Saludo 2° Domingo de Adviento, 5 de Diciembre 2021, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 4 dic 2021, 9:25 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 dic 2021, 11:22 ]
 
Chía, 5 de Diciembre de 2021
 
Saludo y bendición para todos ustedes.
 

Ya viene el Señor. Somos sus precursores. Preparemos su camino."

   Juan Bautista, con palabras del profeta Isaías, hace un llamado urgente a la conversión.: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Sencillamente, es una invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece, pero nos quiere libres de la esclavitud del pecado. 

   San Lucas nos hace la presentación de Juan el Bautista, preparando los caminos de Jesús. Y lo hace en un doble marco: Primero figuran los grandes, los poderosos, tanto civiles como religiosos. Luego, aparece un “desconocido”, es precisamente a “este desconocido” a “a quien es dirigida la palabra de Dios”. Es Juan Bautista, que vive en el desierto. 

   Y en su mensaje, Juan Bautista nos deja claro que los montes, sinónimos de soberbia, de orgullo y de prepotencia, habrá que derribarlos con la nobleza y la humildad. 

   Los valles, signo de complejos, de caídas, de depresiones y de falta de confianza, habrá que rellenarlos con la presencia del Señor. Lo torcido, sinónimo de toda forma de pecado, de desorden moral, así como lo escabroso de las sensualidades, los vicios, las caídas en tentación, la concupiscencia de las pasiones que llevan al mal, tendrán que enderezarse, entronizando al Señor en nuestros corazones, para que, cuando llegue en esta navidad, podamos «ver la salvación de Dios».  

   Para encarnarse, Dios no pidió prestado el vientre de ninguna princesa, sino el vientre virginal de una mujer sencilla del pueblo, María. Y ahora para preparar los caminos de Jesús, no se dirige a los grandes, como Anás o Caifás, o el emperador Tiberio, sino en Juan el Bautista que vive en el desierto. También los pobres y desconocidos son útiles para Dios y Dios se sirve de ellos para escribir su propia historia. A través de ellos, “todos podremos ver la gloria de Dios”. 

   El adviento nos pide volver a los valores esenciales del evangelio, enmarcados en la espera vigilante del Señor, en un proceso de conversión del corazón. Es decir, volver a Dios, quitar tantas resistencias frente a El, y sacar todo aquello que impide y estorba nuestra relación con [El. 

   Como Juan el Bautista, también podemos ser precursores de Jesús; todos podemos abrir trochas y caminos nuevos para que otros puedan seguir al Señor. Rompemos las vallas que impiden su llegada, cuando derribamos las montañas del orgullo, de la mediocridad, de la arrogancia, la soberbia y la altivez, pero sobre todo cuando llenamos con gozo, esperanza, compasión y misericordia, aquellos valles de tristeza, depresión o soledad en la vida. 

   Se acerca la Navidad; volvamos nuestra mirada al pesebre, a las entrañas del niño Dios. Ahí están los cimientos del verdadero amor y las motivaciones más originales que alimentan el alma, fortalecen la fe y la caridad. El Dios de amor vuelve a comenzar y se está gestando en el seno de María y desde un humilde pesebre, sigue escribiendo la historia desde lo más sencillo y desde los más sencillos. 

   Sigue haciéndose historia, en la historia de los que viven en desierto, en tristeza o soledad. Descubramos en el pesebre al Dios de bondad y las bondades de Dios para con nosotros; y regresemos a él con todas las fuerzas de nuestro corazón. 

   Adviento es el camino hacia Belén; es el tiempo de gracia que nos permite hacer toda una reingeniería espiritual para proyectar la esperanza hacia cosas más altas, sin descuidar las pequeñas y ordinarias. Elevamos los valles cuando construimos un mundo nuevo, bajo la luz del Evangelio. Allanamos los montes y colinas, si renunciamos al orgullo y el egoísmo. 


   Enderezamos los caminos torcidos cuando regresamos a la oración, a los sacramentos y a la gracia de Dios. Esta navidad necesita de la conversión del corazón. Necesita allanar muchos montículos en nuestro corazón, muchos barrancos en nuestra vida. Necesita enderezar muchos caminos que puedan llevarnos hasta Belén. 


   En cada Navidad Dios nos toma de su mano y, desde la humildad del pesebre, nos da un impulso a la eternidad. Que esta navidad, más que algo folclórico, la vivamos como si fuera la primera y última navidad. Si dejamos nacer al Señor en el pesebre de nuestros corazones, nuestra vida, nuestra familia y nuestra sociedad serán nuevas. Sólo si Cristo nace en nuestro corazón, la navidad tendrá sentido y comenzaremos a vivir el cielo en la tierra, porque “veremos la salvación de Dios” 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o, a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y María Santísima los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía