Saludo 34° Domingo del tiempo Ordinario, 21 de Noviembre 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 20 nov 2021 15:40 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 20 nov 2021 15:46 ]
Chía, 21 de Noviembre de 2021
 
Saludo y bendición, a todos ustedes, queridos fieles.
 

Cristo Vence, Cristo Reina, Cristo Impera"

   Hoy, con la figura de Jesucristo Rey del universo, le ponemos punto final al año litúrgico. Con esta solemnidad se cierra todo un ciclo en el que hemos ido desgranando día a día, los acontecimientos de la vida del Señor.

    Como rezan los dichos, ¡Los días se van volando!, o, ¡cómo pasa el tiempo!”, el año litúrgico pasó muy rápido, pero durante todo este tiempo Jesús ha sido el centro y la meta de nuestra esperanza.

    Por Él, con Él, en Él, y gracias a Él, la historia no camina hacia el vacío, sino a la culminación dichosa de nuestra peregrinación hacia los brazos del Padre. Cristo Rey del universo, principio y fin, alfa y omega, Señor del cielo y de la tierra, le abre, con indecible gozo, a todos sus hijos las puertas de su cielo esplendoroso. 
   Saludamos y reconocemos a Cristo como el Rey del universo, como supremo pastor, sumo sacerdote y supremo redentor. Nos ofrece su corazón abierto y el amor universal, recordándonos que su reino no es de este mundo, y que seguirá reinando, no con ejércitos armados, sino a través de quienes escuchemos su voz y vivamos en la lógica de su amor. 

   Cristo es Rey, pero no al estilo humano de poder y dominio. Su poder y su riqueza están en la fuerza de su amor. ¿Acaso puede haber algún rey sin corona? No. Jesús también tiene su corona, pero de espinas. ¿Puede haber algún rey sin trono? No. Jesús también tiene su trono, en la cruz. Jesús es Rey, pero no como nosotros entendemos a los reyes, sino de un modo diferente. Él no se impone con la espada, sino con el testimonio de la verdad, de la vida, de la paz y la justicia. 

Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino que sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas (Papa Francisco) 

   Por más largos que sean los reinados de este mundo, todos terminan algún día y son sustituidos por otros. Son limitados y por más que ocupen grandes territorios y ejerzan influencia en la tierra, siempre los detienen las fronteras, y su poder es limitado en el tiempo y en el espacio. 

  Por el contrario, el reinado de Cristo se esclarece yendo a su punto más original, el escándalo de la cruz. La muerte de Cristo en cruz nos descubre que el reino de Dios va en lógica distinta a la de este mundo. En lo alto de la cruz: “Christus vincit, Christus régnat, Christus imperat” [Cristo vence, Cristo reina y Cristo impera]; no bajo las categorías de fuerza, caducidad o temporalidad, sino con el imperio de su eterno amor. 

   Este nuevo reino comienza con la presencia de Jesús en medio de nosotros y está vigente cada vez que el corazón humano se abre a su gracia que sana, y entra de lleno en la intimidad. Es un reino espiritual, y aunque no es de este mundo, está presente en el mundo, pero el poder de Dios es opuesto al poder del mundo. Mientras el mundo usa el poder para bien propio, el poder de Dios está en el servicio. 

   Para el mundo el poder no se comparte, para Dios, el poder siempre es una entrega, no solo de lo que se tiene sino de lo que se es. En este mundo, los reyes fundan sus reinos como imperios bélicos y con la fuerza como fundamento. El reino de Dios se funda en el amor incondicional, y en Cristo se impone, pero por la fuerza de aquel amor que lleva hasta la muerte de Cruz. 

   Todos somos ciudadanos de este mundo, y por nuestro bautismo somos ciudadanos del cielo y responsables de su reino, porque la buena noticia que él trajo, es nuestra hoja de ruta a la eternidad. Él nos va moldeando como sus discípulos – misioneros y obreros de su viña. Y pertenecer a este reino implica que, en todas las circunstancias de la vida, somos obra suya, garantía de su presencia, responsables de su grey. Implica aceptar que somos perseguidos por todos aquellos poderes que no soportan la presencia salvífica del Señor. 

   Solo entrando de lleno en la lógica de Jesús y con los criterios del evangelio, es que adquieren los valores y la vigencia de su reino, en el corazón de cada persona. Mientras el mundo hace un culto a la mentira, el que es de Cristo busca la verdad que nace de Dios: “Los que son de la verdad escuchan su voz”. El mundo de las tinieblas se opondrá a aquél que es la luz. El mundo, que ofrece muerte, se opondrá al Reino de la vida que ofrece el Señor. 

   Vamos a comenzar un nuevo año litúrgico, y es la oportunidad de preguntarnos: ¿quién reina en nuestro corazón? ¿Será que de verdad hacemos parte del Reino de Jesús, o, por el contrario, tal vez no queremos reconocerlo como nuestro Rey, quizá, prefiriendo la vaciedad y caducidad de tantos reinos que el mundo nos ofrece? 

   Ojalá nuestras vidas sean nuevas en la medida en que el amor del Señor reine en nosotros. 

   Entronicemos a Cristo Rey en nuestro corazón para que podamos celebrar la próxima navidad, como la más bella en nuestro corazón y en nuestros hogares. Y pidamos que Cristo reine en toda la humanidad. Que por todos los confines de la tierra se proclame a una sola voz: ¡Viva Cristo Rey! 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org o, a través del Facebook de la capilla, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren. 

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía