Saludo 7° Domingo de Pascua, 16 de Mayo 2021, Ciclo B

publicado a la‎(s)‎ 16 may 2021 5:37 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 16 may 2021 5:52 ]
Chía, 16 de Mayo de 2021

  Saludo y bendición, queridos discípulos-misioneros de esta comunidad de Santa Ana.

Testigos de Eternidad


   Celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor; el paso de este mundo al Padre. En cuanto Dios, nunca dejó la intimidad trinitaria; en cuanto hombre, ingresa con su cuerpo glorificado a la vida divina. La ascensión es “punto de llegada” al terminar el camino terreno de Jesús, y también es “punto de partida”, al comenzar la tarea misionera que Dios encomienda a cada uno. Es el anticipo de nuestra futura entrada en la gloria para la que fuimos creados. Hoy Jesús se despide, pero no es un alejamiento definitivo, porque regresará a perfeccionar al ser humano y a toda la creación. 

   San Agustín nos explica: “En la Ascensión del Señor, él se fue, pero sigue estando. Nosotros estamos, pero de alguna manera estamos también en Él. Nuestra vida está en la tierra pero nuestro corazón está en el cielo y desde que el Señor subió al cielo hay una sana tensión por procurar ver las cosas de la tierra desde la perspectiva de Dios, desde el cielo. Teniendo nuestro corazón en el cielo, buscando las cosas de arriba, las cosas de la tierra se relativizan y adquieren su verdadera dimensión. Jesús, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Cristo, que es la cabeza del Cuerpo de la Iglesia, ya está glorificada, de alguna manera también lo estamos nosotros con Él”. 

   ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? La ascensión no nos deja plantados mirando al cielo, sino que nos despierta la fe, nos hace proclamar con nuestra vida el evangelio, nos hace sentirnos coparticipes de su misión y su destino. 

   No tenemos que mirar el cielo, hay que mirar nuestro corazón, allí donde se anida el deseo más sagrado de estar con Dios.

   Ir al cielo no es llegar a un lugar, sino entrar para siempre en el misterio del amor de Dios, de modo que, aun que no veamos al Señor, podamos sentirlo a nuestro lado. Habrá que ir, entonces, tras las huellas del Señor, con la certeza que «Él  estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Sin dejar de mirar al cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Mucho que cambiar en cada uno de nosotros! Hay que transformar nuestros corazones y este mundo, con la fuerza de su amor, porque Cristo ya nos ha incluido de alguna manera en su destino final. 

   En la Ascensión quedamos consagrados como “testigos de la eternidad”, y nuestra misión será fecundar la tierra con los valores del cielo y tener la mirada puesta en las cosas de arriba, es decir, jugarnos la vida en la dinámica de Dios. La ascensión expresa la cercanía Dios, en la que el Señor nos hace capaces de ser, como Él, buena noticia para el mundo. “Id al mundo entero y haced discípulos”

   Entonces, es la hora del compromiso, porque si Cristo se ha marchado, nosotros tenemos que ser, en este mundo, su presencia tanto de palabra como de obra. Todos, como viva imagen suya, somos enviados en nombre del mismo Dios y vamos con el poder de la fe, que es invencible, con el poder de la paz que es contagioso, con el poder del amor que es lo más fuerte que hay en el mundo, es decir, vamos con el poder de Dios. 

   El Señor se va, pero se queda. Es una manera de decirnos que es “nuestro tiempo”, el tiempo de actuar, de comprometernos, de vivir lo que significa la alegría de la Resurrección y anunciarlo incansablemente. El Señor se va, pero permanece en nuestro corazón para transformar nuestra mente y activar nuestras manos en la entrega diaria hasta el final. 

   El Señor se va, pero lo tenemos tan cerca que en cualquier latido del corazón lo podemos sentir, especialmente en los pequeños, los que no cuentan, los pobres. Desde que Jesús asumió nuestra naturaleza ya no puede desentenderse del hombre, de ahí su promesa: “Yo estoy con vosotros”. Todo lo ha llenado de su presencia y todo puede ser signo de su presencia, si se sabe ver y si se sabe vivir. 

   “Estar con nosotros para siempre” es una de las promesas más consoladoras que Jesús nos ha dejado. Él se queda con nosotros, aunque de otra manera. Esos son los milagros del amor: no distancias ni vacíos. Jesús encontrará siempre una manera de hacerse presente, comenzando por nuestro pobre corazón. Él consoló a sus discípulos, acarició sus corazones y alivió sus penas. 

   Su despedida es aparente; su ausencia es corta, como una nube pasajera que luego dará paso al sol. La madre, cuando se despide de sus hijos, promete con toda verdad que no se va del todo, que se queda; que ellos se van con ella y que ella se queda con ellos, todo en el corazón. Así, Jesús marcha al Padre, pero lleva escrito en su corazón el nombre de todos los suyos; marcha al Padre, pero se queda en el corazón de todos los suyos.

   Lejos de ser una fiesta que enfatice la partida del Señor o su lejanía, la ascensión nos asegura la proximidad de Dios, y nos señala el momento en el que el Señor viene a recordarnos que ya para siempre estará a nuestro lado en toda ocasión. Su presencia ahora trasciende todo espacio y todo tiempo, y Él está sanando, liberando del mal, fortaleciendo y tendiendo puentes en todo aquel que de corazón crea en Él y se vincule a Él. Esta es la fiesta en la que el Señor nos da lo suyo, y nos hace capaces de ser, como Él, buena noticia para el mundo. 

   Si en la Navidad celebramos al Dios que entra en los caminos de los hombres, en la ascensión celebramos que los hombres entren en el camino de Dios. La ascensión es la fiesta de Jesús camino del cielo, y de los creyentes camino de los hombres que buscan a Dios. Es la fiesta de Dios que termina su misión como hombre. Es la fiesta del Dios que “regresa a su glorificación”  la fiesta de los hombres que se hacen semilla de Dios entre los hombres “anunciando el amor, mensajeros de la vida, de la paz y del perdón”. 

El cielo ha comenzado, vosotros sois mi cosecha. 
 El Padre ya os ha sentado conmigo a su derecha. 
 Partid frente a la aurora, salvad a todo el que crea. 
 Vosotros marcáis mi hora, comienza vuestra tarea.


   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: 

www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos-misioneros, la Buena nueva del Señor, donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Santísima Virgen los proteja. Amén.


Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía