5° Domingo de Cuaresma, 29 de Marzo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 27 mar 2020 14:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 mar 2020 14:50 ]
Chía, 29 de Marzo de 2020

   Saludo y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

   Yo Soy la Resurrección y la Vida, el que Crea en Mí Tendrá la Vida Eterna

   En este último Domingo de Cuaresma, el evangelio nos presenta la resurrección de Lázaro que será la ocasión, no solo para revelar la gloria de Dios, sino para proclamar que la resurrección del Señor, triunfará, de manera definitiva, la vida sobre la muerte.

   La resurrección de Lázaro es, entonces el preludio del gran milagro: la resurrección del Señor. 


   De manera anticipada, Jesús también les permitió, a quienes lo amaban, soportar lo que se vendría: verlo padecer y morir en la cruz. Dios no es indiferente a nuestras necesidades. Tarda en responder, pero responde siempre. Tal vez, no como nosotros quisiéramos, pero sí de una manera mucho más rica en generosidad. Las tardanzas de Dios puede que sean pruebas a nuestra fe.

 

  La expresión desconsolada de Marta: “Señor, si hubiese estado aquí, no hubiese muerto mi hermano”, refleja los sentimientos de todo ser humano. También solemos quejarnos que la muerte de un ser querido es culpa de Dios. Es por eso que Jesús quiere reafirmar con un gesto amistoso, y antes de su propia muerte, su clara opción por la vida. 


   Si Jesús no acudió presuroso a curar a Lázaro, no fue porque no le importara sino porque tenía un plan mejor: librarlo no de la enfermedad, sino de la muerte! Aquel que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”, quizá no nos responde como deseamos, porque tal vez le pedimos lo que creemos que nos conviene, pero él concede lo que de verdad nos servirá en aras de la eternidad y la salvación; aquello que fortalecerá nuestra fe, afianzará nuestra esperanza y animará nuestra caridad.


   La historia de Lázaro, cuyo nombre significa “Dios proveerá”, nos muestra a Jesús, hombre y Dios, que ama, consuela, compadece y pone todo su poder al servicio de sus amigos. “Al llegar ante el sepulcro de su amigo, se conmovió y lloró”. San Agustín dice que “Cristo lloró para enseñar al hombre a llorar”. Se conmovió para enseñarnos a conmovernos con el dolor de los demás. 

   Llora con el que llora, porque el llanto expresa la debilidad y el duelo de la humanidad derrotada ante la muerte. 

A Jesús le duele la pérdida de Lázaro; se le rompe el alma ante las lágrimas de las dos hermanas, y llorando, se une a su dolor, que es suyo propio por la muerte de su amigo. Sin embargo, lo que ya parecía perdido, se va a convertir en un momento de fe. Jesús no es solo resurrección en el último día; desde ya, es vida y capaz de convertir la muerte en revelación de Dios. 

   Mientras las hermanas piensan en que ya no contarán más con su hermano, Jesús piensa en devolverlo sano al hogar. Mientras las hermanas piensan que “ya huele a muerto”, Jesús piensa en que volverá a oler a vivo. Donde todos ven un sepulcro cerrado guardando un muerto vendado, Jesús ordena abrirlo y con potente voz gritar, “Lázaro, sal fuera”, y luego de desatarlo, la vida echa a andar.

   Desafortunadamente, y con facilidad, nos olvidamos que el reloj de Dios no coincide con nuestra hora y que Dios mira siempre mucho más lejos. De hecho, el Señor hizo más de lo que habían pedido. Si recuperó vivo a Lázaro, a nosotros nos concederá algo mucho mejor. Al cabo de los años Lázaro volvió a morir. Para qué resucitar y tener que volver a morir como le pasó a Lázaro?

   Cuando morimos, esta vida se nos cambia no por otra igualmente frágil como le sucedió a Lázaro, sino que nos hará renacer a una vida nueva, más allá de la muerte. Cristo nos ha concedido el regalo de la vida eterna y la certeza de saber que por doloroso que sea perder seres queridos, él, como supremo Pastor, nos conducirá por las cañadas oscuras de la muerte a los pastos de la eternidad.

   Gracias a la resurrección de Cristo, la muerte no será el final del camino. La última palabra no la tendrá la muerte sino Cristo, porque Dios nos hizo para él, somos suyos y nuestro destino es vivir. Aunque la vida venga cargada de sufrimientos y al final de nuestra vida terrena nos espere la muerte, podremos afirmar con fe: creo en la resurrección de los muertos, porque tengo la certeza que el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús, vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.     

   A Quienes nos siguen a través de la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros la Buena nueva del reino de Dios donde quiera que se encuentren. Que el Señor los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía