21° Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Agosto de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 23 ago 2019 18:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 ago 2019 18:55 ]
Chía, 25 de Agosto de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Salvando, nos Salvaremos

   El Evangelio de hoy, da para imaginarnos como si viajáramos en un barco con un grupo numeroso de personas. De repente hay una avería y se nos dice que tenemos que abandonarlo rápidamente y acudir lo más pronto que podamos a las barcas salvavidas. De seguro que a nadie se le ocurrirá acercarse al capitán a preguntarle: ¿Son muchos los que se van a salvar? Tampoco nadie se planteará cuántos kilos de equipaje puede llevarse. Cuando la vida está en peligro, hay que darse prisa y pensar en cómo podemos salvarnos. 

   De hecho, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad, pero para ello se requiere entrar por "la puerta estrecha", y el Señor fue el primero en entrar por ella: "Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya.” La puerta estrecha de Jesús es toda su vida puesta al servicio del ser humano en aras de acercarnos al amor de su Padre. 

   Es cierto que la salvación es iniciativa de Dios, pero también es tarea de cada uno de nosotros, y hay que esforzarnos para ello. No basta tener fe; debe estar acompañada de obras buenas. Una fe sin obras buenas es como una lámpara sin aceite, como un candelero sin vela. En definitiva, el llamado es a la conversión, a un cambio de dirección a nuestra vida. Si la dirección que llevamos nos aleja de Dios, habrá que retomar el rumbo hacia Él, y seguro que vendrá a nuestro encuentro con los brazos abiertos. 

   Quien quiera alcanzar la plenitud de la vida tiene que recorrer el camino estrecho. Jesús nos pone ante la alternativa elegir la vida eterna y lo eterno de la vida, o sucumbir en la caducidad. El camino del mal siempre es más agradable y más fácil de recorrer, pero sólo al principio, porque al avanzar se hace estrecho, muy amargo e infeliz, y cada día pide una dosis mayor para envenenar el alma, arruinando al ser humano, tanto física como espiritualmente. 

   Al contrario, el camino del bien, camino de los justos, quizá es estrecho, duro y fatigoso al comienzo, cuando se emprende; pero después se transforma en una vía espaciosa, plena de dicha y felicidad porque en ella se encuentra esperanza, alegría y paz en el alma y el corazón.  La salvación está aquí y ahora, y Jesús ya nos abrió la puerta de par en par: “Yo soy la puerta del redil…Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. 

   A todos nos debe importar la salvación de los demás porque Jesús vino a salvarnos a todos; pero la salvación también depende de cada uno, porque siempre es personal. Mi salvación no depende del número de los salvados; depende de mí. Aunque sean muchos, no tengo yo asegurada mi salvación. Como son muchos los números de una lotería, pero el premio llega a pocos. ¿Cuántos compran varios números de una lotería y no han ganado nada? 


   Y puede que alguien solo compre una pequeña fracción y lo gana todo. La salvación o el reino de Dios, no son una lotería, ni se asegura con una serie de recetas fáciles, cábalas o supersticiones. Dios será quien diga al final si la merecemos o no. Lo que garantiza la salvación, como el premio mayor del creyente, será haber aceptado al Señor, haber entrado por Él, haber creído en Él y haberle seguido. 

   Por el hecho de ser bautizados no se nos garantiza la entrada al cielo. Nadie tiene asegurada la salvación. La clave está en transitar el camino del bien. El mismo Jesús dice: ¡Apártense de mí todos los que hacen el mal! La ecuación es sencilla: Si nos dedicamos a hacer el bien, a amar como Dios nos pide, tendremos la oportunidad participar del banquete celestial. De lo contrario, las posibilidades se minimizan. A los creyentes se nos pide colocar todas nuestras fuerzas y atención en el destino final, en la eternidad. Cualquier esfuerzo será nada, con tal de poder llegar a estar con Él. 

  ¿Por qué preguntar si serán pocos o muchos los que se salven? Jesús marca el camino de la salvación. No basta pertenecer a un pueblo o estar bautizado; no basta haber comido y bebido con Él; no basta haber formado parte de un grupo de oración, o haberlo escuchado en las plazas. Lo único que garantiza la salvación es haberle aceptado, haber entrado por la puerta que es Él, haber creído en Él y haberlo seguido. 

   Si mi salvación depende de mí, las preguntas deben ser: “Me salvaré?” ¿Quiero o no quiero salvarme? ¿Deseo o no deseo ver a Dios? ¿Se salvarán todos los demás?, ¿Prefiero vivir en mis paraísos terrenales, que pronto se acaban? ¿O, más bien, dejo un espacio en mi corazón y en todo mi ser para la realidad que el Señor me ofrece en el cielo? 

   El cielo no se elige como un derecho o como un “status”. Se le vive anticipadamente, de cara al Señor, aquí en la tierra con los ojos fijos en el Señor. Y por encima de las pruebas por las que haya que pasar, lo importante será lograr el premio de la salvación. ¡Señor, que no falte ninguno de los que tú quieres salvar! 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía