28° Domingo del Tiempo Ordinario, 11 de Octubre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 9 oct 2020 7:22 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 oct 2020 7:42 ]
Chía, 11 de Octubre de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Vamos al Banquete del Hijo, con la Dignidad de los Hijos de Dios
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
   El Evangelio de este Domingo es un completo banquete. ¿Qué puede haber mejor que un banquete entre amigos, para describir lo que es el cielo? Dios se ha valido de esta imagen para sellar las “bodas” de su Hijo amado con su pueblo, reafirmándonos su decisión de permanecer siempre con nosotros, aunque muchos prefieran estar lejos de Él, bebiendo de otras fuentes. Al final, serán aquellos con los que nadie contaba, buenos y malos, los que terminarán acudiendo al banquete. Adicionalmente, en la fiesta todo se olvida, todo se perdona, y si queda algún rencor, con el sabor del pan y la alegría del vino se pulen todas las diferencias.

   El amor de Dios no conoce fronteras. Unos invitados no quieren asistir. Entonces, serán invitados los que nadie había invitado: los pobres, los olvidados y, en general, aquellos que viven con el corazón necesitado de Dios. La fiesta sólo comenzará cuando el salón esté repleto. Hasta entonces no puede cesar la invitación porque Dios no desiste y su banquete ya está preparado. Y Dios, que no repara en los méritos, aquellos que acepten su invitación serán los que estén dispuestos a salvarse, aquellos que sí tienen tiempo para él: los pobres, los sencillos y humildes de corazón. A los que muchos quizá, consideramos malos. 

   Semejante invitación al banquete celestial, o se acepta o no se acepta. Lo curioso es que quienes no quisieron aceptar la invitación del rey, no eran pecadores, ni estaban ocupados en actividades pecaminosas. Estaban ocupados en sus fincas, o en negocios. 

   El problema está en las evasivas que le colocaron a la invitación. Lo que nos puede alejar del reino de Dios, quizá no sea tanto el pecado, sino nuestra indiferencia ante las múltiples invitaciones de Dios. 

   ¿Por qué aceptamos, gustosos, ir a cualquier boda, pero nos resistimos a aceptar la invitación al banquete eucarístico al encuentro amoroso con el Hijo de Dios? Todos queremos quedar bien delante de Dios, pero ante sus invitaciones tenemos mil disculpas, y la mayoría de ellas tal vez, cargadas de mundano y de profano. 

   Uno se pregunta: ¿Si en el banquete de bodas había comida suculenta y apetitosos manjares, entonces por qué no acudieron? Lo que acontece es que, así como hay muchos que tienen buen apetito de Dios y hacen de sus vidas algo trascendente y espiritual, también hay muchos a quienes no les apetece el banquete de Dios, y por frialdad espiritual no saben a qué sabe Dios, marginándolo de sus vidas. Muchos creen que en este mundo lo tienen todo, viven ocupados en “sus cosas”, obsesionados con “sus negocios”, en la “sordera del tener” o en la “indiferencia que da la abundancia del poder”. Dios siempre invita, pero muchos se resisten. Son muchos los invitados, y pocos los decididos. 

   La invitación es gratuita, pero no basta con sólo acudir al banquete. Habrá que acudir vestidos de fiesta porque de lo contrario nos quedaremos fuera del banquete. ¿De qué vestido se trata?  El vestido que se coloca el cristiano, es el bautismo. 

   Él nos reviste con la gracia de Dios y nos encamina por el sendero de la fe. Aunque el pecado manche este vestido, no nos impide ir al banquete, porque a la entrada recibimos el traje del perdón que Dios otorga cuando hemos llevado nuestra vida revestida con el amor, la caridad y las obras de misericordia. 

   Cuenta la historia de unos ángeles que Dios envió a la tierra con tarjetas de invitación a una gran fiesta. Los invitados sacaban disculpas y nadie fue. Al final los ángeles volvieron al cielo con las tarjetas. Entonces Dios les dijo: “Si les hubiera enviado la invitación a un funeral, tal vez habrían aceptado todos”. Dios nos invita a la vida en gracia, pero preferimos el pecado. Nos invita a vivir en comunidad, pero preferimos nuestro individualismo. Nos invita a vivir la alegría de ser hermanos, pero preferimos sentirnos como extraños. A Dios le encanta la fiesta. Él es un Dios que hace fiesta, un Dios enamorado, un Dios que se atreve a pedir nuestro corazón y se quiere comprometer definitivamente con nosotros. Dejémonos llenar por la novedad de su presencia. Somos invitados y debemos también invitar a otros. Descubramos la dimensión festiva de Dios, porque es preciso devolverle a nuestra vida cristiana, el sentido de fiesta y de boda. Como dice el Papa Francisco: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, no nos dejemos quitar esa alegría”. 

   La bondad de Dios no tiene fronteras, porque su misericordia es infinita, y no discrimina ni rechaza a nadie. Hoy por hoy, deberíamos hablar más de ese abrazo comprensivo del Padre, y no tanto del miedo al juicio. 

   El banquete de los dones del Señor es universal, es para todos. Solamente hay una condición: que nos vistamos de fiesta con el traje de bodas, es decir, vistámonos de la caridad hacia Dios y el prójimo, y no nos escudemos en mil disculpas. 

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía