27° Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de Octubre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 5 oct 2019 6:17 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 oct 2019 7:03 ]
Chía, 6 de Octubre de 2019
 

Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Las Pequeñas Grandezas de Dios

  El Evangelio de este Domingo nos cuestiona sobre la calidad de nuestra fe. Así sea pequeña como un granito de mostaza, puesta bajo la mirada de Dios, crecerá potencialmente. 

Los discípulos le han pedido al Señor que les enseñe a orar como Él oraba al Padre y, como perciben que su fe aún es incipiente, se atreven a pedirle: “Señor Auméntanos la fe”. Entenderán, entonces, que la oración que les enseña y la fe que les obsequia, son como los dos remos de la vida. Oración sin fe, servirá de poco. Fe sin oración, corre el peligro de apagarse.

   La parábola del grano de mostaza nos hace entender la fe como el germen de una realidad que reviste al hombre que ha aceptado a Dios y su mensaje; la realidad que penetra toda la persona, se alimenta de buenas obras y va acompañada de la esperanza y la caridad. Al tiempo que es un don gratuito, es también una virtud que hemos de fomentar y de custodiar. Ella nos abre los ojos, y nos permite ver más allá de las dificultades; nos ayuda a encontrar el bien que, con paciencia, podremos alcanzar.

   A sus discípulos, el Señor les hará ver que su fe, apenas está comenzando; que es tan pequeña que no se puede comparar ni a un grano mostaza. Ellos entenderán que, por más pequeña que sea, la fe realizará grandes cosas cuando se coloca en las manos del que todo lo puede. La fe, aun siendo pequeña, por su propio dinamismo, si la cuidamos y la alimentamos, crece día a día, y se va haciendo más fuerte. De allí la comparación que Jesús hace con la semilla de mostaza, muy pequeña, pero suficiente para llegar a ser un gran arbusto.

   El ejemplo de la semilla de mostaza, que lleva dentro una vitalidad que la convierte en un arbusto, nos revela la lógica del Señor que da prioridad a lo sencillo, a lo pequeño, a lo débil y a lo humilde. Bajo su mirada, la humilde semilla luego será ciento por uno, convertida en fruto abundante. En la fe, lo importante no es la cantidad sino la “calidad”, y su finalidad no es capacitar para mover montañas o arrancar árboles. Los frutos los da el mismo Dios, según sea la respuesta y la apertura del ser humano ante el dador de todo. La fe no es magia, sino total confianza en Él, de ahí que los apóstoles le pidan al Señor que les aumente la fe. Al crecer en la fe, los discípulos quedan adheridos al árbol frondoso del Señor, pero deberán, también, con su testimonio, extender las ramas del reino de Dios.

   Por ser don de Dios, la fe se pide y se agradece. Quien la pide ha de tener la mirada fija en Él, con la seguridad de su presencia que acompaña y sostiene. La fe no consiste en pruebas matemáticas infalibles que resuelva problemas de todo tipo. 

   Tampoco es una escapatoria a las responsabilidades de la vida, ni nos ahorra el camino; al contrario, ella da sentido al caminar. El camino de la fe, aunque implica cruz y conlleva sufrimiento, aun siendo pequeña esa fe, siempre da sus frutos. El obsequio de la fe nos permite impulsarnos hacia el mismo Dios, de quien viene. Aquel que cree, queda revestido de la capacidad para verlo todo con una mirada distinta, con la mirada de Dios.

   Como todo lo vivo, la fe nace siempre en “pequeño”, y como todo lo vivo tiene que crecer y seguir un proceso de desarrollo, la fe también tiene que crecer. Lo que no crece se puede morir, y lo que no se desarrolla se va apagando. Muchos decimos creer, pero tal vez creemos tan pobremente, que nuestra fe no cambia nuestras vidas. Solo una fe valiente, convencida y entusiasta, será la que desde el fondo del alma de sentido a nuestra vida. ¿Si llega a ser, nuestra fe, como un grano de mostaza? Tendremos que pedir sin cesar: “Señor auméntanos la fe”.

   No le pidamos una fe “grande” como para realizar cosas extraordinarias, más bien pidamos la fe del tamaño de un granito de mostaza para que podamos ver a Dios haciendo obras extraordinarias en lo pequeño y en lo cotidiano de la vida. En la transformación del grano de mostaza en arbusto, comprendemos que solo lo humilde y lo pequeño, -puesto en las manos de Dios y con un poquito de fe de nuestra parte, - crece, alcanza grandeza y adquiere esplendor.

   Recordemos, ante Dios no somos más que siervos deudores, no acreedores. Y el gran triunfo que nos espera como sus siervos, es vencer el mal a fuerza de bien y redirigir nuestra libertad interior como siervos obedientes al Señor. Todo es un don de Dios, y a Él le debemos todo, ante Él no debemos presentarnos como quien cree haber prestado un servicio y por ello esperar recompensa. Por más que hagamos obras buenas en favor de los demás, en realidad, nunca haremos lo suficiente por Dios; solo “somos siervos inútiles, que hacemos lo que tenemos que hacer”.

   Cada Domingo la fe se hace Eucaristía, don de Dios, encuentro comunitario y pan partido. En cada Eucaristía aprendemos que la fe es la virtud teologal que nos permite creer en Dios revelado en Jesucristo. Y como la fe es un tesoro del cielo, para crecer en ella tendremos que aprender a mirar a lo alto, con los ojos de aquel que lo concede todo.

   No nos cansemos de pedir: "Señor, auméntanos la fe, ayúdanos a creer más”. Así como un deportista ejercita sus músculos y se prepara para conquistar una meta, ejercitemos nuestra fe, y con la una mirada puesta en la meta de la eternidad, descubramos al Señor en las situaciones de cada día.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulosmisioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía