24° Domingo del tiempo Ordinario, 12 Septiembre 2021, Ciclo B

San Marcos 8, 27 - 35

"Tú eres el Mesías…

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-Quién es Jesús?: seguramente daremos la misma respuesta de Pedro, la que hemos aprendido en el catecismo: “¡Tú eres el Hijo de Dios vivo, ¡Tú eres el Redentor, Tú eres el Señor!”. Para conocer a Jesús no es necesario solo un estudio de teología, sino una vida de discípulo. De este modo, caminando con Jesús aprendemos quién es Él, aprendemos esa ciencia de Jesús. Conocemos a Jesús como discípulos. Lo conocemos en el encuentro cotidiano con el Señor, todos los días. Con nuestras victorias y nuestras debilidades. Por lo tanto, la pregunta a Pedro —¿Quién soy yo para vosotros, para ti? — se comprende sólo a lo largo del camino, después de un largo camino. Una senda de gracia y de pecado. Es el camino del discípulo. 

2.-Cargar la Cruz: la cruz no hay que buscarla fuera. Está junto a ti, cuando reconoces tus debilidades, cuando las cosas no te salen bien, cuando llega el dolor o la enfermedad. No se trata de mera resignación, sino de ver en la cruz un sentido de liberación. La cruz salvó y convirtió a la tierra entera, desterró el error, hizo volver la verdad, hizo de la tierra cielo y de los hombres ángeles. Por ella los demonios no son ya temibles, sino despreciables; ni la muerte es muerte sino sueño. Por ella yace por tierra y es pisoteado cuanto primero nos hacía la guerra. Si alguien, pues, te dijere: «¿Al crucificado adoras?», contéstale con voz clara y alegre rostro: «No sólo le adoro, sino que jamás cesaré de adorarle». Y si él se te ríe, llórale tú a él, pues está loco. Demos gracias al Señor de que nos ha hecho tales beneficios, que ni comprendidos pueden ser sin una revelación de lo alto.

3.- La Fe: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. “La fe cristiana cuando es auténtica, pone a todo el hombre en movimiento. Con el simple tener por verdaderos algunos dogmas propuestos por la Iglesia no se hace todavía nada cristiano; es la vida entera la que debe responder a la llamada de Dios” La fe si no tiene obras, está muerta por dentro”. Y la principal obra de la fe, la primera prueba de nuestra fe en Jesucristo, es la que él mismo nos indicó: el amor a los hermanos como expresión de nuestra fe y de nuestro amor a Dios.  

REFLEXIÓN

   La liturgia del Domingo 24 nos habla de que el camino de la realización plena del hombre pasa por la obediencia a los proyectos de Dios y por la donación total de la vida a los hermanos. Al contrario de lo que el mundo piensa, ese camino no conduce al fracaso sino a la vida verdadera, a la realización plena del hombre.

   La primera lectura nos presenta a un profeta anónimo, llamado por Dios a testimoniar la Palabra de salvación y que, para cumplir esa misión, se enfrenta a la persecución, a la tortura, a la muerte. Con todo, el profeta es consciente de que su vida no es un fracaso: quien confía en el Señor y busca vivir en fidelidad a su proyecto, triunfará sobre la persecución y la muerte. Los primeros cristianos verán en este “siervo de Yahvé” la figura de Jesús.

   La segunda lectura recuerda a los creyentes que el seguimiento de Jesús no se realiza con bellas palabras o con teorías muy bien elaboradas, sino con gestos concretos de amor, de compartir, de servicio, de solidaridad para con los hermanos.

  En el Evangelio, Jesús es presentado como el Mesías libertador, enviado al mundo por el Padre para ofrecer a los hombres el camino de la salvación y de la vida plena. Cumpliendo el plan del Padre, Jesús enseña a los discípulos que el camino de la vida verdadera no pasa por los triunfos y éxitos humanos, sino por el amor y por la donación de la vida (hasta la muerte, si fuera necesario). 

   Al pensar en la cruz como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extraño a la vida del hombre o mujer, de cualquier edad, época, pueblo o condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto modo, es marcada profundamente por ella.

PARA LA VIDA

   Un poderoso sultán viajaba por el desierto seguido de una larga comitiva que transportaba su tesoro favorito de oro y piedras preciosas. A mitad del camino, un camello de la caravana, agotado por el ardiente reverbero de la arena, se desplomó agonizante y no volvió a levantarse. El cofre que transportaba rodó por la falda de la duna, reventó y derramó todo su contenido de perlas y piedras preciosas entre la arena. El sultán no quería aflojar la marcha; tampoco tenía otros cofres de repuesto y los camellos iban con más carga de la que podían soportar. 

   Con un gesto, entre molesto y generoso, invitó a sus pajes y escuderos a recoger las piedras preciosas que pudieran y a quedarse con ellas. Mientras los jóvenes se lanzaban con avaricia sobre el rico botín y escarbaban afanosamente en la arena, el sultán continuó su viaje por el desierto. Se dio cuenta de que alguien seguía caminando detrás de él. Se volvió y vio que era uno de sus pajes que lo seguía, sudoroso y jadeante. - ¿Y tú – le preguntó el sultán- no te has parado a recoger nada?. El joven respondió con dignidad y orgullo - ¡Yo sigo a mi rey!. 

¿Quién es Cristo para mí: alguien que ha transformado mi vida y me hace verla desde la óptica del amor o un personaje abstracto del que me han hablado o del que la gente dice que es un profeta?. Más que nunca Cristo necesita discípulos convencidos, dispuestos a dar la vida por la causa del Evangelio, que no es otra que la causa del amor, la justicia, la paz, el perdón, la solidaridad y la igualdad entre los hombres. Porque quien da la vida en el surco diario de la cotidianidad la recupera llena y plena de alegría y de felicidad.



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