Saludo 30° Domingo del Tiempo Ordinario, 28 Octubre 2018, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 25 oct 2018 16:28 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 25 oct 2018 16:57 ]
Chía, 28 de Octubre de 2018
 

  Saludo y bendición a todos ustedes, discípulos misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

¡Señor, Abre los Ojos de Nuestro Corazón!


  El Evangelio de hoy nos presenta la escena del ciego Bartimeo, quien solo se orienta por las voces y el ruido, y quizá un bastón para medir sus pasos. No había otra solución a su problema sino estarse ahí. 

   “El ciego depende ciegamente de los demás” hasta que se encontró con Jesús y pudo gritarle: " ten compasión de mí", seguida de aquella bella súplica: “Señor, que vea”.

   Aquel ciego comprendió desde su oscuridad, que Jesús tenía mucho de Dios. Su fe lo empujó, desde las tinieblas de su ceguera, a una luminosa esperanza. Su fe no era sólo para ver a Jesús, sino para que el Señor lo viera. Este episodio nos enseña que la fe, además de llevarnos a ver a Dios, nos coloca, con nuestras limitaciones, frente su mirada misericordiosa. El ciego pide lo que para él es lo más urgente: “Maestro, que pueda ver”. Y la respuesta de Jesús es inmediata: “…Tu fe te ha salvado”. Al instante recobró la vista y lo siguió por el camino.

   En este hermoso encuentro con el Señor, el ciego recibe, junto con la vista una nueva vida. El evangelio dice que, “al instante comenzó a seguirlo por el camino”. Todo el que recibe algo de Dios, no puede quedarse indiferente ante Él. Su mirada y su palabra, nos ponen en movimiento hacia Él, y se abren las perspectivas de la vida nueva que ofrece el Señor. El ciego no se quedó en donde estaba, ni siguió pidiendo limosna. El encuentro con Cristo necesariamente ha de llevar al cambio de vida o conversión que consiste en seguir la nueva senda trazada por Él.

   Dos conocidos refranes dicen: “Ver para creer” y “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. En la escena del ciego, pasa lo contrario: él “creyó para ver”. Los gritos del ciego se hacen oración, gracias a la fe y a la confianza de saber que iba a ser atendido. Creía y confiaba tanto en Jesús que no necesitó verlo para creer en él. Con los ojos de la fe buscó tan ansiosamente al Señor que prefirió, antes que ver con sus propios ojos, dejarse ver por el Señor, autor de la luz. Entonces dejó la capa, es decir, lo abandonó todo. Ya no pediría limosna, pediría lo que de verdad necesitaba. Todo eso hizo posible la acción de Dios y así pudo seguirlo. Viendo a Jesús, podrá verlo todo con ojos de fe, con ojos de Dios. 

   El ciego Bartimeo nos enseña a ver la acción de Dios en él. No solamente clamó al Señor, sino que lo vio, lo miró, lo contempló y lo experimentó como la luz de sus ojos y de su alma. Luego siguió al Señor. Su alma recibió nuevos ojos para ver al Señor, y sus ojos recibieron la luz nueva para ver a los demás con los ojos del Señor. El pedir lo que de verdad necesitaba, hizo posible la acción de Dios. También nosotros tenemos cerrados los ojos y el corazón; olvidamos que Jesús siempre está pasando para que le clamemos con la oración y con las obras. Ya es el momento de dejar lo que nos estorba para poder seguirlo.

    Hoy, somos muchos los ciegos, porque no queremos ver a Jesús, ni  creer en él. Estar ciego, es no ver a Dios, no ver sus maravillas, no ver a los hermanos, no verse a uno mismo. Por nuestra ceguera espiritual, solo queremos ver con ojos de egoísmo, de odio, de avaricia, de lujuria o de envidia. Quizá muchos estamos peor que el ciego Bartimeo a la orilla, al borde del abismo, en la soledad del alma, del pecado o de la oscuridad espiritual, que nos hace ciegos y duros de corazón.

   Reconozcamos nuestros pecados y cegueras; hoy, Jesús vuelve a pasar junto a nosotros; quiere que demos un salto hacia él; nos cura y nos abre su corazón para sanar el nuestro. La valentía del ciego nos enseña a salir de las meras palabras, de la mirada de espectadores para correr a los brazos del redentor. En el ciego Bartimeo, el Señor nos muestra que el verdadero discípulo es aquel que, con la luz de la fe, a pesar de sus limitaciones, sigue a Jesús «por el camino». 

   Aprendamos de Bartimeo que lo importante no es ver, sino  ser vistos por Jesús, y como él gritar: “Señor ten compasión de nosotros que somos ciegos de corazón”. Cuando uno tiene cerrados los ojos de corazón, así tenga unos ojos perfectos, no servirán para ver a los demás con los ojos de Dios.

   ¿Qué tan convencidos estamos que Dios puede curarnos y liberarnos de aquello que parece imposible? ¿Qué tanto le clamamos y gritamos para obtener los dones de su amor?

   Pidamos al Señor ser conscientes de nuestras limitaciones y necesidades para aprender a acudir confiadamente a él, y que nuestra súplica sea: “Señor, que vea”, porque necesitamos ver con los ojos y con la mirada de Dios. Se dice que “los ojos son el espejo del alma”. Será que nuestra alma tendrá algo de la mirada de Dios? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía