Saludo Semanal 




Saludo Solemnidad Bautismo del Señor, 13 Enero 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 10 ene. 2019 7:16 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 10 ene. 2019 9:19 ]

Chía, 13 de Enero de 2019
 

  Saludo y bendición queridos discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Como Jesús: Hijos Amados y Predilectos 

     
 
   Con esta festividad del Bautismo del Señor, se cierra el Tiempo de Navidad y comenzamos el tiempo ordinario, en que meditamos a Cristo, Salvador del mundo. 

   La Epifanía del Señor, indicaba que su salvación es para todo el mundo. La fiesta del bautismo del Señor cierra el  ciclo de Navidad y  nos presenta una nueva manifestación de Jesús. Por el bautismo somos interpelados a seguir los pasos de Jesús. Si en la Epifanía era reconocido como el Mesías y Salvador, por el bautismo es proclamado en público como el Hijo de Dios en carne mortal. 

   El bautismo en el Jordán fue para Jesús dejar la vida silenciosa de Nazaret y el comienzo de su misión mesiánica. Isaías habla del elegido que promoverá el derecho y la justicia, curará y librará. El "elegido" fue investido como Mesías en las aguas del Jordán donde se escuchó la palabra del Padre.

    La fiesta del Bautismo del Señor nos lleva al inicio de las cosas, a la génesis misma del mundo. Así como en el principio el Espíritu se cernía sobre la superficie de las aguas, en la escena que hoy contemplamos, el que va a ser Redentor de la humanidad brota de las aguas esenciales y es señalado por el Espíritu eterno como Salvador.

   Jesús está a punto de iniciar su misión y busca a Juan Bautista, que predicaba junto al Jordán. El evangelio asegura que Juan se veía como un siervo del Mesías, anunciador de su llegada. Él decía no ser digno de desatarle las sandalias. Jesús, pues, se acerca a Juan. Quiere ser bautizado. Es claro que no viene por un bautismo de regeneración, sino que quiere inaugurar su tarea.

   Cristo nos bautiza con el Espíritu Santo quedando así destinados a una misión particular en este mundo, la de anunciar nuestra propia pertenencia al Dios trinitario, significada en el sacramento por medio de la unción del crisma. En efecto, desde el día de nuestro bautismo, habita en cada uno de los bautizados el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y formamos parte de la Iglesia Católica, siendo Jesús la Cabeza y nosotros, miembros de su Cuerpo.

   En el Bautismo, el Señor nos asocia a su proyecto, nos adopta por hijos suyos. En adelante ya no tendremos solamente estos padres, estos apellidos, esta herencia genética, cultural y económica. Seremos, ante todo, hijos de Dios, con todos los derechos y también los deberes que esto significa. A partir del bautismo, ya no somos meramente humanos; nuestro ser se ubica en una esfera superior, porque formamos parte de la familia de Dios.

   El Padre de los cielos convierte la escena en una escuela personal para Jesús. Él nació de las entrañas de María. Ahora, al salir del agua, oye al Padre Dios decirle:

 “Tú eres mi Hijo muy amado”

   Igual que María, su Madre lo presentó a los pastores y a los magos del Oriente para que le adoraran, el Padre quiere empezar a presentarle ante el mundo, señalándolo como su “predilecto”. Por fin, igual que la estrella le distinguió entre la multitud, Jesús ve cómo el Espíritu Santo le reconoce entre la muchedumbre y, así como la paloma va directo al lugar de su origen, el Espíritu Santo viene a él para habitar en él. El Espíritu sabe que Jesús es su hogar perpetuo. 

   El Bautismo del Señor además, inaugura el anuncio del Reino del Padre y constata que Jesús inicia la nueva creación. Aparece ante nuestros ojos como nuevo Moisés que, rescatado de las aguas, inició el proceso que culminaría con la ruptura de las cadenas de esclavitud que ataban de pies y manos a sus hermanos.  

 Nosotros confesamos que Dios nos creó y nos regenera como sus hijos en la fuente bautismal. Y Cristo, que asume nuestra carne, santifica las aguas comunicándoles fuerza redentora que se nos transmite en el bautismo. 

   La acción salvífica de Dios actúa en su Hijo predilecto. Jesús como Dios que es, habiendo iniciado su ministerio en las aguas del Jordán, seguirá restaurando a todos sus amados en las aguas del bautismo. Así lo dicta nuestra fe: “Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios, y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. 

   El Papa Francisco nos dice: Busquemos la fecha de nuestro Bautismo. La fecha del Bau­tismo es la fecha de nuestro naci­miento a la Iglesia, la fecha en la cual nuestra mamá Iglesia nos dio a luz. 

   Dejemos que la Palabra de Dios habite e nosotros, y así como Juan Bautista, gracias a la fe, fue el único que logró de ver a Jesús como el Cordero de Dios, también nosotros, con el auxilio de Dios y con una mirada dócil, nos esforcemos por ver aquellas cosas que por más que la razón no las entienda y quiera negarlas, la fe nos las asegura. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía


Saludo Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 Enero 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 4 ene. 2019 6:12 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 ene. 2019 6:38 ]

Chía, 6 de Enero de 2019
 

  Saludo y bendición queridos discípulos y misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Niño de Todos y para Todos” 

   Hoy celebramos la
 Solemnidad de la Epifanía, es decir, la "manifestación" del Señor a todas las naciones. Manifestación y revelación de Dios que anticipa nuestra participación en la gloria de la inmortalidad de Cristo, manifestada en una naturaleza mortal como la nuestra. 

   Es la fiesta de esperanza que prolonga la luz de navidad que ha brillado en medio de las tinieblas del mundo, para que todos los hombres de toda condición y raza puedan encontrar al Salvador, nacido de María. Es la universalidad del “Niño de todos y para todos”. Un Niño que necesita señales, necesita su estrella para poder ser reconocido por la humanidad.

   Los Magos, siendo de lejos, son los primeros en ver sus señales. Son de lejos y en el camino quedan a oscuras y sin camino. Son de lejos y van a buscarlo y en su oscuridad se sienten perdidos, pero sus dudas y oscuridades no los echan atrás. Preguntan y preguntan a quienes creen que lo tienen que saber y resulta que quienes debían saberlo no lo saben. Sin embargo son ellos quienes los ponen de nuevo en camino y quienes les devuelven una “inmensa alegría” por el camino.

   La Epifanía nos habla de cómo los de lejos son los primeros que buscan, los primeros que ven, los primeros que descubren las señales de Dios, y los primeros que han visto “salir la estrella” que guía al encuentro con Dios. Y son los de lejos quienes viven una extraña y divina experiencia: un niño en un pesebre. ¿Ese es el rey de los judíos? Buscaban a “un rey” y se encuentran “con el mismo Dios”. En la vida hay muchos caminos: los nuestros y los de Dios. Los de búsqueda y los de regreso luego del encuentro. Este fue el camino de estos tres personajes.

   Los de Jerusalén no vieron el pesebre de Belén aunque estaba cerca, pero desde el oriente se pudieron ver las señales que llevaban a la cuna. Para el que busca todas las cosas son señales que llevan a Dios. Para el que no busca no existen huellas de Dios. Por eso, estos tres magos que vienen de lejos nos hablan de aprender a ver señales; de aprender a seguir las señales; de aprender a seguir adelante aunque las señales se oscurezcan; de aprender lo importante que es tener ojos para ver las señales de Dios; de aprender a leer la historia como camino que lleva a Dios, y de aprender que también en la noche hay que aprender a buscar.


   Dios quiere entrar en nuestra vida; se deja encontrar, pero habrá que ponerse en camino hacia él como lo hicieron los Magos. Salir de nuestras comodidades y ofrecer a Jesús nuestro esfuerzo y creatividad para que sea conocido, amado y celebrado por aquellos que todavía no lo conocen. En este día de Reyes, que también nosotros sigamos buscando la estrella que siempre trae los regalos divinos de la paz, el amor y la fraternidad.

 

   En la vida, hacemos muchos viajes, por diferentes motivos, cada viaje es tan significativo, porque hay una razón para hacerlo. También para encontrar a Dios hay que hacer un viaje, el  viaje de la fe, al final del cual él se manifestará y nos dará a conocer sus proyectos. No puede ser un viaje superfluo, un viaje que acabe en nada. Los caminos de Dios siempre tienen sentido; es viajar al lugar de la cita del amor y con el amor. Viajar y preguntar el camino, como hicieron los magos, y no descansar hasta encontrar al rey del amor. 

  Para el que busca, todo habla de Dios. Para el que busca, todo es signo de Dios. Para el que busca, todo le lleva a Dios. En este viaje a Dios, todos estamos en diferentes etapas: los viejos buscadores y los novatos, los que dudan, los que pecan, los que tienen un problema como Herodes, los que saben todo como los escribas, los que caminan rápido o los que caminan lento. Lo más importante es llegar a la meta: encontrar al Mesías, al Salvador. 

 La epifanía es toda una búsqueda de Dios, y para el que busca a Dios, no siempre las huellas del camino son claras. No siempre aquellos que debieran marcar el camino tienen luz suficiente. No siempre es fácil ver en la oscuridad. Una de las oraciones más bellas del Evangelio es la de aquel ciego que le pide a Jesús: “Señor, que yo vea”. Para buscar y encontrarnos con Dios, es preciso primero ver las señales, y luego ponerse en camino sin importar si el camino es corto o largo; lo importante es nunca abandonarlo.

   La Epifanía nos habla de los que ven las señales de Dios; de los que confían en sus señales. Nos habla de los que persisten en su búsqueda; de los que cansados del camino terminan de rodillas delante de Dios. Nos habla de Dios que siempre se revela y se manifiesta a los que lo buscan, y de quienes se fían de un niño acostado en un pesebre. Así como en el niño de Belén, Dios se dejó encontrar por los magos, también quiere que lo encontremos, le entreguemos nuestros dones y coloquemos a sus pies cuanto somos.

   Adoremos al Señor que a diario se nos manifiesta en el rostro de cuantos nos rodean. Que María Santísima nos ayude a buscar siempre a su divino Hijo, como lo hicieron los magos.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Solemnidad Santa María Madre de Dios, 1 Enero 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 31 dic. 2018 9:58 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 dic. 2018 10:25 ]

Chía, 1 de Enero de 2019
 

  Saludo cordial y bendición de año nuevo a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

“Madre de Dios y Madre Nuestra,... Ruega por Nosotros


   En este día, el primero del nuevo año, la iglesia coloca todo el énfasis en María la Madre de Dios. En ella, los proyectos, la vida, la familia y la iglesia estarán siempre protegidas. 


   El calendario litúrgico está lleno de todos los títulos que se le han dado a María. El más importante es el que hoy celebramos, pues el hecho de que sea la Madre de Dios, hace de ella la criatura más excelsa de las todas.

 

   La alegría del día de Navidad se ha prolongado ocho días, y el último de ellos la Iglesia recuerda la maternidad divina de María, justo al comienzo del año civil. El mundo festeja con júbilo y grandes galas el cambio de calendario, recordando los acontecimientos habidos durante el año, hubieran sido alegres o tristes. Los cristianos damos gracias porque Dios ha bendecido a su pueblo con el nacimiento de su Hijo e imploramos su bendición para el año que empieza.

 

   Por este misterio inefable, es que en la liturgia del primer día del año, la Iglesia nos invita a contemplar a la Madre del Redentor, nuestra madre del cielo, como el mejor modelo a seguir. Ella nos abre el camino y, así como guió a su Divino Hijo, nos recuerda que antes de heredar el reino de los cielos, debemos dejarnos tomar en sus brazos de madre, para que luego ella nos presente a Dios.

 

   En esta solemnidad, se une la celebración de Santa María, Madre de Dios y, a su vez, el nombre de Jesús que le da un valor infinito a la maternidad divina de la Virgen María. Ahí está la fuerza de esta solemnidad. Al declarar a María Madre de la Iglesia se está afirmando una realidad y no solamente un título.


    Corresponde a una real maternidad espiritual, porque es madre de Jesús y su más íntima compañera en la economía de la salvación. Ella continúa desde el cielo cumpliendo su función maternal de cooperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida divina en cada una de sus hijos, los redimidos de su divino hijo.

 

   Como toda madre humana, María, no se limita a dar vida sino a alimentar y educar. ¿De qué modo coopera María? Mediante su incesante intercesión inspirada por una ardiente caridad. Ella aunque está inmersa en la visión de la trinidad no olvida a sus hijos desterrados como ella un día- en la peregrinación de la fe-. Más aun, en comunión con Jesús siempre vivo para interceder por nosotros, se hace nuestra abogada, intercesora y mediadora. Modelo y ejemplo de virtud, nos llama, nos mueve y nos anima a vivir una vida de perfección. Así como el poderoso hizo maravillas en ella, así las puede hacer en nosotros.

 

   En la Encarnación, María acepta ser la madre del Salvador y, por ende, madre de los salvados. Es madre de la cabeza, y en el orden de la gracia, se convierte también en madre del cuerpo místico. No se puede concebir a una cabeza sin cuerpo. María da a luz virginalmente a Jesús en Belén, y da a luz a la Iglesia al pie de la Cruz, cuando acepta ser madre de los creyentes. Darnos a luz, conllevó mucho dolor, no se desgarraron sus entrañas, pero sí su corazón.

   Una madre es aquella que puede tomar el lugar de todos, pero nadie puede tomar el lugar de ella. Con cuánta mayor razón, el puesto de la Virgen María, nadie lo puede tomar, ella  es irreemplazable. 

   Es la única mujer capaz de ocupar el único y exclusivo puesto de nuestras madres, porque ellas también son hijas de tan majestuosa pastora y saben que bajo su protección y amparo descansan y colocan a sus hijos, y por haber llevado a su Hijo en sus entrañas, ella tiene un celestial don que siempre que la contemplamos nos inspira limpios sentimientos y nos eleva al cielo sin partir de este mundo.

   Pidamos al Señor, al celebrar esta solemnidad y al comenzar este año, nos regale un corazón agradecido, como el de la Virgen María, para que sepamos acoger y respetar cualquier brote de vida que el Señor quiera poner en nuestras manos, de manera que nos convirtamos en constructores del reino de Dios. 


   Que la presencia de María, ilumine nuestros pasos todos los días del año que hoy felizmente hemos iniciado, para que, como auténticos discípulos misioneros, seamos testigos del amor nacido en Belén y portadores de la paz que el mundo anhela. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:

www.santaanacentrochia.org 

les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Junto a Monseñor Héctor Cubillos, Obispo de nuestra Diócesis, les enviamos nuestra bendición y les deseamos un FELIZ AÑO 2.019.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

Saludo Solemnidad de la Sagrada Familia, 30 de Dic de 2018, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 26 dic. 2018 18:02 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 26 dic. 2018 18:23 ]

Chía, 30 de Diciembre de 2018
 

  Saludo y bendición a todas las familias de esta comunidad de Santa Ana.

Jesús, María y José

  Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, José y María. En esta fiesta debemos recordar que la familia no es un lugar donde se duerme y se paga según se come; no es una comunidad en la que a uno se le quiere por lo que tiene. Es una comunidad en la que a uno se le quiere por sí mismo. En la familia cada uno de los miembros debe amar y ser amado de modo especial. 

   Dios al realizar sus grandes obras, no recurre a medios espectaculares, se vale de medios típicamente humanos. La salvación de los hombres sólo se hace con la colaboración de la misma comunidad humana. Hoy sucede lo mismo: cada uno de nosotros nace y se educa en una familia. La familia es el santuario en el que sus miembros viven el encuentro con Dios y los hombres. La familia es el santuario, la iglesia doméstica, del sí.

   La Sagrada Familia es la más grande catequesis en donde se nos enseña el amor como la guía cierta y el modelo más eximio para saber por dónde tenemos que ir y a dónde tenemos que regresar. La familia es reflejo del amor de Dios que en el cielo no está solo, sino que forma también una comunión de vida trinitaria. Es una realidad tan hermosa que el mismo Dios quiso tener una mamá y un hogar en el cual crecer y soñar. San José habrá enseñando a Jesús a trabajar y la Virgen María a orar.

   Mediante la transmisión de los valores la familia es el lugar natural y el espacio vital donde por primera vez el niño se abre a la socialización de la persona humana. La familia es la primera sociedad  que experimenta. De la imagen e impresión que este primer contacto ofrezca al niño dependerá el futuro equilibrio personal y la calidad de su inserción en la sociedad grande en que se va integrando. 

   José, un padre carpintero, que inició al hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad a través de su tarea. María, una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. El niño Jesús, un hijo que crecía en amor y sabiduría delante de los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a sus padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.


   Así como el Divino Hijo, luego de haber venido del seno de la familia trinitaria, regresó al seno de su Padre, luego de cumplir su obra salvadora, nosotros siempre regresamos al seno de nuestra casa, de nuestra familia, quizá con el rostro marchito por las culpas y los desengaños, pero ansiosos de recobrar ese corazón inocente que un día gozamos en los brazos de la familia que nos sostuvo en sus brazos frente al altar en el bautismo. 

   Todos, como hijos de Dios, tenemos derecho a ser felices desde ahora. Y el lugar más bello para ser felices, no es otro que la familia, ese lugar donde Dios nació y creció, ese lugar que él mismo bendijo. Esta felicidad sólo se encuentra en amar de verdad y ser amados y en cultivar, desde el hogar, ese amor infinito que Dios nos enseñó por Jesucristo.

   Nuestras familias y el mundo están en crisis. Des afortunadamente conocemos numerosas familias, donde se desmoronan los valores fundamentales que las sustentan. Se han dejado absorber del medio ambiente. No han luchado por mantenerse vivas como formadoras de personas, educadoras en la fe y promotoras del cambio social. Se volvieron familias como desechables, que se debaten en medio de amarguras, dolores y resentimientos. Hoy, más que nunca hay que proclamar con valentía, que no hay nada más bello que la familia. Que ningún hombre o mujer podrá disponer de una mayor riqueza que el tener una familia que le cobije.

   
En este tiempo de navidad, la Sagrada Familia nos llama a orar por ella, a defenderla y promoverla. La fiesta de hoy es una invitación a los esposos e hijos para permanecer unidos en Dios, fuente del amor auténtico, y reconocer que en la familia lo más importante es Dios. 

   Hay familias que no les falta materialmente nada; hay casas que lo tiene todo, pero no tienen el toque sagrado ni el amor de Dios. Precisamente, Dios, fuente infinita de sabiduría, quiso que fuera en la sagrada familia en donde él mismo nos proporcionaría el ambiente para crecer, como el niño Jesús, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los demás. Sólo así, el mejor pedagogo para la educación de los hijos es el amor, la oración y el testimonio.

   En esta fiesta renovemos nuestro compromiso familiar, reconociendo también a la Iglesia, como nuestra gran familia. Pidámosle a nuestra Patrona Santa Ana, que siga intercediendo por todas las familias que acompañan nuestras celebraciones, y que las Madres sean como María, los padres como San José y los niños imiten en todo, a Jesús de Nazaret.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios bendiga a todas nuestras familias, y la Santísima Virgen las cubra con su manto. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo de la Solemnidad de la Natividad del Señor, 25 de Dic de 2018, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 dic. 2018 18:32 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 dic. 2018 18:35 ]

Chía, 25 de Diciembre de 2018
 

  Saludo cordial y bendición para todos, en la Solemnidad de la Natividad del Señor.

Nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor


 
 “Os anuncio una gran alegría, hoy, en Belén de Judá, nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”.
En esta noche santa, nuestras almas se visten con traje de santa alegría, y de fe confiada y sencilla. Es la nota distintiva de la navidad, porque la alegría del cielo coloca su morada en la tierra, en nuestros corazones y en nuestras familias.

    Ante Dios hecho uno de nosotros, nadie puede quedarse indiferente. Todo el mundo tiene que definirse. El evangelio nos brinda muchos signos y símbolos. Los pastores abandonan el rebaño y van a Belén. La estrella se pone en camino y arrastra a los magos de oriente. Los posaderos cierran sus puertas a la Madre y al Niño. Herodes se inquieta y teme por su trono. Todos se definen.

   Tan gran acontecimiento se debe notar en una alegría sincera que brote del corazón. Es la alegría que nos impulsa a encontrarnos con los demás, como hermanos, perdonando a quien nos haya ofendido, compartiendo lo que tenemos con total desprendimiento, así como Dios vino al mundo y se despojó de su divinidad, y en un recién nacido, se mostró vulnerable y cobijado en el humilde pesebre.

    En cada Navidad debemos revestirnos de esa humildad que perdona, que defiende la verdad, que es paciente, alegre y despierta la fraternidad, porque Dios ha venido a salvarnos. En esta noche salimos de nosotros mismos para adorar al niño Dios y entrar en sus entrañas. 

   Es la noche del aire nuevo y puro de Dios que va dando vida a aquella humanidad que caminaba en tinieblas, y ve una gran luz. El Niño que nace, y con su nacimiento Dios nos ha abierto un portal al cielo, tan inmenso que cabemos todos. Nunca la altura estuvo tan a ras del suelo, y jamás el camino del hombre, estuvo tan encumbrado en las alturas. Dios, rico en misericordia, se hace hombre y, el hombre alcanza al mismo Dios en la pobreza del pesebre. 

   “Dios hecho hombre”, es el misterio central de nuestra fe. Si no lo aceptamos cerramos las puertas como muchos lo hicieron en Belén. Pero si lo aceptamos, él será el Señor de nuestra vida. Navidad, para los que no creen puede ser motivo de borrachera o de fiesta mundana. Pero para nosotros, los que creemos, navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre.

    En cada Navidad, en el niño Dios resplandecen la Gloria del cielo y la paz en la tierra. Adorarlo es, entonces lo propio de quien siente su amor y su paz. Y cuando dejamos de adorarlo, deja de haber paz en nuestro corazón y en la tierra. Cada navidad ha de ser un nuevo encuentro con Dios, dejando que su luz, su amor y su paz entren hasta el fondo del alma. 

   Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan eterno que puede despojarse de su divinidad y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, al encontrarlo, anunciarlo como lo hicieron los pastores. Eso es la Navidad: el milagro de Dios hecho hombre.

   Bendita sea esta Navidad. Esta noche en la que, en el silencio, Dios nos hace escuchar y comprender la grandeza y el secreto de estos días. El secreto que no es otro que su inmenso amor porque Dios sale a nuestro paso, Dios se hace fiador, Dios coloca toda su omnipotencia al servicio de la humanidad.

   Alegrémonos ante tan admirable grandeza de Dios que, al hacerse hombre, ha atravesado las sombras para destruirlas y llenarlas de su luz. Y cuanto más cerca, más luz. Desde el bautismo se nos dio la luz de Cristo. Como cristianos somos luz y estamos llamados a extender el resplandor su brillo que destella en esta Navidad. 

   Cada uno de nosotros somos el niño Dios, cuando dejamos que Dios crezca en nosotros; cada uno somos pesebre cuando adornamos nuestra vida con los valores de Dios; cada uno de nosotros somos campanas de navidad cuando nos esforzamos por dejar sonar la voz de Dios en nuestro corazón. Cada uno somos villancicos cuando buscamos la armonía de Dios en nuestra vida.

 

Navidad se escribe con N de niño nacido.

Navidad se escribe con A de amor inmenso.

Navidad se escribe con V de vida plena.

Navidad se escribe con I de ilusión cumplida.

Navidad se escribe con D de don gratuito.

Navidad se escribe con A de alegría auténtica.

Navidad se escribe con D de Dios.

 

   En nombre de nuestro Obispo, Monseñor Héctor Cubillos Peña, y los sacerdotes que los hemos acompañado en este año 2.018, les deseamos una feliz navidad en familia y un año lleno de bendiciones. Que el Señor Jesús, su santísima Madre, y nuestra patrona Santa Ana los acompañen y protejan siempre. Amén.

 

Feliz Navidad.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 4° Domingo de Adviento, 23 de Dic de 2018, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 22 dic. 2018 18:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 22 dic. 2018 18:19 ]

Chía, 23 de Diciembre de 2018
 

  Saludo cordial y bendición para todos, en esta víspera de Navidad.

Ya llega el Señor…


   En este último Domingo del Adviento, antes de la Navidad, lo interior y lo entrañable es lo que marca la pauta. El Evangelio nos cuenta el viaje de María a la casa de su prima Isabel. El primer paseo de Jesús. La primera visita a sus parientes. Describe la sensibilidad humana de María que al saber la noticia del embarazo de Isabel, no le envía una tarjeta de felicitación, sino que se hace presente y la acompaña en esos momentos difíciles. Le llevó la alegría, el gozo del Espíritu y el divino fruto de sus entrañas.

   En esta visita divina, las dos mujeres, María e Isabel, cantaron la grandeza de Dios que ha actuado en sus vidas; y los dos niños, -el niño Jesús y Juan el Bautista-, saltaron de gozo en el vientre de sus madres. El encuentro de Isabel y María, es el encuentro de dos mujeres cargadas con el misterio de Dios: Isabel a punto de dar a luz al precursor de Jesús. María gestando en su seno a Jesús. Las dos llenas de Dios. Su encuentro es un encuentro de vida. Isabel se llena del Espíritu Santo. El niño salta de alegría en su seno. Cada una reconoce en la otra el misterio de Dios.

   Fascinada por Dios, María de Nazaret encarnó la espera y la fe de Israel y se fio plenamente del Señor al decir:

"Hágase en mí según tu palabra".


   Esta aceptación de la voluntad divina es un eco de la actitud de Cristo mismo al entrar en la historia de los hombres. 


   La fe de María fue apertura y disponibilidad incondicional ante el Señor. 


   En toda ocasión, desde el anuncio del ángel hasta pentecostés, pasando por el calvario, María sobresalió por su fe entre los pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de él la salvación.

 

   Isabel reconoce en María su maternidad divina, cuando llena del Espíritu Santo, fue la primera en llamarla bendita entre las mujeres y "madre del Señor"; fue la primera en conmoverse ante la presencia de Jesús, y grita llena de júbilo: "Bendito es el fruto de tu vientre", reconociendo que las verdaderas bendiciones son las que vienen desde las entrañas, del alma y del fondo del corazón. Es ahí en donde Dios habita, ama, crea, renueva y bendice por toda la eternidad. Isabel reconoce la grandeza de María para creer en la Palabra de Dios. En contraste, con Zacarías que sigue mudo por dudar de esta palabra.

 

   Con Dios sucede igual que con las montañas. 


   De lejos parecen pequeñas, pero a medida que nos adentramos por los valles y quebradas percibimos mejor la altura imponente de sus cumbres, y al ir escalándolas nos entusiasma la majestuosa grandeza del panorama que se abre ante nuestros ojos. 


   En esta situación se encontró María, y desde la fe vivió su maternidad divina y su condición de primera cristiana. Para eso necesitó ratificar continuamente su "hágase" inicial.

 

   También cada uno de nosotros necesitamos salir de nosotros mismos, y caminar llevando a Cristo en nuestro corazón, vivir la fe y ser apóstoles de ella ante los demás; vivir el amor y servir a quienes nos rodean, crecer en esperanza y transmitir ilusión. No basta estar al lado de alguien, hay que llevar vida, hay que llevar el corazón lleno. 


   Todos necesitamos de alguien que despierte lo que duerme dentro de nosotros, que despierte nuevas esperanzas y nuevas ganas de vivir. Damos lo que vivimos, lo que llevamos dentro. Por eso, todo encuentro debiera ser una primavera que estalla en jardín de flores. La simple presencia ya es la mejor palabra, y la presencia de Dios no necesita de muchas palabras.


   Por un instante el mundo se detiene y celebra en armonía el nacimiento del niño Dios. ¿Qué le tenemos preparado al Señor Jesús? Dios no necesita cosas, necesita de nosotros, y nosotros no necesitamos juguetes, necesitamos de Dios y de nuestros hermanos. 


   La esposa no necesita el último perfume, necesita al esposo. Los ancianos y los mayores no necesitan guantes finos, necesitan que sus hijos y nietos les calienten las manos con su calor. 

   

Dar cosas es lo más fácil, darse uno mismo es difícil pero es lo más bello. Jesús es el regalo de Dios para todos nosotros y no necesita nada, solo nos necesita a nosotros, de nuestro corazón, como el más hermoso pesebre.

 

   Ayúdanos, Señor, a prepararnos y vivir la Navidad, con la actitud de María, y llevados de tu mano, hacer que tú nazcas en nosotros y transformes nuestras vidas. Bendigamos la fe de María, y con esa fe en nuestro corazón dancemos ante el Niño que ya llega. Ojalá también nosotros, como María, le hagamos un lugar a Dios en nuestra alma. 

 

   En nombre de nuestro Obispo, Monseñor Héctor Cubillos Peña, y los sacerdotes que los hemos acompañado en este año 2.018, les deseamos una feliz navidad en familia y un año lleno de bendiciones. Que el Señor Jesús, su santísima Madre, y nuestra patrona Santa Ana los acompañen y protejan siempre. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 3° Domingo de Adviento, 16 de Dic de 2018, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 15 dic. 2018 12:44 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 22 dic. 2018 18:15 ]

Chía, 16 de Diciembre de 2018
 

  Saludo y bendición para todos, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Gaude et Laetare: Alégrate y Gózate…


   Llegados a la mitad del Adviento como a la mitad de cuaresma, la liturgia nos hace una invitación: al gozo y la alegría. Es como una especie de refrigerio a mitad de nuestro peregrinar hacia la Navidad o hacia la Pascua.

   En este Domingo de “Gaudete”, -dentro de una tónica de “Gozo y Alegría”-, el Evangelio nos aproxima al borde de este gran oasis espiritual. 

 Es como una especie de desierto, un camino hacia el nacimiento de Jesús; y en este pequeño desierto, nos encontramos con el gozo espiritual que proclama el profeta Sofonías: “Israel, alégrate y goza de todo corazón”. San Pablo nos reitera también: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca”.

   La figura humilde del Bautista aparece en el horizonte, y su grandeza la define su adhesión y su relación con el que viene detrás de él; con el que viene de los cielos. Juan no hace campaña sobre sí mismo. Él está en función del que "está viniendo”. Lo definitivo no es él, sino el "que viene", y su predicación es un reto a la coherencia para reconocer lo que somos con la misión que tenemos; es decir, a confrontar nuestra verdad con la verdad de Dios.

   Al igual que Juan Bautista, el adviento nos llama a inclinar el corazón para recibir la fuerza de lo alto, anunciarlo con vigor y enfocar la vida en Jesús. 

   Sólo así podremos hacer de las dificultades, oportunidades en donde florezca la esperanza y la alegría. 

   En la noche de Navidad se proclamará: “Os anuncio una gran alegría, hoy, en Belén de Judá os ha nacido el Salvador…”. La Navidad, por encima de sentimientos humanos, nos trae la buena nueva, el nacimiento del salvador; de Dios que irrumpe en la historia de la humanidad y viene a compartir nuestra naturaleza.

   “¿Qué debemos hacer?”. Lo que hace el Niño que viene: ser pan para el que sufre por hambre y desnudez. Ver en todos, la imagen de Dios, y en lo que tenemos, muestras infinitas de su amor. Si viéramos la vida de ese modo, seguro que en esta navidad, más que las cantidades de regalos materiales, disfrutaríamos el valor de lo que sí vale, de lo que somos, de las cosas sencillas, es decir, de lo que no hay cómo pagar. De nosotros aguarda el Señor una simple actitud que le dé nuevo rumbo a nuestra vida, que realice la comunión con quienes nos rodean, y saber que dando es como recibimos; perdonando es como somos perdonados; y muriendo es como nacemos a la vida eterna, decía San Francisco.

    Y la alegría, no es algo que nos viene desde afuera, ni de las cosas, ni de los regalos que esperamos. Es la alegría que brota desde dentro. Es la alegría de la experiencia gozosa de la proximidad de Dios, en un Niño que está por nacer. Es la alegría de que “El Señor está cerca”. No es la alegría que se compra, sino la que brota, como nos dice el Evangelio del cambio que se tiene que dar en nuestro corazón. 

   La alegría que brota de “nuestro compartir con los demás”; de “nuestra justicia con todos”, de “no aprovecharnos de los demás”. La alegría que brota de un corazón nuevo. Alegría que ha de ser como la de María y de José, aquella que brota de llevar también dentro de nosotros el misterio de Dios, para sentirnos llenos del Señor que “habita y mora en nosotros”.

    Es un imposible disfrutar la alegría que Dios nos ha traído al mundo si no tenemos un amor efectivo a todos, basado en la honestidad de la vida propia y en el respeto a los demás.

   Juan nos recuerda a todos que la justicia, la honradez, el respeto y la dignidad de cada persona son condiciones indispensables para que haya alegría, la alegría de Dios en nuestros corazones. 

   Navidad no es otra cosa que dejarnos encontrar por Dios y dejarnos cargar por Él. Es la alegría de sentir el calor de los hombros de Dios cargando a sus ovejas amadas. Dejemos actuar a Dios en nosotros. Que su Palabra creadora de vida nos haga capaces de seguir haciendo presente el Evangelio de la misericordia con hechos y con palabras y, con la ayuda de María, nos transformemos en artesanos de la paz, constructores del Reino, creadores de justicia. ¡Que se abran las puertas y dejemos entrar en nuestras vidas a Jesucristo nuestro Salvador! 

   Como aquellas velas que se encienden en un cumpleaños y constantemente reaparece su luz, en esta  Navidad volvamos a contemplar el resplandor de la luz de Cristo que nunca se apaga. Adelantemos la Navidad con la emoción y los ojos sencillos de los pastores, porque no sabemos si esta sea nuestra última navidad en esta tierra. 

   Dejemos que Cristo, luz del Padre disipe las tinieblas de nuestro corazón, de nuestra sociedad y de nuestras familias. Pidamos al Señor, que nos contagie esa alegría que desbordaba en el corazón de María Santísima, y que el motor de esta alegría no sea lo mundano, sino el equilibrio interior de nuestro encuentro gozoso con Dios.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen del adviento los proteja y ampare. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo 2° Domingo de Adviento, 9 de Dic de 2018, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 6 dic. 2018 8:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 dic. 2018 8:30 ]

Chía, 9 de Diciembre de 2018
 

  Saludo y bendición para todos, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Ya viene el Señor… Preparemos su Camino


  La salvación es don gratuito de Dios, pero a la vez exige una respuesta activa de nuestra parte. 


   Si en la primera lectura es Dios mismo quien preparaba los caminos para su pueblo, en el Evangelio, por la voz del Bautista, se nos proclama una urgente llamada a que cada uno acepte la salvación de Dios con una clara opción y con un compromiso de cambio de mentalidad.

 

   Juan Bautista, con palabras del profeta Isaías, nos pide: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Es un llamado de urgencia a la conversión. Los montes, sinónimos de soberbia, de orgullo y de prepotencia, habrá que derribarlos con la nobleza y la humildad. 


   Los valles, signo de complejos, de caídas, de depresiones y de falta de confianza, habrá que rellenarlos con la presencia del Señor. 


   Lo torcido, sinónimo de toda forma de pecado, de desorden moral, así como lo escabroso de las sensualidades, los vicios, las caídas en tentación, la concupiscencia de las pasiones que llevan al mal, tendrán que enderezarse, entronizando al Señor en nuestros corazones, para que, cuando llegue en esta Navidad, podamos «ver la salvación de Dios».

 

   El Adviento es un tiempo de gracia que nos permite hacer toda una reingeniería espiritual para proyectar la esperanza hacia cosas más altas, sin descuidar las pequeñas y ordinarias. Elevamos los valles cuando levantamos las manos y el corazón por un mundo nuevo, bajo la luz del Evangelio. Allanamos los montes y colinas, si renunciamos al orgullo y el egoísmo. Enderezamos los caminos torcidos cuando regresamos a la oración, a los sacramentos y a la gracia de Dios.

 

   El Adviento nos pide volver a los valores esenciales del evangelio, enmarcados en la espera vigilante del Señor, en un proceso de conversión del corazón. Es decir, volver a Dios, cambiar de actitudes y de comportamiento, cambio de mente y de corazón. Se trata de sacar todo aquello que es un impedimento para abrirnos a la verdad de Dios en nosotros. 


   Cada uno conoce sus resistencias a Dios, y como Juan el Bautista, también podemos ser precursores de Jesús cuando rompemos las vallas que impiden su llegada, cuando derribamos las montañas del orgullo, de la mediocridad, de la arrogancia, la soberbia y la altivez, pero sobre todo cuando llenamos con gozo, esperanza, compasión y misericordia, aquellos valles de tristeza, de depresión o soledad de nuestra vida. 

 

   En la Navidad Dios nos toma de su divina mano y le da un impulso a nuestra vida haciéndola más confiada y más llena de paz y de esperanza.

  

   Se acerca la Navidad; volvamos nuestra mirada al pesebre, a las entrañas del niño Dios. 


   Ahí están los cimientos del verdadero amor y las motivaciones más originales que alimentan el alma, fortalecen la fe, y alegran los corazones. El Dios de amor vuelve a comenzar una nueva historia desde “un vientre virginal” y desde  un humilde “pesebre de pastores”, indicando así que Dios sigue escribiendo la historia desde lo más sencillo y desde los más sencillos. 


   Sigue haciéndose historia, en la historia de los que viven en desierto, en tristeza o soledad. Descubramos en el pesebre al Dios de bondad y las bondades de Dios para con nosotros; y regresemos a Él con todas las fuerzas de nuestro corazón.

 

   Que esta Navidad, más que algo folclórico, sea una experiencia de vida en el Señor y de encuentro personal con Él. 


   Si dejamos nacer al Señor en el pesebre de nuestros corazones, nuestra vida, nuestra familia y nuestra sociedad serán nuevas. Sólo si Cristo nace en nuestro corazón, la Navidad tendrá sentido y comenzaremos a vivir el cielo en la tierra, porque “veremos la salvación de Dios”

 

  A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen del adviento los proteja y ampare. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía
 

Saludo 1° Domingo de Adviento, 2 de Dic de 2018, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 1 dic. 2018 6:46 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 dic. 2018 15:57 ]

Chía, 2 de Diciembre de 2018
 

  Saludo y bendición para todos ustedes, al iniciar este nuevo año litúrgico.

“Cerca Está El Señor”


   Iniciamos un año Nuevo Litúrgico con este primer Domingo del Adviento. Las cuatro semanas de este Adviento, preparan la Navidad en la espera de la segunda venida del Señor. Es tiempo de espera gozosa en la venida del Señor, y la Palabra de Dios nos exhortará a estar atentos y vigilantes en la oración.

    El profeta Jeremías trae un mensaje de esperanza al pueblo que sufre. Dios le promete un rey que le hará  justicia. San Lucas, en el evangelio, anima a la comunidad a no perder la esperanza y a levantar la cabeza ante la venida del Señor. En él colocamos nuestra esperanza y de él recibimos, como lluvia copiosa, su solemne bendición.

 

   El Adviento es un tiempo bendito para caminar hacia el que siempre viene. Es la oportunidad para planificar nuestro encuentro final con él, y en la fe comprendemos que “lo último es lo primero”, que nosotros los cristianos tomamos en serio la segunda venida del Señor. Que nuestra vida está referida a un final como si fuera ya, aquí y ahora. Mientras tanto, hay que trabajar y transformar el mundo, proclamar la palabra y dar testimonio del Señor con la certeza de saber que él vino, sigue viniendo y vendrá. Es esta la divina promesa del adviento: promesa cargada de amor y gozosa esperanza.

 

   Las últimas palabras del padre Teilhard de Chardin, fueron: “Me voy al que viene”. Frase que podría explicar la vida de un creyente, como un caminar de dos que se aman, -el Señor y cada uno de nosotros-, hacia un cara a cara definitivo. De ahí que el tiempo del Adviento es comparado con el retorno de la primavera a una tierra ansiosa, como un rey que llega a visitar su reino y también con el amo que regresa, mientras sus criados lo esperan vigilantes. 


   En este tiempo, la espera del cristiano no es una espera vacía o un dejar pasar el tiempo. Jesús nos dice cómo debe ser la espera de los discípulos, cómo deben comportarse entretanto, a fin de no verse sorprendidos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida… Estad en vela, pues, orando en todo tiempo…».

 

   La Iglesia en este adviento, nos invita a detenernos un instante, a observar nuestro rumbo. Cada adviento nos enfrenta al encuentro definitivo con el Señor, y nuestra tarea ha de estar bien realizada. Por tanto, cada día es adviento porque el Señor viene, sigue llegando y hay que esperarlo. Es una oportunidad para reorientar nuestro proyecto divino y realizarlo con urgencia pues sólo disponemos de esta vida para llevarlo a cabo.

 

   El ser humano está en una actitud de permanente espera. Cuando una mujer está embarazada se dice que «espera» un niño; los despachos tienen «sala de espera». Aunque no nos guste esperar, la vida misma es como una sala de espera. Solo que la espera se vuelve esperanza. Pensemos, por ejemplo, que si al final de una cita médica nos dijeran que solo nos quedan unos meses de vida, todo cambiaría y nuestra alma buscaría afanada la eternidad. El Adviento nos incluye en la lista de espera a nuestra cita con el Señor, al tiempo que nos brinda una gran dosis de purificación, de vigilancia, de oración y conversión. “Estén alerta, - dice el Señor, no sea que se endurezcan sus corazones…”


   El cristiano espera a aquel que ya ha venido y está a nuestro lado: Jesús nuestro Señor. La espera de cristiano va cargada de la certeza en la presencia siempre cercana del Señor; es la espera de los que debemos llevar un estilo de vida ejemplar, a fin de no vernos sorprendidos: «... Estad en vela, orando en todo tiempo...».

 

   La vigilancia es hija de la esperanza. Por tanto, es necesario esperar y vigilar para recibir al Señor, para que se haga la voluntad de Dios y venga su reino. Cristo es nuestra esperanza, no sólo en este adviento sino en cada momento de la vida. 


   Estemos atentos a los signos que Dios coloca en nuestro camino, para que este adviento nos encuentre “en casa” y podamos abrirle las puertas del corazón. “Levantemos la cabeza”, tengamos los ojos abiertos y los oídos despiertos para escuchar el paso del Señor que viene. Que su amor reine entre nosotros con la esperanza de estar algún día con él.

 

   Miremos desde ahora a Belén. Dejemos que desde este primer domingo nuestras vidas se vuelvan hacia la estrella de luz que surge de aquel sencillo pesebre. Demos espacio al silencio, a la oración y a la escucha, para que la voz de Dios resuene en nuestras vidas.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz nuevo año litúrgico para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen del adviento los proteja y ampare. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

Saludo Solemnidad de Cristo Rey, 25 Noviembre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 23 nov. 2018 3:20 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 nov. 2018 3:48 ]

Chía, 25 de Noviembre de 2018
 

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

“Cristo Vence, Cristo Reina, Cristo Impera”


  Termina el año litúrgico con la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey, fiesta que cierra todo un ciclo en el que hemos ido desgranando día a día, Domingo a Domingo, y fiesta a fiesta, los acontecimientos de la vida del Señor. 

   Hoy saludamos y reconocemos a Cristo, como el Rey del universo, el supremo pastor, sumo sacerdote y supremo redentor. Hermosa fiesta que nos ofrece el corazón abierto y el amor universal del Señor, y aunque nos recuerda que su reino no es de este mundo, también quiere reinar en él, a través de quienes escuchan su voz y vivan en la lógica de su amor.

   Cristo es Rey, pero no al estilo humano de poder y dominio. Su poder y su riqueza están en su amor. No cuenta con ejércitos de valientes guerreros. 


   Sus escuadrones están formados por todos los hombres que movidos por su espíritu, son capaces de imitar su entrega en la vida cotidiana. ¿Acaso puede haber algún rey sin corona? No. Jesús también tiene su corona, pero de espinas. ¿Puede haber algún rey sin trono? No. Jesús también tiene su trono, el trono de la cruz. Jesús es Rey, pero no como nosotros entendemos a los reyes, sino de un modo diferente. Jesús no se impone con la espada, sino con el testimonio de la verdad, de la vida, de la paz y la justicia. 


   Por más largos que sean los reinados de este mundo, todos terminan algún día y son sustituidos por otros. Son limitados y por más que ocupen grandes territorios y ejerzan influencia en la tierra entera, siempre tienen fronteras, y su poder es limitado en el tiempo y en el espacio. 

   El significado del reinado de Cristo se esclarece, yendo a su punto más original, que es el escándalo de la cruz. La muerte de Cristo en cruz nos ayuda a descubrir que su reino va en lógica distinta a la de este mundo. 

   En lo alto de la cruz, Cristo vence, Cristo reina y Cristo impera, y no bajo las categorías de fuerza, caducidad o temporalidad, sino por el contrario, con el imperio de amor eterno.

   Este nuevo reino comienza con la presencia de Jesús en medio de nosotros y está vigente cada vez que el corazón humano se abre a su gracia que sana, y entra de lleno en la intimidad. Es un reino espiritual presente en el mundo, sin ser del mundo, porque el poder del mundo es diferente al poder de Dios. Mientras el mundo usa el poder para bien propio, para Dios el poder está en el servicio. 

   Para el mundo el poder no se comparte, para Dios el poder siempre es una entrega, no solo de lo que uno tiene, sino de lo que uno es. Los reyes de este mundo fundaron reinos con el imperio y el fundamento de la fuerza, el reino de Dios se funda en el amor incondicional, y en Cristo se impone pero por la fuerza del amor, que lleva hasta la muerte de Cruz.

   Pertenecer a este reino es aceptar que la buena noticia que anuncia Jesús, va dando sentido a nuestra vida. Pertenecer a este reino implica que en todas las circunstancias de la vida, hay que dejar en claro nuestra pertenencia al Señor. 

   Pertenecer a este Reino, implica aceptar que somos perseguidos por todos aquellos poderes que no soportan la presencia del Salvador, porque entrando de lleno en la lógica de Jesús, son los criterios del evangelio los que adquieren vigencia en el corazón del hombre. 

   Mientras el mundo hace un culto de la mentira, el que es de Cristo busca sólo la verdad que de él nace: “Los que son de la verdad escuchan su voz”. El mundo de las tinieblas se opondrá a aquél que es la luz. El mundo, que ofrece muerte, se opondrá al Reino de la vida que ofrece el Señor.

   Comenzamos uno nuevo litúrgico, y es la oportunidad para cuestionarnos hasta dónde hacemos parte del Reino de Jesús, o, por el contrario, tal vez no queremos escuchar su voz ni reconocerlo como nuestro Rey. Ojalá que nuestras vidas sean nuevas en la medida en que el amor del Señor reine en nosotros. 

   Entronicemos a Cristo Rey en nuestro corazón para que podamos celebrar la más bella navidad en nuestros hogares. Pidamos que Cristo reine en toda la humanidad, y que por todos los confines de la tierra se proclame a una sola voz:

¡Viva Cristo Rey!

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía

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