo en el evangelio. Esta expresión que usa Nuestro Señor es particularmente significativa. 

   Recibir al profeta "porque es profeta" es aceptar su profecía, es decir, es acoger al Dios que habla a través de un instrumento que en sí mismo es imperfecto. La hospitalidad aquí ya no es sólo caridad sino sobre todo, actitud de fe: una fe que hace que, al recibir al mensajero de Dios, sea Dios mismo quien nos reciba.

   Ante la indiferencia religiosa y la increencia, que se extienden más y más, sólo una respuesta radical a la llamada de Dios, puede manifestar, ante los no creyentes, la verdad del evangelio y el verdadero rostro del Señor. La acogida a los humildes y sencillos es más que un signo de hospitalidad. En la cultura del Antiguo testamento se consideraba que la hospitalidad era un deber sagrado, y quedó enunciado en una de las obras de misericordia corporales: "dar posada al peregrino". 

   En el contexto bíblico era deber acoger, porque el que no es acogido queda condenado a muerte. La hostilidad del desierto no perdonaría a un peregrino rechazado. No recibirlo, era matarlo. Preguntémonos: ante tantos temores que hoy generan los fenómenos de mendicidad, unidos al egoísmo e individualismo de la sociedad, cómo se podría practicar la hospitalidad evangélica?.

   De otro lado, el evangelio trata de enseñar a los padres y madres de familia que lo más importante de su hogar es Dios, y que ellos lograrán cumplir con su función paterna si logran infundir el amor y temor de Dios en el corazón de sus hijos. Se trata que ellos logren que sus hijos “no antepongan nada en sus vidas al amor de Cristo”. Así, la fecundidad física va de la mano, y muy estrechamente, de la fecundidad espiritual. 

   Los padres que generaron la vida física a sus hijos, les generan la vida espiritual con su testimonio, su palabra, su amor y sacrificio. No cabe duda que la primera y más bella catequesis que reciben los hijos, es en su propio hogar, de los labios y ejemplo de los padres. Cuando se trata de jerarquizar el amor y sus exigencias, Dios está por encima de todo. Las exigencias más nobles del amor humano pasan a segundo plano, cuando Cristo se hace presente.

   Comprendemos, entonces, que para amar verdaderamente al padre, la madre, los hijos, los parientes y amigos, primero debemos amar verdaderamente a Dios. En él se fundamenta nuestro amor y tiene sus consecuencias. Es decir, poniendo a Dios en primer lugar amaremos a todos como él ama. De lo contrario, será un amor limitado, un amor humano siempre escaso. 

   Nuestros apegos expresan, quizá, actitudes egoístas y caprichosas, y no tanto una verdadera vida entregada marcada por el amor. El evangelio refleja el carácter absoluto y fundamental de Dios; es decir, el Dios Amor que no impide amar a otros. Sólo esta renuncia del amor egoísta hace al hombre libre, abierto y generoso por el amor a Dios y a los demás. Toda nuestra vida tiene que ser un esfuerzo diario para des-centrarnos de nosotros mismos por la construcción de un nuevo mundo donde reine el amor, la entrega y la nobleza.

   Vivir la vida con plena dignidad, y, sobre todo decidirse por el seguimiento de Cristo, no implica la negación de nuestros sentimientos, pero sí la ordenación de ellos en el proyecto de una vida más radical. Hay un momento en que la opción por Cristo y por el Evangelio va a exigir de nosotros un verdadero sacrificio, que solamente adquiere valor en cuanto es ofrenda hecha en la plena libertad para una entrega más gozosa y generosa por el Reino de Dios.

   ¿Será que Jesús trata de dividir y destruir la unidad y la comunión familiar? De ninguna manera porque entonces tendríamos que suprimir el cuarto mandamiento. De ninguna manera; Jesús defiende el amor a Dios por encima de todo, como lo afirma la Sagrada Escritura: hay que “Amar a Dios sobre todas las cosas”,  y hay también que “amar y honrar a padre y madre”.

   Entonces, amar a los padres es normal y sería anormal no hacerlo, pero no siempre el amor de los padres coincide con el amor y los planes de Dios. Es ahí cuando el evangelio puede generar situaciones de conflicto de fidelidades. El amor de Dios no sacrifica el amor a los demás. Ni el amor a la familia, ha de sacrificar el amor y la fidelidad al amor de Dios. Puede que haya divisiones, pero no han de llevar a rupturas, más bien, a búsqueda de prioridades.

   Un sacerdote describe cómo vivió este reto en carne propia. Cuenta cómo su papá nunca aceptó su vocación sacerdotal. Él quería ser sacerdote y se encontraba en una lucha interior: ser fiel a Dios que lo llamaba, o ser fiel a su papá que no quería que fuera sacerdote. Fue toda una lucha hasta que la cuerda se rompió cuando el papá se atrevió a decirle “que si era sacerdote, se olvidara de él”. Hoy el sacerdote cuenta que él nunca olvidó al papá, mientras que el papá ni le escribía. Y concluye diciendo: “A mí me sangró mucho el alma. Por más que seguía amando a mi padre, también sentía la voz de Dios que me decía: sigue adelante”.

   Que el Señor nos conceda entender que la vida tiene su auténtico valor en referencia a él, y que es él mismo quien nos envía como discípulos con su autoridad a comunicar a los hombres la alegre noticia de nuestra pertenencia a él, aunque seamos pequeños. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
 

12° Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de Junio de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 19 jun. 2020 19:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 21 jun. 2020 7:42 ]

Chía, 21 de Junio de 2020

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

En la Guerra Espiritual, el Enemigo no Toma Vacaciones
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   En el Evangelio de hoy Jesús nos anima a la vigilancia y fortaleza: "No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma." No tengan miedo reconocer a Jesús. Si lo reconoces delante de los hombres, Él te reconocerá a ti. Si lo niegas, Él te negará. Así como Jesús venció en combate al demonio, dándonos la resurrección, nuestra vida también se enmarca en una batalla espiritual del bien contra el mal.

