Saludo Semanal  




Saludo 33° Domingo del Tiempo Ordinario, 18 Noviembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 16 nov. 2018 9:04 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 nov. 2018 10:06 ]

Chía, 18 de Noviembre de 2018
 

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Cielo y Tierra Pasarán…Mis Palabras No Pasarán


   El Evangelio de este Domingo nos anuncia el Juicio al final de los tiempos, y Jesús, el Verbo de Dios, nos invita a dejarnos juzgar por su Palabra.

El cielo y la tierra pasarán, mis Palabras no pasarán

Nos habla del momento final en donde todo parece terminar en cataclismo. Luego nos abre a la primavera de la higuera que empieza a echar yemas en las ramas todavía casi desnudas del invierno. Finalmente asegura nuestra esperanza en su Palabra que nunca pasará. Las cosas pueden ponerse mal, el cielo puede oscurecerse y sentir que el sol se apaga y, sin embargo, será la Palabra del Señor la que nos abra a la Esperanza.

    Jesús nos invita  a leer los signos de los tiempos como estímulo constante para la conversión y la misión, para dar testimonio de su nombre. Es preciso estar atentos y mirar al mundo con los ojos que lo ve Cristo. 

La historia llegará a su fin algún día, y +para evitar cualquier especulación, o dar rienda suelta a la imaginación, nos dice el Señor que “ese día y esa hora nadie la sabe, -ni siquiera Él mismo-, sólo el Padre”.

   Es algo que el Padre lo guarda en lo más hondo de su corazón. Evitemos hacer cálculos para saber hasta cuando podemos demorar nuestra conversión; o hasta cuándo podemos vivir de manera mediocre; más bien estemos preparados, vigilantes, bien dispuestos para el encuentro con Él.

   Ante tantos agoreros del fin del mundo, los creyentes sabemos que sólo aquel que lo comenzó todo, sabrá cuándo terminará todo; no nos preocupamos por el “cómo”, ni el “cuando”; más bien hay que centrar nuestra mirada en el amor victorioso del Señor, sabiendo que Él está a la puerta, “llegando” en el latido frágil y en lo secreto de cada corazón.

    San Marcos nos invita a “aprender a ver”. No basta tener ojos para ver; hay que saber leer lo que vemos. Es fácil darnos cuenta de cosas muy pequeñas como las yemas que brotan en los árboles, y sin embargo, cuánto nos cuesta ver la presencia y las huellas de Dios. Olvidamos que el futuro está en sus manos y su salvación ha comenzado aquí y ahora.

    Es la fe la que nos da la certeza que "desde que nacemos caminamos hacia la muerte", pero el final del mundo y de la humanidad nos está vedado; sólo lo sabe Dios. Más que saber cuándo vamos a morir, importa es vivir en la certeza y la esperanza que nuestro destino es la eternidad. El fin del mundo o de nuestra vida es solo el más hermoso y natural paso que podemos dar en la vida, - como lo dio Jesús-, a una vida más clara y mejor.

    El Señor nos hace un llamado a la confianza en Él. Comprendemos que “el verdor de la higuera anuncia la primavera próxima, el color del cielo predice el verano y las lluvias”. Cuanto más oscura sea la noche, estará más próxima la luz del nuevo día; mientras más nos abrume la vida, más cerca estará el Señor. 

   Solo Jesús, que sabe mirar más allá de las nubes y de las profundidades, y escuchar los secretos de Dios, puede pronunciar, por su Palabra, la sentencia definitiva: “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

    Para quienes tienen la mirada puesta en lo inmediato, les resulta desconsolador e incómodo, plantearse perspectivas de eternidad. La mirada hacia el mañana, - que para muchos ofrece incertidumbre e inseguridad-, siempre pasará por la noche oscura y necesaria de la muerte, solamente como alborada del nuevo y pleno amanecer de eternidad.

    En los momentos difíciles, la esperanza se esconde en las raíces. Hay días en los que la esperanza se parece a los granos sembrados en tierra que ya nadie los ve, hasta que un día somos testigos que sus yemas han comenzado a brotar y el tallo espera la espiga. 

   No tomemos decisiones en los hielos del invierno; esperemos, más bien, los brotes de la primavera que nos traerán un futuro de esperanza.

    Más allá de la oscura nube, siempre brilla el sol; aunque puedan ocultar el sol, no apagan su luz y su brillo. Vistas desde la tierra, las nubes son oscuridad, pero vistas desde el avión que vuela muy alto, son un paisaje de espuma y de blanca lana. 

   En cada instante de nuestra vida cristiana, por nubes que tenga, alumbra el día del Señor, y ese puede ser nuestro último y definitivo día. No esperemos el fin del mundo ni nuestro propio morir para que venga el Señor. 

   Él está viniendo todo el tiempo; de ahí la urgencia de la conversión. La muerte va llegando inexorablemente en cualquier momento, y como el tic tac del reloj, nos dirá que una de esas horas será nuestra última hora.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 32° Domingo del Tiempo Ordinario, 11 Noviembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 6 nov. 2018 15:03 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 nov. 2018 16:16 ]

Chía, 11 de Noviembre de 2018
 

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Generosos de Corazón


   La liturgia de la palabra de hoy, centra nuestra atención en la grandeza de corazón de dos viudas pobres. Jesús, en el templo vio que llegaba gente acomodada a depositar su ofrenda abundante en la alcancía, anunciándolo por el ruido de las monedas o el silencio de los cheques. 

   Vio también una viuda pobre depositando su ofrenda. Tal vez los ojos de aquella viuda se cruzaron con la mirada del Señor. Él ve lo que los demás no ven: ve que lo pequeño, puede ser muy grande, y lo poco puede ser mucho para el corazón de Dios; lo que nadie ve, es lo que atrapa el corazón de Dios. En su humilde ofrenda, Jesús descubre escondida toda una vida. "Os aseguro que esta pobre viuda ha dado más los demás, porque ha dado todo lo que tenía para vivir".

    Muchos depositaban de lo que les sobraba; la viuda, - por el contrario-, con sus dos reales dio más que todos; su pequeña cantidad los superó en calidad, porque confiaba en el Dios de los pobres como el tesoro de su vida; a él le ofrece sus dos reales como prolongación de su gran corazón y, si económicamente no valían nada, eran toda su fortuna. Con ellos estaba dando su vida entera y a cambio, le permitieron unir su existencia a Dios. Mientras esta mujer, al dejarlo todo en manos de Dios, se ganó el corazón y la mirada amorosa de Jesús, los otros, quizá, se ganaron sólo el aplauso de los demás.

    La confianza en Dios y la generosidad mostrada por aquellas dos mujeres viudas y pobres, es reconocida por el mismo Señor. Ama a Dios verdaderamente quien no se reserva nada para sí mismo. Así, dándose y asumiendo una actitud oblativa en la vida, el ser humano experimenta aquello que enseñaba el Señor: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir». Es en ese darse totalmente a Dios, en ese confiar plenamente en él, aunque cueste, aunque duela, cuando se experimenta la profunda alegría del corazón.

    La viuda pobre nos recuerda que todos podemos dar. La cantidad no es lo importante. Todo lo define la grandeza del corazón agradecido que se hace generoso. Para dar, más que mirar cuánto nos queda, hay que mirar lo que el otro necesita. No mirar cuánto tenemos, sino de cuánto carecen los demás. Antes de abrir la billetera, hay que abrir el corazón; la verdadera limosna –como la de la viuda-, sale del corazón, no del bolsillo. Todos podemos dar, pero sabiendo dar. Quizá muchos no tengan grandes cosas que dar, pero siempre podrán dar una sonrisa, una palabra de bondad, un consejo, un abrazo, una palabra de esperanza e ilusión. 

   De ahí que el valor de lo que damos no dependa de lo que damos, sino del corazón con que lo damos; no depende del tamaño, ni de su brillo, ni del ruido que produce, sino de la generosidad que lo acompaña. Hay quienes dando mucho, dan poco, y hay quienes dando poco, están dando mucho. 


   Dios no mira a la chequera, él mira al corazón, y más que mirar lo que damos, mira cómo lo damos y con cuánto corazón lo damos. No son las cuentas bancarias en las que se fija el Señor, sino en la bondad, en la generosidad y en los ahorros depositados en el corazón. Todo podemos dar; como las playas no se hacen con grandes rocas, sino con pequeños granos de arena; como el vino que se consagra no se extrae de una sola uva sino de muchas, y la hostia que llega al altar es la suma de muchos granos de trigo molidos, así, nuestro aporte, por pequeño que sea, siempre cuenta a los ojos de Dios.


    ¡Qué triste y pobre es la vida de quien cierra su corazón por el egoísmo y la mezquindad aferrándose a sus riquezas y bienes, cayendo en la mayor pobreza, la pobreza de aquel a quien le falta amor. 

   En cambio, quien como la viuda pobre aprende a hacer de la generosidad y magnanimidad la ley de su vida, aunque no tenga mucho o se encuentre en la pobreza, posee una riqueza enorme que nadie le podrá quitar, es la riqueza de poder vivir el amor verdadero, no sólo en esta vida, sino en la eternidad. 

   Hoy también el Señor observa y mira nuestro corazón. ¿Le damos a Dios los primeros frutos de nuestro amor, o solo las sobras? Darle lo mejor es ganarnos su corazón; él nos quiere es a nosotros, no a las cosas y pide que nos fiemos de él y nos abramos a su amor. Sólo entonces así brotará de nuestras manos la ofrenda generosa como la ofrenda de la viuda. 

   ¡Cuántas veces le damos a Dios lo que sobra en lugar de entregar lo mejor de nosotros!. 


   Siempre afanados vamos en búsqueda de lo que atrapa nuestros sentidos o nos impacta emocionalmente! ¡Cuántas veces recurrimos a Dios solo cuando las dificultades nos apremian y no encontramos soluciones a los problemas!. 


   Gracias a Dios también existen los callados, los humildes, los pobres y mansos de corazón que lo ofrecen todo. 


   Ellos son los donantes anónimos que, cómo la viuda, no tienen público. Sólo Dios que los contempla.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 31° Domingo del Tiempo Ordinario, 4 Noviembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 2 nov. 2018 18:45 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 2 nov. 2018 19:15 ]

Chía, 4 de Noviembre de 2018
 

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Amar a Dios y al Prójimo: las dos Puertas del Cielo


   A la pregunta del maestro de la ley, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?, el Señor le responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Amar a Dios lleva a amar y a descubrir su imagen y huella en los demás. El origen de todo está en que Dios nos ha amado primero, nos creó por amor, nos ha  enviado por amor, a su hijo Jesucristo nuestro salvador, y ha derramado en nuestro corazón su Espíritu de amor.

   Aunque todos conocemos el primer mandamiento, pensamos que nos bastaría amar a Dios, pero olvidamos que amar a Dios se hace visible amando al prójimo. Esto requiere una obediencia que brota del corazón, y que nos convence que cuando amamos a Dios y a los demás, cumplimos su voluntad. Al Padre celestial se le obedece porque se le ama de verdad sin esperar nada a cambio, simplemente porque él nos ama a todos por igual. “Amar al prójimo como a uno mismo”, hace que el amor a Dios crezca y adquiera sentido y plenitud. Amando a los demás, nos encontramos de manera directa con el amor a Dios; y cuidando a los demás, Dios se encargará de cuidarnos a nosotros.

   En toda persona se revela el rostro de Jesús, y San Agustín añade: El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del prójimo lo primero que se debe practicar. 

   Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a Él. El amor al prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: 

Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?

   Amar a Dios, a quien no vemos, es imposible si no amamos a los que vemos alrededor. Aquí hablamos del sentido vertical y horizontal del amor. No podemos afirmar que amamos a Dios - fuente del amor-, sin mirar para los lados. Amando a Dios y al prójimo, aprendemos a reconocer la semejanza con el creador presente en todos. Amarlo implica amar todo aquello que él ama, y que está presente en sus criaturas. El segundo mandamiento coloca al prójimo como objetivo de nuestros cuidados. Quien ama a Dios se convierte como en ángel guardián de su hermano como expresión del amor que le tenemos a Dios; ese amor que nos hace reconocer a los demás como hijos amados de Dios y nos impone amarlos como Dios quiere, es decir, como a nosotros mismos.

