Reflexiones                  

24° Domingo del Tiempo Ordinario, 17 Septiembre 2017, Ciclo A


San Mateo 18, 21 -35
 

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Rencor: el sentir rencor, como sentir cualquier otro desorden moral, puede sucederle a cualquiera. Pero el pecado no está en el sentir el rencor, el pecado se da cuando el rencor se acepta y se consiente. Ahí es donde ha de darse la lucha del cristiano, en no consentirlo. El que siente, pero no consiente, no peca, no deja de amar. El buen discípulo de Cristo, cuando siente rencor, odio, resentimiento, etc, no solo no debe consentirlo, sino que ha de saber perdonar por amor y también olvidar. El hermano está de por medio.
  2. El Perdón: no es fácil perdonar siempre. El perdón se hace más real y más puro cuando se desea para el otro todo lo mejor. El perdón, además de desatarnos de nuestros propios dioses, nos hace comprender, vivir, gustar y entender el gran amor que Dios siente por cada uno de nosotros. ¿Perdonas? ¿Estás cerca de Dios?. ¿No perdonas? ¿nuestros corazón, sera que está totalmente ocupado por Dios?. En nuestra vida de todos los días, son muchas las veces que tenemos que perdonar, y también muchas las veces en que tenemos que ser perdonados. Dios perdona a quien sabe perdonar. Podría, pues, decirse que el perdón que damos nosotros es la medida del que recibimos de Dios.
  3. La Misericordia: los hijos del reino de Dios “son misericordiosos como el Padre celeste (Lc 6,36) y han comprendido que: “el amor no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona Si el corazón de Dios se conmueve ante nuestras miserias, si su compasión se enciende ante nuestras desgracias, ¿no deberíamos hacer otro tanto nosotros con nuestros hermanos que nos han ofendido? El antídoto para el veneno del odio, del rencor, del resentimiento es el Amor que viene de Dios. Quien se deja tocar por el Amor del Señor, quien experimenta su misericordia que es más grande que cualquiera de nuestros pecados, es capaz de amar como Él; es capaz como Él de perdonar toda ofensa o daño recibido, por muy grave que éste sea. 

REFLEXIÓN 

   Jesucristo nos enseña a perdonar siempre. Cuando perdonamos a nuestros hermanos y a nuestros enemigos, imitamos a Dios que siempre perdona. Si Dios no dudó en entregar a su Hijo por nuestros pecados, cuánto más debemos nosotros perdonarnos mutuamente las ofensas. Después de afirmar su doctrina sobre el perdón de las ofensas, el Señor cuenta la parábola del siervo sin misericordia. Diez mil talentos era una cantidad muy grande de dinero, y el señor, tiene compasión de él y le perdona la deuda. Así es el perdón de Dios.

   Es mucho lo que le debemos, pero Él tiene misericordia de nosotros y nos perdona. Nosotros no tenemos con qué pagar nuestra deuda con Dios y Él nos perdona siempre, simplemente porque es movido a compasión. Nuestra deuda con Dios es siempre grande tal como era grande la deuda del siervo de la parábola. Y Dios perdona...Con ese perdón, Dios nos deja en libertad, ya que el perdón de Dios nos hace libres y de siervos que somos, nos convierte en hijos.

   Hoy Dios nos pone una meta muy exigente. ¡Perdonar de corazón! ¡Perdonar desde adentro y no por compromiso! Sólo así estaremos imitando a Dios en su misericordia. Dios nos perdona muchísimo. En comparación, lo que puedan adeudarnos los hombres es muy poca cosa. ¿Seremos capaces de darnos cuenta lo poquito que es lo que nos debe nuestro hermano, comparado con lo que nosotros le debemos a Dios? Si logramos pensar de esta forma y darnos cuenta, entonces seremos capaces de perdonar a nuestro hermano, siempre.

   Y sólo así, cuando en el padrenuestro le digamos a Dios: ... ̈perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden ̈, lo haremos confiados que ese perdón que nosotros hacemos de corazón nos permite pagar nuestra gran deuda con Dios e ir creciendo en el ̈Amor ̈.

   Quienes mejor nos hablan del perdón son los mártires. Ellos sufren a manos de sus verdugos, sin embargo, no permiten que la más mínima apariencia de rencor se anide en su alma. Así, san Esteban pide a Dios que perdone el pecado de aquellos que lo están apedreando. Miles de sacerdotes internados en Dachau, en Viet-Nam, en Tirana, en Lituania etc..., dieron sus vidas por la conversión de sus verdugos. Esto es vida cristiana. El perdón en el mártir autentifica su amor y su fe en Dios, dador de toda vida.

PARA LA VIDA 

   Corrie Ten Boom cuenta en su autobiografía que terminada la guerra y liberada de un campo de concentración Nazi predicó un sermón en la iglesia sobre el PERDÓN.

   Al terminar el sermón, un hombre, con una mano extendida y una gran sonrisa, se dirigió hacia ella.

   Corrie lo reconoció; era el jefe de los vigilantes del campo donde ella y su hermana habían estado encarceladas por haber escondido en su casa a unos judíos y donde su hermana había muerto.

   El guarda le dijo: “Oh, Fraulein, le estoy muy agradecido por su mensaje poderoso. Qué alegría pensar que Jesús ha lavado todos mis pecados.

   Corrie, paralizada, no podía levantar la mano.

   “Los pensamientos de venganza hervían dentro de mí, vi el pecado…y no podía hacer nada. No sentí la menor chispa de amor o caridad, así que susurré una oración en silencio. Jesús, no puedo perdonarle, por favor dame tu perdón”.

   La oración ofrecida, pudo levantar la mano y estrechar la del hombre que la había torturado.

   Historia de un perdón grande. Nuestra vida debería estar llena de perdones pequeños que son tan difíciles de ofrecer como los grandes.

   La fuerza de perdonar de corazón no es nuestra, se la tenemos que pedir a Jesús que es el que nos manda perdonar como condición para ser perdonados.

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