Saludo 20° Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Agosto 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 15 ago 2022, 10:13 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 15 ago 2022, 10:15 ]

Fiesta Patronal, en los 70 años de la Diócesis de Zipaquirá

Chía, 14 de Agosto de 2022

Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.

Solemnidad de la Asunción de María Virgen

   Celebramos la solemnidad de la asunción de María Santísima al cielo, dogma definido por el Santo Padre Pio XII en 1.950, afirmando que María, la mujer vestida de sol, la primera que ha experimentado los frutos de la redención, aquella que ha sido coronada con doce estrellas, está en lo más alto del cielo, asunta, junto a su Hijo. Primero fue el triunfo del Hijo. 

   Ahora es el triunfo de la Madre, que nos va abriendo y marcando el camino a los hijos. La Asunción nos muestra que: Donde está el Hijo, está la Madre. La Madre junto al Hijo, y los “hijos junto a la Madre” con el Hijo. 

   Esta solemnidad nos recuerda que María fue siempre un templo santo e inmaculado. Ella brilla como el cumplimiento escatológico de la Iglesia, y resplandece como modelo de virtudes para la humanidad. En su asunción, se nos ha adelantado, y Dios la ha puesto en lo alto del cielo, como estrella, guía y luz en nuestro peregrinar. 

   Por haber creído, el hijo de Dios se hizo en ella Palabra y “carne”, y de esa experiencia única nació el salvador. Ella es ejemplo de cómo abrirse a la venida del Señor. En ella resplandece la iniciativa de un Dios que nos ama primero; que entra sin imponerse y espera una respuesta libre y generosa. Entra con el amor inmenso de quien ofrece la salvación y quiere ser acogido por amor. Su respuesta es total al plan de Dios, que pasa por la entrega y se materializa en el servicio, y por su fe viene a ser la madre de los creyentes, por la cual todas las naciones reciben a Jesús, el fruto de su vientre, y quien es la bendición misma de Dios. 

   En la visitación, la prisa de María está llena del Señor y tiene presente lo esencial. María tiene un tesoro, y llena de júbilo, lo quiere compartir. Ha interiorizado como nadie la palabra viva de Dios y la lleva palpitante en su seno. Portadora de la palabra, en íntima comunión con ella, se ve impulsada a servir en el anuncio y en la solidaridad. En la visita, lo que más sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías, ni está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. 

   María e Isabel, unidas por lazos familiares y bendecidas por Dios. María la madre de Dios, Isabel la madre de Juan el Bautista. Sus historias, al igual que sus hijos, están unidas. Las dos son mujeres de mucha fe que supieron esperar con confianza en Dios. “María concibió a su hijo por la fe en su alma antes que en su cuerpo”; es mujer de fe que se sabe amada y responde al amor con amor, se puso en camino y fue “de prisa” al encuentro de quien sabía la necesitaba. 

   Isabel, una mujer mayor que se asombra al recibir semejante visita, y junto con su hijo que “salta en su seno”, vive con entusiasmo la alegría del encuentro. Isabel experimenta, en el saludo de María, la presencia de Jesús. María es portadora de alegría, porque ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: “Alégrate, el Señor está contigo”, y ahora, desde una actitud de servicio contagia esa alegría. Dos vidas que se entrelazan asumiendo cada una el querer de Dios. 

   María se levanta y nosotros con ella. Lleva en su vida una presencia, en su vientre un fruto, en sus labios una canción. La experiencia de Dios la ha hecho libre y capaz de recibir la llamada, y empieza para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha “aprisa”, con decisión, porque siente la necesidad de compartir su alegría con su prima Isabel y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo. 

   La asunción nos muestra “cómo abre, indica y nos señala caminos”; “nos habla de nuestro viaje por la vida, y nos recuerda la meta que nos espera: la casa del Padre. María es la madre que nos enseña a creer, por encima de todo, en la palabra de Dios; a creer con el corazón, aún sin entender con la cabeza; a creer fiándonos plenamente de la palabra de Dios, y a creer, diciéndole “si a Dios”, abandonando la vida en las manos de Dios. A la luz de la asunción al cielo, nuestra vida no es un deambular sin rumbo, sino una peregrinación que, aún entre incertidumbres y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre. 

   La asunción de María es como un faro luminoso que nos asegura que, mientras vamos como peregrinos de este mundo, Dios hace resplandecer sobre nosotros, como un faro en la noche, a María, signo de consuelo y esperanza. Entonces, la “vida no es una nausea” - como afirma cierta filosofía-, sino que estamos caminando con destino, sentido, y dirección segura hacia la meta que ella ya alcanzó. 

   Pidamos a la Virgen, que, mientras vamos de camino sobre esta tierra, vuelva sobre nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeje el camino, nos indique la meta, y nos muestre después de este exilio, a Jesús, fruto bendito de su vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org  o del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que nos encontremos. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen de la Asunción los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía