Saludo 23° Domingo del tiempo Ordinario, 5 de Septiembre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 4 sept 2021 12:41 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 sept 2021 13:04 ]
Chía, 5 de Septiembre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

Abre, Señor, Nuestra Mente, Nuestro Corazón y Todo Nuestro Ser"

   El profeta Isaías subraya la grandeza de Dios. “Este es el Dios grande y poderoso, que hace hablar a los mudos y oír a los sordos”. Y en el Evangelio, quienes ven las obras del Señor en favor de su pueblo, exclaman: "¡Y todo lo ha hecho bien!". 

   Como con el sordomudo a los pies del Señor, también Jesús llega a nosotros con signos sensibles de su poder de curación. Al sordomudo le puso los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. A nosotros se nos acerca con los gestos sensibles de su amor redentor, nos "toca" con cada uno los sacramentos y nos habla con su palabra viva y eficaz.

   La fe nos viene de escucha de la palabra, es decir, de “hablar y escuchar”. Y Dios nos ha dado una sola lengua y dos oídos, quizá para indicarnos que hay que escuchar doble de lo que se habla. Recordemos que con el Bautismo se nos abrieron los oídos para que podamos escuchar a Dios, y se nos destrabó la lengua para que podamos hablar y anunciar y proclamar el Evangelio. 

   Hoy también, Jesús quiere entrar en contacto con nosotros. Nos toca con sus sacramentos: nos lava con el agua bautismal; nos vuelve a limpiar con su palabra de perdón en la reconciliación y nos alimenta con la eucaristía. Así nos redime, nos salva, nos vivifica y restaura en nosotros la imagen y semejanza de Dios que deterioramos con el pecado. Somos nosotros los que estamos ciegos y sordos, los que no vemos los signos, los que nos paralizamos ante las adversidades y cerramos el corazón a Dios. 

   La gran oración del Israel del Antiguo Testamento era: “Escucha, Israel”. Y en el Nuevo Testamento Jesús repetirá con frecuencia: “el que tenga oídos para oír que oiga”. La curación del sordomudo, aparece como el gran gesto de Jesús que no solo lo sana, sino que lo integra a la sociedad. Lo hace miembro de la comunidad. “Jesús, como otorrino”, tiene mucho trabajo, porque todos estamos necesitamos de “escuchar y de hablar”. Y todos estamos necesitamos de comunicarnos y que los demás se comuniquen con nosotros. 

   Hay sordos, ciegos y mudos de nacimiento. También los hay a consecuencia de accidentes. Los hay porque no nos comunicamos con ellos, o porque no les dejamos hablar. Los hay porque se hacen los ciegos, los sordos y los mudos porque solo quieren ver, escuchar o hablar lo que les conviene. Hoy Jesús quiere curarnos de todos estos males. 

   Lo dice el refrán: “No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír”. Diríamos entonces: No hay peor ciego, sordo o mudo, que aquel que no quiere ver las maravillas de Dios, ni escuchar su palabra, ni seguir su proyecto de eternidad. Éste es, sin duda, el peor modo de ser ciego, sordo y mudo. Si la lengua calla es porque el corazón está vacío; porque no ha experimentado ni el amor, ni la bondad, ni el perdón de Dios; y sumado a esto, tanto materialismo que nos desbordan, por eso, hoy somos los nuevos sordos, ciegos y mudos. 

   Reconozcamos que nuestro corazón siempre tendrá heridas que sanar, y es urgente actualizar la salvación que el Señor trajo. Jesús enfrentó los males de su tiempo con su palabra y signos eficaces de salvación. Hay que abrir los ojos, los oídos y la boca, pero sobre todo el corazón. Él sigue hablándonos, pero quizá preferimos estar sordos. Espera nuestra respuesta, pero preferimos estar mudos. Nos muestra las maravillas de su amor, pero preferimos estar ciegos. 

   El hombre del Evangelio no era completamente mudo. El evangelista dice que apenas podía hablar. Es imposible hablar bien cuando no se escucha. Quien no escucha está mudo también en la fe. Abriéndonos a Dios, todos quedaremos curados. Si vivimos sordos a su llamada, ciegos a su amor, indiferentes, encerrados en nosotros mismos y levantando barreras, entonces no tendremos ninguna palabra que decir, ni ninguna buena noticia que anunciar. 

   Ante tantos males, nos encerramos en nosotros mismos, nos ahogamos en el silencio y en el sin sentido. Hoy el Señor nos repite «Ábrete», pero tenemos que empezar por reconocer primero nuestra enfermedad. Él quiere que vivamos una vida sana, que salgamos de nuestro aislamiento y descubramos lo que es vivir escuchándolo a él y a los demás. No tengamos miedo de abrirnos a él, a su palabra y a su acción salvífica. No pongamos trabas, y dejemos que su poder curativo actué en nosotros. Él viene a salvar a los afligidos, a los duros de corazón, a los que no escuchan porque no quieren oír, a los que no saben hablar o hablan con necedad porque no saben escuchar. Su fuerza sanadora siempre será una oferta para todos. 

   El sordomudo es el símbolo de la soledad del corazón humano. Porque, ¿hay mayor soledad que no escuchar a los que están a nuestro lado? ¿Hay mayor soledad humana que cerrarse a la palabra de Dios y no escuchar a Dios dentro de nosotros? ¿Hay mayor soledad que no escuchar a los que tenemos a nuestro lado? ¿Hay mayor soledad que la de no poder comunicarnos con los demás, porque somos mudos? ¿Hay mayor soledad que la de no poder comunicarnos con Dios, porque ni le escuchamos ni le hablamos? 

   Que el Señor abra todo nuestro ser, y que por nuestro testimonio fluya su presencia cotidiana, y pueda acercar a quienes aún no reconocen las maravillas del creador. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía