32° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 de Noviembre de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 6 nov 2020 18:49 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 6 nov 2020 18:55 ]
Chía, 8 de Noviembre de 2020

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.
 Lecturas de la Celebración

Que Velando o Durmiendo, Estemos Contigo, Señor"
Saludo Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

   La parábola de hoy, en la llegada del esposo, Jesús nos muestra la importancia y la responsabilidad personal ante la salvación que se acerca. 

   Si bien es cierto que la salvación es comunitaria, ante la llegada del Señor, es cada uno quien ha de estar preparado para responder de frente al Señor. 

   Dormirse, o aprovecharse de los demás o sacar excusas es la peor actitud. Hay que estar despiertos con el aceite del amor y de la fe en el recipiente del alma, para que no se apague el deseo de la espera, y la luz de la ilusión ante el encuentro con Cristo. 

   No podemos dormirnos en la apatía de una fe sin compromiso o entumecida, donde no brilla la luz de Cristo. Tenemos la tentación de dejar fuera de nuestra vida al único que nos guía a la eternidad, y ante su cercanía, nuestra fe ha de ser vigilante, despierta y comprometida con el resplandor de la alegría y la bondad. En el bautismo el sacerdote le entrega la luz al recién bautizado diciéndole: “Recibid la luz de Cristo. Que este niño (a), perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos del cielo al encuentro del Señor”. Y se recuerda a los padrinos que no dejen apagar la luz de Cristo. Mantenerla encendida, eso significa “estar vigilantes”.

   La imagen del Dios que llega es hermosa porque, de ordinario, cuando alguien llega, solemos esperarle. Como también es bella la imagen de Dios que llega sin avisar porque así la emoción suele ser más grande. Lo inesperado y la sorpresa tienen su emoción, y lo inesperado de Dios en nuestras vidas tiene también su emoción. La pregunta no es si Dios llega o no llega, o si llega a tiempo o no. 

   La verdadera cuestión es si nosotros estamos dormidos o despiertos; si le estamos esperando o esperamos otras cosas; si escuchamos su llegada o nos despertamos cuando ya ha cerrado su puerta. “Dios tarda, pero siempre llega a tiempo”. 

   La parábola dice que “El esposo tardaba”. “Pero el esposo llegó a su tiempo, el problema fue que quienes lo esperaban ya estaban dormidas”. Dios sigue llegando, y siempre llega a tiempo; no es cuando a nosotros se nos antoje; desafortunadamente, como las doncellas, nos quedamos dormidos y ni nos enteramos de su paso, y cuando llega, quizá ya no tengamos el aceite de nuestra fe. 

   La “vigilancia” que pide el Señor, nada tiene que ver con el insomnio, y menos con una actitud de terror ante la muerte. Tiene que ver con la “diligencia” o amor de predilección. Cuando se ama, aunque se duerma, se está despierto para atender al ser amado. Así, una madre dormida tiene el corazón vigilante, y, casi sin darse cuenta, se levanta a consolar a su niño. En el libro del cantar de los cantares, la enamorada dice: ““Yo duermo, pero mi corazón vela”. 

   Muchos nos dormimos pensando que todavía tenemos mucho tiempo; que aún no vendrá el Señor; que es muy pronto para que nos llame, que somos jóvenes y aún tenemos muchos años por vivir; o, al contrario, que ya somos demasiado viejos para ser santos. Y así dejamos todo para último momento y tal vez sea demasiado tarde. San Juan dice: “Vino a los suyos y no le recibieron”. “Vino a su casa y no la reconocieron”. Pareciera que Dios siempre llega cuando no estamos, o estamos mirando a la luna. Dios no llega cuando a nosotros se nos antoja o cuando nos conviene. El problema será, si cuando llegue tengamos que ir a buscar aceite y nos quedemos en la calle, sin clasificar para el encuentro definitivo. ¡Y para entrar al cielo no hay repechajes!

   Dios siempre viene y llega a tiempo. Él está siempre viniendo y lo más curioso es que, a pesar de estar dormidos, él siempre quiere encontrarnos despiertos. ¿Por qué tiene que ser Dios quien tenga que esperarnos el tiempo que sea, y nosotros, por el contrario, somos los que llegamos tarde, mal preparados, improvisando todo o suplicando que alguien nos ayude? Es bueno confiarnos a la oración de los demás, pero eso no basta. Al sacerdote suelen decirle: "Ya que usted está más cerca de Dios, ore por nosotros, para que Dios nos ayude". Por más que el sacerdote interceda, recordemos que la santidad y la salvación son intransferibles y solo depende de cada uno en su relación activa y despierta con Dios. 
   

   Llegaremos al cielo o dejaremos de hacerlo, por lo que personalmente hayamos hecho en la vida, como tiempo de preparación al banquete (por los frutos nos conocerán).
Lo que nos ha de preocupar no es la llegada de Dios; más bien, si nosotros estamos dormidos o despiertos, si escuchamos su llegada o nos despertamos cuando ya ha cerrado su puerta. Tengamos listo el aceite de nuestra entrega, porque el Señor está a la puerta, y quizá de manera inesperada escucharemos su llamada a la eternidad. Que cada día lo comencemos con el propósito de estar vigilantes en la fe, la esperanza y la caridad. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena nueva del reino de Dios, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía