30° Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Octubre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 23 oct 2020 16:34 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 oct 2020 16:59 ]
Chía, 25 de Octubre de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Amor a Dios y al Prójimo: Las dos Puertas del Cielo
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   A la pregunta del maestro de la ley, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?, el Señor le responde:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”

El amor a Dios nos lleva a amar y a descubrir su imagen y su huella en nuestro prójimo. En Dios está la fuente del amor, porque él nos ha amado primero; nos creó por amor, y por amor nos ha enviado a su Hijo como nuestro salvador, quien, a su vez, ha derramado en nuestro corazón su Espíritu de amor.

   El amor tiene sentido vertical y sentido horizontal. Amar a Dios, a quien no vemos, será imposible si no amamos a los que vemos alrededor. No podemos afirmar que amamos a Dios, sin mirar para los lados. En el prójimo reconocemos la semejanza con el creador presente en sus hijos a quienes ama por igual. Amarlo implica amar lo que él ama, y lo más amado de él, somos todos sus hijos. El segundo mandamiento, -igual en obligatoriedad al primero-, coloca al prójimo como objetivo de nuestros cuidados. El que ama a Dios se convierte, en consecuencia, como en un ángel guardián de su hermano, porque reconocemos a los demás como hermanos amados de Dios.

   Desde que Cristo murió en la cruz, el amor lleva necesariamente un toque de Cruz. Amar al prójimo requerirá de nosotros un esfuerzo perseverante. Si amamos a Dios, por su gracia circulará su amor a través de nosotros. El amor a Dios no estará completo si se queda encerrado en nuestro corazón, pero si él se vuelca hacia el prójimo, entonces se perfecciona y se hace palpable su esencia divina. El amor fraterno es el modo visible del amor a Dios; es como la segunda cara de una misma medalla.

   Dios nos ha dado la capacidad de salir de nosotros mismos para ir al otro y enriquecerlo como persona. Se trata es de dejar que él, -fuente de amor divino-, fluya a través de nosotros, y se encuentre en el amor fraterno. “Amar al prójimo como a uno mismo”, hace que el amor a Dios crezca y adquiera sentido y plenitud. Amando a los demás, nos encontramos de manera directa con el amor a Dios, porque cuidando a los demás, Dios se encargará de cuidarnos. Nuestra mejor apertura hacia el amor de Dios, será dejar entrar a los demás en nuestro corazón, porque nada satisface al corazón, como el amar a Dios y a los demás. “Las abejas sólo pueden posarse sobre las flores que han florecido”, como el corazón sólo puede hallar amor, posándose en el amor de Dios.

   Dios ha puesto en nosotros una exigencia de crecimiento y maduración hasta “llegar a la estatura de su mismo Hijo, Jesús”. Amando a los hermanos redescubrimos esa altura y dignidad. No obstante, entendemos y aceptamos sin reparos el primer mandamiento de “Amar a Dios sobre todas las cosas”, pero, “amar al prójimo como a uno mismo”, nos enfrenta a nosotros mismos porque nos lanza a una pregunta: ¿Y cómo me amo a mí mismo? Respuesta: “Así como Dios lo hace conmigo”. Según como te ames a ti mismo, Dios sabrá cómo lo amas a él y a los demás. Y Según como ames a Dios, sabrás cómo te amas a ti mismo. Es que, si no te amas a ti mismo, ¿cómo puedes amar a Dios? ¿quieres saber cuánto te ama Dios? Pregúntale a San Juan, y él te dirá: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. 

   Si no nos valoramos a nosotros mismos, ¿cómo podremos valorar a los demás? ¿A caso no dice Jesús, que “amemos al prójimo como a nosotros mismos? Si nos amamos mal a nosotros mismos, también amaremos mal a los demás. Aunque somos pequeños, Dios nos ha hecho capaces de tanta grandeza para que desde esa pequeñez descubramos nuestra verdadera talla y medida. Quien no se valora a sí mismo está desconociendo la grandeza que Dios ha sembrado en nosotros. Quien no se valora a sí mismo, es posible que tampoco valore bien a Dios. 

   Que la Eucaristía de cada Domingo nos de fuerza para superar toda división, rencor, juicio u ofensa contra nuestros hermanos. Que el Señor nos ayude a descubrir lo que él quiere de cada uno y nos aumente el compromiso, para que, amando al prójimo, descubramos en él, el reflejo de su rostro. Que María Santísima, que amó a Dios y fue dócil a su voluntad, nos enseñe a cumplir el mandamiento del amor que nos dejó su divino hijo.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía