Saludo 7° Domingo de Pascua, Solemnidad de la Ascensión, 2 de Junio 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 28 may 2019 15:34 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 28 may 2019 16:13 ]
Chía, 2 de Junio de 2019
 

Saludo y bendiciones a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

…Y Levantando las Manos, los Bendijo

   “Tres jueves hay en el año, que brillan más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el Jueves de la Ascensión”

   La Ascensión es como a la inversa de la Navidad. La Navidad celebra a Dios haciéndose hombre, y la Ascensión celebra al Dios encarnado volviendo a su condición divina. En la Navidad es Dios que “se rebaja”. En la Ascensión es Dios que “triunfa”. 

   El relato describe que los discípulos “se volvieron a Jerusalén con gran alegría”. Su historia junto a Jesús, adquiere vida y el futuro se les convierte en esperanza. Es el turno de los discípulos y de la iglesia. Ascensión significa relevo, llamada a la acción. Ahora sus amados y elegidos entran en escena como testigos de la pascua. 

   Es el final del camino de Jesús, el final de su encarnación, el regreso a su condición divina, pero es a la vez, la encarnación que se hace camino y presencia en esa Iglesia que comenzó en la pobreza de Belén y que el mismo Señor la sostendrá en la pobreza de hombres débiles llenos de Dios. Aquella alegría que inundó a los pastores de Belén, es la alegría de los humildes discípulos dispuestos a llevar a cabo la obra de Dios.

   El centro de la vida y misión de los discípulos es el anuncio del misterio pascual: “Y vosotros sois testigos de esto”. Los discípulos tendrán que centrar su existencia en Jesucristo. Si en la Ascensión él desaparece de su vista, es para hacerse presente en el corazón de quienes permanecen en su amor: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”

   La despedida fue difícil para Jesús. Les dice: “Me voy, pero volveré”. ¡Cuánto hay de humano y cuánto hay de divino en esta despedida! ¡Cuánto hay de humano en el corazón de Jesús! No puede abandonar sus discípulos sin decirles nada. Los amaba demasiado y sabía que su ausencia les desconcertaría. Jesús es muy sensible a los sentimientos humanos. 

   Sabe situarse en el corazón de los suyos. Y mientras los discípulos están llenos de tristeza, Jesús está empeñado en consolar sus corazones. Está empeñado en acariciar sus penas. Las despedidas son ausencias, algo así como nubes que pasan por el cielo de nuestro espíritu. Son ausencias que tampoco nosotros logramos comprender, donde sobran las palabras. Y sin embargo, son ausencias cortas, porque las nubes pasan y el sol vuelve a brillar en el corazón de aquellos tristes y afligidos.

   Jesús se va y vuelve al Padre, pero con la certeza que seremos “testigos del amor del Padre”. Termina la etapa de Jesús y comienza la etapa del Espíritu Santo, la etapa de la Iglesia pregonera de salvación tanto de palabra como de obra, “siendo testigos”. Tarea, que como no es nada fácil, por eso enviará la “fuerza lo alto”: “Os enviaré lo que mi Padre ha prometido, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”. Entonces el Espíritu Santo será quien dé la fuerza a los testigos y extienda la resurrección. 

   Lejos de desentenderse de nosotros, el Señor confía y espera. Confía en nuestro dinamismo y testimonio. Los brazos cruzados no le sirven al evangelio: “Qué hacéis ahí parados?”. Entonces habrá que sembrar en la tierra para que el mensaje de Jesús no sea una simple idea. No podemos quedarnos mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en la tierra. Es ahora cuando la fe tiene que empezar su tarea para descubrir las ocultas presencias de Cristo.

    Tampoco es mirando al cielo como ascendemos, sino implicándonos en el amor que humaniza y glorifica. Si miramos al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Cristo, en su Ascensión, ya ha alcanzado lo que nosotros esperamos: el gozo de estar con Dios, aunque tengamos que remar en contra corriente, pero con la certeza que él “estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Si en la encarnación, el Señor no fue abandonado por el Padre, en la Ascensión el Señor tampoco abandonará a sus amados testigos. No se va ni se desentiende de nosotros, sino que confía y espera en nuestro dinamismo y en nuestra inquietud misionera.

   Un refrán sentencia: “Allá donde está tu tesoro, está tu corazón”. Si la Ascensión nos ha invitado a centrar nuestra vida en Dios, a elevar el corazón, a levantar la vista y el alma al cielo, es en la tierra y en el corazón de cada uno donde resplandece su presencia; entonces es el momento de nuestro compromiso mientras peregrinamos al encuentro definitivo con Dios. Además de mirar al cielo, tenemos que mirar a la tierra. Es el momento del compromiso.

   Hay que continuar su tarea, y como iglesia ponernos trabajar por un bien mayor. “Os conviene que yo me vaya”. El que tiene fe despierta, recibirá su divino Espíritu y no tardará en encontrar al Señor en la comunidad, en la eucaristía, en la palabra, en el pobre, en el niño, en el que sufre, y en el corazón de todo creyente y del que ama. El Señor necesita de todos nosotros. No ha llegado aún el momento del descanso; no podemos quedarnos mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en este mundo. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren. 

   Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga, y que María Santísima nos proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía