5° Domingo de Cuaresma, 29 de Marzo 2020, Ciclo A

San Juan 11, 1 - 45 

Yo Soy la Resurrección y la Vida

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.-La Vida: al hacer de esta vida un don absoluto y definitivo al Padre, en la muerte de cruz, Cristo con este don asegura a la vida la victoria y, al mismo tiempo, vuelve a confirmar la dignidad única e irrepetible de cada vida humana. Vuelve a confirmar la ley fundamental de la vida.

2.-La Muerte: quitar la vida humana significa siempre que el hombre ha perdido la confianza en el valor de su existencia; que ha destruido en sí, en su conocimiento, en su conciencia y voluntad, ese valor primario y fundamental. Si aceptásemos el derecho a quitar el don de la vida al hombre aún no nacido, ¿lograremos defender después el derecho del hombre a la vida en todas las demás situaciones? “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44).

3.-La Fe: que es garantía de nuestra futura resurrección, se demuestra fácilmente: si realizamos las obras que agradan a Dios, si poseemos en nosotros el Espíritu de Cristo, es decir, si vivimos en amistad con Dios: en paz y en gracia de Dios. La fe por sí sola, la fe de palabras, no es garantía de resurrección. Para nosotros, Cristo es nuestra vida y nuestra resurrección si creemos en él: y creer en él significa seguir sus caminos, cumplir el evangelio, resistir al pecado. Esto es aceptar a Cristo de palabra y de obra. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. 

REFLEXIÓN 

   En este 5º Domingo de Cuaresma, la liturgia nos garantiza que el designio de Dios es la comunicación de una vida que sobrepasa definitivamente la vida biológica: es la vida definitiva que supera la muerte. 

   En la primera lectura, Yahvé ofrece a su Pueblo exiliado, desesperado y sin futuro (condenado a la muerte) una vida nueva. Esa vida viene por el Espíritu, que recreará el corazón del Pueblo y lo insertará en una dinámica de obediencia a Dios y de amor a los hermanos. 

   La segunda lectura recuerda a los cristianos que, en el día de su bautismo, optaron por Cristo y por la vida nueva que Él vino a ofrecer. Les invita, por tanto, a ser coherentes con esa elección, a realizar las obras de Dios y a vivir “según el Espíritu”. 

   El Evangelio nos garantiza que Jesús vino a realizar el designio de Dios y dar a los hombres la vida definitiva. Ser “amigo” de Jesús y adherirse a su propuesta (haciendo de la vida una entrega obediente al Padre y una donación a los hermanos) es entrar en la vida definitiva. Los creyentes que viven de esa manera experimentan la muerte física; pero no están muertos: viven para siempre en Dios.

   Hoy, la resurrección de Lázaro, pone las cartas sobre la mesa: ¡Cristo es la resurrección! El motor que nos empuja a un cambio de mentalidad y de actitudes. Sólo por este gran regalo que nos trae Jesús, una resurrección para nunca morir, merece la pena intentar una renovación en el aquí y en el ahora. Situar a Dios justo en el lugar que le corresponde y saber que, el Señor, está por encima de la misma muerte. 

   Nuestra nueva vida no comienza después de haber respirado nuestro último aliento, o cuando nuestros cuerpos se entregan a la tumba, comienza ahora.

PARA LA VIDA

   Antes de salir de la habitación, un paciente le preguntó al médico: “Doctor, tengo miedo a morir. Dígame lo que hay al otro lado”. El médico le dijo que no lo sabía. Usted, un hombre cristiano, ¿no sabe lo que hay al otro lado? El médico tenía el pomo de la puerta en la mano, del otro lado de la puerta venía el sonido de los gemidos y patadas de un perro. Cuando abrió la puerta de un salto se plantó en medio de la habitación dando brincos de alegría al ver al doctor.

   Éste se dirigió al paciente y le dijo: ¿Ha observado a mi perro? Nunca ha estado en esta habitación. Lo único que sabía era que su dueño estaba dentro y cuando la puerta se abrió entró sin miedo. Yo no sé lo que hay al otro lado de la muerte, sí sé una cosa. Sé que mi dueño está ahí, al otro lado de la puerta, y eso me basta.

  La respuesta a la gran pregunta, los seguidores de Jesús, la encontramos en el evangelio de Jesús y en el final de Jesús. La Pascua, meta de nuestro viaje cuaresmal, es el paso de la muerte a la vida, es el grito que proclama que Jesús vive, y para El no hay ni olvido ni silencio.



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