Solemnidad de Corpus Christi, 23 de Junio 2019, Ciclo C

publicado a la‎(s)‎ 22 jun 2019 10:08 por Diseño Web Santa Ana Centro Chía   [ actualizado el 22 jun 2019 10:43 ]
Chía, 23 de Junio de 2019
 

Saludo cordial y bendición a todos los fieles de esta comunidad de Santa Ana.

Eucaristía, Presencia Real del Señor y Celestial Manjar


   Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor. El Sacramento por excelencia, presencia real del Señor en la Eucaristía. Desde niño, Jesús ya era como un panecito divino que se ofrecía como alimento. Nació en Belén que en hebrero significa “casa del pan”, y
no encontró mejor definición para Él, que ser Pan. 

   En la última cena quiso darse plenamente a nosotros, y nada mejor que haciéndose pan. El Pan “que es entregado”, Pan “partido”, “Pan que se da y se entrega”. Es el “Pan de vida”, el Pan de la Eucaristía”. 

El que come de este Pan vivirá eternamente”. 

   Dos días en el año dejan ver el esplendor de la Eucaristía: el Jueves Santo que conmemora su institución, y la fiesta del Corpus Christi, centrada en el misterio de la presencia real del Señor.  Al conmemorar la última cena del Jueves Santo, hoy reconocemos a Cristo que se quedó con nosotros en el pan y el vino para compartirnos su Cuerpo y su Sangre. 

   El Corpus Christi expresa, entonces, el misterio y el contenido de la fe cristiana, condensado en un sencillo pedazo de Pan y un poco de Vino, convertidos -desde la fe-, en alimento de vida y de salvación. Cada vez que celebramos la Eucaristía, conmemoramos la presencia viva del Señor. E
l Corpus Christi es la fiesta de Dios “hecho pan” para que nadie tenga hambre; la fiesta de Dios “hecho pan” para que todos puedan comer”. 

   El Evangelio nos recuerda la conexión entre Eucaristía y solidaridad humana. La Presencia Real de Cristo en la Eucaristía es presencia igualmente real y sacramental en el pobre y en el que sufre. Los discípulos se quieren escudar en que no tienen más que cinco panes y dos peces, pero Jesús cambia el panorama: toma lo poco que tienen, lo bendice, lo multiplica y sobra, porque la solidaridad abarca a todos y, puesta en las manos de Dios, la bendice y la multiplica.

    Con razón en este día del Corpus se celebra el día de la caridad. Los seres humanos vivimos de pan. Y pedimos a Dios el pan de cada día. Es el pan que también sabe a entrega, amistad y amor. Y todos tenemos hambre y sed de plenitud, de amor, y de pan de eternidad. Por eso no nos conformamos con lo que encontramos delante de nosotros y nos abrimos a lo que está por venir. 

   Este alimento de eternidad lo pregustamos en cada Eucaristía, Pan de vida eterna que nos da Jesucristo. En ese Pan, se da a sí mismo y de ese modo se convierte en comida de la que vivimos. Aunque sea poco lo que cada uno aportemos, esos “cinco panes y dos peces”, unidos a los de los demás, pueden significar la entrada a la vida eterna. 

   En cada Eucaristía Jesús se fracciona y se reparte. Al fraccionarse y repartirse hace presente a Dios, don total. El pan que verdaderamente alimenta, no es tanto el que se come, sino el que se comparte. Un pedazo de pan compartido con un amigo, sabe mejor que un banquete que se come a solas. Más allá de saciar las necesidades del otro, el primer objetivo de compartir el pan, es identificarse con Dios, descubierto en el otro. 

   Es afirmar que Dios y el necesitado son uno. Podemos preguntarnos: ¿Dónde están mis cinco panes y mis dos peces…? Cada uno, desde nuestras posibilidades, podemos ser parte del milagro, colocando a disposición de los demás aquello que generosamente quiere compartir. El pan que tiene mejor sabor es el pan compartido, porque nos hace más humanos y menos egoístas. 

   Ser pan significa, entonces, que ya no se puede vivir para sí mismo, sino para los demás. Significa que hay que tener paciencia, como el pan, que se deja amasar, cocer y partir. 

   Significa que hay que estar adornados con la humildad del pan para no figurar en la lista de los platos exquisitos, pero con la certeza que ese pan nunca puede faltar en ninguna mesa, ya que su presencia indica alimento, bondad, generosidad, e incluso hasta el sacrificio de dejarse triturar. El pan que no se deja comer y compartir se endurece y se tira afuera. Por el contrario, el pan que se deja cortar y tajar, se hace alimento y comida compartida transformándose en alimento y vida.

    Al recibir el cuerpo de Cristo nos convertimos en “cristianos eucaristía”, y en cierto modo, somos “nuevos Cristos”, asimilándonos a Él. Cristo no quiere vivir encerrado en el sagrario. Quiere llamar a las puertas de cada casa y de cada corazón. Con razón, este día, suele llevarse en procesión a nuestro Señor por las calles. 

   Tendremos, entonces, que llevar a Jesús sacramentado en el corazón y así nos acompañe en nuestras procesiones diarias. Él acude en auxilio de quienes lo necesitan, pero sabemos también que para ello cuenta con nosotros. Nos pide que lo compartamos con los demás. Cuando se comparte un paraguas, se evita que alguien se moje; así, el dolor compartido es medio dolor; la alegría compartida es doble alegría y el pan compartido es el que sabe mejor, porque sabe a Dios.

   En cada Eucaristía recibimos este pan celestial. Pan lleno de fuerza divina que sostiene nuestras fuerzas diarias. Pan tan digestivo que nos hace sentir ligeros y libres en el camino a la eternidad. Pan tan necesario y tan básico que no falta en la mesa de pobres y ricos, sencillos u orgullosos. Es el pan que se fracciona y reparte para alimentar a quien lo desee. 

   Pan que se desmigaja para curar todo lo que hay roto en nosotros. Es el Pan de Dios en el que se saborean los esfuerzos, la dedicación y la entrega de tantas manos anónimas. Es el Pan que huele a semilla germinada por rayos de sol, lluvia y viento; espiga observada con amor por los labradores que confían en un tiempo lleno de bendiciones. 

Comamos todos de este pan, el pan que Dios coloca en la boca de sus hijos. 

¡Oh milagro admirable!

   Tenemos que ser pan para los demás. No podemos pedir al "Padre nuestro que nos dé el pan de cada día" sin pensar en aquellos que no lo tienen y pasan hambre. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. Tampoco podremos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a los más necesitados. 

   A quienes nos siguen a través de internet, en la página: www.santaanacentrochia.org les envío mi bendición, y los invito a seguir extendiendo, como discípulos misioneros, el reino de Dios donde quiera que se encuentren.

Feliz semana para todos. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja. Amén.

Padre Luis Guillermo Robayo M.   
Rector Capilla Santa Ana de Centro Chía