Saludo 14° Domingo del tiempo Ordinario, 4 de Julio 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 2 jul 2021 8:01 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 2 jul 2021 15:31 ]
Chía, 4 de Julio de 2021

Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles

¡Señor, auméntanos la fe!


   El Domingo pasado admirábamos la profunda fe de una mujer que viene de muy lejos buscando a Jesús. Hoy, el Evangelio nos presenta la incredulidad de quienes siempre están ceca de Jesús. Quizá porque Jesús se presenta y se deja descubrir en lo cotidiano, apareciendo como “demasiado humano”. Ésta es, quizá, para muchos, la primera dificultad para el acceso a la fe.
 

   La vida tiene muchas contradicciones, y también las hay en el Evangelio. Todos admiran la sabiduría nueva de Jesús, pero no se abren a ella. Más que aceptarle les interesa saber quién se la ha enseñado y de dónde saca todo ese saber. Se interesan más en conocer a sus maestros que unirse a lo que enseña. Y su origen es otro estorbo: ¿Qué se puede esperar de un carpintero cuya familia conocen? Dios no puede manifestarse en el “hijo de un carpintero y de una aldeana galilea”.  

   Para que ellos crean, sería mejor que Jesús fuera un desconocido. Tal es la situación que en su tierra no pudo hacer milagros, no porque no quisiese, sino “por la falta de fe”. “Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron”. Además, «no desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». 

   Ven a Jesús demasiado humano y común y corriente, como para ser el enviado de Dios. No conciben cómo puede hablar Dios a través de un simple artesano, sin conocimiento, a quien además conocen de siempre. No puede tener nada extraordinario. Su familia pertenece a la clase pobre del lugar y les parece imposible que la salvación mesiánica venga con rasgos tan cotidianos. El problema para creer en Dios no es su grandeza y magnificencia, sino su excesiva sencillez. La pequeñez, pobreza, la humildad y la sencillez de su vida terminan siendo un estorbo para que podamos aceptar y reconocer en él la grandeza de Dios. 

   En Jesús hay rasgos que nos desconciertan. Aquello que lo hace uno de nosotros, lo aleja de nosotros. Deslumbra su sabiduría, su autoridad y sus milagros, pero su condición humana puede resultar un obstáculo para creer lo que dice y lo que hace. No ven la encarnación como el camino de Dios hacia los hombres, el camino de Dios para revelarse y manifestarse a los hombres. Este punto de vista – de poca fe, -termina siendo nuestro mayor obstáculo para aceptarle, para reconocerle, para creer en él y para adherirnos él. 

   Jesús «no pudo hacer allí ningún milagro» por la falta de fe. No es que la fe tenga poder o ejerza un derecho sobre Dios para obtener milagros. Es que un milagro carece de sentido cuando el hombre se cierra a la acción divina, y Dios no se impone a la fuerza, ni siquiera a fuerza de milagros. Seguramente fue doloroso para Jesús ver la indiferencia de los más cercanos y más queridos. 

   Predicar entre desconocidos puede ser atractivo y suele brindar muchas satisfacciones, mientras que predicar entre las personas conocidas no es nada fácil. Sabemos que la fuerza para que alguien se acerque a Dios, proviene de Dios mismo. San Pablo nos lo advirtió: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se realiza en la debilidad». La predicación basada en la vida de un ejemplo que contagie, adentra a los demás en la relación con Dios. El testimonio se vuelve un permanente estilo de amonestación para aquellos que están lejos de él, así sean los de nuestra propia casa. 

   Afirmamos con certeza que conocemos a Dios desde pequeños, pero resulta que somos incapaces de reconocerlo en la cotidianidad. Quizá hemos elaborado una determinada imagen de él, y cuando su presencia se nos revela de una manera sencilla y cotidiana, eso nos cuestiona. Entonces, ni lo reconocemos, ni lo acogemos. Lo buscamos lejos y resulta que está en lo más íntimo de nosotros, presente en el rostro de los más necesitados, que hasta lo podemos tocar: “con vosotros estoy, y no me conocéis…”, “Tuve hambre…tuve sed… fui forastero…estaba enfermo y no me reconocisteis”. Esperamos algo extraordinario de Dios, y él se coloca a nuestro lado en lo ordinario de la vida. El problema es nuestra la falta de fe. 

   Siempre se pueden buscar razones para no creer en Dios, y si no las tenemos, las inventamos. ¿Qué resistencias le colocamos a Jesús, a la fe y a nuestro compromiso en la iglesia y a nuestra relación con él? En el fondo todo se reduce a una sola cosa: nos resistimos a las propuestas del Señor, porque creemos sentirnos bien como estamos y no queremos cambiar. No rechazamos a Dios por ser Dios, sino porque aceptarle en su humildad, nos exige el camino de la humildad. 

   Hoy, Jesús también se lamenta de nuestra falta de fe, hasta el punto de no poder hacer ningún milagro en nosotros. Si nuestra mirada al Señor no lleva una dosis de fe, jamás podrá reconocer sus señales o milagros cotidianos. Puede que muchos nos admiren por nuestras capacidades intelectuales y profesionales, pero si carecemos de humildad y de fe, nadie nos reconocerá como creyentes. 

   ¿Qué nos falta para que Jesús realice cada día en nosotros el milagro de nuestra conversión? Tal vez creemos en Dios, pero mientras lo mantengamos en la esfera de lo divino como para no implicarnos en su proyecto. Y cuando Dios se hace visible en el hijo del carpintero y de María, nos resistimos. Acaso, ¿no es lo que sucede con frecuencia en nuestras vidas? Los de casa nunca son importantes, y los de fuera son siempre una maravilla.

   Conocernos demasiado nos quita credibilidad, pero viene un extraño, que no tiene mayores novedades, y todos le aplaudimos. Resulta como peligroso que conozcan nuestro origen, porque tal vez no nos valoramos por lo que somos, sino porque “somos conocidos”. 

   Pidamos al Señor, que su cercanía no sea un estorbo para creer en él, sino, al contrario, para unirnos a él, agradecerle su permanente compañía, traducida en los milagros cotidianos. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página:  www.santaanacentrochia.org o a través del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía