32° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 de Noviembre de 2019, Ciclo C

San Lucas 20,27-38

 "Dios, no es Dios de Muertos, sino de Vivos"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-La Vida: Los hombres viven como si no fueran a morir jamás. Trabajan sin descanso para acaparar, corren de un lado para otro intentando (según dicen) divertirse y gozar. Las revistas ponen delante de los asombrados lectores las vidas de los famosos que no descansan, los pobres, de fiesta en fiesta y de desfile de modelos en desfile de modelos. La vida debería ser distinta para todos, más hermosa, más feliz, más segura, más larga. En el fondo vivimos anhelando vida eterna. No es difícil entender la actitud, hoy bastante generalizada, de vivir sin pensar en «la otra vida».

2.-La Muerte: Es verdad que habrá un día en que nuestro caminar por este mundo llegará al final. Ahora bien, nunca olvidemos que la muerte no es el final del camino del hombre; la muerte no es la última palabra sobre el ser humano ni sobre su historia. Recordemos las palabras de Cristo que han de llenar de gozo y de esperanza nuestro corazón: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mi aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn.11,25- 26).  “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn.6,54).

3.-La Resurrección: no es la reanimación de un cadáver. La vida eterna no es, una mera prolongación de la vida de este mundo. La resurrección es la forma de existencia totalmente nueva y transformada. Se trata de una nueva vida, de la participación plena en la vida de Dios. Para los cristianos la respuesta es una sola: «Lo que ha cambiado nuestras vidas es la seguridad de que son eternas». Y el punto de apoyo de esa seguridad es la resurrección de Jesús. Si Él venció a la muerte, también a mí me ayudará a vencerla. 

REFLEXIÓN 

   En este Domingo, la palabra de Dios nos habla de la resurrección de todos los hijos de Dios. Cada uno de nosotros, estamos llamados a vivir para siempre Los cristianos creemos en la resurrección de los muertos. Jesús ya abrió el camino y dio testimonio de esa resurrección. El Reino de Dios es el reino de la vida donde la persona perdura, en la gloria, para siempre. 

En la primera lectura del libro de los Macabeos narra la historia de siete hermanos que fueron martirizados por no claudicar en su fe, antes de dar su último suspiro.

La segunda lectura nos ofrece un texto de consolación. La Palabra del Señor nos abre a la esperanza como posibilidad cierta de eternidad. Dios siempre es fiel al hombre y le da toda la gracia que necesita para vivir la fe con coherencia y producir buenas obras, que le conduzcan a una vida eterna feliz junto a Dios.

El Evangelio tiene como tema central la resurrección de los muertos, que negaban los saduceos. Con el ejemplo que le ponen, los saduceos pretenden poner en ridículo a Jesús, cosa que no consiguen. Detrás de la muerte, por lo tanto, hay otra vida que no acabará y que será feliz para los que hayan obrado el bien en su peregrinar por esta vida. La condenación, sin embargo, será para los obradores del mal no arrepentidos. 

   "Espero en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro". Esta última afirmación del Credo, constituye la respuesta cristiana a la esperanza radical del hombre. No se puede vivir instalado permanentemente en la duda, el temor, la inseguridad. No se puede vivir sin esperanza. Incluso en aquellos casos en que no se cree en nada ni en nadie, la criatura humana siempre se aferra a algo o a alguien.

Creer en la resurrección de los muertos no es cultivar, de manera infantil, un optimismo barato en la esperanza de un final feliz. El creyente siente, aquí y desde ahora, que se nos llama a la resurrección y a la vida, a la cual fuimos destinados.  

PARA LA VIDA 

   Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció con la nidada de pollos. Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos? Pasaron los años y el águila se hizo vieja. 

   Un día divisó muy por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba elegante y majestuosamente por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas. La vieja águila miraba asombrada hacia arriba: “¿Qué es eso?”, preguntó a una gallina que estaba junto a ella. “Es el águila, el rey de las aves”, respondió la gallina. “Pero no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes de él”. De manera que el águila aquella no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.

   Dios es un Dios de vivos, no de muertos; un Dios que nos llama a la vida y a la vida en plenitud, no a la existencia en mediocridad. Para Dios todos estamos vivos, la muerte para él no existe, no cambia en absoluto su mirada misericordiosa de Padre sobre nosotros.

   No basta morir para estar muerto; muerto es aquel que no vive la vida en plenitud, quien sólo la vive para sí mismo, quien la esconde y la malgasta, quien ha perdido horizontes de eternidad.


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