29° Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de Octubre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 17 oct 2019 18:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 17 oct 2019 19:45 ]
Chía, 20 de Octubre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Orar Siempre y Con Insistencia

   En el Evangelio de hoy, Jesús nos pide "orar siempre y con insistencia". La parábola la aplica para demostrar la insistencia de la oración, aun cuando no veamos pronto sus efectos o tardemos en lograr lo que pedimos. 

   Si un juez sin conciencia es vencido por la constancia de la viuda, ¿cuánto más Dios escuchará la oración constante de sus hijos? Puede que muchas veces sintamos que perdemos el tiempo, pero Dios no fallará: “¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas?”.

   Gracias a la insistencia y la perseverancia, la viuda logró justicia. Ella sabía que la constancia y la insistencia son las armas de los débiles y de los pobres, y muchas veces logra, -cuanto se proponen-, más que aquello que se consigue por la fuerza y el poder. Su corazón le decía que “la paciencia es la fortaleza del pobre, y la impaciencia es la debilidad del poderoso”. Y el resultado fue claro: su constancia venció la indiferencia, la frialdad y las resistencias del juez. Esta parábola nos llama a estar firmes en la fe, sin olvidar que la victoria definitiva es la del que gana la última batalla. El triunfo definitivo no es de los que se limitan a empezar, sino de los que, -como la viuda-, luchan con insistencia, y con determinación terminan la batalla.

   La perseverancia en la oración es el valor con el cual obtendremos la corona y, para ello, hay que mantener una vigilancia constante sobre nosotros mismos. El néctar del amor divino no puede ser destilado en un corazón donde nuestro antiguo “yo” es amo y señor. 

   Para crecer en el amor de Dios, se requiere estar en contacto con la fuente misma del amor y trabajar diligentemente para dejar a un lado el egoísmo, y vivir en la lógica del amor y no según las tendencias terrenales. 

   La perseverancia ha de ser hasta el fin, ya que busca la salvación como el don más deseable al que aspiramos. Entonces, la oración ha de ser constante, utilizando los medios que Dios nos proporciona para poder conseguir el fin deseado: el encuentro con Dios.

   La oración no es únicamente para los momentos de apuros. Ella ha de ser como el amor, porque siempre tendremos que amar. Es como la respiración, que si no respiramos nos morimos; es como el latido del corazón, que si se detiene moriremos, o como la vida que no la podemos vivir a ratos, o como la amistad, que es para todos los días. Se entiende, entonces, que Jesús les explique a sus discípulos “cómo han de orar siempre sin desfallecer”. Claro que él es consciente que con frecuencia nos cansamos de orar. ¡Y con qué facilidad gastamos tanto tiempo en dichas pasajeras, olvidándonos de lo esencial!

   Qué difícil es la perseverancia. Ciertamente, empezar es de muchos, pero terminar es de pocos. Lo sabemos por experiencia propia. Iniciamos muchas cosas y finalizamos pocas, o ninguna. Aun sabiendo que la inconstancia es propia de la naturaleza humana herida, sabemos que hay cosas en las que hemos de permanecer firmes, si queremos salvar el alma. Si no somos asiduos en la fe, ni constantes en la oración, con seguridad claudicamos.

   A orar, se aprende orando; hablando sencillamente con aquel que sabemos nos ama; aquel que no es un juez duro sino infinitamente bueno y hace justicia a sus amados. Orar es levantar el alma al cielo sin desfallecer, “así como Moisés sostuvo en lo alto las manos hasta la puesta del sol”. De tantas maneras de orar, en todas se trata de una conversación íntima con el Padre Dios.

   Algo así como los enamorados que se extrañan constantemente, la oración es el lenguaje habitual de los amados con el Hijo amado que nos enamora del Padre Dios y nos hace sentir su presencia. 

   Como resultado de este hábito divino, se quiere estar más cerca de él; como la cierva sedienta que busca el agua, se tiene más sed de Él. La oración no es otra cosa que el hábito de entrar y vivir en intimidad con el amado. 

   No olvidemos el refrán: “Ayúdate que yo te ayudaré”. Entonces, no sólo la oración, sino también la colaboración. El cristiano debe orar sin cansarse ni desanimarse, aunque las cosas parezcan no solucionarse. Como lo hizo Moisés, la oración debe apoyarse en el bastón de Dios, no en los caprichos o deseos personales. Moisés y la viuda son modelos de cómo hacer oración.

   Cuando un niño tiene hambre, llora hasta que le dan de comer. Siempre que estemos necesitados de su justicia, clamémosle con fe, con insistencia y con perseverancia, con la certeza que Dios calmará la sed y el hambre de quien le clama día y noche. 

   Que en nuestra vida seamos justos con nosotros mismos, con los demás y sobre todo con Dios. 

   La justicia es una manera de participar en el amor de Dios; una manera de valorar y respetar a las personas, porque no mira su condición sino su dignidad de criaturas. 

   Sabemos que Dios es un juez infinitamente justo con todos nosotros; no sería este el momento de preguntarnos ¿cómo actúa la justicia hoy entre nosotros? ¿sigue habiendo jueces que no temen a Dios, que no les importan los hombres, pero sí les importa el dinero? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.


Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía