Saludo 26° Domingo del tiempo Ordinario, 26 de Septiembre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 23 sept 2021 15:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 sept 2021 8:31 ]
Chía, 26 de Septiembre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Trabajo en Común, por la Recompensa Eterna!"

   El Evangelio es radical, pero nunca excluyente. Hoy nos pide erradicar y romper con cualquier obstáculo que colocamos a muchas personas para entrar “en el Reino de Dios”. Nos pide tener un espíritu de apertura al amor de Dios porque todos cabemos en el corazón de Dios. 

   En él no hay lugar para la división, ya que el Espíritu Santo es el viento de libertad que sopla donde quiere, cuando quiere, como quiere y con quien quiere, haciendo de todos, uno solo en Cristo. Nos abre y nos impulsa a entrar en comunión con todos y a construir con todos, la única familia de Dios. 

   Los discípulos argumentan: “…Esos no son de los nuestros”. Jesús no vino a crear “quipos de fútbol” o “partidos políticos” sino una comunidad fraterna. Nos cuesta aceptar que también los demás pueden creen en Jesús, aunque no sean de nuestro “grupo” o de nuestro agrado. El pecado está en vivir divididos: “los nuestros” y “los otros”. Y es posible que muchos “no sean de los nuestros”, y sin embargo “sí son de Jesús”. Puede que muchos no pertenezcan explícitamente a la iglesia, y sin embargo estén viviendo mejor que nosotros el evangelio, aunque no lo digan. Y nos pide Jesús: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí”. 

   Aquel que divide ciertamente no vive del Evangelio. El que excluye a los demás no puede hacerlo con el Evangelio en la mano. El que juzga y condena a los demás, no puede justificar su vida con el evangelio. 

   Un discípulo de Jesús no prohíbe que Jesús llegue a todos, ni que los demás hagan lo que nosotros hacemos, y mucho menos, que actúen en su nombre porque a la luz del Evangelio la exclusión nunca viene de Dios, ni del Evangelio, que es la Buena noticia para todos. Al contrario, se requieren aliados en el anuncio del Evangelio sabiendo que él será nuestra recompensa.

 

   Todos podemos, - desde la condición de cada uno-, anunciar el evangelio. El problema es que, si miramos bien a nuestro corazón, todos llevamos dentro ese espíritu de intransigencia y exclusivismo que nos lleva a pensar que solo nosotros tenemos la verdad, que somos los buenos, y el resto son malos. Esto desemboca en la tremenda tentación de marginar a los que “no son de los nuestros”.

 

   Los cristianos no somos los poseedores exclusivos de la verdad y tampoco podemos impedir que quienes quieran la busquen. Todos estamos en una continua búsqueda, y necesitamos la ayuda de todos para llegar a la verdad plena. 

   Tenemos el reto de ser como la luz que ilumine a los que nos rodeen; como la ciudad construida en lo alto de un monte, o como el faro que indica el camino que Cristo ha señalado.

 

   Si el Padre celestial nos ama a todos por igual, y en su corazón cabemos todos, no podemos clasificar, encasillar, excluir a los demás, o poner fronteras entre “buenos y malos”. En la viña del Señor todos tenemos que trabajar, porque el anuncio de Reino es una tarea común, para que todos lleguen al conocimiento de la verdad, sean de donde sean y vengan de donde vengan. Ese anuncio no tiene fronteras, porque Dios tampoco las tiene, y Él actúa en y desde el corazón de todos, sean creyentes o no. Él no se manifiesta donde nosotros le digamos, sino allí donde es más oportuno para el bien de todos. Habrá que jugársela por lo que nos une, y evitar cuanto nos separe. Así lo dicta el mandato del Señor: ¡Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio!

 

   Y en esta tarea común, hay que estar atentos para utilizar bien, en el anuncio del evangelio, las facultades que Dios nos dio. La mano, el pie y el ojo mal usados, nos pueden llevar al pecado. 

   La mano, símbolo de nuestra tarea creativa y caritativa, también la usamos para robar, para esconder y para tomar en vez de dar. El pie signo del discípulo que lleva la buena nueva a los hermanos, también puede usarse para transitar por la senda de los malvados. El ojo es figura del que ora y espejo del alma, también puede usarse para mirar con ira, o como puerta del mal. Dios nos dio ojos para ver, y párpados para no ver.

 

   En alguna parroquia colocaron un día un Cristo sin brazos con esta inscripción: «No tengo más brazos que los tuyos». Jesús quiere hacer mucho bien en el mundo y necesita de nosotros. La recompensa ya está asegurada: “Os aseguro que quien os dé a beber un vaso de agua porque sois mis discípulos, tendrá su recompensa.” Extendamos, pues, de manera generosa y sin exclusiones, el único amor, aquel que viene del Señor Jesús. Si alguien hace el bien o anuncia la verdad, estará siempre a favor del único trabajo que nos une: el anuncio de la Buena Nueva.

 

   No puede haber una santidad que “excluye”, o una “santidad de los intransigentes”. Como tampoco podremos hablar de amor, si solo amamos a los nuestros. Seamos de los que reconocemos que el Espíritu puede actuar también en los otros.

    Sepamos “reconocer lo bueno que hay en los otros”. Aceptemos a los demás como son, aunque para nosotros sean antipáticos. No olvidemos que “esos antipáticos” Dios también los ama y hasta ellos le caen bien.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la Capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo la buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía