Solemnidad Bautismo del Señor, 12 de Enero de 2020, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 9 ene 2020 8:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 9 ene 2020 9:14 ]
Chía, 12 de Enero de 2020

   Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta amada comunidad de Santa Ana.   

Este es mi Hijo Amado en Quien me Complazco”

   Con esta festividad del Bautismo del Señor, se cierra el tiempo de Navidad y comenzamos el tiempo ordinario, en que meditamos a Cristo, Salvador del mundo. La Epifanía del Señor, ofreció la salvación a todo el mundo. La fiesta del bautismo del Señor nos presenta una nueva manifestación de Jesús. Por el bautismo somos interpelados a seguir los pasos de Jesús. Si en la Epifanía era reconocido como el Mesías y Salvador, por el bautismo es proclamado en público como el Hijo de Dios en carne mortal. 

   Isaías habla del elegido que promoverá el derecho y la justicia, curará y librará. El "elegido" fue investido como Mesías en las aguas del Jordán donde se escuchó la palabra del Padre. 


   El bautismo de Jesús significó dejar la vida silenciosa de Nazaret y comenzar su ministerio, su misión, el canto del amor de Dios a todos los hombres. Melodía sencilla y profunda que todos llevamos dentro, porque en Jesús también somos hijos amados y predilectos del Padre para siempre. 

   Jesús está a punto de iniciar su misión y busca a Juan Bautista, que predicaba junto al Jordán. El evangelio asegura que Juan se veía como un siervo del Mesías, anunciador de su llegada. Él decía no ser digno de desatarle las sandalias. Jesús, pues, se acerca a Juan. Quiere ser bautizado. Es claro que no viene por un bautismo de regeneración, sino que quiere inaugurar su tarea. Jesús es bautizado no porque necesitara ser purificado, ya que es Dios, sino para darle al agua por la acción del Espíritu, el poder purificador del sacramento que él instituiría y, del que era preparación el bautismo de conversión que realizaba Juan. 

   La fiesta del Bautismo del Señor nos lleva al inicio de las cosas, a la génesis misma del mundo. Así como en el principio el Espíritu se cernía sobre la superficie de las aguas, en la escena que hoy contemplamos, el que va a ser redentor de la humanidad brota de las aguas esenciales y es señalado por el Espíritu eterno como Salvador. 

   Cristo nos bautiza con el Espíritu Santo quedando así destinados a una misión particular: anunciar nuestra propia pertenencia al Dios trinitario, significada en el sacramento por medio de la unción del crisma. En efecto, desde el día de nuestro bautismo, habita en cada uno de los bautizados el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y formamos parte de la Iglesia Católica, siendo Jesús la cabeza y nosotros, miembros de su Cuerpo. 

   Por el Bautismo, el Señor nos asocia a su proyecto, nos adopta por hijos suyos. En adelante ya no tendremos solamente estos padres, estos apellidos, esta herencia genética, cultural y eterna. Seremos, ante todo, hijos de Dios, con todos los derechos y también los deberes que esto significa. A partir del bautismo, ya no somos meramente humanos; nuestro ser se ubica en una esfera superior; formamos parte de la familia de Dios. Llevamos su impronta. 

   El Padre de los cielos convierte la escena en una escuela personal para Jesús. Él nació de las entrañas de María. Ahora, al salir del agua, oye la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo muy amado”

   María lo presentó a los pastores y a los magos de oriente para que le adoraran, ahora el Padre lo presenta ante el mundo, señalándolo como su “predilecto”. 

      E igual que la estrella le distinguió entre la multitud, en su bautismo Jesús ve cómo el Espíritu Santo le reconoce entre la muchedumbre y, como la paloma va directo al lugar de su origen, el Espíritu Santo viene a Jesús para habitar en él. El Espíritu sabe que Jesús es su origen y su hogar perpetuo.

 
   El Bautismo del Señor inaugura el anuncio del reino del Padre y constata que Jesús inicia la nueva creación. Jesús aparece ante nuestros ojos como nuevo Moisés que, rescatado de las aguas, inició el proceso que culminaría con la ruptura de las cadenas de esclavitud que ataban de pies y manos a sus hermanos. 

   Confesamos, entonces, que Dios nos creó y nos regenera como sus hijos en la fuente bautismal. La acción salvífica de Dios actúa en su Hijo predilecto; asume nuestra carne y santifica las aguas comunicándoles fuerza redentora que se nos transmite en el sacramento. Jesús como Dios que es, habiendo iniciado su ministerio en las aguas del Jordán, seguirá restaurando a todos sus amados en las aguas del bautismo. Así lo dicta nuestra fe: “Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios, y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. 

   El Papa Francisco nos dice: Busquemos la fecha de nuestro Bautismo, porque es la fecha de nuestro naci­miento a la Iglesia, y la fecha en la cual nuestra mamá Iglesia nos dio a luz.     Que nuestra vida se convierta en una continua entrega a la voluntad de Dios, y que, así como los cielos se abrieron para Jesús al recibir el Bautismo de Juan, se abran también para nosotros en el momento de nuestro paso a la vida eterna. Que podamos escuchar la voz del Padre reconociéndonos también como hijos suyos en quienes se complace, porque, como su Hijo, también buscamos hacer la voluntad de Dios.

   Que la presencia de la Santísima trinidad en nuestras vidas, nos bendiga, nos acompañe y nos proteja como sus hijos amados.
 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición. Los invito a caminar juntos, y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía