Saludo 28° Domingo del Tiempo Ordinario, 14 Octubre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 13 oct 2018 18:25 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 13 oct 2018 19:16 ]
Chía, 14 de Octubre de 2018
 

  Saludo y bendición, queridos discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

El Alma Reclama la Felicidad y la Eternidad


   En la primera lectura de hoy el Rey Salomón ha hecho la más maravillosa opción por la sabiduría. Ella no consiste en amontonar riquezas, sino en un modo de vida que le ha traído la inmensa felicidad de tener un corazón que escuche a Dios.

   Y en el Evangelio, Jesús da el primer paso hacia el encuentro con el joven que le formula la pregunta por la vida eterna, es decir, por la verdadera felicidad: “Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?”

   Jesús lo acoge con amor, lo mira con cariño y se comunica como con un amigo, y le propone un estilo de vida gratuito, por amor, sin la dependencia de las cosas, y coloca en sus manos el tesoro de una vida nueva marcada por el amor, solo si descubre a Jesús como el verdadero tesoro y la riqueza del corazón. Y porque sólo en Dios está la felicidad plena, Jesús le propondrá un cambio: abandonar los tesoritos pequeños que atrapan su corazón, y llenar su vida con el verdadero tesoro que es Él.

   Como el joven del Evangelio, muchos dejamos de lado a Dios, sabiendo que, en el fondo, nuestra alma clama por la vida eterna y la felicidad. Todos queremos ser felices, y esa felicidad no consiste en estar enlazado por lo material, sino en dejarse rodear por los brazos de Dios.

   Ante la exigencia que le presenta el Señor para ganar la vida eterna: "una cosa te falta; anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme…”, cambia el panorama del joven, que “frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico".

  Y Jesús, que conocía su corazón, “se quedó mirándolo con cariño” y pensó en algo más grande para él: Tú estás hecho no solo para salvarte y heredar la vida eterna, sino para ayudar a que otros se salven, tú estás hecho para “seguirme”, y descubrir que yo soy tu plena riqueza.

   “Heredar” la vida eterna es algo que a todos nos compete y que todos deseamos, pero no podemos caer en el egoísmo de “salvarme yo solo”; hay que “salvarse en racimo” porque cuando lleguemos al cielo la pregunta será: “¿Y dónde están los demás?” Uno se salva salvando a los demás, y una manera de hacerlo, es que, con los bienes que Dios nos presta socorramos al pobre y así tenderemos un tesoro en el cielo. El joven rico cumplía los mandamientos, pero le faltó cambiar sus riquezas por el tesoro del Evangelio.

   “Allí donde está tu tesoro ahí está tu corazón”. En las exigencias se evidencia cuál es el tesoro al que le hemos rendido el corazón. Si nuestro tesoro es Dios, estaremos viviendo la mejor opción y la garantía de nuestra felicidad eterna que tiene sus inicios aquí, en la tierra, pero si no lo es, le habremos puesto un límite a nuestra felicidad, el mismo límite que tienen las cosas materiales.  

     O la caridad acaba con los apegos a los bienes materiales, o la muerte acaba con los bienes materiales. El joven rico no reparó en el desprendimiento; la riqueza lo tenía atado entre las rejas de su propio tesoro. Quería vida eterna pero no quería renunciar a los bienes terrenos. La caridad es la medicina para superar todo egoísmo, y nos enseña que el necesitado, es la oportunidad y puerta de nuestra salvación.

   A la luz del texto, no es que el rico se condene por ser rico, o que el pobre se salve por ser pobre; lo que está en juego es la actitud del corazón. La salvación no viene de la pobreza ni de la riqueza, sino del amor a los demás y a Dios “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”. La riqueza cuando es bien empleada, se convierte en causa y fuente de felicidad. Con ella vivimos dignamente, salimos al encuentro de los necesitados o generar diversos proyectos de caridad. 

   Pero, la riqueza, también puede ser causa de desdicha. Cuando estamos más pendientes del tener que del ser, el acaparar se convierte en el alimento del corazón, alejándonos del Evangelio, e incluso nos hace ser duros con los demás. 

   Para que un camello cargado, entre por una puerta estrecha, primero hay que descargarlo. Para que nosotros entremos por la puerta del cielo, habrá que despojar nuestra alma de las cargas materiales.

   El Señor jamás excluye a alguien, somos nosotros los que podemos excluirnos si colocamos el corazón en las cosas del mundo, rechazando la sabiduría que de Dios procede, o ignorando que la meta no está en la tierra, sino más allá de las dichas pasajeras de este mundo. 

   Aceptemos que todos tenemos el corazón apegado a algo, por mínimo que sea. Entonces, la pregunta del joven rico es también nuestra pregunta:

   ¿Qué debo hacer para ser feliz? Y la respuesta del Señor será: aleja tu corazón de lo que te haga infeliz; suelta tu corazón de lo terreno y aférrate a lo eterno. ¿De qué apegos nos debemos soltar para que nuestro corazón sea totalmente para Dios? 

   Hay un refrán que dice: ¿Para qué quiero tener 10 si sólo se contar hasta 6...? Fácilmente pensamos que ser sabios consiste en la habilidad para tener más y más. Quizá queremos tener piscina sin saber nadar, o tener televisión por satélite con 600 canales, si no tenemos tiempo para dialogar con los seres amados. 

 

 Ser sabios como Salomón, consiste en deleitarse de manera habitual con la presencia de Dios en el alma, aprendiendo a saborear lo que él va dándonos según la urgencia de cada día. 

   Por algo el Señor, quien es la sabiduría misma, en el Padre nuestro nos enseñó a pedir: “danos HOY el pan de CADA día “; no pedimos: “danos el pan para toda la semana.” 

A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía