33° Domingo del Tiempo Ordinario, 17 de Noviembre de 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 16 nov 2019 10:44 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 nov 2019 11:08 ]
Chía, 17 de Noviembre de 2019
 

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.

"Cuidado con Dejarse Engañar…No Vayáis Tras Ellos"

   El Evangelio de hoy nos dirige la mirada hacia el futuro, y nos recuerda que el tiempo en esta vida, es como una sala de espera, en un temido consultorio en que, de un momento a otro se asomará la muerte diciéndonos: “El siguiente”. 

   Si estamos en una etapa final de la historia, y de cada uno, de frente al fin de nuestra vida, entonces ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? ¿Hacia dónde caminar? ¿Vale la pena vivir? ¿De qué voy a morir? Las pistas nos las ofrece el Evangelio de este día: “Cuidado con que nadie os engañe, porque vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy” O bien: “El momento está cerca”- “No les hagáis caso”. 

   La historia, el mundo y nuestra vida tienen fecha de caducidad. Nada es eterno. El futuro y la eternidad pertenecen sólo a Dios. ¿Acaso la proliferación de tantas sectas, no pretenden, -vanamente- asegurar algo que sólo le compete a Dios?  ¿Cuántos de aquellos que se dicen hijos de Dios, acosados por el miedo, colocan su fe en sectas, brujos y supersticiones que se gozan engañando a los que padecen algún sufrimiento, llevándolos por el camino del engaño y la mentira a través de lectura de cartas, adivinaciones, o acertijos? Bien lo dice el proverbio: “La mentira quizá produzca flores de engaño, pero nunca producirá frutos. 

   Y asociado a este momento de incertidumbre que atraviesa la humanidad, surgen en algunos ambientes cristianos, aparentemente practicantes, una avalancha de vaticinios y predicciones de acontecimientos extraordinarios, que acentúan el pánico y el temor. 

Todo esto en gran parte es por falta de un encuentro de fe, de amor y de confianza en el Dios de la esperanza. Olvidamos que el final siempre nos trae un principio, y que la última etapa de los tiempos que anuncia hoy el evangelio, dará paso a algo totalmente distinto. 

   De la misma forma que, la noche da paso al día, el otoño a la primavera, o la chispa al fuego, el final, del que nos habla el Señor, dará lugar al cielo nuevo y a la tierra nueva. 

   El tiempo es ciertamente corto, pero es suficiente para vivir, “aquí y ahora” los tiempos nuevos que inauguró el Señor, porque la eternidad ya está presente entre nosotros. Los cristianos no podemos ser “profetas de desventuras”. Debemos tener claro que, desde que Cristo resucitó, el triunfo de Dios está alentándolo y transformándolo todo. El Reino de Dios brota en el interior del creyente, y nuestras acciones, desde ese interior, muestran lo que soñamos alcanzar: la eternidad. “Por sus frutos los conocerán”. 

   La persecución es lo propio del cristianismo, porque ella es el mejor signo que define al cristiano. “Bienaventurados los perseguidos, a causa de mi nombre, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5,10). Es la hora del testimonio. Nos toca, hoy más que nunca, separar la paja del trigo, la auténtica fe de la religión a la carta. Con la perseverancia, y no con la relajación, es como podemos alcanzar la vida eterna, hacer la voluntad de Dios y no renunciar a lo que es constitutivo de la misma Iglesia. 

   La tarea del creyente será demostrar con la vida lo que creemos. En esta tarea, difícil pero muy hermosa, no nos encontramos solos. El Dios de la historia camina con nosotros, trabaja y lucha con nosotros. Con él llegaremos a la meta final, que es el mismo Dios. Nuestro futuro y nuestra patria es Dios, y llegaremos a ella según caminemos con Él. 

   El mensaje de Jesús es de vigilancia y esperanza. El campesino que labra el campo y siembra la semilla, cuida su labor pensando en la cosecha que llegará a su debido tiempo. Al pensar y tener en cuenta el final, se afrontan con más coraje las dificultades, se superan más fácilmente los malos momentos, las fatigas y trabajos. ¿Qué tal que el campesino pretendiera recoger una gran cosecha sin haber preparado la tierra para alcanzarla? O como un padre, cuando su hijo va a iniciar sus estudios universitarios, le advierte que va a encontrar dificultades, que el estudio no es fácil, que le van a exigir mucho esfuerzo y dedicación, y que como padre lo animará para que no tenga miedo porque, gracias a la perseverancia, al final triunfará. 

   El Señor sentencia: “Habrá guerras, destrucciones, catástrofes y desastres, pero no tengáis pánico, con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Por tanto, no vale decir que somos seguidores de Jesús cuando el camino es fácil, sin contratiempos en la vida, ni tentaciones contra las cuales luchar y vencer. En las dificultades y pruebas es donde se forja el verdadero carácter, la valía de nuestra personalidad y la fe en Cristo. De ahí que el Señor Jesús nos reitera: “No tengáis pánico; confiad en mí, con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. 

   Afirma San Agustín: “Mientras nos hallamos en este mundo, no nos perjudicará el caminar aquí abajo, siempre que procuremos tener el corazón en lo alto. 

   Al fijar nuestra esperanza en lo alto, tenemos clavado el ancla en lugar sólido para resistir cualquier clase de olas de este mundo, no por nosotros mismos, sino por aquel por quien está clavada nuestra esperanza, Cristo. El verdadero cristiano es el que aguarda, el que espera con amor y temor, con fe y esperanza el fin del mundo. Y tiene bien claro a quién espera: al Señor Jesús”.

   Ante la pregunta: ¿Cuándo será el fin del mundo? lo que importa no es el día sino la preparación para ese día. En el credo afirmamos que Jesucristo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos. Como amados y amigos de Jesús, seamos dóciles a su palabra para aprender a vivir, aquí y ahora, aguardando su venida gloriosa. El cielo y la tierra pasarán, pero su palabra y su decisión de amarnos, no pasarán; son eternas. Él pronunció su primera palabra y pronunciará también la última. Es conveniente tener en cuenta el final, no para evadirnos del presente sino para mejorar las cosas, y para no perder de vista la dirección y meta hacia donde nos quiere llevar el Señor, y qué hay que hacer para llegar a él.

  Que el Señor acompañe nuestro deseo de transformar y preparar el mundo, la historia y nuestra vida, para que cuando él vuelva, nos encuentre amándole, siguiéndole y dando la cara por su evangelio.

 A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos, extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía