La Natividad del Señor, 25 de diciembre de 2.019, Ciclo A

publicado a la‎(s)‎ 25 dic 2019 5:44 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 dic 2019 6:07 ]

Chía, 25 de Dicie
mbre de 2019

   Saludo y bendición a todos ustedes, queridos discípulos - misioneros de Santa Ana.   

"Hoy nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor"

   “Os anuncio una gran alegría, hoy, en Belén de Judá, nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”.
Así lo proclama la liturgia en esta solemnidad. Hoy, todos deberíamos vestir nuestras almas con traje de santa alegría, y de fe confiada y sencilla. Es la nota distintiva de la navidad, porque la alegría del cielo coloca su morada en la tierra, en nuestros corazones y en nuestras familias. 

   Tan gran acontecimiento se debe notar, entonces, en una alegría sincera que brote del corazón. Es la alegría que nos impulsa a encontrarnos con los demás, como hermanos, perdonando a quien nos haya ofendido, incluso sin pedirnos perdón, compartiendo lo que tenemos con total desprendimiento, así como Dios vino al mundo y se despojó de su divinidad, y en un recién nacido, se mostró vulnerable y cobijado en el humilde pesebre. 

   Durante el adviento estuvimos en vela. Ha sido un tiempo de esperanza y de vigilancia para preparar nuestros sentimientos y nuestros corazones para que el Señor se quede en nuestro interior y lo manifestemos con nuestras obras y actitudes de vida. Ahora, los ángeles nos llaman a ponernos en camino para adorar al Dios que ha bajado a la tierra. Hoy brilla la luz sobre nosotros porque ha nacido el Señor. El Emmanuel está en medio de nosotros. 

   La Iglesia celebra con gozo, que ese Niño, siendo Dios, se hace uno como nosotros para enseñarnos desde la humildad, pequeño, pobre y sencillo, el infinito amor de Dios hacia nosotros. En cada navidad debemos revestirnos de esa humildad que perdona, que siempre defiende la verdad, que es paciente, alegre y despierta en los demás la fraternidad, porque Dios ha venido a salvarnos. En esta noche salimos de nosotros mismos para adorar al niño Dios y entrar en sus entrañas. Es la noche y el día del aire nuevo y puro de Dios que va dando vida al mundo entero y dando un giro a nuestra historia necesitada de Dios. Por eso, la humanidad que caminaba en tinieblas, vio una gran luz: el Niño que nace en Belén.

 
   Con su nacimiento, el niño Dios nos ha abierto un portal al cielo, tan inmenso que cabemos todos. Nunca la altura estuvo tan a ras del suelo, y jamás el camino del hombre, estuvo tan encumbrado en las alturas. Dios, rico en misericordia, se hace hombre y, el hombre, alcanza al mismo Dios en la pobreza del pesebre. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quién confiar, nada hay más importante que poner en el centro de nuestro corazón, de nuestras familias y comunidades a Jesús, el rostro humano de Dios.

 
   Jesús, es entonces, para nosotros, el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad se nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.


    La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y cómo nos quiere ver actuar con los que sufren. 

   La acogida de Jesús a pecadores nos manifiesta cómo nos comprende y perdona, y cómo nos quiere ver perdonar a quienes nos ofenden. En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. 

   Dios se puso en camino hacia nosotros, haciéndose hombre para hermanarnos a todos. Es el Misterio central de nuestra fe, y ante Dios hecho uno de nosotros, nadie puede quedarse indiferente. 

   Todo el mundo tiene que ponerse en camino y definirse. Los pastores abandonaron el rebaño y fueron a Belén. La estrella se puso en camino y arrastró a los Magos de Oriente. Los posaderos cerraron sus puertas a la Madre y al Niño. Herodes se inquieta y teme por su trono. Si no lo aceptamos, cerramos las puertas como muchos lo hicieron en Belén. Pero si lo aceptamos, será él el Señor de nuestra vida. 

   En cada navidad, en el niño Dios resplandecen la Gloria del cielo y la paz en la tierra. Adorarlo es, entonces lo propio de quien siente su amor y su paz. De ahí que cuando dejamos de adorarlo, deja de haber paz en nuestro corazón, y por ende, en la tierra. 

   Cada navidad ha de ser un nuevo encuentro con Dios, dejando que su luz, su amor y su paz entren hasta el fondo del alma. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. 

   Es tan eterno que puede despojarse de su divinidad y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, al encontrarlo, anunciarlo como lo hicieron los pastores. Eso es la navidad: el milagro de Dios hecho hombre en su divino Hijo. 

   Alegrémonos ante tan admirable grandeza del Dios que, al hacerse hombre, ha atravesado las sombras para destruirlas, llenándolas de su luz. Y cuanto más cerca, más luz. Desde el bautismo se nos dio la luz de Cristo. Tendremos que ser luz por donde quiera que vayamos, porque, cada vez que seamos luz, será navidad. 

   En nombre de Monseñor Héctor Cubillos Peña, Obispo de esta Diócesis de Zipaquirá, les deseamos la más bella navidad y nuestros mejores deseos para que el amor que nos trae el niño Dios, llene sus corazones y a sus familias. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a caminar juntos y a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena Nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

 Feliz navidad para todos. Que Dios los bendiga y la santísima Virgen los proteja.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   

Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía