Saludo 3° Domingo de Pascua, Domingo de La Misericordia, 5 de Mayo 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 4 may 2019 7:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 may 2019 8:29 ]
Chía, 5 de Mayo de 2019
 

   Saludo y bendición, a todos los fieles de esta amada comunidad de Santa Ana.

“Señor, Tú lo Sabes Todo. Tú Sabes que Te Quiero”

   En este tercer Domingo de Pascua Jesús sigue apareciéndose a sus discípulos mientras están en sus labores de pesca durante toda la noche. Sin haber logrado nada, luego del encuentro con el Señor resucitado, lo tendrán todo, y en abundancia.

   San Juan nos cuenta este relato lleno de emoción en donde Jesús se les vuelve a aparecer, a pesar de su incredulidad y del asombro con todo lo sucedido. A pesar de haberlo visto vivo, deciden volver a lo de antes. Como si todo lo que Jesús les enseño, no sirviera de nada. A pesar de todo, Jesús sigue haciendo normal su relación con sus amigos y más ahora que ha resucitado. 

   Él no solamente vivió con ellos, sino que quiere estar con ellos. Esa presencia activa de Jesús les ayuda a confiar, a creer, a echar las redes en el sitio que él les indica. Les anima a no darse por vencidos a pesar de no haber tenido una fe suficientemente fuerte para terminar de creer y de amar como él les había enseñado.

   En la vida, no siempre las cosas nos salen como las queremos. Con frecuencia todo parece vacío y sin futuro. Toda una noche de trabajo y, total para nada. Para tener que recoger las redes y marcharse a casa vacíos. Son esos momentos de frustración en que todo parece: que el trabajo es inútil, que la vida es inútil y que no vale la pena luchar.

   Afortunadamente toda noche tiene su amanecer, y cada amanecer es una nueva esperanza que nos puede dar la gran sorpresa de la vida. Mientras ellos recogen las redes cansados y desilusionados, dispuestos a irse a casa, en la orilla hay alguien que los llama, que los espera, encendidas las brasas, dándolos esperanza: “Echad las redes a la derecha y encontraréis”. Dios nos deja luchar, como si estuviésemos solos, y sin embargo nunca estamos solos, ni siquiera en esos momentos de frustración. Él siempre está en la otra orilla esperándonos con una palabra de esperanza. 

   Aunque existan razones para el pesimismo por tantas preocupaciones, con la presencia del Señor, se puede seguir adelante. La barca de nuestra vida, aunque aparentemente esté vacía, se sostiene porque él va al timón. Esta es nuestra convicción, pero, ¿hasta dónde va nuestro amor por Él? Surgen, entonces, en la óptica de la resurrección, las tres preguntas: “¿me amas?” 

   La cruz había dejado muy impactados a los discípulos y se habían escondido por miedo a las persecuciones de los romanos. Estaban encerrados y les aterrorizaba esa clase de muerte. De ahí que la pregunta de Jesús a Pedro no es por un amor cualquiera, sino por un amor capaz de dar testimonio, incluso con la vida. 

   El Señor, olvidando el dolor de la traición de Pedro, sólo le pregunta sobre su amor y Pedro responde tres veces: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”, como aquellas tres veces de la traición. Jesús, por su amor y por el don de sí mismo, quiere rehacerlo todo en nosotros. El amor puede más que el pecado y será en ese amor dado, trillado y molido que seremos juzgados. Lejos de abandonar el timón, cuando el horizonte esté oscuro, acudamos al Señor y aferrémonos a su mano siempre tendida que nos brinda en los momentos más amargos de tristeza y de dolor. 

   ¿Lo amamos sobre todo? ¿Se nota nuestro amor por Él, en el combate del día a día? Quizá nos falta una confianza absoluta en él, olvidando que no podemos hacerlo todo solo con nuestras fuerzas. El Señor, al fin y al cabo, es quien nos otorga la capacidad para hacer frente a las adversidades. Como los apóstoles, nosotros en algunos momentos estamos a punto de renunciar a todo. La pesca había sido infructuosa, decepcionante. Se sentían abandonados y desconcertados. 

   Sólo, cuando apareció el Señor, el panorama cambió y todo se llenó del Señor, como la barca se llenó de pescado. Con la resurrección todo cambia: la frialdad y la indiferencia, en ardor y fervor; el temor de los discípulos se cambia en una valentía que les llevó a dar la vida antes que dejar de predicar a Jesús resucitado. Si reconocemos en todas las circunstancias de nuestra vida, que Jesús "es el Señor", él estará ayudarnos. El milagro siempre será obra de Jesús, pero implicándonos colaborando con Él. 
   

   Como aquella tarde en el cenáculo y aquel día a la orilla del mar, cada domingo alimenta nuestra alma con la comida eucarística que compartimos, y cada día también nos da el alimento que nutre nuestro cuerpo. 

   Que en esta semana trabajemos para que prevalezca el amor de Dios en nosotros, y en cada circunstancia podamos comprender que Jesús es nuestro Señor, el alimento de eternidad y quien llena nuestra vida de pleno sentido. 


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que el Señor resucitado tenga misericordia de todos nosotros, y que su Madre Santísima nos proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía