Saludo 30° Domingo del tiempo Ordinario, 24 de Octubre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 23 oct 2021 6:16 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 23 oct 2021 6:47 ]
Chía, 24 de Octubre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Señor, Abre los Ojos de mi Corazón, y así Creer Para Ver!"

   El de hoy es un Evangelio de esos que, por su sencillez llegan al alma, tocan nuestra sensibilidad y despiertan ternura y esperanza. “Un mendigo ciego, sentado al borde del camino”, con su sobrero en el suelo, a la espera de una limosna. 

   El ciego escucha la vida que pasa a su lado, pero no la ve; siente la moneda que cae en el sombrero, y no ve la mano del que la echa. 

   Solo se orienta por las voces y el ruido, y quizá un bastón para medir sus pasos. No había otra solución a su problema sino estarse ahí. “El ciego depende ciegamente de los demás”, hasta que se encontró con Jesús. 

   Este hombre ciego tiene rostro y tiene nombre: “El ciego Bartimeo, hijo de Timeo”. Quiere valerse por sí mismo ya que nadie lo ayuda, y “Al oír que era Jesús nazareno” se le despertó la esperanza y acudió a lo único que les queda, con frecuencia, a los pobres: “gritar” a Jesús, su única esperanza: “Hijo de David, ten compasión de mí”. 

   Gritar es hacer escuchar la voz de su pobreza, y la única manera de despertar a los que pasan indiferentes. Jesús no puede desoír los gritos del pobre y necesitado; no lo mandó callar, sino que “Jesús se detuvo y dijo”: “Llamadle”. Y lo lindo: Mientras los demás eran simples compañeros de camino, el ciego Bartimeo se convierte en seguidor de Jesús. “Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. 

   Dos refranes dicen: “Ver para creer” y “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. En la escena del ciego Bartimeo, pasa lo contrario: él “creyó para ver”. Los gritos del ciego se hacen oración. Su fe, era ya un salto hacia los brazos del Señor, y gracias a esa fe y a la confianza de saber que iba a ser atendido, nunca dejará al Señor, será su misionero. Creía y confiaba tanto en Jesús que no necesitó verlo para creer. 

   Con los ojos de la fe buscó ansiosamente al Señor que prefirió, antes que ver con sus propios ojos, dejarse ver por el Señor, autor de la luz. Luego dejó la capa, es decir, lo abandonó todo; ya no pediría limosna, porque Jesús es su riqueza. Ahora pedirá lo que para él es lo más urgente: “Maestro, que pueda ver”. Y la respuesta de Jesús es inmediata: “…Tu fe te ha salvado”. Viendo a Jesús, podrá verlo todo con ojos de Dios. 

   Junto con la vista, Bartimeo recibe una nueva vida. “Al instante recobró la vista y comenzó a seguir a Jesús por el camino”. Todo el que recibe algo de Dios, no puede quedarse indiferente ante él. Su mirada y su palabra, nos ponen en movimiento hacia él, y se abren las perspectivas de una vida nueva. Su alma y sus ojos recibieron la luz nueva para ver a los demás con los ojos del Señor. No se quedó en donde estaba, ni siguió pidiendo limosna porque el encuentro con Cristo le trazó un nuevo sendero. 

   Reconozcamos nuestros pecados y cegueras, para darle a nuestra vida un nuevo rumbo. Cada día, Jesús vuelve a pasar junto a nosotros; sus brazos nos esperan para que demos un salto hacia él. La valentía de Bartimeo nos enseña a salir de las meras palabras y a correr a los brazos del Señor. En el ciego Bartimeo, el Señor nos muestra que el verdadero discípulo es aquel que, con la luz de la fe, a pesar de sus limitaciones, sigue a Jesús «por el camino». 


   A todos nos da miedo la ceguera. Cuidamos nuestros ojos, con todo tipo de gafas; acudimos al optómetra y al oftalmólogo para que los ayude. Pero a pesar de nuestros cuidados, podemos arrastrar cegueras que nosotros mismos creamos, y entre ellas, la más delicada es la falta de fe, o ceguera espiritual que no nos permite ver a Dios. Y esa falta de fe nos lleva a decir: “Hasta no ver, no creer”, y el Señor nos responderá: más bien, “dichosos los que se parezcan al ciego Bartimeo, que creen sin haber visto”. 


   Aprendamos del ciego que lo más importante, quizá, no es ver, sino dejarnos ver por el Señor Jesús, y clamar desde el fondo del alma: “Señor ten compasión de nosotros que somos ciegos de corazón”. 

   Cuando cerramos los ojos de corazón, así tengamos los ojos perfectos, tal vez nos deslumbren las cosas del mundo, pero no servirán para vernos, ni ver a los demás con los ojos del Señor.

   “Los ojos son el espejo del alma”. “De lo que atrae nuestra mirada, de eso se llenará nuestro corazón”. ¿será que nuestra alma tendrá algo de la mirada de Dios? El ciego quedó lleno de Dios y se le cambió la vida…. Es el momento de dejar lo que nos estorba para poder seguir al Señor. La misión del cristiano es contar lo que ha visto, decir lo que ha oído, para que otros también “oigan y vean”.

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o del Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía