31° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 de Noviembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 31 oct 2019 18:03 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 31 oct 2019 18:32 ]
Chía, 3 de Noviembre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

Hoy quiero Alojarme en tu Casa - El día más feliz de Zaqueo

   Como en el Evangelio del Domingo pasado un publicano buscaba a Jesús, hoy es Zaqueo, un rico y jefe de cobradores de impuestos quien lo busca. A este rico, no le falta nada material, pero no es feliz, y por eso quiere conocer a Jesús. Lo logra, y su vida cambia, llenándose de gran alegría y liberándose de lo que le estorbaba para ser feliz: el apego a las riquezas y el remordimiento causado por haberse aprovechado de los demás.

   Jesús sabe que allí donde va, lleva consigo su gracia. Entra en casa de Zaqueo porque hay alguien a quien salvar, y Zaqueo siente que su corazón le reclama por otro tipo de riqueza, la de su corazón. Había oído hablar de Jesús y su curiosidad se mezclaba con cierta simpatía y, no obstante, el problema por su baja estatura, sin temor, se trepa en un árbol, y - como niño que ansioso persigue una fruta-, él anhela en su corazón, poder ver al Señor. Dios siempre da las posibilidades y coloca los medios para llegar a él. El encuentro con Jesús le descubrió la verdad de su corazón. La perspectiva adquirida desde el árbol le permitió descubrir a Jesús como su verdadera riqueza a conquistar. Aquel árbol bendito, fue la puerta de entrada por donde encontraría al salvador.

   Pudo más en anhelo de ver a Jesús, que toda su riqueza material. Todo empezó a cambiar cuando se dio cuenta que así fuera rico, su corazón estaba insatisfecho y vacío. El dinero le dejó demasiados agujeros en su corazón. Se cansó de estar sentado y, obedeciendo un impulso interior, se puso en camino. Cuando alguien necesitado, -como Zaqueo- corre hacia Jesús, es el Espíritu divino quien ya le dio el primer empujoncito. 

   Más que el dinero, su corazón buscaba vivir la verdadera alegría, y encontrando a Jesús lo encontró todo, porque «el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». ¡Este encuentro divino lo merecía todo: hay que celebrar un banquete con Jesús! “La conversión es el mejor banquete entre Dios y sus criaturas”.

   Zaqueo no tuvo vergüenza de hacer el ridículo, ni por ser pequeño, ni por subirse a un árbol, porque desde ahí, daría un salto al corazón de Jesús. Sentía más vergüenza de ser ladrón. En su corazón trabajaba ya el Espíritu Santo, la Palabra de Dios, el cambio del corazón, la alegría y, en fin, la conversión a una vida nueva: “daré cuatro veces más a los que haya defraudado”. Esta conversión iba más allá de simples buenos deseos. La esplendorosa escena final nos muestra cómo puede cambiar quien se encuentra con Jesús. 

   Su vida nueva comenzó por convertir su billetera para “devolver lo robado” y “repartir lo que tenía”, aunque desde ese día fuera menos rico: “Daré la mitad de mis bienes a los pobres”. Sólo reconociendo las limitaciones se puede dar un paso hacia una nueva vida, y ese fue un gran día para Zaqueo. Jesús, cenando en su casa, se volvió alimento de su corazón. Mientras tanto, los fariseos no tenían otra cosa que hacer sino murmurar y criticar la actitud de Jesús. ¡A quién se le ocurre: comer con los pecadores! La experiencia de Zaqueo es la experiencia de quien acierta a encontrarse con Jesús.

   Como Zaqueo, muchos corren, sedientos, detrás de Jesús, lo buscan y lo quieren conocer. “Como busca la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, oh Dios mío”. Y Él no se hace esperar, se deja encontrar y paga con creces la sed del corazón que lo busca. Por ser criaturas, todos somos de pequeña estatura para ver a Jesús, y no siempre damos la talla, ni la medida, ni la dignidad que Él quiere. 

   Sólo la certeza de su mirada nos descubre, sabe leer nuestros anhelos y nos vuelve a decir: «Baja pronto, baja de tu arrogancia, de tu soberbia, de tu orgullo, de tu pecado; deja que la humildad te revista, porque hoy quiero alojarme en tu casa, quiero cenar contigo, quiero que la salvación llegue a tu vida, a tu familia, a tu corazón.

   Jesús vuelve a tomar la iniciativa, nosotros también muchas veces por curiosidad o necesidad, buscamos acercarnos para verlo. Él siempre se nos anticipa, nos compromete y nos impulsa a poner la casa en orden, convirtiéndonos de corazón. Zaqueo, en su pequeñez y en su debilidad, no se echó atrás ante las dificultades y no lo pensó dos veces: ¡subió al árbol y vio al Señor! Y tras este encuentro, Zaqueo cambia el rumbo de su vida. Solo con la ayuda de Dios, seremos capaces de levantarnos, desde lo más bajo, hasta dar la estatura que él quiere. Nadie da el salto a los brazos del Señor si no es movido por la fuerza de su divino amor.

 

Todo encuentro con Jesús cambia radicalmente la vida; descubre la verdad del corazón y la verdad de las cosas. No hay verdadera conversión sin un cambio concreto en el modo de vida. Desde su pequeña estatura, Zaqueo será el modelo cotidiano de cómo actúa Dios en su gratuidad y cómo debemos responder en coherencia a la invitación del Señor. Zaqueo nos enseña a buscar y a mirar por una perspectiva más alta. A no conformarnos con una vida convencional, y a intentar mirar más allá y hacia lo más alto.

 

   La perspectiva adquirida al subir al árbol le hace ver que hay cosas más importantes que el dinero y lo material. Que la vida es mucho más que aquello que brinda este mundo; que en el encuentro con Dios comienza la salvación, porque cada encuentro con Él, constituye el mejor momento de nuestra vida. Sin duda que ese día fue el día más feliz de Zaqueo: Jesús quiso alojarse en su casa, y fue Zaqueo quien terminó alojándolo en su corazón y alojado en el corazón de Jesús. También, en cada Eucaristía, el Señor quiere alojarse en nosotros, su mirada se posa sobre nosotros y su voz resuena: "Hoy quiero hospedarme en tu casa, en tu corazón, en tu familia".

   No nos cansemos de buscar al Señor para que las luchas diarias tengan su mayor recompensa en el encuentro con él. Acerquémonos a él, abrámosle nuestro corazón para que nos transforme. Y que María Santísima nos lleve al conocimiento de su divino Hijo, así como lo clamamos en la salve: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”.

   Señor: no quiero ser un estorbo para que otros puedan verte. Quiero alojarte en mi corazón y alojarme en el tuyo. Quisiera que hoy cenaras conmigo, porque quiero que tú seas mi salvador. Amén.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía