2° Domingo de Adviento, 6 de Diciembre de 2020, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 5 dic 2020 13:33 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 dic 2020 14:10 ]
Chía, 6 de Diciembre de 2020


  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

"Preparemos la llegada del Señor…Limpiemos el corazón"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   
El Domingo pasado se nos decía, “velad”. En este segundo Domingo de Adviento, resuena en el Evangelio la voz de Juan Bautista, precursor del Mesías. Se presenta en el desierto de Judá y, grita: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos". Este mensaje atraviesa los siglos y llega hasta nosotros, cargado de extraordinaria actualidad. La actualidad del Dios que se “rebaja” para “elevarnos” a Él. Dios que se “despoja de sí mismo” para “revestirnos de Él” y revestir a los demás. Dios “humanizándose” para, de alguna manera, “divinizarnos” a todos.
 

   En la vida, se necesita de alguien que abra caminos, que vaya por delante, y ese fue Juan el Bautista. Él sabe reconocer a los otros; Él deja que los otros crezcan: “detrás de mí viene el que puede más que yo”. Juan es portador de la esperanza; nos llama a vivir de la esperanza, a ser profesionales de la esperanza y a anunciar la esperanza de lo nuevo. Esa novedad la pregona el profeta Isaías cuando nos invita, en la primera lectura, a ser el consuelo de los que sufren: “Consolad, consolad a mi pueblo”. La navidad es la llegada del Dios del consuelo. 

   Juan Bautista insiste en preparar el camino del Señor, allanando los senderos, es decir, desapareciendo la soberbia, el orgullo, la prepotencia, y toda forma de pecado, de desorden moral, de vicios y de todo cuanto nos lleva al abismo. ¡Todo esto ha de ser enderezado! Así, cuando llegue la navidad, podremos «ver la salvación de Dios». “Preparar el camino del Señor y allanar sus senderos” exige rectificar todo aquello que estorba la llegada del Señor; jugársela por un alma limpia y un corazón bien dispuestos. Sólo si Cristo nace en nosotros, la navidad tendrá valor y comenzaremos a vivir el cielo en la tierra. 

   Año tras año, todos preparamos la Navidad con anticipación. ¿Pero preparamos debidamente nuestros corazones? Es más fácil decorar una mesa, o una casa, que llenar de amor y arreglar el corazón. Es más fácil brindar con una copa, que compartir toda una vida con los más necesitados. Es más fácil iluminar las plazas, centros comerciales, pueblos y ciudades, que colocar la luz de la fe en lo que somos y hacemos. ¿Cómo está nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos? ¿Por qué nos cuesta tanto ponernos en paz con Dios a través del sacramento de la penitencia? ¿Cómo llevamos nuestra vida cristiana? ¿Caminamos al encuentro del Señor, o vamos por senderos escabrosos directo al abismo? ¿Ante la venida del niño Dios, nos alegramos, como cuando en un hogar nace un niño, renace la alegría, y todo se llena de un gozo indescriptible?

 

   Todos, - incluso los niños-, sabemos que Navidad es la llegada del niño Dios. Pero otra cosa es que lo salgamos a recibir. “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron” (Jn. 1,11). Dios espera nacer en las entrañas del ser humano, pero muchos somos insensibles a su venida, y preferimos hacer nido en los brazos del pecado. Adviento es el momento ideal para dejarnos estrechar nuevamente por los brazos de Dios, en los brazos del Niño Divino. Y sólo es capaz de recibirlo, quien lo reconoce presente en toda su vida, y lo espera con alegría como los niños esperan un regalo.


   Nuestra vida está llena de caminos tortuosos que sólo pueden ser enderezados con un cambio en la actitud profunda del corazón. Este tiempo litúrgico del adviento es el que mejor representa la vida humana, porque alienta a la humanidad que va caminando al encuentro del Señor. Solo quienes miran con ojos fe, los sencillos y las almas humildes como los pastores que cuidaban sus rebaños, serán los que entienden su llegada. Si nos hemos desviado del sendero del Señor, el adviento nos permite direccionar nuevamente nuestras vidas por el sendero correcto. Es tiempo para "enderezar" todo aquello que no es correcto, ni limpio en los planes de Dios. Es tiempo para "dar razón de nuestra esperanza" a todos aquellos que han dejado de buscarlo o han perdido la luz de la esperanza.

   En esta próxima navidad, una mano cubierta con aserrín de carpintero tocará a las puertas de nuestros corazones solicitando una morada. ¿Estaremos tan ocupados en las cosas de este mundo, en las compras y llenos de todo, que no hay sitio para él? ¿Está nuestra casa con la puerta abierta para Dios? ¿Estará nuestro corazón abierto para él, o le habré cambiado también la cerradura a mi corazón para no dejarlo entrar? 

   ¿Al menos, tendremos una mano abierta para dar algo a los hermanos que no tienen cómo celebrar la navidad? ¿serán los regalos lo más importante, olvidando que somos el más grande regalo de Dios, y que él nos quiere revestidos de dones del cielo?

   Celebremos, entonces, este adviento con la misma emoción con que una madre espera su primer hijo, con la misma ilusión del niño que comienza a dar sus primeros pasos, o con la misma ilusión del niño que espera un regalo. Cuando nos inunde una ilusión, eso es adviento. Cuando sembremos esperanza por los senderos de nuestra vida, eso es adviento. Cuando sufrimos y esperamos con paciencia, eso es adviento, y cuando esperamos y buscamos a Dios, no solo es el mejor adviento, sino que ya pronto será navidad.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja y acompañe en este camino a la navidad. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía