4° Domingo del Tiempo Ordinario, La Presentación del Señor, 2 de Febrero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 1 feb 2020 8:51 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 1 feb 2020 9:07 ]
Chía, 2 de Febero de 2020

   Saludo cordial a todos ustedes, discípulos misioneros de esta amada comunidad de Santa Ana.   

…Mis ojos han visto a tu Salvador"

   Hace 40 días, celebrábamos llenos de gozo, la fiesta del nacimiento del Señor, a quien reconocimos como la Luz que ilumina a todas las naciones. Decía e profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. Hoy, celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo cuando Simeón proclama a Jesús: “Luz para alumbrar a las naciones”. Jesús es presentado no sólo para cumplir la ley, sino sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente. Allí Simeón y Ana, impulsados por el Espíritu Santo, reconocieron en aquel niño pequeño al Salvador, venido de parte de Dios para ser Luz de todas las gentes.

   De la misma manera, nosotros, congregados con alegría en una sola familia por el Espíritu Santo, reafirmamos, como Simeón, nuestra fe en Jesús, Luz de nuestras vidas y sentimos con fuerza la llamada que Él nos dirige para que ayudemos a que todas las personas puedan encontrar la luz que necesitan en sus vidas. Si hay luz en el alma, habrá belleza en la persona; si hay belleza en la persona habrá armonía en el hogar; si hay armonía en el hogar, habrá orden en la nación, si hay orden en la nación, habrá paz en el mundo.

 

   La presentación del Señor en el templo, es protagonizada por unos personajes maravillosos: un niño, sus Padres y dos ancianos, el anciano se llama Simeón (“El Señor ha escuchado”), y la anciana se llama Ana (“Regalo”)


   Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios. Lo nuevo y lo viejo. Simeón, anciano vive de la esperanza. 


Dios lo hace esperar, pero no falla. Y la promesa se cumple.


   Es lindo ver al Niño recién nacido en brazos de un anciano que solo espera la muerte. Es que también los ancianos, y de manera más auténtica, son testigos privilegiados de la esperanza. Lo más llamativo es la alternancia entre lo nuevo y lo viejo, unidos en un mismo abrazo. Ni lo nuevo se niega a los brazos de lo viejo, ni lo viejo se niega a abrazar lo nuevo. Dios cumple su promesa y Simeón ve realizados sus sueños luego de tantos años soñando y esperando. Así es la verdadera esperanza.


   Lo más maravilloso, como lo exclamó Simeón será poder decir “mis ojos lo han visto al Salvador”. Cuando se puede ver a Jesús la vida llega a su plenitud. Simeón siente que ya no necesita más. Por eso entona el himno: “Señor, ya puedes dejar irse a siervo…” Este Himno debiéramos leerlo con más frecuencia a nuestros ancianos como un himno de esperanza y agradecimiento. Hasta nosotros pudiéramos cantar el himno de nuestra vida, de todo lo que el Señor nos ha hecho ver con el don de la fe.

   En este acto sencillo de fe, Simeón fue capaz de descubrir en lo cotidiano, a quien era igual a todos, pero diferente: “Mis ojos han visto a tu Salvador…” Y San Lucas parece subrayar las condiciones necesarias para reconocer a Jesús en lo cotidiano: -

Esperar el consuelo del Señor. - Estar habitado por el Espíritu – Y actitud orante. Estas actitudes que vemos en Simeón y Ana les hicieron capaces de esperar, incluso hasta la vejez, al Mesías prometido.

 

   Presentarnos a Jesús, hoy, implica vivir en actitud vigilante, estar atentos a las situaciones de las personas que viven en el sufrimiento, la desesperanza, en situaciones límite y que aguardan el consuelo del Señor y reconocer, al mismo tiempo, tantos actos de solidaridad que se dan en nuestro entorno. El Señor es la Luz. 

   Dejemos que su luz nos penetre y nos transforme. En la medida en que nos identificamos con Él y en la medida en que Él nos habita, su vida se va manifestando a través de nosotros. Llevamos ese tesoro en vasijas de barro y tenemos que transparentar su Luz.

 

   Que nuestra luz deslumbre e ilumine, para que cuantos se crucen en nuestro camino puedan conocer y amar a Dios. 


   Y que, aunque seamos portadores de la luz, no busquemos nuestro lucimiento personal, pues quien ilumina es Cristo. 


   Pidámosle a Dios que hoy hable también el Espíritu a través de cada uno de nosotros. Que nuestros ojos vean la luz de Cristo y escuchemos su voz. Que nuestros labios se abran y alaben a Dios, y que nuestros corazones experimenten la paz y el perdón, y que, desde el fondo del corazón podamos decir: “Ya estoy tranquilo, Señor; porque mis ojos han visto tu Salvador”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía