Saludo 31° Domingo del tiempo Ordinario, 31 de Octubre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 28 oct 2021 12:27 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 30 oct 2021 6:02 ]
Chía, 31 de Octubre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

¡Amor a Dios y al Prójimo: las Dos Puertas de Acceso al Cielo!"

   A la pregunta del maestro de la ley, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?, La respuesta de Jesús es: “Escucha Israel, el Señor es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu ser”. 

   Lo que no se esperaba el escriba es que, de inmediato, Jesús añadiese el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Ahí está la síntesis de la Ley y de la vida. 

Amar a Dios lleva a amar y a descubrir su imagen y huella en los demás. El origen de todo está en que Dios nos ha amado primero, nos creó por amor, nos ha enviado por amor a su Hijo, y ha derramado en nuestro corazón su Espíritu de amor.

   Aunque todos conocemos el primer mandamiento, pensamos que nos bastaría amar a Dios, olvidando que amar a Dios se hace visible amando al prójimo. Esto requiere una obediencia que brota del corazón, y nos convence que cuando amamos a Dios y a los demás, cumplimos su voluntad. 

   “Amar al prójimo como a uno mismo”, hace que el amor a Dios crezca y adquiera sentido y plenitud. Amando a los demás, nos conecta de manera directa con el amor a Dios. Cuidando a los demás, Dios cuidará de nosotros. 

   Afirma San Agustín: El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del prójimo lo primero que se debe practicar. Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a Él. El amor al prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves? 


   Amar a Dios, a quien no vemos, es imposible si no amamos a los que vemos alrededor. Es el sentido vertical y horizontal del amor. No podemos afirmar que amamos a Dios - fuente del amor-, sin mirar para los lados. Amando a Dios y al hermano, aprendemos a reconocer nuestra imagen y semejanza con el creador presente en sus criaturas y en todo lo que él ama. 

   El segundo mandamiento coloca al prójimo como objetivo de nuestros cuidados. Quien ama a Dios se convierte como en ángel guardián de su hermano como expresión del amor que le tenemos a Dios; ese amor que nos hace reconocer a los demás como hijos amados de Dios y nos impone amarlos como Dios quiere, es decir, como a nosotros mismos. 

   “Amar a Dios sobre todas las cosas”, sí, pero también al prójimo, porque quien ama a Dios y ama al prójimo vive en plenitud. Amar solo a Dios e ignorar al prójimo, sería como montar en una bicicleta de una sola llanta. Tampoco basta amar solo al prójimo. Todos necesitamos de dos piernas y dos pies, de lo contrario tendremos que buscarnos unas muletas. 

   Jesús no multiplicó las leyes, sino que las redujo a dos, y de esas dos, en una: “amar”, y con todo el corazón a Dios y al prójimo. El amor a Dios no estará completo si se queda encerrado en nuestro corazón; cuando se vuelca hacia el prójimo, se perfecciona. Imaginémonos viajar en una bicicleta: necesitamos las dos llantas, y que siempre estén unidas:  Dios y el prójimo. Amar sí. Pero con los dos pies: a Dios y al prójimo. Ni Dios sin prójimo, ni prójimo sin Dios. 

   Ambos caminan de la mano, y ellos dos bastan, y son la esencia de la vida cristiana perfecta. El amor a Dios, lo primero, y el amor fraterno es como la segunda cara de una misma moneda y parte integrante del único tesoro divino. 

   Amar a Dios nos capacita a salir de nosotros mismos e ir al otro para enriquecerlo como persona. Más que hacer algo por Dios, es dejar que él, -fuente de amor divino-, fluya a través de nosotros, y se encuentre en el amor fraterno. Nuestra mejor apertura hacia el amor de Dios, será dejar entrar a los demás en nuestro corazón, porque nada satisface al corazón, como el amar a Dios y a los demás. “Como las abejas sólo pueden posarse sobre las flores que han florecido”, el corazón sólo puede hallar descanso posándose en el amor a Dios y al prójimo. 

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na pregunta final: ¿Y cómo me amo a mí mismo?: Así como Dios me ama; es decir: valorarme, estimarme, aceptarme, confiar, esperar, o hablar bien de mí mismo, como Dios lo hace conmigo. ¡Según como te ames a ti mismo, Dios sabrá cómo lo amas a él¡; ¡Según como ames a Dios, sabrás cómo te amas a ti mismo! y ¡Según como te ames a ti mismo, sabrás cómo amas a los demás! San Pablo afirma: “Si no tengo amor, todo lo que haga no me sirve nada”.
 

   El Papa Francisco lo dice así: “En medio de la selva de tanto legalismo, Jesús abre un sendero claro que permite ver dos rostros: el rostro del Padre y aquel del hermano. Pero son un solo rostro, el de Dios que se refleja en tantos rostros, porque en el rostro de cada hermano está presente la imagen misma de Dios. 

   Hay una hermosa expresión que dice: “Ama al prójimo, por amor de Dios”, y bien podría formularse así: “amar a Dios CON el amor que Dios nos ama”, pues sólo quien ama a Dios podrá ver con claridad sus rasgos y su reflejo, en el rostro de sus hermanos. ¿Somos capaces de reconocer en el hermano el rostro de Cristo? 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o, a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía