2° Domingo de Cuaresma, 8 de Marzo de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 7 mar 2020 14:48 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 12 mar 2020 19:39 ]
Chía, 8 de Marzo de 2020

   Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

   Haz Brillar tu Rostro sobre Nosotros”

   El Evangelio nos presenta el otro rostro de Jesús y nos descubre el destino último al que estamos llamados: contemplar su gloria y formar parte de ella. En la cima de la montaña Jesús se transfiguró y dejó entrever la totalidad de su identidad y la verdad de su corazón. Los tres discípulos – que creían conocer bien a Jesús-, ahora lo ven en el resplandor de su divinidad y en lo que su encarnación esconde y oculta. 

   Sin ocultarles el anuncio de la cruz que asumió hasta el final, quiso transmitirles un mensaje de consuelo y garantizarles que el fin no sería la cruz, sino que, pasando por ella, se llegaría a la luz. El triunfo de Jesús sobre la muerte y la promesa de resurrección para los que aún peregrinamos.

   Dios elige los montes y las alturas para revelarse. En el Sinaí se nos regalan los “mandamientos”. En el Tabor, Dios nos revela a Jesús como su “Hijo amado y predilecto”. Jesús, sube a la montaña para orar y manifestar su verdad íntima. En la cima del monte Jesús se transfigura y se deja ver por dentro. El brillo de su Gloria traspasa lo opaco y las apariencias de lo humano, manifiesta todo lo divino y anticipa los resplandores de la Resurrección. Es en esta cima del Tabor donde Dios deja escuchar de nuevo su voz, no para que regresemos a Moisés, ni a Elías, sino para decirnos que, a partir de ese momento la verdadera voz de Dios es Jesús “el Hijo amado”, la voz que tendremos que escuchar.

   La transfiguración será la eterna propuesta para aprender a ver “más allá” todo lo que se va colando de maravilloso en lo cotidiano, y a dejarnos sorprender de lo que Dios ha colocado en el fondo de nuestro ser. 

   Nos deja ver, amar, sentir y creer más allá de nuestras apariencias, porque él ve lo que hay dentro de nosotros, mientras que nosotros sólo vemos las apariencias. 

   ¿A quién escuchamos en nuestra vida? ¿Nos escuchamos a nosotros, a nuestros intereses?, ¿al mundo con sus criterios, mentalidades y anti valores?, o más bien, ¿escuchamos de verdad a Jesús, su evangelio y su palabra?

    ¿Disfrutamos, como los discípulos, permaneciendo junto a Él?

   Como los discípulos acudieron al Tabor, siempre que venimos al encuentro con Jesús en la soberanía y misterio de su presencia, llenamos nuestro interior con el resplandor de su luz y nos hace capaces de ver lo que hay más allá de cada uno de nosotros y de nuestras apariencias. De domingo a domingo, en nuestro Tabor, volvemos a escuchar la voz del Padre que nos dice: “Este es mi hijo amado, escuchadle” y luego de cada encuentro con Dios, ya transformados por él y con su fulgor, somos llamados sus hijos amados, y, -como los discípulos-, invitados a dar testimonio de cuanto grabamos de su fulgor nuestro pobre corazón.

   El camino de Jesús siempre nos lleva a la felicidad, aunque habrá en medio una cruz o las pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad. Jesús no nos engaña. Nos prometió la felicidad y nos la dará si seguimos su camino. Con Pedro, Santiago y Juan, también subimos nosotros hoy, al monte de la Transfiguración y nos detenemos en contemplación del rostro de Jesús, para recoger el mensaje y aplicarlo en nuestra vida; para que también nosotros podamos ser transfigurados por el amor. 

   En la peregrinación a la montaña santa de la Pascua, la cuaresma que estamos viviendo, no es un caminar en solitario; su cumbre está en Jesucristo transfigurado por su resurrección. Para ascender a la pascua será necesario bajar del egoísmo y de la soberbia por la ladera de la humildad, escuchando a Cristo, el Hijo amado del Padre. Aquel que es movido por la autosuficiencia no emprende un verdadero camino de cuaresma. Cristo es el camino verdadero en quien están puestas las complacencias del Padre. En él, el temor se disipa escuchando su palabra.

    ¿A quién no le gustaría hacer tres chozas, para quedarse tranquilo como lo propone Pedro? La tentación de evadirse del mundo a todos nos acecha. Hay que poner los pies sobre la tierra, implicarse en la vida, tomar la cruz, ayudar al necesitado, y de la mano del Señor, ascender a la pascua eterna. Como en la transfiguración, a Jesús “se le nota” anticipadamente su condición divina y la plenitud de su Gloria, también, desde ahora nosotros, unidos a Dios, podemos “entrever y saborear” anticipadamente lo que será nuestra felicidad eterna.

   Aunque no sea fácil, emprendamos la subida a la montaña de la pascua; es un camino de cruz, pero el mismo Señor nos sostendrá con su fuerza hasta concedernos la transfiguración plena a quienes escuchemos la voz de su Hijo. El Tabor es el monte de la luz “donde el rostro de Jesús resplandece como el sol”, y “sus vestidos blancos como la luz”. El Tabor desvela la verdad del cristiano, llamado también él a ser luz para los demás, como los focos de luz no se ven a sí mismo, sino que hacen ver lo que les rodea.

   También nuestro corazón puede ser ese Tabor y esa luz para los demás, pero primero tendremos que ser iluminados por dentro para luego iluminar a los de afuera, hasta tal punto que, en torno a cada uno de nosotros, los demás pudieran decir: ¡Amigo, ¡qué bien se está contigo!  ¡Qué bien se está a tu lado!” ¡Qué bien se está en tu compañía!” 

   Que el Señor que nos dé la gracia de su luz y nos enseñe a distinguir cuándo la luz es su luz y cuándo es una luz artificial puesta por el enemigo para engañarnos. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M. 
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía