Saludo Semanal 






Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 5 Abril 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 2 abr. 2020 14:05 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 abr. 2020 9:29 ]

 Domingo de Ramos en Familia 
Preside Cardenal Rubén Salazar Gómez
Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia
Chía, 5 de Abril de 2020


   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

   “Bendito el que Viene en el Nombre del Señor

   Iniciamos la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos, la cual tiene dos momentos claramente diferenciados. Por una parte, el momento festivo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y, por otra parte, la lectura dramática de la pasión de Nuestro Señor. Recibimos festivamente a Jesús con los ramos y lo saludamos cantando ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, hosanna en el cielo!, pero no cerramos los ojos ante el camino que le espera, el de la Cruz.

   En esta semana celebramos el acontecimiento más fuerte de nuestra salvación, el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Y al abrir la semana mayor con el Domingo de Ramos, así como se abren las palmas para ver pasar al Señor en Jerusalén, también se han de abrir nuestros corazones  para experimentar el paso del Señor en nuestras vidas. Hoy, las palmas son los latidos de nuestro corazón que claman la presencia de Jesús para clamar tantas angustias.

   Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección; es descubrir qué pecados hay en nuestra vida y buscar el perdón generoso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación; es afirmar que Cristo está presente en la Eucaristía y recibirlo en la comunión; es aceptar decididamente que Jesús está presente también en cada ser humano que convive y se cruza con nosotros. 

   Vivir la Semana Santa es proponerse seguir junto a Jesús todos los días de la vida, practicando la oración, los sacramentos, la caridad; es la gran oportunidad para detenernos un poco y pensar en serio sobre el sentido y marcha de nuestra vida; para preguntarse en qué la estamos gastando. Para darle un rumbo nuevo al trabajo de cada día, y para abrirle el corazón a Dios, que nos sigue esperando. Es el tiempo propicio para abrir el corazón a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados. En fin, la semana santa es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Él.

   Admiremos la pobre cabalgadura que eligió nuestro Señor! Quizá nosotros, engreídos, habríamos escogido un brioso corcel. Pero Jesús no se guía por razones meramente humanas, sino por criterios divinos. Jesucristo, verdadero Dios, se contenta con un burrito por trono. Nosotros, simples criaturas, nos mostramos a menudo vanidosos y soberbios: buscamos sobresalir, llamar la atención; tratamos de que los demás nos admiren y alaben. Jesús entrando a Jerusalén sobre un burrito, nos enseñará que cada cristiano que lo recibe como rey, puede y debe convertirse en trono del Señor Jesús.

   Emprendamos esta semana santa con un nuevo ardor y dispongamos nuestro todo nuestro ser al servicio del Señor. Tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida, y que nuestro grito de júbilo de hoy, no se convierta en el “crucifíquenlo” del Viernes Santo. Que nuestros ramos, sean brotes nuevos de propósitos santos, y que no se marchiten en las manos, sino que florezcan en obras de misericordia y amor, propios de esta semana mayor.

   Desde este Domingo de Ramos, participemos de antemano en los dolores, sufrimientos y muerte del Redentor, que nos liberan del pecado y de la muerte. Solo así, al final podemos dar el paso definitivo, seguro y gozoso de nuestra propia resurrección, hacia la pascua eterna. 

   Acordémonos que la naturaleza de Dios es amarnos a pesar de las heridas que le causamos con el pecado. Aunque sean muchos nuestros pecados, la naturaleza de Dios no cambia; Él siempre será perdón y su misericordia es infinita.

   Los ramos son un signo de Cristo vencedor, signo de la cercanía del Señor. Ciertamente, no es una rama la que salva al creyente, sino la fe que le hace batir la palma para que Jesús entre en su corazón. 

   Por tanto, dejemos que el Señor tome posesión de nuestros pensamientos, palabras y acciones y desechemos todo lo que sea obstáculo en su marcha por la conquista de nuestro pobre corazón. 

  Que nada sea obstáculo para el reinado del Señor. Hoy, en cada uno de nosotros, que el Señor sea bendito, y sea el rey en la medida en que nuestras vidas estén adornadas por las palmas de la humildad, sencillez, alegría y mansedumbre. !Bendito el que viene a mi vida, a mi familia y a mi comunidad!.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, y seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana Santa para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía 

5° Domingo de Cuaresma, 29 de Marzo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 27 mar. 2020 14:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 mar. 2020 14:50 ]

Chía, 29 de Marzo de 2020

   Saludo y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

   Yo Soy la Resurrección y la Vida, el que Crea en Mí Tendrá la Vida Eterna

   En este último Domingo de Cuaresma, el evangelio nos presenta la resurrección de Lázaro que será la ocasión, no solo para revelar la gloria de Dios, sino para proclamar que la resurrección del Señor, triunfará, de manera definitiva, la vida sobre la muerte.

   La resurrección de Lázaro es, entonces el preludio del gran milagro: la resurrección del Señor. 


   De manera anticipada, Jesús también les permitió, a quienes lo amaban, soportar lo que se vendría: verlo padecer y morir en la cruz. Dios no es indiferente a nuestras necesidades. Tarda en responder, pero responde siempre. Tal vez, no como nosotros quisiéramos, pero sí de una manera mucho más rica en generosidad. Las tardanzas de Dios puede que sean pruebas a nuestra fe.

 

  La expresión desconsolada de Marta: “Señor, si hubiese estado aquí, no hubiese muerto mi hermano”, refleja los sentimientos de todo ser humano. También solemos quejarnos que la muerte de un ser querido es culpa de Dios. Es por eso que Jesús quiere reafirmar con un gesto amistoso, y antes de su propia muerte, su clara opción por la vida. 


   Si Jesús no acudió presuroso a curar a Lázaro, no fue porque no le importara sino porque tenía un plan mejor: librarlo no de la enfermedad, sino de la muerte! Aquel que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”, quizá no nos responde como deseamos, porque tal vez le pedimos lo que creemos que nos conviene, pero él concede lo que de verdad nos servirá en aras de la eternidad y la salvación; aquello que fortalecerá nuestra fe, afianzará nuestra esperanza y animará nuestra caridad.


   La historia de Lázaro, cuyo nombre significa “Dios proveerá”, nos muestra a Jesús, hombre y Dios, que ama, consuela, compadece y pone todo su poder al servicio de sus amigos. “Al llegar ante el sepulcro de su amigo, se conmovió y lloró”. San Agustín dice que “Cristo lloró para enseñar al hombre a llorar”. Se conmovió para enseñarnos a conmovernos con el dolor de los demás. 

   Llora con el que llora, porque el llanto expresa la debilidad y el duelo de la humanidad derrotada ante la muerte. 

A Jesús le duele la pérdida de Lázaro; se le rompe el alma ante las lágrimas de las dos hermanas, y llorando, se une a su dolor, que es suyo propio por la muerte de su amigo. Sin embargo, lo que ya parecía perdido, se va a convertir en un momento de fe. Jesús no es solo resurrección en el último día; desde ya, es vida y capaz de convertir la muerte en revelación de Dios. 

   Mientras las hermanas piensan en que ya no contarán más con su hermano, Jesús piensa en devolverlo sano al hogar. Mientras las hermanas piensan que “ya huele a muerto”, Jesús piensa en que volverá a oler a vivo. Donde todos ven un sepulcro cerrado guardando un muerto vendado, Jesús ordena abrirlo y con potente voz gritar, “Lázaro, sal fuera”, y luego de desatarlo, la vida echa a andar.

   Desafortunadamente, y con facilidad, nos olvidamos que el reloj de Dios no coincide con nuestra hora y que Dios mira siempre mucho más lejos. De hecho, el Señor hizo más de lo que habían pedido. Si recuperó vivo a Lázaro, a nosotros nos concederá algo mucho mejor. Al cabo de los años Lázaro volvió a morir. Para qué resucitar y tener que volver a morir como le pasó a Lázaro?

   Cuando morimos, esta vida se nos cambia no por otra igualmente frágil como le sucedió a Lázaro, sino que nos hará renacer a una vida nueva, más allá de la muerte. Cristo nos ha concedido el regalo de la vida eterna y la certeza de saber que por doloroso que sea perder seres queridos, él, como supremo Pastor, nos conducirá por las cañadas oscuras de la muerte a los pastos de la eternidad.

   Gracias a la resurrección de Cristo, la muerte no será el final del camino. La última palabra no la tendrá la muerte sino Cristo, porque Dios nos hizo para él, somos suyos y nuestro destino es vivir. Aunque la vida venga cargada de sufrimientos y al final de nuestra vida terrena nos espere la muerte, podremos afirmar con fe: creo en la resurrección de los muertos, porque tengo la certeza que el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús, vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.     

   A Quienes nos siguen a través de la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros la Buena nueva del reino de Dios donde quiera que se encuentren. Que el Señor los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

4° Domingo de Cuaresma, 22 de Marzo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 19 mar. 2020 15:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 19 mar. 2020 15:57 ]

Chía, 22 de Marzo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

   Señor, que Podamos Verte

  En este cuarto Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta la curación de un ciego de nacimiento. Todo el trasfondo de la palabra de Dios nos remite al nacimiento en nuestra vida cristiana con el bautismo, como nos lo recuerda S. Pablo: "Antes eran oscuridad, ahora son luz en el Señor".

   Los discípulos preguntan a Jesús, si haber nacido ciego, fue por culpa o pecado del ciego o de sus padres. Jesús dejará en claro que aquel encuentro con el ciego, será un encuentro salvífico, un destello de la Gloria de Dios y un signo de salvación manifiesta, través de su compasión y amor misericordioso. La luz del Señor aniquilará cualquier culpa o pecado.

   La curación del ciego de nacimiento es todo un símbolo. Da la impresión que todo el mundo lo conoce mientras era ciego, pero ahora, cuando recobra la vista, no lo reconocen. Los problemas no los tiene estando ciego, los tiene cuando puede ver. San Juan utiliza una ironía: aquellos quienes podían ver, no verían ni a Jesús y hasta dudaban si el ciego al que interrogaban era realmente el que se encontraba siempre al borde del camino. Ellos, en el fondo eran ciegos. Aun teniendo capacidad de visión no querían reconocer las obras del Mesías.

   La visión no es sólo cuestión de poder ver, sino sobre todo de querer ver. "No hay ciego más grande que el que no quiere ver". Hay ciegos que no pueden ver y hay ciegos que no quieren ver y que ni siquiera toleran que otros vean. Ante todos, Jesús aparece como la luz del mundo. A todos, Jesús les da la vista y la fe. Al reconocer que nosotros somos el ciego del evangelio, reconocemos que estamos llamados a recuperar la luz de la fe, y a reconocer que, hoy como ayer, sigue resonando su voz: “Yo soy la luz del mundo…quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

   La ceguera física del ciego de nacimiento, hay que trasladarla al ámbito espiritual. Muchos estamos ciegos en nuestro interior. Somos ciegos o nos tapamos los ojos del alma para no ver la luz de Dios. Nuestra ceguera es más del alma que física y consiste, quizá, en que estamos tan acostumbrados a nuestras miopías que no reconocemos, ni vemos, ni celebramos las maravillosas de Dios en favor nuestro. 

   Si hemos recibido la luz de Dios en nuestro bautismo, ¿Por qué nos hacemos los desentendidos con los que no ven, con los que nadie quiere ver o con los que lo necesitan todo y nadie los tiene en cuenta? Diera la impresión que ya nos acostumbramos a ver todo tipo de sufrimiento, angustia y dolor, ignorando que en cada hermano que sufre destella la luz de Dios. Cada ser humano que pasa por cegueras, es una oportunidad de salvarnos si los atendemos como atendiendo al mismo Señor.

   Aquel ciego, somos cada uno de nosotros. Tenemos zonas oscuras a las que aún no ha llegado la luz de Cristo. Somos incapaces de vernos, y ver a los demás, con la mirada de Dios. Sólo vemos las apariencias, lo externo y nos quedamos deslumbrados ante el brillo pasajero de las personas o las cosas, y no miramos el corazón. Nuestra ceguera es tan grave que sólo valoramos lo que nos ha dado Dios cuando lo hemos perdido. 

   La falta de fe, la pérdida de valores y la arrogancia de nuestra pobre condición humana, son una verdadera ceguera. Actualmente nos están cegando los intereses, el materialismo, los fanatismos, las pasiones, la superficialidad, el poder, el orgullo y la vanidad. Todos, en mayor o menor media, atravesamos situaciones de oscuridad, de falta de luz, de dudas, de búsqueda. Hoy, el Señor, nos recuerda que él es la Luz del mundo, que disipa nuestras tinieblas y nos conduce a la luz de la salvación.

   Al ciego de nacimiento Jesús le abrió los ojos para ver al mismo Dios, a sus hermanos y el mundo con ojos nuevos, es decir, con los ojos de Dios. También necesitamos, como el ciego, aprender a mirar de otra manera, es decir, no las apariencias, sino el corazón. Desde lo más profundo de nuestra alma preguntémonos: nuestros ojos, ¿Hacia dónde o qué miran? ¿Vemos lo caduco que nos rodea, o queremos ver al Señor?, ¿Queremos aumentar nuestra fe en él?, ¿Queremos lavarnos cada domingo y empaparnos del resplandor de su luz? Ojalá podamos decir, como el ciego, “yo sólo sé una cosa, que antes era ciego y ahora veo; que antes era oscuridad y ahora soy luz; que antes no conocía a Jesucristo y ahora lo conozco y lo amo”.

   Esta Eucaristía es un encuentro personal con Jesucristo, Luz de Luz, que se acerca a nuestra oscuridad. Dejemos que su amor y su luz enciendan nuestros corazones, y pidámosle que fortalezca nuestra fe vacilante para ser capaces de ver con los rayos de su luz. No basta con que no seamos ciegos, se requiere saber brillar, ser luz del mundo, reflejando el resplandor de quien nos ha salvado y nos ha destinado a participar de su luz maravillosa.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

3° Domingo de Cuaresma, 15 de Marzo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 12 mar. 2020 19:44 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 mar. 2020 20:13 ]

Chía, 15 de Marzo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

   Si Conociéramos el Don de Dios

   En este tercer Domingo de Cuaresma el Evangelio nos trae la bella página del encuentro de Jesús con la samaritana. Encuentro de un alma sedienta con Jesús, el agua de vida eterna. Este encuentro nos descubre los vacíos interiores de cada uno de nosotros, que tratamos de llenar, muchas veces, con aguas que nos dan más vacío y más sed. 

   Es la sed disimulada del hombre de Dios, pero también es la sed de Dios del hombre. Es el hombre que camina con el cántaro de su alma vacío de Dios, vacío de gracia y de amor. Es la historia de nuestro propio encuentro con Él. 

   Los caminos por los que Jesús lleva a la mujer a reconocerlo y a amarlo, son los caminos por los que quiere llevarnos a la conversión. 

   La escena deja ver la sensibilidad de Jesús, su estilo de tratar y atraer a las personas. Él no se presenta con autoridad ni poder, sino sentado, cansado y con sed, propio de las angustias y los afanes del necesitado. No comienza ofreciendo de su autosuficiencia, sino pidiéndole agua a una pecadora. “La de Jesús era una sed no tanto de agua, sino de encontrar un alma sedienta. Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús aquellas preguntas profundas que todos tenemos dentro, pero que muchas veces ignoramos”. (Papa Francisco). Y al final, saldrá ganando la samaritana, como la gracia gana sobre el pecado, y la vida sobre la muerte. 

   Jesús utiliza la psicología para llevar a la samaritana a que ella misma se vaya conociendo, reconociendo y decidiendo por otro tipo de agua. Primero, lo mira despectivamente como a un judío, luego, le trata de Señor, después lo descubre como un profeta, y finalmente, la revelación como el Mesías. Al final, se invirtieron los papeles: El que pedía, termina dando. La que comenzaba dando termina pidiendo. La que buscaba agua para la sed, termina encontrando la gracia del agua viva en su alma, y de ella misma se hace portadora a anunciándolo a los suyos.
   Como la samaritana, tal vez, caemos en el riesgo de quedarnos en lo superficial: agua física para calmar la sed transitoria. El Señor espera que conozcamos el don de Dios, con el cual sabríamos que nuestra fe es una experiencia en lo más hondo de nuestras entrañas con aquel que tanto nos ama. Dios nos propone, sin imposición alguna, que conozcamos el don divino, y el hombre está en su libertad de responder “sí" o “no”, para beber de esa agua de eternidad que nos ofrece a través de Cristo, la fuente.

   Hoy, hasta el mundo tiene sed; hasta la tierra, reseca, clama por agua. También el alma se reseca cuando renuncia al reino de Dios a favor de otros paraísos prometidos que nos engañan. La esperanza es como el agua, cada vez más escasa y contaminada. Pero Dios no sacó a su pueblo de Egipto para matarlo de sed en el desierto, sino para hacerlo partícipe de sus promesas. Jesús ofrece a la mujer el agua viva, la esperanza que salta hasta la vida eterna, la única que no se agota. 

   Y desde el bautismo recibimos la esperanza, la promesa de eternidad y, bebida espiritual que sacia el alma. El mundo ofrece cantidad de bebidas para calmar la sed; solo Dios, nuestro hacedor, en su divino hijo, don de Dios, camino, verdad y la vida, es el agua que calma la sed de vida eterna. “Nos hiciste, Señor para ti, y nuestro corazón solo hallará reposo cuando llegue a ti” (San Agustín). Ante Él, todos somos samaritanos sedientos y necesitados de abrir el cántaro de nuestro corazón, para saciarlo en el pozo infinito de su amor.

   Nuestro espíritu también está naturalmente sediento, y pensamos equivocadamente que lo pueden saciar, las cosas, los placeres o las distintas formas de poder. Caminamos tras las realidades que nos encandilan y nos prometen felicidades aparentes, y seguimos sedientos, aunque las poseamos. Cuanto más buscamos saciarnos de lo efímero, más experimentamos la insuficiencia de lo pasajero; y cuanto más se tiene, más se experimenta su fragilidad y su carácter perecedero. Cuando el fin está puesto en Dios, el corazón humano se sacia completamente al descansar en él, fuente inagotable de vida eterna: “El que beba del agua que yo le dé, nunca más volverá a tener sed”.

   La Cuaresma es el tiempo oportuno para mirarse dentro, para hacer surgir nuestros deseos espirituales más verdaderos y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la samaritana nos invita a
expresarnos así: 

“Jesús dame de esa agua así no tendré más sed”. 

   Para cuando nosotros decidimos buscarlo, ya Él ha tocado las fibras de nuestra alma. 

   Cuando nosotros decidimos acercarnos él, hace tiempo que él nos espera. Cuando decidimos ir a vaciar nuestra alma en la confesión, antes de perdonarnos, él ya nos había empujado. Dios siempre toma la iniciativa en nuestras vidas, aunque nosotros le hagamos esperar sentado. (Papa Francisco). 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

2° Domingo de Cuaresma, 8 de Marzo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 7 mar. 2020 14:48 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 mar. 2020 19:39 ]

Chía, 8 de Marzo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

   Haz Brillar tu Rostro sobre Nosotros”

   El Evangelio nos presenta el otro rostro de Jesús y nos descubre el destino último al que estamos llamados: contemplar su gloria y formar parte de ella. En la cima de la montaña Jesús se transfiguró y dejó entrever la totalidad de su identidad y la verdad de su corazón. Los tres discípulos – que creían conocer bien a Jesús-, ahora lo ven en el resplandor de su divinidad y en lo que su encarnación esconde y oculta. 

   Sin ocultarles el anuncio de la cruz que asumió hasta el final, quiso transmitirles un mensaje de consuelo y garantizarles que el fin no sería la cruz, sino que, pasando por ella, se llegaría a la luz. El triunfo de Jesús sobre la muerte y la promesa de resurrección para los que aún peregrinamos.

   Dios elige los montes y las alturas para revelarse. En el Sinaí se nos regalan los “mandamientos”. En el Tabor, Dios nos revela a Jesús como su “Hijo amado y predilecto”. Jesús, sube a la montaña para orar y manifestar su verdad íntima. En la cima del monte Jesús se transfigura y se deja ver por dentro. El brillo de su Gloria traspasa lo opaco y las apariencias de lo humano, manifiesta todo lo divino y anticipa los resplandores de la Resurrección. Es en esta cima del Tabor donde Dios deja escuchar de nuevo su voz, no para que regresemos a Moisés, ni a Elías, sino para decirnos que, a partir de ese momento la verdadera voz de Dios es Jesús “el Hijo amado”, la voz que tendremos que escuchar.

   La transfiguración será la eterna propuesta para aprender a ver “más allá” todo lo que se va colando de maravilloso en lo cotidiano, y a dejarnos sorprender de lo que Dios ha colocado en el fondo de nuestro ser. 

   Nos deja ver, amar, sentir y creer más allá de nuestras apariencias, porque él ve lo que hay dentro de nosotros, mientras que nosotros sólo vemos las apariencias. 

   ¿A quién escuchamos en nuestra vida? ¿Nos escuchamos a nosotros, a nuestros intereses?, ¿al mundo con sus criterios, mentalidades y anti valores?, o más bien, ¿escuchamos de verdad a Jesús, su evangelio y su palabra?

    ¿Disfrutamos, como los discípulos, permaneciendo junto a Él?

   Como los discípulos acudieron al Tabor, siempre que venimos al encuentro con Jesús en la soberanía y misterio de su presencia, llenamos nuestro interior con el resplandor de su luz y nos hace capaces de ver lo que hay más allá de cada uno de nosotros y de nuestras apariencias. De domingo a domingo, en nuestro Tabor, volvemos a escuchar la voz del Padre que nos dice: “Este es mi hijo amado, escuchadle” y luego de cada encuentro con Dios, ya transformados por él y con su fulgor, somos llamados sus hijos amados, y, -como los discípulos-, invitados a dar testimonio de cuanto grabamos de su fulgor nuestro pobre corazón.

   El camino de Jesús siempre nos lleva a la felicidad, aunque habrá en medio una cruz o las pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad. Jesús no nos engaña. Nos prometió la felicidad y nos la dará si seguimos su camino. Con Pedro, Santiago y Juan, también subimos nosotros hoy, al monte de la Transfiguración y nos detenemos en contemplación del rostro de Jesús, para recoger el mensaje y aplicarlo en nuestra vida; para que también nosotros podamos ser transfigurados por el amor. 

   En la peregrinación a la montaña santa de la Pascua, la cuaresma que estamos viviendo, no es un caminar en solitario; su cumbre está en Jesucristo transfigurado por su resurrección. Para ascender a la pascua será necesario bajar del egoísmo y de la soberbia por la ladera de la humildad, escuchando a Cristo, el Hijo amado del Padre. Aquel que es movido por la autosuficiencia no emprende un verdadero camino de cuaresma. Cristo es el camino verdadero en quien están puestas las complacencias del Padre. En él, el temor se disipa escuchando su palabra.

    ¿A quién no le gustaría hacer tres chozas, para quedarse tranquilo como lo propone Pedro? La tentación de evadirse del mundo a todos nos acecha. Hay que poner los pies sobre la tierra, implicarse en la vida, tomar la cruz, ayudar al necesitado, y de la mano del Señor, ascender a la pascua eterna. Como en la transfiguración, a Jesús “se le nota” anticipadamente su condición divina y la plenitud de su Gloria, también, desde ahora nosotros, unidos a Dios, podemos “entrever y saborear” anticipadamente lo que será nuestra felicidad eterna.

   Aunque no sea fácil, emprendamos la subida a la montaña de la pascua; es un camino de cruz, pero el mismo Señor nos sostendrá con su fuerza hasta concedernos la transfiguración plena a quienes escuchemos la voz de su Hijo. El Tabor es el monte de la luz “donde el rostro de Jesús resplandece como el sol”, y “sus vestidos blancos como la luz”. El Tabor desvela la verdad del cristiano, llamado también él a ser luz para los demás, como los focos de luz no se ven a sí mismo, sino que hacen ver lo que les rodea.

   También nuestro corazón puede ser ese Tabor y esa luz para los demás, pero primero tendremos que ser iluminados por dentro para luego iluminar a los de afuera, hasta tal punto que, en torno a cada uno de nosotros, los demás pudieran decir: ¡Amigo, ¡qué bien se está contigo!  ¡Qué bien se está a tu lado!” ¡Qué bien se está en tu compañía!” 

   Que el Señor que nos dé la gracia de su luz y nos enseñe a distinguir cuándo la luz es su luz y cuándo es una luz artificial puesta por el enemigo para engañarnos. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  

1° Domingo de Cuaresma, 1 de Marzo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 28 feb. 2020 16:57 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 28 feb. 2020 17:22 ]

Chía, 1 de Marzo de 2020

Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

   “…Y no nos Dejes Caer en Tentación…”

En el Bautismo, Jesús quiso configurarse con nosotros, pecadores. Ahora en el desierto, Jesús se enfrenta a las tentaciones que a diario atacan nuestra condición humana. La escena de las tentaciones, resume toda la lucha de Jesús contra el mal. 

   Ahí está en juego la esencia de su misión. En las tentaciones se muestran dos maneras de entender a Jesús como Hijo de Dios y Mesías: para el tentador, equivale a tener poder y gloria; para Jesús, implica hacer la voluntad del Padre. 

   A diferencia de Israel, que sucumbe en el desierto ante las tentaciones, Jesús las rechaza con la Palabra de Dios y con su actitud de Hijo obediente. 

   El objetivo del tentador es lograr que se prescindamos de Dios desviarnos de su camino, y convencernos que nosotros mismos, o las exigencias y los deseos del momento, son más importantes que la fidelidad al Señor. La tentación del tener, es decir, cuando el pan, o todo cuanto indican los bienes materiales, se coloca por encima de todo llevándonos a la obsesión y al afán de posesión. Más que poseer los bienes, ellos acaban poseyéndonos. La tentación del prestigio, es la preocupación obsesiva por la fama y honores mundanos, para ganar la admiración de los demás; y la tentación del poder, pretende sustituir la debilidad y humildad por el poder, lanzándonos a la soberbia y a la competencia para dominar y someter. 

   Dice el Papa Francisco: “Él, el diablo, tiene esa capacidad, esa capacidad de seducir”. “Por eso es tan difícil de entender que está derrotado, porque se presenta con gran poder, te promete muchas cosas, te da regalos bellos, bien envueltos. Y podemos pensar: ‘¡Oh, ¡qué bonito!’. Pero tú no sabes qué es lo que hay dentro. Sabe presentar sus propuestas ante nuestra vanidad, ante nuestra curiosidad, y nosotros lo compramos todo, cedemos ante las tentaciones”. El diablo “es peligrosísimo. Se presenta con todo su poder, y sus promesas son todas mentira, y nosotros, como tontos, las creemos. Sabe hablar bien, es capaz de cantar para engañar. Es un derrotado que se mueve como si fuera un vencedor. Sus luces son deslumbrantes como fuegos artificiares, y como tales, no duran, se desvanecen. Por el contrario, la luz del Señor es suave, pero permanente”. 

   Al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, Jesús inició la práctica de nuestra penitencia cuaresmal. Esta cuaresma es un tiempo de gracia y bendición para estar alerta y bien armados con la armadura de la gracia, de las obras de caridad, de la penitencia, del ayuno y de la oración, para resistir al pecado, que suele vestirse siempre de mentira y se esconde siempre detrás de alicientes que nos atraen; se camufla de felicidad, se maquilla de bondad y poderío. Jesús, al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseña a sofocar, con su fuerza, las fuerzas del mal. 

   Al no poder vencer a Jesús, el diablo dirige su ataque contra nosotros, los amados de Dios. Nadie se escapa de ser objetivo directo del maligno, porque él quiere dañar la obra amada de Dios. Haciéndonos caer, hiere al Hijo de Dios. Esa es su venganza. Si en el Padre nuestro pedimos a Dios que no nos deje caer en tentación, es porque sólo unidos a él no seremos bocado del maligno, o cómplices de sus ataques contra el Salvador. No obstante, cuando merodeamos las rutas funestas del mal y las fauces de la tentación, exponemos el reinado del Señor, abriéndole espacio al maligno. Es ahí, donde las fuerzas del mal, dirigen su accionar para herir al Señor.

   Las tentaciones presentan el pecado envuelto en papel regalo y lo presentan como triunfos en la vida. No en vano Jesús llama al diablo, “padre de la mentira” porque nunca presenta al pecado como pecado, sino bajo las realidades de placer, éxito, felicidad, apetito gustoso y deleitable. El tentador no se presenta como un peligro sino bajo la máscara de la adulación, mentira y seducción. En la tentación, el diablo, da su primer zarpazo en su acción contra nosotros, y él sabe que tarde o temprano todos tenemos algún grado de caída. El antídoto está en Dios todopoderoso y en la fuerza de su divino Hijo.
 
   Sin embargo, la lucha contra la tentación es una preciosa oportunidad de crecimiento espiritual cando logramos vencerla. Desafortunadamente la tentación se nos presenta tan disfrazada que apenas logramos reconocerla como tal. Al ceder a la tentación, la persona rompe la armonía con el mundo, con los demás y con Dios. El primer Adán cedió a la tentación y por él entró el pecado. Por Cristo, el segundo Adán, Dios nos da la salvación. La gran tentación consiste en volver la espalda a Dios para servir a la criatura, haciéndonos ignorar el plan de Dios y perdiendo la estatura de nuestra dignidad original.

   Que en esta cuaresma nos revestirnos de las armas de Dios para enfrentar los embates del maligno, que siempre busca la ocasión para hacernos caer. 

   Feliz cuaresma para todos, y que la próxima Pascua sea la luz que nos alumbre y nos haga más fuertes para resistir la tentación. A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía  
 

7° Domingo del Tiempo Ordinario, 23 de Febrero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2020 16:45 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 21 feb. 2020 17:04 ]

Chía, 23 de Febero de 2020

Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

   "Señor, Hazme un Instrumento de tu Paz…” 

   El Evangelio de este Domingo nos sumerge en la inmensidad del amor y el perdón de Dios. Quienes diariamente lo invocamos y lo recibimos, también, tristemente lo negamos. El Señor, hoy lo sentencia: Quien quiera seguirlo, ha de amar a los que no lo merecen, sin esperar recompensa. Esa es la única forma de colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades y en el mundo.

   Su infinito amor y perdón, son las razones por las que Dios hace salir el sol sobre buenos y malos y dar la lluvia sobre justos e injustos. No es la bondad humana la que mueve a Dios a regalarnos la luz, ni la maldad humana la que impida a Dios hacerse presente en nuestras vidas. Tampoco es la justicia humana la que determina la justicia de Dios. Es la lluvia copiosa de su misericordia, y el brillo de su amor lo que produce sobre la tierra la verdadera justicia que es, a fin de cuentas, el rostro del amor.

   Afirma san Pablo: “La sabiduría del mundo es locura delante de Dios y sorprende a los sabios en su propia astucia. El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos”. De manera que la sabiduría del mundo –de la cual se pavonean muchos- deja al descubierto las astucias y entretelones más oscuros de las personas humanas que en este mundo viven la ley del talión y no ingresan en la ley del amor. 

   Al contrario, la sabiduría divina que nos trae Cristo, pasa por la cruz y nos enseña a morir a nosotros mismos para entrar, -por la lógica del amor y el perdón de Dios- en la vida nueva de su amor.

   Si Dios lo encausa todo, el cristiano debe dirigir su existencia a la imitación de la persona de Cristo, orientándose a su vez al Padre. Es propio de nuestra vida cotidiana saludar al que saluda, hacer el bien a quien nos hace el bien, pero eso no implica que seamos merecedores de premio alguno; también los paganos hacen lo mismo. Con mucha asiduidad obramos “devolviendo mal por mal”, porque, “el que me la hace la paga”. Si examinamos nuestro corazón nos daremos cuenta que todos llevamos dentro demasiada violencia, demasiada enemistad y venganza. Se requiere despojar del corazón toda raíz de odio, venganza o desprecio. Solo así podremos saborear el amor del Padre celestial, que es la característica y el talante de los hijos de Dios.

   La predicación de Jesús sobre el amor resulta casi siempre atrayente, pero cuando Él habla de “amar a los enemigos, de colocar la otra mejilla”, todo parece cambiar. Su invitación nace de su experiencia con su Padre, en donde cabemos todos. Su amor está abierto a todos, y quien quiera vivir como su hijo, ha de estar movido por la lógica del amor, que deja fluir, como cascada incontenible el mismo amor de Dios. 

   El amor de Dios, por ser universal, tiene que pasar a través del amor a todos. Recordemos el hermoso dicho de San Juan de la Cruz: “No pienses que porque en aquél no relucen las virtudes que tú piensas, no será precioso delante de Dios por lo que tú no piensas”. 

   Para Jesús, el mal no se soluciona con el mal. Así nunca vamos a cambiar el mundo. Jesús nos presenta otra manera de ser: la de un corazón limpio. El hecho de que todo el mundo mienta, no hace que la mentira sea verdad. Si todo el mundo roba, no hace bueno el robar. Si muchos tienen por norma “odiar al enemigo”, no significa que el odio sea el criterio de la convivencia humana. 


   Aunque muchos obren así, siempre habrá otra manera de obrar. Muchos devuelvan mal por mal, pero es posible devolver bien por mal. Lo que verdaderamente mide nuestras fuerzas, no es la fuerza de la violencia, sino la fuerza del amor. Por la fuerza no se llega a ser más o estar más arriba. No medimos nuestras fuerzas peleándonos, sino perdonándonos. No es luchando quien puede más, sino quien puede servir más. No es luchando quien está más arriba, sino quién puede ser el menor de todos.

   El perdón, la reconciliación y el amor al enemigo, no provienen de nuestros sentimientos puramente humanos, sino que son fruto de la gracia de Dios; de Él provienen, por Él los ponemos en práctica, y a Él regresan. Ciertamente, si amamos sólo a quienes nos aman y ayudamos solo a quienes nos ayudan, ¿cómo llamarnos hijos de Dios, si excluimos a alguien de su amor? La clave para ser sus hijos, es sencillamente: “Ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto”. 

   Para hacer un mundo más humano, sintonicémonos el corazón con las entrañas de Dios. Habrá que luchar contra toda forma de mal, y pedirle que nos dé un corazón universal en donde quepan todos nuestros hermanos, sin excepción. Coloquémonos los anteojos de Dios para ver a nuestros hermanos como él nos ve a todos por igual: “…Él hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace caer la lluvia sobre justos e injustos”.

   Si a nadie se le niega una gota de agua o un rayito de sol, ¿por qué le negamos tan fácilmente el amor a los demás, si el amor es el rayo luminoso y universal de Dios? Jesús quiere un nuevo orden donde podamos rezar esa oración atribuida a San Francisco: “Señor, hazme un instrumento de Tu Paz”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía   
 

6° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 de Febrero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 14 feb. 2020 6:50 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 14 feb. 2020 7:50 ]

Chía, 16 de Febero de 2020

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.   

“…Mis palabras no pasarán…"

   La primera lectura de este Domingo, nos dice que Dios nos ha dado un poder fascinante: el poder de elegir. "Si quieres puedes guardar los mandamientos”; actuar con fidelidad es cuestión de nuestra propia elección. 

   Frente a nosotros está el bien o el mal. El reto de la libertad con la que nos creó Dios, será hacer el bien. Desde que Dios nos adornó con ese don, quedamos dotados de infinitas posibilidades a ejecutar. En todo caso, somos capaces de decidir. Aunque el mal aparezca atractivo, ha de ser el bien el que elijamos. 

   No podemos culpar a Dios de nuestras malas decisiones o de los pecados que cometamos: "Ante ti pongo la vida y la muerte, lo que elijas te será dado". "Elegir la vida" no significa elegir una cantidad determinada de años para vivir, o elegir el lujo, la pereza, el poder o las comodidades. Elegir la vida significa amar a Dios con toda la mente, con todo el ser y con todas las fuerzas del corazón. De la misma manera, elegir la muerte no significa elegir la manera de cómo morir. Significa elegir la idolatría y el pecado en sus diversas formas nefastas. 

   La ley de Dios tiene como meta la felicidad del hombre, y el hombre, a través de esta felicidad alcanzar a Dios. El verdadero camino de la ley es Jesús; en Él se realiza el hombre y emprende la búsqueda del creador. Por eso Jesús resumió todas las leyes en dos. “Amar a Dios” y “Amar al prójimo”. 

   Los grandes mandamientos y las grandes fidelidades se empiezan a realizar a través del cumplimiento de las pequeñas acciones y de las fidelidades diarias. En las intenciones más pequeñas cada uno se está jugando lo definitivo. Nuestra tarea ha de ser el corresponder con actitudes, sentimientos, palabras, obras y pensamientos, sabiendo que estamos ante la mirada y el juicio de Dios. 

   En la vida vamos transitando por permanentes riesgos. Así como el río, aunque su caudal corre por las márgenes estrechas de sus orillas, solo será en el centro de su cauce, - y no en las orillas, - en donde se hace realmente veloz. Si nuestra vida está centrada en Jesús va de su divina mano y, aunque no desaparezcan los riesgos, iremos por buen cauce hacia el puerto seguro. Se requiere avanzar hacia la meta evitando los precipicios y los bordes del mal que a diario nos golpean. Avanzar hacia la meta no es tan solo evitar los precipicios. Cuántos de nosotros jugamos a ser cristianos, cumpliendo algunos de los mandamientos, pero nos reservamos ciertos desbordamientos y abismos. Es ahí donde encallamos en los rincones del mal. 

   La nueva ley del amor será la clave para no encallar en el mal: “Ama y haz lo que quieras” y el centro de todo, es Cristo. Él nos da la verdadera identidad. Sabemos que no basta cumplir solamente las leyes y los mandamientos, habrá que estar unido a quien todo lo puede; al que es nuestro cauce y tiene el timón de nuestra vida. 

   La caridad empieza por casa, pero no se queda de puertas para adentro. Amar sinceramente a todos con desinterés y sacrificio, ya es heroico; pero nuestro amor tiene que salir de viaje y pensar primero en los pobres y necesitados. El amor es el mejor mensajero que enamora a todos aquellos a quienes se les comparte la buena noticia. 

   De todo esto se comprende que Jesús no da importancia sencillamente a la observancia disciplinar y a la conducta exterior. Él va a la raíz de la Ley, apuntando sobre todo a la intención y, por lo tanto, al corazón del hombre, donde tienen origen nuestras acciones buenas y malas. Para tener comportamientos buenos y honestos no bastan las normas jurídicas, sino que son necesarias motivaciones profundas, expresiones de una sabiduría oculta, la Sabiduría de Dios, que se puede acoger gracias al Espíritu Santo. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu, que nos hace capaces de vivir el amor divino. 

   Mientras que la astucia humana busca cómo diluir y opacar la palabra de Dios, Jesús, en su sabiduría afirma que Él viene a darle plenitud a la ley. Sumergirnos en su Espíritu nos ayudará a ver la profundidad de las exigencias del Evangelio. 

  A Cristo le bastó la ley de Moisés y, en el fondo, vino a liberarnos de ella, porque, sin dejar de cumplirlas, su fuerza y su amor nos ayudan a cumplirlas y a superarlas. Ser cristiano no es solo privarse de ciertas cosas, sino seguir el sendero de Cristo, el hombre perfecto y Dios verdadero. 

   En una sociedad sin alma, no basta, ni sirve multiplicar leyes. Hay demasiadas leyes. ¿Será eso lo que Dios quiere? Porque no es suficiente cumplir una cantidad de leyes, mientras ellas no nos limpien por dentro y nos renueven por fuera. ¿No será que tantas leyes terminan endureciendo nuestro corazón? No se trata de quedar contentos únicamente con no hacer el mal cumpliendo la ley. Se trata de ir más allá, de transitar el camino hacia la perfección, haciendo todo el bien que esté a nuestro alcance, y no detenernos hasta que ayudemos al prójimo con todas las fuerzas. Jesús no pide imposibles, simplemente que amemos, y a amar se comienza por hacer el bien sin medida. 

   ¿Cómo sé yo que amo de verdad a Dios? Si amo de verdad al hermano. Nuestra vida he de ser un espejo que permita reconocer en cada uno de nosotros, los rasgos de Dios. Somos de su propiedad, y sus rasgos han de brillar a través de nuestra vida, en cada acción y decisión, que por pequeñas que sean, indican lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía   

5° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de Febrero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 7 feb. 2020 13:24 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 7 feb. 2020 15:25 ]

Chía, 9 de Febero de 2020

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.   

…Luz del Mundo y Sal de la Tierra…"

   En el Evangelio de este Domingo, Jesús toma dos elementos de la vida cotidiana, la sal y la luz para recordarnos la misión de todo creyente: Sal que nos habla de sabor, y luz que nos habla del ambiente y de los caminos. Su sola presencia produce un cambio definitivo: basta solo un poquito de sal y la comida adquiere sabor, basta un rayo de luz en un cuarto a oscuras y la oscuridad será vencida.

   Desde el Bautismo todos somos “Sal de la tierra y Luz del mundo”. Si dejamos apagar la luz, la vida pierde sentido; o tal vez seamos cristianos, pero solo de nombre. Un mundo sin luz, no existe. Un jardín sin luz, no existe. Una casa sin luz, es triste. El rostro, por bello que sea, sin luz no se ve. La luz da vida porque además da calor. Un mundo sin la sal del evangelio sabe solo a materialismo e interés personal. En cambio, un mundo con la sal del evangelio sabe a Dios, sabe a amor, a solidaridad y a fraternidad. Somos luz para que los demás puedan ver el camino incluso de noche. Y la luz, además de dar vida, da calor. Es el mismo Señor quien nos da el certificado de calidad para que, a través de nosotros, muchos puedan saborear el Evangelio, y ver el brillo y el resplandor del Señor.

   La sal purifica y sana, da sabor y alegra lo que de otro modo sería insípido y banal. Así también, el amor es capaz de transformar la vida de forma similar. Como la sal da sabor a la comida, los cristianos estamos llamados, con el espíritu del evangelio, a darle sabor al mundo con el amor y la esperanza. La sal no puede dejar de salar; ella impide que el alimento se dañe. Los hijos de Dios hemos de preservar -con el sabor del evangelio- el mundo de toda corrupción, como la sal evita que el alimento se dañe. 
   El cristiano no es un ciego que todo lo ve en modo noche; no es un ciego que sabe que todas las luces se han apagado. Según Jesús, somos

“luz del mundo”

lámpara de alto voltaje que alumbra al mundo. 

   El día del bautismo se nos dijo: “recibid la luz de Cristo”. Se nos dio el depósito de la fe y los tesoros de la gracia, pero quizá los hemos olvidado, ocupados en el disfrute de lo que nuestra sociedad nos ofrece. La lámpara no se alumbra a sí misma, sino que alumbra a los demás; así, la luz de la fe pasa por cada uno de nosotros y se hace obsequio para los demás: “Brille así vuestra luz delante de la gente, para que, viendo vuestras obras, den gloria a y descubran a Dios”.

   Hay que utilizar la luz, y la fe también porque de lo contrario se deteriora. Las pilas cuando no se usan se oxidan. Quien oculta la fe y se la reserva exclusivamente para sí, la pierde. 

   Si la luz se impone para vencer la oscuridad, la fe se ha de imponer para vencer las tinieblas del pecado. El hombre sabio en la biblia, es el que saborea las cosas de Dios y las comparte, con la “chispa” del Espíritu. 

  Como la luna refleja la luz del sol, hay que reflejar la luz de Cristo que es nuestro sol. Ser sal y luz sólo tiene sentido, sabiendo que Jesús es su fuente y su culmen. Quien cede la llama de la fe, la luz del evangelio se expande. Quien comunica su fe, crece espiritualmente. Poca gracia tiene que el ama de casa alcance el salero cuando ya todos se han tomado el alimento sin sal. Si reducimos nuestra fe al “salero” de nuestra vida privada, seremos una sal que ya no da gusto. Si nos conformamos con ser cristianos solo dentro del templo, dejaremos de ser luz y sal para el mundo.

   Acordémonos de aquel ciego que iba de noche por el camino con una linterna encendida, que se encuentra con un amigo que le pregunta: ¿Para que llevas la linterna encendida si tú eres ciego? “No la llevo para mí sino para ti, para que tú no tropieces”. Estamos llamados a ser luz que alumbra a los demás para que puedan ver por donde caminan, incluso de noche. Pensemos en aquel papá que le dice a su hijo: ¡Hijito, ten cuidado por dónde caminas…! - Y el hijo le responde: ¡Papá, ten cuidado tú; recuerda que yo sigo tus pasos! Para los demás, somos luz y sabor, huella firme y segura en el sendero que lleva a Dios.

   De nosotros depende: podemos ser luz u oscuridad; alumbrar u oscurecer el camino. No podemos cambiar luz por tinieblas. Si el mundo sufre de oscuridad, no es culpa del sol; si al mundo le falta sabor, no es culpa de la sal; si al mundo le falta luz o sabor, será porque nuestras vidas no alumbran ni dan sabor. Sin la luz de Dios, sin su sal, la sociedad se corrompe y el mundo queda en tinieblas. Si la champaña pierde su espuma no sirve para nada. Si los cristianos nos hemos quedado sin luz y sin sabor, perdemos nuestra identidad y razón de ser. ¿No será que hemos cambiado el horizonte y la propuesta de eternidad, por proyectos cortos de comodidad, de prestigio y ansias de poder?

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía   


4° Domingo del Tiempo Ordinario, La Presentación del Señor, 2 de Febrero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 1 feb. 2020 8:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 1 feb. 2020 9:07 ]

Chía, 2 de Febero de 2020

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta amada comunidad de Santa Ana.   

…Mis ojos han visto a tu Salvador"

   Hace 40 días, celebrábamos llenos de gozo, la fiesta del nacimiento del Señor, a quien reconocimos como la Luz que ilumina a todas las naciones. Decía e profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. Hoy, celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo cuando Simeón proclama a Jesús: “Luz para alumbrar a las naciones”. Jesús es presentado no sólo para cumplir la ley, sino sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente. Allí Simeón y Ana, impulsados por el Espíritu Santo, reconocieron en aquel niño pequeño al Salvador, venido de parte de Dios para ser Luz de todas las gentes.

   De la misma manera, nosotros, congregados con alegría en una sola familia por el Espíritu Santo, reafirmamos, como Simeón, nuestra fe en Jesús, Luz de nuestras vidas y sentimos con fuerza la llamada que Él nos dirige para que ayudemos a que todas las personas puedan encontrar la luz que necesitan en sus vidas. Si hay luz en el alma, habrá belleza en la persona; si hay belleza en la persona habrá armonía en el hogar; si hay armonía en el hogar, habrá orden en la nación, si hay orden en la nación, habrá paz en el mundo.

 

   La presentación del Señor en el templo, es protagonizada por unos personajes maravillosos: un niño, sus Padres y dos ancianos, el anciano se llama Simeón (“El Señor ha escuchado”), y la anciana se llama Ana (“Regalo”)


   Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios. Lo nuevo y lo viejo. Simeón, anciano vive de la esperanza. 


Dios lo hace esperar, pero no falla. Y la promesa se cumple.


   Es lindo ver al Niño recién nacido en brazos de un anciano que solo espera la muerte. Es que también los ancianos, y de manera más auténtica, son testigos privilegiados de la esperanza. Lo más llamativo es la alternancia entre lo nuevo y lo viejo, unidos en un mismo abrazo. Ni lo nuevo se niega a los brazos de lo viejo, ni lo viejo se niega a abrazar lo nuevo. Dios cumple su promesa y Simeón ve realizados sus sueños luego de tantos años soñando y esperando. Así es la verdadera esperanza.


   Lo más maravilloso, como lo exclamó Simeón será poder decir “mis ojos lo han visto al Salvador”. Cuando se puede ver a Jesús la vida llega a su plenitud. Simeón siente que ya no necesita más. Por eso entona el himno: “Señor, ya puedes dejar irse a siervo…” Este Himno debiéramos leerlo con más frecuencia a nuestros ancianos como un himno de esperanza y agradecimiento. Hasta nosotros pudiéramos cantar el himno de nuestra vida, de todo lo que el Señor nos ha hecho ver con el don de la fe.

   En este acto sencillo de fe, Simeón fue capaz de descubrir en lo cotidiano, a quien era igual a todos, pero diferente: “Mis ojos han visto a tu Salvador…” Y San Lucas parece subrayar las condiciones necesarias para reconocer a Jesús en lo cotidiano: -

Esperar el consuelo del Señor. - Estar habitado por el Espíritu – Y actitud orante. Estas actitudes que vemos en Simeón y Ana les hicieron capaces de esperar, incluso hasta la vejez, al Mesías prometido.

 

   Presentarnos a Jesús, hoy, implica vivir en actitud vigilante, estar atentos a las situaciones de las personas que viven en el sufrimiento, la desesperanza, en situaciones límite y que aguardan el consuelo del Señor y reconocer, al mismo tiempo, tantos actos de solidaridad que se dan en nuestro entorno. El Señor es la Luz. 

   Dejemos que su luz nos penetre y nos transforme. En la medida en que nos identificamos con Él y en la medida en que Él nos habita, su vida se va manifestando a través de nosotros. Llevamos ese tesoro en vasijas de barro y tenemos que transparentar su Luz.

 

   Que nuestra luz deslumbre e ilumine, para que cuantos se crucen en nuestro camino puedan conocer y amar a Dios. 


   Y que, aunque seamos portadores de la luz, no busquemos nuestro lucimiento personal, pues quien ilumina es Cristo. 


   Pidámosle a Dios que hoy hable también el Espíritu a través de cada uno de nosotros. Que nuestros ojos vean la luz de Cristo y escuchemos su voz. Que nuestros labios se abran y alaben a Dios, y que nuestros corazones experimenten la paz y el perdón, y que, desde el fondo del corazón podamos decir: “Ya estoy tranquilo, Señor; porque mis ojos han visto tu Salvador”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía   

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