   Nos hace un llamado a la coherencia en la vida cristiana, recordándonos lo que algún día sucederá, sin falta. Todos a veces nos escondemos por lo que hacemos, decimos o pensamos. Las dificultades y persecuciones a causa de la fe han ocurrido siempre. Y ante ellas sentimos la tentación de dejarnos llevar por el miedo, ocultando nuestra condición de creyentes y absteniéndonos del testimonio que debemos dar.

   El Señor no pide nada que Él mismo no haya experimentado. Lo bello de la fe cristiana está en que Jesús va siempre por delante. Seguirle es sentir la alegría que el camino ya está andado; que nuestros sacrificios, ya los ha vivido Él. Se trata de sentir que la originalidad de nuestra fe está en la vida de Él, y su presencia segura, alienta nuestro caminar. Fue precisamente Jesús quien nos hizo ver el verdadero valor de nuestras vidas; nuestro valor supremo ante el Padre. Por tanto, es quien nos descubre el verdadero valor; que valemos más que unos gorriones y quiere estar pendiente de cada uno de nosotros.

   Por esta certeza divina, que el amor de Dios prevalecerá sobre la muerte, no habrá de qué preocuparse. Entonces los hombres pueden matar nuestros cuerpos, pero no pueden matar nuestras almas. Pueden condenarnos a la muerte por nuestra fe, pero Dios nos lleva a la vida eterna y  definitiva. Los hombres pueden llevarnos al cementerio, pero Dios nos lleva al cielo, porque digamos lo que digamos, es Dios quien tiene la última palabra, no nosotros. Por una parte, Jesús nos recomienda: “no temáis a los hombres”, y por otra “temed” a Dios. Así nos sentimos estimulados a descubrir la diferencia que existe entre los miedos humanos y el temor de Dios. El miedo es una dimensión natural de la vida.

   Más allá del miedo natural, se impone el inmenso Amor que el Señor nos tiene, y lo que significamos para el mismo Dios. Bajo el resplandor de ese amor, nos invita a tener confianza en su providencia; a vivir como  hijos confiados en su  misericordia. Esta certeza de amor divino, nos ayuda a superar el miedo, pues el Padre, que se preocupa de los pajaritos, no permitirá que nada malo nos suceda. San Jerónimo dice que si los pajaritos, que son de tan escaso precio, no dejan de estar bajo la providencia y cuidado de Dios, ¿Cómo nosotros, que por la naturaleza de nuestra alma hemos sido creados para la eternidad, podemos pensar que el Señor nos abandonará ante las dificultades?

   De otra parte, el texto del Evangelio nos recuerda que “nada hay oculto que no llegue a ser descubierto, ni nada secreto que no llegue a saberse”. Si alguna vez nos callamos, debería ser porque es el momento oportuno de callar, por prudencia o por caridad, pero no por miedo o por cobardía. No somos amigos de la oscuridad, sino de la luz, de la claridad en la vida y en la palabra. Cada día se hace más urgente y necesario proclamar la verdad sin ambigüedades, porque la mentira y la confusión son difundidas a diario de muchas formas.

   El mismo Señor fue consciente que sus apóstoles iban al encuentro inevitable de la persecución, del martirio, de las insidias y asechanzas de los hombres. Primero los anima a la predicación: “lo que os digo de noche anunciarlo en pleno día”. Los exhorta a ser pregoneros apasionados de la palabra de Dios. San Pablo dirá a Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el anhelo de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas”. 2 Tim 4, 2-4.

   ¡Cuánto bien podemos hacer formando a los niños y jóvenes en una conciencia fundada en los principios de la recta razón, y en los principios del evangelio, que iluminen y den fuerzas para enfrentar las dificultades de la vida! Sólo a través de una formación sólida, se cumplirá el deseo de Cristo: “no tengáis miedo”.

   El mensaje para hoy es ser vigilantes, a entrar con confianza en la presencia del Señor, para tener fuerzas en el combate espiritual del bien contra el mal. No olvidemos que en esta lucha, el enemigo – el diablo- no duerme ni toma vacaciones. Recordemos las palabras de Jeremías a Dios: "A ti he encomendado mi causa. Canten al Señor que libró la vida del pobre del poder de los malvados”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   A todos los padres, un feliz y bendecido día. Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Solemnidad de Corpus Christi, 14 Junio de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 11 jun. 2020 16:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 15 jun. 2020 5:57 ]

Chía, 14 de Junio de 2020

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Eucaristía…Presencia Real del Señor
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   Hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, el Corpus Christi. El sacramento por excelencia, presencia real del Señor que se queda con nosotros cada día en la mesa del altar. Ya, desde niño, Jesús era como un panecito divino que se ofrecía como alimento. 

   El nació en Belén, que en Hebrero significa “casa del pan”. Dos días en el año acentúan el pleno resplandor de la Eucaristía: el Jueves Santo, en el que se conmemora su institución, y la fiesta del Corpus Christi, centrada en el misterio de la presencia real del Señor en la Eucaristía. 

   Celebramos la vida de Dios en nosotros, y a Jesús que se hace pan de vida, que comparte su vida con nosotros, y en la Eucaristía nos da la vida eterna, nos da a Jesús que se hace pan cotidiano para alimentarnos, y que en la última cena nos dio el mandato de “hacer esto en memoria mía”. Por tanto, se recuerda el amor de Jesús que no solo se encarnó en la naturaleza humana, sino que se encarna en un pedazo de pan, y en un poco de vino para darnos la vida eterna.

   Como “el grano que no muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”, las vidas que no mueren renunciando a sí mismas, terminan muriendo en su infecundidad. Mientras que las vidas que mueren sacrificándose por los demás, son vidas que florecen en nuevas vidas. Lo que no se da, se muere. Lo que se da se hace vida, sigue estando fresco y se convierte en vida. Por esto, Jesús no encontró mejor expresión para sí mismo que el pan. En la última Cena quiso “dejarse a sí mismo” entre nosotros. Y nada mejor que hacerse pan. Jesús Eucaristía es “el pan rodeado de discípulos, el pan “que es entregado”, el pan “partido”, el “pan que se da y se entrega”, el “pan de vida”. “El que come de este pan vivirá para siempre”.

   Como en ningún banquete deben faltar el pan y el vino, Cristo quiso quedarse con nosotros bajo las especies de pan y vino para darnos a entender que, a través de ellos, él permanecerá para siempre como alimento de eternidad. Él está presente en el pan y el vino que el sacerdote, por medio de la consagración convierte en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

   “Así como el pan es uno, nosotros, aunque seamos muchos, somos un solo cuerpo, porque participamos del mismo pan”. Al comulgar nos convertirnos en “cristianos eucaristía” y Cristo nos asimila a Él; hace de nosotros, “nuevos Cristos” que se encarnan en un pedazo de pan, de ahí que el Corpus Christi, es, por lo tanto, el día de la caridad.

   No sólo alimenta nuestro cuerpo, sino también nos alimenta el alma con la eternidad. Cuando vamos en procesión con la Eucaristía por las calles, tendremos que preguntarnos si Jesús-Eucaristía, también pasa por nuestro corazón, si acogemos su palabra en nuestros corazones; si celebramos su presencia o, por el contrario, todo es ausencia. 

   Hoy, más que ir por las calles en procesión, tendremos que llevar solemnemente a Jesús-Eucaristía en nuestro corazón, para convertirnos en pan para los necesitados.  Cuando venimos a la Eucaristía con un corazón abierto para recibir al Señor, siempre podremos irnos con más de lo que trajimos y compartirlos con los demás, como se comparte el pan. 

   Aunque uno no se alimente bien, en lugar de ganar vida y salud, la va perdiendo. En nuestra vida cristiana pasa lo mismo: quien no la alimenta, la va perdiendo. Por eso Jesús se ha hecho para los suyos alimento de vida. Para eso, también, venimos a la Eucaristía: para alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios y del Cuerpo y Sangre de Cristo. 

   El cristiano que abandona la Eucaristía, poco a poco se va debilitando y su vida cristiana va desapareciendo. Y es que el alimentarnos del Cuerpo de Cristo nos va transformando en él. Quien está bien alimentado de Cristo, irradia vida. El pan que se comparte, lleva a compartir el pan con el necesitado y la cercanía con el que está solo. 

   Jesús nos alimenta en el Altar con una doble Mesa, con dos platos fuertes: su Palabra, y el Sacramento de la Eucaristía. Con este alimento tenemos todo lo que nos hace falta. La Palabra que nos instruye, nos guía, nos corrige, nos consuela y nos orienta. Y la Eucaristía que nos nutre y nos hace participar en la Vida de Dios, y que reservamos en el Sagrario, no sólo para poder llevarla a los enfermos, sino también para que, puestos a sus pies en humilde adoración, podamos experimentar casi sensiblemente la presencia consoladora de Jesús, que nos acompaña en nuestro camino al Cielo. 

   Qué gran regalo: Cristo se hace presente, con su cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su divinidad; y qué gran misterio, que la boca del pobre pecador, se pueda comer a su propio dueño! Es admirable que todo un Dios que se queda con nosotros de manera tan sencilla, en algo tan vulnerable como es el pan, tan al alcance de todos y tan cercano a todos, pero así es Dios. 

   Si pudiéramos tomar un pedacito de este pan divino! Es tan necesario que lleva toda la vida a nuestro lado, tan básico que no falta en la mesa de pobres y ricos, sencillos u orgullosos. Es el pan divino que se parte y reparte para alcanzar a todo el que lo desea; que se rompe y se desmigaja para curar todo lo que hay roto en nosotros. Es el pan divino, en el que encuentra sentido nuestro esfuerzo, la dedicación y la entrega de tantas manos anónimas. 

   Pan divino que huele a semilla germinada por rayos de sol, lluvia y viento, y por el incansable trabajo de los labradores que confían en Dios. Mientras ansiosos esperamos que se reabran los templos para alimentarnos de este divino manjar recibámoslo en comunión espiritual. El Señor sabe que lo necesitamos. Tengamos paciencia que cuando nos reencontremos en el altar, la hostia bendita nos sabrá a divino manjar celestial.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


Saludo Solemnidad de La Santísima Trinidad, 7 Junio de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 5 jun. 2020 15:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 jun. 2020 12:30 ]

Chía, 7 de Junio de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Dios es Amor
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.


 
 Dios es Amor, y es el amor el que define este Misterio insondable que llega a lo más hondo de nuestras entrañas: ¡Dios es familia! ¡Dios es comunicación mutua! ¡Dios es comunidad! En el Misterio de la Santísima Trinidad, ensalzamos, sentimos, palpamos y proclamamos el inmenso amor de Dios que, lejos de quererlo para sí, lo comparte, lo manifiesta en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

   Ante este soberano misterio, damos gracias a Cristo porque a través de él comprendemos, tocamos y amamos la grandeza de Dios. Al contemplar el misterio de la Trinidad de Dios, nos incorporamos con Cristo, por Cristo, en el Espíritu y por el Espíritu a esa gran familia en la que el Padre siempre tiene un lugar para cada uno de nosotros sus hijos. 

   Los cristianos recibimos el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así comienza nuestra vida de miembros de la Iglesia. Con esta fórmula expresamos nuestra fe en los momentos más decisivos de nuestra existencia. La Santísima Trinidad es el misterio más escondido en Dios, el misterio de la intimidad de Dios, pero abierto a la mirada de todos. Como se trata de una verdad inefable que sobrepasa infinitamente los límites de lo creado, exige de nosotros una disposición de fe, docilidad y contemplación ante soberana majestad. 

   Lastimosamente estamos tan acostumbrados a todo, que nos hemos vuelto indiferentes ante tantas maravillas que nos rodean. El misterio de la Santa Trinidad nos abraza y nos cubre todos los días, pero quizá permanecemos fríos e insensibles. Al persignarnos hacemos una señal de la cruz pequeña sobre la frente, la boca y en el pecho sobre el corazón, pero tal vez no sabemos lo que indican. La cruz sobre la frente se refiere al Padre que está sobre todo. La cruz en la boca, indica al Hijo, la Palabra eterna del Padre, brotada desde el seno del Padre celestial desde toda eternidad. La cruz sobre el corazón simboliza al Espíritu Santo. Este triple signo encierra el reconocimiento y aceptación al misterio creador más central del cristianismo. 

   La Trinidad se revela como Padre amoroso creador, como hijo reconciliador y como Espíritu Santificador. Las tres personas distintas y un solo Dios verdadero; el misterio divino que aunque lo confesamos en nuestro credo, siempre será inabarcable porque solo el mismo Dios es quien lo puede revelar. Y es precisamente por el amor, como lo dice el Apóstol, que tendremos acceso a dicho misterio. San Juan afirma que el Dios de nuestra fe es “un Dios amor”, y su esencia es “el amor”. La trinidad no es solo el misterio de Dios, es también el misterio de cada uno de nosotros, en cuanto que el verdadero cielo y la morada de Dios somos cada uno de nosotros. “y vendremos él y haremos morada en Él”. 

   En la experiencia humana, el amor se va colando en cada corazón de manera disimulada pero muy real, sensible y efectiva. Así pasa con la Santísima Trinidad que se va dejando encontrar en lo más cercano y cotidiano. De niños, mientras tomábamos el pecho de mamá, se nos iba descubriendo la imagen de Dios. Mientras íbamos descubriendo la imagen de “papá”, se nos iba regalando la imagen de “Dios Padre”. Fuimos descubriendo a Dios, al mismo tiempo que a nuestros padres. Hemos crecido con la imagen de Dios creciendo en nosotros. Mientras crecíamos nosotros, Dios iba creciendo en nosotros. Y lo primero que nos enseñaron y aprendimos fue el “Padre nuestro”, de modo que nuestra primera conversación con Dios fue “llamarle Padre nuestro”. 

   Esto nos permite comprender que la Historia de la Salvación, ha sido la historia de ese Amor de Dios, que nos creó por amor y que, cuando por el pecado nos alejamos de su amor, no nos abandonó, y en la inmensidad de su amor envió a su Hijo al  mundo, que nos amó con el amor más grande, el que da la vida por los amigos y, como si fuera poco, nos envió el Espíritu Santo para asegurarnos su presencia para siempre. La Santísima Trinidad, es la eterna historia de amor narrada de manera admirable en la Cruz. Misterio de amor del que venimos, en el que nos movemos y existimos y hacia el que caminamos. 

   El misterio de la Santísima Trinidad, entonces nos asegura que nuestra mayor grandeza está en ser familia de Dios. Que Dios es familia nuestra, que estamos habitados por él y que somos el templo mismo de Dios. Esta solemnidad es, por lo tanto, la fiesta de Dios pero también en nuestra fiesta porque el mismo Dios hace fiesta en el recinto sagrado de nuestro corazón. 

   Y no olvidemos que en esta historia de salvación, María santísima la Madre de Jesús, es la obra maestra de la Santísima Trinidad, porque en su corazón humilde y lleno de fe, Dios se preparó una morada digna para quedarse entre nosotros. Nadie como ella ha acogido en su alma la presencia misteriosa y fiel de la Trinidad Santísima. Que con su ayuda, progresemos en el amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Como una madre no se cansa de amar a sus hijos, Dios, que nos envió a su hijo para salvarnos, con mayor razón nos seguirá amando y se seguirá revelando en las infinitas muestras de su amor por nosotros. 

   Que esta Solemnidad nos ayude a ser dóciles al misterio y amarlo. Que tengamos la capacidad de dejarnos maravillar por él; que tengamos la capacidad de admirarnos ante su presencia cotidiana. Si la Santísima Trinidad es el misterio soberano, lo fundamental será, entonces, amar dicho misterio. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

“Santísima Trinidad, acompáñanos en los viajes de esta vida y en el viaje a la eternidad”

 Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Solemnidad de Pentecostés, 31 Mayo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 29 may. 2020 17:31 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 may. 2020 9:22 ]

Chía, 31 de Mayo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Ven, Dulce Huésped del Alma
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   Hoy, cincuenta días después de la pascua, celebramos la solemnidad de Pentecostés, día en que Jesús envió el Espíritu Santo sobre los discípulos. Día en que el Espíritu Santo, como arquitecto del Padre, coloca la primera piedra de la iglesia; extiende su fuego sobre los apóstoles para que actúen y salgan de su encierro, revistiéndolos de su color rojo, símbolo de la pasión por el Reino de Dios y colocando en las almas un lenguaje común: el lenguaje del amor. 

GIFS: 40 Imágenes Animadas de Jesús - 1000 Gifs   En Pentecostés, el Espíritu Santo, - como arquitecto del Padre-, edifica no una torre de Babel de orgullo, egoísmo, ambición y confusión, sino una Iglesia, comunidad en la que todos tienen el mismo fuego del Espíritu, unidos en la fe y la caridad.

   El Espíritu Santo ha estado siempre en la obra del Señor. Cuando Jesús nace en Belén es por obra del Espíritu, y cuando la Iglesia nace en Jerusalén es por obra del Espíritu. Cuando Jesús inicia su ministerio, lo hace bajo el poder del Espíritu en su bautismo. Cuando Jesús anuncia el Reino de Dios, es guiado por el Espíritu. Cuando los apóstoles se abren a los gentiles, son guiados por el poder de su Espíritu. Bajo esta mirada cabe también la historia de la Iglesia, que desde hace más de dos mil años, ha sido la historia que el Espíritu Santo ha escrito a través de unos hombres de fe que se dejaron guiar por el Espíritu. Esta Iglesia del Señor Jesús, la iglesia católica, fue, es y será edificada por el mejor arquitecto, el Espíritu Santo, quien nos garantiza, en sus siete dones, los planos seguros y la guía inequívoca. 

   El mismo Espíritu que crea la unidad, crea la diversidad; crea la comunión y a la vez las diferencias. Es el mismo que crea una misma Iglesia y la pone en camino, regalándole en Pentecostés una nueva alma y un nuevo dinamismo; la guía a la plenitud de la verdad, la instruye y la dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos. La embellece con abundantes frutos, la rejuvenece, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su esposo  y cabeza. 

   San Hipólito afirmaba: "Cuando se rompe un frasco de perfume, su fragancia se difunde por todas partes. Al romperse el cuerpo de Cristo en la cruz, su divino Espíritu se derramó en los corazones de todos". Sin la presencia del Espíritu que entra en la habitación de nuestro corazón seguiremos dormidos, y la iglesia quizá encerrada. Sólo la presencia y poder del Espíritu Santo puede vivificar, dinamizar, liberar y divinizar nuestra vida, si somos dóciles a él. 

   Del Espíritu Santo proceden todos los bienes materiales y espirituales que recibimos. San Cirilo de Jerusalén hace una hermosa comparación con el agua. El agua es condición necesaria para que haya vida. La lluvia siendo siempre la misma, produce efectos muy diferentes dependiendo de quién la recibe. En una vid se convierte en uva y luego en vino; en un árbol frutal se convertirá en naranjo, en limón, en lima y dará un fruto exquisito. 

   El agua siendo la misma produce diversidad de frutos. Así es Dios, siendo el mismo produce diversos frutos según la persona que lo recibe, pero siempre es Dios la fuente de donde nace todo bien. Como el agua hace germinar al árbol seco, así también el Espíritu Santo devuelve la vida de gracia a través del perdón de los pecados. Como el agua nutre al árbol sano para que a su tiempo produzca la cosecha, así el Espíritu Santo alimenta con la Eucaristía para ayudarnos a perseverar en la confianza, en el bien y en la fe. 

   El fruto por excelencia del Espíritu Santo, es el Amor divino que llena de dicha interior y de consuelo, al mismo tiempo que llena el corazón de una paz y dulzura que perduran aun en medio de la adversidad. Por eso lo invocamos como el “dulce huésped del alma”. Dado que somos creaturas limitadas y pecadoras, necesitamos la fuerza de sus siete dones para tener una relación con Dios, para recibir su amor y extenderlo.

    “El Don de los dones espléndido” se traduce en el amor sagrado que nos hace amables y gentiles, y a la hora de ayudar a los demás lo haremos con bondad sincera. Se traduce en esa bondad que proviene del Espíritu Santo, constante y perseverante que nos provee de un coraje duradero, haciéndonos afables, agradables y atentos a los demás. Es la “fuente del mayor consuelo” que habita en nosotros y hay que cultivarlo para que el amor de Dios pueda reinar y dar fruto en nosotros. 

   Si queremos sentir la presencia del Espíritu Santo, habrá que deshacernos de nuestros caprichos y acomodarnos a la voluntad de Dios. Ser como la arcilla en manos del alfarero, para que Dios pueda moldearnos y llevarnos por el sendero de su Espíritu. Él obrará en nosotros, solo con nuestro consentimiento. Si llegamos a consentir aunque sea mínimamente a las inspiraciones de Dios, quedaremos bajo su poder, su guía y su luz. 

   Dejemos que el fuego de Pentecostés queme los individualismos, los miedos y los temores que nos acosan. Que ensanche nuestros corazones para acoger a los demás y no encerrarnos en nuestras fronteras. Que el fuego del amor divino encienda en nuestros corazones su divino amor, para sentirnos hoguera de una misma luz, miembros de una misma comunidad y protagonistas del único proyecto eterno de Dios, porque pentecostés es el fruto eterno e incontenible de la Pascua. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 7° Domingo Pascua, Solemnidad de la Ascensión, 24 Mayo 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 23 may. 2020 10:52 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 may. 2020 13:39 ]

Chía, 24 de Mayo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Testigos de la Eternidad
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.


   Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor al cielo. Su partida marca el término del tiempo del Señor entre nosotros y da comienzo al tiempo de los discípulos, el tiempo de la Iglesia. Antes de ascender al cielo, Jesús reviste a sus discípulos con su bendición, para dejarlos habitados y revestidos de él; luego les asegura su eterna presencia: “…Y Yo estaré con vosotros, todos los días hasta el fin del mundo”.
 

   Esta solemnidad nos recuerda que, desde el bautismo, la humanidad redimida está en una íntima unión con Cristo; y como Iglesia, cuerpo místico, también estaremos unidos a Él que es nuestra cabeza. Vale la pena que nos dejemos “contagiar” de este impulso divino de la humanidad y de la historia. La ascensión es “punto de llegada”, al terminar el camino terreno de Jesús, y también es “punto de partida”, al comenzar la tarea misionera que Dios encomienda a cada uno. Hoy Jesús se despide, pero no es un alejamiento definitivo, porque regresará a perfeccionar al ser humano y a toda la creación. 

   Exaltado a los cielos, el Señor seguirá permaneciendo con nosotros. No nos deja solos. Nos deja la imagen del Padre grabada en nuestros corazones y se lleva grabada en su corazón los rasgos de nuestra débil naturaleza, para colocarla junto al Padre celestial. Si Jesús está en lo más alto de los cielos, nada ni nadie estará por encima de él. Él es la meta más alta a la que aspira la humanidad. San Agustín, lo expresó de esta bella manera: 

   “El Señor se fue, pero sigue estando. Nosotros estamos aquí, pero de alguna manera estamos también con él. Nuestra vida está en la tierra pero nuestro corazón está en el cielo; y teniendo nuestro corazón en el cielo, buscamos las cosas de arriba, mientras que las cosas de la tierra se relativizan. Jesús, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; ahora que vuelve al cielo, tampoco nos deja. Cristo es la cabeza del Cuerpo, y si la cabeza ya está glorificada, de alguna manera también estamos glorificados con él”. 

   La felicidad sólo la encontramos en Dios. Muchos la buscan en las riquezas. Pero cuantas más riquezas tienen, más quieren. Uno nunca queda satisfecho. Algunos parecen que lo tienen todo y, sin embargo, se sienten vacíos. 

   Buscan la felicidad donde no está y, al no encontrarla, caen en la desesperación. Nosotros, además de mirar al cielo, tenemos que mirar a la tierra y seguir avanzando al cielo, sin descuidar nuestras tareas. Como el ciclista que, para mantener el equilibrio, tiene que pedalear y avanzar, nosotros sólo nos mantendremos unidos a Jesús, si avanzamos junto a él. Él no nos ha dejado solos, va a nuestro lado y muchas veces nos lleva sobre sus hombros. 

   Cristo, en su Ascensión, ya ha alcanzado lo que nosotros esperamos: el gozo de estar con Dios. Si queremos seguir su camino, hemos de procurar un estilo de vida digno del ser cristiano, aunque esto signifique remar contra la corriente. Acordémonos que el pez que está muerto es el que se deja llevar por la corriente, el pez que está vivo, no.

   El cielo que nos promete el Señor, no se encuentra solamente sobre nosotros; él está en nuestro corazón, en la intimidad de Dios con nosotros, como una realidad y una tarea. Por eso con la ascensión comienza la misión de la Iglesia: ir por todo el mundo anunciando el evangelio, es decir, anunciando la “aspiración a las cosas de arriba”, y el deseo de participar de la misma gloria de Cristo. 

   Si el Señor nos deja con los pies en la tierra, nuestra mirada, nuestra alma y nuestro corazón, se levantan al cielo. Lo que indica que, además de mirar al cielo, habrá que grabar en los senderos del mundo, el Reino de Dios. Habrá que ir tras las huellas del Señor, con la certeza que «Él  estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». 

   Sin dejar de mirar al cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Mucho que cambiar en cada uno de nosOtros, en los demás, en la sociedad y a nuestro al alrededor!  Hay que transformar nuestros corazones y este mundo desde sus cimientos, con la fuerza de su amor. El argumento fundamental, es que Cristo ya nos ha incluido de alguna manera en su destino final. 

   Que esta solemnidad se traduzca en una bellísima tarea para que los padres graben en los corazones de sus hijos la imagen de Dios, a través de la oración y de la vida espiritual, los encaminen por los senderos del cielo, y los enseñen a buscar los tesoros de Dios. 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

 

Saludo 6° Domingo Pascua, 10 Mayo 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 16 may. 2020 9:10 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 may. 2020 17:57 ]

Chía, 17 de Mayo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

“Me Voy, Pero os Daré un Abogado y Defensor…
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   En este sexto Domingo de Pascua, el Señor, en su despedida y en su promesa, nos habla del gran don pascual que nos dejará. “Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. En la ausencia del Señor, los discípulos experimentarán su presencia a través del regalo del Espíritu Santo, el regalo de la paz y el regalo del mandamiento del amor. 

   A los apóstoles les habría gustado que Jesús permaneciera con ellos para siempre, tal cual lo vieron durante esos cincuenta días después de la resurrección. ¿Cuántos de nosotros quisiéramos que nuestros seres queridos permanecieran para siempre? Será más tarde cuando se llegue a comprender que conviene que el Señor se vaya de nuestro lado para seguir nuestro propio camino y con alguien más que nos acompañe. 

   El Espíritu Santo que nos promete el Señor resucitado, antes de ascender al Padre, será la presencia misma del amor de Dios en nosotros. Ese es el misterio del don del Espíritu de la verdad en nosotros. Dios lo concibe en nuestro corazón y nosotros casi no nos enteramos. Dentro de nosotros se produce la gran maravilla de “Jesús en el Padre, nosotros en Jesús y Jesús en nosotros”. Como la madre que ha concebido, también nosotros comenzamos sin casi enterarnos ni percibir ese nuevo misterio de la vida del Espíritu en nosotros. 

   Y poco a poco, ese divino misterio “que el mundo no ve ni conoce”, el Espíritu Santo, tiene que comenzar a manifestarse, así como la semilla germina en la tierra, pero está llamada a brotar, y quizá tarda un poco, pero brota. Es cuando nos enteramos de la nueva vida que comienza a florecer desde la entraña de la tierra. Jesús nos anuncia su divino Don del Espíritu que brota de sus entrañas para dar fruto en nuestro corazón. 

   Jesús se va, pero no los va a dejar en orfandad, porque habrá, en el tiempo de su ausencia, una presencia que les animaría constantemente, el Espíritu Santo. “los cristianos no nos quedamos huérfanos de Dios”, porque estamos habitados por él; porque Jesús seguirá con nosotros y nos ha dado la Iglesia como “madre” y familia, la misma familia de Dios, de ahí que “vendremos a él y haremos morada en él”. Vivimos como familia de Dios, en la compañía de Jesús, el mismo que nos dijo: “Yo estaré con vosotros hasta el final del mundo”, es decir, estamos habitados por dentro y acompañado por fuera. 

   Será a través del Espíritu, que Jesús se mantendrá presente y vivirá en la comunidad: “donde estén dos o tres reunidos en mi nombre allí estaré yo en medio de ellos.” La comunidad, a su vez, tendrá que crecer en torno a tres legados. El primer legado es guardar su Palabra, atesorarla y ponerla en práctica. El segundo legado es la Paz, como fruto de la presencia del Espíritu Santo en cada uno y que trasciende los moldes humanos, porque se basa en el amor que viene del Padre. El tercer legado es el amor que asegura la presencia de Jesús, como primer imperativo práctico y real para ganar la salvación  (Mateo 25), porque amar a Jesús, es amar su proyecto. Ese amor produce gozo y en el amor a los demás mostramos la verdad de nuestro amor. “Si alguno dice que ama a Dios y aborrece a su hermano es un mentiroso”. 

   Entonces, la fe requiere e implica amar a Jesús, guardar sus mandatos y hacerle un sitio especial a nuestro abogado y defensor, el Espíritu divino. Si en los negocios de este mundo nos vemos tan necesitados de buenos consejeros y guías, para conquistar el cielo ¿no necesitaremos un consejero mayor? ¿Podremos vivir solos la aventura de la fe? Ante tantos miedos que tenemos y tantos ataques del mal, pidamos que el Padre nos envíe a su consejero y defensor, al Espíritu Santo, que siga susurrando su voz en el fondo de nuestras almas, para no sentirnos huérfanos y experimentar que el Señor estará con nosotros, por los siglos de los siglos. 

   La vida actual está llena de ruido, palabras que van y vienen, mensajes que se cruzan y, con frecuencia, los seres humanos perdemos la capacidad de amar, la capacidad del silencio, la capacidad de escuchar en nuestro interior la voz de Dios que nos habita. Dios puede continuar siendo aquel desconocido de quien hablamos o a quien afirmamos creer pero con quien pocas veces nos encontramos en la intimidad del corazón. Solo en el silencio oiremos lo que el otro necesita, lo que quiere, y sabremos qué es lo que podemos darle, como podemos ayudarle. 

   No obstante, nosotros, muchas veces, no queremos percibir la acción del Espíritu. Nos convertimos en hacedores de nuestra vida sin dejar ni tiempo ni espacio para que el Espíritu de Dios actúe en nosotros. Nos creemos poseedores de la verdad y no queremos que nadie nos quite nuestras ideas, nuestra forma de ver y actuar. Sin embargo, como los discípulos, si nos abrimos, nos dejamos acoger e intentamos vivir el evangelio en nuestra cotidianidad, el Espíritu de Dios se manifestará, saldrá de nuestro interior, porque viviremos con la verdad, defenderemos la justicia, nuestra bandera será el respeto, la libertad y la sinceridad. 

   El Espíritu Santo en nosotros y en la comunidad, es su alma y su motor interior. Quien nos hace descubrir al Padre bueno y misericordioso, y quien nos permite actuar con la libertad de los hijos de Dios, para hacer de este mundo, un mundo más fraterno y sensible con los que sufren, para incluirlos con amor y respeto como hijos de un mismo Padre. Jesús no nos dejará huérfanos, pero tampoco nosotros podemos dejar huérfanos a los demás; tenemos que arroparlos con nuestro amor, sentirlos familia nuestra y sentirnos familia de todos. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 5° Domingo Pascua, 10 Mayo 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 8 may. 2020 18:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 8 may. 2020 19:11 ]

Chía, 10 de Mayo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

"Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
SIN GRABAR AÚN
   Aunque la despedida de Jesús con sus discípulos está marcada por un tono de tristeza y un ambiente de nostalgia al afirmar: “Me voy a la casa de mi Padre, pero no estén tristes. Confíen en Dios y confíen también en mí…”, no obstante, más que una despedida, es un adelantarse abriendo y preparando el camino de la eternidad. Es una despedida que no es un final sino un comienzo. Es lógico que los discípulos sientan que se van a quedar solos. Él trata de consolarlos: será necesario que él se vaya, pues sólo así, los discípulos y quienes sigamos en este mundo, podremos dar testimonio haciendo “las obras del Padre, y aún mayores que las que él hacía”. 
   

Se requerirá, entonces, de la ayuda del mismo Dios para sentir su presencia cercana, y marchar tras las huellas del Señor. El evangelio nos da la solución con la sentencia del Señor: Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por mí”

   Tres palabras sencillas y de contenido definitivo porque a través de ellas conocemos no solamente la identidad del Señor, sino la ruta segura que nos conduce a la eternidad. Tres palabras que también definen la identidad de todo cristiano, en la medida en que las cumplamos. 

   Gracias a la revelación de Dios en Jesucristo, tenemos acceso al Padre, lo sentimos más cercano, amoroso y presente entre los hombres, en su Hijo Jesús. Él se ha hecho camino, verdad y vida, para que todos podamos llegar hasta el Padre, conocer su verdad divina, y compartir con él nuestra vida, llenándola de eternidad. El encuentro entre Dios y nosotros, se realiza en Jesucristo, porque Dios se encarnó para estar cercano y visible, y para llevarnos al Padre. Si la meta es llegar al Padre, y Jesús es la revelación del Padre, entonces sólo en él podemos conocer a Dios. Es ahí donde entendemos a Jesús “camino, verdad y vida”. Camino porque Él es quien nos señala por dónde ir. Verdad porque la única verdad de Dios es Él, y Vida porque la misión de Jesús es darnos la vida de Dios. 

   “Camino” significa el sendero y la posibilidad de alcanzar la plena felicidad. “Verdad” quiere decir la valoración adecuada de las personas, las cosas y los acontecimientos. “Vida” es el nivel de la existencia donde nunca nos sentimos fracasados, sino protagonistas de la historia a pesar de las dificultades. Jesús no habla de cualquier camino, ni de cualquier destino. Es un camino de Verdad y Vida que nos lleva al corazón del Padre. Un camino que le da sentido a nuestra vida de Fe. Dado que el camino suele tener tramos estrechos y puertas angostas puede ocurrir que nos cansemos o que sintamos que muchas veces nos vamos arrastrando. Puede ser que nos den ganas de desandar el camino o mirar para atrás y es aquí donde se nos plantea el desafío de transitar ese camino desde la verdad, no escondiéndonos en la falsedad que nos propone el mundo, la mentira, el individualismo, la primacía de lo material, o el riesgo de vivir como si Dios no existiera. 

   Muchos, quizá, buscamos continuamente la verdad, ¿y nos preguntamos qué es y dónde está? La verdad no está en la mentira, ni en el dinero, ni en la fama, ni en el poder. La verdad nos la revela Jesús y la encontramos en su total transparencia, en su humildad, en su docilidad al Padre y en su servicio a los demás. La verdad es Jesús que nos acerca al Padre. Y ante la pregunta por la vida, muchos piensan que consiste es en disfrutarla con intensidad, y sin preocupaciones. Sin embargo, vivir es estar abiertos a la esperanza, siempre de cara a Dios; entregándonos y desgastándonos en el servicio a la humanidad, y compartiendo con los más necesitados. Es vivir sembrando el amor por doquier y ser humildes. Vivir es respetar la vida, la nuestra y la de los demás, es trabajar por la dignidad de todos. 

   Dejemos que el Señor nos llame la atención:
  • “Yo soy el camino y no me buscas. 
  • Yo soy la verdad y no me crees. 
  • Yo soy la vida y no me disfrutas. 
  • Soy tu guía y no me sigues. 
  • Me dices maestro, pero no quieres aprender de mí. 
  • Me dices pastor y no me oyes. 
  • Me llamas eterno y no me esperas. 
  • Me llamas santo y no me imitas. 
  • Me llamas amigo y me traicionas. 
  • Me llamas dueño y no me sirves. 
  • Te espero y nunca llegas. 
  • Te doy mucho y me pides más. 
  • Te hago sabio y eres necio despreciándome”. 