   Desde que Cristo murió en la cruz, el amor lleva necesariamente un toque de Cruz. Amar al prójimo requerirá de nosotros un esfuerzo perseverante, sabiendo que si amamos a Dios sobre todo, también por su gracia circulará su amor a través de nosotros. El amor a Dios no estará completo si se queda encerrado en nuestro corazón; cuando se vuelca hacia el prójimo, se perfecciona. El amor fraterno es algo así como la segunda cara de una misma moneda y parte integrante del único mandamiento divino.

   El amor a Dios nos capacita a salir de nosotros mismos e ir al otro para enriquecerlo como persona. Más que hacer algo por Dios, es dejar que él, -fuente de amor divino-, fluya a través de nosotros, y se encuentre en el amor fraterno. Nuestra mejor apertura hacia el amor de Dios, será dejar entrar a los demás en nuestro corazón, porque nada satisface al corazón, como el amar a Dios y a los demás. “Las abejas sólo pueden posarse sobre las flores que han florecido”, como el corazón sólo puede hallar descanso posándose en el amor de Dios.

   Hay una pregunta adicional: ¿Y cómo me amo a mí mismo?: Así como Dios me ama; valorarme, estimarme, aceptarme, confiar, esperar o hablar bien de mí mismo, como Dios lo hace conmigo. Dado que Dios ha puesto en nosotros una exigencia de crecimiento y maduración hasta “llegar a la estatura de su mismo Hijo, Jesús”, redescubrimos nuestra dignidad y grandeza porque todos somos sus hijos. Según como te ames a ti mismo, Dios sabrá cómo lo amas a Él y a los demás. Según como ames a Dios, sabrás cómo te amas a ti mismo!.

   Aquella hermosa expresión tradicional, “amar al prójimo por amor de Dios”, bien podría formularse así: “amar a Dios CON el amor que Dios nos ama”, pues sólo quien ama a Dios sobre todas las cosas y con todo su corazón podrá ver con claridad los rasgos de Dios en sus hermanos. Renovemos la fuerza del primer mandamiento, con la certeza que descubriremos en todos el reflejo de su rostro.

   Que esta santa eucaristía, banquete de amor, nos de fuerza para superar toda división, rencor, juicio u ofensa contra nuestros hermanos, y que María Santísima, quien supo amar y cumplir plenamente la voluntad de Dios, nos enseñe a cumplir el mandamiento de su divino hijo.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 30° Domingo del Tiempo Ordinario, 28 Octubre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 25 oct. 2018 16:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 oct. 2018 16:57 ]

Chía, 28 de Octubre de 2018
 

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

¡Señor, Abre los Ojos de Nuestro Corazón!


  El Evangelio de hoy nos presenta la escena del ciego Bartimeo, quien solo se orienta por las voces y el ruido, y quizá un bastón para medir sus pasos. No había otra solución a su problema sino estarse ahí. 

   “El ciego depende ciegamente de los demás” hasta que se encontró con Jesús y pudo gritarle: " ten compasión de mí", seguida de aquella bella súplica: “Señor, que vea”.

   Aquel ciego comprendió desde su oscuridad, que Jesús tenía mucho de Dios. Su fe lo empujó, desde las tinieblas de su ceguera, a una luminosa esperanza. Su fe no era sólo para ver a Jesús, sino para que el Señor lo viera. Este episodio nos enseña que la fe, además de llevarnos a ver a Dios, nos coloca, con nuestras limitaciones, frente su mirada misericordiosa. El ciego pide lo que para él es lo más urgente: “Maestro, que pueda ver”. Y la respuesta de Jesús es inmediata: “…Tu fe te ha salvado”. Al instante recobró la vista y lo siguió por el camino.

   En este hermoso encuentro con el Señor, el ciego recibe, junto con la vista una nueva vida. El evangelio dice que, “al instante comenzó a seguirlo por el camino”. Todo el que recibe algo de Dios, no puede quedarse indiferente ante Él. Su mirada y su palabra, nos ponen en movimiento hacia Él, y se abren las perspectivas de la vida nueva que ofrece el Señor. El ciego no se quedó en donde estaba, ni siguió pidiendo limosna. El encuentro con Cristo necesariamente ha de llevar al cambio de vida o conversión que consiste en seguir la nueva senda trazada por Él.

   Dos conocidos refranes dicen: “Ver para creer” y “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. En la escena del ciego, pasa lo contrario: él “creyó para ver”. Los gritos del ciego se hacen oración, gracias a la fe y a la confianza de saber que iba a ser atendido. Creía y confiaba tanto en Jesús que no necesitó verlo para creer en él. Con los ojos de la fe buscó tan ansiosamente al Señor que prefirió, antes que ver con sus propios ojos, dejarse ver por el Señor, autor de la luz. Entonces dejó la capa, es decir, lo abandonó todo. Ya no pediría limosna, pediría lo que de verdad necesitaba. Todo eso hizo posible la acción de Dios y así pudo seguirlo. Viendo a Jesús, podrá verlo todo con ojos de fe, con ojos de Dios. 

   El ciego Bartimeo nos enseña a ver la acción de Dios en él. No solamente clamó al Señor, sino que lo vio, lo miró, lo contempló y lo experimentó como la luz de sus ojos y de su alma. Luego siguió al Señor. Su alma recibió nuevos ojos para ver al Señor, y sus ojos recibieron la luz nueva para ver a los demás con los ojos del Señor. El pedir lo que de verdad necesitaba, hizo posible la acción de Dios. También nosotros tenemos cerrados los ojos y el corazón; olvidamos que Jesús siempre está pasando para que le clamemos con la oración y con las obras. Ya es el momento de dejar lo que nos estorba para poder seguirlo.

    Hoy, somos muchos los ciegos, porque no queremos ver a Jesús, ni  creer en él. Estar ciego, es no ver a Dios, no ver sus maravillas, no ver a los hermanos, no verse a uno mismo. Por nuestra ceguera espiritual, solo queremos ver con ojos de egoísmo, de odio, de avaricia, de lujuria o de envidia. Quizá muchos estamos peor que el ciego Bartimeo a la orilla, al borde del abismo, en la soledad del alma, del pecado o de la oscuridad espiritual, que nos hace ciegos y duros de corazón.

   Reconozcamos nuestros pecados y cegueras; hoy, Jesús vuelve a pasar junto a nosotros; quiere que demos un salto hacia él; nos cura y nos abre su corazón para sanar el nuestro. La valentía del ciego nos enseña a salir de las meras palabras, de la mirada de espectadores para correr a los brazos del redentor. En el ciego Bartimeo, el Señor nos muestra que el verdadero discípulo es aquel que, con la luz de la fe, a pesar de sus limitaciones, sigue a Jesús «por el camino». 

   Aprendamos de Bartimeo que lo importante no es ver, sino  ser vistos por Jesús, y como él gritar: “Señor ten compasión de nosotros que somos ciegos de corazón”. Cuando uno tiene cerrados los ojos de corazón, así tenga unos ojos perfectos, no servirán para ver a los demás con los ojos de Dios.

   ¿Qué tan convencidos estamos que Dios puede curarnos y liberarnos de aquello que parece imposible? ¿Qué tanto le clamamos y gritamos para obtener los dones de su amor?

   Pidamos al Señor ser conscientes de nuestras limitaciones y necesidades para aprender a acudir confiadamente a él, y que nuestra súplica sea: “Señor, que vea”, porque necesitamos ver con los ojos y con la mirada de Dios. Se dice que “los ojos son el espejo del alma”. Será que nuestra alma tendrá algo de la mirada de Dios? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 29° Domingo del Tiempo Ordinario, 21 Octubre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 20 oct. 2018 8:16 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 oct. 2018 8:46 ]

Chía, 21 de Octubre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“El que no Vive para Servir, no Sirve para Vivir


   En el Evangelio de hoy, Santiago y Juan se valen de la intercesión casi infalible de la madre para pedir a Jesús un puesto de honor para ellos en el reino. 

   Des afortunadamente la ambición personal, los deseos, honores, dignidades y vanagloria, les cierra la puerta del corazón a los discípulos y los instala en la sombra, en la oscuridad y de espaladas al amor. 

   Es que resulta muy fácil buscar gloria y poder y, tal vez, pensar que se puede merecer o tener derecho a ello; lo difícil es estar dispuestos a sacrificarse para conseguirlo. Para entrar al reino, se requiere abrir la ventana del alma para que el Señor entre, la caliente y la ilumine. El Señor les explicará el sentido de su seguimiento: sufrirán y padecerán el martirio, porque con Él no valen las “recomendaciones”.

   Ya en otra ocasión los discípulos discutían sobre quién de ellos era el más importante y quién tendría el mejor lugar en el Reino. Jesús les muestra que la verdadera "importancia" y el "primer puesto" al que hay que aspirar es el del servicio. “El que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos”. Esta es la clave para poder entender en qué consiste la verdadera calidad de la vida cristiana: “muchos últimos serán primeros y muchos primeros serán últimos”.

   Humanamente queremos sentirnos importantes y que la gente nos reconozca o que nos asignen puestos de honor y dignidad. El Señor Jesús no ha venido para eso, y quienes nos llamamos y somos sus discípulos, debemos seguir el mismo camino, marcado por la humildad, la caridad y el servicio. Él es el primero en darnos ejemplo pues Él “no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida para salvarnos”.

   Nuestro corazón, al quererse liberar de tantas cargas y fatigas, sueña, - como les pasó a Santiago y Juan-, dar como una especie de “salto automático” a lo más alto y al primer lugar, y así ahorrarnos el peso del camino. Olvidamos que este camino, con todas sus cargas y fatigas, es el sendero necesario para llegar al reino. Sólo podemos ser “servidores”, prolongando en palabras y obras a Jesús, que dio la vida en rescate por nosotros.

   Frente a las pretensiones de grandeza, de superioridad e incluso de dominio sobre los demás, Jesús nos propone el estilo de su vida, bajo el modelo del servicio, hasta convertirse voluntariamente en esclavo y servidor de todos, ocupando el último lugar. Ejercer la autoridad no es tiranizar, sino dar la vida sirviendo. La única grandeza está en servir.  

   Evitemos, entonces, la manía del ranking, del salón de la fama, de ser el número uno y el más importante. Si el combustible de nuestro corazón es la ambición, el ascenso o el éxito, ni miraremos a Jesús, ni miraremos a los demás. Mirar a los demás, en lugar de mirarnos a nosotros, será el primer paso hacia el servicio. El que sirve a sus hermanos no pierde nada y lo gana todo.

   El camino de Jesús no es el poder; es el amor. El camino de Jesús no es ser primero; es sentirse el último. El camino de Jesús no es el mandar; es el servicio.

   Las divisiones vienen de la competencia de estar más arriba. En cambio, nadie nos disputará el estar abajo. Para servir hay que estar cerca; hay que estar al lado. Para llegar a los de arriba hay que pedir permiso. 

   Para encontrarnos con los que están abajo nadie necesita de permiso. Para llegar a los de arriba hay que sacar cita y esperar si te la dan. Para encontrarnos con los que están abajo nadie necesita de una cita, basta salir a la calle. 

   No se puede llegar a ser “servidores” sino sólo por amor a Jesús de Nazaret que nos llama a compartir con él toda la existencia, para compartir con él su Reino. Él, que bebiendo hasta el fin el amargo cáliz de la pasión, nos concede apoyar nuestra vida en Él y, así, tener parte con Él.

 

   En este Domingo dedicado a las misiones se nos recuerda de un modo especial que no vivimos nuestra fe en plenitud y que no somos en realidad miembros vivos de la Iglesia si no “tomamos parte en los duros trabajos del Evangelio.


   Hagamos brillar los tesoros de la fe que hemos recibido, extendiendo, a través del servicio, el Evangelio que hemos recibido para que muchos lleguen al corazón amoroso del Señor. 


   Que nuestra petición diaria sea para que el Señor nos permita tenerlo en nuestro corazón y nosotros estemos en el suyo. Que María Santísima, Reina de las misiones, nos enseñe a ponernos totalmente a disposición de la voluntad del Padre celestial. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 28° Domingo del Tiempo Ordinario, 14 Octubre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 13 oct. 2018 18:25 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 oct. 2018 19:16 ]

Chía, 14 de Octubre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

El Alma Reclama la Felicidad y la Eternidad


   En la primera lectura de hoy el Rey Salomón ha hecho la más maravillosa opción por la sabiduría. Ella no consiste en amontonar riquezas, sino en un modo de vida que le ha traído la inmensa felicidad de tener un corazón que escuche a Dios.

   Y en el Evangelio, Jesús da el primer paso hacia el encuentro con el joven que le formula la pregunta por la vida eterna, es decir, por la verdadera felicidad: “Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?”

   Jesús lo acoge con amor, lo mira con cariño y se comunica como con un amigo, y le propone un estilo de vida gratuito, por amor, sin la dependencia de las cosas, y coloca en sus manos el tesoro de una vida nueva marcada por el amor, solo si descubre a Jesús como el verdadero tesoro y la riqueza del corazón. Y porque sólo en Dios está la felicidad plena, Jesús le propondrá un cambio: abandonar los tesoritos pequeños que atrapan su corazón, y llenar su vida con el verdadero tesoro que es Él.

   Como el joven del Evangelio, muchos dejamos de lado a Dios, sabiendo que, en el fondo, nuestra alma clama por la vida eterna y la felicidad. Todos queremos ser felices, y esa felicidad no consiste en estar enlazado por lo material, sino en dejarse rodear por los brazos de Dios.

   Ante la exigencia que le presenta el Señor para ganar la vida eterna: "una cosa te falta; anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme…”, cambia el panorama del joven, que “frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico".

  Y Jesús, que conocía su corazón, “se quedó mirándolo con cariño” y pensó en algo más grande para él: Tú estás hecho no solo para salvarte y heredar la vida eterna, sino para ayudar a que otros se salven, tú estás hecho para “seguirme”, y descubrir que yo soy tu plena riqueza.

   “Heredar” la vida eterna es algo que a todos nos compete y que todos deseamos, pero no podemos caer en el egoísmo de “salvarme yo solo”; hay que “salvarse en racimo” porque cuando lleguemos al cielo la pregunta será: “¿Y dónde están los demás?” Uno se salva salvando a los demás, y una manera de hacerlo, es que, con los bienes que Dios nos presta socorramos al pobre y así tenderemos un tesoro en el cielo. El joven rico cumplía los mandamientos, pero le faltó cambiar sus riquezas por el tesoro del Evangelio.

   “Allí donde está tu tesoro ahí está tu corazón”. En las exigencias se evidencia cuál es el tesoro al que le hemos rendido el corazón. Si nuestro tesoro es Dios, estaremos viviendo la mejor opción y la garantía de nuestra felicidad eterna que tiene sus inicios aquí, en la tierra, pero si no lo es, le habremos puesto un límite a nuestra felicidad, el mismo límite que tienen las cosas materiales.  

     O la caridad acaba con los apegos a los bienes materiales, o la muerte acaba con los bienes materiales. El joven rico no reparó en el desprendimiento; la riqueza lo tenía atado entre las rejas de su propio tesoro. Quería vida eterna pero no quería renunciar a los bienes terrenos. La caridad es la medicina para superar todo egoísmo, y nos enseña que el necesitado, es la oportunidad y puerta de nuestra salvación.

   A la luz del texto, no es que el rico se condene por ser rico, o que el pobre se salve por ser pobre; lo que está en juego es la actitud del corazón. La salvación no viene de la pobreza ni de la riqueza, sino del amor a los demás y a Dios “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”. La riqueza cuando es bien empleada, se convierte en causa y fuente de felicidad. Con ella vivimos dignamente, salimos al encuentro de los necesitados o generar diversos proyectos de caridad. 

   Pero, la riqueza, también puede ser causa de desdicha. Cuando estamos más pendientes del tener que del ser, el acaparar se convierte en el alimento del corazón, alejándonos del Evangelio, e incluso nos hace ser duros con los demás. 

   Para que un camello cargado, entre por una puerta estrecha, primero hay que descargarlo. Para que nosotros entremos por la puerta del cielo, habrá que despojar nuestra alma de las cargas materiales.

   El Señor jamás excluye a alguien, somos nosotros los que podemos excluirnos si colocamos el corazón en las cosas del mundo, rechazando la sabiduría que de Dios procede, o ignorando que la meta no está en la tierra, sino más allá de las dichas pasajeras de este mundo. 

   Aceptemos que todos tenemos el corazón apegado a algo, por mínimo que sea. Entonces, la pregunta del joven rico es también nuestra pregunta:

   ¿Qué debo hacer para ser feliz? Y la respuesta del Señor será: aleja tu corazón de lo que te haga infeliz; suelta tu corazón de lo terreno y aférrate a lo eterno. ¿De qué apegos nos debemos soltar para que nuestro corazón sea totalmente para Dios? 

   Hay un refrán que dice: ¿Para qué quiero tener 10 si sólo se contar hasta 6...? Fácilmente pensamos que ser sabios consiste en la habilidad para tener más y más. Quizá queremos tener piscina sin saber nadar, o tener televisión por satélite con 600 canales, si no tenemos tiempo para dialogar con los seres amados. 

 

 Ser sabios como Salomón, consiste en deleitarse de manera habitual con la presencia de Dios en el alma, aprendiendo a saborear lo que él va dándonos según la urgencia de cada día. 

   Por algo el Señor, quien es la sabiduría misma, en el Padre nuestro nos enseñó a pedir: “danos HOY el pan de CADA día “; no pedimos: “danos el pan para toda la semana.” 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
  

Saludo 27° Domingo del Tiempo Ordinario, 7 Octubre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 5 oct. 2018 11:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 oct. 2018 12:25 ]

Chía, 7 de Octubre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Señor, Guárdanos en tu Amor



   “…No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien como él”
. En el relato de la creación, Dios, que quiere la felicidad completa para el hombre, dirige su mirada a la mujer, establece un vínculo con ella y la presenta al hombre; a partir de ahí, en la mirada de la mujer siempre habrá algo de la mirada divina a través de la gratuidad de su propio ser que acaricia, protege, abriga, se preocupa y se consagra, convirtiéndola en casa, en hogar y en compañera. 


   La aclamación de Adán lo dice todo: “esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Con la creación de la mujer como un supremo acto de amor, Dios culmina y corona su obra creadora y completa la existencia del hombre.

