25° Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de Septiembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 18 sept 2020 18:46 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 18 sept 2020 19:09 ]
Chía, 20 de Septiembre de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Señor, No Nos Mires Según Nuestros Méritos, Sino Según Tu Corazón
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
 
   En el Evangelio de hoy, los trabajadores de la viña somos cada uno de nosotros y el propietario es Dios, y para Él nadie llega demasiado tarde, acoge lo mismo al que nació en familia creyente y fue bautizado, que al que se acerca a Él al final de su vida. No excluye a nadie, a todos llama a trabajar en la viña y recompensa a todos generosamente, porque su misericordiosa su amor no tiene medida. 

   Esta parábola, de hecho, habría podido comenzar diciendo: “El Reino de los cielos se parece a un propietario que amaba con un amor gratuito”, es decir, un Dios que no busca nuestro rendimiento, sino que, por amor nos busca a nosotros. Los que tenemos responder somos nosotros, en la buena disposición y "con las herramientas que Él nos dio en la mano" para ir sin demora a labrar los caminos de Dios, en los surcos de este mundo. 

   No es fácil encontrar empresarios como el de la parábola, en cambio, sí es fácil encontrar de esos empleados. Hablamos mucho de justicia, pero no entendemos que más allá de la justicia, está el amor y la gratuidad. Buscamos la justicia para lo que interesa, pero no entendemos lo que significa la gratuidad. Exigimos que a nosotros nos den lo que nos corresponde, pero no entendemos que a otros gratifiquen con la generosidad. 

   Fijémonos que los primeros trabajadores de la viña pasaron felices el día, con su jornal y la comida asegurada. Pero también pensemos en el sufrimiento de quienes veían apagarse el día y no tenían nada que llevar a su familia. El dueño de la viña da a los últimos igual que a los primeros, y al que se convierte a última hora, le da igual que al que fue llamado a primera hora. No son nuestros méritos los que tienen que pasarle factura a Dios. Nuestra lógica concibe un Dios que lleve la contabilidad de cuanto hacemos para pagarnos por ello. Ahí radica la dificultad para entender la parábola. 

   Dios tiene otras medidas. Dios es justo, pero Él se define por su infinito amor. Por lo mismo, nos cuesta entender a Dios. Él nos trata según la generosidad de su amor y su gratuidad. Nosotros lo medimos por lo que hacemos, y Él lo mide todo por el amor de su corazón. Él no nos mira por nuestros méritos sino la bondad de tu corazón. En lógica del Señor, tener un corazón acogedor es el primer requisito para trabajar en su viña, y en la medida en que trabajemos en ella, vamos siendo parte de la misma, pero sin creernos más merecedores que los demás. Los hijos de Dios que no trabajan por extender su reino, ¿a qué recompensa pueden aspirar? “El tiempo perdido, los santos lo lloran” 

   Quizá algunos digan, si esto es así, ¿para que esforzarnos? ¿Para qué trabajar y luchar? Precisamente para no esperar recompensa en esta tierra, sino para vivir impulsados hacia los bienes eternos, aquellos que vamos ganando según sea nuestra dedicación en el perfeccionamiento de la creación a nosotros confiada. Y entonces, ¿cuál será la recompensa por nuestros esfuerzos? ¿Qué merecemos, o qué premio tendremos? El premio principal es ganarnos el corazón de Dios. Es tener la dicha de servir al dueño de la viña. El honor de sentirse llamado a participar en la bella tarea de acercar a los demás a la viña del Señor. Saber que participamos del mismo don de Dios, y que podemos hacer crecer los dones recibidos con la certeza absoluta que, ante el jornal de la gloria divina, no habrá trabajo grande. 

   Hay que invitar a muchos a trabajar en la viña del Señor y por el reino de Dios. A todos nos ofrece la paga generosa de su amor, y no somos nosotros los que coloquemos frenos a la generosidad ni al amor del Señor. Lo maravilloso es pensar que todos somos aptos para trabajar en bien de este mundo, de la iglesia, y por nuestra salvación. Dios mira las cosas de otra manera. Para Él somos valiosos, independientemente de nuestros resultados y logros. Él nos llena de sus bienes, aunque nuestras conquistas sean pequeñas, sencillamente porque para Él valemos más que nuestras obras y acciones.

   Ahora entendemos aquella pregunta de San Pablo: “¿Y quién me juzgará?” Y la respuesta es esperanzadora: “El mismo que dio la vida por mí”. Pidámosle a Dios que “no nos mire por nuestros méritos sino conforme a la bondad de su corazón. Él no nos debe nada; somos nosotros quienes le debemos todo a Él”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del perdón, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía