32° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 de Noviembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 9 nov 2019 11:34 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 nov 2019 12:10 ]
Chía, 10 de Noviembre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

¡Lo Que Ha Cambiado Nuestras Vidas… es la Certeza de Eternidad!

   La liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre la resurrección. Es un mensaje que nos alegra el corazón: somos hijos de Dios, y nacimos para la vida eterna, que después de la muerte, por la puerta de la esperanza, entraremos a ella. Ya en la primera lectura, el cuarto de los hermanos macabeos, después de haber sido torturado y a punto de morir, confiesa: "Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará"


   El salmista proclama con fe: "Al despertar me saciaré de tu semblante”, aludiendo a la Resurrección. Ya, en la pregunta tendenciosa que le hacen al Señor: “Si después de la muerte hay vida, entonces ¿De quién será la mujer de los siete maridos? Jesús responde estableciendo una diferencia entre "este mundo" y el "mundo venidero". Él afirma con claridad, que el cielo no es prolongación de este mundo, y para entrar en él, tendremos que responder cómo vivimos en este mundo y cómo nos vamos ganando la vida eterna.


   Con la pasión, muerte y resurrección de Cristo, la eternidad ya está actuando en esta vida. Si la muerte ha sido el máximo enigma que intenta desvelar el ser humano, la fe nos dice que el Dios creador quien pronunció su palabra de vida en los comienzos, también la pronunciará al final, ante la muerte. El único que puede crear, es el único que puede resucitar. 

   No somos resultado de un capricho, sino de un amor eterno. ¿De qué nos serviría haber sido rescatados si no fuéramos resucitados? La primera creación se ordena a la nueva creación, a los cielos nuevos, a la tierra nueva y a la comunión con Dios. El Dios de Jesús no es un Dios de muertos, sino de vivos; de Él procede todo, de Él venimos, a Él volveremos, y Él nos devolverá el aliento y la vida eterna.

   El deseo más hondo del hombre ha sido el de no morir, el de vivir para siempre; incluso, -como lo dice el evangelio-, muchos se imaginan el cielo como una mera prolongación de esta vida que conocemos: ¿De quién será la mujer de los siete maridos? Otros creen en la reencarnación; y hay quienes considerándose ateos se despachan repetidamente diciendo:“Todavía no ha venido nadie del otro mundo, luego no hay nada”. 

   El tiempo que pasaremos en esta tierra no es nada en comparación del tiempo que pasaremos en la eternidad. No podemos apagar ese pálpito que pregunta desde nuestro interior: ¿hay algo después? Hay una sed de eternidad natural que clama por la perfecta unidad, por la bienaventuranza eterna y por la felicidad sin límites, que nos hacen pensar y desear un hogar nuevo en el que veremos cara a cara a nuestro creador.

   Todos buscamos una respuesta de apoyo que nos dé sentido y esperanza, que sea clave y razón para vivir. ¿Cuál es ese punto de apoyo en el que reposa nuestra vida? Unos lo pondrán en sus deseos de triunfar, otros en tener, otros en disfrutar sin plantearse estas cuestiones. Pero la respuesta es una sola: «Lo que ha cambiado nuestras vidas es la certeza y seguridad que son eternas». Esto nos da un nuevo sentido a la vida y a la muerte, porque el punto de apoyo original es la resurrección de Jesús. 

   Si Él venció la muerte, también nos ayudará a vencerla. De Dios, que es la Vida, venimos, y a Él, que es de vivos y no de muertos, volveremos. Desde ahí se entiende cómo la actitud central que da forma a nuestra realidad divina, surge del Dios-amor que nos ha amado hasta las últimas consecuencias. Como el artista no destruye su obra, sino que la corrige para perfeccionarla, así nuestro creador no va a querer destruir su obra maestra sino perfeccionarnos.

   Nos ha de acompañar la certeza que Dios nos hizo para la vida; la muerte es tan solo la llave que cierra la puerta de esta vida y, al mismo tiempo, abre la de la eternidad. Si después de la noche viene la luz de la mañana, si después del invierno viene la primavera, en la que parece que la vida brota por todas partes con sus flores y sus hojas verdes, también después de la muerte viene la aurora naciente de la resurrección gloriosa. La resurrección es el acontecimiento que rompe nuestra última frontera o límite, que es la muerte, y con ella queda atrás el horizonte limitado y estrecho de este mundo.

   Más que invitarnos a pensar en lo que hay más allá de la muerte, el Señor nos invita a revisar nuestras acciones, y lo que tenemos en el más acá, aquí y ahora en la vida presente, de cara a la eternidad, como preludio del cara a cara definitivo con el Señor. 

   ¿Es vida en plenitud, compartida, solidaria y generosa? No basta morir para estar muerto; muerto es aquel que no vive la vida en plenitud, quien sólo la vive para sí mismo, quien la esconde y la malgasta, quien ha perdido el horizonte de eternidad. La vida que tenemos es para seguir llenándola del Dios de la Vida que quiere que vivamos desde acá, con resplandores de eternidad. El creyente debe ser una persona optimista y alegre con una esperanza viva en la vida eterna. 

   Gracias a la fe en la vida eterna, adquiere valor, hondura y luz el quehacer de la vida presente. Esto nos permite irnos preparando para la estancia de la vida eterna. Somos hijos de Dios, nacidos para la vida eterna, con la certeza que después de la muerte vendrá la bienaventuranza eterna, donde Dios será nuestra luz y nuestra vida. Supongamos que alguien nos anestesiara y luego despertáramos en un tren en marcha, nos preguntaríamos: ¿de dónde venimos y adónde vamos? En nuestro peregrinar por este viaje terrenal, sabemos, por la fe, que venimos del Señor y vamos hacia él; que, viajando con él, podremos saborear y valorar la eternidad a la que somos convocados por nuestro creador.

   ¿Qué hacemos para ganarnos la vida eterna? Recordemos que el Dios de Jesús es un Dios de vivos porque en él todos están vivos. Los muertos siempre tendrán los ojos cerrados, mientras los resucitados los tienen abiertos contemplando al Dios de la Vida. Tratemos de vivir de tal manera, que nuestra vida sea iluminada por la fe en la resurrección y por la esperanza en nuestra propia resurrección y que, aun en medio de las dificultades, podamos fortalecer nuestra fe en la eternidad. 

“Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino; que, aunque morimos no somos carne de un ciego destino. Tú nos hiciste, tuyos somos. Nuestro destino es vivir, siendo felices contigo, sin padecer ni morir”.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía