3° Domingo de Cuaresma, 7 Marzo de 2021, Ciclo B

San Juan 2, 13 - 25

"Destruyan Este Templo y en Tres Días lo Volveré a Levantar"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 
SIN GRABAR AÚN

1.- Los Mandamientos: si se analizan en profundidad, son el instrumento que el Señor nos da para defender nuestra libertad tanto de los condicionamientos internos de las pasiones como de los abusos externos de los maliciosos.  Los "no" de los mandamientos son otros tantos "sí" al crecimiento de una libertad auténtica. 

2.- La Casa: es la morada del hombre. Es una condición necesaria para que el hombre pueda venir al mundo, crecer, desarrollarse, para que pueda trabajar, educar, y educarse, para que los hombres puedan constituir esa unión más profunda y más fundamental que se llama "familia". Se construyen las casas para las familias. Después, las mismas familias se construyen en las casas sobre la verdad y el amor.

3.- La Familia: el fundamento primero de esta construcción es la alianza matrimonial, que se expresa en las palabras del sacramento con las que el esposo y la esposa se prometen recíprocamente la unión, el amor, la fidelidad conyugal. Sobre este fundamento se apoya ese edificio espiritual, cuya construcción no puede cesar nunca. La familia está construida sobre la sabiduría y el poder del mismo Cristo, porque se apoya sobre un sacramento. Y está construida también y se construye constantemente sobre la ley divina, que no puede ser sustituida en modo alguno por cualquier otra ley.

4.- El Templo: El Señor se refería al templo vivo de su cuerpo, que sería destruido con la muerte en la cruz, pero que resucitaría al tercer día. su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, se convertirá con la Resurrección en lugar de la cita universal entre Dios y los hombres. Cristo resucitado es precisamente el lugar de la cita universal —de todos— entre Dios y los hombres. Cada Eucaristía que celebramos con fe nos hace crecer como templo vivo del Señor, gracias a la comunión con su Cuerpo crucificado y resucitado. Jesús conoce lo que hay en cada uno de nosotros, y también conoce nuestro deseo más ardiente: el de ser habitados por Él, sólo por Él. Dejémoslo entrar en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro corazón.

REFLEXIÓN 

La liturgia del 3º domingo de Cuaresma nos da cuenta de la eterna preocupación de Dios por conducir a los hombres hacia la vida nueva. En ese sentido, la Palabra de Dios que se nos propone ofrece sugerencias diversas de conversión y renovación.

   En la primera lectura, Dios nos ofrece un conjunto de indicaciones (“mandamientos”) que deben conducir nuestro camino por la vida. Son indicaciones que se refieren a las dos dimensiones fundamentales de nuestra existencia: nuestra relación con Dios y nuestra relación con los hermanos.

   En la segunda lectura, el apóstol Pablo nos sugiere la conversión a la lógica de Dios. Es preciso que descubramos que la salvación, la vida plena, la felicidad sin fin no se encuentra en una lógica de poder, de autoridad, de riqueza, de importancia, sino que está en la lógica de la cruz, esto es, en el amor total, en la donación de la vida hasta las últimas consecuencias, en el servicio sencillo y humilde a los hermanos.

   En el Evangelio, Jesús se presenta como el “Nuevo Templo” donde Dios se revela a los hombres y donde les ofrece su amor. Nos invita a mirar a Jesús y a descubrir en sus indicaciones, en su anuncio, en su “Evangelio” esa propuesta de vida nueva que Dios nos quiere presentar.

En este tiempo de Cuaresma nos estamos preparando para la celebración de la Pascua, en la que renovaremos las promesas de nuestro bautismo. Caminemos en el mundo como Jesús y hagamos de toda nuestra existencia un signo de su amor para nuestros hermanos, especialmente para los más débiles y los más pobres, construyamos para Dios un templo en nuestra vida. Y así lo hacemos «encontrable» para muchas personas que encontramos en nuestro camino. Si somos testigos de este Cristo vivo, mucha gente encontrará a Jesús en nosotros, en nuestro testimonio.

PARA LA VIDA

   El comandante en jefe de las fuerzas de ocupación le dijo al alcalde de la aldea: “Tenemos la absoluta seguridad de que ocultan ustedes a un traidor en la aldea. De modo que, si no nos lo entregan, vamos a hacerles la vida imposible, a usted y a toda su gente, por todos los medios a nuestro alcance”. En realidad, la aldea ocultaba a un hombre que parecía ser bueno e inocente y a quien todos querían. Pero, ¿qué podía hacer el alcalde, ahora que se veía amenazado el bienestar de toda la aldea?. 

   Días enteros de discusiones en el Consejo de la aldea no llegaron a ninguna solución. De modo que, en última instancia, el alcalde planteó el asunto al cura del pueblo. El cura y el alcalde se pasaron toda la noche buscando en las Escrituras y, al fin, apareció la solución. Había un texto en la Biblia que decía: “Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación”. De forma que el alcalde decidió entregar al inocente a las fuerzas de ocupación, si bien antes pidió que le perdonara. 

  El hombre le dijo que no había nada que perdonar, que él no deseaba poner a la aldea en peligro. Fue cruelmente torturado hasta el punto de que sus gritos pudieron ser oídos por todos los habitantes de la aldea. Por fin fue ejecutado. Veinte años después pasó un profeta por la aldea, fue directamente al alcalde y le dijo: “¿Qué hiciste? Aquel hombre estaba destinado por Dios a ser el salvador de este país. Y tú lo entregaste para ser torturado y muerto” “¿Y qué podría hacer yo?”, alegó el alcalde. “El cura y yo estuvimos mirando las Escrituras y actuamos en consecuencia”.  “Ese fue vuestro error”, dijo el profeta. “Mirasteis las Escrituras, pero deberíais haber mirado a sus ojos”.

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