 

   Es en esta lógica que el amor conyugal se instala en el amor divino. Entra en diálogo con Dios amor, que por su bondad le permite al hombre y a la mujer prolongar el amor que viene de Él. La ruptura de este diálogo con Dios es el primer divorcio con Él, el fin del diálogo, el funeral del amor y el regreso a la soledad. 


   Cuando se deja de dialogar con Dios, con el cónyuge y consigo mismo, se cae en el divorcio, la depresión y el abismo total. 

   Y es en este marco de la creación divina, donde Dios une a la pareja en matrimonio, y colocará los recursos para mantener esa unión porque es una gracia que debe crecer como una semilla. 


   Puesto que el matrimonio se inscribe en el plan de Dios, a él no se puede ir de cualquier manera, ni por hacer ensayo, sino con un amor bien examinado y cualificado.

 

   Ante la pregunta: “sí o no al divorcio”, Jesús se opone a el apelando al sentido natural y al plan original diseñado por Dios. Más que una elección de atracción carnal, el matrimonio es la llamada de Dios a transmitir la vida y a vivir en un estado nuevo el amor de los amados. El amor que dura sólo un instante, una noche o unos meses, se revienta y será cualquier cosa, pero nunca fidelidad ni mucho menos "imagen de Dios".


   En el matrimonio cada uno es don de Dios para su pareja y para los hijos. Jesús sabe muy bien que los esposos experimentan debilidades y dificultades, de ahí su invitación a dejarse unir por Él.
 
“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.” 

    Estas palabras no son una ley fría, sino una realidad divina. ¡Hay que dejar espacio para que Dios actúe en el matrimonio; ahí está la gracia de ser “sacramento”, y solo desde una permanente relación con Él, ¡se comprenderá mejor!
 

   ¡Cuando un hombre y una mujer se dicen públicamente “Si quiero!”, no lo dicen por unos sentimientos efímeros y cambiantes, sino por una entrega generosa del uno al otro en el marco de la fe, es decir de la fidelidad, sea en la salud o en la enfermedad, en la abundancia o la carencia hasta el final. El matrimonio no es la celebración de una fiesta de rango social, o el viaje de luna de miel. 


   Él celebra el amor, el encuentro con el otro, el afecto profundo, la confianza, la aceptación y el conocimiento real. 

   Es la puesta del amor en las manos de Dios para iniciar con Él, una historia familiar de salvación, que solamente de la mano de Dios podrá sostenerse hasta la eternidad. El Señor conoce las dificultades por las que pasan los matrimonios. Su propuesta es recomenzar desde el proyecto de Dios y reconstruirlo con su ayuda, siguiendo el diseño original del creador descubriendo la grandeza del amor en pareja.

 

   San Agustín decía que “las mejores amistades son aquellas que Dios une”. Y es que “lo que Dios ha unido no puede ser separado por nadie”. De la mano de Él siempre habrá recursos para mantener unido lo que Él unió. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada.

 

    El matrimonio y la familia tienen carta de ciudadanía divina porque Dios mismo se las dio para que en su seno creciera cada vez más la verdad, el amor y la belleza.  En las familias hay cruz, pero también después de la cruz, hay resurrección, porque el Hijo de Dios ya nos abrió el camino donde todo es posible cuando se está con Él.

    Pidamos que el Señor bendiga los matrimonios y las familias, y que el Espíritu Santo ayude a los esposos para que dejen que Dios intervenga en sus hogares, y en medio de las fragilidades puedan ser uno en el Señor y vivir la gracia de amar a Dios, de amarse y ser amados por Él. Que la Sagrada Familia interceda por nosotros y nos ayude a defender siempre el verdadero sentido de la familia. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


Saludo 26° Domingo del Tiempo Ordinario, 30 Septiembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 29 sept. 2018 14:04 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 29 sept. 2018 15:11 ]

Chía, 30 de Septiembre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Trabajo en Común, por la ¡Recompensa Eterna!”


   La Palabra de hoy es un llamado a tomar conciencia de erradicar y romper con cualquier obstáculo para entrar “en el Reino de Dios”. Nos impulsa a entrar dentro de un espíritu de apertura al amor de Dios porque todos cabemos en el corazón de Dios. En Él no hay lugar para la división. 


   Olvidamos que el Espíritu Santo es el viento de libertad que sopla donde quiere, cuando quiere como quiere y con quien quiere, haciendo de todos, uno solo en Cristo. Nos abre y nos impulsa a entrar en comunión con todos y a construir con todos la única familia de Dios. 

   Los discípulos argumentan que “no es de los nuestros”. Y es posible que sean muchos de esos que “no son de los nuestros”,  y sin embargo “son de Jesús”. Puede que muchos no pertenezcan explícitamente a la Iglesia, y sin embargo estén viviendo, sin decirlo, el Evangelio, por eso dice Jesús: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí”. 

   Aquel que divide ciertamente no vive del Evangelio. El que excluye a los demás no puede hacerlo con el Evangelio en la mano. El que juzga y condena a los demás, no puede justificar su vida con el Evangelio. Un discípulo de Jesús no prohíbe que Jesús llegue a todos, ni que los demás hagan lo que nosotros hacemos, y mucho menos, que actúen en su nombre porque a la luz del Evangelio la exclusión nunca viene de Dios, ni del Evangelio, que es precisamente, la Buena noticia para todos. Al contrario, se requieren aliados en el anuncio del Evangelio sabiendo que Él será nuestra recompensa.

 

   Los cristianos no somos los poseedores exclusivos de la verdad y tampoco podemos impedir que quienes quieran la busquen. Todos estamos en una continua búsqueda, y necesitamos la ayuda de todos para llegar a la verdad plena. Como cristianos somos depositarios de los tesoros revelados en Cristo, y hay que anunciarlos a cuantos nos rodean, a través del ejemplo y el testimonio de palabra y de obra. Hemos de ser como la luz que ilumina a todos los que están en la casa, o como una ciudad construida en lo alto de un monte, o como el faro que indica el camino que Cristo nos ha señalado.

 

   Es que en el corazón de Dios cabemos todos, aunque de ello no puede estar seguro quien comienza a clasificar, a encasillar y excluir a los demás, o a poner fronteras entre buenos y malos. 


   Porque el Padre celestial ama a todos, todos cabemos, sin distinción, en la viña del Señor. De ahí que el anuncio del reino es una tarea común, para que todos lleguen al conocimiento de la verdad, sean de donde sean y vengan de donde vengan. 


   El anuncio no tiene fronteras ya que Dios actúa en y desde el corazón de todos, sean creyentes o no. Él no se manifiesta donde nosotros le digamos, sino allí donde es más oportuno para el bien de todos. Hay que jugársela por lo que nos une, y evitar cuanto nos separe. Así lo dicta el mandato del Señor: ¡Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio!

 

    En alguna parroquia colocaron un día un Cristo sin brazos con esta inscripción: «No tengo más brazos que los tuyos». Jesús quiere hacer mucho bien en el mundo por medio de nosotros y ya nos anticipó la recompensa: 
 
Os aseguro que quien os dé a beber un vaso de agua porque sois mis discípulos, no se quedará sin recompensa.” 

   Extendamos, pues, de manera generosa y sin exclusiones, el único amor, aquel que viene del Señor Jesús. Si alguien hace el bien o anuncia la verdad no está en contra de nosotros sino a favor nuestro trabajando por el mismo objetivo: el anuncio de la Buena Nueva.

 

   Debemos estar atentos y vigilantes ante las falencias y debilidades de nuestra naturaleza humana. Confiemos en la gracia transformadora de aquél que vino a entregar su vida por nosotros. La mano, el pie y el ojo son los miembros que pueden llevarnos al pecado. 


   La mano, símbolo de nuestra tarea creativa, que debería usarse solamente para entregar, para compartir con el que no lo tiene, también la usamos para robar, para esconder y para tomar en vez de dar. 


   El pie signo del discípulo que sigue al maestro, del caminante que se mueve para misionar y llevar la buena nueva a los hermanos, del que se deja iluminar por la Palabra de Dios. También puede usarse para andar por el camino del mal, por la senda de los malvados. El ojo figura del que ora, del buscador de Dios, puerta de entrada de la vida y la respuesta divina también puede usarse para mirar con ira, con maldad o para caer en inmoralidad.

 

   Que cada obra que realicemos, por pequeña que sea, la hagamos en nombre del Señor, y que el criterio de todo obrar sea extender la obra del mismo Señor, con la esperanza que al final de nuestro peregrinar nos diga:

 

Venid benditos de mi Padre, heredad el Reino eterno, porque tuve sed y me disteis de beber”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 25° Domingo del Tiempo Ordinario, 23 Septiembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 22 sept. 2018 15:30 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 29 sept. 2018 13:58 ]

Chía, 23 de Septiembre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“La Primacía del Servicio”


   El Evangelio de este Domingo nos muestra que en la lógica de Jesús, no es importante el hombre que domina, sino el que sirve a los demás. Nos enseña la grandeza de lo débil y lo pequeño. 

   De hecho, los doce apóstoles que eligió eran pescadores humildes y sencillos y fue sobre su “debilidad” que fundó su Iglesia, y con ellos difundió por el mundo la grandeza del Evangelio, dirigido, a su vez, a los más humildes, pobres y sencillos.

   Jesús les hablaba como en “frecuencia modulada”, y los discípulos en “amplitud modulada”. Ondas distintas que imposibilitan un verdadero encuentro. Él les habla en un sentido, y ellos lo entienden en otro, y así no hay posibilidad de encuentro. Físicamente estaban muy cerca de Jesús, pero espiritualmente lejos. Ellos iban con la maleta llena de ambiciones humanas; no entendían el lenguaje de la Cruz y tenían miedo a “preguntar” dado que es peligroso entrar en la lógica de Dios. 

   Le escuchaban, pero estaban seducidos por los afanes del mundo. Quizá les apetecía más otro tipo de alimento que la comida que Jesús les brindaba. No les gusta que les hablen de la Cruz, tal vez, porque no logran entender su verdadero sentido. Es lo que nos sucede hoy, pues tampoco queremos entender el lenguaje de Jesús y por eso no queremos hablar de la Cruz porque sabemos la profundidad de sus exigencias, implicaciones, es decir, del servicio extremo.

   El crucificado nos revela “el poder de Dios” porque es el poder del servicio. Nos revela la “sabiduría de Dios”, porque es la sabiduría del amor y la entrega por los demás. 


   Nuestra misión como creyentes ha de ser recuperar el misterio del servicio sin límites, de volver a la esencia del “poder” que no es dominio sino “servicio”, a la esencia de la “sabiduría” que no es filosofía ni ideología, sino pensar con el corazón y vernos, no como los que estamos “arriba” sino como los que “queremos cambiar el mundo desde abajo”.

 

   En el mundo hay muchos que tiene poder, pero muy pocos que lo usan para servir. Sabemos que los auténticos guías de la humanidad no son los que dominan por la fuerza, sino los que sirven con todas sus fuerzas. El secreto de la vida cristiana en las relaciones de  fraternidad residirá en no querer ser el primero, sino el último y el servidor de todos. 


   Se requiere pedirle a Dios la fuerza para no considerarnos superiores a nadie. Este es el secreto de la verdadera humildad, del verdadero amor, de la verdadera práctica de la vida religiosa. Quien cumple esta consigna del Señor, será el más grande en el Reino de Dios.

 

   Lo dañino para la fe y para nosotros mismos, es pensar que nuestros pecados son mayores que la misericordia de Dios que se manifiesta en Cristo crucificado. La Cruz, la Muerte y Pasión del Señor, le permitieron colocarse de último para salvar a todos. Sólo así pudo vencer a la muerte y abrirnos la eternidad. Aunque nuestra debilidad y limitación siempre nos acompañe, no podemos dejar sobre los hombros de Dios todo lo que acontece de negativo en el mundo. Hay que ayudarlo, sirviendo y dando la vida por los demás.

 

   Al abrazar al niño, Jesús nos está gritando que la vida cristiana ha de ser apertura, acogida y servicio al más humilde. Todos deberíamos ser como niños, es decir, desarmados de tantos deseos de poder, avaricia y mundanidad. 


   "Ser como niños" no es una asignatura en la que un día uno se "gradúa". Nadie se ha "graduado" de niño. 


   Es una actitud, es un camino. Hacerse pequeño es un modo de escapar de redes de grandeza. Al pequeño, el orgullo o la vanidad, nunca lo atrapan. Jesús, al elegir a un niño, nos deja ver el rostro de la sencillez, humildad y servicio, y define la grandeza y la importancia de sus discípulos por la transparencia, el desprendimiento y la generosidad, en el marco natural del niño. Abrazando a un niño, nos recuerda el Señor, que el amor de Dios es generoso, auténtico y esencialmente Divino.

 

 

 Jesús quería pasar de incógnito, porque todo lo que viene de Él es discreto y escondido. ¿Cómo voy yo por la vida? Jesús instruye a los discípulos: ¿Yo instruyo o impongo? Jesús se hace servidor de todos: ¿Soy selectivo/va con quien quiero servir? Jesús hace la voluntad del padre: ¿Soy de los que le pido a Dios que se haga mi voluntad "? Como las abejas se esfuerzan cada día en la búsqueda del polen, y aún entregan su vida por defender el panal; como la madre que se sacrifica para que sus hijos estén bien, descubramos que la verdadera grandeza se esconde en el servicio y la entrega.

   Que el Señor nos ayude a ser como niños, es decir, principiantes, tratando de vivir acorde con la Palabra del Señor e iluminados por el Espíritu, para así intuir que ser el último significa servir con generosidad. Si servimos des interesadamente, nos sentiremos mejor, porque para Jesús, solo es importante aquel que sirve. Solo un mayor compromiso es señal de una mayor cercanía de la Gracia de Dios que nos elige y nos fortalece. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 24° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 Septiembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 14 sept. 2018 15:36 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 sept. 2018 16:02 ]

Chía, 16 de Septiembre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“ !Aparta de mí, Señor, Cuanto me Separe de Ti…¡”


   Hay preguntas de todo tipo, y lo más fácil, quizá sea, responder por los demás. El problema está cuando la pregunta y la respuesta tienen que ser personales; además, no es fácil responder por uno mismo, porque supone enfrentarnos y cuestionarnos con nosotros mismos, es decir, mirarnos por dentro. 

   En esta línea, hoy el Evangelio nos coloca de frente a una cuestión fundamental: Quién es y qué significa Jesús para cada uno de nosotros? La respuesta de Pedro, que es una verdadera profesión de fe, se convierte para nosotros en el modelo a seguir:


“tú eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito…”.


   No obstante, esa profesión de fe, implica un estilo de vida que se caracteriza por la exigencia, por el camino estrecho, por la entrega y el sacrificio; es decir, por la cruz. El amor divino, al profesarlo hay que entregarlo, de lo contrario no es amor. “Lo cristiano de los cristianos es Cristo, y él en la cruz”.

 

   Como a Pedro, también a nosotros, el corazón nos puede traicionar. Queremos un Jesús amigo, confidente, compañero pero sin demasiadas exigencias. Aquel viejo adagio: “serás mi amigo siempre y cuando no pongas piedras en mi camino” nos ayuda a reflexionar. Dice el Señor: “quien no tome su cruz y me siga no es digno de mi”. Para entrar por la puerta del cielo, hay que emplearse a fondo en la causa del Señor. Para confesarlo no basta con despegar los labios y decir “sí creo”; se nos exige construir la vida con la solidez de la fe, del perdón y un testimonio vivo y eficaz. 


   Aunque la pregunta del Señor es siempre actual, el problema es que no siempre es fácil sincerarnos con Dios porque Él conoce mejor que nosotros lo que llevamos dentro y no podemos engañarlo. 

   No es fácil sincerarnos con Él porque Él es la única verdad que no admite rebajas. Y sin embargo, es la única pregunta que debiéramos hacernos cada día porque sólo Él conoce la verdad de lo que somos y sabe lo que llevamos dentro. 

   Nosotros, como Pedro, normalmente, preferimos quedarnos tranquilos, rezando y alabando a Dios. Es que confesar la fe con palabras es fácil. Pero cuando se trata no sólo de decir que somos cristianos sino de llevar la cruz como cristianos, no es tarea fácil. Si Jesús para nosotros no es más que un personaje de la historia, no hay mucho que hacer. Pero si lo confesamos como nuestro Señor, como el Pan de vida, habrá que estar dispuestos a seguirlo hasta el final y negarse a sí mismo cargando la cruz.

 

   Nos puede ocurrir algo parecido a lo que le pasó a un nadador que cruzó un inmenso río, y al llegar a la otra orilla le preguntan: “¿Son profundas las aguas?” Y él respondió: “la verdad es que no me he fijado, porque yo solamente quería nadar en la superficie y no bucear”. Pretendemos quedarnos en una relación superficial con Jesús. Se requiere que profundicemos y vivamos lo que creemos; que no rehuyamos aquellas situaciones en las que podemos demostrar si nuestra fe es oro sólido o arena que se escapa entre las manos.

 

   San Agustín dice que junto a Cristo no hay dolor y si lo hay se convierte en amor. Es decir, el amor le coloca rodachinas a la cruz. Tomar la cruz no es sinónimo de masoquismo, ni huir del mundo para refugiarnos en una dimensión desconocida. Es enfrentar la vida tal como viene, aceptar nuestra realidad histórica con sus luces y sombras, y trabajar porque impere el amor de Dios, aquel que pasa por la cruz aun sabiendo que se corre el mismo peligro que corrió Jesús.

 

   Recordemos que la cruz sostuvo el cuerpo del Señor para que no cayera en el vacío. También, en los vacíos de nuestra vida, la cruz nos sostiene elevándonos a Él. 


   “Si la cruz llevó a Cristo a la Gloria, no habrá Gloria sin pasar por la cruz” 


  Ella es la primera letra del alfabeto que, en el bautismo, Dios pronunció al inicio de nuestra vida y que nos acompañará hasta el final, en nuestro acceso al Padre, allá donde no habrá cruz, porque serán los brazos del Señor, los que remplazando la cruz, nos reciban en la eternidad. 


   La cruz resume el estilo de vida de aquel que asume con seriedad cuanto ella significa. Así la rechacemos ella regresa cada mañana, cada tarde, cada noche y cada momento con la intención de acompañarnos en el viaje a la eternidad. 

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Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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