24° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 13 sept 2019 14:49 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 sept 2019 15:22 ]
Chía, 15 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

El Señor No Vino a Buscar a los Sanos Sino a los Enfermos

   El Evangelio de hoy, -que gira en torno a las parábolas de la a oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo-, nos deja ver que la misericordia y el perdón son los rasgos más entrañables de Dios, a través de los cuales nos da acceso a lo más íntimo de su corazón. 

   Las parábolas nos revelan la profundidad del corazón del Padre misericordioso, recordándonos que, gracias a la dignidad por ser sus hijos, aunque seamos pecadores, podemos recuperar la dignidad perdida: "…Me levantaré, y volveré junto a mi Padre". Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Es el Padre que, además de perdonar al hijo arrepentido, lo espera con el corazón abierto y los brazos tendidos para devolverle, a través del perdón, su dignidad de hijo. 

   Fue el regreso al Padre lo que le devolvió la felicidad al hijo. El regreso del hermano menor es un testimonio vivo no sólo del fracaso a que conduce la vida pecaminosa que había buscado, sino a su vez testimonio de la misericordia de Dios que siempre está dispuesto a perdonar, siempre y cuando, en el corazón del pecador, lo aliente el arrepentimiento y el propósito de una vida de santidad. 

   San Pablo da testimonio de haber sido llamado por el Señor a pesar de sus pecados: “Dios tuvo compasión de mi”. A veces, a causa de la dureza del corazón, no es fácil aceptar ese amor misericordioso; no obstante, Dios nos concede su gracia y su misericordia; se inclina al hombre no para humillarle o hacerle sentir el peso de su condición de criatura pecadora, sino para elevarlo y enaltecerlo. Por impulso natural, es el hombre quien debe buscar a Dios, pero en realidad, es Dios quien toma la iniciativa para que regresemos a Él. 

   Si esa es la lógica de Dios, también nosotros debemos buscar a los demás, como hermanos que somos. El regreso del hijo pródigo al Padre le devolvió su felicidad, pero la actitud del hermano mayor, desafortunadamente fue un triste testimonio del fracaso del amor fraterno. Cuando uno se hace sordo a la voz del Padre, - como el hijo mayor de la parábola-, o se cree mejor que el pecador, termina cerrándose a las ofertas del amor paterno. 

   Una vez se experimentado el amor de Dios, es difícil vivir si Él. En efecto, el peso del pecado nos hace sentir mal como personas ante la gravedad de la ruptura con nuestros hermanos y con Dios. Como Padre que nos ama desde toda la eternidad, él se alegra con el regreso del pecador y lo celebra en el encuentro festivo de la misericordia, porque la misericordia es la fiesta del corazón de Dios con su pobre criatura. Él siempre nos espera, y a pesar de nuestra decisión de alejarnos, pueden más las entrañas de su corazón y la fuerza de sus brazos abiertos para reconquistarnos de nuevo. 

   Se dice que en la vida llevamos una alforja al hombro: por delante colocamos nuestras cualidades y bondades, y detrás colocamos nuestros errores y defectos. Cuando nos equivocamos no somos capaces de ver los defectos y mucho menos reconocerlos. Nos queda más cómodo atribuirlas a los demás. Si reconocemos nuestros pecados y nos abrimos a la gracia de la conversión, encontraremos en la reconciliación, la posibilidad de experimentar la alegría del Dios que perdona, porque la conversión es el amoroso reencuentro con el Dios que se alegra por el regreso del pecador. 

   La experiencia del perdón sólo la vive bien quien se reconoce humildemente pecador. De ahí la importancia de acudir al sacramento de la reconciliación. Si pensamos, en cambio, que no tenemos pecado, nada podrá realizar el Señor en nuestros corazones. A causa de la soberbia y la arrogancia de quien se dice no necesitar de Dios o no reconocerse pecador, el corazón se hace más esquivo y duro a la oferta del perdón. 

   Fuimos creados por Dios y para Dios, y no podemos tener ninguna felicidad fuera de Él. No obstante, a causa del pecado y de la voz seductora del enemigo, seguimos pensando que podemos encontrar felicidad y seguridad lejos de Dios. Son sólo espejismos. Sólo Dios es la belleza que anhelamos ver y la música que anhelamos escuchar. 

   Ante el raudal de misericordia divina, pidamos al Señor ser capaces de reconocernos pecadores, tocar las puertas de su corazón, sentir dolor de nuestros pecados y hacer el propósito de no volver a pecar para experimentar su infinito amor y extenderlo a nuestros hermanos. Estemos seguros que el corazón de Dios no dejará de latir, y a pesar de nuestra pobreza y fragilidad, su amor se hace más cercano. 

   Es la misericordia de Dios la que permite que, del barro o de la madera torcida se elaboren hermosas obras de arte. Tratemos, entonces, de mantener nuestra vida firmemente anclada en ese deseo de encontrar el bien que Dios nos ha mostrado, y así progresar en el ejercicio del amor divino. Por la encarnación de su Hijo, Dios ha dispuesto que la cura supere siempre a la enfermedad.

 

   Orientemos nuestra vida en la lógica del perdón. “El primero en pedir perdón es el más valiente, el primero en perdonar es el más fuerte; pero el primero en olvidar, es el más feliz”. Que Dios nos dé la delicadeza de saber reconocernos débiles y arrepentirnos siempre de nuestros pecados y caídas, y que, viviendo bajo su divina misericordia, transitemos, por las sendas del perdón, la ruta a la casa del Padre. Aunque el mundo nos deslumbre, no corramos detrás de aquellos “dioses muertos” que sabemos nos dejan solo vacíos espejismos que prometen mucho, pero dejan vacío el corazón.


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía