7° Domingo de Pascua, La Ascensión del Señor, 29 de Mayo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 27 may 2022, 13:14 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 27 may 2022, 14:03 ]
Chía, 29 de Mayo de 2022

Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad.

Donde está tu Tesoro, está tu Corazón. El Señor, Nuestro Tesoro, y Nosotros en su Corazón"

   ¿Sabían que, con la Ascensión, Jesús pone fin a su Navidad? La Ascensión es como la Navidad a la inversa. La Navidad celebra a Dios haciéndose hombre, y la Ascensión celebra al Dios, que encarnado, vuelve a su condición divina. En la Navidad es Dios que “se rebaja”. En la Ascensión es Dios que “triunfa”. Aquella alegría que inundó a los pastores de Belén, es la alegría de los humildes discípulos que continúan la obra de Dios. “En la Navidad, Dios anida su divinidad en la humanidad. En la Ascensión, Dios anida la humanidad ya redimida, en la eternidad”. Así que Navidad y Ascensión son el paréntesis que encierra la vida terrena de Jesús. 

   El relato describe que los discípulos “se volvieron a Jerusalén con gran alegría”. Su historia junto a Jesús, adquiere vida y el futuro se les convierte en esperanza. Es el turno de los discípulos y de la iglesia. Ascensión significa relevo, llamada a la acción. Es la fiesta del que “se va”, pero también es la fiesta de los “que nos quedamos y somos enviados”, porque sus amados y elegidos entran en escena como testigos de la pascua. 

   Es el final del camino de Jesús, el final de su encarnación, el regreso a su condición divina, pero es a la vez, la encarnación que se hace camino y presencia en esa Iglesia que el mismo Señor sostendrá en la pobreza de hombres débiles pero llenos de Dios: “Y vosotros sois testigos de esto”. Si en la Ascensión él desaparece de su vista, es para hacerse presente en el corazón de quienes permanecen en su amor: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. 

  La despedida fue difícil para Jesús y sus discípulos: “Me voy, pero volveré”. ¡Cuánto hay de humano y de divino en esta despedida! ¡Cuánto hay de humano en el corazón de Jesús! No puede abandonar sus discípulos sin decirles nada. Los amaba demasiado y sabía que su ausencia les desconcertaría. 

   Jesús es sensible a los sentimientos humanos y sabe situarse en el corazón de los suyos. Mientras a los discípulos los embarga la tristeza, Jesús consuela sus corazones y acaricia sus penas. Las despedidas son ausencias, algo así como nubes que pasan por el cielo de nuestro espíritu, y sin embargo, son ausencias cortas, porque las nubes pasan y el sol vuelve a brillar en el corazones tristes y afligidos. Son ausencias que solo logramos comprender con el consuelo y la caricia de Dios. “…Venid a mí los tristes y afligidos…” 

   Jesús se va y vuelve al Padre, pero con la certeza que seremos “testigos del amor del Padre”. Termina la etapa de Jesús y comienza la etapa del Espíritu Santo, la etapa de la Iglesia pregonera de salvación tanto de palabra como de obra, “siendo testigos”. Tarea que no es fácil, por eso enviará la “fuerza lo alto”: “Os enviaré lo que mi Padre ha prometido, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”. El Espíritu Santo dará la fuerza a los testigos para extender la resurrección. Lejos de desentenderse de nosotros, el Señor confía y espera. Confía en nuestro dinamismo y testimonio. Los brazos cruzados no le sirven al evangelio: “Qué hacéis ahí parados?”. 

   No será mirando al cielo como ascendemos, sino implicándonos en el amor que humaniza y glorifica. Si miramos al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Cristo, en su Ascensión, ya ha alcanzado lo que nosotros esperamos: el gozo de estar con Dios, y aunque sigamos remando en contra corriente, ya tenemos la certeza que él “estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». En la encarnación, el Señor no fue abandonado por el Padre, como en la Ascensión el Señor tampoco abandonará a sus amados. El Señor se va, pero no se desentiende de nosotros. 

   “Os conviene que yo me vaya”. Es la fiesta de “algo que termina”: La vida y la predicación de Jesús. Pero es también la fiesta de “algo que comienza”: nuestra misión. Además de mirar al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Y para ver bien la tierra, primero es preciso mirar al cielo. La tierra nunca será bien vista sino es desde el cielo, desde arriba. 

   Cuando nos hayamos empapado bien del cielo, podremos empaparnos y mirar y hablar bien de la tierra, para luego ver bien a nuestros hermanos. De ahí que, para mirar con ojos limpios a nuestros hermanos, primero han de ser “ojos llenos de Dios”. Ojos llenos de su divino Espíritu, capaces de encontrar al Señor en la comunidad, en la eucaristía, en la palabra, en el pobre, en el niño, en el que sufre, y en el corazón de todo creyente y del que ama. No podemos quedarnos mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en este mundo. 

   Si el maligno nos propone la “ley da la caída”, el Señor nos propone la “ley de la ascensión”; nos propone la meta más alta, porque estamos destinados a lo alto; de allá venimos y hacia allá vamos. Jesús, que con sus manos bendice hoy a sus discípulos, él mismo nos espera y nos abrazará en la eternidad. Al ascender al cielo, nos acompaña la certeza que el Señor nos dejó a manera de secreto: “…Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.   

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía