24° Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de Septiembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 11 sept 2020 15:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 11 sept 2020 15:40 ]
Chía, 13 de Septiembre de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Ni Dios, ni el Amor, ni el Perdón se Miden por Matemáticas…
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
 
 
  
En este Domingo, el Señor nos examina sobre la calidad de nuestro perdón. Si todos somos perdonados por el creador, como criaturas amadas por Él, no podemos negar el perdón. El perdón es de Dios y viene de Él como el mejor regalo. 

  La misma palabra “perdón” significa: PER (Máximo) y DON (Regalo).
 

   “San Pedro pregunta a Jesús «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?, ¿Hasta siete veces?». Pedro coloca el máximo del perdón en “hasta siete veces” a una misma persona. Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», es decir, siempre. San Juan Pablo II, perdonando a su agresor afirmó: “El perdón es ante todo una decisión del alma y del corazón. Es la más esplendorosa obra de caridad que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Se instala dentro del corazón como la llave maestra que sana todas heridas. “Sólo los valientes saben cómo perdonar porque el perdón exige mucho valor”. 

   En cuestión de amor y perdón, Dios no usa las matemáticas. Uno le preguntó: “¿serán pocos los que se salven?”. Ahora Pedro le pregunta ¿cuántas veces hay que perdonar al hermano que le ofende? Pedro se cree generoso dice “siente veces”. Lo que Pedro ignora, es que amor no sabe de matemáticas. San Pablo dice: “el amor todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. “El amor no acaba nunca”. Y el perdón es hijo del amor, porque si el amor no tiene límites, tampoco el perdón puede tener límites. Ponerle límites al perdón es ponerle límites al amor y, por ende, es ponerle límites a Dios. Y ante Dios, solo tenemos que reconocernos, sus eternos deudores. 

   En nuestros corazones Dios estableció una inclinación natural al perdón, anterior incluso a la misma ofensa. Es una estructura espiritual que mueve el corazón de los hijos de Dios al saberse amados entrañablemente por él. Perdonar a los demás, nos permite reconocer que ya antes hemos sido perdonados. Nuestro problema está en que medimos el amor y, por ende, medimos el perdón. Hasta nos parece demasiado perdonar dos veces. Incluso, sentenciamos a quienes nos han ofendido, con frases lapidarias: “Yo perdono, pero no olvido” “Ya le he perdonado tres veces. Y a la tercera va la vencida”, o “Que Dios te perdone, yo no”. 

   Tenemos la manía de llevar cuenta de los pecados y errores de los demás, pero somos miopes y no reconocemos los propios. La vara con la que medimos a los demás no es la misma que usamos con nosotros mismos. Decimos ser católicos, somos perdonados por Dios, y no obstante salimos gritando: “Ya me lo pagarás…te espero a la salida…”  

  Es mucho lo que perdemos por nuestra dureza de corazón. Aunque es humano y natural que la ofensa recibida duela, el expresar rencor, odio o venganza, no tiene nada de cristiano. No es de buenos hijos de Dios desear mal a nadie, ni siquiera al que nos ha ofendido y aunque el deseo de venganza brota espontáneamente, el perdón será la luz que nos pide vencer la oscuridad y el mal a fuerza de bien. Dios no lleva cuentas de nuestros delitos. Si fuera así, nadie podría resistir.

   El perdón es el primer fruto que brota de la Pascua: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Y así también lo expresa la fórmula de la absolución: “Dios Padre misericordioso, que por la muerte y resurrección de su Hijo reconcilió al mundo y derramó al Espíritu Santo para el perdón de los pecados”. Afirmamos, entonces, que ni la misericordia de Dios, ni la muerte del Hijo, ni la efusión del Espíritu Santo saben matemáticas. Setenta veces siete significa que hay que perdonar siempre, sin la tacañería, ni el límite de los números. 

   El Papa Francisco nos dice: “Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y que el otro está en lo cierto. Simplemente significa que valoramos mucho más una relación que nuestro ego”. El Santo cura de Ars, en su infinidad de confesiones, le decía a sus penitentes: “El Buen Dios lo sabe todo. Aún antes que te confieses, él ya sabe que pecarás de nuevo, y sin embargo te perdona. ¡Cuán grande es el amor de nuestro Dios! En fin, se trata es de imitar a Cristo, quien ante sus verdugos solo tuvo palabras de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

 

   Si pedimos sinceramente perdón, es porque tenemos conciencia del propio pecada; y como Dios siempre me perdona, me pide que yo perdone. Perdonar es sanar nuestro corazón de la herida. Perdonar es sanar y recrear al que me ha ofendido. Si yo no perdono, en cierto sentido cierro la puerta al perdón de Dios. ¿Cuántas veces nos hemos confesado en vida? ¿Cuántas veces nos ha perdonado Dios? ¿Cuántas veces más nos seguirá perdonando? Tantas, que Dios te perdonará siempre, incluso sabiendo que volverás a fallarle.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del perdón, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía