Saludo Semanal 






3° Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de Enero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 24 ene. 2020 16:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 24 ene. 2020 16:55 ]

Chía, 26 de Enero de 2020

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta amada comunidad de Santa Ana.   

Enséñanos, Señor, tus Caminos"

   Los caminos de Dios siempre son desconcertantes. Juan comienza su predicación, pero no en Jerusalén sino en el desierto; no en el Templo, sino en el arenal; tampoco donde había gente, sino en el desierto vacío. 

   Jesús comienza su predicación en “donde están los que habitan en tierra y sombras de muerte”, porque la gracia puede brillar en todas partes, incluso allí donde todo parece oscuro y parezca muerto. Juan invitaba a preparar los caminos al que estaba por venir, preparándose a la conversión para recibir al que viene, porque en Él llega el reino de Dios. 

   Juan le cede el paso al Cordero de Dios. Todo empieza cuando parecía que el asunto estaba ya definitivamente cerrado. «Juan había sido arrestado». Los jefes pensaban haber arreglado las cosas callando a Juan. La voz fastidiosa, la palabra insolente había tenido que callar. Todo volvía a la normalidad. Pero el Evangelio de hoy nos dice que hay uno que comienza de nuevo. «Entonces comenzó Jesús a predicar...»

   Juan se vio obligado a callar, pero enseguida hay otro que habla todavía más fuerte; otro que sale por los caminos para recoger el discurso interrumpido. 

   Se apaga una vela y se enciende una lámpara. Se apaga una estrella y se enciende el sol. Se apaga la voz del hombre y comienza a sonar la voz de Dios.

    Calla Juan y comienza a hablar el Cordero de Dios. Se queda solo el desierto y ahora se enciende una luz en tierra de paganos. Mientras Juan es encerrado en la cárcel, Jesús se va a la Galilea de los gentiles, en donde comienza a predicar. 

   Su primer sermón fue muy corto: "Conviértanse…El Reino de Dios está muy cerca". No se trata únicamente cambiar de costumbres o dejar a un lado las esclavitudes de la carne, la seducción del mundo y las tentaciones del demonio. Se trata de emprender el seguimiento del Señor, porque Él es el motor del cambio; porque sólo con Él se entra en las entrañas de su Padre. 

   Y esta tarea de anunciar el Reino no es sólo de Jesús. Paseando junto al lago vio a Pedro, Andrés, Juan y Santiago, los llamó y le respondieron a su llamada dejándolo todo. Jesús llama de mil maneras, invitando a sus oyentes a comenzar por el principio, a volver sobre sí mismos; a volver a lo esencial. 

   Y lo esencial de la conversión no es mirar al pasado sino al futuro, donde está centrada la oferta del Dios y la esperanza se abre a las promesas divinas. Lo esencial está en saber dejar aquello que impide que lo sigamos. Será necesario acomodarnos a él y abandonar tantos estilos de vida que nos marginan de su proyecto. 

   Su voz sigue resonando: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Nos necesita para que su misión siga propagándose por todo mundo. Cada uno de nosotros, envueltos, de una manera u otra, en un mar de dificultades, seguimos escuchando al Señor que viene a nuestro encuentro. 

   Porque nos ama, nos ofrece un cambio de ruta y de rumbo. Quizá nos es difícil dejar las redes de todo aquello a lo que estamos acostumbrados, y quizá sea difícil, - ante tantas miradas seductoras-, captar la mirada humilde de Jesús, y discernirla como la que más nos interpela, y, no obstante, su voz sigue resonando. 

   Para entrar en el Reino de Dios no hacen faltan ni títulos, ni méritos humanos. Solo hace falta la humildad, la generosidad, la fe y el amor en Jesús que sigue llamándonos, invitándonos y proponiéndonos una vida con las características del Reino de Dios. Y cuenta con nosotros cada día porque nos ama y cuenta con nosotros, a pesar de nuestras caídas, de nuestras mediocridades y de nuestros orgullos. 

   En definitiva, Jesús sigue confiando en que nos dejemos transformar y guiar por Él. Recordemos que Jesús no llama calificados, es Él quien cualifica y capacita para seguirle. Dejemos que la voz del Señor nos interpele. ¿Cuáles son las realidades que nos aprisionan en nuestra vida? ¿Cuáles son las cosas que nos impiden vivir la verdadera libertad como creyente? Si Jesús fue la Luz en medio de un pueblo que vivía en tinieblas, ¿cuáles son las tinieblas que cubren nuestro corazón y que me impiden marchar tras sus huellas? ¿Dejamos que Cristo sea quien nos ilumine? 

   Cuando llama a los discípulos, ellos, dejando sus redes, lo siguieron: ¿De qué tendríamos que desprendernos para seguir al Señor? ¿A qué estamos atados en nuestra vida cotidiana? 

   No tengamos miedo, dejemos que la llamada del Señor resuene en nuestros corazones. 

   Intentemos pasar por el mundo como Él pasó haciendo el bien, transmitiendo vida, contagiando salud, sembrando esperanza, aliviando sufrimientos, repartiendo el pan de la palabra, el pan material, y compartiendo y acogiendo a los más humildes y necesitados, aquellos que más se parecen a Él. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía   


2° Domingo del Tiempo Ordinario, 19 de Enero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 16 ene. 2020 7:42 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 ene. 2020 8:42 ]

Chía, 19 de Enero de 2020

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta amada comunidad de Santa Ana.   

Creer a los Que Han Visto Primero"

   El Evangelio hoy, bien pudiera llevar como título “creer a los que ven primero”, porque Juan fue el primero que supo ver con ojos de fe. Siempre habrá alguien que llegue antes, o que vea antes, y así fue Juan el Bautista. No había visto nunca a Jesús, pero fue capaz de reconocerle y proclamar: 

“He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Juan vio lo que los demás no vieron: ve al Cordero de Dios, a Jesús, el Salvador. 

   La mirada de Juan sobre Jesús, es especial. 


   Al descubrirlo, inmediatamente tiene una inspiración particular: descubre la misión de Jesús y tiene la virtud de anunciar al mundo lo que él ve y reconoce. Reconoce la superioridad de Jesús, confiesa que lo ha visto y por eso da testimonio y es el primero anunciar a Jesús, “Que es el Hijo de Dios y que quita el pecado del mundo”.  No dice que Jesús viene a perdonar los pecados, ni a limpiarnos de los ellos. 


   Juan intuye algo mucho más profundo: Jesús viene a “quitar” el pecado del mundo; es decir, a “suprimir” el pecado en sí mismo. Se pueden perdonar los pecados, pero el pecado sigue rondándonos. Se puede limpiarnos de los pecados, pero ahí sigue para ensuciarnos de nuevo. Juan anuncia que Jesús tiene una misión mucho más radical: viene a “quitar” o suprimir el pecado en sí mismo, porque quiere un mundo sin pecado. Un mundo en el que Dios y el hombre vuelvan a pasear juntos en el jardín de la vida.
 
   Juan presenta a Jesús de Nazaret, definiendo a su vez, su misión esencial: “Él es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Su objetivo no es otro que quitar los pecados del mundo, llenarnos de paz de Dios, acercarnos a la gracia de Dios y hacernos sus hijos. Jesús no tiene más pretensiones que ofrecer todo su ser a favor del Reino de Dios.  Es Aquel que es capaz de dar la vida en un mundo que ofrece muerte. Es aquel que camina por delante, cuando nosotros preferimos ir de reversa. Es aquel que vino a servir, sin esperar remuneración alguna.

 

   La aclamación, “Este es el Cordero de Dios”, no es una mera fórmula. Es una verdadera profesión de fe que nos recuerda, que quienes quieren unirse a Jesús en la comunión, deben saber hacer suyos los sentimientos y actitudes de Jesús en su vida. Pareciera que Juan clamara: “He ahí el Cordero de Dios que viene a quitar de nuestras vidas todo aquello que es indigno de los hijos de Dios, y que nos impide ser verdaderamente felices”. 


   He ahí el Cordero de Dios que viene a quitar la oscuridad para iluminarnos con su nueva luz; quita la mentira para regalarnos la verdad; el engaño para que vivamos en la sinceridad; el egoísmo para que vivamos en el amor; el orgullo para que vivamos lo que realmente somos; la división para que vivamos la comunión de hermanos y la muerte para que impere la vida.

 

   Necesitamos «llenarnos» de Dios, para descubrir, - como lo hizo Juan Bautista -, que el pecado nos sumerge en un completo cuando destruye la gracia de Dios en nosotros. Solo una vida llena de Dios, de su gracia, puede testimoniar ante el mundo quién es Jesús. También a nosotros nos toca descubrir a cada paso el camino por el que Dios quiere llevarnos, reconociéndolo, siguiéndolo con fidelidad y anunciando la salvación que viene de Dios.

 

   Aprendamos de Juan el Bautista. Él nos enseña que cuando no veamos nada hay que preguntar a los que ven. 


   Así como él, gracias a la fe, fue el único que logró de ver a Jesús como el Cordero de Dios, ojalá nosotros con el auxilio de la gracia de Dios y con una mirada dócil, nos esforcemos por ver aquellas cosas que por más que la razón no entiende, o quiera negarlas, la fe nos las asegura y nos hace capaces de verlas y vivirlas.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

 

Solemnidad Bautismo del Señor, 12 de Enero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 9 ene. 2020 8:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 ene. 2020 9:14 ]

Chía, 12 de Enero de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta amada comunidad de Santa Ana.   

Este es mi Hijo Amado en Quien me Complazco”

   Con esta festividad del Bautismo del Señor, se cierra el tiempo de Navidad y comenzamos el tiempo ordinario, en que meditamos a Cristo, Salvador del mundo. La Epifanía del Señor, ofreció la salvación a todo el mundo. La fiesta del bautismo del Señor nos presenta una nueva manifestación de Jesús. Por el bautismo somos interpelados a seguir los pasos de Jesús. Si en la Epifanía era reconocido como el Mesías y Salvador, por el bautismo es proclamado en público como el Hijo de Dios en carne mortal. 

   Isaías habla del elegido que promoverá el derecho y la justicia, curará y librará. El "elegido" fue investido como Mesías en las aguas del Jordán donde se escuchó la palabra del Padre. 


   El bautismo de Jesús significó dejar la vida silenciosa de Nazaret y comenzar su ministerio, su misión, el canto del amor de Dios a todos los hombres. Melodía sencilla y profunda que todos llevamos dentro, porque en Jesús también somos hijos amados y predilectos del Padre para siempre. 

   Jesús está a punto de iniciar su misión y busca a Juan Bautista, que predicaba junto al Jordán. El evangelio asegura que Juan se veía como un siervo del Mesías, anunciador de su llegada. Él decía no ser digno de desatarle las sandalias. Jesús, pues, se acerca a Juan. Quiere ser bautizado. Es claro que no viene por un bautismo de regeneración, sino que quiere inaugurar su tarea. Jesús es bautizado no porque necesitara ser purificado, ya que es Dios, sino para darle al agua por la acción del Espíritu, el poder purificador del sacramento que él instituiría y, del que era preparación el bautismo de conversión que realizaba Juan. 

   La fiesta del Bautismo del Señor nos lleva al inicio de las cosas, a la génesis misma del mundo. Así como en el principio el Espíritu se cernía sobre la superficie de las aguas, en la escena que hoy contemplamos, el que va a ser redentor de la humanidad brota de las aguas esenciales y es señalado por el Espíritu eterno como Salvador. 

   Cristo nos bautiza con el Espíritu Santo quedando así destinados a una misión particular: anunciar nuestra propia pertenencia al Dios trinitario, significada en el sacramento por medio de la unción del crisma. En efecto, desde el día de nuestro bautismo, habita en cada uno de los bautizados el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y formamos parte de la Iglesia Católica, siendo Jesús la cabeza y nosotros, miembros de su Cuerpo. 

   Por el Bautismo, el Señor nos asocia a su proyecto, nos adopta por hijos suyos. En adelante ya no tendremos solamente estos padres, estos apellidos, esta herencia genética, cultural y eterna. Seremos, ante todo, hijos de Dios, con todos los derechos y también los deberes que esto significa. A partir del bautismo, ya no somos meramente humanos; nuestro ser se ubica en una esfera superior; formamos parte de la familia de Dios. Llevamos su impronta. 

   El Padre de los cielos convierte la escena en una escuela personal para Jesús. Él nació de las entrañas de María. Ahora, al salir del agua, oye la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo muy amado”

   María lo presentó a los pastores y a los magos de oriente para que le adoraran, ahora el Padre lo presenta ante el mundo, señalándolo como su “predilecto”. 

      E igual que la estrella le distinguió entre la multitud, en su bautismo Jesús ve cómo el Espíritu Santo le reconoce entre la muchedumbre y, como la paloma va directo al lugar de su origen, el Espíritu Santo viene a Jesús para habitar en él. El Espíritu sabe que Jesús es su origen y su hogar perpetuo.

 
   El Bautismo del Señor inaugura el anuncio del reino del Padre y constata que Jesús inicia la nueva creación. Jesús aparece ante nuestros ojos como nuevo Moisés que, rescatado de las aguas, inició el proceso que culminaría con la ruptura de las cadenas de esclavitud que ataban de pies y manos a sus hermanos. 

   Confesamos, entonces, que Dios nos creó y nos regenera como sus hijos en la fuente bautismal. La acción salvífica de Dios actúa en su Hijo predilecto; asume nuestra carne y santifica las aguas comunicándoles fuerza redentora que se nos transmite en el sacramento. Jesús como Dios que es, habiendo iniciado su ministerio en las aguas del Jordán, seguirá restaurando a todos sus amados en las aguas del bautismo. Así lo dicta nuestra fe: “Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios, y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. 

   El Papa Francisco nos dice: Busquemos la fecha de nuestro Bautismo, porque es la fecha de nuestro naci­miento a la Iglesia, y la fecha en la cual nuestra mamá Iglesia nos dio a luz.     Que nuestra vida se convierta en una continua entrega a la voluntad de Dios, y que, así como los cielos se abrieron para Jesús al recibir el Bautismo de Juan, se abran también para nosotros en el momento de nuestro paso a la vida eterna. Que podamos escuchar la voz del Padre reconociéndonos también como hijos suyos en quienes se complace, porque, como su Hijo, también buscamos hacer la voluntad de Dios.

   Que la presencia de la Santísima trinidad en nuestras vidas, nos bendiga, nos acompañe y nos proteja como sus hijos amados.
 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición. Los invito a caminar juntos, y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  


Epifanía del Señor, 5 de Enero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 2 ene. 2020 10:54 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 ene. 2020 9:27 ]


Chía, 5 de Enero
 de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta amada comunidad de Santa Ana.   

“Epifanía del Señor

   Epifanía Es la fiesta de la luz que ha brillado en medio de las tinieblas del mundo para que todos los hombres puedan encontrar al Salvador, nacido de María. Los Magos son testigos y heraldos de cuantos buscan la luz en medio de las tinieblas, y la alegría en medio de tantos pesares. 

   Cristo resplandor del Padre y Luz del mundo vence las tinieblas del mal. Y mientras que Cristo resplandezca, la oscuridad y las tinieblas que nos rodean, no podrán impedirnos encontrar su luz. 

   Desde que Cristo se encarnó, Dios está nuestro alcance. Como en Belén Dios se dejó encontrar por los magos, hoy se nos deja encontrar para que le entreguemos nuestros dones. Pero encontrarlo requiere que coloquemos a sus pies todo lo que somos. La mejor ofrenda, entonces, será del don de todo nuestro ser, y reconocerlo como nuestro Dios y Salvador. 

   Los Magos son de lejos y, no obstante, son los primeros en ver sus señales. Son de lejos y en el camino quedan a oscuras y sin camino. Son de lejos y van a buscarlo y en su oscuridad se sienten perdidos, pero sus dudas y oscuridades no los echan atrás. Preguntan a quienes creen que tienen que saberlo, pero ellos no lo saben. Son los magos quienes los ponen de nuevo en camino y quienes les devuelven una “inmensa alegría”. Extraña y divina experiencia: un niño en un pesebre. ¿Ese es el rey de los judíos? Buscaban a “un rey” y se encuentran “con el mismo Dios”. Es que en la vida hay muchos caminos. Los nuestros y los de Dios. Los de búsqueda, y los de regreso, luego del encuentro. 
   

   La Epifanía nos invita a estar ¡Atentos a los signos de Dios! Los Magos vieron una estrella nueva en el firmamento. Fue un signo que Dios les envió y no lo dejaron pasar, sino que descifraron su sentido y se pusieron en marcha. Desde Jerusalén no se puede ver el pesebre de Belén, que está cerca. Pero desde el Oriente se pueden ver las señales que llevan a la cuna. 

   Para el que busca, todas las cosas son señales que llevan a Dios. Para el que no busca no existen huellas de Dios. Por eso, estos tres Magos que vienen de lejos nos enseñan a aprender a ver y a seguir las señales. Nos enseñan a seguir adelante, aunque las señales se oscurezcan. Nos enseñan lo importante que es tener ojos de fe para ver las señales de Dios, para leer la historia como camino que lleva a Dios, y para entender que también en la noche hay que seguir buscando.
 

   San Agustín, nos recuerda que, “nuestro corazón vive inquieto, hasta que descanse en el Señor”. Los tres magos representan a toda la humanidad que, de una manera u otra, camina inquieta, buscando la verdad. No se dieron por vencidos en el seguimiento de la “estrella” de la fe que es Cristo. Lamentablemente, cuando no caminamos hacia la Luz verdadera guiados por la fe, deambulamos por este mundo sin paz ni sosiego. Como los magos, hemos de estar atentos porque Dios va sembrando, día tras día signos de su presencia y de su amor en nuestra vida. 

   La Epifanía nos habla, entonces, de los que persisten en la búsqueda del Señor, porque intuyen que él siempre se revela y se manifiesta a quienes lo buscan, aunque vengan de lejos. 

Nos habla de los que cansados del camino, terminan postrados de rodillas delante de un Dios que por momentos les sumergía en la desilusión. Y en fin, nos habla de la experiencia de quienes, primero por sus ojos, se fían de una señal, y luego en su corazón, se fían de un niño recostado en un pesebre. 

   Adoremos al Señor que a diario se nos manifiesta en el rostro de cuantos nos rodean, y que también nosotros sigamos buscando la estrella que siempre trae los regalos divinos de la paz, el amor, la fraternidad. Como en Belén Dios se dejó encontrar por los magos, también hoy quiere que lo encontremos y, postrados ante él, le entreguemos como mejor don, cuanto somos. 

   Pidamos a María Santísima que nos enseñe a buscar siempre a su divino Hijo, como lo hicieron los magos de oriente, y no reparemos en las dificultades ni en los sacrificios que debamos hacer hasta encontrar su Luz. 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición. Los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


Solemnidad Santa María Madre de Dios, 1 Ene 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 30 dic. 2019 17:39 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 30 dic. 2019 18:01 ]


Chía, 1 de Enero
 de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana, en este nuevo año 2.020.   

Madre de Dios y Madre nuestra, Ruega por Nosotros

   En este día, el primero del nuevo año, la Iglesia coloca todo el énfasis en María la Madre de Dios, con la convicción que, al colocar nuestra vida, nuestra familia y la Iglesia en las manos de la Madre de Dios, estaremos en las mejores manos.


   Comenzamos un año nuevo invocando sobre él la bendición de Dios. Seguimos peregrinando en el tiempo. Hoy es un momento propicio para poner en las manos de Dios nuestra vida para vivir cada instante del año nuevo como un tiempo de gracia habitado por su presencia. 


   Pedimos a Dios el don de la paz para el mundo entero. El Señor conceda la paz a cada uno de nosotros, a nuestras familias. La paz verdadera, la que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad, no es conquista del hombre, es ante todo don divino, que es preciso implorar constantemente y, al mismo tiempo, compromiso que es necesario realizar con paciencia.


   Referirnos a nuestras madres nos ayuda, un poco, a entender tan soberano misterio. Nuestra madre no formó nuestras almas; solo formó nuestros cuerpos, y sin embargo, son plenamente nuestras madres. Así María, que formó el cuerpo de Jesús, es plenamente Madre Dios. Esta sorprendente realidad que repetimos cada vez que rezamos el ave María, fue la misma que avistaron los pastores que corrieron al pesebre: Dios hecho hombre, su santísima Madre y su padre adoptivo.


   La expresión: La madre es el "sol de la casa", la aplicó el papa Pío XII a la madre, afirmando que, como el sol, la madre aporta "calor" al hogar con su cariño y su dulzura; como el sol, la madre ilumina los "ángulos oscuros" de la vida hogareña cotidiana; como el sol, la madre anima, suscita, regula y ordena la actividad de los miembros de la familia; como el sol, en el atardecer, la madre se oculta para que comiencen a brillar en la vida de los hijos otras luces, otras estrellas.


   Dios ha “bendecido” especialmente a María para hacerla Madre de Dios, y la “bendición” ha culminado en la Maternidad. “La Maternidad de María hace hombre al Hijo de Dios y a nosotros hijos adoptivos del Padre”. De esclavos que éramos pasamos a ser hijos en el Hijo. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.


   Abrimos el año pidiendo la bendición y el favor de Dios, y colocándolo en las mejores manos, las de María Santísima que, como Madre de Dios, sabe cuidar a sus hijos, ampararlos y protegerlos. Con Cristo, Hijo de María Santísima, esta bendición se hace real y es motivo de alegría para los cristianos. Él nunca se la ha negado a la humanidad. Que el Amor de Dios, experimentado en estos días sea para nosotros un ejemplo, y así, todo lo hecho por amor, aunque pequeño, aunque los demás no lo noten, ya ha sido tomado en cuenta por Dios, y lo encontraremos renovado en Él. El tiempo pasa, pero el amor permanece; y allí debemos encontrar el motivo de nuestra alegría.


  María es la única mujer capaz de ocupar el único y exclusivo puesto de nuestras madres, porque ellas también son hijas de tan majestuosa pastora y saben que bajo su protección y amparo descansan y colocan a sus hijos, y por haber llevado a su Hijo en sus entrañas, ella tiene un celestial don que siempre que la contemplamos nos inspira limpios sentimientos y nos eleva al cielo sin partir de este mundo. Coloquemos este año y toda nuestra vida en manos de María Santísima, ella nos colocará en manos del Hijo Providente. En ella encontramos la guía segura que nos introduce en la vida del Señor Jesús.


   Que María, Madre de Dios, nos ayude a acoger a su Hijo y, en él, la verdadera paz. Que ella ilumine nuestros ojos, para que sepamos reconocer el rostro de Cristo en el rostro de nuestros hermanos, los que más sufren. Así como supo guiar a su divino Hijo, nos recuerda que antes de heredar el reino de los cielos, debemos dejarnos tomar en sus brazos de madre, para que luego ella nos presente a Dios.


Bajo tu amparo nos acogemos,

Santa Madre de Dios;

No desoigas nuestras súplicas en nuestras necesidades,

Antes bien, líbranos de todo peligro,

Virgen gloriosa y bendita". Amén

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, durante este nuevo año 2.020, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

¡Feliz Año Nuevo 2.020!


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Solemnidad de la Sagrada Famila, 29 de Dic 2019, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 26 dic. 2019 11:43 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 26 dic. 2019 11:44 ]


Chía, 29 de Dicie
mbre de 2019

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.   

“Jesús, José y María, sed la Salvación Mía”

   Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, José y María. Una verdadera familia "sagrada". Bajo el misterio de la familia trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo y a la luz de la sagrada familia de Nazaret, toda “familia es sagrada”, porque Dios es familia, quiso nacer en una familia para que en toda familia nazca de Dios, y sea sagrada.

 

   En la familia de Nazaret, el Evangelio de hoy nos presenta el modelo de toda familia. Jesús, María y José vivieron en estrechez, sufrieron dificultades, afrontaron conflictos. Un día subieron a Jerusalén con motivo de la Pascua, y entonces el Niño se extravió entre la multitud. Aquellos buenos padres pasaron tres días muy amargos. Regresaron luego a Nazaret para vivir en el anonimato. Mientras corrían los años, José trabajaba de sol a sol en su carpintería. Nuestra Señora era un ama de casa, igual a muchas de la aldea. Y Jesús, como escribe san Lucas, “iba creciendo en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y los hombres”. 

   La Familia de Nazaret es la más grande catequesis en donde se nos enseña el amor. Es el modelo más eximio para saber por dónde tenemos que ir y a dónde tenemos que regresar. En Belén descubrimos que el amor es lo más importante, porque es el amor del mismo Dios que es expande y adquiere un resplandor con dimensiones humano-divinas desde el momento en que Dios puso su morada entre nosotros. 

   Si nos preguntamos, por qué la Sagrada familia de Nazaret fue sagrada, la respuesta es porque en ella habitó el mismo Dios. Desafortunadamente, hay familias que lo tienen todo, pero si no tienen a Dios en sus entrañas ni su bendición cotidiana, les faltará lo esencial. Hay familias que no les falta materialmente nada, hay casas que lo tiene todo, pero no tiene el toque de Dios, no tiene el amor de Dios. 

   Precisamente, Dios, fuente infinita de sabiduría, quiso que fuera en la sagrada familia en donde él mismo nos proporcionaría el ambiente para crecer, como el niño Jesús, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los demás.  Sólo así, el mejor pedagogo para la educación de los hijos es el amor, la oración y el testimonio en familia. 

   Una familia sagrada, empieza con el ejemplo de los padres. Tal vez en el dinero se encuentre un poco de felicidad, en las amistades la alegría, en las medicinas la cura para la enfermedad, pero el amor solo se encontrará en la familia. A la familia le debemos todo. La familia unida, permanece unida para siempre. Ella es el seno espiritual donde se fomentan la fe y las costumbres, y cuando la familia está bien consolidada, es como un diamante indestructible.

   Por este soberano designio divino, es que Dios quiso ser familia trinitaria en el cielo (Padre, Hijo y Espíritu Santo); por ello Dios bendijo la familia, quiso nacer en una familia y consagrarla bajo su divino amparo. La familia es el comienzo y el final: en una familia nacimos, con ella desearíamos vivir y se nos rompe el alma cuando se fracciona o alguien de ella muere. Entonces será la familia trinitaria la que nos recibe el cielo. 

   En alguna hermosa basílica, mientras la madre oía la Santa Misa, su niño se extasiaba mirando los vitrales multicolores. La luz de la tarde revivía los tonos del arco iris, proyectando sobre la nave espaciosa las figuras de los Apóstoles. El niño le preguntó a la mamá: “quienes son ellos”, y ella le respondió: son los santos. Cuando en la clase de religión le preguntaron al niño qué era un santo, el niño no vaciló en responder: “un santo es un hombre que deja pasar la luz”. Esta es la vocación de los padres y esposos: llenarse de Dios y dejar pasar la luz divina hacia sus hijos, por medio del ejemplo, la vida de oración y santidad. 

   Así como el divino hijo, luego de haber venido del seno de la familia trinitaria, regresó al seno de su Padre, luego de cumplir su obra salvadora, regresemos también nosotros a casa, al seno de nuestra familia, quizá con el rostro marchito por las culpas y los desengaños, pero ansiosos de recobrar ese corazón inocente que un día gozamos en las entrañas de la familia que nos sostuvo en sus brazos, frente al altar en el bautismo.

 

Señor, que las madres sean como María, los padres como José, y los niños imiten a Jesús de Nazaret

   A todas las familias, y fieles en general, que nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Que Dios bendiga, guarde y proteja a todas las familias y la virgen las cubra con su manto. Un feliz año para todos. 


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


La Natividad del Señor, 25 de diciembre de 2.019, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 25 dic. 2019 5:44 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 dic. 2019 6:07 ]


Chía, 25 de Dicie
mbre de 2019

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.   

"Hoy nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor"

   “Os anuncio una gran alegría, hoy, en Belén de Judá, nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”.
Así lo proclama la liturgia en esta solemnidad. Hoy, todos deberíamos vestir nuestras almas con traje de santa alegría, y de fe confiada y sencilla. Es la nota distintiva de la navidad, porque la alegría del cielo coloca su morada en la tierra, en nuestros corazones y en nuestras familias. 

   Tan gran acontecimiento se debe notar, entonces, en una alegría sincera que brote del corazón. Es la alegría que nos impulsa a encontrarnos con los demás, como hermanos, perdonando a quien nos haya ofendido, incluso sin pedirnos perdón, compartiendo lo que tenemos con total desprendimiento, así como Dios vino al mundo y se despojó de su divinidad, y en un recién nacido, se mostró vulnerable y cobijado en el humilde pesebre. 

   Durante el adviento estuvimos en vela. Ha sido un tiempo de esperanza y de vigilancia para preparar nuestros sentimientos y nuestros corazones para que el Señor se quede en nuestro interior y lo manifestemos con nuestras obras y actitudes de vida. Ahora, los ángeles nos llaman a ponernos en camino para adorar al Dios que ha bajado a la tierra. Hoy brilla la luz sobre nosotros porque ha nacido el Señor. El Emmanuel está en medio de nosotros. 

   La Iglesia celebra con gozo, que ese Niño, siendo Dios, se hace uno como nosotros para enseñarnos desde la humildad, pequeño, pobre y sencillo, el infinito amor de Dios hacia nosotros. En cada navidad debemos revestirnos de esa humildad que perdona, que siempre defiende la verdad, que es paciente, alegre y despierta en los demás la fraternidad, porque Dios ha venido a salvarnos. En esta noche salimos de nosotros mismos para adorar al niño Dios y entrar en sus entrañas. Es la noche y el día del aire nuevo y puro de Dios que va dando vida al mundo entero y dando un giro a nuestra historia necesitada de Dios. Por eso, la humanidad que caminaba en tinieblas, vio una gran luz: el Niño que nace en Belén.

 
   Con su nacimiento, el niño Dios nos ha abierto un portal al cielo, tan inmenso que cabemos todos. Nunca la altura estuvo tan a ras del suelo, y jamás el camino del hombre, estuvo tan encumbrado en las alturas. Dios, rico en misericordia, se hace hombre y, el hombre, alcanza al mismo Dios en la pobreza del pesebre. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quién confiar, nada hay más importante que poner en el centro de nuestro corazón, de nuestras familias y comunidades a Jesús, el rostro humano de Dios.

 
   Jesús, es entonces, para nosotros, el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad se nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.


    La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y cómo nos quiere ver actuar con los que sufren. 

   La acogida de Jesús a pecadores nos manifiesta cómo nos comprende y perdona, y cómo nos quiere ver perdonar a quienes nos ofenden. En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. 

   Dios se puso en camino hacia nosotros, haciéndose hombre para hermanarnos a todos. Es el Misterio central de nuestra fe, y ante Dios hecho uno de nosotros, nadie puede quedarse indiferente. 

   Todo el mundo tiene que ponerse en camino y definirse. Los pastores abandonaron el rebaño y fueron a Belén. La estrella se puso en camino y arrastró a los Magos de Oriente. Los posaderos cerraron sus puertas a la Madre y al Niño. Herodes se inquieta y teme por su trono. Si no lo aceptamos, cerramos las puertas como muchos lo hicieron en Belén. Pero si lo aceptamos, será él el Señor de nuestra vida. 

   En cada navidad, en el niño Dios resplandecen la Gloria del cielo y la paz en la tierra. Adorarlo es, entonces lo propio de quien siente su amor y su paz. De ahí que cuando dejamos de adorarlo, deja de haber paz en nuestro corazón, y por ende, en la tierra. 

   Cada navidad ha de ser un nuevo encuentro con Dios, dejando que su luz, su amor y su paz entren hasta el fondo del alma. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. 

   Es tan eterno que puede despojarse de su divinidad y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, al encontrarlo, anunciarlo como lo hicieron los pastores. Eso es la navidad: el milagro de Dios hecho hombre en su divino Hijo. 

   Alegrémonos ante tan admirable grandeza del Dios que, al hacerse hombre, ha atravesado las sombras para destruirlas, llenándolas de su luz. Y cuanto más cerca, más luz. Desde el bautismo se nos dio la luz de Cristo. Tendremos que ser luz por donde quiera que vayamos, porque, cada vez que seamos luz, será navidad. 

   En nombre de Monseñor Héctor Cubillos Peña, Obispo de esta Diócesis de Zipaquirá, les deseamos la más bella navidad y nuestros mejores deseos para que el amor que nos trae el niño Dios, llene sus corazones y a sus familias. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 Feliz navidad para todos. Que Dios los bendiga y la santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


4° Domingo de Adviento, 22 de Diciembre de 2019, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 21 dic. 2019 11:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 21 dic. 2019 11:20 ]


Chía, 22 de Dicie
mbre de 2019

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.   

"La Virgen Concebirá y Dará a Luz un Hijo"


   Termina el Adviento, y el sueño que todos llevamos dentro se hace realidad. Ya llega el Emmanuel, el Dios con nosotros. Como niños felices detrás de la puerta, sabemos que algo precioso está por llegar. Miramos por el agujero de la fe, escuchamos atentamente los latidos de nuestro corazón para intuir al que viene. Como niños esperamos a que la puerta de la navidad se abra para recibir el más bello regalo: el niño Dios. 

   El Evangelio nos invita a contemplar la escena del sueño de José. José era ciertamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos de su vida. La Sagrada escritura alaba a José, afirmando que era justo. Y en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, caritativo y cumplidor de la voluntad divina. 

   Cuando el Ángel le revela la verdad de lo que ha sucedido, la mente de José se doblega, su corazón se aviva, y la serenidad encubre la fama de María delante del pueblo. Al igual que San José, se nos pide tener confianza en el plan que Dios tiene para nosotros, que siempre será mucho más grande que el nuestro. 

   Para entender ese plan, ese regalo de Dios hecho hombre, se requiere, - como lo hizo José, - el mayor acto de fe y la mayor docilidad a su voluntad. Si queremos vivir con Dios cumpliendo sus designios, hay que estar dispuestos a cambios de planes inesperados, como lo vivieron María y José, sabiendo, en todo caso, que los fundamentos de esa confianza y obediencia, están en Dios, no en nosotros. 

   San José nos enseña que habrá que aprender a escuchar, incluso en sueños, lo que Dios nos va pidiendo. Nos enseña a saber resignar las opciones personales por el bien común, y aprender a esperar que Dios se manifieste y hable, antes que actuar sólo con nuestros criterios. José se lleva a casa a María, y con ella al Hijo de Dios. Fijémonos que sólo por confiar en lo que el ángel le dijo de parte de Dios, José se lanzó a hacer su voluntad y salió ganando, llevándose al mismo Dios.  

   Desde la decisión de Dios de encarnarse en el vientre de María Virgen, y con la ayuda obediente de San José, todo ser humano queda lleno de posibilidades de eternidad. En la encarnación del hijo de Dios se rediseña la imagen del creador y la capacidad de buscar la eternidad. Es por esto que la Navidad es la fiesta de la esperanza y la confianza cimentada en el Dios que se hizo hombre. 

   María y José son modelos ideales de preparación de la Navidad que llega, por su actitud total de fe, de disponibilidad y de generosidad. Ellos, con su generosidad y entrega, hicieron posible el más maravilloso milagro que ha ocurrido sobre la tierra: Jesús. El Señor nos permite encontrarnos con el misterio de su amor y su perdón que nace en el pesebre, y a cambio, pide que le entreguemos toda nuestra vida, a ejemplo de José y María.

   Contra los que no creen en la Palabra de Dios, encontramos a María, quien cree en la Palabra: “Hágase en mi según tu Palabra”, y a José, que cree en la Palabra: “…José la llevó a su casa.” El misterio de la Encarnación se mueve básicamente en la clave de la fe. Y luego en la Navidad, cuando el niño nazca, también será un misterio de fe. Se anuncia a Dios, en un niño como el resto de niños. Se anuncia al salvador, en un niño débil; el niño que al encarnarse, nos trajo la eternidad. La debilidad de un niño es suficiente para hacer presente a Dios y para abrir el camino a la eternidad.

    Para hacerse cercano, recordemos que Dios necesitó, y seguirá necesitando de los humildes, de los que, como María y José, hacen silencio en su corazón, saben escuchar a Dios y reconocer los signos de su presencia. Y aunque los caminos de Dios nunca son fáciles, terminan siendo maravillosos. Es el camino de cada uno de nosotros hacia la Navidad: pasar de la oscuridad del pecado, a la claridad de la gracia y de la fe. Como el niño Dios, como María y como José, pongámonos cada día incondicionalmente en manos del padre celestial para asumir y realizar nuestro papel en la historia de la Salvación. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz navidad para todos. Que Dios los bendiga y la santísima Virgen los proteja.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


3° Domingo de Adviento, 15 de Diciembre de 2019, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 14 dic. 2019 8:26 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 dic. 2019 13:43 ]


Chía, 15 de Dicie
mbre de 2019

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.   

"Estén Siempre Alegres…El Señor Está Cerca…"

   En este tercer domingo de adviento, llamado de “Gaudete”, el evangelio nos invita a vivir en la "Alegría" por la próxima venida del Señor: “alégrense y regocíjense porque el Señor ya viene”.  El Señor siempre nos da motivos para alegrarnos y levantar la cabeza. Con él, la alegría es posible y la esperanza cierta. 

   Y Juan el Bautista fue el pregonero de esta alegría. Él personifica la esperanza del pueblo de la primera alianza, que alcanza su cumplimiento en la llegada del Mesías. Él demostraba la misma alegría tanto en el invierno de las amarguras, como en la primavera de la paz, alegrándose aún en medio de su situación dramática. 

   Juan nos enseña que, en cuanto a los bienes espirituales, nuestra actitud ha de ser de total apertura e incesante búsqueda. Él supo valorarse en relación a Jesús. Contempló la alegría de Dios en cada huella de Jesús, y reconoció que, aunque no daba la talla del Salvador, al seguir sus huellas le haría el más grande nacido de mujer, como el mismo Jesús le reconoce. Pero nosotros, por el contrario, nos dejamos agitar por cualquier emoción, sucumbiendo ante los vientos del poder, la riqueza y los honores. 

   En la Navidad volvemos a contemplar el resplandor de Cristo, Luz del Padre que disipa las tinieblas de este mundo. Aprovechemos el llamado que nos hace San Pablo a vivir la alegría. En el adviento, la alegría está llamando a nuestra puerta, porque ¡un niño nos va a nacer! Acordémonos de aquellas velas en las reaparece su luz en las fiestas de cumpleaños. 

   Así, la navidad, al traernos a Cristo Luz del mundo, es la luz que nunca se apaga, y el adviento, es el preludio, o el tiempo adecuado para ponernos en marcha hacia esa Luz que ya viene. De modos que no perdamos la esperanza, pues cuando colocamos a Dios en el centro de nuestro corazón, tendremos la respuesta apropiada a la incertidumbre, la luz en la oscuridad y el júbilo frente a la tristeza. 

   Jesús es el rostro de Dios para nosotros, y los que llevamos el digno nombre de “cristianos”, debemos ser el rostro del Señor para el mundo. Lo que hacemos y lo que decimos, tiene que ser signo en el que reconozcan los rasgos del “Emmanuel o el Dios en nosotros”. Cuando hacemos algo bueno, cuando servimos a los demás, entonces hacemos que Dios se haga presente; provocamos la Navidad en cualquier época del año, porque cada vez que amamos a una persona, como lo hace Jesús, entonces Él nace para darnos esperanza, alegría, paz y felicidad. 

   De ahí que la señal de que su reino ha venido y está presente, es que nosotros, asistidos por su gracia, aliviemos los sufrimientos de cuántos sufren. Esa es la mejor y más bella navidad: prolongar sus rasgos y abrirle un espacio para que vuelva a encarnarse entre nosotros y en nosotros en esta Navidad. 

   Detrás de la Navidad, en la puerta del Adviento, esperamos como niños la venida del Señor. Como el labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia”. Somos como los niños esperando que la puerta se abra para recibir el más bello regalo. Adviento es el día antes de la más bella noticia; Es el acelere del corazón, esperando que la puerta de Navidad se abra y nos dé el más bello regalo: el Niño Dios.

   Como Juan el Bautista, inclinemos el corazón para recibir la fuerza de lo alto, y enfoquemos nuestra vida en Jesús. Sólo así podremos hacer de las dificultades oportunidades en donde florezca la esperanza y la alegría. En la noche de navidad se proclamará: “Os anuncio una gran alegría, hoy, en Belén de Judá os ha nacido el Salvador…”. Dios nos pide en este adviento, que cada uno sea para sí mismo, el Juan que señale concretamente en qué debemos cambiar y a qué debemos renunciar. Que esta navidad, lejos de sentimentalismos, abra nuestros corazones a la Buena nueva, a la venida del Señor.

   ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que Juan nos señala y la novedad de Dios que él nos presenta?, o por contrario, ¿preferimos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de algo nuevo? Juan el Bautista no era la luz, pero él anunció la luz. Cada uno de nosotros tenemos que ser antorcha del Señor para que él brille, y llama de su amor para que él caliente nuestro corazón.

   Cuando hacemos de nuestras palabras cotidianas un canal de respeto y una fuente de amor, cuando liberamos nuestros corazones de los virus del pecado y de los rencores y envidias, cuando respetamos a cada uno de nuestros hermanos con el más noble pesebre que nos descubre la presencia de Dios, provocamos la más bella Navidad. Preparemos nuestros corazones para le sirvan al Señor de cuna, donde deposite y brote la esperanza, la alegría, la paz y felicidad. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 


2° Domingo de Adviento, 8 de Diciembre de 2019, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 5 dic. 2019 17:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 dic. 2019 14:13 ]

Solemnidad de la Inmaculada Concepción 
 
Chía, 8 de Dicie
mbre de 2019

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.   

"Ave María Purísima, Sin Pecado Concebida, María Santísima"

Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.   En este tiempo del Adviento, la Virgen María en su Inmaculada Concepción, nos sale al encuentro. Por estar ubicada al principio del Adviento, contribuye a magnificar, con el talante especial de nuestra Señora, el tiempo de la esperanza, propio del adviento. “María, la puerta del aviento” y puerta del cielo siempre abierta; supo esperar con júbilo el nacimiento de su Hijo. Es el prototipo de quienes esperamos la llegada del Salvador que nacerá en sus entrañas. 

   El dogma de la Inmaculada concepción define, “Que la Virgen María fue preservada de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna Madre del Hijo de Dios… Porque purísima había de ser, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad”. En la aparición, cuando Bernardita pide que le revelara su nombre, la virgen le contestó: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. 

   Ante María Inmaculada vestida de sol ardiente, la luna por pedestal y, como corona nupcial doce estrellas, tiembla el mal y se esconde la serpiente. Es la sierva y la señora, la virgen inmaculada, la aurora y el sol naciente. Viene de gracia colmada, pues su Hijo, en buena hora, quiso hacerla inmaculada. Por esta razón, Dios la preparó desde su limpia concepción para que pudiese ser el recinto sagrado para concebir en su vientre a Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo. Esa es la mejor descripción de María, toda pura e inmaculada. Una vez que reconoció que el mensaje del ángel complementaba el plan de Dios para traer al Mesías, humildemente dio un sí definitivo. 

   «El hombre mira las apariencias; el Señor mira el corazón» Y el corazón de María está totalmente orientado hacia el corazón de Dios y al cumplimiento de la voluntad divina. Ella es el modelo de la espera y de la esperanza cristiana. Dios la ha preparado desde su limpia concepción para que pudiese ser un recinto sagrado para concebir en su vientre a Jesús, a través del poder del Espíritu Santo. Esa es la mejor descripción de María - ella es toda pura, inocente, e ¡inmaculada!

 

   San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención. El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina, y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos de su Hijo Salvador. 


   María es la persona que se ha puesto ante la mirada de Dios, en modo humilde y creyente, convirtiéndose así en el camino de su vida. La inmaculada concepción es una eterna propuesta: ¡Déjate mirar por Dios! Virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador. ¡Fíate de Él! ¡Déjate mirar por Él, porque Él está ahí! Él te mira, y cuando estás bajo su mirada, Él te toca, de modo que enseguida lo conocerás y lo seguirás. Justo así y sólo así, haciéndote pequeño y humilde como María, se recibe al verdaderamente Grande. 

   María inmaculada, que nos trajo al Señor, nos ayudará a llevarnos a Él. 

   El mejor camino de Dios para llegar a la humanidad, fue María, y ella será el mejor camino para que la humanidad llegue a Dios. 

  La “pequeñez y la grandeza” de María son las dos alas con las que ella voló por la historia de su tiempo y ha de seguir volando por nuestra historia. Volar con una sola ala es imposible. Tenemos que mantener pequeñez y grandeza, porque así fue su realidad histórica, y así continúa haciendo presente el misterio de Dios entre nosotros. Aprendamos de ella, no solo a cantar su grandeza, sino a ser más fieles a su Hijo. Cuando confiamos nuestra vida en las manos de Dios, a ejemplo de ella, encontramos la verdadera libertad para hacer el bien como instrumentos dóciles para colaborar en el proyecto de salvación.

 

   Dirijamos nuestra vida hacia la pureza íntegra. Sin duda que la Virgen María fue la mujer más dispuesta a la voluntad del Señor: “Hágase en mí, según tu palabra”. Entreguémonos por completo como ella a la voluntad de Dios; afinemos los oídos y las fibras del alma para saber escuchar lo que quiere Dios de nosotros, y estar dispuestos a hacer su voluntad. 

“Oh María, sin pecado concebida…Rogad por nosotros que recurrimos a vos”.

…Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea… 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, como discípulos-misioneros, extendiendo la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Que Dios los bendiga y que María Inmaculada, Virgen del adviento, los proteja siempre. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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