   El mayor peligro y contradicción que muchos católicos podemos tener es elegir del mensaje de Jesús lo que nos agrada y rechazar lo que nos incomoda. Como cristianos, debemos estar convencidos de que el único camino certero, limpio, justo, y comprometido que nos lleva a Dios es precisamente Jesucristo Salvador. Decir lo contrario es caer en una religión a la carta: recojo esto que me conviene y dejo aquello que me desagrada. 

   ¿Qué caminos atrapan nuestros pasos? ¿Qué verdades imperan en nuestro corazón? ¿Por qué tipo de vida nos la estamos jugando? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
   


Saludo 4° Domingo Pascua, 3 Mayo 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 2 may. 2020 6:24 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 3 may. 2020 7:19 ]

Chía, 3 de Mayo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

"El Señor es mi Pastor, nada me falta"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.


   Hoy, en el día del buen pastor, la Palabra de Dios nos invita a escuchar la voz del Señor, a seguirle y a conocerle. En la relación del Señor, el Buen Pastor, con el rebaño - que somos nosotros- se diseñan las características del auténtico pastor: Dar la vida por las ovejas. Conocer a sus ovejas.                                                                                           Las ovejas le conocen. El Padre conoce al Hijo y el Hijo al Padre. Y el Hijo da su vida por las ovejas. Pero hay ovejas que aún no están en el rebaño.                                                                                                                         Jesús como supremo Pastor, traza el modelo de los pastores. Ser pastor es estar dispuesto a darlo todo por su rebaño: Dar su tiempo. Dar sus cansancios. Dar lo que tiene. Darse a sí mismo. Ser capaz de morir para que las ovejas vivan.                                                   
    
Las características que definen al buen pastor y al rebaño son estas: “Escuchan la voz del Pastor”, porque les es familiar. “El pastor que conoce a sus ovejas”, y “Las ovejas que le siguen”. Para que las “ovejas escuchen la voz del Pastor, y él las conozca” se requiere que él esté “cerca de ellas”, ya que nadie conoce desde lejos, ni se puede pastorear a control remoto. Él las llama por su nombre y camina delante de ellas. El pastor no amenaza ni empuja, sino que va con ellas marcando el rumbo. Sólo se puede seguir al que va por delante, porque brinda confianza y es ejemplo y modelo. De ahí que el pastor tiene que ser el primero en vivir el Evangelio, para servir de modelo.
    Jesús se atribuye el título de Pastor y lo fundamenta en la verdad de su vida, manifestada en su espíritu de amor y de servicio hasta la muerte. Cuando Jesús dice: “Yo soy la puerta”, se nos está descubriendo como el punto de encuentro. En Jesús toda persona puede encontrarse con Dios, porque en él, Dios se nos manifiesta, sale a nuestro encuentro, nos abre, nos acoge y nos perdona. Hay muchas puertas que quieren desviarnos de la verdad. Su denuncia, es entonces, contra tantos falsos pastores que no merecen nuestra confianza, ni son garantía de nada. 

   Sólo la puerta de la verdad, que es Jesús resucitado, nos abre al camino que nos lleva al banquete de la vida. Él nos da acceso a la vida del Padre, y nos invita a entrar en ella, no con palabras aduladoras o con falsas promesas, sino con un profundo realismo: "El que quiera seguirme, que tome su cruz". Es decir, sólo hay una puerta que se abre a una vida verdadera y nueva: la del amor hecho servicio.

   El Buen Pastor, se regocija con las ovejas que están cercanas a Él pero también va en busca de las extraviadas. No teme ni montes, ni bosques, ni barrancos hasta llegar a la oveja extraviada y recuperarla, y lejos de enojarse, por su compasión la toma sobre sus hombros y de su propio cansancio, “cura y venda sus heridas”. Su misericordia es infinita y su amor quiere alcanzar a todas las ovejas, aunque sean de otro redil: “tengo otras ovejas que son de otro redil que necesitan ayuda”. A todos aquellos que se han apartado de su amor y han perdido el calor de su corazón, los sigue buscando para ofrecerles sus entrañas de pastor, porque el buen pastor no busca el bien de sí mismo sino el bien de los demás. 

   Jesús olía a cuna de pastores, olía a establo de ovejas, olía a pueblo sencillo, olía a enfermos, a ciegos, a leprosos, a cojos y paralíticos. Olía a gente que tenía hambre. El mejor perfume de un pastor es “oler a oveja”, es decir, a gente, a pueblo, a rebaño. La calidad de los pastores se demuestra por la calidad del rebaño, por la vida del rebaño y por la unidad del rebaño. Y es en esta lógica que el Señor ha elegido a los pastores para custodiar su rebaño. A este respecto, se refiere el Papa Francisco diciéndonos que el Pastor tiene que ir detrás del rebaño; delante del rebaño; con el rebaño, y en medio del rebaño. Misión que no es nada fácil, pero misión maravillosa, porque es la que mejor nos configura con el mismo Jesús que “entregó su vida para que nosotros tuviésemos vida”. El mejor pasto del rebaño, o sea el Pueblo de Dios, es la vida consagrada de sus pastores. 

   En este día encomendemos a todos aquellos a quienes el Señor ha llamado y les ha confiado el ministerio del pastoreo en la Iglesia, a través de los cuales sigue realizando su tarea pastoral. El papa francisco, y con él todos los Obispos del mundo, con la colaboración de los sacerdotes, los diáconos, religiosos y religiosas, que ayudan en el pastoreo de la Iglesia universal. Tarea que Jesús ha confiado extender.

   En cualquier condición en que nos encontremos, siempre tendremos que ser pastores, porque siempre tendremos ovejas que cuidar. ¡Cuida de tu vida, de tu familia, de tus semejantes, de tus vecinos, de tus compañeros!. Ojalá que la liturgia de este domingo, nos ayude a reconocer la voz del Señor, especialmente en aquellos que están lejos de él y que en el fondo de su alma necesitan la mano tendida y segura del Buen Pastor. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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