Saludo 17° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 de Julio 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 25 jul 2022, 6:56 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 jul 2022, 7:20 ]
Chía, 24 de Julio de 2022

Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad.

Señor, Enséñanos a Orar…

   En el Evangelio de este Domingo Jesús nos revela la necesidad de orar con insistencia y perseverancia a Dios nuestro Padre, y nos presenta su oración como el “trato de confianza total con el Padre Dios” que siempre escucha y da lo mejor a sus hijos. Al mismo tiempo, nos da tres claves para llegar a ser felices: Pedir, buscar y llamar. «Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. «Buscar» es moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta. «Llamar» a quien no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. 

   La oración es el impulso más original y sublime del corazón; la mirada sencilla lanzada al cielo; el grito de agradecimiento y de amor ya sea en la prueba o en la alegría. Es el arma más poderosa que podemos tener en la mano para agradecer y pedir a Dios aquello que sea necesario para nuestra vida espiritual y material. La oración nos enfrenta a la gran pregunta por parte de Dios: ¿Dónde está tu hermano? Es aceptar ese compromiso de Dios, a través nuestro, y en favor de los más necesitados, colocándonos a su lado. 

   Más que dar lecciones sobre la oración, Jesús, sencillamente “oraba” delante de los discípulos. “Con su ejemplo”, permaneciendo en contacto con su Padre Dios, hizo que naciera en el corazón de los discípulos, el deseo de imitarlo. De manera similar, los hijos tomarán conciencia de la oración, cuando ven a sus padres en oración ante Dios y querrán saborear lo mismo que los padres saborean en el contacto con el Señor. Sólo se puede enseñar qué es la oración, si primero se ha sumergido en ella.

   Orar no es exigirle a Dios por nuestros propios gustos o caprichos para que él haga nuestra voluntad. Es permitir que Dios haga su voluntad y que sepamos acogerla. Y aun cuando no siempre nos conceda lo que pedimos, él siempre nos dará lo que más nos conviene. Como Padre bueno, Dios, sólo dará lo que es bueno para sus hijos. 

   Un padre no puede decir siempre que sí a los caprichos de sus hijos, porque terminaría causándoles daño. Los hijos tienen necesidad de ser ayudados por sus padres para crecer rectamente y para aprender a obrar bien. Como Dios lo hace con nosotros, el padre no les da todo lo que piden, sino lo que conduce al bien. Dios mira las cosas de una manera más completa que nosotros. Él sabe que nos ha hecho para la eternidad, y la oración nos guía hacia ella. 

   A veces nos convendrá la salud, pero a veces podrá ser la enfermedad la que nos acerque más a Dios. Quizá sea la vida prolongada la que esperamos que nos conduzca al cielo, o quizá sea más bien la muerte no deseada. ¿Será la riqueza la que convenga a nuestra meta?, o quizá, más bien sea la pobreza la que nos enseñe a valorarnos y valorar a Dios por encima de todo. Teniéndolo a Él, lo tenemos todo. 

   Una madre jamás le dará a su niño un arma, aunque llore y patalee, porque ella sabe que es un peligro para él, y se puede herir. ¿No será que también nosotros, por capricho, le pedimos a Dios cosas que nos podrían llevar a la ruina? Dios sabe lo que nos lleva a la salvación, y cuando le pedimos a través de la oración sincera, estamos en ruta a la eternidad. 

   Se pueden hablar muchas palabras y no decirle nada a Dios, porque solo habla la lengua y no el corazón. Y se puede guardar un gran silencio y hablar mucho con los sentimientos del corazón. No ama más el que mucho habla de amor, sino el que siente su corazón enamorado. Dios escucha nuestros pensamientos más que nuestras palabras. “La oración no es pedir. Es un anhelo del alma. Y como lo afirmó Gandhi: “En la oración es mejor tener un corazón sin palabras que palabras sin corazón”.

   Pensar que Dios lo hará todo en lugar de nosotros, es tan absurdo, como creer que el hombre puede hacerlo todo, sin la ayuda de Dios. ¿Para qué pedirle a Dios que no nos deje caer en la tentación, si nosotros mismos propiciamos las ocasiones para caer en ella? Dios, que es todopoderoso, nos brinda su ayuda, pero se requiere nuestra convicción para no caer. La oración no sustituye nuestra responsabilidad, ni fomenta la pereza. Dice San Agustín: “La oración no es un recurso mágico que satisfaga nuestros deseos o caprichos”. «Dios llena los corazones, no los bolsillos».

   No digas Padre”, si cada día no te portas como hijo. No digas nuestro, si vives aislado en tu egoísmo. No digas que estás en los cielos, si sólo piensas en cosas terrenas. No digas santificado sea tu nombre, si no lo honras. No digas “venga a nosotros tu Reino”, si lo confundes con el éxito material. No digas “hágase tu voluntad”, si no la aceptas cuando es dolorosa. No digas “danos hoy el pan de cada día”, si no te preocupas por la gente que tiene hambre. No digas “perdona nuestras ofensas”, si guardas rencor a tu hermano. No digas “no nos dejes caer en la tentación”, si tienes intención de seguir pecando. No digas “líbranos del mal”, si no luchas contra el mal. No digas “Amén”, si no has tomado en serio esta oración.

   Como los discípulos, pidámosle al Señor: “Enséñanos a orar”, y que nuestra oración sea como el agua persistente que es capaz de romper la mayor de las rocas.

    A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos.

 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía