Saludo 4° Domingo de Cuaresma, 27 de Marzo 2022, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 4 abr 2022, 6:29 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 4 abr 2022, 6:44 ]
Chía, 27 de Marzo de 2022

Saludo y bendición para todos en esta cuaresma, tiempo de gracia y conversión.

Padre Misericordioso, Acógenos con tu Amor y tu Perdón"

   

   En este Cuarto Domingo de Cuaresma, la parábola del hijo pródigo, -que es un llamado para volver a los brazos de Dios-, nos presenta a tres protagonistas: El hijo menor que piensa en sí mismo, que busca la libertad y reclama sus derechos, y que no le importa el dolor del padre que lo ve alejarse de casa, y no le importa abandonarlo. Un hijo mayor que no logra entender ni el extravío de su propio hermano, ni el amor misericordioso del padre. Un hijo que está en casa, habita en casa, pero sin el calor hacia su padre porque para él, tal vez lo más importante, es su relación con los amigos, para los que pide una comida. Obediente, sí, pero sin capacidad de amar ya que prefiere el campo y los amigos a la compañía del padre. 

   El centro de la parábola es el Padre amoroso, tierno y paciente que espera el regreso de su hijo amado, y revela el rostro del Dios amor y Padre de todos. Padre de los que se sienten incómodos en casa y se van; de los que viven en casa, pero no sienten el calor del hogar. Un padre empeñado en salvar la familia, en demostrar que, por encima de la indiferencia y errores de los hijos, sigue amando a sus hijos llevándolos en su corazón. 

   Desde la óptica del amor divino, no es la “parábola del pecado, sino de la gracia”. No es tanto la “parábola de los hombres, sino del corazón de Dios”. Y también es la parábola del Padre que sale al encuentro tanto del hijo que se fue de casa, como del hijo mayor que, estando en casa, no sentía el amor del Padre y se quedó fuera. Es el Padre que siente que su alegría no es plena, mientras no estén en casa los dos hermanos. ¿De qué vale que regrese el uno, si el otro se sale y no quiere entrar? Mientras los dos hermanos no se abracen, no habrá fiesta. El corazón de Dios es un corazón que sale al encuentro de todos. El corazón de Dios necesita ver que la mesa esté completa y que no haya sillas vacías. 

   Esta parábola refleja la realidad de muchas familias hoy, y tendríamos que leerla desde la propia vida situándonos cada uno en el lugar que nos corresponda: el Padre, el hijo menor, el hijo mayor. Padres que vierten lágrimas, cansados y desvelados de tanto esperar a sus hijos. O abuelos con los ojos llorosos, que por las ventanas de su casa o, abandonados en un ancianato, esperan la visita de los hijos o los nietos que no volvieron, porque tienen algo más importante que hacer, o porque están peleando por la herencia que les quedará. Y así, mientras muchos padres no se cansan de esperar a sus hijos, muchos hijos lo único que esperan es la herencia, olvidando el “legado del amor” que ellos les enseñaron. 

   Hijos que lo primero que descubren no es el amor de los padres sino su libertad; y como son libres, la casa está bien, pero como hotel, no como un lugar de amor, porque su vida está en la calle. Hermanos que viven entre ellos como extraños; que piensan en sus vacaciones, pero no en las de los padres o sin la compañía de ellos. Hijos que prefieren refugiarse en la internet antes que compartir un rato de conversación con sus padres. Y así, tantas familias en las que no existe el sentido de la fiesta sino el aire de tristeza. Padres que quieren hacer fiesta con sus hijos, pero no pueden porque ellos están celebrando fuera con los amigos. Padres que, aún con sus corazones rotos y brazos vacíos, no pierden la esperanza que sus hijos reflexionen, que salgan del infierno de los vicios, y regresen a sus brazos. 

   También es el drama de Dios con nosotros. El hijo pródigo somos todos, somos ese hijo que renegó de su familia, optando por vivir solo. Ya es hora de decir: me levantaré y volveré a los brazos de mi Padre Dios, al seno y al calor de mi familia y de mi hogar. Al padre de la parábola, lo único que le interesa es que su amado hijo ha vuelto a casa. Dios no nos exige un corazón puro para abrazarnos; él nos recibe cuando volvemos porque, al igual que el hijo pródigo, jamás podremos ser felices en el infierno del pecado o del desorden moral. 

   Todos tenemos algo de los tres personajes. En muchas ocasiones somos hijos arrepentidos, cargados de nuestras miserias y pecados que queremos volver al Padre en busca de su perdón. Hijos que, aunque “felices” con los “deleites”, estamos esclavos y amarrados del pecado. Entonces, la conciencia nos obliga a querer salir de esa pesadilla para retornar a Dios. También podemos ser padres misericordiosos, imitando su amor, su compasión y el perdón de Dios. Pero por desgracia, a quien más nos parecemos, es al hermano mayor que no perdona el extravío de su propio hermano, ni entiende el amor misericordioso de su padre, sino que lo juzga con un corazón de piedra. 

   Como el hijo pródigo, “pongámonos en camino y volvamos a los brazos de nuestro Padre”. El Padre misericordioso espera de nosotros la conversión y la vida nueva. Seguros que él hace fiesta por nuestro regreso, nos reviste con su traje nuevo, con el anillo y las sandalias de la dignidad porque celebramos el triunfo del amor. 

   Cada domingo y en esta cuaresma, Dios nos susurra al oído: Soy tu padre, te he hecho con mis manos y yo amo lo que hago. Te he hecho a mi imagen. Tú eres mi hijo. No huyas. Vuelve a mi casa una y mil veces, y a pesar de tus caídas, te espero con los brazos abiertos. Si manchaste con el pecado, el vestido de tu bautismo, con el abrazo del Padre misericordioso, vuelve a quedar blanco y resplandeciente. 

“Gracias Padre misericordioso, por tantos padres de familia que, como tú, no pierden la esperanza de abrazar a sus hijos”. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org y el Facebook de la capilla Santa Ana, les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.. 

Feliz semana para todos; que Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía