25° Domingo del Tiempo Ordinario, 22 de Septiembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 20 sept 2019 17:09 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 sept 2019 17:37 ]
Chía, 22 de Septiembre de 2019
 

Saludo cordial y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Fieles en lo poco… confiables en lo mucho

   En esta parábola, el hombre rico es Dios, los administradores son los hombres y lo administrable son los bienes de este mundo con sus riquezas que el Señor nos confía administrar. 

   En la parábola, en la que parece que triunfa el mal, el Señor nos llama a tomar en serio las tareas del Reino, y nos advierte que el mal hay que vencerlo con astucia y sagacidad.

 


En la parábola, el Señor, de ningún modo elogia ni la malversación, ni el fraude, ni la estafa que comete el administrador sagaz. El administrador es elogiado por la habilidad, la sagacidad, la diligencia y la astucia para aprovechar la ocasión y resolver con rapidez su porvenir. 


   Pero es obvio que, por haber usado su astucia para el mal, y como no fue fiel en lo poco, es castigado perdiendo la confianza de su señor, sufriendo la vergüenza del despido, y quedando marcado para siempre como ladrón. 


   Los cristianos, al contrario, debemos tomar alguna precaución para que en el juicio “nos reciban en las moradas eternas”; al menos dar limosna, ayudar con el dinero a los necesitados, en lugar de esperar, muy cómodos, a que llegue el juicio y se produzca el eventual despido.

 

   Quienes creemos en Dios hemos de buscar con todas nuestras fuerzas la verdad y razonar con criterios de fe, porque la vida no se nos da para malgastarla. Alguien, con cierta razón, dijo que nuestra vida es un cheque que Dios pone en nuestras manos para que pongamos la cantidad que necesitemos, en aras del tesoro del cielo.

 

   Si con las riquezas de este mundo no somos honrados, ¿quién nos confiará las verdaderas riquezas? Como peregrinos en la tierra, solo administramos sus bienes, y si no somos de fiar en lo poco que significan los bienes de este mundo, -incluso el vil dinero-, tampoco seremos de fiar en la conquista del verdadero tesoro del reino. La sentencia del Señor es clara: Dios y el dinero son dos amos que no comparten su soberanía, por lo que nadie puede servir a los dos a la vez.

 

   En nuestra vida no siempre administramos bien los tesoros que Dios nos confía. En muchos momentos nos volvemos “ladronzuelos” de nuestra propia existencia. Usamos la libertad con la que Dios nos dotó para levantarnos contra él, atreviéndonos a rediseñar el ser humano a nuestro capricho; le quitamos tiempo a nuestra felicidad, paz a nuestras almas, sensatez a nuestros pensamientos, o eternidad a nuestras metas. Aunque la bondad del Señor es infinita y su misericordia es eterna, ello no quita que analicemos si en nuestras cuentas con Dios estamos a paz y salvo.

 

   Quizá vivimos demasiado pendientes de los negocios, de llevar buenos balances con los bancos y empresas. Sería bueno hacer balance de cómo está nuestra relación con Aquel que nos creó y nos hizo hijos suyos por el bautismo.


    Qué bueno sería que nos preguntáramos: ¿Somos astutos o no con todo lo relativo a Dios? ¿Estamos interesados en su reino o, por el contrario, nos interesamos de vez en cuando? ¿Procuramos ajustar nuestra vida, conducta y actitudes con el Evangelio? 


   El Señor nos ha concedido talentos, aptitudes y corazones rebosantes de virtudes que pueden dar el ciento por uno donde nos encontremos. ¿Seremos tan necios de no ponerlo al servicio del Señor? Todo lo que nos ha dado Dios, es de él y, en la medida en que orientemos la vida y los bienes como administradores hábiles al servicio de Dios y de los demás, en esa medida quizá seamos felicitados por el Señor en el balance final. Revisemos cómo van nuestras cuentas con Dios. Aunque pensemos que nuestra muerte puede estar aparentemente lejana, ella puede estar esperándonos agazapada a la vuelta de la esquina.

 

   El sabio nos recomienda: “el dinero hay que ponerlo debajo de los pies para que no domine nuestra cabeza”. Es mejor que Dios sea nuestro Padre, a que el dinero sea nuestro dueño. Dios deja de ser Dios ante quienes absolutizan el dinero. Las manos con las que se uno se aferra ávidamente estrechando al dinero, no pueden estar libres para alzarlas y bendecir a Dios. Lejos de condenar el dinero, el Señor nos pide que, al administrarlo, ojalá fuéramos tan astutos como los 'hijos de este mundo'. El poseedor de bienes puede y debe prestar su servicio de gestión, -de manera honrada-, a su nación, a sus hermanos y a su familia. No servir al dinero, pero sí servirse de él y, ponerlo al servicio de Dios y de su prójimo.

 

   Que en cualquier lugar o función que cumplamos, en lo poco o en lo mucho, hagamos florecer los talentos que Él nos ha dado, y de los que solo somos sus administradores, para ponerlos sagazmente al servicio de los demás, en aras del bien verdadero. La grandeza la hace, no tanto el tamaño de los medios, cuanto la nobleza del fin. La fidelidad en lo mucho, comienza a despuntar en la fidelidad en lo poco. Aquel que dice la verdad, siempre será grande así se vista de harapos, mientras que un mentiroso nunca será grande, aunque pueda llegar muy alto, a través de la estafa o la mentira.

 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos

misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía