Saludo 27° Domingo del Tiempo Ordinario, 7 Octubre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 5 oct 2018 11:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 5 oct 2018 12:25 ]
Chía, 7 de Octubre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Señor, Guárdanos en tu Amor



   “…No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien como él”
. En el relato de la creación, Dios, que quiere la felicidad completa para el hombre, dirige su mirada a la mujer, establece un vínculo con ella y la presenta al hombre; a partir de ahí, en la mirada de la mujer siempre habrá algo de la mirada divina a través de la gratuidad de su propio ser que acaricia, protege, abriga, se preocupa y se consagra, convirtiéndola en casa, en hogar y en compañera. 


   La aclamación de Adán lo dice todo: “esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Con la creación de la mujer como un supremo acto de amor, Dios culmina y corona su obra creadora y completa la existencia del hombre.

 

   Es en esta lógica que el amor conyugal se instala en el amor divino. Entra en diálogo con Dios amor, que por su bondad le permite al hombre y a la mujer prolongar el amor que viene de Él. La ruptura de este diálogo con Dios es el primer divorcio con Él, el fin del diálogo, el funeral del amor y el regreso a la soledad. 


   Cuando se deja de dialogar con Dios, con el cónyuge y consigo mismo, se cae en el divorcio, la depresión y el abismo total. 

   Y es en este marco de la creación divina, donde Dios une a la pareja en matrimonio, y colocará los recursos para mantener esa unión porque es una gracia que debe crecer como una semilla. 


   Puesto que el matrimonio se inscribe en el plan de Dios, a él no se puede ir de cualquier manera, ni por hacer ensayo, sino con un amor bien examinado y cualificado.

 

   Ante la pregunta: “sí o no al divorcio”, Jesús se opone a el apelando al sentido natural y al plan original diseñado por Dios. Más que una elección de atracción carnal, el matrimonio es la llamada de Dios a transmitir la vida y a vivir en un estado nuevo el amor de los amados. El amor que dura sólo un instante, una noche o unos meses, se revienta y será cualquier cosa, pero nunca fidelidad ni mucho menos "imagen de Dios".


   En el matrimonio cada uno es don de Dios para su pareja y para los hijos. Jesús sabe muy bien que los esposos experimentan debilidades y dificultades, de ahí su invitación a dejarse unir por Él.
 
“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.” 

    Estas palabras no son una ley fría, sino una realidad divina. ¡Hay que dejar espacio para que Dios actúe en el matrimonio; ahí está la gracia de ser “sacramento”, y solo desde una permanente relación con Él, ¡se comprenderá mejor!
 

   ¡Cuando un hombre y una mujer se dicen públicamente “Si quiero!”, no lo dicen por unos sentimientos efímeros y cambiantes, sino por una entrega generosa del uno al otro en el marco de la fe, es decir de la fidelidad, sea en la salud o en la enfermedad, en la abundancia o la carencia hasta el final. El matrimonio no es la celebración de una fiesta de rango social, o el viaje de luna de miel. 


   Él celebra el amor, el encuentro con el otro, el afecto profundo, la confianza, la aceptación y el conocimiento real. 

   Es la puesta del amor en las manos de Dios para iniciar con Él, una historia familiar de salvación, que solamente de la mano de Dios podrá sostenerse hasta la eternidad. El Señor conoce las dificultades por las que pasan los matrimonios. Su propuesta es recomenzar desde el proyecto de Dios y reconstruirlo con su ayuda, siguiendo el diseño original del creador descubriendo la grandeza del amor en pareja.

 

   San Agustín decía que “las mejores amistades son aquellas que Dios une”. Y es que “lo que Dios ha unido no puede ser separado por nadie”. De la mano de Él siempre habrá recursos para mantener unido lo que Él unió. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada.

 

    El matrimonio y la familia tienen carta de ciudadanía divina porque Dios mismo se las dio para que en su seno creciera cada vez más la verdad, el amor y la belleza.  En las familias hay cruz, pero también después de la cruz, hay resurrección, porque el Hijo de Dios ya nos abrió el camino donde todo es posible cuando se está con Él.

    Pidamos que el Señor bendiga los matrimonios y las familias, y que el Espíritu Santo ayude a los esposos para que dejen que Dios intervenga en sus hogares, y en medio de las fragilidades puedan ser uno en el Señor y vivir la gracia de amar a Dios, de amarse y ser amados por Él. Que la Sagrada Familia interceda por nosotros y nos ayude a defender siempre el verdadero sentido de la familia. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía