24° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 de Septiembre de 2019, Ciclo C

San Lucas 15, 1-32

 La Misericordia de Dios” 

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.
SIN GRABAR AÚN

1.-El Hombre y sus Acciones:   las grandes acciones proceden de Dios. Sólo con la luz de Dios puede ver el hombre lo que es y lo que debe serLa humanidad debe dejarse llevar por él, debe fiarse de él totalmente, aunque no lo vea, aunque no lo palpe. La única forma de llegar a la salvación es tomarse de la mano de Dios poderoso que ha manifestado amar a su pueblo. 

2.-El Perdón: Sólo Dios puede perdonar y borrar a fondo el delito, y lo perdona siempre. El hombre sin Dios se queda sin rostro; vuelto hacia él, puede reconocerse. Al verse roto por el pecado, suspira por el perdón, y Dios lo perdona con amor

3.-El Pastor: se le ha encomendado un rebaño. El pastor debe pastorearlo. El pastor debe impartir a sus fieles la sana doctrina y combatir en su defensa toda clase de errores. El pastor guía, el pastor conduce, el pastor alimenta. Para ello ha sido elegido y para ello ha recibido la gracia en la imposición de las manos. 

4.-El Hijo Pródigo: El padre no azota al hijo pródigo; abraza al hijo que vuelve. El hijo que vuelve ¡es su hijo! El padre se esfuerza por hacérselo entender al hijo mayor: ¡Entra y alégrate, tu hermano ha vuelto! Faltaba algo a la familia. Ya no falta. Eso es lo que importa.

5.-La MisericordiaCuando gozamos de la misericordia de Dios reconociendo que somos pecadores, o recordando los males cometidos en el pasado, nos volvemos comprensivos y tolerantes con los demás, capaces de ayudarlos a conocer la misericordia de nuestro Padre Dios. Así es Dios: amor, consuelo y perdón. Dios de misericordia entrañable, infinita e inagotable paciencia con los que le ofenden, que no da por perdido a nadie y paga lo que haga falta por su rescate. Padre cercano, siempre a nuestro lado: prójimo, compañero, hermano.  

6.-La Búsqueda: la terquedad del hombre empeñado en extraviarse, frente a la paciencia de Dios empeñado en encontrar al hombre. Dios ama a los fieles que permanecen en casa o en el redil, pero ama también a los extraviados que marchan a la deriva por sus propios caminos.

REFLEXIÓN 

   La liturgia de este domingo centra nuestra reflexión en la lógica del amor de Dios. Sugiere que Dios ama al hombre, infinita e incondicionalmente; y que ni siquiera el pecado nos aparta de ese amor. 

La primera lectura nos presenta la actitud misericordiosa de Yahvé frente a la infidelidad del Pueblo. En este episodio, situado en el Sinaí, en el espacio geográfico de la alianza, Dios asume una actitud que se va a repetir muchas veces a lo largo de la historia de la salvación: deja que el amor se superponga a la voluntad de castigar al pecador.

En la segunda lectura, Pablo recuerda algo que nunca deja de asombrar: el amor de Dios manifestado en Jesucristo. Ese amor se derrama incondicionalmente sobre los pecadores, les transforma y les convierte en personas nuevas. Pablo es un ejemplo concreto de esa lógica de Dios; por eso, no dejará nunca de testimoniar el amor de Dios y de darle gracias.

El Evangelio nos presenta al Dios que ama a todos los hombres y que, de forma especial, se preocupa por los pecadores, por los excluidos, por los marginados. La parábola del “hijo pródigo”, en especial, presenta a Dios como a un padre que espera ansiosamente el regreso del hijo rebelde, que lo abraza cuando le avista, que le hace volver a entrar en su casa y que ofrece una gran fiesta para celebrar el reencuentro.

Mientras exista la vida, siempre habrá la posibilidad de acudir a Él y ser acogido en sus brazos de Padre. No mira Dios el comportamiento indigno que se haya tenido, ni el número de veces que se le ha abandonado y despreciado; mira únicamente los movimientos interiores del alma que anhela el perdón y el abrazo paterno, mira los ojos húmedos como una esmeralda en la que brilla el arrepentimiento, mira los pasos indecisos de quien se acerca a Él para decirle: “He pecado. Perdóname. 

PARA LA VIDA 

   Un famoso predicador comenzó su sermón enseñando un billete de 100 euros. Y preguntó a los asistentes: "¿Quién de ustedes quiere este billete de 100 euros? Las manos empezaron a alzarse. Les dijo: "Voy a dar este billete a uno de ustedes, pero antes déjenme hacer esto". Y empezó a estropear el billete. Siguió preguntado; "¿Todavía lo quieren?" La gente levantó las manos. Bien, les dijo: "¿Y si hago esto?" Dejó caer el billete al suelo y comenzó a pisarlo y ensuciarlo con sus zapatos. Lo recogió, ahora arrugado y sucio. "¿Todavía lo quiere alguien?". 

   Las manos seguían levantándose. Amigos, han aprendido una lección. Hiciera lo que hiciera al billete, ustedes seguían deseándolo porque, a pesar de su aspecto cada vez más feo, sabían que su valor seguía siendo el mismo. Seguía valiendo 100 euros. Nosotros, en la vida, somos como ese billete. Muchas veces sucios y aplastados por nuestras propias decisiones o por las decisiones de los demás. Nos sentimos indignos y sin valor. Pero el valor de nuestras vidas no está en lo que hacemos sino en lo que somos. Y todos somos especiales. Hay que valorar las bendiciones de la vida, no los problemas.


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